César Cascabel · Parte 1
CAPÍTULO VIII
LA ALDEA DE LOS COQUINS (8)
cho días después, el 16 de mayo, la pe
Oqueña caravana se encontraba en las fuentes del Fraser. Si bien la lluvia no había cesado de caer noche y día, aquel mal tiempo iba a cesar bien pronto, según las seguridades que daba el guía.
Después de haber rodeado las fuentes del río, continuando un territorio bastante montañoso, la Belle Roulotte se encaminó directamente hacia el Oeste.
Algunos días más de marcha, y papá
Cascabel se hallaría en la frontera de Alaska.
Durante la última semana no se encontró ni un pueblo ni una aldea en el itinerario seguido por Ro-No, cuyos servicios, por otra parte, sólo merecían alabanzas, pues conocía el país perfectamente.
Aquel mismo día el guía previno al jefe de la familia Cascabel que, si lo deseaba, po dría hacer alto en un pueblecito situado a muy poca distancia, donde los caballos, algo estropeados, podrían con provecho descan sar veinticuatro horas.
– ¿Qué pueblecillo es ése? –quiso saber papá Cascabel, siempre desconfiado cuando se trataba de una población de la Columbia Británica
– La aldea de los coquins –respondió el guía.
– ¡La aldea de los coquins!–exclamó papá Cascabel.
– Si –confirmó Juan–; tal es el nombre que lleva en el mapa, y debe ser el de una tribu india, tal como los ko-quins...
– ¡Bueno, bueno! Basta de explicaciones – atajó su padre, viendo que se le iba a escapar el calificativo francés–. ¡Bien le cuadra ese nombre si lo hablan los ingleses, aunque sólo sean media docena!
Aquella misma noche la Belle Roulotte hizo alto a la entrada de la aldea. Sólo faltaban tres días para llegar a la frontera geográfica que separa Alaska de la Columbia Británica.
Papá Cascabel no tardaría, pues, en recobrar su buen humor, tan comprometido en los territorios de Su Majestad británica.
La aldea o pueblecillo de los coquins estaba ocupado por una población india; pero entonces había en él cierto número de ingleses, cazadores de profesión o simples aficionados, que no permanecían en él sino durante la estación de la caza.
Entre los oficiales de la guarnición dé Victoria que se encontraban allí había un cierto baronet, Sir Edward Turner, hombre altivo, brutal, insolente, muy orgulloso de su nacionalidad, uno de esos gentleman que se creen que todo les es permitido por el solo hecho de ser ingleses.
Naturalmente, detestaba a los franceses, tanto, por lo menos, como papá Cascabel detestaba a sus compatriotas. ¡Juzgúese si ambos estarían hechos para entenderse!
Aquella misma noche, mientras Juan, Sandre y Clou habían ido en busca de provisiones, sucedió que los perros del baronet se encontraron, en las inmediaciones de la Belle Roulotte, con Wagram y Marengo, los cuales participaban evidentemente de las antipatías nacionales de su amo.
De aquí el completo desacuerdo entre el faldero y el perro de aguas de una parte, y los pointers (1) de la otra; luego alboroto, dentelladas, y, finalmente, intervención de los propietarios.
Habiendo oído Sir Edward Turner aquella algarabía, salió de la casa que ocupaba a la entrada del lugar, y vino a amenazar con su látigo a los perros de nuestro Cascabel.
Éste se puso inmediatamente delante del baronet, tomando la defensa de sus bestias.
Sir Edward Turner, que se expresaba en un francés muy correcto, reconoció inmediatamente con quién tenía que habérselas, y sin procurar poner ningún freno a su insolencia, no se detuvo para tratar británicamente al saltimbanqui en particular, y a sus compatriotas en general.
Imagínese cualquiera lo que debió de experimentar al amigo Cascabel al escuchar tales insolencias. Sin embargo, como no quería crearse ninguna dificultad ni meterse en un mal negocio, sobre todo en país inglés, que hubieran podido retardar su viaje, se contuvo, y respondió con un tono que no tenía nada de altivo:
– Caballero, vuestros perros son los que han empezado por atacar a los míos...
– ¡A los vuestros...! –replicó el baronet–. ¡Perros de titiritero..., que sólo son buenos para ser recibidos a mordiscos o a latigazos!
– Debo haceros observar –indicó papá Cascabel animándose, a pesar de su resolución de permanecer tranquilo–, que es indigno de un caballero lo que estáis diciendo.
– Sin embargo, es la única respuesta que merece un hombre de vuestra especie.
– ¡Caballero, yo soy cortés, y vos sois un... insolente!
– ¡Ah! ¡Tened cuidado...! ¡Os atrevéis a hacer frente al baronet Sir Edward Turner...!
La cólera se apoderó de papá Cascabel, y con el rostro pálido, los ojos inflamados y los puños amenazadores, se dirigía al insolente inglés cuando llegó corriendo Napoleona.
