Las aventuras del capitán Hatteras. El desierto de hielo

CAPÍTULO XXII

LAS CERCANÍAS DEL POLO

EINABA cierta incertidumbre. Nada R se descubría en aquella circunferencia con tanta limpieza trazada. Ni un punto que no fuese mar o cielo. Ni siquiera se veía flotar en la superficie de las olas un tallo de aquellas hierbas terrestres que hicieron palpitar el corazón de Cristóbal Colón cuando marchaba al descubrimiento de América.

Hatteras seguía mirando.

Por fin, a las seis de la tarde, un vapor de forma indecisa, pero sensiblemente elevado, apareció sobre el nivel del mar. Parecía un penacho de humo. El cielo estaba perfectamente puro, y, por consiguiente, aquel vapor, que desaparecía y reaparecía a cada instante, como agitado, no podía ser una nube.

Hatteras fue el primero que observó aquel fenómeno, aquel punto indeciso, aquel vapor inexplicable, y con su anteojo lo examinó sin descanso por espacio de una hora.

De repente, cierto indicio, cierta apariencia sorprendió su mirada, pues extendió los brazos hacia el horizonte gritando con entusiasmo:

– ¡Tierra! ¡Tierra!

Al oír estas palabras, todos se levantaron como movidos por un sacudimiento eléctrico.

Una especie de humo se elevaba sensiblemente encima del mar.

– ¡ La veo! ¡ La veo! –exclamó el doctor.

– Sí, es verdad, sí –balbució Johnson.

– Es una nube –dijo Altamont.

– ¡Tierra! ¡Tierra! –respondió Hatteras con una convicción inquebrantable.

Los cinco navegantes examinaron con la mayor atención.

Pero, como sucede con frecuencia con los objetos cuya distancia vuelve imprecisos, parecía que el punto observado había desaparecido.

En fin, las miradas se apoderaron de él nuevamente, y el doctor hasta creyó sorprender un resplandor rápido a veinte o veinticinco millas hacia el Norte.

– ¡Es un volcán! –exclamó.

– ¿Un volcán? –preguntó Altamont.

– Sin duda.

– ¿En una latitud tan elevada?

– ¿Por qué no? –repuso el doctor–. ¿No es acaso Islandia una tierra volcánica y hasta pudiéramos decir formada de volcanes?

– ¡Sí! Islandia –repuso el americano–. ¿Pero tan cerca del Polo?

– ¿Y qué? Nuestro ilustre compatriota, el comodoro James Ross, ¿no comprobó en el continente austral la existencia del Erebus y del Terror, dos montes ignívomos en plena actividad a los 170° de longitud y 78 de latitud? ¿Por qué, pues, no han de poder existir volcanes en el Polo Norte?

– Es posible, en efecto –respondió Altamont.

– ¡Ah! –exclamó el doctor–. Lo veo muy distintamente: ¡es un volcán!

– Pues bien –dijo Hatteras–, corramos hacia él. –Empezamos a tener viento de proa –dijo Johnson.

– Toquemos, pues, el aparejo y naveguemos de vuelta a vuelta. Ciñamos el viento todo lo posible.

Pero esta maniobra dio por resultado alejar la falúa del punto observado, y las miradas más atentas no pudieron divisarlo de nuevo.

Sin embargo, no era posible dudar de la proximidad de la costa, y aquella costa era el objeto del viaje entero, entrevisto, ya que no alcanzado, y no habían de pasar veinticuatro horas sin que aquella nueva tierra fuese pisada por un pie humano. La Providencia, después de haber permitido a los viajeros acercarse tanto al Polo, no impediría que a él llegasen.

Eso, no obstante, en aquellas circunstancias, nadie manifestó la alegría que debía producir semejante descubrimiento. Cada cual se encerraba en si mismo y se preguntaba lo que podía ser aquella tierra del Polo. Los animales huían, al parecer, de ella; al llegar la noche, las aves, en lugar de buscar en ella un refugio, volaban hacia el Sur con toda la fuerza de sus alas. ¿Tan inhospitalaria era, pues, aquella tierra que ni una gaviota o un ptarmigan podían encontrar en ella asilo? Los mismos peces, los grandes cetáceos abandonaban con rapidez aquella costa atravesando las transparentes aguas. ¿De dónde procedía aquel sentimiento de repulsión, ya que no de terror, común a todos los seres animados que habitaban aquella parte del globo?

