El pueblo aéreo

Capítulo II

Los fuegos errantes

Una distancia de dos kilómetros a lo sumo separaba el altozano de los sombríos macizos a cuyo pie iban y venían unas llamas fuliginosas y vacilantes. Se habrían podido contar una decena de ellas, unas veces reunidas, otras aisladas, agitadas a veces con una violencia que la calma de la atmósfera no justificaba. Que una partida de indígenas hubiese acampado en aquel lugar, que se hubiera instalado allí a la espera del día, cabía presumirlo. Sin embargo, aquellos fuegos no eran los de un campamento. Se paseaban con demasiado capricho a lo largo de un centenar de toesas, en lugar de concentrarse en un foco único propio de un alto nocturno.

No hay que olvidar que aquellas regiones del Ubangui son frecuentadas por tribus nómadas, llegadas del Adamawa o del Barguimi al oeste, o incluso del Uganda al este. Una caravana de traficantes no habría sido tan imprudente como para señalar su presencia con aquellos múltiples fuegos moviéndose en las tinieblas. Solo unos indígenas podían haberse detenido en aquel lugar. ¿Y quién sabe si no albergaban intenciones hostiles hacia la caravana dormida bajo la fronda de los tamarindos?

Fuera como fuere, si por ese motivo algún peligro la amenazaba, si varios centenares de pahuinos, de fundj, de chilucs, de baris, de denkas u otros no esperaban sino el momento de asaltarla con las ventajas de una superioridad numérica, nadie —al menos hasta las diez y media— había tomado ninguna medida defensiva. Todo el mundo dormía en el campamento, amos y sirvientes, y, lo que era más grave, los porteadores encargados de relevarse en su puesto de vigilancia estaban sumidos en un pesado sueño.

Muy afortunadamente, el joven indígena se despertó. Pero no cabe duda de que sus ojos se habrían cerrado de nuevo al instante si no se hubieran dirigido hacia el horizonte del sur. Bajo sus párpados entrecerrados sintió la impresión de una luz que perforaba aquella noche muy oscura. Se desperezó, se frotó los ojos, miró con más detenimiento... ¡No! No se equivocaba: unos fuegos dispersos se movían por la linde del bosque.

A Llanga se le ocurrió que la caravana iba a ser atacada. Fue de su parte algo más instintivo que reflexionado. En efecto, los malhechores que se preparan para la matanza y el saqueo no ignoran que aumentan sus probabilidades cuando actúan por sorpresa. No se dejan ver de antemano, ¿y estos se habrían delatado?

El niño, sin querer despertar a Max Huber y a John Cort, reptó sin ruido hacia el carro. En cuanto llegó junto al foreloper, le puso la mano en el hombro, lo despertó y, con el dedo, le señaló los fuegos del horizonte.

Khamis se incorporó, observó durante un minuto aquellas llamas en movimiento y, con voz cuya rotundidad no se preocupó de suavizar:

– ¡Urdax! —dijo.

El portugués, como hombre acostumbrado a desembarazarse rápidamente de los vapores del sueño, estuvo en pie en un instante.

– ¿Qué ocurre, Khamis?

– ¡Mire!

Y, con el brazo extendido, señalaba la linde iluminada a ras de la llanura.

– ¡Alerta! —gritó el portugués a pleno pulmón.

En pocos segundos, el personal de la caravana estuvo en pie, y los ánimos quedaron tan impresionados por la gravedad de aquella situación que nadie pensó en recriminar a los vigías pillados en falta. Era seguro que, sin Llanga, el campamento habría sido invadido mientras dormían Urdax y sus compañeros.

Inútil mencionar que Max Huber y John Cort, apresurándose a abandonar el hueco entre las raíces, se habían reunido con el portugués y el foreloper.

Eran poco más de las diez y media. Una profunda oscuridad envolvía la llanura en las tres cuartas partes de su perímetro, al norte, al este y al oeste. Solo el sur se iluminaba con aquellas llamas mortecinas, que despedían vivos resplandores cuando se arremolinaban, y de las que se contaban ya no menos de una cincuentena.

– Debe de haber allí una concentración de indígenas —dijo Urdax—, probablemente de esos budjos que frecuentan las orillas del Congo y del Ubangui.

– Seguro —añadió Khamis—, esas llamas no se han encendido solas...

– Y —hizo observar John Cort— hay brazos que las sostienen y las desplazan.

