Las aventuras del capitán Hatteras. El desierto de hielo

CAPÍTULO XXI

EL MAR LIBRE

L día siguiente por la mañana, Johnson A y Bell procedieron al embarque de los efectos de campamento. A las ocho, los preparativos de marcha estaban terminados. En el momento de dejar aquella costa, el doctor empezó a pensar en los viajeros cuyas huellas se habían encontrado, incidente que no dejaba de preocuparle.

¿Querían aquellos hombres ganar el Polo Norte? ¿Tenían a su disposición algún medio de pasar el océano polar? ¿Se les volvería a encontrar en aquel camino nuevo?

En tres días ningún vestigio había descubierto la presencia de aquellos viajeros, y en verdad que cualesquiera que ellos fuesen, no debían haber llegado a Puerto Altamont, que era un lugar enteramente virgen aún de pasos humanos.

El doctor, sin embargo, perseguido por sus pensamientos, quiso echar al país la última ojeada, y se encaramó a una eminencia que tendría todo lo más cien pies de elevación, pudiendo desde ella recorrer su mirada todo el horizonte del Sur.

Llegado a la cima, miró con el anteojo. ¡Pero cuál fue su sorpresa al notar que nada veía, no ya a lo lejos en las llanuras, sino aun a la distancia de dos pasos! Esto le pareció muy singular, examinó de nuevo, y, al fin, miró su anteojo... Le faltaba el objetivo.

– ¡ El objetivo! –exclamó.

Se comprende la revelación súbita que se hacía en su mente. Dio un grito bastante fuerte para que sus compañeros le oyesen, y la curiosidad de éstos fue grande viéndole a toda prisa bajar de la colina.

– ¿Qué sucede? –preguntó Johnson.

El doctor, sofocado, no pudo en un principio pronunciar una palabra; pero al fin dejó oír las siguientes:

– Las huellas... Los pasos... El destacamento... –¿Y qué? –preguntó Hatteras–. ¿Extranjeros aquí?

– ¡No...! ¡No...! –respondió el doctor–. El objetivo.... Mi objetivo...

Y mostraba su incompleto anteojo.

– ¡Ah! –exclamó el americano–. ¿Habéis perdido...?

– ¡Sí!

– Así, pues, aquellas huellas...

– ¡Eran las nuestras, amigos, las nuestras! – exclamó el doctor–. ¡Nos hemos extraviado en la niebla, describimos un círculo y tropezamos con nuestros propios pasos!

– ¿Pero aquella impresión de zapatos? –dijo Hatteras.

– Los zapatos de Bell, del mismo Bell, el cual, después de haber hecho pedazos sus snow-shoes, anduvo todo el día con zapatos por encima de la nieve.

– Es verdad –dijo Bell.

Yel error fue tan evidente que todos soltaron una carcajada, a excepción de Hatteras, el cual no era, sin embargo, el que menos se alegraba del descubrimiento.

– Nos hemos puesto bien en ridículo – repuso el doctor, cuando la hilaridad se hubo calmado–. ¡Qué suposiciones hemos hecho!

¡Extranjeros en esta costa! ¡Al diablo no se le ocurre semejante disparate! Decididamente, aquí es necesario reflexionar antes de hablar.

En fin, puesto que respecto del particular podemos estar tranquilos, no nos queda que hacer más que partir.

– ¡En marcha! –dijo Hatteras.

Un cuarto de hora después, cada cual ocupaba su respectivo asiento en la falúa, y ésta, con su trinquete desplegado e izado su foque, zarpó rápidamente de Puerto Altamont.

Aquella travesía marítima empezaba el miércoles, 10 de julio. Los navegantes se hallaban a una distancia muy corta del Polo, exactamente a 175 millas, y habiendo una tierra situada en aquel punto del globo, la navegación por mar debía de ser muy breve.

El viento era escaso, pero favorable. El termómetro marcaba 50° sobre cero (+ 10° centígrados). Hacía, en realidad, calor.

