El náufrago del Cynthia

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LA DECISION DE ERIK

Al día siguiente el pescador llamó a Erik y delante de Catalina, Vanda y Otto, hablóle de esta manera:

– Erik, la carta del doctor Schwaryencrona, en efecto, se refiere a tí; diceme en eiia que has dejado muy satisfechos a tus profesores, y que se propone subvenir hasta el fin a los gastos que tus estudios ocasionen, si es que has de continuarlos. Pero esa carta exige que tú mismo decidas, con conocimiento de causa, si has de cambiar definitivamente de condición, o si prefieres quedarte con nosotros en Noroé, lo cual nos complacería mucho más, como ya puedes comprender... Y con este motivo es forzoso comunicarte ahora un gran secreto... un secreto que mi mujer y yo hubiéramos preferido guardar para nosotros.

Catalina, no pudiendo ya contener sus lágrimas, estalló en sollozos; y cogiendo la mano de Erik, oprimióla contra su corazón para protestar contra lo que el joven iba a oír.

– Ese secreto prosiguió el pescador con un acento que la emoción alteraba cada vez más, es que tú no eres más que nuestro hijo adoptivo...

Yo te encontré abandonado en el mar, hijo mío, y te recogí cuando apenas contabas ocho o nueve meses; bien sabe Dios que jamás hubiera pensado en decírtelo, y que tu madre y yo te hemos tratado siempre como a Otto y Vanda, sin establecer diferencias... Pero el doctor Schwaryencrona lo exige, y, por lo tanto, toma la carta y entérate de su contenido.

Erik había palidecido de pronto al oír aquella revelación; Otto y Vanda, trastornados por lo que oían, dejaron escapar una exclamación de asombro; pero casi al punto hicieron lo que su madre; después de rodear con un brazo el cuello del joven, Otto por un lado y Vanda por el otro, oprimiéronse contra él; en tanto que Erik, tomando la carta del doctor, y sin ocultar la emoción que le causaba su contenido, la leyó hasta el fin.

Maese Hersebom repitió entonces con todo detalle lo que refiriera antes al doctor; explicó las causas que habían inducido a éste a buscar la familia de Erik, y demostró como él, Hersebom, no iba tan desencaminado al suponer que aquel problema era insoluble, no debiendo, por lo tanto, tomarse la molestia de buscar su solución. Cuando hubo terminado, Catalina se levantó, corrió al cofre de encina, sacó la ropa que el niño llevaba, y enseñó el chupete de oro.

Por un efecto natural, el relato revistió al punto para los tres muchachos un interés dramático que hacía olvidar la parte triste; contemplaban maravillados los encajes y el terciopelo, el chupete y la inscripción, todo lo cual tenía para ellos algo de fantástico; y la imposibilidad misma, reconocida por el doctor, de obtener resultado alguno práctico de tales indicios, aunque tan reales y verdaderos, bastaba para comunicar un carácter más sagrado a dichos objetos.

Erik les contemplaba como en un sueño; su pensamiento se fijó en aquella madre desconocida, que sin duda le había puesto con su propia mano la ropa que tenía ante sí, y que más de una vez debió agitar el chupete ante los ojos de su hijo para hacerle sonreír. Al tocar aquellos objetos parecíale hallarse en comunicación directa con su madre a través del espacio... Y, sin embargo, ¿dónde estaría esa madre? ¿Vivía aún, o habría muerto? ¿Lloraba a su hijo, o debería éste, por el contrario, considerarla perdida para siempre?...

Permaneció algunos minutos absorto en estas reflexiones, con la cabeza inclinada sobre el pecho, hasta que una palabra de Catalina le hizo volver en sí.

– ¡Erik!, exclamó la buena mujer, inquieta por aquel silencio. ¡Tú eres siempre nuestro hijo!

El joven paseó la mirada a su alrededor, fijándola sucesivamente en todas aquellas fisonomías que revelaban el cariño, en la expresión maternal de la buena madre, en el aspecto franco de maese Hersebom, en el semblante de Otto, que le contemplaba con más afecto que nunca, y en la graciosa Vanda, cuya mirada era triste y suplicante. Erik sintió oprimírsele el corazón, hízose al punto cargo de su situación, vio mentalmente toda la escena, tal como el padre acababa de pintarla; aquella cuna abandonada a merced de las olas, recogida por un rudo pescador y entregada amorosamente a su mujer; aquella gente humilde y pobre que no vacilaba en conservar el niño asi encontrado, adoptándole y mimándole como a sus propios hijos; que nada le habían dado a entender de estas cosas durante catorce años, y que en aquel momento estaba pendiente de sus labios como si esperasen un veredicto de vida o muerte.

