Los hermanos Kip

XIV

INCIDENTES

La distancia entre el archipiélago Bismarck y Tasmania está calculada en 2400 millas aproximadamente. Con viento favorable, navegando a 100 millas en cada singladura, el james Cook no emplearía más de tres semanas en franquearla. El período de los vientos alisios tocaba a su fin, y bien pronto se echaría encima el monzón de los trópicos. Efectivamente, después de una calma pasajera, la brisa empezó a soplar por el oeste. El bergantín navegaba, pues, en buenas condiciones para atravesar los difíciles parajes de las Luisíadas y entrar en el mar del Coral. A bordo del James Cook los pasajeros no se entregaban a las alegres impresiones de su agradable viaje de regreso, que seguramente hubieran experimentado sin el espantoso drama de Kerawara. Cuando Nat Gibson dejaba su camarote, iba a sentarse a popa, cerca de Hawkins. No había nada que lograra sustraerle a su dolor. Se estremecía al pensar en la llegada a puerto; en su madre, que esperaría con impaciencia el James Cook; en la infeliz mujer, a quien habría que decirle que su esposo no volvía… Los hermanos Kip tenían la delicadeza de mantenerse a distancia, respetando esta aflicción, que no se había mitigado. Por otra parte, sin aparentarlo, Karl vigilaba la marcha del barco. El contramaestre no le había inspirado nunca confianza. En diversas ocasiones había tenido ocasión de apreciar que le faltaba bastante para ser un buen marino. Dos o tres maniobras mal dirigidas, en ausencia del capitán, le hicieron comprender que Flig Balt no era un hombre de mar. Entonces no se preocupó de semejante cosa; pero lo que no ofrecía graves inconvenientes bajo el mando de Harry Gibson, los tenía ahora que Flig Balt era el capitán del James Cook.

Este día Karl Kip comunicó sus temores a su hermano.

– ¿De modo que tú crees que este Flig Balt no está a la altura de sus funciones? —le preguntó Pieter.

– Hay motivo para pensarlo… Durante la borrasca que nos sorprendió en el mar del Coral, adquirí la certidumbre de que este hombre no sabe bien su oficio.

– Entonces, Karl, tu deber es vigilarle, y si alguna maniobra te parece peligrosa, hacer las observaciones procedentes…

– Que Flig Balt recibiría rogándome que no interviniese en la dirección del navío…

– No importa, debes hacerlo; y en el caso de que tus consejos fuesen mal recibidos, dirígete directamente al señor Hawkins… Tiene muy buen sentido, te escuchará, pedirá explicaciones al excontramaestre, y con seguridad te dará la razón.

– Ya veremos, Pieter. Por desgracia, no tengo las cartas de a bordo a mi disposición, y no puedo comprobar la ruta.

– Haz cuanto puedas, mi querido Karl. El James Cook ha sufrido ya una ruda prueba para que vayamos a someterle a otras nuevas.

Como se ve, no creyendo todavía que Flig Balt obrase de mala fe, Karl Kip le tenía por un mediano marino. Así es que, sin que él lo advirtiera, le vigilaba lo más posible.

La presencia del náufrago no dejaba de causar al capitán cierta inquietud, y, a despecho de Vin Mod, tendría que proceder con prudencia cuando tratara de modificar la ruta en dirección al archipiélago de las Salomón.

Después de haber pasado la entrada del canal de San Jorge, el bergantín perdió de vista las últimas derivaciones de Nueva Irlanda y Nueva Bretaña.

A través de esta porción de mar, Flig Balt tenía razón en poner la proa al sur, pues no quería aproximarse a Nueva Guinea para no exponerse a un segundo ataque de los indígenas, que tal vez no pudiera ser rechazado tan felizmente como el primero.

El día 15 el James Cook alcanzó el límite de las Luisíadas.

La travesía se había hecho sin dificultad. Después de dejar al oeste la isla de Rossel, la principal del grupo, el mar del Coral se abría ampliamente al duodécimo grado de latitud sur.