La falúa no había sufrido nada en su viaje en el trineo. Se hallaba en perfecto estado, y se manejaba fácilmente. Johnson estaba en el timón, y el doctor, Bell y el americano se habían recostado lo mejor posible entre los efectos de viaje, de los cuales algunos había sobre cubierta y otros debajo.

Hatteras, colocado en la proa, tenía fija la mirada en aquel punto misterioso hacia el cual se sentía atraído por una fuerza irresistible, como la aguja imantada hacia el polo magnético. En el caso de presentarse alguna costa, quería ser el primero en reconocerla. Tan grande honor le pertenecía realmente.

Notaba, además, que la superficie del océano polar estaba formada de olas pequeñas, tales como se producen en los mares encajonados. En esto veía el indicio de una tierra próxima, y el doctor participaba acerca del particular de su opinión.

Fácil es comprender los motivos que tenía Hatteras para desear con tanto afán encontrar un continente en el Polo Norte. ¡Qué tristeza se hubiera apoderado de él si hubiese visto el mar incierto extenderse allí donde una porción de tierra, por pequeña que fuese, era necesaria a sus proyectos! ¿Cómo dar un nombre especial a un espacio de océano indeterminado? ¿Cómo enarbolar en pleno mar el pabellón de su país?

¿Cómo tomar posesión en nombre de Su Graciosa Majestad de una parte del elemento líquido? Así es que, sin pestañear y con la brújula en la mano, Hatteras devoraba el Norte con sus miradas.

Nada, sin embargo, limitaba la extensión del mar polar hasta la línea del horizonte. Sus aguas se confundían con el cielo puro de aquellas zonas. Algunas montañas de hielo, huyendo por los lados, querían al parecer abrir paso a aquellos intrépidos navegantes.

El aspecto de aquella región ofrecía caracteres irregularísimos. ¿Dependía aquella impresión de la disposición de ánimo de viajeros muy conmovidos e hipernerviosos? Difícil es decirlo. El doctor, sin embargo, en sus notas diarias pinta aquella fisonomía extraña del océano; habla de ella como habla Penny, según el cual, «aquellas comarcas ofrecen al viajero el más raro contraste de un mar animado por millones de criaturas vivientes».

La llanura líquida, matizada de una manera vaga, se mostraba muy transparente y estaba dotada de un increíble poder de dispersión, como si hubiese estado formada de carburo de azufre. Aquella diafanidad permitía registrar el mar con la mirada hasta profundidades inconmensurables. Parecía que el mar polar estaba alumbrado por debajo a la manera de un inmenso acuario. Algún fenómeno eléctrico, producido en el fondo de los mares, iluminaba sin duda las capas más remotas. Así es que la falúa parecía suspendida sobre un abismo sin fondo.

Sobre la superficie de aquellas aguas asombrosas, volaban las aves en numerosas bandadas, semejantes a nubes densas y preñadas de tempestades. Aves de paso, aves de río, aves nadadoras, ofrecían en su conjunto todo el muestrario de la gran familia acuática, desde el albatros, tan común en las comarcas australes, hasta el pingüino de los mares árticos, pero en proporciones gigantescas. Sus gritos producían un ensordecimiento continuo. El doctor, considerándolas, perdía su ciencia de naturalista; se le escapaban de la memoria los nombres de aquellas especies prodigiosas, y se sorprendía hasta el punto de bajar la cabeza, cuando sus alas azotaban el aire con un poder indescriptible. Algunos de aquellos monstruos aéreos desplegaban hasta veinte pies de envergadura;

cubrían enteramente la falúa bajo sus alas, y había allí, por legiones, aves cuya nomenclatura no apareció jamás en el Index Ornitrologus de Londres.

El doctor estaba aturdido al reconocer la ineficacia de su ciencia.

