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UN PESCADOR DE NOROÉ
Como todas las casas de Noroé, la de maese Hersebom, está construida con enormes troncos de pinabete, a la usanza escandinava, y tiene tejado de césped; sus dos grandes habitaciones se hallan separadas por un corredor, que conduce al cobertizo donde se guardan las lanchas, los útiles de pesca y los montones de dorsel, o bacalao de Noruega y de Islandia, que una vez seco se arrolla para venderlo, con el nombre de roundfisíi o stock-fish.
Cada una de dichas habitaciones sirve de sala y alcoba. Unos grandes cajones, construidos en las paredes de madera, contienen todo lo perteneciente a la cama, es decir, el colchón y las pieles, que sólo se sacan de noche; y así, tanto por esta disposición como por el color claro de las paredes y la blancura de la chimenea, situada en un ángulo, y en la cual arde un montón de leña, las más humildes viviendas ofrecen un aspecto de limpieza y de comodidad doméstica, desconocido de los campesinos de la Europa meridional.
Era de noche, y toda la familia estaba reunida alrededor del hogar, donde hervía una olla enorme llena de sillsallut, o arenque ahumado, salmón y patatas. Maese Hersebom, sentado en un sillón de madera, arreglaba una red, según su costumbre invariable cuando no estaba en eí mar o en el secadero. Era un rudo marino de tez curtida por los vientos polares y de cabello gris, aunque todavía se hallase en todo el vigor de la edad. Su hijo Otto, robusto muchacho de catorce años, vivo retrato del padre, parecía destinado también a ser un pescador de mérito;
pero en aquel momento ocupábase con mucha atención en penetrar los misterios de la regla de tres, llenando de cifras una pequeña pizarra, con su mano rechoncha y colorada, que a primera vista parecía mucho más propia para manejar el remo. Erik, inclinado sobre la mesa de comer, leía atentamente un grueso volumen de historia que le prestara el señor Malarius, y junto al muchacho, Catalina Hersebom, la esposa del pescador, hilaba tranquilamente en su rueca; mientras que Vanda, graciosa niña rubia de diez o doce años, sentada en un escabel, se afanaba por terminar una gruesa media de lana roja. A sus pies, un corpulento perro de pelaje amarillo, espeso como el vellón de una oveja, dormía profundamente, oculta la cabeza entre las patas.
Hacía lo menos una hora que nadie interrumpía el silencio, y la lámpara de cobre, alimentada con aceite de pescado, iluminaba suavemente con sus cuatro mecheros aquel tranquilo hogar.
A decir verdad, este silencio parecía enojoso a la buena Catalina, que hacía algunos instantes manifestaba por diversos síntomas la necesidad imperiosa de desatar la lengua.
Al fin no pudo contenerse más. —Vamos, dijo; ya se ha trabajado bastante esta noche, y creo que es hora de sentarnos a la mesa para cenar.
Erik, sin hacer la menor observación, cogió su libro y fue a sentarse más cerca de la chimenea; mientras que Vanda, dejando su calceta, fue en busca de los platos y las cucharas.
– ¿No decías tú, Otto, añadió la madre, que nuestro Erik ha contestado muy bien al señor doctor?
– ¿Que si ha contestado bien?, replicó Otto con entusiasmo. ¡Vaya! Hablaba como un libro;
esta es la verdad. Yo no sé dónde iba a buscar todo lo que contestó... Cuanto más le interrogaba el doctor, más tenía que decir... Las palabras se le agolpaban a la boca y no se detenía ni un instante... ¡El señor Malarius era el que estaba contento!
– Y yo también, dijo Vanda.
– ¡Oh!, por supuesto; todos lo estábamos.
¡Si hubiera usted visto, madre, cómo le escuchaban todos con la boca abierta!... Nosotros no teníamos más que un temor, y era que nos llegase el turno de ser interrogados; pero a él no le importaba esto, pues sabía contestar al doctor como si éste fuera el maestro.
– Pues el señor Malarius, replicó Erik, a quien aquellos elogios a boca de jarro parecían molestar, vale tanto como el doctor, en mi opinión, y seguramente es tan sabio como el que más. El pescador aprobó con una sonrisa. — Tienes razón, muchacho, dijo sin suspender el trabajo que hacía con sus callosas manos; el señor Malarius podría enseñar, si quisiera, a todos los doctores de la ciudad... Y al menos él no se sirve de la ciencia para arruinar a la gente pobre.
– ¿Ha ocasionado la ruina de alguno el doctor Schvvaryencrona?, preguntó Erik con curiosidad.
