El pueblo aéreo

Capítulo III

Dispersión

Max Huber, Llanga y Khamis no necesitaron ni diez minutos para recorrer los mil quinientos metros que los separaban del altozano. No se habían vuelto ni una sola vez, sin preocuparse por observar si los indígenas, tras haber apagado sus fuegos, trataban de perseguirlos. No, por cierto, y de aquel lado reinaba la calma, mientras que en el opuesto la llanura se llenaba de una agitación confusa y de sonoridades estridentes.

El campamento, cuando los dos hombres y el niño llegaron, era presa del espanto, un espanto justificado por la amenaza de un peligro contra el que el valor y la inteligencia nada podían. ¡Hacerle frente, imposible! ¿Huir? ¿Estaban aún a tiempo?

Max Huber y Khamis se habían reunido al instante con John Cort y Urdax, apostados a cincuenta pasos por delante del altozano.

– ¡Una manada de elefantes! —dijo el foreloper.

– Sí —respondió el portugués—, y, en menos de un cuarto de hora, estarán sobre nosotros...

– Ganemos el bosque —dijo John Cort.

– No es el bosque lo que los detendrá... —replicó Khamis.

– ¿Qué ha sido de los indígenas? —se informó John Cort.

– No hemos podido verlos... —respondió Max Huber.

– Sin embargo, ¡no deben de haber abandonado la linde!

– ¡Seguro que no!

A lo lejos, a una media legua aproximadamente, se distinguía una amplia ondulación de sombras que se desplazaba sobre la extensión de un centenar de toesas. Era como una ola enorme cuyas volutas desmelenadas se desenrollasen con estrépito. Un pesado pataleo se propagaba a través de la capa elástica del suelo, y aquel temblor se sentía hasta en las raíces de los tamarindos. Al mismo tiempo, los bramidos adquirían una intensidad formidable. Resoplidos estridentes, estallidos metálicos, escapaban de aquellos centenares de trompas, como otros tantos clarines soplados a pleno pulmón.

Los viajeros del África central han podido comparar con justeza aquel estruendo al que produciría un tren de artillería rodando a gran velocidad sobre un campo de batalla. ¡De acuerdo! Pero a condición de que las trompetas hubieran lanzado al aire sus notas desgarradoras. Imagínese el terror al que se abandonaba el personal de la caravana, ¡amenazado de ser aplastado por aquel tropel de elefantes!

Cazar a estos enormes animales presenta serios peligros. Cuando se logra sorprenderlos aislados, separar de la manada a la que pertenece a uno de esos paquidermos, cuando es posible dispararle en condiciones que aseguren el tiro, alcanzarlo entre el ojo y la oreja con una bala que lo mata casi instantáneamente, los peligros de esa caza se reducen mucho. Pero si la manada se compone siquiera de media docena de bestias, las más severas precauciones, la más extrema prudencia son indispensables. Ante cinco o seis parejas de elefantes enfurecidos, toda resistencia es imposible, ya que —como diría un matemático— su masa se multiplica por el cuadrado de su velocidad.

Y si es por centenares como esas bestias formidables se arrojan sobre un campamento, no se las puede detener en su empuje más de lo que se detendría una avalancha, o uno de esos mascaretas que arrastran los navíos tierra adentro a varios kilómetros del litoral.

Con todo, por numerosos que sean, la especie acabará por desaparecer. Como un elefante reporta aproximadamente cien francos de marfil, se los caza a mansalva.

Cada año, según los cálculos de Foa, no se matan menos de cuarenta mil en el continente africano, que producen setecientos cincuenta mil kilogramos de marfil expedidos a Inglaterra. Antes de medio siglo, no quedará ni uno, a pesar de que su longevidad es considerable. ¿No sería más sensato sacar provecho de estos preciosos animales mediante la domesticación, dado que un elefante es capaz de llevar la carga de treinta y dos hombres y de recorrer cuatro veces más camino que un peatón? Y además, estando domesticados, valdrían, como en la India, de mil quinientos a dos mil francos, en lugar de los cien francos que se obtienen de su muerte.

El elefante africano forma, junto con el elefante asiático, las dos únicas especies existentes. Se han establecido ciertas diferencias entre ellas. Si los primeros son inferiores en tamaño a sus congéneres asiáticos, si su piel es más oscura, su frente más convexa, tienen las orejas más anchas, los colmillos más largos y muestran un carácter más fiero, casi irreductible.

