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TKETTEN YULE DAGE
La nueva existencia de Erik comenzó desde el día siguiente a seguir su curso normal. El doctor Schwaryencrona, después de conducirle a una sastrería, donde se le equipó convenientemente, presentóle al director de una de las mejores escuelas de la ciudad, una de aquellas que equivalen a los liceos franceses, y que en Suecia se designan con el nombre de Hogre elementar larovek. Allí se aprenden las lenguas vivas y muertas, las ciencias elementales, y todo cuanto es indispensable saber antes de abordar la enseñanza superior de las Universidades. Así como en Alemania e Italia, todos los alumnos son externos; los que no tienen su familia en la ciudad, habitan en casa de los profesores o de encargados responsables; la retribución escolar es muy módica, y hasta se reduce a cero si los padres carecen de medios para pagar. Todas las clases elementales superiores tienen sus gimnasios, así es que la instrucción física se combina con a intelectual.
Erik obtuvo en seguida el primer lugar en su clase; aprendíalo todo con mucha facilidad, y, por lo tanto, le sobraba tiempo; de modo que el doctor juzgó oportuno que utilizara las noches para seguir los cursos en la Slodjskolan, o gran escuela industrial de Estocolmo. Es una institución consagrada especialmente al estudio científico, con todos sus experimentos de física y química, a la construcción de maquetas, y a todo cuanto sólo se puede aprender en el colegio teóricamente. El doctor pensaba, con fundamento, que la enseñanza en esta escuela, una de las maravillas de Estocolmo, comunicaría nuevo impulso a los rápidos progresos de Erik;
mas no esperaba resultados como los que siguieron.
En efecto; su joven protegido acumulaba a ojos vistas conocimientos que le permitían penetrar en el fondo mismo de todas las ciencias fundamentales; y en vez de una instrucción vaga y superficial, patrimonio común de tantos alumnos, adquiría toda una serie de ideas exactas, precisas y determinadas: el desarrollo ulterior de estos excelentes principios no era más que cuestión de tiempo. En adelante podría abordar sin dificultad ni entorpecimiento todos los estudios superiores de la enseñanza universitaria. Si el señor Malarius había prestado a Erik un servicio enseñándole idiomas, historia, geografía y botánica, y haciéndole profundizar sus principios, la Slodjskolan completaba sus conocimientos con el estudio de las ciencias, inculcándole ese A B C de las artes industriales, sin el cual las mejores lecciones pueden ser durante largo tiempo letra muerta.
La multiplicidad y variedad de estos ejercicios, lejos de fatigar el cerebro de Erik, fortificábale mucho más que si se hubiese dedicado a estudios más especializados. Por otra parte, allí tenia el gimnasio para el ejercicio corporal cuando el espíritu estaba fatigado, y en aquél, como en los bancos de la escuela, Erik era siempre el primero. Los días de fiesta no dejaba nunca de ir al mar, al que profesaba mucho cariño; hablaba con los marineros y pescadores, ayudándoles algunas veces, y regresaba siempre con algún magnífico pescado, siempre bien acogido por la señora Greta.
La buena mujer había cobrado cariño muy pronto al joven huésped; Erik era tan dócil, tan cortés y servicial, tan aplicado y animoso, que parecía casi imposible conocerle y no amarle. A los ocho días llegó a ser el favorito del abogado Bredejord y del profesor Hochstedt, como ya lo era del doctor Schwaryencrona, y sólo Kajsa seguía manifestándole aversión. Bien sea que la niña se juzgase disminuida en la incontestable soberanía que hasta entonces ejerciera, o ya que guardara rencor a Erik por los sarcasmos, harto inocentes, que sus modales de princesa habian sugerido al doctor, el caso es que persistía en tratar al muchacho con marcado desprecio, sin que ninguna consideración la hiciese cambiar de conducta. Por fortuna, las ocasiones para mostrar sus desdenes eran bastante raras, pues Erik estaba siempre fuera o encerrado en su habitación.
Todas las cosas, pues, seguían su curso tranquilamente, y el tiempo se deslizaba sin ningún incidente notable.
Nos aprovecharemos de esta calma para franquear con el lector un intervalo de dos años y conducirle de nuevo a Noroé.