– ¡Hum. . hum!.. Si no lo ha hecho, no es por culpa suya. ¿Crees que he visto con agrado la construcción de esa fábrica, cuya chimenea humea allá abajo a orillas del fiordo? Tu madre podrá decirte cómo en otro tiempo extraíamos nosotros el aceite y lo vendíamos muy bien en Bergen, por ciento cincuenta y hasta por doscientos kroners al año... ¡Ahora todo acabó!
Nadie quiere ya el aceite moreno, y pagan tan poco por él, que apenas vale la pena hacer el viaje. Hemos de contentarnos con vender los hígados en la fábrica, y sólo Dios sabe hasta qué punto se las arregla el administrador para obtenerlos a bajo precio... A duras penas gano cuarenta y cinco kroners, trabajando tres veces más que en otro tiempo. ¡Pues bien!. . Yo digo que esto no es justo, y que mejor fuera que el doctor se cuidase de sus enfermos en Estocolmo y no viniese aquí a usurpar nuestro oficio quitándonos el pan de la boca.
Al oír estas amargas palabras, todos callaron, y durante algunos instantes sólo interrumpió el silencio el choque de los platos que Vanda ponía en la mesa, mientras que su madre trasladaba el contenido de la olla a una enorme fuente de barro.
Erik reflexionaba profundamente sobre las palabras de su padre; las objeciones se acumulaban en su espíritu, y como era el candor personificado, no pudo abstenerse de formularlas.
– Me parece, padre, dijo, que tiene usted razón para lamentar la pérdida de las utilidades de otro tiempo; pero no es tampoco justo acusar al doctor Schwaryencrona de haberlas disminuido. ¿No vale su aceite más que el de nosotros?
– ;Bah, bah!,. . ¡Es más claro, y a esto se reduce todo, aunque, a decir verdad, tampoco huele a resina como el nuestro, según aseguran... He aquí, sin duda, por qué lo prefieren las remilgadas de la ciudad; pero el diablo me lleve si produce en los pulmones de los enfermos mejor efecto que nuestro buen aceite de otra época.
– En fin, repuso Erik; sea cual fuere la razón, lo cierto es que lo prefieren; y tratándose de, un medicamento tan saludable, importa mucho que al público le cause menor repugnancia. En consecuencia, si un médico halla el medio de disminuir esa repugnancia modificando el sistema de fabricación, ¿no es deber suyo aplicar su descubrimiento?
Maese Hersebom se rascaba una oreja.
– Sin duda, convino después de una pausa y como a pesar suyo; tal vez sea ese su deber de médico; pero no veo una razón para impedir a los pobres pescadores que se ganen la vida.
– Yo creía, replicó Erik, que en la fábrica del doctor se ocupaban trescientos, mientras que en la época de que usted habla había apenas veinte.
– ¡Pues precisamente por eso el oficio no vale ya nada!, exclamó Hersebom.
– ¡Vamos! A cenar, sentaos a la mesa, interrumpió Catalina, al ver que la controversia tomaba un giro que no era de su agrado.
Erik, comprendiendo que sería importuno insistir más, no replicó al argumento de maese Hersebom, y fue a sentarse, como de costumbre, al lado de Vanda.
– El doctor y el señor Malarius se tutean, dijo Erik para cambiar de conversación; de modo que deben ser amigos de la infancia.
– ¡Es claro!, contestó el pescador, ocupando su puesto en la mesa; y aún recuerdo la época en que jugaban en la plaza de la escuela, aunque ahora tienen unos diez años más que yo. El señor Malarius era hijo del médico de entonces, y el padre del doctor Schvvaryencrona ejercía mi oficio; pero desde aquel tiempo, el doctor ha hecho carrera. Según dicen, ahora tiene millones y habita en Estocolmo un verdadero palacio... ¡Oh! ¡La instrucción es una gran cosa!
Satisfecho con este aforismo, el buen hombre se disponía a introducir su cuchara en la olla humeante cuando un golpe dado en la puerta contuvo su movimiento.
– ¿Se puede entrar, maese Hersebom?, gritó una voz fuerte y sonora.
Y sin aguardar respuesta, la misma persona de quien acababan de hablar, penetró en la sala, dejando entrar al mismo tiempo una ráfaga de aire helado.
– ¡El señor doctor Schwaryencrona!, exclamaron los tres muchachos, mientras que el padre y la madre se levantaban apresuradamente.