– Pero —dijo Max Huber— esos brazos deben de estar unidos a unos hombros, esos hombros a unos cuerpos, ¡y de esos cuerpos no avistamos ni uno solo en medio de esa iluminación!

– Eso se debe a que están un poco más adentro de la linde, detrás de los árboles... —observó Khamis.

– Y observemos —prosiguió Max Huber— que no se trata de una partida en marcha por el contorno del bosque... ¡No! Si esos fuegos se apartan a derecha e izquierda, siempre vuelven al mismo punto...

– Donde debe de estar el campamento de esos indígenas —afirmó el foreloper.

– ¿Su opinión? —preguntó John Cort a Urdax.

– Es que vamos a ser atacados —afirmó este— y que debemos, de inmediato, hacer nuestros preparativos de defensa...

– Pero ¿por qué esos indígenas no nos han asaltado antes de dejarse ver?

– Los negros no son blancos —declaró el portugués—. Sin embargo, por poco avisados que sean, no dejan de ser temibles por su número y sus instintos feroces...

– ¡Panteras que nuestros misioneros tendrán mucho trabajo en transformar en corderos! —añadió Max Huber.

– ¡Estemos preparados! —concluyó el portugués.

Sí, mantenerse preparados para la defensa, y defenderse hasta la muerte. No hay piedad alguna que esperar de aquellas tribus del Ubangui. Hasta qué punto son crueles resulta difícil de imaginar, y las tribus más salvajes de Australia, las Salomón, las Hébridas o Nueva Guinea sostendrían difícilmente la comparación con tales indígenas. Hacia el centro de la región no hay sino aldeas de caníbales, y los Padres de la Misión, que desafían la más espantosa de las muertes, no lo ignoran. Uno se sentiría tentado de clasificar a estos seres, fieras con rostro humano, en el rango de los animales, en esta África ecuatorial donde la debilidad es un crimen, donde la fuerza lo es todo. Y de hecho, incluso en la edad adulta, ¡cuántos de estos negros no poseen siquiera las nociones elementales de un niño de cinco o seis años!

Y lo que cabe afirmar —las pruebas abundan, los misioneros han sido a menudo testigos de tales escenas atroces— es que los sacrificios humanos son práctica habitual en el país. Se mata a los esclavos sobre la tumba de sus amos, y las cabezas, fijadas a una rama flexible, son lanzadas a lo lejos en cuanto el cuchillo del hechicero las ha cercenado. Entre los diez y los dieciséis años, los niños sirven de alimento en las ceremonias de aparato, y ciertos jefes no se alimentan más que de esa carne joven.

A estos instintos caníbales se une el instinto del pillaje. Los arrastra a veces a grandes distancias por el camino de las caravanas, a las que asaltan, despojan y destruyen. Si están peor armados que los traficantes y su personal, tienen el número de su parte, y millares de indígenas siempre acabarán venciendo a unos centenares de porteadores. Los forelopers no lo ignoran. Así pues, su principal preocupación es no internarse entre esas aldeas, como Ngombé Dara, Kalaka Taimo y otras comprendidas en la región del Aukadepé y del Bahar-el-Abiad, donde los misioneros no han hecho aún su aparición, pero donde penetrarán algún día. Ningún temor detiene la entrega de estos últimos cuando se trata de arrancar a pequeños seres de la muerte y de regenerar a esas razas salvajes por la influencia de la civilización cristiana.

Desde el comienzo de la expedición, el portugués Urdax no siempre había podido evitar el ataque de los indígenas, pero había salido sin gran perjuicio y traía de vuelta a su personal al completo. El regreso prometía realizarse en condiciones perfectas de seguridad. Una vez bordeado aquel bosque por el oeste, se alcanzaría la orilla derecha del Ubangui y se descendería por este río hasta su desembocadura en la margen derecha del Congo. A partir del Ubangui, el país es frecuentado por mercaderes, por misioneros. A partir de entonces habría menos que temer del contacto con las tribus nómadas que la iniciativa francesa, inglesa, portuguesa y alemana empuja poco a poco hacia las lejanas comarcas del Darfur.

Pero cuando unas pocas jornadas de marcha debían bastar para alcanzar el río, ¿no iba a verse detenida la caravana en aquella ruta, en lucha con un número tal de saqueadores que acabaría por sucumbir? Había motivos para temerlo. En todo caso, no perecería sin haberse defendido, y, a la voz del portugués, se tomaron todas las medidas para organizar la resistencia.

