El pueblo aéreo

Capítulo IV

Partido que tomar, partido tomado

Era cerca de medianoche. Quedaban seis horas por pasar en completa oscuridad. ¡Seis largas horas de temores y peligros! Que Khamis y sus compañeros estuviesen a salvo tras la infranqueable barrera de los árboles, eso parecía cosa adquirida. Pero si la seguridad estaba garantizada por ese lado, otro peligro amenazaba. En mitad de la noche, ¿acaso no se habían mostrado múltiples fuegos en la linde? ¿Acaso las altas ramas no se habían iluminado con inexplicables resplandores? ¿Cabía dudar de que una partida de indígenas estuviera acampada en aquel lugar? ¿No era de temer una agresión contra la que ninguna defensa sería posible?

– Vigilemos —dijo el foreloper, en cuanto hubo recobrado el aliento tras aquella carrera desalentadora, y cuando el francés y el americano estuvieron en condiciones de responderle.

– Vigilemos —repitió John Cort— y estemos listos para rechazar un ataque. Los nómadas no pueden andar lejos... Es en esta parte de la linde donde han hecho alto, y he aquí los restos de una hoguera, de donde aún escapan algunas chispas...

En efecto, a cinco o seis pasos, al pie de un árbol, unos carbones ardían despidiendo un resplandor rojizo.

Max Huber se incorporó y, con la carabina amartillada, se deslizó bajo la maleza.

Khamis y John Cort, inquietos, se mantenían dispuestos a reunirse con él si fuera preciso.

La ausencia de Max Huber no duró más de tres o cuatro minutos. No había entrevisto nada sospechoso, nada oído que fuese de naturaleza a inspirar el temor de un peligro inmediato.

– Esta parte del bosque está actualmente desierta —dijo—. Es seguro que los indígenas la han abandonado...

– Y quizá huyeron al ver aparecer a los elefantes —observó John Cort.

– Quizá, pues los fuegos que avistamos el señor Max y yo —dijo Khamis— se apagaron en cuanto los bramidos resonaron en dirección norte. ¿Fue por prudencia, fue por miedo? Esa gente debía de creerse a salvo detrás de los árboles... No me lo explico bien...

– Lo cual es inexplicable —prosiguió Max Huber—, y la noche no es propicia para las explicaciones. Esperemos al día, y, lo confieso, me costaría mucho mantenerme despierto... los ojos se me cierran a pesar mío...

– El momento está mal elegido para dormir, querido Max —declaró John Cort.

– No puede estar peor elegido, querido John, pero el sueño no obedece, manda... ¡Buenas noches y hasta mañana!

Un instante después, Max Huber, tendido al pie de un árbol, estaba sumido en un profundo sueño.

– Ve a acostarte junto a él, Llanga —dijo John Cort—. Khamis y yo velaremos hasta la mañana.

– Yo me bastaré, señor John —respondió el foreloper—. Es mi costumbre, y le aconsejo que imite a su amigo.

Se podía confiar en Khamis. No relajaría ni un minuto su vigilancia.

Llanga fue a acurrucarse junto a Max Huber. John Cort, por su parte, quiso resistir. Durante un cuarto de hora más, conversó con el foreloper. Ambos hablaron del infortunado portugués, al que Khamis estaba ligado desde hacía largo tiempo, y cuyas cualidades sus compañeros habían apreciado a lo largo de aquella campaña.

– El desgraciado —repetía Khamis— perdió la cabeza al verse abandonado por esos cobardes porteadores, despojado, robado...

– ¡Pobre hombre! —murmuró John Cort.

Fueron las dos últimas palabras que pronunció. Vencido por la fatiga, se tendió sobre la hierba y se durmió al instante.

Solo, con el ojo avizor, prestando oído, acechando los menores ruidos, con la carabina al alcance de la mano, escrutando la espesa sombra con la mirada, incorporándose a veces para sondear mejor las profundidades del sotobosque a ras del suelo, dispuesto en todo momento a despertar a sus compañeros si hubiese necesidad de defenderse, Khamis veló hasta las primeras luces del día.