– ¡Apreciable Hersebom!, exclamó el sabio cogiendo la mano del pescador entre las suyas;
ya hace largos años que no nos vemos, pero no he olvidado a su buen padre, y pensé que podría presentarme aqui como amigo de la infancia. El digno pescador quedó algo cortado, sin duda por recordar las acusaciones lanzadas poco antes hacia su visitante y no sabía cómo contestar a sus palabras, por lo cual se limitó a devolverle el apretón de manos con una sonrisa de cordial bienvenida, mientras que la buena mujer gritaba:
– ¡Otto, Erik, ayudad al doctor a quitarse la pelliza; y tú, Vanda, trae otro cubierto! El señor doctor nos honrará tomando un bocado con nosotros.
Catalina era hospitalaria, como todas las mujeres noruegas.
– Os aseguro que no me negaría a ello sí tuviese la menor gana, pues ahí veo un plato de salmón muy apetitoso; pero aún no hace una hora que he cenado con mi amigo Malarius, y seguramente no habría venido si hubiese pensado que les encontraría a la mesa... Si quieren ustedes complacerme, siéntense todos a la mesa y obren como si yo no estuviese aquí.
– ¡Oh, señor doctor, exclamó Catalina con tono de súplica; por lo menos aceptará usted unas snorgas y una taza de té...!
– Vaya por la taza de té, pero con una condición; y es que comerán ustedes antes, contestó el doctor, sentándose en el sillón grande.
Vanda puso a hervir el agua para el té, con la mayor discreción, y desapareció como una silfide en la habitación inmediata, mientras que toda la familia, comprendiendo con su cortesía innata que !a insistencia desagradaría a su visitante, volvió apresuradamente a ocupar su puesto en la mesa y comenzó a cenar.
Un momento después el doctor se había arrellanado a su gusto en el sillón, y tostábase las piernas ante la llama de la leña que Catalina acababa de echar en la chimenea. Entonces habló de los antiguos tiempos, de las personas muertas ya, de las que aún vivían, y de los cambios efectuados en el país y en la misma ciudad de Bergen. Parecíale hallarse en su casa, y hasta consiguió que maese Hersebom se repusiera del todo. Poco después Vanda entró con una bandeja de madera, y la presentó tan graciosamente, que no era posible resistirse.
Allí estaban las famosas snorgas de Noruega, es decir, agujas de reno ahumado, escabeche de arenque con pimentón, delgadas rebanadas de pan negro, queso con pimienta y otros condimentos ardientes que se comen a todas horas para abrir el apetito.
Todo esto llenaba tan bien el objeto, que el doctor, que había probado algo por complacencia, se halló en disposición de aceptar un platito de confitura de zarzamora, especialidad de la buena Catalina, sintiéndose después tan sediento que apenas bastaron para mitigar su sed siete u ocho tazas de té sin azúcar.
Maese Hersebom trajo entonces una jarra de excelente sidra, de procedencia holandesa; y, terminada la cena, el doctor aceptó del pescador una enorme pipa, la cual rellenó bien de tabaco, y comenzó a fumar con gran satisfacción de todos.
Demás está decir que, llegadas las cosas a este punto, había desaparecido toda reserva y cortedad, y que el doctor parecía haber formado siempre parte de la familia. Todos reían y charlaban, y eran ya los mejores amigos, cuando dieron las diez en el viejo reloj de madera.
– Amigos míos, dijo entonces el doctor, ya se hace tarde, y si ahora tienen ustedes a bien enviar a los chicos a dormir, hablaremos de asuntos formales.
A una señal de su madre, Otto, Erik y Vanda dieron las buenas noches y se retiraron.
– Sin duda se pregunta usted cuál es el motivo de mi visita, dijo el doctor después de una pausa, fijando su penetrante mirada en Hersebom.
– Mi huésped será siempre bien venido, contestó el pescador con tono sentencioso.
– Sí, ya lo sé; ya sé que la hospitalidad no se pierde en Noroé...; pero, en fin, seguramente habrá usted pensado que he tenido alguna razón para dejar la compañía de mi antiguo amigo Malarius y presentarme así en esta casa...
Apostaría a que la buena Catalina ha sospechado ya algo.
– Lo sabremos cuando usted nos dé a conocer el motivo, replicó diplomáticamente la mujer de Hersebom.
– ¡Vamos!, repuso el doctor, suspirando. Ya que no quieren ustedes ayudarme, preciso será que aborde solo la cuestión... Erik es un muchacho de los más notables, maese Hersebom.
– No me quejo de él.
