El náufrago del Cynthia

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EN ESTOCOLMO

El doctor Schvvaryencrona habitaba en Estocolmo una casa magnífica, situada en la isla de Stadsholmen, el barrio más antiguo y preferido en esa encantadora capital, una de las más hermosas y agradables de Europa, que los extranjeros visitarían más a menudo si la moda y la tradición no influyeran en los planes rutinarios de viaje, por lo menos tanto como en la forma de los sombreros.

Situada entre el lago Maelar y el Báltico, en un grupo de ocho islas que se comunican por numerosos puentes, costeada por muelles magníficos, donde reina la mayor animación a causa del movimiento de los vapores que hacen las veces de ómnibus, y con una población alegre, laboriosa, satisfecha de sí misma, la más hospitalaria, cortés e instruida de Europa, la ciudad de Estocolmo, con sus grandes jardines públicos, sus bibliotecas, sus museos e instituciones científicas, es una verdadera Atenas del Norte, a la vez que un centro comercial muy importante.

Erik, sin embargo, hallábase aún bajo la impresión que le produjera Vanda al separarse de él en la primera estación: la despedida había sido más seria de lo que podía esperarse de su edad, y aquellos dos corazones no se ocultaron su profunda emoción.

Pero cuando el coche que aguardaba a nuestros viajeros en la estación se detuvo delante de una gran casa de ladrillo rojo, cuyas dobles ventanas resplandecían a la luz del gas, Erik quedó asombrado; el aldabón de cobre de la puerta le pareció de oro fino, y el vestíbulo, embaldosado de mármol, adornado de estatuas, candelabros de bronce y jarrones de China, le hizo enmudecer de asombro. Mientras un lacayo con librea le ayudaba a quitarse las pieles, a tiempo que se informaba de su salud con esa cordialidad propia de los criados suecos.

Erik dirigía a su alrededor miradas de admiración.

Un rumor de voces le hizo volver la cabeza hacia la escalera principal, con su pasamanos de encina y su espesa alfombra, y entonces vio a dos personas cuyos trajes le parecieron el colmo de la elegancia.

Una de ellas, respetable señora de cabello gris y estatura regular, llevaba un vestido de paño negro con numerosos pliegues, bastante corto para que se pudiesen ver sus medias rojas y zapatos con hebilla, y de su cintura pendía un manojo de llaves sujetas con una cadena de acero. Andaba con la cabeza muy erguida, y dirigía a todos lados miradas penetrantes. Era la señora Greta María, el ama de llaves de la casa en todas las materias culinarias y domésticas.

Detrás de ella iba una niña de once a doce años, en quien Erik creyó ver una princesa fantástica: en vez del traje nacional, único que el muchacho había visto en niñas de aquella edad, llevaba un vestido de terciopelo azul oscuro, sobre el cual ostentaba las sedosas trenzas de su cabello dorado; las medias eran de seda negra, y los zapatos de raso; un lazo de cinta roja, colocado en la cabeza como una mariposa, animaba con su vivo color una fisonomía extraña y pálida, que parecía iluminada por el rayo fosforescente de unos ojos grandes, de verdes pupilas.

– ¡Dichosos los ojos que le ven al fin, querido tío!, exclamó la niña, abrazando al doctor.

¿Ha sido feliz el viaje?

Al decir esto, apenas se había dignado fijar la mirada en Erik, que permanecía modestamente a pocos pasos.

El doctor devolvió sus caricias a la niña, estrechó la mano al ama de llaves, y después hizo una señal a su protegido para que se adelantara.

– Kajsa, y usted, Greta: aquí les presento a Erik Hersebom, que viene de Noruega, y a quien espero que dispensarán las debidas atenciones. Y tú, hijo mío, añadió con bondad, no tengas miedo; la señora Greta no es tan severa como parece, y mi sobrina Kajsa estará muy pronto en buena inteligencia contigo... ¿No es verdad, hija mía?, preguntó, pellizcando ligeramente la mejilla de la niña.

Kajsa se limitó a contestar con una mueca bastante desdeñosa; y en cuanto al ama de llaves, tampoco parecía muy entusiasmada con el nuevo huésped.

– ¿Se puede saber, señor doctor, dijo con cierta acrimonia al subir la escalera, quién es y de donde sale ese muchacho?

– Seguramente, contestó el doctor, ya lo sabrá usted todo Greta, no tenga el menor cuidado; pero, si le parece a usted bien, comeremos antes alguna cosa.