En unos cuantos rasgos, el lector habrá podido constatar ya la diferencia de carácter que existía entre los dos amigos, el francés y el americano.

John Cort era de espíritu muy serio y muy práctico, cualidades habituales en los hombres de Nueva Inglaterra. Nacido en Boston, y aunque fuese yanqui de origen, solo se revelaba por los buenos rasgos del yanqui. Muy interesado por las cuestiones de geografía y de antropología, el estudio de las razas humanas le apasionaba en grado sumo. A estos méritos unía un gran coraje y habría llevado la abnegación por sus amigos hasta el último sacrificio.

Max Huber, un parisino que seguía siéndolo en medio de aquellas comarcas lejanas adonde lo habían transportado los azares de la existencia, no le iba a la zaga a John Cort ni en cabeza ni en corazón. Pero, de sentido menos práctico, podría decirse que «vivía en verso» mientras John Cort «vivía en prosa». Su temperamento lo lanzaba de buen grado a la persecución de lo extraordinario. Como habrá podido observarse, habría sido capaz de lamentables temeridades para satisfacer sus instintos de imaginativo, si su prudente compañero no lo hubiera frenado. Esta feliz intervención había tenido varias ocasiones de ejercerse desde la partida de Libreville.

Libreville es la capital del Congo francés. Fundada en 1849 en la orilla izquierda del estuario del Gabón, cuenta actualmente con mil quinientos a mil seiscientos habitantes. Allí reside el gobernador de la colonia, y no habría que buscar en ella otros edificios que su propia casa. El hospital, el establecimiento de los misioneros y, para la parte industrial y comercial, los depósitos de carbón, los almacenes y los astilleros constituyen toda la ciudad.

A tres kilómetros de esta capital se encuentra un anexo, la aldea de Glass, donde prosperan factorías alemanas, inglesas y americanas.

Fue allí donde Max Huber y John Cort se habían conocido cinco o seis años antes y habían trabado una sólida amistad. Sus familias poseían intereses considerables en la factoría americana de Glass. Ambos ocupaban en ella empleos superiores. El establecimiento se mantenía en plena prosperidad, traficando con marfil, aceites de cacahuete, vino de palma y las diversas producciones del país: como la nuez de cola, aperitiva y vivificante, o la baya de caffa, de aroma tan penetrante y de energía tan fortificante, ambas ampliamente expedidas a los mercados de América y Europa.

Tres meses antes, Max Huber y John Cort habían concebido el proyecto de visitar la región que se extiende al este del Congo francés y del Camerún. Cazadores decididos, no vacilaron en unirse al personal de una caravana a punto de partir de Libreville hacia aquella comarca donde los elefantes abundan más allá del Bahar-el-Abiad, hasta los confines del Barguimi y del Darfur. Ambos conocían al jefe de esta caravana, el portugués Urdax, originario de Loango, que pasaba, con toda justicia, por un hábil traficante.

Urdax formaba parte de aquella Asociación de cazadores de marfil que Stanley, en 1887-1889, encontró en Ipoto cuando regresaba del Congo septentrional. Pero el portugués no compartía la mala reputación de sus colegas, los cuales, en su mayor parte, con el pretexto de cazar al elefante, se entregan a la matanza de los indígenas y, como dice el intrépido explorador del África ecuatorial, el marfil que traen de vuelta está teñido de sangre humana.

¡No! Un francés y un americano podían, sin desdoro, aceptar la compañía de Urdax, y también la del foreloper, el guía de la caravana, aquel Khamis que en ninguna circunstancia había de escatimar ni su entrega ni su celo.

La campaña fue afortunada, ya se sabe. Muy aclimatados, John Cort y Max Huber soportaron con notable resistencia las fatigas de aquella expedición. Algo adelgazados, sin duda, regresaban en perfecto estado de salud cuando la mala suerte les cortó el camino de vuelta. Y ahora les faltaba el jefe de la caravana, cuando una distancia de más de dos mil kilómetros los separaba todavía de Libreville.

