Los hermanos Kip

XII

TRES SEMANAS EN EL ARCHIPIÉLAGO

Los días siguientes se emplearon en la descarga del bergantín. Len Cannon y sus compañeros trabajaron bien, y el capitán Gibson no tuvo la menor sospecha acerca de sus intenciones. Ayudaron a la tripulación unos cuantos indígenas, hombres robustos y nada torpes; así es que la operación se efectuó en excelentes condiciones. Jim no había hablado del puñal a los hermanos Kip; ellos ignoraban la existencia de esta arma. Vin Mod tuvo buen cuidado de recoger el puñal antes de que regresaran a bordo, ocultándolo en su saco, donde nadie hubiera podido descubrirlo. Le bastaba sin duda que lo hubiera visto el grumete. ¿Qué se proponía?… Ni el mismo Flig Balt estaba enterado.

En tanto que el capitán permanecía a bordo vigilando la descarga, el armador, Nat y los hermanos Kip, acompañados de los Zieger, paseaban por las inmediaciones de Port Praslin. Visitaron las principales factorías establecidas en esta parte de la costa. Las unas pertenecían a colonos alemanes; algunas todavía estaban en manos de casas inglesas, fundadas antes del tratado del reparto. Todas hacían negocio. El movimiento de importación y de exportación a la antigua Tombara, luego Herbertshohe, como la antigua Birara, Matupi posteriormente, aumentaba en provecho de la Melanesia germánica.

En todas partes fueron objeto de un excelente recibimiento los huéspedes del señor Zieger. Este honrado negociante ocupaba una situación preponderante en la compañía comercial que ejercía la autoridad política. Estaba revestido de cierto poder judicial que los indígenas reconocían de buen grado. No se pasaba un año sin que un barco de guerra alemán visitase alguna de las islas del archipiélago Bismarck, y cuando llegaba a Port-Praslin, el señor Zieger hacía que se rindieran al pabellón nacional los honores reglamentarios.

Esto aparte, el Gobierno imperial había dejado a los naturales una independencia casi completa. Las tribus puede decirse que no tienen jefes. Si alguna autoridad se reconoce entre ellos es en los ancianos, y todos viven bajo un pie de igualdad. No hay esclavos ni aun en los poblados del interior, y todos los trabajadores son libres. En este concepto, y mediante un salario que se les paga en objetos manufacturados o de consumo, se los emplea en las fábricas o en el cultivo del campo. Aun antes de abolirse la esclavitud, los indígenas eran bien tratados por sus amos.

Este principio de civilización en los salvajes es debido al celo y a la abnegación de los misioneros instalados en diferentes puntos del archipiélago. Lo recorren sin cesar predicando el Evangelio. En Port-Praslin existe una capilla, servida por dos pastores, que bastan para las necesidades del culto.

Durante una excursión hacia la parte central de la isla, a tres millas aproximadamente del puerto, Hawkins y sus acompañantes visitaron un pueblo indígena.

Era una aglomeración de medio centenar de casas de madera que se elevaban sobre pilotes, aunque allí el suelo no era pantanoso.

Habría unos 160 habitantes entre hombres, mujeres, ancianos y niños; todos conocían a Zieger y se sometían a su autoridad, que raramente tenía que ejercer entre las tribus del interior.

Sus compañeros y él fueron recibidos por dos personajes ya de edad, que querían aparecer dignos permaneciendo impasibles e indiferentes. Las mujeres y los niños no salieron de las casas, y fue difícil acercarse a ellos. La verdad es que no se sabe a punto fijo cuál es la constitución de la familia, ni el estado social de las diversas tribus de la Melanesia.

No están lejanos los tiempos en que estos salvajes andaban desnudos o cubiertos únicamente con un pedazo de corteza, cortado en varios filamentos, unidos por fibras vegetales. Gracias a la industria inglesa y alemana, los hombres y las mujeres cubren sus desnudeces con telas rayadas. Esta decencia debe ser considerada como un comienzo de las reformas civilizadoras.