A partir de este paralelo, la dirección sería imperturbablemente conservada al sur, a fin de dar vista a la costa oriental de Australia, a la altura de Brisbane.

Con un buen viento, que soplaba regularmente, el James Cook podría obtener su máximo de velocidad.

Al llegar al límite del mar del Coral, era cuando Flig Balt debía modificar el rumbo hacia el este, para dar vista a la isla Mangara, situada al final de las Salomón.

Pero como esto hubiera producido un cambio de ruta muy notorio, Flig Balt se limitó a oblicuar hacia el sudeste.

Pero aun hecho con discreción el cambio extrañó a Karl Kip, que, después de observar la brújula, dijo al capitán:

– Creo, señor Balt, que encontrará usted mar bella al abrigo de la costa australiana.

– Es posible —contestó Flig Balt, que empezaba a mirar al holandés con malos ojos.

– Entonces, ¿por qué no conserva usted su dirección?

– Porque las rachas del nordeste son siempre terribles, y no pienso aproximarme a tierra.

– ¡Oh! Hay mucho espacio todavía; siempre tendría usted tiempo de torcer el rumbo.

– No opino lo mismo —contestó secamente el nuevo capitán.

Y cuando encontró a Vin Mod, cambió con él unas cuantas frases a propósito de lo sucedido.

– ¿Quién le mete a ese holandés en estas cosas? —dijo el marinero—. ¡Cuándo nos desembarazaremos de toda esta gente!…

El antiguo proyecto de arrojar por la borda a los pasajeros del bergantín subsistía aún, y si la ocasión se presentaba, no la desaprovecharían. Con el concurso de los malhechores que pululan por los parajes de las Salomón, la cosa tenía grandes probabilidades de éxito para los asesinos del capitán Gibson.

Aquella modificación de ruta, observada por Karl Kip, era poco importante, y sin justificarla de un modo absoluto, era en cierto modo aceptable.

Efectivamente, suponiendo que estallara la tempestad, un barco está menos expuesto en alta mar, donde puede correr el temporal, que en las proximidades de la costa.

Karl Kip no creyó que debiera prevenir a Hawkins.

Sin embargo, a despecho de Flig Balt, que estaba ya sobre aviso, no dejó de vigilar la dirección dada al timonel. Pero muy pronto las circunstancias favorecieron al nuevo capitán y a sus cómplices. En la tarde del 17 cambió el tiempo. El sol acababa de desaparecer detrás del horizonte, cargado de nubarrones. El mar empezó a agitarse. Durante el día el calor había sido asfixiante, y la brisa cayó varias veces, sin fuerza para hinchar las velas. Hacia las tres de la tarde el termómetro marcaba 39 °C a la sombra, y a las cinco el barómetro había descendido a 730 milímetros. Este rápido descenso de la columna mercurial indicaba una profunda perturbación atmosférica. Además, el bergantín iba encontrando mar gruesa, y el oleaje anunciaba que el viento soplaba reciamente del oeste. Esta perturbación atmosférica fue anunciada por una violenta tempestad. A las nueve, aproximadamente, después de lejanos truenos, el horizonte se incendió con vivísimos y continuados relámpagos, que, al reflejarse en el agua, parecía que el mar bullía en hirvientes olas de fuego. Los estallidos del trueno eran tan intensos que ensordecían el oído, así como el fulgurante centelleo de las descargas eléctricas deslumbraban los ojos. A las once la tormenta estaba en todo su apogeo. Podía asegurarse que después sobrevendría el temporal, y era necesario prepararse para recibirlo. No había peligro de que el bergantín fuese arrojado hacia la costa, como había indicado Flig Balt. Por el contrario, y a menos que se dirigiera hacia el archipiélago Salomón, el bergantín no encontraría ningún obstáculo hacia el este. Hawkins, Flig Balt y Karl Kip, reunidos delante de la camareta, no podían equivocarse acerca de la violencia de la tempestad, y el armador dijo:

– Ya tenemos el huracán.