– Posee una inteligencia singular, y, atendida su edad, es muy instruido, prosiguió el doctor; hoy le he examinado un poco en la escuela, y me han admirado mucho sus facultades nada comunes y sus conocimientos... También me sorprendí cuando supe su nombre, al observar que en nada se parecía a usted, ni tampoco a los hijos del país.
El pescador y su mujer permanecían inmóviles y silenciosos.
– En una palabra, añadió el doctor con cierta impaciencia; no sólo me interesa ese muchacho, sino que me hace cavilar. He hablado de él con Malarius, quien me ha dicho que no es hijo de ustedes; que un naufragio le arrojó a nuestras costas, que usted le recogió y adoptó, y quiso por último darle su nombre. ¿No es verdad todo esto?
– Sí, señor doctor, contestó Hersebom.
– Si no es nuestro hijo por la sangre, lo es por el cariño, exclamó Catalina con los ojos húmedos y el labio tembloroso; entre él, Otto y Vanda no tenemos preferencias, y ni siquiera hemos pensado nunca en recordarle que no era nuestro hijo.
– Esos sentimientos les honran, dijo el doctor, conmovido por la agitación de la buena mujer; pero yo les ruego, amigos míos, que me refieran la historia del muchacho. He venido aquí para conocerla, y puedo asegurarles que sólo deseo su bien.
El pescador, rascándose la oreja, pareció vacilar un instante; mas al ver que el doctor aguardaba el relato con impaciencia, decidióse al fin a referir la historia.
– Todo cuanto le han contado a usted es cierto, dijo al fin, con cierta expresión de pesar; el muchacho no es mi hijo. Hará unos doce años, o poco menos, hallábame un día más allá del islote que oculta la entrada del fiordo hacia alta mar. . ya sabe usted que allí hay un banco de arena, y que el bacalao abunda mucho. Terminado el trabajo del día, que había sido bastante bueno, recogí mis últimas redes, y me disponía a izar mi vela cuando a la luz de los últimos resplandores del sol poniente vi flotar en las aguas, como a una milla de distancia, un objeto blanco que me llamó la atención. El mar estaba sereno, no me urgía volver a casa, y, en vez de enderezar el rumbo hacia Noroé, despertóse mi curiosidad, y goberné en sentido opuesto para ver qué era aquella cosa blanca, a la cual di alcance en diez minutos. El objeto que flotaba así, conducido hacia la costa por la marea, era una cuna de mimbre envuelta en unas mantillas de muselina y sujeta a un salvavidas. Me acerqué hasta poder agarrarla, y poseído de una emoción fácil de comprender, saqué el salvavidas del agua, y vi un pobre niño de siete u ocho meses que dormía profundamente. Aunque estaba un poco pálido y frío, no parecía haber sufrido mucho por su arriesgado viaje, dada la fuerza con que comenzó a gritar apenas se hubo despertado. Nosotros teníamos nuestro Otto, y ya sabía yo cómo se arreglan estos chiquillos; de modo que me apresuré a formar una muñequita con un pedazo de trapo; la mojé en un poco de agua mezclada con branvin y se la puse en la boca. . Al punto se calmó, y parecióme que aceptaba con verdadero placer aquel cordial; pero pensé que no se contentaría mucho tiempo, y en consecuenica hice un esfuerzo para llegar cuanto antes a Noroé. Ya comprenderá usted que había desatado la cuna y la tenía a mis pies en el fondo de la barca. Sin soltar la escota de mi vela, contemplaba la pobre criatura, preguntándome de dónde habría venido.
Seguramente procedía de un buque náufrago, pues la noche anterior habíamos tenido muy mala mar a causa de un viento huracanado, y sin duda habían ocurrido muchos desastres;
pero ¿por qué concurso de circunstancias encaparía aquel niño de la desgraciada suerte de los que cuidaban de él? ¿Cómo se pudo pensar en atarle a un salvavidas? ¿Cuántas horas hacía que flotaba así en la cresta de las olas? ¿Dónde estarían sus padres o las personas que le amaban? Nadie debía contestar jamás a estas preguntas, porque el pobre niño no podía hacerlo.
En fin, media hora después hallábame en casa y entregaba mi hallazgo a Catalina. Entonces poseíamos una vaca, y la destinamos al punto para nodriza del niño. Cuando se hubo atracado de leche, calentándose al fuego, estaba tan hermoso y sonrosado, y sonreía con tanta gracia, que al momento le cobramos cariño, como si fuera verdaderamente nuestro... Desde entonces le conservamos sin descuidar su educación, y jamás hemos establecido diferencia entre él y nuestros dos hijos... ¿No es así, mujer?, maese Hersebom volviéndose hacia Catalina.
