César Cascabel · Parte 1

CAPÍTULO IX

¡NO SE PASA!

laska es la parte del Continente com

Aprendida al Noroeste de América septentrional, entre los cincuenta y dos y setenta y dos grados de latitud.

Está, pues, cortada transversalmente por la línea del Círculo Polar Ártico, que se redondea a través del estrecho de Behring.

Por cierto que si se observa la costa con alguna detención, puede verse bastante distintamente que el litoral forma una cara de tipo israelita.

Su frente se desarrolla entre el cabo Lisburne y la punta Barrow; la órbita del ojo es el golfo de Kotzebue; la nariz es el cabo del Príncipe de Gales; la boca es la bahía de Norton, y la tradicional perilla es la península de Alaska, continuada por el semillero de las islas Aleutianas, que se proyecta sobre el océano Pacífico. En cuanto a la cabeza, se termina con la prolongación de la cadena de los Rangers, cuyas últimas pendientes van a morir en el mar Glacial.

Tal es la comarca que la Belle Roulotte iba a atravesar oblicuamente en un trayecto de tres mil y pico de kilómetros.

No hay que decir que Juan había estudiado cuidadosamente en la carta sus montañas, sus corrientes de agua, la disposición del litoral, en fin, el itinerario que le convenía seguir. Hasta había dado con este motivo una conferencia, que su familia se había apresurado a escuchar con el más vivo interés.

Gracias a él, todos, hasta el mismo Clou, sabían que aquel país, situado en el extremo Noroeste del Continente americano, había sido visitado primero por los rusos, después por el francés Lapérouse y el inglés Vancouver, y últimamente por el americano Mac Clure, cuando su expedición en busca de Sir John Franklin.

En realidad era una región ya reconocida, en parte solamente, gracias a los viajes de Frederic Whymper y del coronel Buxley, en 1865, cuando se trató de establecer un cable submarino entre el Antiguo y el Nuevo Mundo por el estrecho de Behring.

Hasta aquella época, el interior del territorio de Alaska no había sido recorrido sino por los viajantes de las casas que hacían el comercio de las pieles y peletería.

Entonces fue cuando reapareció en la política internacional la célebre doctrina de Monroe, según la cual América debía pertenecer por completo a los americanos. Si las colonias de Inglaterra, Columbia Británica y Dominio, no podían pertenecerles sino en un porvenir más o menos lejano, tal vez Rusia consentirla en cederles Alaska, es decir, 1.380.648 kilómetros cuadrados de territorio. Con este objeto se entablaron serias negociaciones con el Gobierno moscovita.

En Estados Unidos burláronse al principio de Mr. Steward, secretario de Estado, cuando emitió la pretensión de adquirir aquel WalrusSia, aquellas tierras de las focas, con las que parecía que nada tenía que hacer la República. Sin embargo, el tal Steward persistió con una terquedad tan yanqui, que en 1867 los tratados se hallaban muy adelantados, y si bien la convención no había sido firmada todavía por América y por Rusia, debía serlo de un momento a otro.

Era la noche del 31 de mayo. La familia Cascabel había hecho alto en la frontera, al pie de un bosque de árboles corpulentos.

En aquel punto, la Belle Roulotte se encontraba sobre el territorio de Alaska, en plenas posesiones rusas, y fuera ya del suelo de la Columbia Británica. Desde tal punto de vista, papá Cascabel podía estar tranquilo. Así es que había vuelto a su buen humor, y de una manera tan comunicativa, que todos los suyos la compartieron. En adelante, para conducirlos hasta los límites de la Rusia europea, su itinerario no abandonaría el territorio moscovita. Alaska o Siberia asiática, ¿no estaban estas comarcas bajo el dominio del zar?

Tuvieron una alegre cena. Juan había matado una liebre grande y gorda, que Wagram había levantado entre los matorrales. Una verdadera liebre rusa, en verdad.