Los navegantes habían experimentado la impresión general, se dejaban llevar de los sentimientos de su situación, y poco a poco sintieron todos ellos que el sueño pesaba en sus párpados.

¡Tocó a Hatteras estar de vigilante! Se puso al timón, en tanto que Altamont, Johnson y Bell, tendidos sobre los bancos, se durmieron uno tras otro, y se abismaron en el mundo de los sueños.

Hatteras hizo para resistir el sueño esfuerzos desesperados. No quería perder un instante de aquel tiempo precioso; pero el pesado movimiento de la falúa le mecía insensiblemente, y cayó a pesar suyo en una irresistible somnolencia. La embarcación apenas se movía, no llegando el viento a hinchar su vela desplegada. A lo lejos, hacia el Oeste, algunos témpanos inmóviles reflejaban los rayos luminosos y formaban manchas incandescentes en pleno Océano. Hatteras empezó a soñar. Su raudo pensamiento recorrió toda su existencia. Remontó el camino de su vida con aquella velocidad propia de los sueños, que ningún sabio ha podido aún calcular; rememoró sus días pasados; volvió a ver su invernada, la bahía Victoria, el Fuerte Providencia, la Casa del Doctor, el encuentro del americano sepultado en el hielo.

Entonces retrocedió más lejos aún en el pasado. Soñó con su buque, con el Forward incendiado, con sus compañeros, con los traidores que le habían abandonado. ¿Qué era de ellos?

Pensó en Shandon, en Wall, en el brutal Pen.

¿Dónde estaban? ¿Habían podido ganar el mar de Baffin atravesando los hielos?

Después su imaginación de soñador se cernió aún más arriba y se encontró a su salida de Inglaterra, y se refirió a sus viajes anteriores, a sus tentativas abortadas, a sus desgracias.

Entonces olvidó su situación presente, su próximo triunfo, sus esperanzas medio realizadas. Su sueño le arrojó desde la alegría a la angustia.

Así pasó dos horas. Después su pensamiento tomó un nuevo curso, y le recondujo al Polo. Se vio al fin con un pie puesto en aquel continente inglés, desplegando el pabellón del Reino Unido.

Y mientras soñaba, una nube enorme de color aceitunado, ganaba el horizonte y oscurecía el Océano.

Nadie puede figurarse la fulminante rapidez con que los huracanes invaden los mares árticos. Los vapores engendrados en las comarcas ecuatoriales se condensan encima de los inmensos hielos del Norte, y llaman con una violencia irresistible torrentes de aire para que les reemplacen. Así se puede explicar la energía de las tempestades boreales.

Al primer choque del viento el capitán y sus compañeros se habían arrancado de los brazos del sueño, dispuestos a maniobrar.

Henchían el mar erguidas olas de base poco desenvuelta. La falúa traqueteada por un violento oleaje, se abismaba en profundas simas, oscilaba sobre el lomo de una ola, inclinándose en ángulos de más de cuarenta y cinco grados.

Hatteras había vuelto a coger con mano firme la caña del timón que giraba con ruido alrededor del gobernalle, y algunas veces, empujada violentamente por una declinación del rumbo, le rechazaba y encorvaba a pesar suyo.

Johnson y Bell se ocupaban sin descanso en echar fuera de la chalupa el agua que introducía la marejada.

– He aquí una tempestad con la cual no contábamos –dijo Altamont agarrándose a su banco.

– Aquí es preciso contar con todo – respondió el doctor.

Estas palabras se cruzaban entre los silbidos del viento y los bramidos de las olas, reducidas por la violencia del aire a un impalpable polvo líquido. El estrépito era tal, que era casi imposible oírse unos a otros.

Era difícil mantener el rumbo hacia el Norte. La densa oscuridad no dejaba entrever el mar más allá de algunas toesas, y había desaparecido todo punto de mira.

Aquella tempestad súbita, en el momento de ir a alcanzar el objetivo, parecía una severa advertencia, y se presentaba a los ánimos sobreexcitados como una prohibición de ir más lejos. ¿La naturaleza quería que el Polo fuese inaccesible? ¿Estaba aquel punto del globo rodeado de una fortificación de huracanes y borrascas que no permitían acercarse a él?

Sin embargo, al ver el semblante enérgico de aquellos hombres, se comprendía que no cederían ni al viento ni a las olas, y que irían a su objeto.