– Seguramente. ¡Pobre niño!, exclamó la mujer enjugándose los ojos, que se habían llenado de lágrimas al evocar aquellos recuerdos.
También es nuestro hijo, pues le hemos adoptado... y no sé Por qué el señor Malarius no lo reconoce así.
Y la buena mujer, sinceramente indignada, hizo girar su rueca con energía.
– Es verdad, añadió el pescador; me parece que a nadie le importa esto.
– Ciertamente, repuso el doctor con tono benévolo; pero no se ha de acusar de indiscreción al señor Malarius, pues yo soy quien, admirado al observar la fisonomía del muchacho, rogué al maestro que me refiriera confidencialmente su historia, Malarius no me ha ocultado que Erik se creía hijo de ustedes, y que nadie en Noroé recuerda ya cómo ha llegado a serlo. Ya ve usted, por otra parte, que no he querido hablar delante del muchacho, y que he esperado a que todos se retirasen... ¿Y dice usted que podía tener de siete a ocho meses cuando le recogió?
– Poco más o menos. Al picarillo le habían salido ya cuatro dientes, y le aseguro a usted que no tardó en servirse de ellos, dijo Hersebom sonriendo.
– ¡Oh! Era un niño hermoso, añadió vivamente Catalina; blanco, gordito y del más fino cutis... ¡Si hubiera usted visto qué brazos y qué piernas!...
– ¿Cómo estaba vestido?, preguntó el doctor Schwaryencrona.
Hersebom no contestó, pero su mujer no quiso ser tan discreta.
– ¡Como un príncipe!, exclamó Catalina. Figúrese usted, señor doctor, que llevaba un vestidito de piqué guarnecido de encaje, una chaquetita forrada de raso, que ni el hijo de un rey la tendría más hermosa, una gorrita con pliegues y una capita de terciopelo blanco... ¡No se hubiera podido encontrar nada mejor!... Y ahora quiero que juzgue por sus ojos, pues todo lo conservo intacto. Ya comprenderá usted que nostros no hubiéramos podido vestir al niño con semejante ropa... Me limité a ponerle los vestiditos de Otto, que también guardaba, y que más tarde sirvieron para la niña... Aquí tengo su canastilla, y voy a enseñárselos a usted.
Así diciendo, la buena mujer se había arrodillado delante de un enorme cofre de encina con cerradura antigua, y después de levantar la tapa comenzó a buscar activamente en uno de los compartimentos.
De allí sacó uno por uno todos los vestidos enumerados, que desplegó con orgullo a la vista del doctor, jf también unas mantillas muy finas, un babero con encaje, un pequeño cobertor de seda y unos zapatitos de lana blanca.
Todas las piezas estaban marcadas con las iniciales E. D. en un bordado muy fino y elegante, como el doctor pudo reconocer a primera vista.
– E. D... ¿Tuvo usted en cuenta esto para dar al muchacho el nombre de Erik?
– Precisamente, contestó Catalina, a quien la exposición de aquellos objetos llenaba sin duda de satisfacción, al paso que parecía contristar a su marido; y ahora verá usted lo mejor, lo que llevaba en el cuello, añadió, sacando del cajón un chupete de oro y de coral rosa, suspendido de una cadenita.
En aquel objeto veíanse también las iniciales E. D., rodeadas de la inscripción latina Semper ídem.
– Nosotros creímos al pronto, dijo Catalina, al ver que el doctor descifraba la inscripción, que este sería el nombre del niño; pero el señor Malarius nos dijo que eso quería decir: "Siempre el mismo".
– El señor Malarius ha dicho la verdad, contestó el doctor, viendo en las palabras de Catalina una pregunta indirecta.
Y mientras que la buena mujer colocaba de nuevo los vestiditos en el cofre, añadió:
– Claro es que el niño pertenecía a una familia rica y distinguida. ¿No imaginan ustedes de qué país pueda proceder?
– ¿Cómo quiere usted que podamos siquiera sospecharlo, replicó Hersebom, puesto que se encontró en el mar?
– Sí; pero la cuna estaba atada a un salvavidas, según me ha dicho usted, y en todas las marinas es costumbre inscribir en los salvavidas el nombre del buque a que pertenecen, repuso el doctor, fijando de nuevo su penetrante mirada en el pescador.
– Es verdad, contestó Heserbom bajando la cabeza.