La «Gran Selva», así la había calificado Urdax, aquella selva del Ubangui cuyo límite habían franqueado, justificaba tal calificación.

En las partes conocidas del globo terrestre existen esos espacios cubiertos de millones de árboles, y sus dimensiones son tales que la mayoría de los Estados de Europa no igualan su superficie.

Se citan, entre las más vastas del mundo, las cuatro selvas situadas en América del Norte, en América del Sur, en Siberia y en el África central.

La primera, prolongándose en dirección septentrional hasta la bahía de Hudson y la península del Labrador, cubre, en las provincias de Quebec y Ontario, al norte del San Lorenzo, un área cuya longitud mide dos mil setecientos cincuenta kilómetros por una anchura de mil seiscientos.

La segunda ocupa en el valle del Amazonas, al noroeste de Brasil, una extensión de tres mil trescientos kilómetros de longitud por dos mil de anchura.

La tercera, con cuatro mil ochocientos kilómetros por un lado y dos mil setecientos por otro, eriza de sus enormes coníferas, de una altura de cincuenta metros, una porción de la Siberia meridional, desde las llanuras de la cuenca del Obi al oeste hasta el valle del Indigirka al este, comarca que riegan el Yeniséi, el Olamk, el Lena y el Yana.

La cuarta se extiende desde el valle del Congo hasta las fuentes del Nilo y del Zambeze, sobre una superficie aún indeterminada, que supera verosímilmente la de las otras tres. Allí, en efecto, se despliega la inmensa extensión de región ignota que presenta esta parte de África paralela al ecuador, al norte del Ogooué y del Congo, sobre un millón de kilómetros cuadrados, casi dos veces la superficie de Francia.

No se habrá olvidado que entraba en los planes del portugués Urdax no aventurarse a través de esta selva, sino bordearla por el norte y el oeste. Por otra parte, ¿cómo habrían podido circular el carro y su tiro en medio de aquel laberinto? Aun a costa de alargar el itinerario en unas cuantas jornadas de marcha, la caravana seguiría, a lo largo de la linde, un camino más fácil que conducía a la orilla derecha del Ubangui, y desde allí sería sencillo regresar a las factorías de Libreville.

Ahora la situación había cambiado. Se acabaron los impedimenta de un numeroso personal, las cargas de un material aparatoso. Se acabaron el carro, los bueyes, los pertrechos de campamento. Solo tres hombres y un niño, a quienes faltaban los medios de transporte a quinientas leguas del litoral atlántico.

¿Qué partido convenía tomar? ¿Volver al itinerario indicado por Urdax, pero en condiciones poco favorables, o bien intentar, como peatones, cruzar oblicuamente la selva, donde los encuentros con nómadas serían menos de temer, ruta que abreviaría el trayecto hasta las fronteras del Congo francés?

Tal sería la importante cuestión que tratar, y luego resolver, en cuanto Max Huber y John Cort despertasen en el alba próxima.

Durante aquellas largas horas, Khamis había montado guardia. Ningún incidente turbó el descanso de los durmientes ni hizo presentir una agresión nocturna. En varias ocasiones, el foreloper, revólver en mano, se había alejado una cincuentena de pasos, reptando entre la maleza, cuando se producía en los alrededores algún ruido capaz de inquietar su vigilancia. No eran sino el crujido de una rama muerta, el aletazo de un ave grande a través de las ramas, el patear de algún rumiante alrededor del lugar de la parada, y también esos vagos rumores del bosque cuando, bajo el viento de la noche, se estremecen las altas frondas.

En cuanto los dos amigos abrieron los ojos, se pusieron en pie.

– ¿Y los indígenas? —preguntó John Cort.

– No han reaparecido —respondió Khamis.

– ¿No han dejado huellas de su paso?