El excelente Zieger pudo dar a sus acompañantes informes precisos y preciosos acerca de las costumbres de estos indígenas, en los cuales los sentidos de la vista, del olfato y del oído están extraordinariamente desarrollados. También se manifiestan de una destreza incomparable en todos los ejercicios corporales. Pero para que trabajen es preciso que sientan la necesidad de comer. De carácter indolente, prefieren el reposo a todo. En este poblado la mayoría de los habitantes estaban fuera de sus casas, abandonados a un dolce far niente, con las piernas cruzadas, las manos en el pecho, mirando sin hablar, mascando incesantemente el betel, como los orientales fuman opio y los occidentales tabaco.

El betel está compuesto de cal, obtenida por la calcinación de las madréporas y de un fruto de epidermis roja, cuyo nombre indígena es kambau. Es un sialagogo muy fuerte, que tiene un sabor nada desagradable. Su inconveniente es que ennegrece los dientes y los corroe, haciendo sanguinolentas las mucosas de la boca. Por una costumbre, que nunca se ha variado, los jóvenes no tienen derecho a disfrutar del betel, que sólo pueden usarlo los indígenas de cierta edad.

En cuanto a la industria de los indígenas, limítase a toscos tejidos y a la fabricación de objetos de alfarería. Y hasta estos trabajos están confiados a las mujeres, menos holgazanas que los hombres, sin hablar de las faenas agrícolas ni de la cotidiana preparación de la comida.

La alimentación exige poca ciencia culinaria. Los naturales no comen a horas fijas; mejor dicho, comen a todas horas. Así es que un viajero pudo decir, hablando de ellos:

«Cualquiera que sea el animal que cae en manos del salvaje, es inmediatamente arrojado al fuego, asado y devorado, sin que se tomen la molestia de quitarle el pellejo, si es cuadrúpedo, ni de desplumarlo, si se trata de un pájaro».

Pescados, tortugas, mariscos, pulpos, langostas, cangrejos enormes, reptiles, insectos…, todo se lo comen con un apetito de glotones. Lo mismo hacen con los vegetales y las frutas.

Pero no vaya a creerse que se muestran refractarios a las tentativas de civilización. Los misioneros tratan de convertir les a la religión cristiana; mas el paganismo ha echado en ellos profundas raíces, con mezcla de creencias musulmanas adquiridas en sus relaciones con los malayos. Es de creer que estos salvajes son polígamos. En cada poblado hay una casa de los ídolos, de la que cuidan los ancianos de la tribu.

Hawkins y sus compañeros no encontraron dificultad para entrar en el templo de los salvajes, cuyas puertas se abrieron ante Zieger con más facilidad que las de las casas. Encontraron en el interior del vasto recinto varias estatuas de arcilla, groseramente ejecutadas, con chafarrinones blancos, negros y rojos, y cuyos ojos, hechos con una lentejuela de nácar, brillaban como brasas. Estos ídolos se designan con el nombre de Bakoui. Entre los objetos depositados alrededor de ellos se destacaban dos tamtams, que un indígena hizo sonar estrepitosamente, obedeciendo el mandato de un anciano de larga barba, cubierta de polvo de ocre.

Nat Gibson, que iba provisto de su máquina, obtuvo del interior y exterior curiosísimas fotografías, que resultaron perfectamente, yendo a aumentar la colección de Hawkins.

En esta excursión había pasado la tarde. Empezaba el crepúsculo, cuando Zieger y sus huéspedes tomaron el camino de Wilhelmstaf, a través del bosque. Si las estrellas celestes brillaban a millares por encima de las copas de los árboles gigantes, millones de estrellas terrestres proyectaban su resplandor fosforescente, en medio de la frondosidad, entre las hierbas del suelo, tantos son los gusanos de luz que por allí pululan. Parecía que los pies hollaban un césped luminoso, en tanto que una infinidad de puntos brillantes destacábanse entre el ramaje.

Los días fueron pasando en interesantes excursiones a lo largo del litoral y al interior de la isla.

Una mañana Karl Kip, Nat Gibson y Hawkins, guiados por uno de los hombres de la factoría, hicieron la ascensión a la montaña. La subida fue fatigosa, aunque se efectuara a la sombra de los frondosos árboles.

Esta montaña no es de las más elevadas de la cadena central —5000 pies aproximadamente—; pero su altura permite que pueda contemplarse perfectamente el canal de San Jorge, entre Nueva Bretaña y Nueva Irlanda. Más allá aparecen otras elevaciones.

Los Zieger no podían sustraer a la admiración de sus huéspedes uno de los sitios más pintorescos que pueden solicitar la curiosidad del turista en el este de Port Praslin. Nos referimos a la maravillosa cascada, a la que el francés Duperrey puso el nombre de su compatriota Bougainville.

