XIII
EL ASESINATO
He aquí lo que había sucedido: Después de haber dado sus últimas instrucciones para que al rayar el día el James Cook estuviera dispuesto a zarpar, el capitán Gibson desembarcó, dirigiéndose al comptoir. Llevaba consigo los 2000 dólares en oro que debía entregar a Hamburg. Una parte de la tripulación dejó el barco inmediatamente después que él, y los hermanos Kip hacía rato que estaban de paseo por los alrededores del puerto. Cuando Gibson llegó al comptoir, uno de los empleados le entregó unos cuantos papeles. Quedaban aún dos horas de sol. El capitán conocía perfectamente el camino de la «villa», y no temió extraviarse. Una vez internado en el bosque, anduvo una media milla, y disponíase a oblicuar hacia la izquierda cuando de improviso fue violentamente arrojado a tierra. Dos hombres acababan de precipitarse sobre él, y uno de ellos le apretaba la garganta. Aturdido por el violento golpe que en el pecho recibiera, no les reconoció en el primer instante, pues se había quedado casi sin sentido. Estos dos hombres le cogieron entonces por la cabeza y los pies, trasladándolo a 500 pasos del sendero hacia el interior del bosque.
Los malhechores depositaron a su víctima en el suelo, y uno de ellos dijo:
– Es preciso rematarlo…
En este momento el capitán Gibson abrió los ojos.
– ¡Flig Balt!… ¡Vin Mod! —exclamó débilmente.
Eran, en efecto, el contramaestre y su cómplice, que al fin cometían su crimen. Vin Mod se desembarazaba de Harry Gibson con la esperanza, bastante justificada, de que Flig Balt obtendría el mando del barco.
Entonces, bajo la dirección del nuevo capitán, en lugar de poner la proa hacia Hobart Town, el bergantín se saldría de su ruta, y sin que Hawkins lo advirtiera, avanzaría hacia el este a los parajes de las islas Salomón.
Allí procurarían desembarazarse del armador, de Nat Gibson, de los hermanos Kip, y de los marineros que no quisieran asociarse a una campaña de piratería.
Lo que no había sido hecho entre Nueva Zelanda y el archipiélago Bismarck, se verificaría a la salida de Port Praslin.
Después de pronunciar los nombres de los dos asesinos, el desgraciado Gibson añadió:
– ¡Miserables!… ¡Miserables!…
Intentó levantarse, quiso defenderse; pero ¿qué podía él hacer contra aquellos dos hombres vigorosos y armados?…
– ¡Socorro! —gritó entonces.
Vin Mod se precipitó sobre él y con una mano le tapó la boca, en tanto que Flig Balt, con el puñal robado a bordo de la Wilhelmina, le hirió en mitad del pecho.
Harry Gibson lanzó un gemido; después sus ojos, desmesuradamente abiertos, se fijaron por última vez en los asesinos. La hoja del puñal había tocado al corazón, y, transcurridos breves momentos de angustia, volvió a caer: estaba muerto.
– ¡Capitán Balt, salud! —dijo Vin Mod, llevándose la mano a la gorra.
Aterrorizado el contramaestre, retrocedía ante los abiertos ojos de su víctima, que, vivamente iluminados por un rayo de sol, le miraban fijamente.
Vin Mod, que conservaba su sangre fría, registró los bolsillos del capitán, donde encontró los papeles de a bordo y el saquito con los 2000 dólares en oro.
– ¡Agradable sorpresa! —exclamó, guardándose el dinero.
Luego, dando un golpecito en la espalda del contramaestre, que continuaba inmóvil, fascinado por la mirada del muerto:
– Larguémonos —le dijo. Y dejando el cadáver en aquel lugar, donde probablemente no sería descubierto hasta después que el bergantín zarpara, los asesinos volvieron a tomar el sendero, dirigiéndose apresuradamente hacia el puerto. Un cuarto de hora después estaban en el puente del James Cook. Flig Balt se metió en su camarote. Vin Mod bajó al de la tripulación y ocultó en el fondo de su saco los papeles del capitán Gibson, el oro robado y el puñal que había servido para cometer el asesinato. Media hora después volvieron a bordo Karl y Pieter Kip, que fueron a sentarse a popa, esperando el regreso de los invitados de Hamburg. Cuando el miserable Vin Mod volvió al puente, aparentaba una gran alegría, y se puso a charlar con los marineros Hobbes y Wickley, que no habían bajado a tierra. Al día siguiente un empleado de una factoría que atravesaba el bosque descubrió, por casualidad, el cadáver del capitán Gibson. Fue corriendo a dar cuenta del fúnebre hallazgo, y la noticia se esparció rápidamente por el puerto. Al conocer su desgracia, Nat Gibson fue acometido de un ataque de locura. Ya sabemos qué profundo afecto se profesaban el padre y el hijo. Hawkins, trastornado por el terrible e inesperado golpe, no podía atender al desventurado huérfano. Tuvieron los hermanos Kip que trasladarlo a su camarote, donde al fin recobró el conocimiento. Los dos daban muestras del más vivo sentimiento y de la más profunda indignación. La tripulación estaba aterrada. Jim lloraba a lágrima viva. Hobbes, Wickley y Burnes no querían creer en la muerte de su capitán. Flig Balt y Vin Mod se deshacían en violentas amenazas contra el matador. Solamente los enrolados en Dunedin mostraron una completa indiferencia. Len Cannon y los otros habían decidido desembarcar aquel mismo día, lo que hubiera comprometido e impedido tal vez la partida del bergantín. Pero, desaparecido el capitán Gibson, sus proyectos se modificaban. Varias veces había dirigido Len Cannon a Vin Mod una mirada interrogadora. Pero el asesino volvía siempre la cabeza, afectando no comprenderle. Cuando Nat Gibson hubo vuelto en sí, lanzose fuera del camarote.