En el matsal, o comedor, la mesa, ya preparada, ofrecía el mejor aspecto con sus vasos y copas de cristal y su blanquísimo mantel; esto era un lujo del que Erik no tenía la menor idea, pues la mantelería es cosa desconocida de los campesinos de Noruega; hasta los platos son de un uso reciente, y hay muchas familias que todavía comen su pescado en rebanadas de pan negro, sin que por esto les parezca de peor gusto.

He aquí por qué fue necesaria la reiterada invitación del doctor para que el muchacho se sentara a la mesa, donde la torpeza de sus movimientos le valió de parte de la señorita Kajsa más de una mirada irónica; pero, gracias al apetito de los viajeros, todo marchó bien.

A las snorgas siguió una comida que hubiera espantado a un francés por lo sólida y sustanciosa, y que por su abundancia habría bastado para satisfacer el apetito de un batallón de infantería después de recorrer una etapa de veintiocho kilómetros. Pan casero, sopa de pescado, oca rellena de castañas, vaca cocida con una montaña de legumbres, una pirámide de patatas, huevos duros y tarta de pasas; todo esto constituía el menú, que fue atacado vigorosamente y sufrió una considerable disminución.

Terminada esta excelente comida, casi sin pronunciar una palabra, se pasó al salón, de vastas dimensiones, que recibía la luz por seis grandes ventanas, cuyos alféizares, cerrados por pesados cortinajes de paño, habrían bastado a un arquitecto parisiense para formar una habitación completa. El doctor se instaló en un gran sillón de cuero junto a la chimenea; Kajsa se sentó a sus pies en un taburete, y Erik, intimidado y como fuera de su centro, acercábase a una ventana, con vivos deseos de refugiarse en la más oscura profundidad, cuando el doctor le llamó, diciéndole: —Vamos, muchacho, ven aquí a calentarte, y dinos lo que te parece Estocolmo.

– Las calles son muy oscuras y angostas, y las casas demasiado altas, contestó Erik.

– Sí, un poco más que en Noroé, comentó el doctor sonriendo.

– Por eso no se pueden ver las estrellas.

– Es que aquí estamos en el barrio noble, replicó Kajsa, picada por aquella crítica; una vez franqueados los puentes se encuentran calles más anchas.

– Ya las he visto al venir de la estación, dijo Erik; pero la mejor es menos ancha que el fiordo de Noroé.

– ¡Ah... ah!..., exclamó el doctor. ¿Será que se ha declarado ya la nostalgia?

– No, contestó resueltamente Erik; le estoy demasiado agradecido, señor doctor, para arrepentirme de haberle seguido; pero usted me pregunta lo que pienso de Estocolmo, y yo se lo digo.

– Noroé debe ser un agujero espantoso, dijo la niña.

– ¡Un agujero espantoso!, repitió Erik con indignación. Los que tal digan no tienen ojos, señorita Kajsa. ¡Si usted pudiera ver la barrera de granito que las rocas forman en nuestro fiordo, las magníficas montañas, glaciares y los bosques sombríos; y más allá el extenso mar, tumultuoso y terrible unas veces, y tan tranquilo otras que en él se podría mecer un niño!... ¡Y luego las bandadas de gaviotas, que, pasando velozmente, se pierden en el espacio, y vuelven después, rozando todos los objetos con sus alas!... ¡Oh! ¡Eso es magnífico, mucho más hermoso que la ciudad!

– Yo no hablaba del paisaje, sino de las casas, repuso la niña; son cabañas de campesinos,

¿no es verdad, tío?

– Cabañas de campesinos como aquellas donde nacieron tu padre y tu abuelo, y también yo, contestó gravemente el doctor.

Kajsa enrojeció y guardó silencio.

– Son casas de madera, dijo Erik, pero valen tanto como otras... Muchas tardes, cuando mi padre componía sus redes y mi madre hilaba en su rueca, Otto, Vanda y yo nos sentábamos en un banco con el fiel perro Klaas a nuestros pies y cantábamos a coro las antiguas sagas, contemplando los efectos de luz y sombra. Y cuando el viento silba y todos los pescadores están de regreso, es muy grato hallarse tranquilo en su casa junto al fuego, y se está tan bien como en esta lujosa habitación.

– Pues no es ésta la mejor, dijo Kajsa con orgullo; si yo le enseñara el otro salón, entonces vería usted lo que es bueno.

– Sin embargo, replicó Erik, aquí veo muchos libros... ¿Hay tantos allí?

– ¡Libros!... ¿Quién habla de eso?... Aquí se trata de sillones de terciopelo, de ricos cortinajes, del magnífico reloj francés, de las alfombras de Oriente.