Todo esto le produjo una emoción tan profunda, que sus lágrimas corrieron de pronto abundantemente; un sentimiento irresistible de gratitud y de amor conmovió todas sus fibras, y experimentó como un deseo de sacrificarse a su vez para devolver a aquella buena gente un poco de la ciega ternura que le manifestaban, rehusando abandonarla y quedándose para siempre en Noroé, aunque hubiera de vivir en tan humilde condición.

– Madre, dijo arrojándose en los brazos de Catalina, ¿piensa usted que pueda vacilar ahora que lo sé todo?... Escribiremos al doctor para darle las gracias por sus bondades y decirle que me quedo... Seré pescador como usted, padre mío, y como tú, Otto... Puesto que me han admitido ustedes en su hogar, quiero conservar mi puesto; y ya que me han alimentado con el trabajo de sus manos, quiero devolver a su vejez lo que tan generosamente dieron a mi infancia. —¡Dios sea loado!, exclamó Catalina, estrechando a Erik contra su pecho en un arrebato de ternura y alegría.

– ¡Ya sabía yo que el muchacho prefería el mar a todos los libros!, dijo sencillamente maese Hersebom, sin reflexionar siquiera en el sacrificio que representaba la decisión de Erik.

¡Vamos!... Ya está todo arreglado... No se hable más de todo esto, y pensemos sólo en pasar, bien las fiestas de Navidad.

Todos se abrazaron con los ojos húmedos, jurando no separarse jamás.

Cuando Erik se halló solo, apenas consiguió ahogar un suspiro, reflexionando que era preciso renunciar a sus sueños dorados y a sus triunfos escolares; pero su mismo sacrificio producíale una satisfacción austera que supo saborear.

"Puesto que es el deseo de mis padres adoptivos, se decía, ¿qué importa todo lo demás?

Debo resignarme a trabajar para ellos en la esfera donde la suerte y su abnegación me han colocado... Si alguna vez ambicioné mayor fortuna, era sólo para hacerlos partícipes de ella.

Puesto que así son felices, sin desear otra suerte, es preciso contentarse, haciendo un esfuerzo para dejarles satisfechos con mi buena conducta y mi trabajo. ¡Adiós, pues, a los libros, y viva el mar!"

Así reflexionaba, y volviendo a pensar muy pronto en lo que acababa de saber, preguntábase de dónde llegaría cuando Hersebom le encontró flotando en el toar, cuál sería su patria y quienes sus padres... ¿Vivían aún?... ¿Tendría en algún país lejano hermanos o hermanas quienes nunca debía conocer?

En Estocolmo, y en casa del doctor Schwaryencrona, la Navidad se celebraba también con una fiesta extraordinaria. Ya se recordará que en esta fecha terminaba el plazo pedido para decidir sobre la apuesta entre el señor Bredejord y su eminente amigo, debiendo ser juez el profesor Hochstedt.

Hacía dos años que ni uno ni otro habían dicho una palabra sobre el particular. El doctor realizaba pacientemente sus pesquisas en Inglaterra, escribía a las agencias marítimas y multiplicaba los anuncios en los diarios; pero todos sus esfuerzos eran estériles, según él mismo confesaba. En cuanto al señor Bredejord, había evitado con delicada reserva toda conversación sobre aquel asunto, y sólo cuando hallaba oportunidad hacía alguna discreta alusión a la belleza del ejemplar de Plinio, editado por Aldo Manuzio, que adornaba la biblioteca del doctor.

Y sólo por la expresión burlona con que golpeaba su tabaquera en tales momentos hubiérase podido adivinar qué pensaba.

"He ahí un Plinio que no estará mal entre mi Quintiliano, edición de Venecia, y mi Horacio, de grandes cantoneras y papel especial, de los hermanos Elzevir."

Así es, por lo menos, como el doctor interpretaba generalmente aquella pantomima que le ponía los nervios de punta; y cuando sucedía esto, mostrábase inexorable en el whist y no perdonaba nada a su infeliz contrario.

