Aventuras de tres rusos y tres ingleses en el África austral
Capítulo IX
Un kraal
Al día siguiente, 25 de abril, las operaciones geodésicas se prosiguieron sin interrupción. El ángulo que formaba la estación del baobab con los dos extremos de la base indicados por los pilones fue medido con precisión. Esta nueva marcación permitía comprobar el primer triángulo. Hecho esto, se eligieron otras dos estaciones a la derecha y a la izquierda de la meridiana: una formada por un montículo muy visible que se alzaba a seis millas en la llanura, y la otra señalada mediante un poste indicador a una distancia de unas siete millas.
La triangulación prosiguió así sin contratiempos durante un mes. El 15 de mayo, los observadores habían avanzado un grado hacia el norte, después de haber construido geodésicamente siete triángulos.
El coronel Everest y Mathieu Strux, durante esta primera serie de operaciones, apenas habían tenido trato el uno con el otro. Ya se ha visto que, en el reparto del trabajo y para el propio control de las medidas, los dos sabios estaban separados. Trabajaban a diario en estaciones distantes varias millas, y esa distancia era una garantía contra cualquier disputa de amor propio. Al caer la tarde, cada uno regresaba al campamento y se retiraba a su propio alojamiento. Algunas discusiones, es cierto, se suscitaron en varias ocasiones sobre la elección de las estaciones, que debía decidirse en común; pero no dieron lugar a altercados serios. Michel Zorn y su amigo William podían, pues, esperar que, gracias a la separación de los dos rivales, las operaciones geodésicas proseguirían sin provocar un desagradable altercado.
Aquel 15 de mayo, los observadores, tal como se ha dicho, tras haber avanzado un grado desde el punto austral de la meridiana, se hallaban en el paralelo de Lattakou. La población africana estaba situada a treinta y cinco millas al este de su estación.
En aquel lugar se había establecido recientemente un vasto kraal. Era un punto de descanso muy indicado, y a propuesta de sir John Murray se decidió que la expedición reposaría allí unos días. Michel Zorn y William Emery debían aprovechar aquella pausa para tomar alturas del sol. Durante el alto, Nicolas Palander se ocuparía de las reducciones que había que hacer en las medidas, por las diferencias de nivel de las miras, de manera que todas esas medidas quedaran referidas al nivel del mar. En cuanto a sir John Murray, quería descansar de sus observaciones científicas estudiando, a tiros de fusil, la fauna de la región.
Los indígenas del África austral llaman «kraal» a una especie de aldea móvil, de población ambulante que se traslada de un pastizal a otro. Es un recinto, compuesto de unas treinta viviendas aproximadamente, y que pueblan varios centenares de habitantes.
El kraal al que llegó la expedición anglorrusa formaba una importante aglomeración de chozas, dispuestas circularmente en las orillas de un arroyo, afluente del Kuruman. Estas chozas, hechas de esteras aplicadas sobre montantes de madera, esteras tejidas de juncos e impermeables, se asemejaban a colmenas bajas, cuya entrada, cerrada con una piel, obligaba al habitante o al visitante a arrastrarse de rodillas. Por esa única abertura salía en remolinos el humo acre del hogar interior, lo que debía de hacer la habitabilidad de esas chozas bastante problemática para cualquiera que no fuese un bosquimano o un hotentote.
A la llegada de la caravana, toda aquella población se puso en movimiento. Los perros, encargados de la guardia de cada cabaña, ladraron con furia. Los guerreros de la aldea, armados de azagayas, cuchillos y mazas, y protegidos bajo sus escudos de cuero, avanzaron. Su número podía calcularse en doscientos, lo que indicaba la importancia de aquel kraal, que no debía de tener menos de sesenta a ochenta casas; encerradas en un seto de empalizada guarnecido de agaves espinosos de cinco a seis pies de largo, esas chozas estaban al abrigo de las fieras.