En un instante, Urdax, el foreloper, John Cort y Max Huber estuvieron armados, carabina en mano, revólveres al cinto, las cartucheras bien surtidas. El carro contenía una docena de fusiles y pistolas que fueron confiados a algunos de los porteadores cuya fidelidad era conocida.

Al mismo tiempo, Urdax dio la orden a su personal de apostarse alrededor de los grandes tamarindos, a fin de resguardarse mejor de las flechas, cuya punta envenenada causa heridas mortales.

Se esperó. Ningún ruido atravesaba el espacio. No parecía que los indígenas se hubieran adelantado más allá del bosque. Los fuegos se veían incesantemente, y, aquí y allá, se agitaban largos penachos de humo amarillento.

– Son antorchas resinosas que pasean por la linde de los árboles...

– Sin duda —respondió Max Huber—, pero persisto en no comprender por qué esa gente lo hace, si tienen intención de atacarnos...

– Y yo tampoco lo comprendo —añadió John Cort—, si no tienen esa intención.

Era inexplicable, en efecto. Aunque, ¿de qué asombrarse, tratándose de aquellos brutos del alto Ubangui?

Transcurrió una media hora sin que se produjera cambio alguno en la situación. El campamento se mantenía en guardia. Las miradas escrutaban las sombras lejanas del este y del oeste. Mientras los fuegos brillaban al sur, un destacamento podía deslizarse lateralmente para atacar la caravana al amparo de la oscuridad.

En aquella dirección, la llanura estaba con toda certeza desierta. Por profunda que fuese la noche, una partida de agresores no habría podido sorprender al portugués y a sus compañeros antes de que estos hubieran hecho uso de sus armas.

Un poco después, hacia las once, Max Huber, adelantándose unos pasos del grupo que formaban Urdax, Khamis y John Cort, dijo con voz resuelta:

– Hay que ir a reconocer al enemigo...

– ¿Es realmente necesario? —preguntó John Cort—. ¿La simple prudencia no nos ordena permanecer en observación hasta el amanecer?

– Esperar... esperar... —replicó Max Huber—, después de que nuestro sueño ha sido tan enojosamente interrumpido... ¡Esperar durante seis o siete horas más, con la mano en la culata del fusil! No, hay que saber cuanto antes a qué atenernos. Y, al fin y al cabo, si esos indígenas no albergan ninguna mala intención, ¡no me disgustaría volver a acurrucarme hasta la mañana en aquel lecho de raíces donde tenía unos sueños tan hermosos!

– ¿Qué opina usted? —preguntó John Cort al portugués, que permanecía en silencio.

– Quizá la propuesta merezca ser aceptada —replicó este—, pero no actuemos sin precauciones...

– Me ofrezco para ir en descubierta —dijo Max Huber—, y fíese de mí...

– Le acompañaré —añadió el foreloper—, si el señor Urdax lo considera oportuno...

– Será desde luego mejor —aprobó el portugués.

– Yo también puedo unirme a ustedes... —propuso John Cort.

– No... quédese, querido amigo —insistió Max Huber—. Con dos bastaremos... Además, no iremos más lejos de lo necesario... Y, si descubrimos una partida dirigiéndose hacia aquí, regresaremos a toda prisa...

– Asegúrense de que sus armas están en condiciones... —recomendó John Cort.

– Hecho —respondió Khamis—, pero espero que no tengamos que usarlas durante esta exploración. Lo esencial es no dejarse ver...

– Es también mi opinión —declaró el portugués.

Max Huber y el foreloper, caminando uno junto al otro, no tardaron en rebasar el altozano de los tamarindos. Más allá, la llanura era un poco menos oscura. Un hombre, sin embargo, no habría podido ser divisado a la distancia de un centenar de pasos. Apenas habían dado cincuenta cuando advirtieron a Llanga tras ellos. Sin decir nada, el niño los había seguido fuera del campamento.

– ¡Eh! ¿Por qué has venido, pequeño? —dijo Khamis.

– Sí, Llanga —prosiguió Max Huber—, ¿por qué no te has quedado con los demás?

– Vamos... vuelve... —ordenó el foreloper.

– ¡Oh! Señor Max —murmuró Llanga—, con usted... yo... con usted...

– Pero bien sabes que tu amigo John está allí...

– Sí... pero mi amigo Max... está aquí...

– ¡No te necesitamos! —dijo Khamis con tono bastante duro.