Acercábase la Navidad por segunda vez desde la marcha de Erik. En toda la Europa central y septentrional esta es la gran fiesta del año, porque coincide con la paralización de todos los trabajos, y en Noruega particularmente prolónganla durante trece días; es le tretten Yule dage, y con este motivo hay regocijos públicos excepcionales. Es el momento de las reuniones de familia, de los banquetes y hasta de los desposorios; los víveres se acumulan en las más humildes viviendas, y la hospitalidad está en todas partes a la orden del día.
La Yule ol, o cerveza de Navidad, corre a torrentes; a todo visitante se le ofrece un trago en la copa de madera montada en oro, en plata o en cobre, que todas las familias, incluso las más humildes, se transmiten por herencia desde tiempo inmemorial, y que se debe apurar en pie, brindando por la "alegre estación y el nuevo año". Por Navidad, en fin, es cuando los criados de toda clase reciben el traje nuevo que se les regala; y hasta las vacas, los carneros y las aves esperan la doble ración que se acostumbra darles en tales días.
De los trece días tradicionales, la víspera de la fiesta es el más alegre. Los jóvenes de ambos sexos marchan en grupos al campo, provistos de sus zapatos para la nieve, y detiénense delante de las casas para cantar a coro las antiguas melodías nacionales. Sus voces claras y argentinas, resonando de pronto en medio del silencio de la noche y de la soledad de los valles, cubiertos de una alfombra de deslumbrante blancura, producen un efecto tan extraño como encantador; las puertas se abren al punto;
invítase a los cantantes a entrar; se les ofrecen tortas, manzanas secas y cerveza, y algunas veces bailan a instancias de los dueños de la casa. Después de esta cena frugal, los alegres jóvenes se alejan como una bandada de gaviotas, y van a cantar a otra parte. Las distancias no ofrecen dificultad, gracias a los sphnee-shuhe, verdaderos patines de abedul de dos o tres metros de largo, que se sujetan a los pies con correas, y merced a los cuales los campesinos noruegos, provistos de un palo muy sólido para lanzarse y acelerar su carrera, franquean con maravillosa rapidez espacios de varias millas.
Aquel año la fiesta iba a ser completa en casa de los Hersebom, porque se esperaba a Erik;
una carta de Estocolmo había anunciado su llegada para la víspera de Navidad, así es que ni Otto ni Vanda podían permanecer quietos un instante; a cada momento corrían a la puerta para ver si el viajero llegaba; y la buena Catalina, aunque reprendiéndolos por su impaciencia, participaba de ella también. Sólo maese Hersebom se mantenía tranquilo, fumando en silencio su pipa, acosado, al parecer, del deseo de ver a su hijo adoptivo y del temor de no conservarle largo tiempo en casa.
Acaso por centésima vez Otto había ido a la descubierta, cuando de pronto volvió gritando:
– ¡Madre, Vanda, creo que es él!
Todos corrieron hacia la puerta: a lo lejos, en el camino de Bergen, distinguíase efectivamente un punto negro.
Este punto aumentó pronto de volumen, tomando al fin la forma de un joven con traje de paño oscuro, cubierta la cabeza con un gorro de pieles, y que llevaba al hombro un morral de cuero: como iba provisto también de sus schnee- shuhe, avanzaba con notable celeridad.
Muy pronto no hubo ya la menor duda: el viajero había divisado a los que le esperaban delante de la casa, y, descubriéndose al punto, agitó la gorra sobre su cabeza.
Dos minutos después, Erik caía en brazos de la digna Catalina, de Otto, de Vanda y de maese Hersebom, que se había acercado al umbral de la puerta.
Todos le estrechaban, hasta el punto de no dejarle respirar; colmábanle de caricias, y se extasiaban contemplándole; Catalina, sobre todo, no se cansaba de mirarle.
¡Cómo! ¿Era aquel niño querido que en otro tiempo meciera en sus rodillas?... ¿Era posible que aquel joven de aspecto franco y resuelto, de anchas espaldas y de airoso porte, en cuyo labio apuntaba ya el bozo, fuese el mismo Erik?