– ¡Padre, a ver si vienes...! –dijo–. Mamá te llama.
Cornelia había enviado a su hija a fin de lograr que el jefe de la familia entrase en la Belle Roulotte.
– ¡Enseguida! –contestó éste–. Di a tu madre que espere a que haya concluido con este caballero, Napoleona.
Al oír este nombre, el baronet soltó una carcajada de las más despreciativas.
– ¡Napoleona! –repitió–. ¡Napoleona...! El nombre del monstruo que...
Aquello era más de lo que papá Cascabel podía soportar.
Avanzando con los brazos cruzados hasta tocar al inglés, le dijo:
– ¡Me estáis insultando!
– ¿Que os insulto...? ¿A vos?
– A mí, e insultáis también al gran hombre que no hubiera tenido ni para un diente con vuestra isla, si hubiese desembarcado.
– ¿De veras?
– ¡Que se la hubiera tragado como a una ostra ..!
– ¡Miserable payaso! –exclamó el británico.
Y se retiró hacia atrás, tomando la actitud del pugilista que se apresta a la lucha.
– ¡Bien! ¡Ya me habéis insultado bastante, señor baronet, y ahora vais a darme una satisfacción!
– ¿Una satisfacción a un saltimbanqui?
– ¡Al insultarle le habéis hecho vuestro igual...! Y nos batiremos a espada, a pistola, a sable, o a lo que queráis..., hasta a puñetazos.
– ¿Y por qué no con las vejigas, como los titiriteros sobre los tablados?
– ¡Defendeos!
– ¿Acaso se bate uno con un corredor de ferias?
– ¡Vaya! –respondió a gritos papá Cascabel, en el colmo del furor–. ¡Se bate, o se le obliga a batirse!
Y sin pensar que su adversario tendría sin duda la ventaja en aquella lucha de puños, en que tanto sobresalen los ingleses, iba a precipitarse sobre él cuando Cornelia intervino.
En el mismo instante acudieron algunos oficiales del regimiento de Sir Edward Turner, sus compañeros de caza, y reuniéronse al baronet, decididos a no dejarle comprometerse con semejante gentuza, colmando de invectivas a la familia Cascabel. Pero estas invectivas no tuvieron el don de conmover, al menos en apariencia, a la imponente Cornelia, que se contentó con arrojar a Sir Edward una mirada poco tranquilizadora para el insultador de su marido.
En aquel momento llegaron Juan, Clou y Sandre; la disputa iba a degenerar en batalla, cuando la señora Cascabel gritó:
– ¡Ven, César, y vosotros también, niños, venid! ¡Vamos...! ¡Todos a la Roulotte, y deprisita!
Dijo esto con un tono tan imperioso, que ninguno se permitió desobedecer aquella orden.
¡Qué noche para papá Cascabel! La cólera le ahogaba...
¡ Él, agraviado en su honor, insultado en la persona de su héroe!
¡Insultado por un inglés...! Quería ir a buscarle, quería batirse con él, con todos sus compañeros, con todos los tunantes de aquella aldea de los ídem... ¡Y sus hijos no pedían otra cosa que acompañarle! ¡Hasta Clou, que hablaba nada menos que de comer las narices a un inglés..., a menos que no quedase satisfecho con una oreja!
Gran trabajo costó a Cornelia contenerlos. En el fondo reconocía que tenían razón para estar enfurecidos, y no podía negar que su marido primero, y después toda la familia, habían sido tratados como no lo serían ni aun los ambulantes de la peor especie.
Sin embargo, no queriendo empeorar la situación, no cedió; hizo frente a la tormenta, y al deseo expresado por papá Cascabel de ir a propinar al «tipo aquél una de aquellas palizas que...», ella le contestó:
– ¡Te lo prohibo! ¿Entiendes, César? ¡Te lo prohibo!
Y papá Cascabel, aunque tascando el freno, hubo de someterse a las órdenes de su mujer.
¡Con qué impaciencia esperaba Cornelia la llegada del día siguiente...! ¡Qué deseos tenía de abandonar aquel maldito lugar! No se vería tranquila hasta que toda la familia se encontrase algunas millas al Norte. Y para asegurarse de que ninguno saldría durante la noche, no sólo cerró cuidadosamente la puerta de la Belle Roulotte, sino que se quedó a la parte exterior de centinela.
Al siguiente día, 27 de mayo, antes de las tres de la mañana, Cornelia despertó a todo el personal.
Para mayor seguridad quería partir antes del alba, cuando todos, indios e ingleses, estuviesen entregados al sueño. Era la mejor manera de impedir que la batalla volviera a reproducirse. Y hasta en aquel momento, detalle digno de notarse, parecía que aquella valiente mujer tenía singular empeño en levantar el campo apresuradamente. Muy agitada, con la mirada inquieta, los ojos inflamados, mirando a derecha y a izquierda, hostigaba, reprendía, apremiaba a su marido, a sus hijos y a Clou, que no se apresuraban lo bastante con relación a su impaciencia.