– Pues bien: ¿qué nombre tenía ese salvavidas?
– ¡Diantre, señor doctor! Yo no soy ningún sabio... Sé leer un poco mi propia lengua, pero en cuanto a las extranjeras... ¡buenas noches!, todo es para mí negro... Además... ¡hace ya tanto tiempo...!
– Sin embargo, usted debe recordar alguna cosa... y seguramente habrá enseñado el salvavidas al señor Malarius, como todo lo demás.
¿No recuerda usted si era Cynthia el nombre inscrito en él?
– Me parece que era algo así, contestó vagamente el pescador.
– ¡Es un nombre extranjero...! ¿De qué país puede ser, en su opinión, maese Hersebom?
– ¡Qué sé yo!... ¿Conozco, por ventura, todos esos países del diablo? Jamás he salido de las aguas de Noroé y de Bergen, como no sea una o dos veces para ir a pescar en las costas de Islandia y de Groenlandia, contestó el pescador con tono cada vez más brusco.
– Yo me inclino a crer que este nombre es inglés o alemán, dijo el doctor, sin darse cuenta, al parecer, de la expresión hostil de Hersebom;
pero esto sería fácil de averiguar por la forma de las letras, si yo viese el salvavidas. ¿No lo ha conservado usted?
– ¡A fe mía que no! Hace ya mucho tiempo que se quemó, repuso el pescador con aire de triunfo.
– Según los recuerdos de Malarius, las letras eran romanas, murmuró el doctor como hablando para sí; y el anagrama de la ropa lo confirma; de modo que es probable que el Cyn- thia no fuese un buque alemán. . Yo supondría más bien que era inglés. ¿No es usted de mi parecer, maese Hersebom?
– ¡Bah! Eso es cosa que me tiene sin cuidado, replicó el pescador; tanto me da que fuera inglés, como ruso o patagón; no me importa un ardite... Según todas las probabilidades, hace ya largo tiempo que el secreto quedó depositado a tres o cuatro mil metros de profundidad.
Se hubiera podido creer que a maese Hersebom le complacía mucho que el secreto se hallara en el fondo del mar.
– En fin, continuó el doctor, supongo que no habrá usted dejado de hacer algunos esfuerzos para dar con la familia del niño; sin duda habrá escrito al gobernador de Bergen, insertando después algún anuncio en los diarios.
Al pronunciar estas palabras, la mirara del doctor brillaba con expresión irónica a través de los cristales de sus anteojos.
– ¡Yo!, exclamó el pescador. ¡No he pensado jamás en hacer tal cosa!... ¡Dios sabe de dónde venía el chiquillo y a quién pertenecía!...
Prescindiendo de esto, ¿dónde tenía yo el dinero necesario para buscar a las personas que se cuidaban tan poco de la criatura?... Póngase usted en mi lugar, señor doctor... Yo no soy ningún millonario... ¡Bueno hubiera sido gastar todo mi peculio para acabar por no averiguar nada! Se ha hecho lo que se ha podido, educando al chico como si fuera hijo nuestro y profesándole verdadero cariño.
– Sí, tal vez más que a los otros, interrumpió Catalina, enjugándose los ojos con el delantal, pues si algo debemos echarnos en cara es haberle querido demasiado.
– Señora Hersebom, replicó el doctor, no me hará usted la injuria de suponer que sus bondades no me inspiran la más viva admiración; no puede usted pensar semejante cosa...
Pero si he de hablar con entera franqueza, diré que esa misma ternura les ha hecho olvidar su deber, que era buscar, ante todo, la familia del niño en cuanto lo permitiesen sus medios.
A estas palabras siguió un profundo silencio.
– Es posible, dijo al fin maese Hersebom, que había inclinado la cabeza al oír aquella censura; pero a lo hecho, pecho; ahora Erik es nuestro, y maldita la gana que tengo de referirle esta antigua historia.
– No tenga usted el menor cuidado de que yo traicione su secreto, repuso el doctor, levantándose; y ahora, amigos míos, como ya se hace tarde, me retiro, deseándoles una buena noche... una noche sin remordimientos, añadió el doctor, gravemente.
Así diciendo, abrigóse con su pelliza, y sin aceptar la oferta del pescador, que se empeñaba en acompañarle, estrechó cordialmente la mano a los esposos y alejóse en dirección a su fábrica.
Hersebom permaneció un momento en el umbral de la puerta observándole a la claridad de la luna, hasta que al fin decidióse a cerrar, murmurando entre dientes:
– ¡Diablo de hombre!