Sin embargo, las disposiciones belicosas de los indígenas se disiparon rápidamente en cuanto el cazador Mokoum hubo dicho unas palabras a uno de los jefes del kraal. La caravana obtuvo permiso para acampar cerca de las empalizadas, en las mismas orillas del arroyo. Los bosquimanos ni siquiera pensaron en disputarle su parte de los pastos que se extendían a uno y otro lado a lo largo de varias millas. Los caballos, los bueyes y demás rumiantes de la expedición podían alimentarse allí en abundancia sin causar ningún perjuicio a la población ambulante.
Inmediatamente, bajo las órdenes y la dirección del bosquimano, se organizó el campamento según el método habitual. Las carretas se agruparon en círculo, y cada cual se entregó a sus propias ocupaciones.
Sir John Murray, dejando entonces a sus compañeros con sus cálculos y sus observaciones científicas, partió, sin perder una hora, en compañía de Mokoum. El cazador inglés montaba su caballo de costumbre, y Mokoum, su cebra domesticada. Tres perros los seguían retozando. Sir John Murray y Mokoum iban armados cada uno con una carabina de caza de bala explosiva, lo que denotaba por su parte la intención de atacar a las fieras de la comarca.
Los dos cazadores se dirigieron hacia el nordeste, hacia una región boscosa situada a algunas millas del kraal. Ambos cabalgaban uno junto al otro y conversaban.
– Espero, maestro Mokoum —dijo sir John Murray—, que aquí cumplirá usted la promesa que me hizo en las cataratas de Morgheda de conducirme al centro de la comarca más rica en caza del mundo. Pero sepa que no he venido al África austral para tirar liebres o dar caza a zorros. Eso ya lo tenemos en nuestras highlands de Escocia. Antes de una hora quiero haber derribado…
– ¡Antes de una hora! —respondió el bosquimano—. Su Señoría me permitirá decirle que eso es ir un poco deprisa, y que ante todo hay que tener paciencia. Yo solo soy paciente en la caza, y con eso rescato todas las demás impaciencias de mi vida. ¿Acaso desconoce usted, sir John, que cazar la caza mayor es toda una ciencia, que hay que aprender cuidadosamente el terreno, conocer las costumbres de los animales, estudiar sus pasos, y luego rodearlos durante largas horas de manera que se los aborde a favor del viento? ¿Sabe usted que no hay que permitirse ni un grito inoportuno, ni un paso en falso ruidoso, ni una mirada indiscreta? Yo he pasado jornadas enteras acechando a un búfalo o a un gemsbok, y cuando, tras treinta y seis horas de astucia y paciencia, había abatido a la bestia, no creía haber perdido el tiempo.
– Muy bien, amigo mío —respondió sir John Murray—, pondré a su servicio toda la paciencia que usted me pida; pero no olvidemos que este alto no durará más de tres o cuatro días, y que no hay que perder ni una hora ni un minuto.
– Es una consideración —respondió el bosquimano con un tono tan sereno que William Emery no habría reconocido a su compañero de viaje del río Orange—, es una consideración. Mataremos lo que se presente, sir John, no elegiremos. Antílope o gamo, ñu o gacela, todo será bueno para unos cazadores tan apremiados.
– ¡Antílope o gacela! —exclamó sir John Murray—, no pido tanto para mi debut en tierra africana. Pero entonces, ¿qué espera usted ofrecerme, mi buen bosquimano?
El cazador miró a su compañero con aire singular, y luego, en tono irónico:
– En cuanto Su Señoría se declare satisfecho —respondió—, ya no tendré nada más que decir. Yo creía que no me daría por libre por menos de un par de rinocerontes o una pareja de elefantes.
– Cazador —replicó sir John Murray—, iré adonde usted me lleve. Mataré lo que usted me diga que mate. Así que, adelante, y no perdamos el tiempo en palabras inútiles.
Pusieron los caballos al medio galope, y los dos cazadores avanzaron rápidamente hacia el bosque.