– ¡Y nos beberemos una soberbia botella! – anunció papá Cascabel–. ¡Dios mío! Parece que se respira mejor a este lado de la frontera. ¡Aquí hay aire americano, mezclado de ruso! ¡Respirad- a pleno pulmón, hijos míos! ¡Hay para todo el mundo, hasta para Clou, por más que tenga unas narices de a metro! Cinco semanas hace que me estaba ahogando al atravesar esta maldita Columbia.

Y cuando terminó la cena, después de la absorción total de la soberbia botella, cada cual se retiró a su lecho.

La noche se pasó con la mayor tranquilidad. No fue turbada ni por la aproximación de las fieras ni por la presencia de indios nómadas.

Al día siguiente, caballos y perros estaban repuestos de sus fatigas.

El campamento se levantó al amanecer, y los huéspedes de la hospitalaria Rusia, «aquella hermana de Francia», como decía papá Cascabel, hicieron sus preparativos de marcha.

Estos no fueron largos.

Un poco antes de las seis de la mañana, la Belle Roulotte avanzaba en dirección del Noroeste, con el fin de alcanzar el río Simpson, que sería fácil de atravesar en la barca de pasaje.

Esta punta que Alaska destaca hacia el Sur es una delgada laguna de tierra, conocida con el nombre general de Thlinkithen, rodeada al Oeste por cierto número de islas o de archipiélagos, tales como las islas del Príncipe de Gales, de Kruzof, de Kuju, de Sitka, de Baranow, etc.

En esta isla está situada la capital de la América rusa, que lleva también el nombre de Nueva Arkángel. Desde el momento en que la Belle Roulotte llegase a Sitka, papá Cascabel contaba hacer un alto de algunos días, con el objeto, primero, de descansar, y después, de prepararse para la terminación de aquella primera parte de su viaje que debía conducirles al estrecho de Behring.

Este itinerario obligaba a seguir una parte de territorio caprichosamente recostado a lo largo de la cadena costera.

Papá Cascabel partió, pues; pero aún no había andado cuatro o cinco kilómetros, cuando le detuvo en seco un obstáculo que parecía infranqueable.

La hospitalaria Rusia, la hermana de Francia, como decía el buen Cascabel, no parecía dispuesta a recibir hospitalariamente a los hermanos franceses que constituían la familia de este excelente patriota.

En efecto, Rusia se presentó bajo el aspec to de tres agentes de la frontera, tipos vigo rosos, barbas largas, gruesas cabezas, narices remangadas, vestidos con el sombrío uni forme moscovita y cubiertos con el aplasta do casquete que inspira un saludable respeto a tantos millones de hombres.

A una señal hecha por uno de aquellos agentes, la Belle Roulotte detuvo su marcha, y Clou, que conducía el tiro, llamó a su patrón.

Papá Cascabel apareció a la puerta de la primera división, seguido de su mujer y de sus hijos.

Después descendieron todos, algo inquietos por la vista de aquellos uniformes.

– ¿Vuestros pasaportes? –pidió el agente en idioma ruso; lengua que papá Cascabel comprendió demasiado en aquella circunstancia.

– ¿Pasaportes? –repitió.

– ¡Claro! No está permitido penetrar sin pasaporte en las posesiones del zar.

– ¡Pero si nosotros no los tenemos, mi querido señor! –declaró, políticamente, papá Cascabel.

– Entonces no pasaréis.

Esto fue claro y significativo, como una puerta que se cierra en las narices de un importuno.

Cascabel hizo una mueca Sabía cuan severas son las prescripciones de la Administración moscovita, y era dudoso que pudiera llegar a una transacción. Realmente era una fatalidad increíble haber encontrado aquellos agentes precisamente en el punto que la Belle Roulotte había franqueado la frontera.

Cornelia y Juan aguardaban con suma ansiedad el resultado de aquel coloquio, del que dependía la terminación del viaje.

