Dos años de vacaciones

Capítulo 22

Nadie habrá olvidado en qué circunstancias Doniphan, Webb, Cross y Wilcox habían abandonado French-den. Desde su marcha, la vida de los jóvenes colonos se había vuelto muy triste. ¡Con qué profunda pena habían visto todos producirse aquella separación, cuyas consecuencias podían resultar tan funestas en el futuro! Ciertamente, Briant no tenía nada que reprocharse y, sin embargo, quizá estaba más afectado que los demás, puesto que había sido por su causa por la que se había producido la escisión.

En vano buscaba Gordon consolarlo diciéndole:

– Volverán, Briant, ¡y antes de lo que creen! Por muy testarudo que sea Doniphan, las circunstancias serán más fuertes que él. ¡Me apostaría a que nos habrán alcanzado en French-den antes de que llegue el mal tiempo!

Briant, meneando la cabeza, no se atrevía a responder nada. Que unas circunstancias tuviesen por resultado traer de vuelta a los ausentes, sí, ¡quizá! Pero en ese caso habría de ser porque aquellas circunstancias se hubieran vuelto muy graves.

«¡Antes de que regrese el mal tiempo!», había dicho Gordon. ¿Estaban, pues, los jóvenes colonos condenados a pasar un tercer invierno en la isla Chairman? ¿No les llegaría ningún socorro antes de entonces? ¿Acaso aquellos parajes del Pacífico no eran frecuentados, durante el verano, por algún buque mercante, y el globo-señal izado en la cresta del Auckland-hill no sería avistado al fin?

Aquel globo, a decir verdad, elevado apenas unos sesenta metros por encima del suelo de la isla, no podía ser visible más que en un radio bastante reducido. Así pues, tras haber intentado en vano con Baxter diseñar el plano de una embarcación que fuera capaz de hacerse a la mar, Briant se vio impulsado a buscar la manera de elevar alguna señal a mayor altura. Con frecuencia hablaba de ello, y un día dijo a Baxter que no creía imposible emplear una cometa para tal fin.

– Ni la lona ni la cuerda nos faltan —añadió—, y si damos a este aparato dimensiones suficientes, planeará en una zona elevada, ¡a trescientos metros, por ejemplo!

– ¡Excepto los días en que no soplara ni una briza de viento! —observó Baxter.

– Esos días son escasos —respondió Briant—, y en tiempo de calma bastaría con recoger la máquina a tierra. Pero, salvo en ese caso, una vez anclada al suelo por el extremo de su cuerda, seguiría por sí sola los cambios de brisa, y no tendríamos que preocuparnos de su dirección.

– Vale la pena intentarlo —dijo Baxter.

– Además —replicó Briant—, si esta cometa fuera visible de día a gran distancia, quizá a unas sesenta millas, ¡también lo sería de noche si atáramos uno de nuestros faroles a su cola o a su armazón!

En suma, la idea de Briant no dejaba de ser práctica. En cuanto a su ejecución, eso no era como para desconcertar a unos muchachos que habían remontado cometas en las praderas de Nueva Zelanda en más de una ocasión.

Así pues, cuando el proyecto de Briant fue conocido, causó una alegría general. Los pequeños sobre todo, Jenkins, Iverson, Dole y Costar, tomaron el asunto por su lado divertido y se regodearon ante la idea de una cometa que superaría todo lo que habían visto hasta entonces. ¡Qué placer sería tirar de la cuerda bien tensa mientras se balanceara en el aire!

– ¡Le pondremos una cola muy larga! —decía uno.

– ¡Y grandes orejas! —repetía otro.

– ¡Pintaremos en ella un magnífico Punch que se contoneará muy bien ahí arriba!

– ¡Y le mandaremos mensajeros!

¡Era una alegría de verdad! Y, en rigor, allí donde aquellos chicos no veían más que una diversión, había una idea muy seria, y estaba permitido abrigar la esperanza de que daría felices resultados.

Baxter y Briant se pusieron manos a la obra pasado un día del mismo en que Doniphan y sus tres compañeros habían abandonado French-den.

– ¡Eso sí que les hará abrir los ojos cuando vean semejante máquina! —exclamó Service—. ¡Qué lástima que mis Robinsones nunca tuvieran la idea de lanzar una cometa al espacio!

– ¿Podrá verse desde todos los puntos de nuestra isla? —preguntó Garnett.