– Seguramente —dijo Flig Balt—, y creo que para rato. —Eso me temo.

– Y será preciso correr el temporal.

– ¿Y por qué no hacer frente a la borrasca? —preguntó Karl Kip—.

Poniéndose a la capa…

– ¿Se podría hacer? —interrumpió Flig Balt—. Un navío cargado, como el James Cook, hasta su línea de flotación, es muy difícil que pueda mantenerse a merced del oleaje.

– Un marino debe tratar siempre de conservar su ruta —respondió Karl Kip—, y huir sólo en último extremo.

– Ése es mi criterio —añadió Hawkins—, pues nos exponemos a ser arrastrados lejos, hacia el este.

– Y puede que hacia el nordeste —añadió Karl Kip—. Con el viento en popa no tardaremos en caer en los parajes de las Salomón.

Así lo habían calculado Flig Balt y Vin Mod.

El excontramaestre no podía desconocer que el holandés hablaba en marino. Por otra parte, no podía convenirle dejar escapar aquella ocasión de cambiar el rumbo del James Cook. Así es que repuso, echando por la calle de en medio, como vulgarmente se dice:

– Tengo la responsabilidad de un capitán, como comprenderá el señor Hawkins, y no he de recibir órdenes del señor Kip.

– No son órdenes, son consejos lo que doy a usted —contestó Karl, a quien semejante obstinación no dejó de sorprenden

– Órdenes que yo no necesito —replicó Flig Balt, muy irritado por la oposición que se le hacía.

– Señores —intervino Hawkins—, pongamos término a esta discusión. Doy las gracias al señor Kip por habernos ilustrado con su consejo… Pero puesto que el capitán Flig no lo considera oportuno, que obre a su discreción. Le he confiado el mando del barco, y tiene el derecho de reivindicar la responsabilidad de sus actos.

Karl Kip se inclinó y fue a reunirse con su hermano, a quien dijo:

– Este Flig me parece un incapaz, y me temo que pierda el barco…; después de todo, él es el capitán.

De cualquier modo, no había tiempo que perder.

El ímpetu del viento aumentaba por instantes, y las espantosas rachas que azotaban la arboladura amenazaban llevarse el velamen.

Bajo las órdenes de Flig Balt comenzó la maniobra. El bergantín sufría tremendas sacudidas; la evolución estuvo a punto de no poderse efectuar. El James Cook viró al fin, y con la proa al nordeste, se dejó llevar por el viento.

Durante media hora la navegación se hizo en regulares condiciones.

La única dificultad era impedir los abordajes de través. El bergantín navegaba casi sin gobierno entre aquellas embravecidas olas, que corrían tanto como él. Los golpes de mar por los flancos constituían un peligro continuado.

Era imposible aumentar el velamen. Uno de los foques que Flig Balt mandó izar, para hacer más sensible y eficaz el timón, fue hecho jirones inmediatamente. La gavia restallaba a punto de desgarrarse.

Llegó el caso de preguntarse si no sería mejor correr el temporal a palo seco. Lo cual vale tanto como dejar al navío completamente desamparado, incapaz de seguir una dirección determinada, juguete de las olas.

A media noche el más ignorante de los marineros del bergantín hubiera reconocido que el James Cook no podía continuar de aquella manera. Los golpes de mar se sucedían sin interrupción; las olas llevaban doble velocidad que él, y le faltaba el gobierno absolutamente.

El armador no ocultaba la inquietud de que era presa.

No se trataba del navío y su cargamento, que hubiese arrojado por la borda en caso de necesidad; era la vida de los pasajeros y tripulantes lo que le preocupaba.

Si Flig Balt tenía la responsabilidad del mando, él, como armador, era responsable de haberle nombrado capitán del James Cook.