A la pobre mujer le inspiraba ya una especie de respeto su hijo adoptivo; pero estaba orgullosa de él, y sobre todo de las lágrimas que veía brillar en sus ojos, porque también Erik se había conmovido profundamente.
– ¡Madre!, exclamaba. ¡Al fin tengo la dicha de volver a verla!... ¡Qué largos me han parecido estos dos años!... ¿Me han echado ustedes de menos, como yo a ustedes?
– Cierto que sí, contestó gravemente Hersebom; no ha pasado un solo día sin que habláramos de ti; por la noche y por la mañana, siempre que nos sentábamos a la mesa, tu nombre estaba en nuestros labios...; pero ¿y tú, muchacho, no nos has olvidado en la gran ciudad? ¿Te alegras de haber vuelto a ver el antigua país y la antigua casa?
– Supongo que nadie aquí lo pondrá en duda, contestó Erik, abrazando de nuevo a todos; siempre les tenía en el pensamiento, y sobre todo a usted, padre, cuando soplaba el huracán. Entonces preguntábame dónde estaría usted; si habría llegado a casa sano y salvo, o tenido tiempo de buscar un refugio. . Por la noche consultaba la sección meteorológica en el diario del doctor, a fin de averiguar si había reinado en esta costa el mismo temporal que en la de Suecia, y veía que aquí son mucho más frecuentes los huracanes, que, llegando de América, vienen a chocar contra nuestras montañas. ¡Ah! ¡Cuánto hubiera dado en aquellos instantes por estar con usted en la barca para ayudarle a fijar la vela y vencer todas las dificultades!... Por otra parte, cuando hacía buen tiempo, me parecía que estaba aprisionado en esa gran ciudad entre las casas de varios pisos.
Sí; hubiera dado todo lo del mundo por estar una hora en el Océano, aspirando libremente, como en otro tiempo, la fresca brisa marina.
Una sonrisa dilató las curtidas facciones del pescador.
– ¡Los libros no le han echado a perder!, murmuró con intensa satisfacción. ¡Buena estación y feliz año!, añadió. ¡Vamos, ven a sentarte a la mesa, que sólo a ti esperamos!
Cuando hubo ocupado su sitio de otro tiempo, a la derecha de la buena Catalina, Erik pudo reconocer, al fin, los cambios operados en la familia durante los dos últimos años. Otto era ya un robusto mozo de dieciséis años, que parecía tener veinte; Vanda se había desarrollado y embellecido; su lindo rostro tenía más expresión, y las magníficas trenzas de su cabello rubio ceniciento, que antes llevaba pendientes, formaban ahora alrededor de su frente como una corona. Siempre modesta y afable, cuidábase, sin hacer ostentación de ello, de que a nadie le faltase cosa alguna.
– Vanda es ya una buena moza, dijo la madre con orgullo, y tú no sabes, Erik, qué juiciosa se ha hecho, y cuánto trabaja para instruirse desde que te marchaste. Ahora es la más sabia de la escuela, y el señor Malarius dice que sólo Vanda podría consolarle de no contarte ya entre sus discípulos.
– ¡Ese querido señor Malarius! Mucho me alegraría de poder abrazarle, exclamó Erik. — ¿Conque nuestra Vanda sabe ya tanto?, añadió con interés.
Vanda se había ruborizado mucho al oír aquellos elogios maternales.
– Sí, repuso Catalina, y también aprender a cantar y a tocar el órgano. El señor Malarius dice que su voz es la mejor de todas.
– ¡Oh! Decididamente Vanda es ahora una joven de provecho, repuso Erik sonriendo, a fin de no aumentar la visible turbación de su hermana. Será preciso que nos dé a conocer pronto todas sus habilidades.
En seguida con la mayor naturalidad cambió de conversación para hablar de la buena gente de Noroé, pidiendo noticias de sus compañeros y amigos, informándose de cuanto había ocurrido durante su ausencia, de los incidentes de la pesca, y de todos los detalles sobre la localidad. A su vez hubo de satisfacer la curiosidad de la familia, dando a conocer su género de vida en Estocolmo, y también habló de la señora Greta, de Kajsa y del doctor.
– Esto me recuerda, dijo al terminar, sacando una carta del bolsillo interior de su chaqueta, que traigo una misiva pra usted, padre. Ignoro lo que contiene; vero el doctor me recomendó que la guardase bien, porque me concierne.