El agua que la montaña envía al mar cae en este lugar desde una altura de 50 pies. Brota de uno de los flancos de la cadena y cae por una verde gradería de alturas superpuestas, produciendo un efecto sorprendente. Estas aguas, cargadas de una fuerte proporción de sal, bordean su curso de estalactitas calcáreas, y nada más cierto que la descripción del capitán Duperrey cuando hablaba de estas «cascadas que saltan en gradaciones casi regulares, precipitándose y diversificándose esta originalísima fuente sin igual, en cuyas aguas espumantes y cristalinas se proyectan, con irisadas coloraciones, los árboles inmensos, algunos de los cuales sumergen sus raíces en el gran recipiente de la cascada».

Esta excursión valió a Hawkins nuevas fotografías, que fueron indudablemente las más hermosas que hasta entonces se habían hecho de la maravillosa cascada de Bougainville.

La descarga del James Cook se terminó en la tarde del 25 de noviembre. Toda la pacotilla consignada al comptoir Zieger se había colocado enseguida, porque estaba compuesta de objetos de uso corriente.

El bergantín había de recibir ahora su cargamento, que consistía, como ya sabemos, en copra y cajas de nácar. De las 300 toneladas de la primera materia ya hemos dicho que la mitad habían de tomarse en Kerawara, uno de los islotes situados al sur de la isla de York.

El capitán, de acuerdo con el armador y Zieger, decidió que el cargamento de Kerawara sería el primero que se hiciera. El James Cook iría a cargar de las 150 toneladas, volviendo luego a Port Praslin para tomar el resto.

Por otra parte, si el bergantín no tenía efectivamente averías que reparar, necesitaba limpiar sus fondos y repintar el casco de proa a popa. Este trabajo exigiría tres o cuatro días. La tripulación se puso a la obra, se acabó en el tiempo previsto, y la partida se fijó para el día 29 por la mañana.

No se habrá olvidado que Flig Balt y Vin Mod esperaban que los pasajeros del bergantín se quedaran en Port Praslin durante el viaje a Kerawara; que permaneciera a bordo el capitán solamente, y que podrían aprovechar la ocasión para cumplir sus criminales proyectos. Una vez dueños del barco, pondrían la proa hacia el nordeste y el armador esperaría inútilmente la aparición de su James Cook en aguas de Nueva Irlanda.

El contramaestre y sus cómplices estaban decididos a todo, pero se equivocaron de medio a medio.

No solamente Hawkins, Nat Gibson y los hermanos Kip harían la travesía, sino que Zieger se ofreció a acompañarles, y su proposición fue acogida con el mayor gusto.

Flig Balt y Vin Mod dominaron a duras penas su furor. La posibilidad, o, por lo menos, la eventualidad de apoderarse del James Cook, escapábaseles una vez más.

– ¡El diablo protege a este maldito capitán!… —exclamó Vin Mod cuando supo que todos eran de la partida.

– ¡Ya verás, Mod, cómo vuelve a Hobart Town! —añadió el contramaestre

– . Y ahora ¿qué harán los otros?

Los otros eran Len Cannon, Sexton, Kyle y Bryce. ¿Dejarían inmediatamente el barco, o harían el viaje a Kerawara antes de recoger sus sacos?…

Si no habían de sacar nada de esta navegación, ¿por qué habían de continuar a bordo del bergantín?

Verdad es que durante la estancia en Port Praslin se habían convencido de que no sería fácil vivir en la isla, y esto les daba en qué pensar, proporcionando gran fuerza a los argumentos de Vin Mod, que consiguió una prórroga más, decidiéndoles a que fueran a Kerawara y no dejaran el barco hasta su regreso a Port Praslin.

El bergantín zarpó en la mañana del 29. Veinticuatro horas para llegar a la isla de York; dos días para cargar las 150 toneladas de copra, otro día para el regreso a Port Praslin. El viaje no debía, pues, durar más de cuatro o cinco días.

La capital política y comercial del archipiélago de Bismarck había sido primeramente la islita de Mioko, al sur de la de York. Ocupaba un lugar intermedio entre las dos grandes islas del archipiélago Bismarck. Luego, por razones de salubridad, fue trasladada a la isla Matupi. Pero allí, los frecuentes temblores de tierra comprometieron la seguridad de los habitantes, y el gobierno estableció definitivamente la capital en el islote de Kerawara, situado al noroeste de Mioko.