– No solo desde nuestra isla —respondió Briant—, sino desde gran distancia en los parajes circundantes.

– ¿Se verá desde Auckland?… —exclamó Dole.

– ¡Ay, no! —respondió Briant sonriendo ante la ocurrencia—. Después de todo, cuando Doniphan y los demás la vean, ¡quizá eso les anime a volver!

Ya se ve, el buen chico solo pensaba en los ausentes y no deseaba más que una cosa: que aquella funesta separación terminara cuanto antes.

Aquel día y los siguientes se emplearon en la construcción de la cometa, a la que Baxter propuso dar forma octogonal. El armazón, ligero y resistente, se hizo con una especie de cañas muy rígidas que crecían en las orillas del lago Family. Era lo bastante sólido para soportar el esfuerzo de una brisa ordinaria. Sobre ese armazón, Briant hizo tender una de las lonas ligeras, impregnadas de caucho, que servían para cubrir las claraboyas de la goleta —lonas tan impermeables que el viento no podría filtrarse por su tejido—. En cuanto a la cuerda, se emplearía una «línea» de al menos seiscientos metros de longitud, de torzal muy apretado, que se utilizaba para largar la corredera por la popa y que era capaz de soportar una tensión considerable.

Huelga decir que el aparato iría adornado de una magnífica cola, destinada a mantenerlo en equilibrio cuando se inclinase sobre el lecho del viento. Estaba tan sólidamente construido que habría podido, sin demasiado peligro, elevar en el aire a cualquiera de los jóvenes colonos. Pero de eso no se trataba, y bastaba con que fuera lo suficientemente sólido para resistir las brisas frescas, lo suficientemente amplio para alcanzar cierta altura y lo suficientemente grande para ser avistado en un radio de cincuenta a sesenta millas.

Está claro que semejante cometa no podía sostenerse a mano. Empujada por el viento, habría arrastrado a todo el personal de la colonia, y más deprisa de lo que hubiera deseado. Así pues, la cuerda debía de enrollarse en uno de los molinetes de la goleta. Dicho torno horizontal pequeño fue trasladado al centro de Sport-terrace y fijado firmemente al suelo para resistir la tracción del «Gigante de los aires», nombre que los pequeños adoptaron de común acuerdo.

Terminada esta labor al anochecer del día 15, Briant dejó para el día siguiente, por la tarde, el lanzamiento, al que asistirían todos sus camaradas.

Pero al día siguiente resultó imposible proceder al experimento. Se había desencadenado una tempestad, y el aparato habría sido hecho trizas al instante si hubiera dado presa al viento.

Era aquella misma tormenta que había asaltado a Doniphan y sus compañeros en la parte septentrional de la isla, al mismo tiempo que empujaba la chalupa y los náufragos americanos contra los arrecifes del norte, a los que más tarde se dio el nombre de Severn-shores (escollos del Severn).

Pasado un día más —16 de octubre—, aunque se había producido cierta calma, la brisa era todavía demasiado violenta para que Briant quisiera lanzar su aparato aéreo. Pero, como el tiempo mejoró por la tarde, gracias a la dirección del viento, que amainó muy sensiblemente al rotar al sureste, se aplazó el experimento al día siguiente.

Era el 17 de octubre, fecha que habría de ocupar un lugar destacado en los anales de la isla Chairman.

Aunque ese día fuera viernes, Briant no creyó necesario —por superstición— esperar veinticuatro horas. Además, el tiempo se había vuelto propicio, con una bonita brisa, constante y regular, de naturaleza a sostener bien la cometa. Gracias a la inclinación que le aseguraba su contrapeso sobre el lecho del viento, se elevaría a gran altura y, al caer la noche, se recogería para atarle un farol cuya luz permanecería visible durante toda la noche.

La mañana se dedicó a los últimos preparativos, que se prolongaron más de una hora después del almuerzo. Luego, todos se dirigieron a Sport-terrace.

– ¡Qué buena idea había tenido Briant al construir esta máquina! —repetían Iverson y los demás aplaudiendo.

Era la una y media. El aparato, extendido sobre el suelo con su larga cola desplegada, estaba a punto de ser entregado a la acción de la brisa, y solo se esperaba la señal de Briant, cuando este suspendió la maniobra.

En ese momento, en efecto, su atención acababa de ser atraída por Phann, que se lanzaba precipitadamente hacia el bosque lanzando unos ladridos tan lastimeros, tan extraños, que había razón para sorprenderse.