– ¿Cuántos días nos faltan para pasar la frontera? –preguntó al guía.
– Tres días –respondió Ro-No–, esto si no sufrimos retraso en el camino.
– ¡Partamos enseguida! –dispuso Cornelia–. Y, sobre todo, que no nos vean marchar.
No hay que imaginarse cómo papá Cascabel había digerido los insultos de la víspera.
Abandonar la aldea sin haber pagado al inglés aquel lo que le debía, era duro para un normando, tan francés como patriota.
– ¡He aquí lo que tiene –repetía– poner los p en tierras de John Bull!
Pero aunque tuvo la veleidad de ir a dar una vuelta por los alrededores de la aldea con la esperanza de encontrar a Sir Edward Turner; aunque arrojó más de una mirada a las ventanas cerradas de la casa, no se atrevió a alejarse de la terrible Cornelia. Ésta no le abandonó ni un instante.
– ¿Adónde vas, César...? ¡Aquí, César...! ¡Te prohibo que te muevas, César...!
Papá Cascabel no oía más que estas palabras. Nunca había estado dominado hasta tal punto por la excelente e imperiosa compañera de su vida.
Por fin, gracias a las reiteradas órdenes de Cornelia, terminaron rápidamente los preparativos, y los caballos quedaron enganchados a las varas.
A las cuatro de la mañana, perros, mono y papagayo, marido, hijos e hija, todos estaban instalados en los departamentos de la Belle Roulotte, sobre cuyo pescante estaba sentada la señora Cascabel. Después que Clou y el guía se pusieron a la cabeza de los caballos, se dio la orden de marcha.
Un cuarto de hora después la aldea de los coquins había desaparecido detrás de la cortina de corpulentos árboles que la rodeaban.
Apenas empezaba a apuntar el día.
Todo estaba silencioso. Ni un ser viviente se distinguía en la superficie de la extensa llanura que se alargaba en dirección del Norte.
Y entonces, cuando se tuvo la evidencia de que la partida se había efectuado sin haber llamado la atención de nadie; cuando Cornelia tuvo la completa seguridad de que ni los indios ni los ingleses pensaban en cerrarles el paso, lanzó un prolongado suspiro de satisfacción, del que tal vez su marido se sintió algo humillado.
– ¿Has tenido mucho miedo de esas gentes, Cornelia? –le preguntó.
– ¡Mucho miedo! –se contentó con responder ella.
Los tres días siguientes transcurrieron sin incidente alguno, y, según había anunciado el guía, llegaron por fin al extremo límite de la Columbia Británica.
La Belle Roulotte se detuvo después de haber franqueado felizmente la frontera de Alaska.
Sólo tenían que arreglar las cuentas con el guía indio, que se había siempre mostrado tan celoso como fiel, y darle las gracias por sus buenos servicios.
Ro-No se despidió de la familia después de haber indicado la dirección que debería seguir para llegar, por el camino más corto, a Sitka, la capital de las posesiones rusas.
No tratándose ya de un territorio inglés, parecía que papá Cascabel hubiera debido respirar más a su gusto.
¡Pero no sucedía así!
Después de tres días, no se había repuesto aún de la escena que había ocurrido en la aldea de los coquins.
La tenía siempre sobre el corazón; así es que no pudo menos de decir a Cornelia:
– Hubieras debido dejarme volver atrás, para ajustar las cuentas a ese Milord...
– Ya me cuidé yo de ello, César –respondió tranquilamente la mujer de Cascabel.
En efecto, ella se había cuidado, ¡y cómo!
Durante la noche, mientras toda su gente dormía en el campamento, Cornelia se había ido a rondar la casa del inglés aquel, y habiéndole percibido en el momento en que salía para cazar a la espera, le había ido siguiendo algún trecho. Y en cuanto se hubo internado en el bosque. «El primer premio del concurso de Chicago» había administrado al susodicho Milord una de esas monumentales palizas que tumban a un hombre sobre el suelo. Sir Edward Turner, destrozado y medio muerto, no había sido levantado hasta el día siguiente, y debía llevar largo tiempo las señales de su encuentro con aquella amable mujer.
– ¡Oh, Cornelia..., Cornelia! –exclamó su marido cuando comprendió, y al tiempo que la estrechaba entre sus brazos–. ¡Tú has ven gado mi honor...! ¡Cuan digna eres de ser una Cascabel!
Notas de la fuente
8. Tunantes. Se conserva la expresión francesa, para no des virtuar el juego de palabras que el autor emplea más adelante.
Note
- Perros pachones. ↩