– Es de suponer, señor John, y probablemente cerca de la linde...

– Vamos a verlo, Khamis.

Los tres, seguidos de Llanga, se deslizaron hacia la llanura. A treinta pasos de allí, los indicios no faltaron: huellas múltiples, hierbas holladas al pie de los árboles, restos de ramas resinosas consumidas a medias, montones de ceniza donde chisporroteaban algunas pavesas, zarzas cuyas más secas despedían todavía un poco de humo. En cambio, ningún ser humano bajo los árboles ni en las ramas, entre las cuales, cinco o seis horas antes, se agitaban las llamas errantes.

– Se han ido... —dijo Max Huber.

– O al menos se han alejado —respondió Khamis—, y no me parece que debamos temer...

– Si los indígenas se han alejado —hizo observar John Cort—, ¡los elefantes no han seguido su ejemplo!

Y, en efecto, los monstruosos paquidermos seguían rondando por las inmediaciones de la selva. Varios se empeñaban vanamente en derribar los árboles a base de vigorosos empellones. En cuanto al grupo de tamarindos, Khamis y sus compañeros pudieron constatar que había sido abatido. El altozano, despojado de su sombra, no formaba ya más que una ligera tumescencia en la superficie de la llanura.

Por consejo del foreloper, Max Huber y John Cort evitaron dejarse ver, con la esperanza de que los elefantes abandonasen la llanura.

– Eso nos permitiría regresar al campamento —dijo Max Huber— y recoger lo que quede del material... quizá algunas cajas de conservas, municiones...

– Y también —añadió John Cort— dar una sepultura digna a ese pobre Urdax...

– No hay que pensar en ello mientras los elefantes sigan junto a la linde —respondió Khamis—. Además, en lo que respecta al material, ¡debe de estar reducido a escombros informes!

El foreloper tenía razón, y, como los elefantes no manifestaban la menor intención de retirarse, no quedó más que decidir lo que convenía hacer. Khamis, John Cort, Max Huber y Llanga volvieron, pues, sobre sus pasos.

Por el camino, Max Huber tuvo la fortuna de abatir una hermosa pieza, que aseguraría la alimentación para dos o tres días.

Era un inyala, especie de antílope de pelaje gris mezclado con pelos pardos, animal de gran tamaño; este ejemplar, un macho, armado de cuernos espiralados, con una espesa pelambre que le guarnecía el pecho y la parte inferior del cuerpo. La bala lo había alcanzado justo cuando su cabeza se deslizaba entre la maleza.

Aquel inyala debía de pesar entre ciento veinticinco y ciento cincuenta kilogramos. Al verlo caer, Llanga había echado a correr como un cachorro. Pero, como es de imaginar, no habría podido cargar con semejante pieza, y hubo que acudir en su ayuda.

El foreloper, avezado a estas operaciones, despiezó el animal y reservó las partes aprovechables, que fueron transportadas hasta el lugar de la hoguera. John Cort echó a esta una brazada de leña muerta, que prendió en pocos minutos; luego, en cuanto se formó un lecho de brasas ardientes, Khamis depositó sobre ellas varias tajadas de una carne apetitosa.

De conservas, de galletas, de las que la caravana poseía buen número de cajas, ya no cabía hablar, y sin duda los porteadores se habían llevado la mayor parte. Por gran fortuna, en las selvas de caza abundante del África central, un cazador tiene siempre la seguridad de bastarse a sí mismo, si sabe contentarse con carnes asadas o a la brasa.

Cierto es que lo que importa es que las municiones no falten. Ahora bien, John Cort, Max Huber y Khamis estaban provistos cada uno de una carabina de precisión y un revólver. Estas armas, hábilmente manejadas, debían serles de gran utilidad, pero aún era preciso que las cartucheras estuviesen convenientemente llenas. Pues bien, haciendo la cuenta, y a pesar de haberse llenado los bolsillos antes de abandonar el carro, no les quedaban más que una cincuentena de tiros. Magro aprovisionamiento, habrá que reconocerlo, sobre todo si se veían obligados a defenderse de las fieras o de los nómadas durante los seiscientos kilómetros hasta la orilla derecha del Ubangui. A partir de ese punto, Khamis y sus compañeros debían de poder reabastecerse sin demasiada dificultad, ya fuese en las aldeas, en los establecimientos de los misioneros, o incluso a bordo de las flotillas que descienden por el gran tributario del Congo.