La llanura que atravesaban ascendía en suave pendiente hacia el nordeste. Estaba sembrada aquí y allá de innumerables matorrales, entonces en plena floración, de los que manaba una resina viscosa, transparente y perfumada, con la que los colonos hacen un bálsamo para las heridas. En grupos pintorescamente agrupados se alzaban los «nwanas», una especie de higueras sicómoros, cuyo tronco, desnudo hasta una altura de treinta a cuarenta pies, sostenía una vasta sombrilla de verdor. En aquel espeso follaje charlaba todo un mundo de loros chillones, muy afanados en picotear los higos agrios del sicómoro. Más allá había mimosas de racimos amarillos, «árboles de plata» que sacudían sus copos sedosos, áloes de largas espigas de un rojo vivo que se habrían tomado por arborescencias coralinas arrancadas del fondo de los mares. El suelo, esmaltado de encantadoras amarilis de follaje azulado, se prestaba a la marcha rápida de los caballos. Menos de una hora después de haber salido del kraal, sir John Murray y Mokoum llegaban a la linde del bosque. Era una alta arboleda de acacias que se extendía por un espacio de varias millas cuadradas. Aquellos árboles innumerables, plantados sin orden, entrelazaban sus ramas y no dejaban llegar los rayos del sol hasta el suelo, cubierto de espinos y hierbas altas. Sin embargo, la cebra de Mokoum y el caballo de sir John no vacilaron en aventurarse bajo aquella espesa bóveda, y se abrieron paso entre los troncos irregularmente espaciados. Aquí y allá se abrían amplios claros en medio del monte bajo, y los cazadores se detenían en ellos para observar la maleza circundante.
Hay que decir que aquella primera jornada no fue favorable a Su Señoría. En vano recorrieron él y su compañero una amplia porción del bosque. Ningún ejemplar de la fauna africana se molestó en recibirlos, y sir John pensó más de una vez en sus llanuras escocesas, donde un tiro de fusil no se hacía esperar. Quizá la cercanía del kraal había contribuido a alejar a la caza, recelosa. En cuanto a Mokoum, no mostraba ni sorpresa ni despecho. Para él, aquella cacería no era una cacería, sino una carrera precipitada a través del bosque.
Hacia las seis de la tarde hubo que pensar en regresar al campamento. Sir John Murray estaba muy contrariado, aunque sin querer admitirlo: ¡un cazador emérito volver «con las manos vacías»! ¡Jamás! Se prometió, pues, disparar contra el primer animal, fuera cual fuese, ave o cuadrúpedo, caza o fiera, que pasara al alcance de su fusil.
La suerte pareció favorecerlo. No se hallaban los dos cazadores a más de tres millas del kraal cuando un roedor, de esa especie africana designada con el nombre de «lepus rupestris», una liebre, dicho en una palabra, saltó de un matorral a ciento cincuenta pasos de sir John. Sir John no vaciló, y disparó al inofensivo animal una bala de su carabina.
El bosquimano lanzó un grito de indignación. ¡Una bala a una simple liebre, a la que se habría dado cuenta con perdigones del seis! Pero el cazador inglés tenía interés en su roedor, y corrió al galope hacia el lugar donde debía de haber caído la pieza.
¡Carrera inútil! De la liebre, ni rastro; algo de sangre en el suelo, pero ni un pelo. Sir John buscaba bajo los matorrales, entre las matas de hierba. Los perros husmeaban en vano entre la maleza.
– ¡Sin embargo, le he dado!—exclamaba sir John.
– Demasiado le ha dado —respondió tranquilamente el bosquimano—. Cuando se dispara a una liebre con una bala explosiva, sería sorprendente encontrar de ella ni una migaja.
Y, en efecto, la liebre se había dispersado en pedazos impalpables. Su Señoría, absolutamente contrariado, volvió a montar en su caballo y, sin añadir palabra, regresó al campamento.