– Bravos moscovitas –empezó papá Cascabel, desarrollando su voz y sus gestos a fin de dar más relieve a su charlatanismo habitual–, nosotros somos franceses que viajamos para nuestro recreo, y, me atrevo a decirlo, para el de los demás, y particularmente para el de los nobles boyardos que se dignan honrarnos con su presencia... Hemos creído que podríamos dispensarnos de tener papeles cuando se trataba de pisar el suelo de Su Majestad el Zar, emperador de todas las Rusias...

– ¿Entrar sin permiso especial en su territorio?

– le respondieron–. ¡Eso, eso no se ha visto... jamás!

– ¿Y no podría verse una vez sola? ¿Tan sólo una...? –indicó papá Cascabel con acento suave e insinuante.

– No –le contestó el agente en tono seco y breve–. Conque... ¡atrás!, y sin discusiones.

– Pero, bueno –dijo Cascabel–, ¿no puede uno procurarse esos pasaportes?

– Eso es cuenta vuestra.

– Dejadnos ir hasta Sitka, y allí, por mediación del cónsul de Francia...

– No hay cónsul de Francia en Sitka. Además, ¿de dónde venís?

– De Sacramento.

– Pues bien; es preciso que os proveáis de pasaporte en Sacramento... Luego es inútil insistir...

– Es muy útil, por el contrario –replicó papá Cascabel–, toda vez que estamos en camino para volver a Europa.

– ¿A Europa..., siguiendo esta dirección...?

El buen Cascabel comprendió que su respuesta debía hacerle particularmente sospechoso, porque volver a Europa por aquel camino era cosa bastante extraordinaria.

– Sí, señor –declaró, sin embargo–; ciertas circunstancias nos han obligado a dar este rodeo.

– Poco importa –replicó el agente–. No se atraviesa por los territorios rusos sin pasaportes.

– Si solo se trata de pagar los derechos – observó, por último, papá Cascabel–, tal vez llegaremos a entendernos.

Al hablar así, guiñaba los ojos de una manera significativa.

Pero ni con estas condiciones parecía que podrían entenderse.

– Bravos moscovitas –dijo desesperado Cascabel, perdiendo toda esperanza–, ¿acaso no habréis oído nunca hablar de la familia Cascabel?

Y dijo esto como si la familia Cascabel fuese igual a la familia Romanoff.

Tampoco esto sirvió. Conque no quedó más remedio que dar media vuelta y volver atrás.

Los agentes llevaron su severa e implacable consigna hasta el extremo de volver la Belle Roulotte al otro lado de la frontera, con mandamiento formal a sus huéspedes de no volver a franquearla.

De todo esto resultó que papá Cascabel volvió a encontrarse, con gran sentimiento suyo, sobre el territorio de la Columbia Británica.

Hay que convenir en aquel momento contratiempo les creaba una situación desagradable y hasta inquietante.

Todos sus planes venían a tierra. Era necesario renunciar al itinerario adoptado con tanto entusiasmo.

El viaje por el Oeste, la vuelta a Europa por la Siberia asiática, se hacía imposible por falta de pasaportes. Volver a Nueva York a través del Far West, podía hacerse evidentemente en condiciones habituales.

Pero, ¿cómo franquear el océano Atlántico sin buque, y cómo tomar pasaje a bordo de ninguna embarcación, sin dinero para pagarlo?

En cuanto a procurarse durante el camino la suma necesaria para semejante gasto, era poco cuerdo pensarlo. Además, ¿cuánto tiempo sería necesario para completarla?

La familia Cascabel debía estar ya gastada en Estados Unidos. No había ciudades, villas ni aldeas en todo el territorio del Great Trunk, que no hubiera ya explotado. Ahora no recogería, ni aun en centavos, lo que otras veces recogía en dólares.

No era posible... Al tomar el camino del Este experimentarían retrasos infinitos; tal vez transcurrirían años antes de que pudieran embarcarse para Europa.