Tras haberse repuesto seriamente con la carne de inyala y refrescado con el agua límpida de un arroyuelo que serpenteaba entre los árboles, los tres deliberaron sobre el partido que tomar.

Y, en primer lugar, John Cort se expresó así:

– Khamis, hasta ahora Urdax era nuestro jefe... Siempre nos encontró dispuestos a seguir sus consejos, pues teníamos confianza en él... Esa confianza, usted nos la inspira por su carácter y su experiencia... Díganos lo que juzgue oportuno hacer en la situación en que nos encontramos, y tiene asegurada nuestra conformidad...

– Desde luego —añadió Max Huber—, nunca habrá desacuerdo entre nosotros.

– Usted conoce este territorio, Khamis —prosiguió John Cort—. Desde hace años conduce caravanas por él con una entrega que hemos podido apreciar... Es a esa entrega y a su lealtad a las que apelamos, y sé que ni la una ni la otra nos faltarán...

– Señor John, señor Max, pueden contar conmigo... —respondió sencillamente el foreloper.

Y estrechó las manos que se tendieron hacia él, a las que se unió la de Llanga.

– ¿Cuál es su opinión? —preguntó John Cort—. ¿Debemos renunciar o no al proyecto de Urdax de rodear la selva por el oeste?

– Hay que atravesarla —respondió sin vacilar el foreloper—. En ella no estaremos expuestos a malos encuentros: fieras, quizá; indígenas, no. Ni pahuinos, ni denkas, ni fundj, ni budjos se han aventurado jamás en su interior, ni ninguna tribu del Ubangui. Los peligros son mayores para nosotros en la llanura, sobre todo por parte de los nómadas. En esta selva donde una caravana no habría podido adentrarse con sus tiros, unos hombres a pie tienen posibilidad de encontrar paso. Lo repito, dirijámonos hacia el suroeste, y tengo buenas esperanzas de llegar sin error a los rápidos de Zongo.

Estos rápidos interrumpen el curso del Ubangui en el ángulo que forma el río al abandonar la dirección oeste para tomar la dirección sur. Según los viajeros, es allí donde la gran selva prolonga su punta extrema. Desde ese punto, no hay más que seguir las llanuras sobre el paralelo del ecuador y, gracias a las caravanas muy numerosas en aquella región, los medios de avituallamiento y transporte serían frecuentes.

La opinión de Khamis era, pues, sensata. Además, el itinerario que proponía debía abreviar la marcha hasta el Ubangui. Toda la cuestión residía en la naturaleza de los obstáculos que presentaría aquella selva profunda. Que existiera un sendero practicable, no cabía esperar: quizá algunas trochas de animales salvajes, búfalos, rinocerontes y otros pesados mamíferos. En cuanto al suelo, estaría embarazado de maleza, lo que habría exigido el empleo del hacha, cuando el foreloper estaba reducido a su hachuela y sus compañeros a sus navajas de bolsillo. No obstante, no habría que sufrir grandes retrasos durante la marcha.

Después de haber planteado estas objeciones, John Cort no vaciló más. En cuanto a la dificultad de orientarse bajo los árboles, cuyo espeso dosel apenas dejaba penetrar el sol ni siquiera en su cénit, era inútil preocuparse por ello.