A Erik le seducía poco, al parecer, esta enumeración, y dirigía codiciosas miradas a unos estantes de encina que ocupaban todo un lado de la sala.

– Puedes examinar esos libros más de cerca y escoger el que desees, dijo el doctor.

Erik no esperó que le repitiera la invitación;

eligió un tomo, y sentándose en un rincón donde había bastante luz, absorbióse en su lectura, tanto que apenas notó la entrada de dos caballeros, viejos amigos del doctor Schwaryencrona, que iban casi todas las noches a jugar al whist.

El primero era el profesor Hochstedt;. anciano alto, de ademán frío y majestuoso, que se expresó muy académicamente para manifestar al doctor el placer que le causaba su regreso.

Apenas se había instalado en el sillón, que por ser el asiento favorito del visitante se designaba ya en la casa con el nombre de "sillón del profesor", cuando resonó un fuerte campanillazo.

– ¡Ahí está Bredejord!, dijeron a la vez los amigos.

La puerta se abrió un momento después, y en el umbral apareció un hombrecillo delgado y vivaracho, que, entrando como un alud, fue a estrechar las manos del doctor, besó en la frente a Kajsa, saludó afectuosamente al profesor, y paseó por todos los rincones de la estancia una mirada investigadora.

Era el abogado Bredejord, una de las notabilidades del foro de Estocolmo.

– ¡Caramba!... ¿A quién tenemos aquí?, exclamó de repente al divisar a Erik. ¡Un joven pescador de bacalao, o más bien un grumetillo de Bergen! ¡Y que lee a Gibbon en inglés!. ., añadió después de fijar su mirada en el libro cuya lectura absorbía tanto a Erik. ¿Te interesa eso, muchacho?, preguntó.

– Sí, señor; hace mucho tiempo que deseaba comenzar a leer la Decadencia del Imperio romano, contestó sencillamente Erik.

– ¡Mala peste!, exclamó el abogado. Parece que los grumetes de Bergen son aíiclonados a las lecturas serias... Pero, ¿eres tú de Bergen?

– Soy de Noroé, que no está lejos, contestó Erik.

– ¡Ah!... y dime, ¿tienen generalmente los de Noroé el cabello y los ojos de ese color tan oscuro? ¿Son tan morenos como tú?

– No, señor, mis hermanos y todos los demás son rubios, poco más o menos como la señorita, replicó Erik; pero no visten como ella, añadió sonriendo, y por eso no se le asemejan mucho.

– No, así lo creo, repuso el señor Bredejord, pues la señorita Kajsa es un producto de la civilización. Allí está la hermosa naturaleza, que no tiene más adorno que su sencillez. ¿Y qué has venido a hacer a Estocolmo, muchacho, si me es lícito preguntarlo?

– El señor doctor tiene la bondad de matricularme en un colegio, contestó Erik.

– ¡Ah!... ¡Ah!..., exclamó el abogado, golpeando con los dedos su tabaquera.

Y con una penetrante mirada parecía interrogar al doctor sobre aquel problema viviente;

mas por una señal imperceptible comprendió que era preciso aplazar el interrogatorio, y al punto cambió de conversación.

Hablóse, pues, de la corte, de la ciudad y de lo que había ocurrido en el mundo desde la marcha del doctor. Después, la señora Greta preparó la mesa de juego, disponiendo las fichas y los naipes, y muy pronto siguió el silencio, mientras que los tres amigos se entregaban a las sabias combinaciones del whist.

El doctor tenía la inocente pretensión de ser maestro en este juego, y la costumbre, menos inocente, de criticar sin consideración los errores que sus adversarios cometían; regocijábase mucho cuando aquéllos le hacían ganar, y murmuraba si le ocasionaban una pérdida.

Complacíale, sobre todo, explicar al perdidoso, después de una mala jugada, cuál había sido el error, qué carta debió dar una vez cometida la torpeza, y qué otra para remediar la falta. Es un vicio corriente entre jugadores de whist, pero que molesta cuando se convierte en manía y se repite diariamente contra las mismas personas.

Felizmente para el doctor, trataba con dos amigos que le desarmaban siempre, el profesor por su flema inalterable y el abogado por su sereno escepticismo.

– Tiene usted razón, contestaba gravemente el primero cuando se le dirigían las censuras más acerbas.

– Mi querido doctor, decía el señor Bredejord, riéndose, ya sabe usted que pierde el tiempo predicándome; siempre cometeré en este juego las mayores torpezas, y lo peor es que no me corregiré nunca.