Después, cuando su mirada, dejando las maravillas del cielo, se deslizaba por la superficie de aquel océano tranquilo, encontraba producciones del reino animal no menos asombrosas, y, entre otras, medusas que tenían hasta treinta pies de longitud, servían para la alimentación general de la muchedumbre aérea, y flotaban como verdaderos islotes en medio de algas y de fucos gigantescos. ¡Qué objeto de asombro! ¡Qué diferencia entre ellas y aquellas otras medusas microscópicas observadas por Scoresby en los mares de Groenlandia, cuyo número evaluó aquel navegante en veintitrés trillones ochocientos ochenta y ocho billones, novecientos mil millones en un espacio de dos millas cuadradas! (11).

En fin, cuando, más allá de la superficie líquida, la mirada se abismaba en las aguas transparentes, no era menos sobrenatural el espectáculo que ofrecía aquel elemento surcado por millares de peces de todas las especies, que tan pronto se hundían rápidamente en lo más profundo del abismo, y se les veía disminuir 11 A fin de hacer asequible la Indicada cifra, Scoresby decía que 50.000 individuos, ocupados noche y día en contar, hubiesen tardado en llegar a esta cifra desde el día de la creación del mundo hasta el momento actual.

poco a poco, decrecer, borrarse a la manera de espectros fantasmagóricos, como dejaban las profundidades del océano, y subían creciendo a la superficie de las olas. Los monstruos marinos no se asustaban en lo más mínimo al ver la falúa; la acariciaban, al pasar, con sus enormes aletas, y allí donde los balleneros de oficio se hubieran con mucha razón amilanado, los navegantes no tenían siquiera la conciencia de que estaban corriendo algún peligro; y, sin embargo, algunos de aquellos habitantes del mar alcanzaban formidables proporciones.

Las vacas marinas jóvenes retozaban; el narval, fantástico como el unicornio, armado de su larga espada, estrecha y cónica, instrumento maravilloso que le sirve para aserrar los campos de hielo, perseguía a los cetáceos más tímidos; innumerables ballenas, que arrojaban por sus espiráculos columnas de agua y de mucílago, poblaban el aire de silbidos muy singulares;

el nord-caper, de suelta cola y anchas aletas caudales, hendía las olas con una velocidad inconmensurable, nutriéndose de paso a expensas de animales tan rápidos como él, de gados y de sarghos, en tanto que la ballena blanca, más perezosa, se engullía pacíficamente moluscos tranquilos e indolentes como ella.

A mayor profundidad, los ballenópteros de hocico puntiagudo, los anarnarcos groenlandeses, prolongados y negruzcos, los cachalotes gigantescos, especie difundida en el seno de todos los mares, nadaban en medio de bancas de ámbar gris, en que se daban batallas homéricas que enrojecían el Océano en una superficie de muchas millas, y los fisalos cilíndricos, y el voluminoso tegusik del Labrador, y los delfines de aleta dorsal en forma de sable, y toda la familia de focas y de morsas, los perros, los caballos, los osos marinos, los leones, los elefantes de mar estaban al parecer paciendo en las húmedas praderas del océano. El doctor contemplaba aquellos innumerables animales con tanta facilidad como se pueden contemplar los crustáceos y los peces al trasluz de los depósitos de cristal del Zoological Garden.

¡Qué belleza, qué variedad, qué poder en la naturaleza! ¡Cuan extraño y prestigioso parecía todo en el seno de aquellas regiones circumpolares!La atmósfera adquiría una pureza sobrenatural; hubiérase dicho que estaba sobrecargada de oxígeno; los navegantes absorbían con afán aquel aire que les daba una vida más ardiente;

sin darse cuenta del resultado, eran presa de una verdadera combustión de que no es posible dar una más remota idea; sus funciones afectivas, digestivas y respiratorias se ejercían con una energía sobrehumana; las ideas, sobreexcitadas en su cerebro, se desenvolvían hasta lo grandioso: vivían en una hora la vida de un día entero.