Así lucharon durante todo el día, desafiando la muerte a cada instante, sin ganar nada hacia el Norte, pero sin perder tampoco nada, envueltos en una lluvia tibia y mojados por las olas con que la tempestad abofeteaba su rostro.

Algunas veces con los silbidos del aire se mez-claban siniestros gritos de aves.

Pero a cosa de las seis de la tarde, en medio de una recrudescencia del furor de las olas, vino una calma súbita. El viento cesó como por un milagro. El mar se presentó tranquilo y llano, como si las olas no le hubieran henchido por espacio de doce horas. Parecía que el huracán había respetado aquella parte del Océano polar.

¿Qué pasaba, pues? Un fenómeno extraordinario, inexplicable, y del cual va el capitán Sabine había sido testigo en el curso de sus viajes a los mares groenlandeses.

La niebla, sin disiparse, se había vuelto extrañamente luminosa.

La falúa navegaba en una zona de luz eléctrica, en un inmenso fuego de San Telmo que, sin dar calor, resplandecía. El mástil, la vela, la jarcia se destacaban en el fondo fosforescente del cielo con una incomprensible nitidez de perfiles, los navegantes estaban como sumergidos en un baño de rayos transparentes, y reflejos inflamados enrojecían sus facciones.

La calma repentina de aquella porción del Océano procedía sin duda del movimiento ascendente de las columnas de aire, en tanto que la tempestad, perteneciente al género de los ciclones, giraba con rapidez alrededor de aquel centro pacífico.

Pero aquella atmósfera de fuego engendró un pensamiento en la mente de Hatteras.

– ¡ El volcán! –exclamó.

– ¿Es posible? –exclamó Bell.

– ¡No! ¡No! –respondió el doctor–. Nos ahogaríamos si sus llamas llegasen hasta nosotros.

– Acaso –dijo Altamont– sea un reflejo en la niebla.

– Tampoco. Para eso sería preciso admitir que nos hallamos cerca de la tierra, en cuyo caso oiríamos los estampidos de la erupción.

– ¿Pero entonces...? –preguntó el capitán.

– Es un fenómeno cósmico –respondió el doctor–, fenómeno poco observado hasta ahora.

Si continuamos nuestra marcha, no tardaremos en salir de esta esfera luminosa para volver a encontrar la oscuridad y la borrasca.

– ¡ Como quiera que sea, adelante! – respondió Hatteras.

– ¡Adelante! –exclamaron sus compañeros que no pensaron siquiera en tomar aliento en aquel mar tranquilo.

La vela, con sus pliegues de fuego, caía a lo largo del palo centelleante. Los remos se hundieron en las ardientes olas, y levantaban, al parecer, chorros de centellas formadas de gotas de agua vivamente iluminadas.

Hatteras, con la brújula en la mano volvió a tomar el camino del Norte. Poco a poco la niebla perdió su luz, luego su transparencia; el viento hizo oír sus rugidos a algunas toesas, y muy pronto la falúa, inclinándose a impulsos de una violenta ráfaga, entró de nuevo en la zona de las tempestades.

Afortunadamente, el huracán había caído algo hacia el Sur, y la embarcación pudo navegar viento en popa en dirección al Polo, corriendo gran peligro de zozobrar, pero precipitándose con una velocidad insensata. Un escollo cualquiera, roca o témpano, podía a cada instante salir de las olas y hacerla irremisiblemente pedazos.

Sin embargo, ni uno solo de aquellos hombres se permitía la menor objeción, ni uno solo dejaba oír la voz de la prudencia. Estaban todos dominados por el vértigo del peligro. Les acosaba la sed de lo desconocido. Así iban, no ciegos, sino cegados, pareciéndoles la espantosa rapidez de su marcha demasiado lenta para su impaciencia. Hatteras mantenía la proa en su imperturbable dirección, en medio de las olas que echaban espuma bajo el látigo de la tempestad.

Se dejaba sentir, no obstante, la aproximación de la costa. Había en el aire síntomas extraños. De repente, la niebla se hendió como una cortina destrozada por el viento, y durante un espacio de tiempo, que no duró más que un relámpago de llamas que subía al cielo.

– ¡ El volcán! ¡ El volcán!

