El náufrago del Cynthia

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LAS IDEAS DE MAESE HERSEBOM

A la mañana siguiente, acababa el doctor Schwaryenerona de almorzar con su administrador después de haber inspeccionado la fábrica, cuando vio entrar de pronto un hombre, en quien no reconoció a primera vista a maese Hersebom.

Engalanado con su traje de fiesta, su gran chaleco bordado y su levitón, y cubierta la cabeza con un enorme sombrero, el pescador difería mucho del hombre de la víspera, con su ropa de trabajo; Pero lo que le transformaba más que todo era la expresión triste y humilde de su rostro: tenía los ojos enrojecidos, y hubiérase dicho que no los había cerrado en toda la noche.

Así era, en efecto: maese Hersebom, que jamás tuvo en su vida el menor remordimiento de conciencia, había pasado muy tristes horas en su lecho de cuero durante la noche anterior, y llegada la mañana, hizo las más dolorosas reflexiones con su mujer, que tampoco había podido conciliar el sueño.

– Catalina, habíale dicho al cabo de algunas horas de insomnio, pienso en las palabras del doctor.

– Y yo también desde que se marchó, contestó la digna mujer.

– Yo pienso que hay una parte de verdad en lo que ha dicho, y que tal vez nos hemos comportado con más egoísmo de lo que pensábamos. ¡Quién sabe si el muchacho tiene derecho a alguna considerable herencia, de la cual está privado por nuestro descuido!... ;Quién sabe si le llora hace doce años una familia que, con razón, podría acusarnos de no haber hecho nada para devolverle!

– Precisamente es lo que yo me repito, contestó Catalina, suspirando. Si su madre vive,

¡cuál no será su angustia y su dolor al pensar que su hijo ha muerto ahogado!... Yo me pongo en su lugar, y supongo que hemos perdido nuestro Otto... ¡Jamás nos consolaríamos de semejante desgracia!

– No es precisamente la madre lo que me inquieta, pues, según todas las probabilidades, ha muerto, repuso Hersebom, después de un largo silencio entrecortado por suspiros. ¿Cómo suponer que un niño de esa edad viajaba sin ella, o que se pudiera atarle a un salvavidas y abandonarle en medio del océano si ella hubiese vivido?...

– Es cierto... pero nosotros no sabemos nada... Tal vez ella escapara también por milagro.

– Y hasta pudiera ser que le hubiesen robado su hijo, repuso Hersebom; varias veces se me ha ocurrido ya esta idea. ¿Quién nos asegura que no se tendría algún interés en hacerle desaparecer?... Abandonarle así en un salvavidas es una cosa tan extraordinaria, que permite hacer todas las suposiciones posibles... y en este caso nos habríamos hecho cómplices de un crimen favoreciendo el éxito. ¿No te espanta pensar en esto?

– ¡Quién nos hubiera dicho semejante cosa, a nosotros, que creímos hacer una obra de caridad adoptando a la pobre criatura!

– ¡Oh!, es claro; nosotros no hemos obrado con mala intención. Se le ha mantenido y cuidado como mejor podíamos hacerlo; pero no por esto hemos procedido menos, aturdidamente, dando lugar a que el chico nos lo eche en cara algún día, pues no le faltará derecho para ello...

– En cuanto a esto, segura estoy que no debemos abrigar temores; pero ya es demasiado tener un remordimiento sobre nuestra conciencia.

– ¡Verdaderamente es muy singular que la misma acción, considerada bajo un punto de vista distinto, se pueda juzgar de maneras tan opuestas! Jamás hubiera imaginado semejante cosa... Y han bastado unas pocas palabras del doctor para trastornarnos el seso. Así hablaban los dignos esposos. El resultado de estas mutuas reflexiones nocturnas fue que maese Hersebom resolvió al fin ir a consultar al doctor Schwaryencrona sobre lo que se podría hacer para reparar el pasado error.

El sabio no creyó oportuno por el momento renovar la conversación de la víspera, y acogiendo al pescador benignamente, habló con él del tiempo y del precio del pescado, fingiendo que consideraba su visita como un simple deber de cortesía.

Pero esto no llenaba el objeto de Hersebom, quien, después de algunas indirectas sobre sus preocupaciones, habló de la escuela del señor Malarius y resolvió por fin abordar de lleno la cuestión.