– ¿Qué le pasa a Phann? —preguntó Briant.

– ¿Ha olfateado algún animal entre los árboles? —respondió Gordon.

– ¡No!… ¡Ladraría de otra manera!

– ¡Vamos a ver! —exclamó Service.

– ¡No sin ir armados! —añadió Briant.

Service y Jacques corrieron a French-den, de donde volvieron cada uno con un fusil cargado.

– Venid —dijo Briant.

Y los tres, acompañados de Gordon, se dirigieron hacia la linde de Traps-woods. Phann ya la había cruzado, y, si ya no se le veía, todavía se le oía.

Briant y sus camaradas apenas habían dado cincuenta pasos cuando divisaron al perro detenido ante un árbol, a cuyo pie yacía una figura humana.

Una mujer estaba tendida allí, inmóvil como una muerta; una mujer cuyas ropas —falda de tela gruesa, corpiño igual, chal de lana parda anudado a su cintura— parecían todavía en bastante buen estado. Su rostro mostraba huellas de sufrimientos extremos, aunque era de constitución robusta, pues no tenía más de cuarenta a cuarenta y cinco años. Agotada de fatiga, de hambre quizá, había perdido el conocimiento, pero un leve aliento se exhalaba de sus labios.

Que se juzgue la emoción de los jóvenes colonos ante la primera criatura humana que habían encontrado desde su llegada a la isla Chairman.

– ¡Respira!… ¡Respira! —exclamó Gordon—. Sin duda, el hambre, la sed…

Al instante Jacques corrió hacia French-den, de donde trajo un poco de galleta y una petaca de brandy.

Entonces Briant, inclinado sobre aquella mujer, entreabrió sus labios, apretados herméticamente, y logró introducir en ellos unas gotas del reconfortante licor.

La mujer hizo un movimiento, levantó los párpados. Al principio, su mirada se animó al ver a aquellos niños reunidos en torno a ella… Luego, aquel trozo de galleta que le presentaba Jacques lo llevó ávidamente a la boca.

Estaba claro: aquella desdichada se moría de necesidad más que de cansancio.

Pero ¿quién era aquella mujer? ¿Sería posible intercambiar algunas palabras con ella y entenderse?…

Briant quedó enseguida al tanto al respecto.

La desconocida se había incorporado, y acababa de pronunciar estas palabras en inglés:

– Gracias… chicos míos… ¡gracias!

Media hora después, Briant y Baxter la habían depositado en el salón. Allí, ayudados de Gordon y de Doniphan, le prodigaban todos los cuidados que reclamaba su estado.

En cuanto se sintió un poco repuesta, se apresuró a contar su historia.

He aquí lo que dijo, y se verá en qué medida el relato de sus aventuras debía interesar a los jóvenes colonos.

Era de origen americano y había vivido largo tiempo en los territorios del Lejano Oeste de los Estados Unidos. Se llamaba Catherine Ready, o más sencillamente Kate. Hacía más de veinte años que desempeñaba las funciones de ama de confianza al servicio de la familia William R. Penfield, que residía en Albany, capital del estado de Nueva York.

Hacía un mes, el señor y la señora Penfield, que deseaban trasladarse a Chile, donde vivía uno de sus parientes, habían llegado a San Francisco, principal puerto de California, para embarcarse en el navío mercante Severn, mandado por el capitán John F. Turner. Dicho navío tenía como destino Valparaíso, y en él tomaron pasaje el señor y la señora Penfield con Kate, que formaba por así decirlo parte de su familia.

El Severn era un buen barco, y sin duda habría hecho una excelente travesía de no ser porque los ocho hombres de su tripulación, recién reclutados, eran unos miserables de la peor calaña. Nueve días después de zarpar, uno de ellos, Walston, ayudado de sus compañeros Brandt, Rock, Henley, Cook, Forbes, Cope y Pike, provocó un motín en el que el capitán Turner y su segundo fueron muertos, así como el señor y la señora Penfield.

El propósito de los asesinos, tras apoderarse del navío, era emplearlo en la trata, que aún se practicaba con algunas provincias de Sudamérica.

A bordo solo dos personas habían sido perdonadas: Kate, por quien había intercedido el marinero Forbes —menos cruel que sus cómplices—, y el piloto del Severn, un hombre de unos treinta años llamado Evans, a quien era necesario recurrir para gobernar el buque.