Al día siguiente, el bosquimano esperaba que sir John Murray le hiciera nuevas propuestas de caza. Pero el inglés, muy dolido en su amor propio, evitó encontrarse con Mokoum. Pareció olvidar todo proyecto cinegético, y se ocupó de comprobar los instrumentos y de hacer observaciones. Luego, para distraerse, visitó el kraal bosquimano, mirando a los hombres ejercitarse en el manejo del arco, o tocar el «gorah», una especie de instrumento compuesto de una tripa tensada sobre un arco, que el artista hace vibrar soplando a través de una pluma de avestruz. Entre tanto, las mujeres se dedicaban a las tareas domésticas, fumando el «matokouané», es decir, la insalubre planta del cáñamo, distracción compartida por la mayoría de los indígenas. Según la observación de algunos viajeros, esta inhalación de cáñamo aumenta la fuerza física en detrimento de la energía moral. Y, en efecto, varios de aquellos bosquimanos parecían como embotados por la embriaguez del matokouané.
Al día siguiente, 17 de mayo, sir John Murray, al amanecer, fue despertado por esta simple frase pronunciada junto a su oído:
– Creo, Su Señoría, que hoy tendremos más suerte. ¡Pero no volvamos a disparar a las liebres con obuses de montaña!
Sir John Murray no se inmutó al oír aquella recomendación irónica, y se declaró dispuesto a partir. Los dos cazadores se alejaron unas millas a la izquierda del campamento, incluso antes de que sus compañeros estuvieran despiertos. Sir John llevaba esta vez una simple escopeta, admirable arma de F. Goldwin, en verdad más adecuada para una simple caza de gamo o antílope que la terrible carabina. Es cierto que los paquidermos y los carnívoros podían encontrarse por la llanura. Pero sir John tenía atravesada en el corazón la «explosión» de la liebre, y habría preferido disparar a un león con perdigones antes que repetir semejante lance, sin precedente en los anales del deporte.
Aquel día, tal como Mokoum había previsto, la fortuna favoreció a los dos cazadores. Abatieron una pareja de «harrisbucks», una especie de antílopes negros, muy raros y difíciles de matar. Eran hermosos animales, de cuatro pies de altura, de largos cuernos divergentes y elegantemente curvados en forma de cimitarra. Tenían el hocico afinado y comprimido lateralmente, la pezuña negra, el pelo tupido y suave, las orejas estrechas y puntiagudas. Su vientre y su rostro, blancos como la nieve, contrastaban con el pelaje negro del lomo, que acariciaba una ondulante crin. Unos cazadores bien podían mostrarse orgullosos de semejante lance, pues el harrisbuck siempre ha sido el desiderátum de los Delegorgue, los Valhberg, los Cumming, los Baldwin, y es también uno de los más admirables especímenes de la fauna austral.
Pero lo que hizo latir el corazón del cazador inglés fueron ciertas huellas que el bosquimano le mostró en la linde de un espeso monte bajo, no lejos de una vasta y profunda laguna, rodeada de gigantescas euforbias, cuya superficie estaba toda constelada de las corolas azul celeste del lirio de agua.
– Señor —le dijo Mokoum—, si mañana, hacia las primeras horas del día, Su Señoría quiere venir a la espera en este lugar, esta vez le aconsejaré que no olvide su carabina.
– ¿Qué le hace hablar así, Mokoum? —preguntó sir John Murray.
– Estas huellas frescas que ve usted en la tierra húmeda.
– ¡Cómo! ¿Estas anchas huellas son pisadas de animales? ¡Pues entonces las patas que las han dejado tienen más de media toesa de circunferencia!
– Eso prueba sencillamente —respondió el bosquimano—que el animal que deja semejantes huellas mide al menos nueve pies a la altura de la cruz.
– ¡Un elefante! —exclamó sir John Murray.
– Sí, Su Señoría, y, si no me equivoco, un macho adulto que ha alcanzado todo su crecimiento.
– Hasta mañana, entonces, bosquimano.
– Hasta mañana, Su Señoría.
Los dos cazadores volvieron al campamento, trayendo los «harrisbucks», que habían sido cargados sobre el caballo de sir John Murray. Aquellos hermosos antílopes, tan raramente capturados, suscitaron la admiración de toda la caravana. Todos felicitaron a sir John, salvo quizá el grave Mathieu Strux, que, en materia de animales, apenas conocía otros que la Osa Mayor, el Dragón, el Centauro, Pegaso y demás constelaciones de la fauna celeste.