– Señor doctor, dijo, mi mujer y yo hemos pensado toda la noche sobre lo que usted nos dijo ayer respecto al chico... Nunca creímos perjudicarle en lo más mínimo educándole cual si fuera hijo nuestro; pero usted nos ha hecho cambiar de opinión, y yo quisiera que nos aconsejase a fin de no pecar más por ignorancia... ¿Le parece a usted que aun es tiempo de buscar la familia de Erik? —Nunca es demasiado tarde cuando se trata del cumplimiento de un deber, repuso el doctor, aunque seguramente la tarea será hoy mucho más complicada que lo hubiera sido en el primer momento... ¿Quiere usted confiármela? Yo me encargaré de ella con gusto, y le prometo activar las diligencias todo lo posible; pero... con una condición, y es que me dejará usted el muchacho para llevarle a Estocolmo...

Un rayo que hubiera caído a los pies de maese Hersebom no le habría trastornado más;

palideció y turbóse visiblemente.

– ¡Entregar a Erik... enviarle a Estocolmo!...

¿Y para qué, señor doctor, preguntó con voz alterada.

– Voy a decírselo a usted... Ese muchacho llamó desde el primer momento mi atención, no sólo por sus rasgos físicos, que le distinguen a primera vista de sus compañeros, sino también por su viva inteligencia y su marcada afición a los estudios superiores. Antes de conocer la serie de peripecias que le trajeron a Noroé, habíame dicho que sería un crimen dejar a ese chico tan bien dotado en una escuela de pueblo, por más que haya un maestro como el señor Malarius, pues aquí no hallará nada de lo que podría contribuir al desarrollo de sus facultades excepcionales, ni museos, ni colecciones científicas, ni bibliotecas, ni émulos dignos de él...

Esto es lo que me impulsó a inquirir informes sobre Erik para conocer su historia, y antes de saberla ya experimentaba el más vivo deseo de proporcionar a ese muchacho las ventajas de una educación completa. Ya comprenderá usted fácilmente, pues, que, una vez conocidos los datos que ayer me dio, debía ser mayor mi empeño en realizar ese plan, sin perjuicio de llevar a cabo la misión de que estoy dispuesto a encargarme en su favor. De más me parece decirle, maese Hersebom, que su hijo adoptivo pertenece evidentemente a una familia rica y distinguida; y si la encuentro, ¿sería conveniente devolverle un hijo educado en el pueblo y falto de esos conocimientos sin los cuales estaría fuera de su centro en un ambiente más elevado?... Esto no sería razonable, y usted tiene demasiado buen sentido para comprenderlo.

El pescador había inclinado la cabeza; dos lágrimas se deslizaban por sus curtidas mejillas.

– Pero entonces, murmuró al fin, esto sería una separación definitiva, y antes de saber si el muchacho hallará otra familia deberemos echarle de casa... ¡Esto es pedirme demasiado, señor doctor! ¡Esto sería exigir demasiado a mi mujer!... El chico es feliz en nuestra casa... ¿Por qué no dejarle... cuando menos hasta que estemos seguros de que su suerte ha de ser más brillante y el más feliz?

– ¡Feliz!... ¿Quién podría decirle a usted que lo será más adelante? ¿Quién le asegura que, una vez hombre, no sentirá que le hayan salvado? Inteligente y superior, como lo será tal vez, su género de vida presente en Noroé acabaría por matarle.

– Pues, señor doctor, esa vida que usted desdeña es bastante buena para nosotros. ¿Por qué no había de serlo también para el muchacho?

– Yo no la desprecio, replicó el sabio con calor, pues nadie admira ni honra el trabajo tanto como yo. ¿Cree usted, amigo mío, que puedo olvidar de dónde he salido?... Mi padre y mi abuelo»eran pescadores como usted, y precisamente porque tuvieron la previsión de educarme aprecio el beneficio en su justo valor, y quisiera asegurárselo a un muchacho que lo merece. Sólo su interés me guía, créalo usted.

– ¿Y qué sé yo de todo eso?... ¿Estará Erik muy adelantado cuando se halle convertido en un caballerito que no sabe servirse de sus manos? Y si no encuentra usted su familia, que es lo más probable al cabo de doce años, ¡vaya negocio que habremos hecho!... ¡Bah, señor doctor! No es mala vida la del marino, y yo creo que vale tanto como cualquiera otra... Con una buena barca bajo los pies, aspirando siempre la fresca brisa del mar, y con cuatro o cinco docenas de abadejos en el fondo de las redes, el pescador noruego no teme nada, ni a nadie debe nada. ¿Dice usted que Erik no sería feliz con esta vida?... Pues permítame creer todo lo contrario; que yo conozco bien al chico... Le gustan los libros, pero ante todo le agrada el mar; diríase que recuerda haberse mecido en él, y seguro estoy que todos los museos del mundo no le consolarían si se hallase lejos del océano.

– Pero en Estocolmo tenemos también mar, dijo el doctor, sonriendo, y conmovido a pesar suyo por aquella cariñosa resistencia.