– ¡Dejémosle, ya que está aquí! —repuso Max Huber—. No nos estorbará, Khamis, y, con esos ojos de gato montés, quizá descubra en la sombra lo que nosotros no podríamos ver...

– Sí... yo miraré... ¡veré lejos! —aseguró el niño.

– ¡Está bien! Quédate cerca de mí —dijo Max Huber— y abre los ojos.

Los tres se adelantaron. Un cuarto de hora después, se hallaban a mitad de camino entre el campamento y el gran bosque.

Los fuegos desplegaban siempre sus resplandores al pie de los macizos y, a menor distancia, se manifestaban con destellos más vivos. Pero por penetrante que fuese la vista del foreloper, por bueno que fuese el catalejo que Max Huber acababa de extraer de su funda, por agudas que fuesen las miradas del joven «gato montés», resultaba imposible divisar a quienes agitaban aquellas antorchas.

Esto confirmaba la opinión del portugués de que era al abrigo de los árboles, detrás de la espesa maleza y los anchos troncos, donde se movían aquellos resplandores. Con toda seguridad, los indígenas no habían sobrepasado el límite del bosque, y quizá ni siquiera pensaban hacerlo.

En realidad, la cosa era cada vez más inexplicable. Si no había allí más que una partida con intención de reemprender la marcha al despuntar el día, ¿a qué aquella iluminación de la linde? ¿Qué ceremonia nocturna los mantenía despiertos a aquellas horas?

– Y me pregunto incluso —hizo observar Max Huber— si habrán reconocido nuestra caravana, y si saben que está acampada alrededor de los tamarindos...

– En efecto —respondió Khamis—, es posible que no hayan llegado hasta la caída de la noche, cuando esta envolvía ya la llanura, y, como nuestras hogueras estaban apagadas, quizá ignoren que estamos acampados a corta distancia... Pero mañana, al alba, nos verán...

– A menos que hayamos partido ya, Khamis.

Max Huber y el foreloper reanudaron la marcha en silencio.

Se recorrió medio kilómetro, de modo que, en aquel momento, la distancia hasta el bosque se reducía a unos pocos centenares de metros.

Nada sospechoso en la superficie de aquel suelo, atravesado a veces por el largo haz de las antorchas. Ninguna silueta se recortaba en él, ni al sur, ni al levante, ni al poniente. Una agresión no parecía inminente. Además, por cerca que se encontrasen de la linde, ni Max Huber, ni Khamis, ni Llanga lograron descubrir a los seres que señalaban su presencia con aquellos múltiples fuegos.

– ¿Debemos acercarnos más? —preguntó Max Huber, tras una pausa de unos instantes.

– ¿Para qué? —respondió Khamis—. ¿No sería imprudente? Es posible, al fin y al cabo, que nuestra caravana no haya sido avistada, y si levantamos el campo esta noche...

– ¡Con todo, me habría gustado salir de dudas! —repitió Max Huber—. Esto se presenta en unas condiciones tan singulares...

Y no hacía falta más para excitar la viva imaginación de un francés.

– Volvamos al altozano —replicó el foreloper.

Sin embargo, se vio obligado a avanzar más aún, tras Max Huber, al que Llanga no había querido abandonar... Y quizá los tres se habrían llegado hasta la misma linde cuando Khamis se detuvo de forma definitiva.

– ¡Ni un paso más! —dijo en voz baja.

¿Era, pues, ante un peligro inminente por lo que el foreloper y su compañero suspendieron su marcha? ¿Habían entrevisto un grupo de indígenas? ¿Iban a ser atacados? Lo que era cierto es que un brusco cambio acababa de producirse en la disposición de los fuegos al borde del bosque.

Por un momento, aquellos fuegos desaparecieron tras la cortina de los primeros árboles, confundidos en una oscuridad profunda.

– ¡Atención! —dijo Max Huber.

– ¡Atrás! —respondió Khamis.

¿Convenía retroceder por temor a una agresión inmediata? Quizá. En todo caso, más valía no batirse en retirada sin estar dispuestos a responder golpe por golpe. Las carabinas amartilladas volvieron al hombro, mientras las miradas no dejaban de escrutar los sombríos macizos de la linde.

De pronto, de aquella sombra no tardaron en brotar de nuevo los resplandores, en número de una veintena.

– ¡Pardiez! —exclamó Max Huber—. ¡Esta vez, si no es extraordinario, al menos es bien extraño!

La palabra parecerá justificada por la razón de que las antorchas, tras haber brillado antes al nivel de la llanura, lanzaban ahora sus más vivos resplandores entre quince y treinta metros por encima del suelo.