Maese Hersebom cogió la carta, y la puso a su lado en la mesa.
– ¡Cómo!, exclamó Erik. ¿No va usté a leérnosla?
– No, contestó lacónicamente el pescador.
– ¿Pues no le he dicho que me concierne?, insistió Erik.
– La carta está dirigida a mi nombre, replicó maese Hersebom acercándola a sus ojos. Sí;
es para mí, y por lo tanto la leeré cuando sea hora.
La obediencia filial es la base de la familia noruega, y Erik inclinó la cabeza. Poco después todos se levantaron de la mesa, y los tres muchachos, sentándose en un banquillo junto a la chimenea, como lo hacían en otro tiempo, entablaron una de esas conversaciones íntimas en las que se pregunta todo lo que se desea saber y se repite lo que se ha dicho cien veces.
Entretanto Catalina iba y venía, poniéndolo todo en orden y exigiendo que Vanda "hiciese de señora"; es decir, que por una vez no se ocupase de las menudencias de la casa.
En cuanto a maese Hersebom, habíase sentado en su gran sillón y fumaba silenciosamente en su pipa. Sólo después de haber llevado a buen fin esta operación, tan importante para él, decidióse a abrir la carta del doctor.
La leyó en silencio, cerróla después, la guardó en el bolsillo, volvió a rellenar su pipa y fumó, siempre silencioso. Toda la tarde estuvo así, absorto en sus reflexiones.
Aunque nunca había sido hablador, aquel mutismo no dejaba de parecer singular. Catalina, que, una vez terminados sus quehaceres, había ido a sentarse también junto al fuego, hizo algunas tentativas para obtener una explicación de su marido; pero como éste la rechazaba, cayó muy pronto en una profunda melancolía; y hasta los muchachos, después de haberse cansado de charlar, comenzaron también a participar de la tristeza de sus padres.
Una veintena de voces frescas y argentinas resonaron muy oportunamente a la puerta de la casa para distraer a la familia de sus tristes reflexiones; era un grupo de escolares, muchachos y muchachas, antiguos compañeros de Erik, que iban a felicitarle por su regreso.
Al punto se les hizo entrar y ofrecióseles la bebida tradicional, mientras que todos, rodeando a su antiguo compañero, manifestábanle el vivo placer que les causaba verle. Erik, muy conmovido por aquella inesperada visita de sus compañeros de la infancia, quiso acompañarles a toda costa cuando hablaron de retirarse para continuar su paseo de Navidad, y Otto y Vanda se agregaron, naturalmente, al grupo. Catalina les recomendó que no se alejaran demasiado y que trajeran pronto a su hermano, porque debía necesitar reposo.
Apenas se hubo cerrado la puerta, la mujer se acercó de nuevo a su esposo para interrogarle.
– ¡Vamos!, díjole con ansiedad. ¿Se puede saber si el doctor ha averiguado alguna cosa?
Por toda respuesta, maese Hersebom volvió a sacar la carta del bolsillo, la desdobló, y comenzó a leer en alta voz, no sin vacilar algunas veces, cuando encontraba palabras algo nuevas para él: "Mi querido Hersebom, escribía el doctor;
pronto hará dos años que me confió usted el muchacho, y diariamente he tenido el gusto de comprobar sus adelantos de toda especie. Está dotado de una clara inteligencia y de los más generosos sentimientos. Erik parece verdaderamente un ser privilegiado, y los padres que han perdido semejante hijo tendrían sobrada razón para lamentar su desgracia si supieran cuánto vale; pero es casi indudable que sus padres no existen ya. Según se convino entre nosotros, no he omitido nada para descubrir su paradero; he escrito a varias personas residentes en Inglaterra, he contratado a una agencia especial para que efectúe las debidas investigaciones, y se han insertado anuncios en veinte diarios ingleses, irlandeses y escoceses, pero, a pesar de todo, no se ha hecho la menor luz en el misterio, y hasta debo decir que todos los datos recibidos sólo sirven para oscurecerlo.