La navegación se hizo a través del canal de San Jorge, no sin alguna lentitud a consecuencia de los vientos contrarios reinantes en esta vasta bahía, donde las sondas registran hasta 4000 pies de profundidad. Está formada por las islas Tombara y Birara, que aproximan sus extremos sudeste y nordeste. Hawkins y Nat se quedaron con las ganas de desembarcar, pues Birara merece verse.

Rodeada de un anfiteatro de conos volcánicos, tales como la Madre, la Hija del Norte, la Hija del Sur, es la más considerable del archipiélago, la más montañosa y forestal, y también la más rica en cocoteros.

Por otra parte, Birara encierra especialísimas curiosidades. En ningún lugar del mundo se encontraría una isla donde un yerno no se atreve jamás a dirigir la palabra a su suegra y se oculta cuando la encuentra; una isla cuyos los habitantes pasan por tener los dedos de los pies unidos por una membrana; una isla, en fin, en la que, según la leyenda, existen algunos indígenas provistos de un apéndice caudal, hombres con rabo…

Pero el bergantín no debía hacer escala en Birara, sino continuar a través del canal de San Jorge para llegar a York en el tiempo prefijado.

Carteret fue quien en 1707 puso este nombre a la isla en lugar del melanesiano de Amakata.

Visitada en 1791 por Hunter, en 1792 por Entrecasteaux, en 1823 por Duperrey, conocíase exactamente su situación geográfica entre los 150' 2' y 150° 7' de longitud y 4° 5' y 4° 10' de latitud sur. Su extensión comprende ocho millas del nordeste al sudoeste, por cinco de anchura, y su altitud media sobre el nivel del mar es bastante considerable.

Aunque está muy poblada y tiene magnificas fondeaderos, no es la capital del archipiélago. La rodean numerosos islotes, tales como Makada, Burnan, Ulu, Utuan, Kabokon, Muarlin, Mioko, Kerawara. En este último, situado más al sur, se fijó definitivamente la residencia del gobierno germánico.

Al amanecer del día 30 el vigía avistó el cabo Brown del islote Makada.

El James Cook dobló el cabo Makukar, dio vista al islote Kabokon y ancló, por fin, en Kerawara.

Este islote, que adopta la forma de una podadera, no mide más de tres millas de este a oeste. Dotado de un puerto muy seguro, ofrece a los navíos todas las ventajas de una excelente escala.

El principal agente germánico, Hamburg, que desempeñaba las funciones de gobernador del archipiélago Bismarck, estaba en constantes relaciones con Zieger. Dirigía una de las principales factorías del grupo, y su casa debía entregar al James Cook las 150 toneladas de copra, que podrían estar a bordo en cuarenta y ocho horas.

Mientras la tripulación, bajo la vigilancia del capitán, se ocupaba del cargamento, Hawkins, Nat y los hermanos Kip saltaron a tierra.

Kerawara puede decirse que es un extenso bosque dominado por colinas de 700 a 800 pies.

La capital del archipiélago contaba entonces con un millar de habitantes, de los cuales la cuarta parte eran europeos, y el resto de origen melanesio. Estos indígenas no son absolutamente sedentarios. Establecidos la mayor parte en la isla de York o en los islotes vecinos, van constantemente a Kerawara a sus negocios; así es que los canales de este grupito, surca dos sin cesar por sus piraguas, que tienen una forma muy extraña, ofrecen una gran animación.

Hamburg pudo proporcionar a los expedicionarios interesantes detalles. La elección de Kerawara como residencia política le parecía muy justificada. Las relaciones eran desde allí fáciles con Nueva Bretaña y Nueva Irlanda.

En aquel momento encontrábanse en el puerto dos barcos mercantes, con pabellón alemán el uno y con británico el otro, ocupados en descargar sus mercancías. Consignados el uno a Sydney, de Australia, el segundo a Auckland, de Nueva Zelanda, su escala en Kerawara habíase de prolongar tres semanas todavía. Hawkins y Gibson conocían al capitán del barco inglés, por haberle visto alguna vez en Hobart Town, y se complacieron en saludarle.