Aquellas horribles escenas habían tenido lugar en la noche del 7 al 8 de octubre, cuando el Severn se encontraba a unas doscientas millas de la costa chilena.

So pena de muerte, Evans fue obligado a maniobrar de manera que doblase el cabo de Hornos para alcanzar los parajes al oeste de África.

Pero unos días después —nunca se supo a qué causa atribuirlo— se declaró un incendio a bordo. En pocos instantes, su violencia fue tal que Walston y sus compañeros trataron en vano de salvar el Severn de una destrucción total. Uno de ellos, Henley, pereció al arrojarse al mar para escapar del fuego. Hubo que abandonar el navío, echar a toda prisa en la chalupa algunas provisiones, municiones y armas, y alejarse en el momento en que el Severn se hundía entre las llamas.

La situación de los náufragos era extremadamente crítica, puesto que los separaban doscientas millas de las tierras más cercanas. Habría sido de justicia, en verdad, que la chalupa pereciera con los malhechores que transportaba, de no ser porque Kate y el piloto Evans iban a bordo.

Pasado un día, se desató una violenta tormenta, lo que volvió la situación más terrible. Pero, como el viento soplaba de alta mar, la embarcación, con el mástil roto y la vela hecha jirones, fue empujada hacia la isla Chairman. Ya se sabe cómo, en la noche del 15 al 16, tras haber sido zarandeada sobre la superficie de los rompientes, vino a encallar en la playa, con la cuaderna en parte destrozada y el costado entreabierto.

Walston y sus compañeros, agotados por una larga lucha contra la tempestad y con gran parte de las provisiones consumidas, estaban rendidos de frío y de fatiga. Así pues, estaban casi sin vida cuando la chalupa embarrancó en los arrecifes. Un golpe de mar arrebató entonces a cinco de ellos un poco antes de que encallara, y, pocos instantes después, los otros dos fueron lanzados sobre la arena, mientras Kate caía al lado opuesto de la embarcación.

Aquellos dos hombres permanecieron bastante tiempo desmayados, igual que la propia Kate. Habiendo recobrado pronto el conocimiento, Kate tuvo cuidado de permanecer inmóvil, aunque debía de pensar que Walston y los demás habían perecido. Esperaba el día para ir en busca de socorro en aquella tierra desconocida, cuando, hacia las tres de la madrugada, unos pasos hicieron crujir la arena junto a la chalupa.

Eran Walston, Brandt y Rock, que, no sin trabajo, habían podido salvarse del golpe de mar antes de que encallara la embarcación. Habiendo cruzado el banco de los arrecifes y alcanzado el lugar donde yacían sus compañeros Forbes y Pike, se apresuraron a reanimarlos; luego deliberaron mientras el piloto Evans los esperaba a unos doscientos pasos de allí, bajo la vigilancia de Cope y de Rock.

Y estas fueron las palabras que se intercambiaron, palabras que Kate oyó con toda claridad:

– ¿Dónde estamos? —preguntó Rock.

– ¡No lo sé! —respondió Walston—. ¡Poco importa! No nos quedemos aquí y bajemos hacia el este. Ya veremos cómo nos las arreglamos cuando amanezca.

– ¿Y nuestras armas?… —dijo Forbes.

– ¡Aquí están, junto con nuestras municiones, que están intactas! —respondió Walston.

Y sacó del cofre de la chalupa cinco fusiles y varios paquetes de cartuchos.

– Es poco —añadió Rock— para salir del paso en estas tierras de salvajes.

– ¿Dónde está Evans?… —preguntó Brandt.

– Evans está ahí —respondió Walston—, vigilado por Cope y Rock. Tendrá que acompañarnos, por las buenas o por las malas, ¡y si opone resistencia, yo me encargo de hacerle entrar en razón!

– ¿Qué ha sido de Kate?… —dijo Rock—. ¿Habrá conseguido salvarse?…

– ¿Kate?… —respondió Walston—. ¡Nada que temer de ella! La vi caer por la borda antes de que la chalupa varase, y está en el fondo.

– ¡Menos mal que nos la hemos quitado de encima! —respondió Rock—. Sabía demasiado de nosotros.

– ¡No lo habría sabido mucho tiempo! —añadió Walston, sobre cuyas intenciones no cabía hacerse ilusiones.

Kate, que lo había oído todo, estaba bien resuelta a huir en cuanto los marineros del Severn se marcharan.