¿Qué hacer con dos pecadores tan endurecidos? El doctor renunciaba por lo pronto a su crítica, pero renovábala un cuarto de hora después, porque en esto era incorregible.

Quiso la casualidad que el doctor perdiese aquella noche precisamente todo cuanto jugaba, así es que su mal humor se tradujo por las más duras observaciones para el profesor, para el abogado y hasta para el "muerto", es decir, el fondo, cuando éste no contenía lo que el doctor esperaba encontrar.

Pero el profesor, siempre imperturbable, alineaba sus fichas y el abogado le contestaba con alguna chanza a las más amargas reprensiones.

– ¿Por qué quiere usted que cambie de táctica, decía, puesto que jugando mal gano, mientras que usted pierde jugando bien?

Así llegaron a las diez de la noche. Kajsa hizo el té en una magnííica tetera de cobre; sirviólo con mucha gracia, y se eclipsó discretamente. Poco después la señora Greta fue a buscar a Erik para conducirle al cuarto que se le había destinado, pequeña habitación muy limpia y agradable, situada en el segundo piso de la casa, y entonces los tres amigos quedaron solos.

– ¿Nos dirá usted al íin, preguntó entonces el señor Bredejord, quién es ese joven pescador de Noroé que lee a Gibbon en el texto original?

¿O se trata de algún asunto reservado que fuera indiscreto darnos a conocer?

– El asunto no tiene nada de misterioso, y con el mayor gusto referiré a usted la historia de Erik, si puede guardarla para sí, repuso el doctor con un gesto de asentimiento.

– ¡Ah! Ya sabía yo que debía haber alguna historia, exclamó el abogado, arrellanándose cómodamente en un sillón. Escucharemos, amigo mío, con el mayor gusto, y bien puede estar seguro de que no abusaremos de la confianza. Confieso que ese hombrecito me da qué pensar como si fuese un problema.

– En efecto, es un problema viviente, replicó el doctor, lisonjeado de la curiosidad de su amigo; un problema cuya solución es probable haya encontrado. Voy a referir los detalles, y usted me dirá si su deducción es conforme con la mía.

El doctor Schwaryencrona se apoyó contra la enorme estufa de loza, y partiendo desde el punto en que este relato comienza, contó como, habiéndole llamado la atención Erik en la escuela de Noroé, quiso conocer su procedencia.

Refirió cuanto le habían dicho el señor Malarius y maese Hersebom, sin omitir detalle alguno; hizo mención del salvavidas del Cynt- hia, de los objetos conservados por la mujer del pescador, del anagrama bordado en la ropa, del chupete de oro, de la inscripción, y, por último, de los caracteres etnográficos, tan marcados en Erik.

– Ahora ya conoce usted los términos del problema, tal como se me enunció a mí, añadió el doctor; y me apresuro a observar que el grado de instrucción del muchacho por excepcional que sea, sólo puede considerarse como un fenómeno secundario, debido a la intervención de Malarius, por lo cual no se ha de tener en cuenta. Ese grado de instrucción me condujo a fijarme en el chico y a tomar los informes de que le hablo; pero en realidad carece de importancia en la cuestión, qué yo planteo así: ¿De dónde procede el muchacho? ¿En qué punto se han de practicar las investigaciones para encontrar la familia?

"Los verdaderos datos del problema, únicos que pueden guiarnos, serán, por lo tanto: "Primero. Los indicios físicos de la raza en el chico.

"Segundo. El nombre Cynthia, inscripto en el salvavidas.

"Sobre el primer punto no hay duda posible;

el muchacho es de raza céltica, y hasta tiene el tipo celta en toda su pureza.

"Pasemos al segundo punto. Cynthia es seguramente el nombre del buque a que pertenecía el salvavidas; este nombre podría ser alemán o inglés, pero no estaba escrito en letras góticas; de modo que el buque era inglés, o mejor dicho, anglosajón.

"Todo confirma esta hipótesis, porque es casi seguro que solamente un buque inglés que fuera a Inverness o a las Oreadas, o regresase de dichos puntos, podría haber sido lanzado por la tempestad a las aguas de Noroé. Además, el niño no debió flotar largo tiempo, puesto que resistió al ayuno y a los peligros de su arriesgada navegación... Sentado esto, ¿qué deducen ustedes, mis queridos amigos?

Ni el profesor ni el abogado juzgaron oportuno contestar una sola palabra.