En efecto, una especie de instinto, semejante al de los animales —instinto inexplicable y que se encuentra en algunas razas humanas—, permite a los chinos entre otros, como a varias tribus salvajes del Lejano Oeste, guiarse por el oído y por el olfato más aún que por la vista, y reconocer la dirección por ciertos indicios. Ahora bien, Khamis poseía esta facultad de orientación en grado excepcional; de ello había dado pruebas decisivas en múltiples ocasiones. En cierta medida, el francés y el americano podrían fiarse de esta aptitud más física que intelectual, poco sujeta al error, y sin necesidad de calcular la posición del sol.

En cuanto a los demás obstáculos que ofrecía la travesía de la selva, esto fue lo que respondió el foreloper:

– Señor John, sé que no encontraremos más sendero que un suelo obstruido por zarzas, por madera muerta, por árboles caídos de viejos, en fin, obstáculos nada fáciles de franquear. Pero ¿admite usted que una selva tan vasta no esté regada por algunos cursos de agua, los cuales no pueden ser sino afluentes del Ubangui?

– Aunque solo fuese el que corre al este del altozano —hizo observar Max Huber—. Se dirige hacia la selva, y ¿por qué no habría de convertirse en río? En ese caso, una balsa que construyéramos... unos cuantos troncos atados entre sí...

– No se precipite, querido amigo —dijo John Cort—, y no se deje llevar por la imaginación por la superficie de ese río... imaginario...

– El señor Max tiene razón —declaró Khamis—. Hacia el poniente encontraremos ese curso de agua, que debe de desembocar en el Ubangui...

– De acuerdo —replicó John Cort—, pero ya los conocemos, estos ríos de África, en su mayoría innavegables...

– Usted no ve más que las dificultades, querido John...

– ¡Más vale verlas antes que después, querido Max!

John Cort decía verdad. Los ríos y los grandes cursos fluviales de África no ofrecen las mismas ventajas que los de América, Asia y Europa. Se cuentan cuatro principales: el Nilo, el Zambeze, el Congo y el Níger, alimentados por numerosos afluentes, y la red fluvial de sus cuencas es considerable. A pesar de esta disposición natural, solo facilitan mediocremente las expediciones al interior del continente negro. Según los relatos de los viajeros a quienes su pasión descubridora ha conducido a través de estos inmensos territorios, los ríos africanos no podrían compararse al Misisipi, al San Lorenzo, al Volga, al Irauadi, al Brahmaputra, al Ganges, al Indo. El volumen de sus aguas es mucho menos abundante, aunque su recorrido iguale al de esas poderosas arterias, y, a cierta distancia aguas arriba de las desembocaduras, no pueden portar navíos de tonelaje medio. Además, son bajos fondos los que los interrumpen, cataratas o saltos que los cortan de una orilla a otra, rápidos de tal violencia que ninguna embarcación se aventura a remontarlos. Ahí reside una de las razones que hacen el África central tan refractaria a los esfuerzos intentados hasta la fecha.

La objeción de John Cort tenía, pues, su valor, y Khamis no podía desconocerla. Pero, en resumidas cuentas, no era de naturaleza para hacer rechazar el proyecto del foreloper, que, por otra parte, presentaba ventajas reales.

– Si encontramos un curso de agua —respondió este—, lo descenderemos mientras no se vea interrumpido por obstáculos... Si es posible sortear esos obstáculos, los sortearemos... En caso contrario, reanudaremos la marcha...

– Así pues —replicó John Cort—, no me opongo a su propuesta, Khamis, y pienso que nos conviene dirigirnos hacia el Ubangui siguiendo uno de sus tributarios, si es posible.

Llegada la discusión a este punto, no quedaban más que dos palabras por decir:

– ¡En marcha! —exclamó Max Huber.

Y sus compañeros las repitieron tras él.

En el fondo, aquel proyecto le convenía a Max Huber: aventurarse en el interior de aquella inmensa selva, jamás penetrada hasta entonces, si no impenetrable... ¡Quizá encontraría en ella por fin lo extraordinario que, durante tres meses, no había hallado en las regiones del alto Ubangui!

Depesza

Urząd nadania: sieć światowa · Miejsce przeznaczenia: pokład Nautilusa

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