En medio de tantos asombros y maravillas, la falúa avanzaba pacíficamente al blando soplo de un viento moderado que los grandes albatros activaban algunas veces con sus extensas alas. A la caída de la tarde, Hatteras y sus compañeros perdieron de vista la costa de Nueva América. Las horas de la noche sonaban para las zonas templadas lo mismo que para las equinocciales; pero en éstas el sol, ensanchando sus espirales, trazaba un círculo rigurosamente paralelo al del Océano. La falúa, sumergida en sus rayos oblicuos, no podía dejar aquel centro luminoso que se desplazaba con ella.

Los seres animados de las regiones hiperbóreas sintieron, sin embargo, venir la noche, como si el astro luminoso se hubiese sepultado detrás del horizonte. Las aves, los peces y los cetáceos desaparecieron. ¿Dónde? ¿En lo más profundo del cielo? ¿En lo más profundo del mar? ¿Quién puede decirlo? Pero a sus gritos, a sus silbidos, el estremecimiento de las olas agitadas por la respiración de los monstruos marinos, sucedió luego la silenciosa inmovilidad; las aguas se mecieron somnolientas en una insensible ondulación y la noche recobró su pacífica influencia bajo las miradas centelleantes del sol.

Desde que zarpó de Puerto Altamont, la falúa había ganado un grado hacia el Norte, y al día siguiente nada aparecía aún en el horizonte, ni los altos picos que indican de lejos las tierras, ni los signos particulares que hacen presentir a un marino la aproximación de las islas o de los continentes.

El viento se sostenía, sin ser fuerte; el mar estaba poco picado; la muchedumbre de aves y de peces volvió a presentarse tan numerosa como la víspera, y el doctor, inclinado sobre las olas, pudo ver a los cetáceos salir de su profundo retiro, y subir poco a poco a la superficie.

Sólo algunos icebergs y témpanos diversos alteraban la inmensa monotonía del Océano.

Pero los hielos eran escasos e impotentes para oponerse a la marcha de un buque. Es de notar que la falúa se encontraba entonces a 10° encima del polo del frío, que bajo el punto de vista de los paralelos de temperatura era lo mismo que si se hubiera encontrado a 10° bajo aquél. Nada, además, tenía de particular que el mar estuviese libre en aquella época, como debía estarlo en la bahía de Disko, en el mar de Baffin. Así, pues, un buque hubiera tenido allí libertad de movimientos durante los meses de verano.

Esta observación tiene una gran importancia práctica, porque si alguna vez los balleneros pueden elevarse hasta el mar polar, ya sea por los mares del Norte de América, ya por los del Norte de Asia, están seguros de hacer allí rápidamente su cargamento, porque parece que aquella parte del Océano es el criadero universal, la reserva general de ballenas, focas y demás animales marinos.

Hacia la parte del Mediodía, la línea de agua se confundía aún con la línea del cielo, y el doctor empezaba a dudar de la existencia de un continente en aquellas latitudes elevadas.

Pero, reflexionando, se veía forzosamente inducido a creer en la existencia de un continente boreal. En los primeros días del mundo, después del enfriamiento de la costra terrestre, las aguas, formadas por la condensación de los vapores atmosféricos, debieron de obedecer a la fuerza centrífuga, lanzarse hacia las zonas ecuatoriales y abandonar las extremidades inmóviles del globo, de lo que se debe deducir la emersión necesaria de las comarcas contiguas al Polo. El doctor encontraba muy justo este razonamiento.

A Hatteras le parecía lo mismo.

Así es, que sus miradas se afanaban en taladrar las brumas del horizonte. No dejaba ni un momento el anteojo. Buscaba en el color de las aguas, en la forma de las olas, en el soplo del viento, los indicios de una tierra próxima.

Su frente se inclinaba hacia delante, y cualquiera, aunque no hubiera conocido sus pensamientos, le hubiera admirado por los enérgicos deseos y ansiosas interrogaciones que su actitud revelaba.

Depesza

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