En cuanto a los seres, cualesquiera que fuesen, que agitaban aquellas antorchas, unas veces en las ramas bajas, otras en las más altas, como si un viento de llamas hubiese atravesado aquel espeso follaje, ni Max Huber, ni el foreloper, ni Llanga lograron distinguir uno solo.

– ¡Eh! —exclamó Max Huber—. ¿No serán simples fuegos fatuos jugando entre los árboles?

Khamis sacudió la cabeza. La explicación del fenómeno no lo satisfacía.

Que hubiera allí alguna expansión de hidrógeno en forma de exhalaciones inflamadas, una veintena de esos penachos que las tormentas cuelgan tanto de las ramas de los árboles como de la arboladura de un navío, no, desde luego, y aquellos fuegos no podían confundirse con los caprichosos fuegos de San Telmo. La atmósfera no estaba saturada de electricidad, y las nubes amenazaban más bien con resolverse en una de esas lluvias torrenciales que inundan con frecuencia la parte central del continente negro.

Pero entonces, ¿por qué los indígenas acampados al pie de los árboles se habían encaramado, unos hasta la horcadura, otros hasta las ramas más altas? ¿Y a santo de qué paseaban allí arriba aquellos tizones encendidos, aquellas teas de resina cuya deflagración se oía crepitar a aquella distancia?

– Avancemos... —dijo Max Huber.

– Inútil —respondió el foreloper—. No creo que nuestro campamento esté amenazado esta noche, y es preferible regresar para tranquilizar a nuestros compañeros...

– Estaremos más en condiciones de tranquilizarlos, Khamis, cuando sepamos a qué atenernos sobre la naturaleza de este fenómeno...

– No, señor Max, no nos aventuremos más lejos... Es seguro que una tribu está reunida en ese lugar... ¿Por qué razón esos nómadas agitan esas llamas? ¿Por qué se han refugiado en los árboles? ¿Será para ahuyentar a las fieras por lo que han mantenido esos fuegos?

– ¿Fieras? —replicó Max Huber—. Pero panteras, hienas, bueyes salvajes, se les oiría rugir o mugir, y el único ruido que nos llega es el crepitar de esas resinas, ¡que amenazan con incendiar el bosque! Quiero saber...

Y Max Huber se adelantó unos pasos, seguido de Llanga, a quien Khamis llamaba en vano.

El foreloper vacilaba sobre lo que debía hacer, impotente para retener al impaciente francés. En fin, no queriendo dejarlo aventurarse solo, se disponía a acompañarlo hasta los macizos, aunque, a su juicio, aquello fuera una temeridad imperdonable.

De repente, se detuvo, en el mismo instante en que se detenían Max Huber y Llanga. Los tres se volvieron, de espaldas al bosque. Ya no eran los resplandores lo que atraía su atención. Además, como bajo el soplo de un súbito huracán, las antorchas acababan de apagarse, y unas tinieblas profundas envolvían el horizonte.

Del lado opuesto, un rumor lejano se propagaba a través del espacio, o más bien un concierto de bramidos prolongados, de resoplidos gangosos, como si un órgano gigantesco lanzara sus poderosas ondas sobre la superficie de la llanura.

¿Era acaso una tormenta que se alzaba en aquella parte del cielo, y cuyos primeros truenos perturbaban la atmósfera?

¡No! No se producía ninguno de esos meteoros que asolan tan a menudo el África ecuatorial de un litoral a otro. Aquellos bramidos característicos delataban su origen animal y no provenían de una repercusión de las descargas del rayo intercambiadas en las profundidades del cielo. Debían de brotar más bien de fauces formidables, no de nubes eléctricas. Por lo demás, las zonas bajas no se acuchillaban con los fulminantes zigzags que se suceden a cortos intervalos. Ni un relámpago sobre el horizonte del norte, tan sombrío como el del sur. A través de los nubarrones acumulados, ni un trazo de fuego entre los cirros, apilados como fardos de vapor.

– ¿Qué es eso, Khamis? —preguntó Max Huber.

– Al campamento... —respondió el foreloper.

– ¿Será posible que...? —exclamó Max Huber.

Y, con el oído tendido en aquella dirección, percibía un clamoreo más nítido, estridente a veces como un silbato de locomotora, en medio de los anchos rumores que crecían al acercarse.

– Corramos —dijo el foreloper— ¡y al trote!

Depesza

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