Durante esta expedición, el portugués no había tenido sino motivos de satisfacción, y también los dos aficionados a este deporte. Repetimos que los paquidermos son todavía numerosos en tierra libia. Las regiones del Ubangui ofrecen un hábitat que estos buscan, bosques y llanuras pantanosas que les son gratas. Viven en ellas en manadas, de ordinario vigiladas por un viejo macho. Atrayéndolos a recintos de empalizadas, preparándoles trampas, atacándolos cuando estaban aislados, Urdax y sus compañeros habían hecho una buena campaña, sin accidentes, aunque no sin peligros ni fatigas. Pero en aquel camino de regreso, ¿no parecía que la manada furiosa, cuyos gritos llenaban el espacio, iba a aplastar a su paso a toda la caravana?

Si el portugués había tenido tiempo de organizar la defensa cuando creía en una agresión de los indígenas acampados al borde del bosque, ¿qué haría contra aquella irrupción? ¡Del campamento no quedarían pronto más que escombros y polvo! Toda la cuestión se reducía a esto: ¿lograría el personal ponerse a salvo dispersándose por la llanura? No hay que olvidar que la velocidad del elefante es prodigiosa, y un caballo al galope no podría superarla.

– Hay que huir... ¡huir de inmediato! —afirmó Khamis dirigiéndose al portugués.

– ¡Huir! —exclamó Urdax.

Y el desdichado traficante comprendía bien que sería perder, junto con su material, todo el producto de la expedición.

Por otra parte, ¿permaneciendo en el campamento lo salvaría, y no era insensato obstinarse en una resistencia imposible?

Max Huber y John Cort esperaban a que se tomase una resolución, decididos a someterse a ella fuera cual fuese.

Sin embargo, la masa se acercaba, y con tal tumulto que apenas se conseguían oír unos a otros.

El foreloper repitió que había que alejarse cuanto antes.

– ¿En qué dirección? —preguntó Max Huber.

– En dirección al bosque.

– ¿Y los indígenas?

– El peligro es menos acuciante allí que aquí —respondió Khamis.

Que eso fuera seguro, ¿cómo afirmarlo? No obstante, existía, al menos, la certeza de que no se podía permanecer en aquel lugar. El único partido, para evitar el aplastamiento, era refugiarse en el interior del bosque.

Ahora bien, ¿no faltaría el tiempo? Dos kilómetros por recorrer, ¡cuando la manada se encontraba a la mitad, como mucho, de esa distancia!

Todos reclamaban una orden de Urdax, orden que este no se decidía a dar.

Al fin exclamó:

– ¡El carro... el carro! Pongámoslo al abrigo detrás del altozano... Quizá quede protegido...

– Demasiado tarde —respondió el foreloper.

– ¡Haz lo que te digo! —ordenó el portugués.

– ¿Cómo? —replicó Khamis.

En efecto, tras haber roto sus trabas, sin que fuera posible detenerlos, los bueyes del tiro habían echado a correr y, enloquecidos, se precipitaban incluso al encuentro del enorme tropel, que los aplastaría como moscas.

Ante aquella visión, Urdax quiso recurrir al personal de la caravana:

– ¡Aquí, porteadores! —gritó.

– ¿Los porteadores? —respondió Khamis—. Llámelos si puede, que salen huyendo...

– ¡Cobardes! —exclamó John Cort.

Sí, todos aquellos negros acababan de lanzarse hacia el oeste del campamento, unos llevándose fardos, otros cargados con los colmillos. ¡Y abandonaban a sus jefes como cobardes y también como ladrones!

Ya no había que contar con aquellos hombres. No volverían. Hallarían refugio en las aldeas indígenas. De la caravana solo quedaban el portugués y el foreloper, el francés, el americano y el chiquillo.

– ¡El carro... el carro! —repetía Urdax, empeñado en ponerlo al resguardo del altozano.

Khamis no pudo contenerse y se encogió de hombros. Obedeció, sin embargo, y, gracias a la ayuda de Max Huber y de John Cort, el vehículo fue empujado al pie de los árboles. Quizá se salvaría si la manada se dividía al llegar al grupo de tamarindos.