– En fin, replicó el pescador cruzándose de brazos: ¿qué quiere usted en definitiva? ¿Qué propone usted, señor doctor?

– ¡Muy bien!... Ya ve usted que, después de todo, ha comprendido la necesidad de hacer alguna cosa... He aquí mi proposición: Erik tiene doce años o, más bien, corea de trece, y, al parecer, es un chico excepcionalmente dotado.

Poco importa de dónde viene... dejemos de lado esta cuestión de origen; lo que importa es proporcionarle medios para desarrollar y utilizar sus facultades; esto es lo único que nos ocupa por el momento. Yo soy rico, no tengo familia, y, por lo tanto, me encargaré de facilitarle los recursos necesarios, buscándole los mejores maestros para que se aproveche de sus lecciones. La prueba durará dos años; durante este tiempo llevaré a cabo las diligencias, haré mis investigaciones, insertaré anuncios en los diarios y removeré cielo y tierra para encontrar a los padres de Erik. Si no lo consigo en dos años, deberé renunciar; si se encuentran los padres, éstos decidirán, naturalmente lo que se ha de hacer. En el caso contrario, vuelvo a enviarles a ustedes el chico... ya tendrá quince años y habrá visto mundo; de modo que será llegada la hora de manifestarle la verdad sobre su nacimiento. Con nuestros consejos, y oyendo el parecer de sus profesores, él mismo se decidirá con pleno conocimiento de causa sobre el camino que le conviene seguir. Si quiere ser pescador, no seré yo quien se oponga a ello; si quiere continuar sus estudios, yo me comprometo a facilitarle los medios para concluirlos, a fin de que después abrace la carrera de su elección... ¿No le parece a usted razonable todo esto?

– ¡Más que razonable!... La sabiduría misma es la que habla por boca de usted, señor doctor, exclamó Hersebom, vencido en sus últimos atrincheramientos. ¡Vamos, es una gran cosa haber estudiado!, añadió, moviendo la cabeza. ¡Qué fácil es convencer a los ignorantes!

La dificultad será ahora repetir todo eso a mi mujer... ¿Y se llevaría usted pronto al chico?

– Mañana... no puedo demorar un solo día mi vuelta a Estocolmo.

Hersebom exhaló un suspiro que parecía un sollozo.

– ¿Mañana?... ¡Muy pronto es!, murmuró.

En fin, lo que ha de ser será. . Voy a decírselo a mi mujer.

– Eso es. Consulte usted también ai señor Malarius, y ya verá cómo participa de mi opinión.

– ¡Oh! Lo dudo un poco, replicó el pescador con una triste sonrisa.

Así diciendo, estrechó la mano del sabio y alejóse pensativo.

Por la noche, antes de la hora de cenar, el doctor se dirigió otra vez a casa de maese Hersebom, donde halló a la familia reunida alrededor del hogar como la víspera, pero no en las mismas condiciones de tranquilidad y contento.

El padre, sentado lejos del fuego, estaba silencioso, sin ocuparse de nada; Catalina, con los ojos llenos de lágrimas, estrechaba las manos de Erik, que, muy animado con la esperanza de su nuevo porvenir, a la par que entristecido por el pesar de alejarse de todo cuanto amaba, no sabía a qué sentimiento dar la preferencia.

Vanda había ocultado la cabeza entre las rodillas del pescador, y sólo se veían las rubias trenzas de su cabello, pendientes sobre sus redondos hombros; mientras que Otto, conmovido por la inminente separación, manteníase inmóvil junto a su hermano adoptivo.

– ¡Qué sombríos y desconsolados les encuentro!, exclamó el doctor deteniéndose en el umbral de la puerta. Aunque Erik estuviese a punto de emprender la más lejana y peligrosa expedición, no podrían ustedes manifestar mayor pesar; pero yo os aseguro, amigos míos, que no hay ningún motivo para ello. Estocolmo no está en los antípodas, y el muchacho no abandona la casa para siempre; podrá escribirles, y no dudo que lo hará con frecuencia. Se halla en el caso de todos los jóvenes que marchan al colegio; pero de aquí a dos años volverá hecho ya un hombre, fuerte e instruido. ¿Hay razón, pues, para desconsolarse así? ¡Vamos!

¡Esto no es razonable!

Catalina se había levantado con la dignidad natural de las campesinas del Norte.

– Señor doctor, dijo, a Dios pongo por testigo de que agradezco profundamente cuanto hace usted por nuestro Erik. No se nos ha de censurar porque su marcha nos apene: mi marido me ha explicado que es una separación necesaria, y yo me someto, mas no exija usted que ahoguemos nuestro pesar.