– ¡Mi padre! —exclamó con desesperación—. ¡Quiero ver a mi padre!… Karl Kip trató de retenerle. El joven le rechazó, precipitándose en el puente. Hamburg, que se había apresurado a volver a bordo tan pronto como tuvo noticia del asesinato, llegaba al James Cook en el momento que Nat se disponía a desembarcar.
– Le acompaño a usted —le dijo. Eran las ocho de la mañana. Hamburg, Zieger, Hawkins y Kip y algunos empleados de la factoría, que rodeaban al huérfano, se dirigieron a través del bosque hacia el lugar del crimen. No tardaron en llegar más que unos diez minutos. El cuerpo estaba en la misma disposición en que le dejaran los asesinos: tendido en el suelo, los ojos desmesuradamente abiertos, como si la vida no le hubiese abandonado todavía. Nat Gibson se arrodilló junto al cadáver de su padre. Le besaba, le llamaba desesperadamente; llamaba también a su madre… Cuando la pobre señora conociese la desgracia, ¿podría sobrevivir a su querido esposo?… Hamburg, a quien incumbía el cuidado de las pesquisas para el descubrimiento del autor del crimen, examinó con gran cuidado las huellas en la hierba, y creyó reconocer por recientes señales que habían sido dos los asesinos. Luego, desabrochando el chaleco y la camisa del pobre Gibson, comprobó que la muerte había sido producida por una hoja dentada, y que la herida, mortal de necesidad, había sangrado muy poco. En cuanto a los papeles y al dinero, habían desaparecido. Parecía, pues, que el móvil del crimen era el robo. Pero ¿quién lo había cometido? ¿Algún colono de Kerawara? No parecía probable… ¿Habían sido indígenas los autores del crimen?… Lo que es capacidad para ello nadie se la negaría. Pero ¿cómo y dónde descubrir a los asesinos?… Realizada la fechoría, habrían abandonado inmediatamente Kerawara, dirigiéndose en una piragua a la isla de York. En unas cuantas horas habían podido ponerse al abrigo de toda persecución. Lo probable era que el crimen quedase impune, como tantos otros cometidos en estos parajes. Lo primero que había de hacerse era trasladar el cadáver a la factoría. Hamburg había mandado llevar unas parihuelas, sobre las cuales se depositó el muerto. Luego el fúnebre cortejo, Nat Gibson del brazo de Hawkins, tomó el camino del puerto. El cadáver fue colocado en una habitación del comptoir, en espera de que el gobernador concluyese su información judicial. El entierro se verificaría al día siguiente, pues la descomposición se opera con gran rapidez bajo el abrasador clima de los trópicos. El misionero, que se hallaba entonces en Kerawara, rezó las preces junto al cadáver. Zieger llevó a bordo al inconsolable Nat, que, en un alarmante estado de postración, permaneció echado en su camarote. Entretanto Hamburg no cesaba de trabajar en el descubrimiento del crimen. Cuando el armador y Zieger se reunieron con él en la factoría, hablaron del asunto, y al preguntarle su parecer acerca de quiénes podían ser los autores del crimen:
– Los indígenas seguramente —contestó el gobernador de la colonia.
– ¿Para robar al pobre Gibson? —preguntó el armador.
– Sí… Indudablemente ellos supieron que llevaba consigo una suma considerable; le espiaron, le siguieron por el bosque y le atacaron de improviso para desvalijarle…
– Pero ¿cómo descubrirles? —dijo Zieger.
– Eso será casi imposible —declaró el gobernador—. ¿En qué indicios vamos a basarnos para encaminar las pesquisas? ¿Qué pista vamos a seguir?…
– Podemos hacer una cosa: fotografiar la herida hecha por el arma del asesino, y si tuviéramos la suerte de encontrarla tal vez descubriésemos a quién pertenece.