Pero la operación llevó algún tiempo, y cuando estuvo terminada, era manifiestamente demasiado tarde para que el portugués y sus compañeros pudieran alcanzar el bosque.

Khamis lo calculó y no pronunció más que estas dos palabras:

– ¡A los árboles!

Una sola posibilidad se presentaba: encaramarse a las ramas de los tamarindos para esquivar al menos el primer embate.

Antes, Max Huber y John Cort se introdujeron en el carro. Hacerse con todos los paquetes de cartuchos que quedaban, asegurar así el servicio de las carabinas si había que utilizarlas contra los elefantes, y también para el camino de vuelta: todo ello fue cosa de un instante, con la ayuda del portugués y del foreloper, el cual tuvo la precaución de proveerse de su hacha y su cantimplora. Atravesando las tierras bajas del Ubangui, ¡quién sabe si sus compañeros y él lograrían alcanzar las factorías de la costa!

¿Qué hora era en aquel momento? Las once y diecisiete, comprobó John Cort tras iluminar su reloj con la llama de una cerilla. Su sangre fría no lo había abandonado, lo que le permitía juzgar la situación, muy peligrosa a su entender y sin salida si los elefantes se detenían junto al altozano en lugar de desviarse hacia el este o el oeste de la llanura.

Max Huber, más nervioso, consciente también del peligro, iba y venía junto al carro, observando la enorme masa ondulante que se destacaba, más sombría aún, sobre el fondo del cielo.

– ¡Artillería es lo que haría falta! —murmuró.

Khamis, por su parte, no dejaba traslucir nada de lo que sentía. Poseía esa calma asombrosa del africano de sangre árabe, esa sangre más espesa que la del blanco, menos roja también, que hace la sensibilidad más obtusa y ofrece menos asidero al dolor físico. Con dos revólveres al cinto, el fusil listo para ser encarado, esperaba.

En cuanto al portugués, incapaz de ocultar su desesperación, pensaba más en el daño irreparable del que sería víctima que en los peligros de aquella irrupción. Así pues, se lamentaba, protestaba, prodigando los más sonoros juramentos de su lengua materna.

Llanga se mantenía junto a John Cort y miraba a Max Huber. No mostraba temor alguno, pues no tenía miedo mientras sus dos amigos estuvieran allí.

Y, sin embargo, el estruendo ensordecedor se propagaba con una violencia inaudita a medida que se acercaba la formidable cabalgata. El clarineo de las poderosas mandíbulas arreciaba. Se sentía ya un soplo que atravesaba el aire como los vientos de tempestad. A aquella distancia de cuatrocientos o quinientos pasos, los paquidermos cobraban, en la noche, dimensiones desmesuradas, apariencias teratológicas. Habríase dicho una apocalipsis de monstruos cuyas trompas, como un millar de serpientes, se convulsionaban en una agitación frenética.

Ya era hora de refugiarse entre las ramas de los tamarindos, y quizá la manada pasaría de largo sin haber avistado al portugués y a sus compañeros.

Aquellos árboles elevaban sus copas a una veintena de metros por encima del suelo. Casi semejantes a nogales, muy caracterizados por la caprichosa difusión de sus ramas, los tamarindos, suerte de datileros, se hallan muy extendidos por las diversas zonas de África. Al tiempo que los negros fabrican con la parte glutinosa de sus frutos una bebida refrescante, acostumbran mezclar las vainas de estos árboles con el arroz del que se alimentan, sobre todo en las provincias litorales.

Los tamarindos estaban lo bastante juntos para que su follaje inferior se entrelazase, lo que permitiría pasar de uno a otro. Su tronco medía en la base una circunferencia de seis a ocho pies, y de cuatro a cinco cerca de la horcadura. ¿Presentaría este grosor una resistencia suficiente si los animales se precipitaban contra el altozano?

Los troncos no ofrecían más que una superficie lisa hasta el nacimiento de las primeras ramas, extendidas a unos diez metros por encima del suelo. Dado el grosor del fuste, alcanzar la horcadura habría sido difícil si Khamis no hubiera tenido a su disposición algunos «chamboks». Se trata de correas de cuero de rinoceronte, muy flexibles, que los forelopers emplean para gobernar los tiros de bueyes.