– Madre, dijo Erik; si tan profundo ha de ser el pesar de ustedes, no me iré.

– No, hijo mío, replicó la digna mujer estrechándole entre sus brazos; la educación es un beneficio que no tenemos derecho de rehusar para ti... Ve, hijo mío, da gracias al señor doctor, que tiene a bien asegurártela, y pruébale siempre con tu aplicación que aprecias sus bondades.

– ¡Vamos, vamos!, dijo el doctor, cuyos anteojos parecían empañarse: ¿se quiere enternecerme a mí también?... Hablemos sólo de las cosas prácticas; esto será mejor. Ya se habrá comprendido que me propongo partir mañana a primera hora, y, por lo tanto, deseo saber si todo está preparado. Al decir todo, no es porque se necesite mucho equipaje, pues iremos en trineo hasta Bergen, para tomar allí el tren; Erik no ha de llevar más que un poco de ropa blanca; en Estocolmo se le dará lo necesario.

– Todo está listo, contestó Catalina. Y dirigiéndose a Vanda, añadió con esa cortesía innata en los noruegos: Vanda, el señor doctor está todavía en pie.

La niña se apresuró a empujar hacia el sabio un enorme sillón de encina.

– Gracias, no me sentaré, dijo el doctor, porque Malarius me espera para comer. Y poniendo su mano sobre la rubia cabeza de la niña, añadió con acento bondadoso: Hija mía,

¿me guardarás rencor porque me llevo a tu hermano?

– No, señor, contestó gravemente Vanda, pues Erik será más feliz allí. No había nacido para vivir en el pueblo.

– ¿Y le echarás mucho de menos, hija mía?

– La playa quedará desierta, contestó Vanda, las gaviotas le buscarán sin encontrarle, las azuladas ondas se extrañarán de no verle ya, y la casa me parecerá vacía; pero Erik estará contento, porque teniendo libros llegará a ser sabio. —Y su buena hermanita se alegrará de su felicidad, repuso el doctor, besando la frente de la niña. ¿No es así, querida Vanda? ¿No estarás orgullosa de él cuando regrese? ¡Vamos! Ya somos todos buenos amigos; pero debo marcharme al punto. Hasta mañana.

– Señor doctor, murmuró tímidamente la niña: voy a pedir a usted un favor. —Habla, hija mía.

– Ha dicho usted que marcharía en trineo, y yo quisiera, con el permiso de mis padres, que me dejara usted conducirle hasta la primera parada.

– ¡Ah... ah!... Es que ya me había arreglado con Regnild, la hija de mi administrador.

– Ya lo sé, ella misma me lo dijo; pero ha consentido en cederme su puesto si usted no se opone.

– Entonces sólo necesitas el permiso de tus padres. —Ya lo tengo.

– Pues también el mío, hija mía, dijo el doctor, alejándose presuroso.

A la mañana siguiente, cuando el trineo se detuvo delante de la casa de Hersebom, Vanda ocupó el pescante y empuñó las riendas. Iba a conducirle hasta el pueblo inmediato, donde el doctor alquilaría otro caballo y otra muchacha, repitiendo la operación hasta llegar a Bergen. A cualquiera que no fuese del país le habría admirado esta nueva especie de cochero; pero tal es la costumbre en Suecia y Noruega. Los hombres creerían perder tiempo si desempeñaran tales funciones, y no es raro confiar a muchachos de diez o doce años la conducción de pesados trineos, pues saben dirigirlos con una destreza asombrosa.

El doctor se había instalado ya en el fondo del vehículo, abrigándose bien con sus pieles;

Erik fue a sentarse junto a Vanda, después de abrazar cariñosamente a su padre y a su hermano, que se limitaban a expresarle con tristeza muda el pesar que les causaba su marcha; pero la buena Catalina fue más expresiva.

– ¡Adiós, hijo mío!, murmuró con voz ahogada en lágrimas. No olvides nunca lo que te han enseñado tus pobres padres; sé honrado y valeroso; no mientas jamás; trabaja cuanto puedas; protege siempre a los que sean más débiles que tú; y si no encuentras la felicidad que mereces, vuelve a buscarla junto a nosotros.

Vanda fustigó el caballo, que emprendió el trote, haciendo resonar sus campanillas. El aire era frío, la tierra estaba endurecida, y allá en el horizonte, un sol pálido iluminaba con sus primeros rayos dorados el paisaje cubierto de nieve.

Pocos minutos después, los viajeros perdían de vista Noroé, que parecía desvanecerse entre las brumas.

Depesza

Urząd nadania: sieć światowa · Miejsce przeznaczenia: pokład Nautilusa

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