Necesitaban a toda costa encontrar una combinación que permitiese a la Belle Roulotte llegar a Sitka. He aquí lo que pensaban, lo que se decían los miembros de aquella interesante familia cuando los tres agentes les dejaron entregados a sus penosas reflexiones.

– ¡Vaya un chasco! –dijo Cornelia, moviendo la cabeza.

– Esto es más que un chasco –concretó papá Cascabel–; es un callejón sin salida. Vamos, viejo atleta, luchador de los circos públicos, ¿acaso van a faltarte los recursos para triunfar de la adversa fortuna? ¿Es que te vas a dejar abrumar por la mala suerte? ¿Acaso un saltimbanqui como tú, acostumbrado a todas las trampas, a todas las artimañas, no ha de lograr escaparse de este apuro? ¿Está vacío tu saco de picardías? Tu imaginación, tan fértil en expedientes, ¿no ha de triunfar de la situación, sobreponiéndose a ella?

– César –insinuó en este momento Cornelia–, puesto que esos malditos agentes se han encontrado tan a punto para impedirnos el paso de la frontera, intentemos dirigirnos a su jefe.

– ¡Su jefe! –burlóse Cascabel–. Su jefe es el gobernador de Alaska, algún coronel ruso, tan intratable como sus subordinados, y que con seguridad nos enviará a paseo.

– Además, debe residir en Sitka, que es precisamente adonde nos impiden ir.

– Tal vez –observó Clou de Girofle, con bastante juicio –esos agentes no se negasen a conducir a uno de nosotros a presencia del gobernador...

– Tienes razón –respondió Cascabel–, ¡es una excelente idea...!

– A menos que no sea mala –añadió Clou con su autocontradicción acostumbrada.

– Hay que intentarlo antes de volver atrás – dijo Juan–, y si tú quieres, padre, yo iré...

– No, valdrá más que sea yo el que vaya. ¿Está lejos Sitka de la frontera?

– Más de quinientos kilómetros –respondió Juan.

– Pues bien, dentro de diez días puedo ya estar de vuelta en nuestro campamento. Aguardemos a mañana, e intentaremos la aventura.

Al amanecer del día siguiente, papá Cascabel se puso en busca de los agentes. No fue difícil encontrarlos, pues se habían quedado vigilando en los alrededores de la Belle Roulotte.

– ¡Aún estáis aquí! –gritó uno de ellos con aire amenazador.

– Sí, aún estoy –confirmó Cascabel, con su más insinuante sonrisa.

Y con toda clase de amabilidades, dirigidas a la Administración moscovita, hizo conocer su deseo de ser conducido ante Su Excelencia el gobernador de Alaska. Ofrecía pagar los gastos de viaje del honorable funcionario que consintiese en acompañarle, y hasta dejó entrever la perspectiva de una bonita gratificación en moneda corriente, para el hombre generoso que...

La proposición naufragó.

La perspectiva de una bonita gratificación no tuvo éxito alguno.

Era probable qué los agentes, tercos como aduaneros y testarudos como empleados del resguardo, empezasen a encontrar extremadamente sospechosa aquella insistencia en franquear la frontera de Alaska. El caso es que uno de ellos intimó la orden de retroceder en el acto, añadiendo:

– Si os volvemos a ver en territorio ruso, no es a Sitka adonde se os conducirá, sino al fuerte más próximo. Y cuando se entra allí, no se sabe cuándo ni cómo será la salida.

Papá Cascabel, con ayuda de algunos empujones, fue conducido en el acto a la Belle Roulotte, llevando patente en su desconcertado rostro el poco éxito que habían alcanzado sus gestiones.

¿Iba, por ventura, la movible morada de los Cascabel a transformarse en habitación sedentaria? ¿Acaso la nave que llevaba al saltimbanqui y su fortuna iba a quedar varada entre la frontera de la Columbia Británica y la de Alaska, como un buque al que la mar, al retirarse, deja en seco en medio de las rocas?

En verdad que todo era de temer.