Y si el excontramaestre no estaba a la altura de sus funciones; si por su impericia peligraba la seguridad del barco, y si, en resumen, Karl Kip, un marino, tenía razón contra Flig Balt…

Todos estos pensamientos, todas estas incertidumbres se agitaban en el cerebro de Hawkins, que las comunicaba a Nat Gibson, quien compartía sus recelos y desconfianzas acerca del flamante capitán.

De vez en cuando, en el momento en que éste se le aproximaba, el armador le hacía preguntas, a las que el criminal no contestaba más que por frases ininteligibles, incoherentes, que denotaban una profunda turbación, una insuficiencia notoria ante los peligros de la crítica situación.

Y a la luz de los relámpagos, cuando se volvía hacía los hermanos Kip, veía al mayor hablando en voz baja, en la actitud de un hombre que a duras penas puede contener una violenta determinación.

¡Sí! Cualquiera hubiese pensado que Karl estaba a punto de precipitarse sobre la rueda del gobernalle para poner el bergantín en dirección contraria.

Obstinándose en aquella ruta, aun suponiendo que el barco no recibiese algún mal golpe de mar; que no se acostase sobre una de las bandas para no levantarse más; que no hubiese que llegar al extremo de picar los palos, ¿adónde llegarían?… A los parajes de las Salomón, entre aquellas islas erizadas de escollos, en uno de los cuales se perdería el bergantín seguramente.

Flig Balt lo comprendía. Vin Mod y los demás hombres lo comprendían también. Era la pérdida cierta del bergantín si la tempestad duraba cuarenta y ocho horas.

La prudencia más elemental aconsejaba, pues, poner rumbo al oeste en tanto quedase un pedazo de vela.

Flig Balt trató de hacerlo.

Era una maniobra muy peligrosa en un mar embravecido, y tal vez resultara imposible hacer que el bergantín virase en redondo para cambiar su rumbo por completo.

Se largó la cangreja para ayudar al gobernalle.

En este momento el bergantín se acostó sobre babor, y el extremo de una de sus vergas desapareció bajo la espuma de las olas.

Entonces, un hombre se lanzó hacia el armador, gritando:

– ¡Déjeme usted hacer!…

– ¡Haga lo que quiera! —contestó el señor Hawkins.

Y entonces pudo apreciarse de lo que es capaz un verdadero marino que tiene sangre fría, y lo que era aquél en comparación del excontramaestre.

Al mando de Karl Kip, a su voz imperiosa, a la precisión de sus órdenes, la tripulación maniobró con prontitud y decisión.

El James Cook se levantó poco a poco, y aprovechando las rápidas embestidas, Karl Kip consiguió ponerlo en condiciones de gobierno. Los golpes de mar, aunque de una extraordinaria impetuosidad, fueron menos peligrosos, pues asaltaban por proa y no por popa.

Se izó, no sin grandes dificultades, un foque de borrasca capaz de resistir las acometidas del vendaval, en tanto que el marinero Burnes, excelente timonel, mantenía imperturbablemente el James Cook en buena ruta.

En aquel momento Vin Mod, aproximándose a Flig Balt, le dijo furioso.

– ¡Todo está perdido con el capitán Kip en lugar del capitán Balt!…

Al día siguiente, 21 de diciembre, contra todas las probabilidades, la violencia de la tempestad disminuyó considerablemente.

Gracias a esta feliz circunstancia, el bergantín, que no convenía que siguiera corriendo hacia tierra, puso su proa al mar.

Es lo que hizo Karl Kip en cuanto el viento se lo permitió, y aumentando después el velamen, el James Cook, favorecido por la brisa, ganaría rápidamente lo que había perdido hacia el este.

El mar no se calmaría tan pronto como el viento. Permanecería duro y erizado algunas horas más. Así es que el bergantín fue horriblemente sacudido por balanceos y cabezadas.

A las diez de la mañana reapareció el sol, y Karl Kip pudo tomar la altura. La observación de mediodía le dio exactamente la posición del barco, a los 150° 17' de longitud oeste y 13° 27' de latitud sur.