Gracias a una de esas correas, Urdax y Khamis, tras haberla lanzado a través de la horcadura, pudieron izarse a uno de los árboles. Empleando del mismo modo una correa semejante, Max Huber y John Cort hicieron otro tanto. En cuanto se encontraron a horcajadas sobre una rama, lanzaron el extremo del chambok a Llanga, al que izaron en un santiamén.

La manada no estaba ya a más de trescientos metros. En dos o tres minutos habría alcanzado el altozano.

– Querido amigo, ¿está usted satisfecho? —preguntó irónicamente John Cort a su camarada.

– ¡Esto no es todavía más que lo imprevisto, John!

– Sin duda, Max, pero lo que sería extraordinario es que lográramos salir sanos y salvos de esta.

– Sí... pensándolo bien, John, habría sido preferible no verse expuesto a este ataque de elefantes cuyo contacto es a veces un tanto brusco...

– Es verdaderamente increíble, querido Max, ¡lo mucho que coincidimos! —se limitó a responder John Cort.

Lo que replicó Huber, su amigo no pudo oírlo. En aquel instante estallaron unos mugidos de espanto y luego de dolor que habrían hecho estremecerse a los más valientes.

Apartando el follaje, Urdax y Khamis reconocieron lo que ocurría a un centenar de pasos del altozano.

Tras haber escapado, los bueyes ya no podían huir sino en dirección al bosque. Pero aquellos animales, de marcha lenta y acompasada, ¿lo alcanzarían antes de ser alcanzados ellos mismos? No, y pronto fueron empujados de vuelta... En vano se defendieron a coces y cornadas: cayeron. De todo el tiro no quedaba más que un solo buey que, por desgracia, vino a refugiarse bajo la fronda de los tamarindos.

Sí, por desgracia, pues los elefantes lo persiguieron hasta allí y se detuvieron por un instinto común. En pocos segundos, el rumiante no fue más que un montón de carnes desgarradas, de huesos triturados, restos sangrientos pisoteados bajo los pies callosos de uñas duras como el hierro.

El altozano estaba entonces rodeado y hubo que renunciar a la esperanza de ver alejarse a aquellas bestias furiosas.

En un momento, el carro fue zarandeado, volcado, aplastado bajo las masas pesadas que se empujaban contra el altozano. Aniquilado como un juguete de niño, no quedó nada de él, ni de las ruedas ni de la caja.

Sin duda, nuevos juramentos estallaron entre los labios del portugués, pero aquello no iba a detener a los centenares de elefantes, como tampoco el disparo que Urdax descargó sobre el más cercano, cuya trompa se enrollaba alrededor del árbol. La bala rebotó en el lomo del animal sin penetrar en sus carnes.

Max Huber y John Cort lo comprendieron bien. Aun admitiendo que ningún disparo se perdiese, que cada bala hiciera una víctima, quizá habrían podido librarse de aquellos terribles asaltantes, destruirlos hasta el último, si no hubieran sido más que un pequeño grupo. El día no habría iluminado más que un amontonamiento de enormes cadáveres al pie de los tamarindos. Pero trescientos, quinientos, ¡un millar de esos animales! ¿Acaso es raro encontrar semejantes concentraciones en las comarcas del África ecuatorial, y no hablan los viajeros y los traficantes de inmensas llanuras cubiertas hasta donde alcanza la vista por rumiantes de toda clase?

– La cosa se complica... —observó John Cort.

– Se puede decir incluso que se pone seria —añadió Max Huber.

Después, dirigiéndose al joven indígena, sentado a horcajadas junto a él:

– ¿No tienes miedo? —le preguntó.

– No, mi amigo Max... con usted... ¡no! —respondió Llanga.

Y, sin embargo, estaba permitido no solo a un niño, sino también a hombres, sentir el corazón invadido por un espanto irresistible.

En efecto, no cabía duda de que los elefantes habían avistado, entre las ramas de los tamarindos, a los supervivientes de la caravana.

Y entonces, las filas traseras empujando a las delanteras, el cerco se estrechó alrededor del altozano. Una docena de animales intentaron agarrar las ramas bajas con sus trompas, irguiéndose sobre las patas traseras. Por fortuna, a aquella altura de unos diez metros, no lo consiguieron.

Cuatro disparos de carabina estallaron simultáneamente, cuatro tiros hechos a la ventura, pues era imposible apuntar con precisión bajo el sombrío ramaje de los tamarindos.