Pero el tiempo seguía su curso, y al fin llegó la hora en que fue preciso someter la cuestión al arbitraje imparcial del profesor Hochstedt.

El doctor Schwaryencrona procedió con la mayor franqueza: apenas Kajsa le dejó solo con sus dos buenos amigos, confesóles, como lo había hecho antes en su carta a maese Hersebom, que el resultado de sus averiguaciones era negativo; nada había aclarado el misterio que encubría el origen de Erik, y el doctor declaró sinceramente que el problema le parecía definitivamente insoluble.

– Sin embargo, añadió, sería injusto conmigo mismo si no declarase con igual sinceridad que no creo haber perdido mi apuesta. Cierto que no he hallado la familia de Erik; pero los datos recogidos son más bien propios para corroborar mi opinión que para refutarla. El Cynthia es, o era, un buque inglés, como lo prueba el hecho de que en los registros del Lloyd se han inscrito nada menos que diecisiete buques de este nombre. En cuanto a los caracteres etnográficos, siguen siendo evidentemente célticos, y, por lo tanto, puedo decir que mi hipótesis sobre la nacionalidad de Erik queda victoriosa. En mi opinión no cabe la menor duda de que el muchacho es irlandés, como yo pensé; pero, naturalmente, no puedo obligar a la familia a comparecer, si tiene razones para no hacerlo, o si ha desaparecido... He aquí, mi querido Hochstedt, lo que debía decirle; a usted corresponde juzgar si el Quintíliano de nuestro amigo Bredejord no debe pasar legítimamente a mi biblioteca.

Al oír estas palabras, que al parecer le producían un deseo irresistible de soltar la carcajada, el abogado se reclinó en su sillón, agitando levemente la mano como para protestar, y después fijó sus ojillos brillantes en el profesor Hochstedt para ver cómo salía del paso.

El profesor no pareció tan apurado como se podía esperar. Con seguridad se habría visto en un aprieto si algún argumento invencible del doctor le hubiese puesto en la dolorosa necesidad de pronunciarse en favor de uno u otro, pues su carácter prudente e irresoluto le hacía preferir en todo momento las solucio nes indecisas. En tales casos distinguíase para presentar uno tras otro los dos aspectos de la cuestión, y nadaba en el vacío como un pez en el agua; de modo que aquella noche se encontró a la altura de las circunstancias.

– Es incontestable, dijo, que el hecho de haberse inscrito diecisiete buques con el nombre de Cynthia, constituye un dato importante en favor de la conclusión expresada por nuestro eminente amigo; este indicio, combinado con los caracteres etnográficos del interesado, tiene seguramente mucho peso, y no vacilaré en decir que lo considero casi irrefutable. Hasta me avengo a confesar que, si yo debiese opinar personalmente sobre la nacionalidad de Erik, diría que las probabilidades están en favor de su origen irlandés... Pero una cosa es la probabilidad y otra la certidumbre, y, por lo tanto, permítaseme alegar que esta última es la que se necesitaría para resolver sobre la apuesta en cuestión. Por más que las probabilidades sean de gran peso y parezcan corroborar la opinión del doctor Schwaryencrona, Bredejord podrá oponer siempre que la prueba absoluta no existe; de modo que no veo razón alguna suficiente para declarar que el doctor ha ganado el Quintiliano, ni tampoco para decir que el Plinio se haya perdido... En mi concepto, como la cuestión queda indecisa, corresponde anular la apuesta, y me parece que éste será el mejor desenlace en el presente caso.

Así como en los juicios en que se aplaza el fallo definitivo, el del profesor Hochstedt no pareció agradar a ninguna de las partes.

El doctor lo manifestó claramente con una mueca, y en cuanto al señor Bredejord, saltó de su asiento exclamando:

– ¡Alto ahí, mi querido Hochstedt; no se apresure tanto en concluir!... Usted dice que no habiendo Schwaryencrona establecido suficientemente el hecho, aunque a usted le parece probable, no le es posible fallar en su favor...

¿Pues qué contestaría usted si yo le probase aquí, en el acto, que el Cynthia no era un buque inglés?

– ¿Qué contestaría, replicó el profesor algo inquieto por aquel ataque repentino. ¡Diantre, no lo sé!... Vería, examinaría la cuestión bajo sus diversos aspectos... —¡Pues examínela usted a gusto!, repuso el abogado.