¡Cuan tristes fueron el día que transcurrió en aquellas condiciones y los demás que pasaron sin que la familia pudiera decidirse a tomar una resolución!

Por fortuna, no faltaban los víveres: quedaba una provisión suficiente de conservas, que se contaba renovar en Sitka. Además, la caza era abundantísima en los alrededores; pero Juan y Wagram tenían especial cuidado en no aventurarse fuera del territorio columbiano, lo que hubiera costado al joven, además de la escopeta, una fuerte multa.

Papá Cascabel y los suyos estaban seriamente preocupados. Parecía que hasta los animales tomaban parte en su pesar.

Jako charlaba menos que de ordinario. Los perros, con la cola caída, lanzaban ladridos de inquietud. John Bull se abstenía de hacer gestos y contorsiones. Únicamente Vermout y Gladiador parecían aceptar voluntariamente la situación, no teniendo que hacer otra cosa que pacer la fresca y jugosa hierba que les ofrecía La llanura.

– Sin embargo, hay que tomar una resolución –afirmaba a menudo papá Cascabel, con los brazos cruzados.

Evidentemente: pero, ¿cuál...? He aquí lo que no hubiera debido embarazar a papá Cascabel, porque, a decir verdad, no había elección posible; era preciso volver atrás, porque estaba prohibido marchar hacia delante.

¡Menudo fin había tenido el viaje por el Oeste, emprendido con tanta resolución!

¡Era necesario volver a pisar el suelo maldito de la Columbia Británica, y luego lanzarse a través de las praderas del Far West, a fin de llegar al litoral de Atlántico!

Una vez en Nueva York, ¿qué harían? ¡Tal vez algunas almas caritativas iniciarían una suscripción para ayudar a repartirse a la familia! ¡Qué humillación para aquellas honradas gentes que habían vivido siempre de su trabajo, que nunca habían tendido la mano, el tener que descender hasta eso!

¡Malditos mil veces aquellos miserables, que en los pasos de Sierra Nevada les habían robado su pequeña fortuna!

– Si no se hacen ahorcar en América, o agarrotar en España, o guillotinar en Francia, o empalar en Turquía –decía papá Cascabel con un gesto especial a cada uno de estos castigos–, es que no hay justicia en este mundo.

Por fin se decidió.

– Mañana partiremos –decidió en la noche del 4 de junio–. Volveremos a Sacramento, y luego...

No acabó la frase. En Sacramento ya verían. Todo estaba dispuesto para la partida. No había más que enganchar y volver la cabeza en dirección al Sur. Esta última noche, pasada en la frontera de Alaska, fue todavía más triste que las anteriores. La oscuridad era profunda. Grandes nubes, en confuso desorden, recorrían el cielo, semejantes a témpanos flotantes, que una fuerte brisa empujaba hacia el Este. La mirada no podía distinguir ninguna estrella, y la luna, en creciente, acababa de ocultarse tras las altas montañas del horizonte. Eran cerca de las nueve cuando papá Cascabel dio a todo su personal la orden de irse a acostar. Al día siguiente, al amanecer, debían ponerse en camino. La Belle Roulotte volvería a tomar el camino que había seguido desde Sacramento, y no sería difícil dirigirla, aun careciendo de la ayuda de un guía.

Una vez llegados a las afueras del Fraser, sólo haría falta descender el valle hasta la frontera del territorio de Washington.

Clou se disponía a cerrar la puerta del primer departamento, después de haber dado las buenas noches a los perros, cuando se oyó una detonación a corta distancia.

– ¡Parece un disparo! –observó papá Cascabel.

– Sí... que lo es –confirmó Juan.

– Algún cazador, sin duda –comentó a su vez Cornelia.

– ¿Un cazador, en una noche tan sombría?

– contradijo Juan–. No es probable.

En aquel momento resonó una segunda detonación, y enseguida se oyeron algunos gritos.

Telegramma

Ufficio di partenza: World Wide Web · Destinazione: a bordo del Nautilus

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