"El nombre de Cynthia, en efecto, es muy común en la marina inglesa; las oficinas del Lloyd han citado hasta diecisiete buques de todas clases que tenían esta denominación pertenecientes unos a los puertos de Inglaterra y otros a los de Escocia e Irlanda. Mi hipótesis sobre la nacionalidad del muchacho se ha confirmado, pues, en cuanto era posible, y para mí es cada vez más evidente que Erik pertenece a una familia irlandesa. No recuerdo si ya se lo dije a usted; pero al regresar a Estocolmo, comuniqué esta opinión a dos íntimos amigos.
Repito que todo corroboró mi parecer.
"Bien sea porque esa familia irlandesa ha desaparecido completamente, o porque no le convenga ser identificada, ello es que no ha dado la menor señal de su existencia.
"Hay otra circunstancia singular, eny mi concepto mucho más sospechosa aun, y es que ningún naufragio registrado por el Lloyd o las demás compañías de seguros marítimos, se refiere, al parecer, a la fecha de la llegada del niño a nuestras costas. Cierto que en lo que va de siglo se han perdido dos Cynthia; pero uno naufragó en el mar de las Indias hace treinta y dos años, y el otro a la vista de Portsmouth, hace dieciocho.
"Así, pues, debemos deducir, en conclusión, que el niño no fue víctima de un naufragio. Sin duda se le abandonó voluntariamente en las olas.. y esto explicaría que mis anuncios no hayan producido resultado.
"Como quiera que sea, después de haber interrogado sucesivamente a todos los armadores o propietarios de buques que tenían por nombre Cynthia, después de agotar todos los medios de investigación, creo poder afirmar que no queda la menor probabilidad de encontrar la familia de Erik.
"La cuestión, pues, queda reducida para nosotros, y más particularmente para usted, mi querido Hersebom, a saber lo que conviene decir al muchacho y hacer en su favor.
"Si yo estuviese en el lugar de usted, y se lo digo sinceramente, confiaría desde luego a Erik el secreto, dejándole en libertad de tomar su partido. Ya sabe usted que convinimos en adoptar esta línea de conducta si mis pesquisas no daban resultado, y ahora ha llegado el momento de cumplir la palabra. He querido que sólo usted se encargue de referir toda la historia a Erik. Ha vuelto a Noroé ignorando aún que no es hijo de la familia, y tampoco sabe si volverá a Estocolmo o si se quedará ahí. Usted es quien debe decidirlo.
"Recuerde usted que si retrocede ante este deber, Erik tendrá tal vez algún día derecho para extrañarse; y, sobre todo, que es un muchacho demasiado inteligente para condenarle sin apelación a una vida oscura e ignorada.
Semejante sentencia hubiera sido inmerecida hace dos años; pero ahora, después de alcanzar en Estocolmo los más brillantes triunfos, seria de todo punto injustificada.
"Repito mis ofrecimientos: le ayudaré a terminar sus estudios para que obtenga en Upsala el título de doctor en Medicina; continuará su educación como si fuera mi hijo, y tendrá abierto el camino para llegar a los honores y a la fortuna.
"Ya sé que al dirigirme a usted y a la excelente madre adoptiva de Erik, dejo su suerte en buenas manos, y estoy seguro de que ninguna consideración personal le cohibiría de aceptar mi proposición. Pida usted consejo, sobre todo, al señor Malarius.
"Y esperando su respuesta, amigo Hersebom, le estrecho cariñosamente la mano, rogándole que ofrezca mis afectos a su digna esposa e hijos."
K. W. Schwaryencrona, M. D.
Cuando Hersebom hubo terminado la lectura de esta carta, Catalina, que le había escuchado llorando, le preguntó qué pensaba hacer.
– Es muy sencillo, contestó, hablaré al muchacho.
– Ese es mi parecer también, y debemos concluir de una vez, porque, de lo contrario, no tendremos un instante de reposo, replicó Catalina enjugando sus lágrimas.
Y ambos quedaron silenciosos.
Ya era más de medianoche cuando los muchachos regresaron de su paseo. Con el rostro animado por su rápida carrera al aire libre y los ojos brillantes de satisfacción, volvieron a ocupar su asiento junto al fuego, y dispusiéronse a terminar alegremente la vigilia de Navidad, comiendo la última torta al suave calor del enorme leño que ardía en la chimenea.