Apenas transcurridos unos instantes, Walston y sus compañeros, sosteniendo a Forbes y a Pike, cuyas piernas andaban bastante flojas, se llevaron sus armas, sus municiones y lo que quedaba de provisiones en los cofres de la chalupa —es decir, dos o tres kilos de carne en salazón, algo de tabaco y dos o tres petacas de ginebra—. Se alejaban en el momento en que la borrasca arreciaba en toda su violencia.

En cuanto estuvieron a buena distancia, Kate se incorporó. Era el momento, pues la marea creciente alcanzaba ya la playa y pronto la habría arrastrado el oleaje.

Se comprende ahora por qué Doniphan, Wilcox, Webb y Cross, cuando volvieron para rendir los últimos honores a los náufragos, encontraron el lugar vacío. Ya Walston y su banda habían bajado en dirección al este, mientras que Kate, tomando en sentido contrario, se encaminaba, sin saberlo, hacia la punta septentrional del lago Family.

Fue allí donde llegó por la tarde del día 16, extenuada de cansancio y de hambre. Algunos frutos silvestres era todo lo que había tenido para reconfortarse. Siguió entonces la orilla izquierda, caminó toda la noche, toda la mañana del 17, y vino a caer en el lugar donde Briant la había recogido medio muerta.

Tales eran los acontecimientos que Kate narró, sucesos de una gravedad extrema. En efecto, en la isla Chairman, donde los jóvenes colonos habían vivido hasta entonces en completa seguridad, siete hombres capaces de todos los crímenes habían desembarcado. Si descubrían French-den, ¿dudarían en atacarla? ¡No! Tenían un interés demasiado real en apoderarse de su material, en llevarse sus provisiones, sus armas, sus herramientas sobre todo, sin las cuales les sería imposible poner la chalupa del Severn en condiciones de hacerse de nuevo a la mar. Y en ese caso, ¿qué resistencia podrían oponer Briant y sus camaradas, de los cuales los mayores contaban entonces a lo sumo unos quince años y los más pequeños apenas diez? ¿No eran aquellas eventualidades aterradoras? Si Walston permanecía en la isla, no había duda de que había que esperar alguna agresión de su parte.

Con qué emoción escucharon todos el relato de Kate es harto fácil de imaginar.

Y, al oírlo, Briant no pensaba más que en esto: que, si el futuro presentaba tales peligros, Doniphan, Wilcox, Webb y Cross eran los primeros amenazados. En efecto, ¿cómo iban a estar en guardia si ignoraban la presencia de los náufragos del Severn en la isla Chairman, y precisamente en aquella parte del litoral que exploraban en ese momento? ¿No bastaría un disparo de fusil hecho por uno de ellos para que su situación quedara al descubierto ante Walston? Y entonces, los cuatro caerían en manos de unos malhechores de los que no tendrían compasión alguna que esperar.

– Hay que ir en su socorro —dijo Briant—, y que estén avisados antes de mañana…

– ¡Y traídos de vuelta a French-den! —añadió Gordon—. Más que nunca importa que estemos reunidos para tomar medidas contra un ataque de esos malhechores.

– ¡Sí! —continuó Briant—, y puesto que es necesario que nuestros camaradas regresen, ¡regresarán!… ¡Iré a buscarlos!

– ¿Tú, Briant?

– Yo, Gordon.

– ¿Y cómo?…

– Me embarcaré en la yola con Moko. En pocas horas habremos cruzado el lago y bajado por el East-river, como ya hemos hecho. Hay todas las posibilidades de que nos encontremos con Doniphan en la desembocadura…

– ¿Cuándo piensas partir?…

– Esta misma noche —respondió Briant—, cuando la oscuridad nos permita cruzar el lago sin ser vistos.

– ¿Iré contigo, hermano?… —preguntó Jacques.

– No —replicó Briant—. Es indispensable que podamos regresar todos en la yola, y ya tendremos bastante con encontrar sitio para seis.

– ¿Así que es una decisión tomada? —preguntó Gordon.

– ¡Decidido! —le dijo Briant.

En realidad, era la mejor resolución que cabía tomar, no solo en interés de Doniphan, Wilcox, Cross y Webb, sino también en interés de la pequeña colonia. Cuatro chicos más, y no de los menos vigorosos, era un refuerzo que no habría de despreciarse en caso de agresión. Por otro lado, no había una hora que perder si se quería que todos estuvieran reunidos en French-den en menos de veinticuatro horas.