Gritos más violentos, aullidos más furiosos se dejaron oír. No pareció, sin embargo, que ningún elefante hubiese sido mortalmente alcanzado por las balas. Y, por lo demás, ¡cuatro de menos no habrían contado!

Así que ya no fue a las ramas inferiores a las que las trompas intentaron aferrarse. Se enrollaron alrededor del fuste de los árboles al tiempo que estos soportaban el empuje poderoso de los cuerpos. Y, de hecho, por gruesos que fueran aquellos tamarindos en su base, por sólidamente que sus raíces mordieran el suelo, sufrieron una sacudida a la que, sin duda, no podrían resistir.

Estallaron más disparos, dos esta vez, efectuados por el portugués y el foreloper, cuyo árbol, sacudido con extraordinaria violencia, los amenazaba con una caída inminente.

El francés y su compañero, por su parte, no habían descargado sus carabinas, aunque estaban dispuestos a hacerlo.

– ¿Para qué? —había dicho John Cort.

– Sí, reservemos nuestras municiones —respondió Max Huber—. Más tarde podríamos lamentar haber quemado aquí nuestro último cartucho.

Mientras tanto, el tamarindo al que estaban aferrados Urdax y Khamis fue sacudido de tal forma que se le oyó crujir en toda su longitud.

Era evidente que, si no era arrancado de raíz, se partiría. Los animales lo atacaban a golpes de colmillo, lo doblaban con sus trompas, lo estremecían hasta en sus raíces.

Permanecer más tiempo en aquel árbol, aunque solo fuese un minuto, era arriesgarse a caer al pie del altozano.

– ¡Venga! —gritó al portugués el foreloper, intentando ganar el árbol vecino.

El portugués había perdido la cabeza y seguía descargando inútilmente su carabina y sus revólveres, cuyas balas resbalaban sobre las pieles rugosas de los paquidermos como sobre una coraza de caimán.

– ¡Venga! —repitió Khamis.

Y en el momento en que el tamarindo era sacudido con más violencia, el foreloper consiguió agarrarse a una de las ramas del árbol ocupado por Max Huber, John Cort y Llanga, menos comprometido que el otro, contra el cual se ensañaban los animales.

– ¿Y Urdax? —gritó John Cort.

– No ha querido seguirme —respondió el foreloper—, ¡ya no sabe lo que hace!

– El desgraciado va a caer...

– No podemos dejarlo allí... —dijo Max Huber.

– Hay que arrastrarlo por la fuerza... —añadió John Cort.

– ¡Demasiado tarde! —dijo Khamis.

Demasiado tarde, en efecto. Partido en un último crujido, el tamarindo se desplomó al pie del altozano.

Lo que fue del portugués, sus compañeros no pudieron verlo; sus gritos indicaban que se debatía bajo los pies de los elefantes, y como cesaron casi al instante, es que todo había acabado.

– ¡El desgraciado... el desgraciado! —murmuró John Cort.

– Pronto nos tocará a nosotros... —dijo Khamis.

– ¡Sería lamentable! —replicó fríamente Max Huber.

– Una vez más, querido amigo, soy por completo de su opinión —declaró John Cort.

¿Qué hacer? Los elefantes, pisoteando el altozano, sacudían los demás árboles, agitados como bajo el soplo de una tempestad. ¿No estaba reservado a quienes habían sobrevivido unos pocos minutos apenas el horrible fin de Urdax? ¿Veían la posibilidad de abandonar el tamarindo antes de su caída? Y si se arriesgaban a descender para ganar la llanura, ¿escaparían a la persecución de aquella manada? ¿Tendrían tiempo de alcanzar el bosque? Y, además, ¿les ofrecería este plena seguridad? Si los elefantes no los perseguían hasta allí, ¿no les habrían escapado solo para caer en poder de unos indígenas no menos feroces?

Sin embargo, si se presentaba la ocasión de buscar refugio más allá de la linde, habría que aprovecharla sin vacilar. La razón mandaba preferir un peligro incierto a un peligro cierto.