– Tiene usted razón —contestó el gobernador—, y si le parece al señor Hawkins, procederemos a la operación.
– Sí, sí —aprobó el armador, a quien la emoción apenas dejaba hablar—. ¡Que el espantoso crimen no pueda quedar impune!… Zieger fue a bordo en busca del aparato. Se puso de nuevo al descubierto el pecho del capitán, haciendo un minucioso examen de la herida. No medía más que una media pulgada de anchura y uno de los bordes ofrecía una marca, como si la piel hubiese sido aserrada. Y entonces dijo Hamburg.
– Ya lo ven ustedes, el crimen se ha cometido con un arma indígena, unos de esos kriss malayos con hoja dentada de los que usan los naturales. Se obtuvieron dos clichés perfectísimos. El uno reproducía el pecho de Harry Gibson, el otro su cabeza. Hawkins le cerró los ojos, que aún tenía abiertos. Se convino en que las fotografías quedasen en poder de Hamburg, porque pudieran serle útiles para sus pesquisas. Los clichés los guardó el armador para poder sacar nuevas pruebas. La imagen de su desgraciado amigo asesinado en Kerawara la llevaría a su pueblo natal. Fue necesario meter el cadáver en el féretro. Las exequias serían a la mañana siguiente. Se escogió un lugar en el reducido cementerio de Kerawara, y procediose a cavar la fosa destinada a recibir el cuerpo del desgraciado capitán. Aquella triste jornada acabó en medio de la desolación general. Llegó la noche, que Nat Gibson pasó sin poder conciliar el sueño un instante, ahogado por los sollozos. Al día siguiente toda la población inglesa y alemana asistió a los funerales. El pabellón del James Cook ondeaba a media asta; los otros barcos también pusieron el suyo a media asta en señal de duelo. El féretro, cubierto con la bandera nacional, fue conducido a hombros por cuatro marineros del bergantín. Nat Gibson, el gobernador, Hawkins y Zieger marchaban detrás, seguidos de Flig Balt y del resto de la tripulación, a la que se habían unido los marineros de otros barcos. El misionero anglicano iba delante del cadáver recitando las preces litúrgicas. El fúnebre cortejo llegó al cementerio, y allí, ante la tumba, el gobernador de la colonia pronunció algunas palabras en recuerdo del capitán Gibson.
El dolor de Nat movía a compasión. A duras penas podía sostenerle el armador. El joven quiso abrazarse una vez más al ataúd que guardaba el cuerpo inanimado de su padre, que al fin bajó al fondo de la fosa, sobre la cual Hamburg hizo colocar una cruz de madera con esta inscripción:
AL CAPITÁN HARRY GIBSON
DE HOBART TOWN
ASESINADO EL 2 DE DICIEMBRE DE 1885.
Su hijo, sus amigos, su tripulación y la población de Kerawara.
¡Dios acoja su alma!
Las pesquisas del gobernador no dieron resultado alguno. Los asesinos se habrían refugiado seguramente entre las tribus de York. En estas condiciones era imposible descubrirles, pues las piraguas indígenas circulan día y noche entre el islote y la isla.
¿Se encontraría el arma homicida? ¿Aparecería su dueño?… Sólo el azar podía despejar estas incógnitas.
El bergantín no tenía ya nada que hacer en Kerawara. La mañana en que se descubrió el cadáver estaba ya dispuesto para hacerse a la mar de regreso a Port Praslin.
Así es que, de acuerdo con Zieger, el armador llamó al contramaestre, y le dijo:
– Flig Balt, el James Cook ha perdido a su capitán…
– Y es una gran desgracia —contestó Flig Balt, cuya voz hacía temblar una emoción que no era la del dolor.
– Sé —continuó Hawkins— que mi desgraciado amigo tenía en usted mucha confianza, y yo estoy dispuesto a seguir dispensándosela.
El contramaestre, con los ojos bajos, se inclinó sin pronunciar una palabra.
– Mañana conducirá usted a Port Praslin al James Cook. Allí concluiremos el cargamento, y en cuanto la operación esté terminada, nos haremos a la vela con rumbo a Hobart Town.
– A sus órdenes, señor Hawkins —contestó Flig Balt retirándose.
El armador había dicho que el contramaestre reemplazaría al pobre Gibson en la dirección del barco; pero no que sería el capitán. Tal vez no pensara darle oficialmente el título, y encontrara suficiente que llenase las funciones de tal durante la travesía del archipiélago Bismarck a Tasmania.
El contramaestre se había hecho cargo de ello, y comunicó sus recelos a Vin Mod momentos después.