Como es de suponer, ya no podía hablarse de elevar la cometa por el aire. Habría sido de una imprudencia extrema. No eran los navíos —si alguno pasara a lo lejos de la isla— a los que habría señalado la presencia de los jóvenes colonos, sino a Walston y a sus cómplices. A este propósito incluso, Briant juzgó conveniente hacer abatir el mástil de señales erigido en la cresta del Auckland-hill.

Hasta el anochecer, todos permanecieron encerrados en el salón. Kate había escuchado el relato de sus aventuras. La excelente mujer ya no pensaba en ella misma sino solo en ellos. Si debían permanecer juntos en la isla Chairman, sería su servidora devota, los cuidaría, los amaría como una madre. Y ya a los pequeños, a Dole, a Costar, les daba ese nombre cariñoso de «papooses», con el que se nombra a los niños pequeños en los territorios del Lejano Oeste.

También ya, en recuerdo de sus novelas predilectas, Service había propuesto llamarla Viernesina —tal como Crusoe había llamado a su compañero de imperecedera memoria—, puesto que había sido precisamente un viernes cuando Kate había llegado a French-den.

Y añadió:

– Esos malhechores son algo así como los salvajes de Robinson. ¡Siempre llega un momento en que aparecen los salvajes, y siempre llega un momento en que se acaba con ellos!

A las ocho, los preparativos de partida estaban concluidos. Moko, cuya devoción no retrocedía ante ningún peligro, se alegraba de acompañar a Briant en aquella expedición.

Ambos se embarcaron, provistos de algunas víveres y armados cada uno con un revólver y un machete. Tras despedirse de sus camaradas, que no los vieron alejarse sin una opresión en el pecho, pronto desaparecieron en las sombras del lago Family. Al ponerse el sol, había levantado una pequeña brisa del norte que, si se mantenía, serviría a la yola tanto a la ida como a la vuelta.

En todo caso, aquella brisa se mantuvo favorable para la travesía de oeste a este. La noche era muy oscura —circunstancia afortunada para Briant, que quería pasar inadvertido—. Orientándose con la brújula, tenía la certeza de alcanzar la orilla opuesta, que bastaría remontar o descender según que la ligera embarcación la abordara por encima o por debajo del curso de agua. Toda la atención de Briant y de Moko se dirigía en aquella dirección, donde temían divisar algún fuego —lo que habría indicado muy probablemente la presencia de Walston y sus compañeros—, pues Doniphan debía de estar acampado más bien en el litoral, en la desembocadura del East-river.

Seis millas fueron recorridas en dos horas. La yola no había sufrido demasiado con la brisa, aunque esta había refrescado algo. La embarcación atracó cerca del lugar donde había tomado tierra la primera vez, y tuvo que bordear la orilla durante media milla para ganar la estrecha cala por la que las aguas del lago desembocaban en el río. Eso llevó cierto tiempo. Al estar el viento de proa entonces, fue necesario avanzar a remo. Todo parecía tranquilo bajo la bóveda de los árboles inclinados sobre las aguas. Ni un chillido ni un aullido en las profundidades del bosque, ni un fuego sospechoso bajo los oscuros macizos de verdura.

Sin embargo, hacia las diez y media, Briant, sentado en la popa de la yola, detuvo el brazo de Moko. A unos cien metros del East-river, en la orilla derecha, una hoguera a medio extinguir arrojaba su tenue resplandor a través de la sombra. ¿Quién estaba acampado allí?… ¿Walston o Doniphan?… Era preciso averiguarlo antes de adentrarse en la corriente del río.

– Desembárcame, Moko —dijo Briant.

– ¿No quiere que le acompañe, señor Briant? —respondió el grumete en voz baja.

– ¡No! ¡Es mejor que vaya solo! Correré menos riesgo de que me vean al acercarme.

La yola se arrimó a la orilla y Briant saltó a tierra, tras encargar a Moko que le esperara. Llevaba el machete en la mano y el revólver al cinto, con el que estaba bien decidido a no servirse más que en último extremo, a fin de actuar sin ruido.

Tras remontar la orilla, el valiente muchacho se deslizó entre los árboles.

De repente se detuvo. A unos veinte pasos, en la penumbra que todavía difundía la hoguera, le parecía entrever una sombra que reptaba entre la hierba, igual que él mismo lo había hecho.

En ese momento estalló un rugido formidable. Luego, una masa se abalanzó hacia delante.