El árbol continuaba oscilando, y, en una de esas oscilaciones, varias trompas lograron alcanzar sus ramas inferiores. El foreloper y sus dos compañeros estuvieron a punto de perder el equilibrio, tal fue la violencia de las sacudidas. Max Huber, temiendo por Llanga, lo sujetaba con el brazo izquierdo mientras se agarraba con el derecho. En brevísimos instantes, o las raíces habrían cedido o el tronco se habría partido por la base... Y la caída del tamarindo significaba la muerte de quienes se habían refugiado entre sus ramas, ¡el espantoso aplastamiento del portugués Urdax!

Bajo empujes más rudos y más frecuentes, las raíces cedieron al fin, el suelo se levantó, y el árbol se recostó más que se desplomó a lo largo del altozano.

– ¡Al bosque... al bosque! —gritó Khamis.

Del lado en que las ramas del tamarindo habían encontrado el suelo, el retroceso de los elefantes dejaba el camino libre. Rápidamente, el foreloper, cuyo grito fue oído, estuvo en tierra. Los otros tres lo siguieron al instante en su huida.

Al principio, encarnizados contra los árboles que aún quedaban en pie, los animales no habían avistado a los fugitivos. Max Huber, con Llanga en brazos, corría tan deprisa como sus fuerzas se lo permitían. John Cort se mantenía a su lado, dispuesto a tomar su parte de aquella carga, dispuesto también a descargar su carabina contra el primero de la manada que estuviese a su alcance.

El foreloper, John Cort y Max Huber apenas habían recorrido medio kilómetro cuando una decena de elefantes, destacándose de la tropa, comenzaron a perseguirlos.

– ¡Ánimo... ánimo! —gritaba Khamis—. ¡Conservemos nuestra ventaja! ¡Llegaremos!

Sí, quizá, pero importaba no verse retrasados. Llanga sentía que Max Huber se fatigaba.

– ¡Déjame... déjame, amigo Max! Tengo buenas piernas... ¡déjame!

Max Huber no le hacía caso y procuraba no quedarse rezagado.

Se cubrió un kilómetro sin que los animales hubieran ganado sensiblemente terreno. Por desgracia, la velocidad de Khamis y de sus compañeros se reducía, les faltaba el aliento tras aquella formidable galopada.

Sin embargo, la linde no se hallaba ya a más de unos centenares de pasos, ¿y no era aquello la salvación probable, si no segura, tras aquellos espesos macizos entre los cuales las enormes bestias no podrían maniobrar?

– ¡Deprisa... deprisa! —repetía Khamis—. Déme a Llanga, señor Max...

– No, Khamis... ¡llegaré hasta el final!

Uno de los elefantes no se encontraba ya más que a una docena de metros. Se oía el clarineo de su trompa, se sentía el calor de su aliento. El suelo temblaba bajo sus anchos pies que batían al galope. Un minuto más y habría alcanzado a Max Huber, que no se mantenía sin esfuerzo al nivel de sus compañeros.

Entonces John Cort se detuvo, se volvió, se echó la carabina al hombro, apuntó un instante, disparó y alcanzó, al parecer, al elefante en el punto justo. La bala le había atravesado el corazón; cayó fulminado.

– ¡Buen tiro! —murmuró John Cort, y reanudó la carrera.

Los demás animales, llegados poco después, rodearon la mole tendida en el suelo. De ahí un respiro del que el foreloper y sus compañeros iban a sacar provecho.

Cierto es que, tras haber derribado los últimos árboles del altozano, la manada no tardaría en precipitarse hacia el bosque.

Ningún fuego había reaparecido ni al nivel de la llanura ni en las cimas de los árboles. Todo se confundía en el perímetro del oscuro horizonte.

Exhaustos, sin aliento, ¿tendrían los fugitivos fuerzas para alcanzar su objetivo?

– ¡Adelante... adelante! —gritaba Khamis.

Si no quedaban más que un centenar de pasos por recorrer, los elefantes no se hallaban sino a cuarenta por detrás...

Con un esfuerzo supremo —el del instinto de conservación—, Khamis, Max Huber y John Cort se lanzaron entre los primeros árboles y, medio desfallecidos, cayeron al suelo.

En vano la manada quiso franquear la linde. Los árboles estaban tan apretados que no pudo abrirse paso, y eran de tales dimensiones que no logró derribarlos. En vano las trompas se deslizaron por los intersticios, en vano las filas traseras empujaron a las delanteras...

Los fugitivos ya no tenían nada que temer de los elefantes, a los que el gran bosque del Ubangui oponía un obstáculo insuperable.

Depesza

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