– ¡Eh! ¿Qué importa? —le dijo el marinero—. Llevemos primero el bergantín a Port Praslin… Que sea usted enseguida el capitán o el segundo, es todo uno, señor Balt… Cuando estemos en posesión del barco, seremos nosotros quienes le nombremos capitán; y que me cuelguen alto y corto si este nombramiento no vale más que el del armador. Por otra parte, Len Cannon y sus compañeros, si no sabían a ciencia cierta que Flig Balt y Vin Mod eran los asesinos del capitán, estaban seguros de que el bergantín no iría ya a Hobart Town, y no volvieron a hablar de abandonarlo. El día 5 de diciembre Hawkins se despidió del gobernador. Hamburg estrechó entre sus brazos a Nat, prometiéndole hacer todo lo posible para descubrir a los asesinos de su padre. Si lo conseguía, la justicia alemana no tendría piedad para ellos, y pagarían con la cabeza tan abominable crimen. Luego los pasajeros del James Cook y el gobernador de Kerawara se dieron un apretón de manos. La despedida fue muy triste. Los preparativos se efectuaron bajo las órdenes de Flig Balt. Una hora después, el bergantín salió de los bancos madrepóricos, y navegando al sudeste perdió de vista el cabo Barard, la punta más avanzada de la isla de York, con la proa hacia la entrada del canal de San Jorge. La travesía no era más que de veinticuatro horas. El viento era favorable, y no hubo necesidad de hacer maniobras, ni siquiera cambiar las amuras. De suerte que en esta corta travesía no pudo apreciarse si Flig Balt era o no un buen marino. Para juzgarlo era preciso esperar a que el bergantín fuese a Hobart Town. El contramaestre no ocupó el camarote del capitán; continuó en el suyo, próximo al de la tripulación. Durante la noche, Len Cannon, que ardía en curiosidad, interrogó a Vin Mod, con quien estaba de cuarto. El criminal marinero le contestó bien satisfactoriamente. El James Cook no volvería más a Tasmania… Capitán o no, Flig Balt sabría separarlo de su ruta… Y una vez en los parajes de las Salomón, no sería difícil concluir con los pasajeros… ¿No habían de encontrar por allí bravos marineros, al acecho de aventuras, que se apresurarían a ayudarles?… Len Cannon y los otros no tenían, pues, motivo alguno para abandonar el James Cook, del que iban a resultar dueños.
En la mañana del día 6 de diciembre se descubrieron las alturas de Lanut. Antes de mediodía el bergantín habría echado el ancla frente al comptoir de Zieger.
Como llegó con su pabellón cubierto, comprendiose enseguida en Port Praslin que alguna desgracia había ocurrido a bordo.
¡Y cuál fue la desolación general cuando se supo cómo había muerto el desventurado capitán Gibson…!
La señora Zieger, que había acudido apresuradamente al muelle, recibió a Nat en sus brazos en el instante que desembarcaba. Los sollozos la sofocaban, y en cuanto pudo hablar, repitió con los ojos arrasados en lágrimas: ¡pobre niño… mi pobre Nat… y su pobre madre… su pobre madre!…
Nat tuvo que aceptar la hospitalidad de Wilhelmstaf, e igualmente Hawkins. Los dos volvieron a ocupar sus habitaciones, y se sentaron a la mesa de aquella hospitalaria casa, adonde el pobre Gibson no había devolver…
Zieger no quiso confiar a nadie el cuidado de embarcar las 150 toneladas de copra, complemento de la carga del bergantín.
Le ayudaron en la tarea Pieter y Karl Kip, que no dejaron el barco ni una hora.
Cuando hubieron llenado de copra la cala del barco, repartieron a proa y a popa las cajas de nácar con destino a Hobart Town. Y como antes de su viaje a Kerawara el capitán había procedido a los trabajos de limpieza y pintura, no había para qué retardar la partida.
El barco estaba listo en la tarde del 9.
Aquella noche Hawkins y Nat Gibson, acompañados de los Zieger, volvieron a bordo, a fin de que el James Cook pudiera hacerse a la mar en cuanto amaneciera.
Cuando llegaron dijo el armador a Flig Balt, que salió a recibirles:
– ¿Está todo preparado?
– Todo, señor Hawkins.
– Pues bien, Flig Balt, mañana nos haremos a la mar… Usted, que ha traído el bergantín desde Kerawara, lo conducirá desde Port Praslin a Hobart Town… Usted lo mandará de aquí en adelante…
– Muchas gracias, señor Hawkins —respondió Flig Balt, en tanto que de la tripulación escapábase un murmullo de aprobación.
El armador estrechó la mano del nuevo capitán, sin notar que temblaba al ponerse en contacto con la suya.
Los Zieger dijeron adiós al armador y a Nat, sin olvidar a los hermanos Kip, que les fueron muy simpáticos, prometiéndoles ir a pasar, lo antes posible, una temporada a Hobart Town, al lado de las dos familias.
A las cinco de la mañana el capitán Balt hizo sus preparativos, y una hora después el James Cook salía del puerto de Port Praslin.