Al día siguiente, a las cuatro, los dos compañeros de caza, inmóviles sobre sus caballos, con los perros a su lado, aguardaban en medio de un espeso monte bajo la llegada de la manada de paquidermos. Por nuevas huellas habían reconocido que los elefantes acudían en manada a beber a la laguna. Ambos iban armados de carabinas rayadas de balas explosivas. Llevaban observando el monte bajo cerca de media hora, inmóviles y silenciosos, cuando vieron agitarse la oscura espesura a cincuenta pasos de la laguna.
Sir John Murray había asido su fusil, pero el bosquimano le retuvo la mano y le hizo señas de moderar su impaciencia.
Pronto aparecieron grandes sombras. Se oía abrirse la maleza bajo una presión irresistible; la madera crujía; los matorrales aplastados crepitaban en el suelo; un soplo ruidoso pasaba entre las ramas. Era la manada de elefantes. Media docena de aquellos gigantescos animales, casi tan corpulentos como sus congéneres de la India, avanzaban a paso lento hacia la laguna.
La luz, que iba haciéndose poco a poco, permitió a sir John admirar aquellos poderosos animales. Uno de ellos, un macho de tamaño enorme, atrajo especialmente su atención. Su ancha frente convexa se desplegaba entre unas vastas orejas que le colgaban hasta más abajo del pecho. Sus dimensiones colosales parecían aún acrecentadas por la penumbra. Aquel elefante proyectaba vivamente su trompa por encima de la maleza, y golpeaba con sus colmillos curvados los gruesos troncos de árboles, que gemían al choque. Quizá el animal presentía un peligro próximo.
Entretanto, el bosquimano se había inclinado al oído de sir John Murray, y le había dicho:
– ¿Le conviene ese?
Sir John hizo una señal afirmativa.
– Bien —añadió Mokoum—, lo separaremos del resto de la manada.
En ese momento, los elefantes llegaron a la orilla de la laguna. Sus patas esponjosas se hundían en el fango blando. Sacaban agua con la trompa, y esa agua, vertida en su ancho gaznate, producía un glugluteo retumbante. El gran macho, seriamente inquieto, miraba a su alrededor y aspiraba ruidosamente el aire para captar alguna emanación sospechosa.
De pronto, el bosquimano dejó oír un grito peculiar. Sus tres perros, ladrando de inmediato con vigor, saltaron fuera del monte bajo y se precipitaron hacia la manada de paquidermos. Al mismo tiempo, Mokoum, tras decir a su compañero esta única palabra: «quédese», espoleó su cebra y franqueó el matorral de manera que cortara la retirada al gran macho.
Aquel magnífico animal, por lo demás, no trató de escabullirse mediante la huida. Sir John, con el dedo en el gatillo de su fusil, lo observaba. El elefante golpeaba los árboles con su trompa, y agitaba frenéticamente la cola, dando ya no señales de inquietud, sino señales de cólera. Hasta entonces solo había olido al enemigo. En ese momento lo vio y se abalanzó sobre él.
Sir John Murray estaba entonces apostado a sesenta pasos del animal. Esperó a que llegara a cuarenta pasos, y apuntándole al costado, hizo fuego. Pero un movimiento del caballo alteró la precisión de su disparo, y la bala solo atravesó carnes blandas sin encontrar un obstáculo suficiente para estallar.
El elefante, furioso, precipitó su carrera, que era más bien una marcha excesivamente rápida que un galope. Pero esa marcha habría bastado para dejar atrás a un caballo.
El caballo de sir John, tras encabritarse, se lanzó fuera del monte bajo, sin que su amo pudiera retenerlo. El elefante lo perseguía, enhiestando las orejas y haciendo resonar su trompa como una llamada de clarín. El cazador, arrastrado por su montura, apretándola con sus vigorosas piernas, trataba de deslizar un cartucho en el «trueno» de su fusil.