Era un jaguar de gran tamaño. Al instante se oyeron estos gritos:

– ¡Ayuda!… ¡Ayuda!

Briant reconoció la voz de Doniphan. Era él, en efecto. Sus compañeros habían permanecido en su campamento establecido junto a la orilla del río.

Doniphan, derribado por el jaguar, forcejeaba sin poder hacer uso de sus armas.

Wilcox, despertado por sus gritos, acudió con el fusil al hombro, dispuesto a hacer fuego…

– ¡No dispares!… ¡No dispares!… —gritó Briant.

Y, antes de que Wilcox pudiera verle, Briant se arrojó sobre la fiera, que se volvió contra él, mientras Doniphan se levantaba ágilmente.

Por fortuna, Briant pudo echarse a un lado tras asestar al jaguar un golpe de machete. Todo ocurrió tan rápidamente que ni Doniphan ni Wilcox tuvieron tiempo de intervenir. El animal, mortalmente herido, había caído en el instante en que Webb y Cross se lanzaban en socorro de Doniphan.

Pero la victoria había estado a punto de costarle cara a Briant, cuyo hombro sangraba, desgarrado por un zarpazo.

– ¿Cómo es que estás aquí? —exclamó Wilcox.

– ¡Ya lo sabréis más tarde! —respondió Briant—. ¡Venid!… ¡Venid!

– No antes de darte las gracias, Briant —dijo Doniphan—. Me has salvado la vida…

– ¡He hecho lo que tú habrías hecho en mi lugar! —respondió Briant—. ¡No hablemos más de eso, y seguidme!…

Sin embargo, aunque la herida de Briant no fuera grave, hubo que vendársela con firmeza con un pañuelo, y mientras Wilcox le curaba, el valiente muchacho pudo poner a sus camaradas al corriente de la situación.

¡Así pues, aquellos hombres que Doniphan creía haber sido arrastrados por la marea creciente como cadáveres estaban vivos! ¡Vagaban por la isla! ¡Eran malhechores, manchados de sangre! ¿Una mujer había naufragado con ellos en la chalupa del Severn, y aquella mujer estaba en French-den?… ¡Ahora ya no había seguridad en la isla Chairman! Por eso Briant había gritado a Wilcox que no disparara sobre el jaguar, por temor a que la detonación fuera oída; por eso Briant no había querido servirse más que del machete para herir a la fiera.

– ¡Ah, Briant, vales más que yo! —exclamó Doniphan con viva emoción, en un arranque de gratitud que se imponía sobre su carácter tan altivo.

– No, Doniphan, no, camarada mío —respondió Briant—, y puesto que te tengo de la mano, no la soltaré hasta que hayas consentido en regresar allá…

– Sí, Briant, ¡hay que hacerlo! —respondió Doniphan—. ¡Cuenta conmigo! De ahora en adelante, seré el primero en obedecerte. Mañana… al amanecer… partiremos…

– No, ahora mismo —respondió Briant—, para llegar sin arriesgarnos a ser vistos.

– ¿Y cómo?… —preguntó Cross.

– ¡Moko está ahí! Nos espera con la yola. Íbamos a adentrarnos en el East-river cuando divisé el resplandor de un fuego, que era el vuestro.

– ¡Y llegaste a tiempo para salvarme!… —repitió Doniphan.

– ¡Y también para traerte de vuelta a French-den!

Ahora bien, ¿por qué Doniphan, Wilcox, Webb y Cross estaban acampados en aquel lugar y no en la desembocadura del East-river? La explicación se dio en pocas palabras.

Tras haber abandonado la costa de Severn-shores, los cuatro habían regresado al puerto de Bear-rock en la tarde del día 16. A la mañana siguiente temprano, como estaba convenido, habían remontado la orilla izquierda del East-river hasta el lago, donde se habían instalado aguardando el día para regresar a French-den.

Al alba, Briant y sus camaradas habían tomado asiento en la yola, y, como era bastante estrecha para seis, fue necesario maniobrar con precaución.

Pero la brisa era favorable, y Moko dirigió su embarcación con tal destreza que la travesía se hizo sin contratiempos.

¡Con qué alegría acogieron Gordon y los demás a los ausentes, cuando, hacia las cuatro de la madrugada, desembarcaron en el dique del río Zealand! Si grandes peligros les amenazaban, al menos, ¡estaban todos en French-den!

Depesza

Urząd nadania: sieć światowa · Miejsce przeznaczenia: pokład Nautilusa

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