– Sin duda no hallan ustedes la clave, continuó el doctor con aire de triunfo, y tal vez creen ver algo contradictorio entre estos dos hechos; es decir, un muchacho de raza celta y un buque de nombre anglosajón. Esto es importante, porque quizá no tienen en cuenta una circunstancia particular, y es la existencia en Gran Bretaña de un pueblo de raza celta, Irlanda... A mí tampoco se me ocurrió al principio, y por eso no me era dado ver claramente la solución del problema; pero ahora ésta se impone.

El muchacho es irlandés. ¿No es usted de mi parecer, Hochstedt?

Una de las cosas que más desagradaban al digno profesor, era emitir una opinión definitiva sobre cualquier asunto; y preciso es reconocer que en el caso sometido en aquel momento a su juicio imparcial, toda suposición debia ser, por lo menos prematura. En consecuencia, se limitó a encogerse de hombros, diciendo:

– Es incontestable que los irlandeses pertenecen a la rama céltica de la raza aria.

Seguramente que la frase no tenía nada de atrevida pero el doctor Schwaryencrona se dio por satisfecho, viendo en tales palabras la confirmación completa de su teoría.

– ¡Ya conviene usted conmigo!, exclamó con calor. Siendo los irlandeses celtas, y presentando el muchacho todos los caracteres de esta raza, si el Cynthia es un buque inglés, como todo induce a suponer, tendremos el hilo necesario para encontrar la familia del muchacho.

En Gran Bretaña es donde hemos de buscar;

algunos anuncios en el Times bastarán probablemente para descubrir las huellas.

El doctor se disponía, sin duda, a desarrollar su plan de campaña cuando fijó su atención en el obstinado silencio del abogado y en la mirada ligeramente irónica con que parecía acoger sus palabras.

– Si no es usted de mi parecer, Bredejord, añadió, deteniéndose de pronto, dígalo sin reparo, que yo no temo la discusión.

– Yo no he dicho nada, contestó el interpelado; Hochstedt es testigo de que nada he dicho...

– No; pero bien veo que usted no participa de mi opinión... y yo quisiera saber por qué, repuso el doctor, dominado de nuevo por la tendencia hostil que el whist había desarrollado en él. ¿Es Cynthia un nombre inglés?, añadió con vehemencia. Sí, puesto que no está esorito con letras góticas, lo cual hubiera indicado su origen alemán. ¿Son celtas los irlandeses? Indiscutiblemente... acaba usted de oírlo de boca de un hombre tan competente como nuestro distinguido compañero Hochstedt. ¿Tiene el muchacho todos los caracteres de la raza céltica? Usted mismo ha podido juzgar, y por cierto que le han llamado la atención antes de que yo hablase una palabra sobre el asunto. Deduzco, pues, que se necesitaría una insigne mala fe para no participar de mi opinión, reconociendo conmigo que el muchacho debe pertenecer a una familia irlandesa.

– ¡Mala fe!, replicó Bredejord. La frase es demasiado dura, y si se dirige a mí, advertiré que aun no he manifestado la menor opinión...

– No, pero claramente demuestra usted que no participa de la mía.

– Creo que estaría en mi derecho...

– Sí; pero sería preciso dar una razó» en apoyo de su tesis.

– ¿Y quién le dice a usted que yo tengo alguna?

– Entonces debo suponer que me hace usted una oposición sistemática, y que sólo se propone llevarme la contraria en todo como en el whist.

– Muy lejos está de mi ánimo semejante idea, se lo aseguro. Su razonamiento no me parece concluyente, y he aquí todo.

– Pero ¿por qué? Deseo mucho saberlo.

– Seria largo de contar, y oigo que dan las once, hora de retirarme; pero antes de marcharme le haré una proposición: ¿Quiere usted apostar su Plinio de Aldo Manuzio contra mi Quintiliano, edición de Venecia, a que no ha adivinado usted, y a que ese muchacho no es irlandés?

– A mí no me agrada nunca apostar, repuso el doctor, dulcificado por el buen humor inalterable de su amigo; pero me complacería tanto confundirle, que acepto la apuesta.

– Pues quedamos de acuerdo. ¿Cuánto tiempo necesita usted para sus investigaciones?

– Espero que me bastarán algunos meses;

pero he pedido dos años a Hersebom a fin de asegurar mejor el resultado.

– Pues bien; le concedo a usted dos años.

Hochstedt nos servirá de testigo. Y sin guardarme rencor, ¿no es verdad?

– Seguramente; pero veo que su Quintiliano está muy expuesto a venir a reunirse con mi Plinio, repuso el doctor.

Y después de estrechar la mano a sus dos amigos, acompañólos hasta la puerta.

Depesza

Urząd nadania: sieć światowa · Miejsce przeznaczenia: pokład Nautilusa

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