Tal fue la palabra que se escapó de todos los labios; pero la fantástica visión había desaparecido, y el viento, saltando al Sudeste, cogió a la embarcación de lado, y la obligó a huir de nuevo de aquella tierra inaccesible.

– ¡Maldición! –exclamó Hatteras, entablando el trinquete–. ¡ Estábamos a tres millas de la costa!Hatteras no podía sobreponerse a la violencia de la tempestad, pero, sin ceder a ella, torció ciñendo el viento, que se desencadenaba con un furor indescriptible. A veces la falúa se inclinaba sobre un costado de tal manera que era de temer que su quilla se sumergiese enteramente. Sin embargo, se levantaba de nuevo bajo la acción del gobernalle, como un caballo cuyos corvejones se doblan y a quien su jinete obliga a levantarse con la brida y las espuelas.

Hatteras, desgreñado, con la mano aferrada a la caña del timón, parecía ser el alma de aquella barca y no formar con ella más que un solo cuerpo, como el hombre y el caballo del tiempo de los centauros.

De repente, se ofreció a sus miradas un espectáculo espantoso.

A menos de 10 toesas, un témpano se balanceaba sobre el lomo palpitante de las olas.

Bajaba y subía como la falúa, y amenazaba con caer encima de ella, cuando sólo con tocarla la hubiera aplastado.

Pero con aquel peligro de precipitarla en el abismo, se presentaba otro no menos terrible, porque aquel témpano gigantesco, corriendo al azar, estaba cargado de osos blancos, apiñados unos contra otros y locos de terror.

– ¡Osos! ¡Osos! –exclamó Bell con voz ahogada.Y todos, aterrorizados, vieron lo que él veía.

El témpano declinaba de una manera espantosa, sin orden ni concierto. Algunas veces se inclinaba en ángulos tan agudos, que los animales rodaban mezclados los unos con los otros. Entonces, lanzaban mugidos que luchaban con el estrépito de la tempestad, y un formidable concierto salió de aquella flotante casa de fieras.

Si llegaba a desplomarse aquella almadía de hielo, los osos se precipitarían contra la embarcación intentando el abordaje.

Durante un cuarto de hora, largo como un siglo, el barquichuelo y el témpano navegaron de conserva, tan pronto a la distancia de 20 toesas como próximos a chocar; algunas veces el uno dominaba al otro, y los monstruos no habrían tenido que hacer más que dejarse caer.

Los perros groenlandeses temblaban de espanto. Duck permanecía inmóvil.

Hatteras y sus compañeros estaban mudos.

Ni siquiera se les ocurrió la idea de virar para separarse de aquel terrible vecindario, y se mantenían en su camino con un rigor inflexible.

Un sentimiento vago, que más tenía de asombro que de terror, se apoderaba de su cerebro. Admiraban, y aquel aterrador espectáculo completaba la lucha de los elementos.

En fin, el témpano se alejó poco a poco, impelido por el viento, al cual la falúa resistía con su trinquete entablado, y desapareció en medio de la niebla, indicando de cuando en cuando su presencia los mugidos lejanos de su tripulación monstruosa.

En aquel momento arreció la tempestad.

Hubo un desencadenamiento sin nombre de las ondas atmosféricas. La embarcación, levantada fuera de las oías, empezó a dar vueltas con una velocidad vertiginosa; su trinquete arrancado desapareció entre las sombras como una gran ave blanca; un agujero circular, un nuevo Maelstroem se formó en el remolino de las olas, y los navegantes, envueltos en aquel torbellino, corrieron con una rapidez tal, que sus líneas de agua les parecían inmóviles, a pesar de su velocidad incalculable. Se hundían poco a poco. En el fondo del abismo había una aspiración poderosa, una succión irresistible, que les atraía y engullía vivos.

Los cinco se habían levantado. Miraban con una mirada extraviada. Se había apoderado de ellos A vértigo. Llevaban en su interior el sentimiento indefinible del abismo.

Pero de pronto Ja falúa se levantó perpendicularmente. Su proa dominó las líneas del torbellino; la velocidad de que estaba dotada la echó fuera del centro de atracción, y escapándose por la tangente de aquella circunferencia que daba más de mil vueltas en un segundo, fue arrojada fuera con la velocidad de una bala de cañón.

Altamont, el doctor, Johnson y Bell fueron derribados en sus bancos. Cuando se levantaron, Hatteras había desaparecido.

Depesza

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