En aquel instante Hawkins se le acercó diciendo:

– Le doy a usted las gracias, señor Kip.

Karl se inclinó sin responder.

– Sí, le doy a usted las gracias —repuso el armador—, en mi nombre y en el de toda la tripulación…

– He procedido como todo buen marino hubiera hecho en mi lugar. No merezco por ello reconocimiento…, y voy a entregar el mando al capitán.

– No —declaró Hawkins con voz firme, que todos pudieron oír—, de acuerdo con Nat Gibson, ruego a usted que conserve el mando de nuestro barco.

Y como Karl quisiese rehusar con un gesto, el armador repuso:

– ¡El que lo ha salvado lo debe dirigir!… A usted, capitán Kip, corresponde llevar el bergantín a Hobart Town.

Flig Balt, en el último grado de la cólera, avanzó hacia Hawkins y protestó en estos términos:

– Me ha nombrado usted capitán del James Cook, y debo continuar mandándolo hasta llegar al puerto.

– Bah —respondió Hawkins, cuya resolución era irrevocable—, aquí no hay más capitán que el que yo elijo, como armador y propietario de este barco… Considero que no está usted a la altura de su misión… De aquí en adelante, después de Dios, nadie manda en el bergantín más que el capitán Kip…

– Yo haré valer mis derechos ante las autoridades marítimas de Hobart Town —replicó Flig Balt.

– Como usted guste.

– He sido formalmente nombrado, y…

– ¡Basta, Flig Balt! —dijo imperiosamente el capitán Kip—. ¡Ni una palabra más!… ¡A su puesto!… En cuanto a vosotros, marineros, cuento con vuestra abnegación, con vuestra obediencia. Así terminó el mando del excontramaestre; así se le escapó esta última ocasión de apoderarse del barco. Desde aquel instante los marineros comprendieron que tenían que habérselas con un capitán enérgico, resuelto, que no toleraría resistencia alguna a sus órdenes. Hawkins no tuvo que arrepentirse de la decisión que acababa de tomar en favor del James Cook. ¿Y ahora, Vin Mod, Len Cannon y sus camaradas, se resignarían a abandonar sus criminales proyectos?… ¿No intentarían un último y decisivo golpe de mano antes de llegar a Tasmania?… Por si acaso, habría que vigilarles de cerca. Karl Kip, que no se fiaba de ellos, estaba resuelto a mantener severamente la disciplina a bordo. La navegación no ofreció nada de particular del 20 al 27 de diciembre. El bergantín se había aproximado a la costa australiana. Al abrigo de tierra encontró un buen viento favorable a la marcha. El barco hacía perfectamente sus 100 millas diarias. Así es que en la tarde del 30 se encontraba a la entrada del estrecho de Bass, que separa Tasmania del continente australiano. Si las circunstancias continuaban siendo favorables, en tres o cuatro días el James Cook daría vista a Hobart Town, Con gran disgusto de Flig Balt, de Vin Mod, y sobre todo, de Len Cannon y camaradas de Dunedin. Se comprenderá que la desesperación del excapitán y los suyos había llegado al colmo. Un irresistible espíritu de rebelión les dominaba; no una rebelión sorda, que quiere proceder por sorpresa y en la sombra, ¡no!, una protesta franca antes de arribar al puerto, y en la cual jugarían el todo por el todo… Karl Kip no ignoraba el estado de los ánimos, pero sabría triunfar ante ellos, como había triunfado ante la tempestad a través de los parajes de islas Salomón. Sin contar con el armador, Nat y su hermano Pieter, Karl Kip podía estar seguro de los tres marineros Hobbes, Wickley y Burnes, honrados y valientes.