Sin embargo, el elefante le iba ganando terreno. Ambos se hallaron pronto en la llanura, fuera de la linde del bosque. Sir John desgarraba con las espuelas los ijares de su caballo, que se desbocaba. Dos de los perros, ladrando junto a sus patas, huían sin resuello. El elefante no le llevaba ni dos cuerpos de retraso. Sir John sentía su resoplido ruidoso, oía los silbidos de la trompa que azotaba el aire. A cada instante esperaba verse arrancado de la silla por aquel lazo viviente.
De pronto, el caballo dobló los cuartos traseros. La trompa, abatiéndose, lo había golpeado en la grupa. El animal lanzó un relincho de dolor, y dio un traspié que lo lanzó de costado. Ese traspié salvó a sir John de una muerte segura. El elefante, arrastrado por su velocidad, pasó de largo, pero su trompa, barriendo el suelo, recogió a uno de los perros, al que sacudió en el aire con indescriptible violencia.
A sir John no le quedaba otro recurso que volver a internarse en el bosque. El instinto de su caballo lo llevaba también hacia allí, y pronto franqueaba la linde de un prodigioso impulso.
El elefante, dueño de sí, había reanudado la persecución, blandiendo al desdichado perro, al que le destrozó la cabeza contra el tronco de un sicómoro al precipitarse en el bosque. El caballo se lanzó a un espeso matorral, entrelazado de lianas espinosas, y se detuvo.
Sir John, desgarrado, ensangrentado, pero sin haber perdido un instante su sangre fría, se volvió y, echándose la carabina a la cara, apuntó al elefante al hueco del hombro, a través de la red de lianas. La bala, al encontrar un hueso, hizo explosión. El animal se tambaleó, y casi al mismo tiempo, un segundo disparo, hecho desde la linde del bosque, lo alcanzó en el costado izquierdo. Cayó de rodillas cerca de un pequeño estanque medio oculto bajo la hierba. Allí, bombeando agua con la trompa, empezó a regar sus heridas, lanzando gritos lastimeros.
En ese momento apareció el bosquimano. —¡Es nuestro! ¡Es nuestro! —exclamó Mokoum.
En efecto, el enorme animal estaba herido de muerte. Lanzaba gemidos lastimeros; su respiración silbaba; su cola ya solo se agitaba débilmente, y su trompa, sacando agua del charco de sangre formado por él mismo, derramaba una lluvia roja sobre los matorrales vecinos. Después, faltándole las fuerzas, cayó de rodillas, y así murió.
En ese momento, sir John Murray salió del matorral de espinas. Estaba medio desnudo. De su traje de caza no quedaban más que jirones. Pero habría pagado con su propia piel aquel triunfo de deportista.
– ¡Un animal soberbio, bosquimano! —exclamó, examinando el cadáver del elefante—, un animal soberbio, pero un poco demasiado pesado para el zurrón de un cazador.
– ¡Bueno, Su Señoría! —respondió Mokoum—. Lo despedazaremos aquí mismo y solo nos llevaremos los mejores trozos. ¡Vea usted de qué magníficos colmillos lo ha dotado la naturaleza! Pesan al menos veinticinco libras cada uno, y a cinco chelines la libra de marfil, eso hace una buena suma.
Mientras hablaba, el cazador procedía a despedazar al animal. Cortó los colmillos con su hacha, y se limitó a quitarle las patas y la trompa, que son trozos exquisitos, con los que quería agasajar a los miembros de la comisión científica. Esta operación le llevó algún tiempo, y él y su compañero no estuvieron de vuelta en el campamento antes del mediodía.
Allí, el bosquimano hizo cocer las patas del gigantesco animal al modo africano, enterrándolas en un hoyo previamente calentado como un horno mediante carbones incandescentes.
Ni que decir tiene que aquel manjar fue apreciado en su justo valor, incluso por el indiferente Palander, y que valió a sir John Murray las felicitaciones de toda la tropa de sabios.
[Nota 1] Estaciones que corresponderían a los puntos F y E de la figura del capítulo anterior.