Así diciendo, introdujo la mano derecha en el bolsillo interior de su levita para sacar una cartera, cogió una carta con sobre amarillo, que indicaba a primera vista su origen americano, y, acercándola a los ojos del doctor, añadió:

– He aquí un documento que seguramente no recusará usted.

Schwaryencrona leyó en alta voz lo que sigue: Al señor abogado Bredejord, en Estocolmo.

Nueva York, 27 de octubre.

"Muy señor mío: en contestación a su carta del 5 del corriente me apresuro a poner en su conocimiento los hechos que aquí consigno: "1º Hace precisamente ahora catorce años que un buque llamado Cynthia, capitán, Barton, propiedad de la Compañía General de Transportes Canadienses, se perdió con toda su tripulación a la altura de las islas Feroe.

"2º Este buque estaba asegurado por la General Steam Navigation Insurance Company, de Nueva York, por la suma de tres millones ochocientos mil dólares.

"3º Como la desaparición del Cynthia no se pudo explicar bien, ni se aclararon tampoco suficientemente las causas del siniestro, entablóse un proceso, que los propietarios del buque perdieron.

"4º A consecuencia de este resultado disolvióse la Sociedad de Transportes Canadienses, que dejó de existir hace once años, después de haberse procedido a la liquidación.

"Esperando sus órdenes, tengo el gusto de ofrecerme de usted su afectísimo atento seguro servidor."

Jeremías Smith (Walker y Compañía) agentes marítimos.

– ¡Vamos!, exclamó el señor Bredejord cuando el doctor hubo terminado su lectura.

¿Qué me dice usted de ese documento? Creo que no dejará usted de reconocer su valor.

– De ningún modo, repuso el doctor; Pero ¿cómo diablo lo ha obtenido usted?

– De la manera más sencilla del mundo. El día que me habló usted del Cynthia, suponiendo que era necesariamente un Duque inglés, yo pensé al punto que limitaba usted demasiado el círculo de sus investigaciones, y que el buque podía muy bien ser americano. Como el tiempo transcurría sin obtener noticia alguna, pues de lo contrario ya nos lo hubiera usted dicho, se me ocurrió escribir a Nueva York, y a la tercera carta recibí esa respuesta. Ya ve usted que aquí no hay complicación. Ahora bien: ¿no le parece que este documento es decisivo para asegurarme sin discusión la posesión de su Plinio?

– La conclusión no me parece definitiva, replicó el doctor, que volvía a leer la carta, como para buscar nuevos argumentos en apoyo de su tesis.

– ¡Cómo!, exclamó el señor Bredejord. Le pruebo a usted que el buque era americano;

que naufragó a la altura de las islas Feroe, es decir, cerca de la costa noruega, precisamente en la época que corresponde a la llegada del niño, ¡y aun no reconoce usted su error!

– ¡De ningún modo! Advierta usted, querido amigo, que yo no dejo de reconocer el gran valor de este documento. Usted ha encontrado lo que yo no he conseguido: descubrir el verdadero Cynthia, que naufragó cerca de nuestra costa en la época del hallazgo del niño; pero observe usted que este dato confirma precisamente mis suposiciones, pues resulta que el buque era canadiense, es decir, inglés; y como la emigración irlandesa es muy considerable en el Canadá, tengo un motivo más en apoyo de que el muchacho es de origen irlandés.

– ¡Ah! ¿Conque es eso lo que halla usted en mi carta?, exclamó el abogado con más enojo del que hubiera querido demostrar. ¿Y sin duda persiste usted en que no ha perdido el Pli- nio? ¿No es así?

– Precisamente.

– Y hasta quizá crea usted tener derecho a reclamar mi Quintiliano... ¿eh?

– En todo caso, abrigo la confianza de llegar a demostrarle este derecho, gracias a su mismo descubrimiento, si quiere usted concederme el tiempo necesario y renovar la apuesta.

– Convenido. ¿Cuánto tiempo pide usted?

– Digamos dos años más; y fijemos el plazo para la segunda fiesta de Navidad que seguirá a ésta.

– Conforme, contestó el abogado; pero le aseguro a usted que lo mejor que podría hacer es enviarme el Plinio de una vez.

– No, porque hará muy buen efecto en mi biblioteca, junto a su Quintiliano.

Depesza

Urząd nadania: sieć światowa · Miejsce przeznaczenia: pokład Nautilusa

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