De Vin Mod, gracias a su costumbre de lanzar a los demás sin comprometerse, no había formado el capitán un juicio concreto. En cambio, sabía a qué atenerse respecto a Len Cannon, Sexton, Bryce Kyle y el cocinero Koa. No le cogió, pues, de sorpresa a Karl Kip que en la noche del 30 la rebelión estallase a bordo del James Cook. Flig Balt, arrastrando a sus cómplices, quiso forzar la entrada de la camareta para apoderarse de las armas. Se arrojarían sobre los hermanos Kip, y después de desembarazarse de ellos, obligarían al armador, Nat y los otros tres marineros a rendirse, quedando dueños del barco… La actitud y energía de Karl Kip desbarató en un instante la tentativa. Precipitándose en medio de los rebeldes, cogió por la garganta a Len Cannon, que se había abalanzado al capitán amenazándole con un revólver. En aquel momento Nat Gibson, Hawkins, Hobbes, Wickley y Burnes se apoderaron de los otros, en tanto que Pieter Kip derribaba a Flig Balt, arrancándole el arma de la mano. La lucha no duró ni un minuto. ¿Podían seis hombres —puesto que Vin Mod se había echado atrás prudentemente— vencer a siete, a quienes no habían sorprendido?… Karl Kip encontrábase en el caso de legítima defensa, y estaba en su derecho si le levantaba a Flig Balt la tapa de los sesos. Sin la intervención del armador tal vez lo hubiera hecho. Hawkins le contuvo, prefiriendo entregar a Flig Balt a la justicia marítima cuando llegasen a Hobart Town. El excapitán fue encerrado en el fondo de la bodega y puesto en el cepo, con los dos que más se habían significado por su violencia, Len Cannon y Kyle. La seguridad del bergantín estaba ahora garantizada hasta el final del viaje. La travesía iba a terminar en menos de sesenta horas, y Karl Kip no necesitaba imprescindiblemente de los brazos de estos tres hombres. Además, estos parajes son muy frecuentados. Los barcos que hacen cabotaje en pequeña escala no cesan de navegar a lo largo de esta costa oriental de Tasmania, donde se encuentran flotillas de embarcaciones a través del estrecho de Bass. De suerte que si fuera necesario encontraríanse marineros a jornal para reforzar la tripulación, en caso de que Karl Kip se viera precisado a tratar con rigor a los compañeros de Len Cannon, muy sospechosos por la parte que habían tomado en la rebelión.

El capitán les prohibió absolutamente la conversación con los prisioneros. Éstos no habían de dejar la bodega del James Cook más que para trasladarse a la cárcel de Hobart Town. No les dejaba subir al puente más que dos horas después de mediodía y nadie podía dirigirles la palabra. En cuanto a la comida, era el grumete Jim quien se la bajaba, y ya se sabe que podían fiarse de él absolutamente, por el afecto que profesaba a Nat y al armador.

De aquí que Vin Mod no pudiese comunicar con Flig Balt, para cambiar impresiones acerca de su conducta futura y sus declaraciones ante el consejo marítimo.

El criminal marinero estaba vigilado muy de cerca. A la menor sospecha se le pondría también a la sombra, y precisamente su interés estaba en tener libertad de acción después de desembarcar.

La navegación continuó en excelentes condiciones, con viento y mar favorables. Karl Kip no tuvo necesidad de tomar marineros suplementarios.

En suma: Hawkins estaba cada vez más satisfecho por haber reemplazado al indigno contramaestre por un capitán como Karl Kip.

Cuando el bergantín hubo doblado el cabo Pillar, en el extremo meridional de Tasmania, bordeó para doblar luego el cabo Raoul, que se encuentra más al oeste.

El James Cook empleó todavía veinticuatro horas en ganar Storm Bay, que escota tan pronunciadamente aquella parte de la costa tasmana.

La configuración de las altas tierras modifica frecuentemente el sentido de las corrientes atmosféricas. Así es que el James Cook encontró a la entrada de Storm Bay una brisa bastante fresca. A favor de ella atravesó la bahía a toda vela, ganando la embocadura del río Derwent, y el 2 de enero, a las tres de la tarde, echaba el anda en el puerto de Hobart Town.

Sürgöny

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