La casa de Hamburg estaba situada a la mitad de la colina y en medio del bosque, atravesado por un estrecho sendero bordeado de espesos zarzales. Media milla le separaba de su comptoir del puerto. El gobernador había invitado a comer para el día siguiente a Hawkins, al capitán y a su hijo. El cargamento de las 150 toneladas de copra estaría terminado en la tarde del 2 de diciembre, y el James Cook estaría el 3 en disposición de hacerse a la mar con rumbo a Port Praslin.

Los hermanos Kip habían sido invitados también por Hamburg, pero se excusaron con la reserva propia de personas que no quieren ser molestas. Prefirieron aprovechar el tiempo dando su último paseo por los alrededores del puerto.

En cuanto a la tripulación del bergantín, como no era de temer que desertara, obtuvo permiso para desembarcar, y nadie les reprocharía que fraternizara con los marineros de los otros barcos. La velada concluiría con alguna borrachera en la principal taberna de Kerawara. Esto era difícil de impedir, y Gibson se limitó a recomendar moderación y prudencia.

Flig Balt aseguró al capitán que él se cuidaba de que no pasara nada desagradable, y que podía marcharse tranquilo. Pero al hablar con su habitual amabilidad, no pudo disimular la agitación nerviosa que le dominaba. Gibson lo advirtió, y le dijo:

– ¿Qué tiene usted, Balt?

– Nada, capitán, nada —contestó el contramaestre—; estoy un poco fatigado; no es más que eso.

Y su mirada, separándose del capitán, dirigiose hacia Vin Mod, que le observaba.

A las cinco de la tarde, Hawkins, Nat y Zieger encontrábanse en casa del gobernador, donde había de servirse la comida a las seis y media. El capitán, retenido a bordo, no llegaría hasta más tarde. Debía llevar 2000 dólares en oro, importe del cargamento, que ya estaba en la cala del James Cook.

Entretanto, los invitados visitaron la propiedad, muy bien cuidada, y una de las más bonitas de Kerawara. Nat tomó algunas vistas fotográficas de la finca, de la terraza y de los alrededores. La mirada, pasando por encima de los macizos de árboles, abarcaba una gran extensión. Hacia el nordeste se destacaban los promontorios del gran islote de Ulu, y por el oeste la extrema punta del islotillo Kabokon, más allá del cual el sol se ocultaba bajo un horizonte magnífico de fantásticas tonalidades.

A las seis y media el capitán no había aparecido. Hamburg y sus huéspedes permanecieron en el jardín esperando su llegada.

La tarde estaba espléndida, la atmósfera deliciosamente refrescada por el viento, que se levantaba cuando el sol caía.

El aire, perfumado por los naranjos en flor, dilataba el pecho.

El tiempo transcurría. Eran las siete, y Gibson no llegaba.

– Algo imprevisto ha debido de ocurrir a mi padre —dijo Nat—; de no ser así, no me puedo explicar su retraso…

– ¿No tenía que ir al despacho de usted, señor Hamburg? —preguntó el armador.

– Efectivamente; pero sólo para recoger sus papeles. —Puede que eso le haya entretenido.

– Paciencia —dijo el gobernador—; no llevamos más que treinta minutos de retraso.

Cuando transcurrió otra media hora, el armador, Nat y Zieger empezaron a intranquilizarse.

– ¿Se habrá extraviado en el camino? —hizo observar Zieger.

– No es probable; el sendero es recto, y él lo conoce ¡porque ha venido varias veces a la casa! —dijo el gobernador.

– ¿Por qué no vamos en su busca? —propuso Nat, poniéndose de pie.

– Vamos —contestó Hawkins.

El dueño de la finca llamó a uno de sus criados, que, provisto de un farol, acompañó a los invitados.

La oscuridad era profunda bajo la espesa frondosidad de los árboles, que forman un túnel sobre el sendero. Se escuchó, por si se percibía ruido de pasos en la dirección del puerto… Ni el menor rumor. Se llamó… Ninguna respuesta. Esta parte del bosque parecía estar completamente desierta. En fin, después de andar media milla, todos desembocaron en la plaza de Kerawara. De la principal taberna, vivamente iluminada, salía el ruido sordo, producido por los bebedores. Si una parte de la tripulación del James Cook había vuelto a bordo, algunos marineros permanecían aún de codos en la mesa, y, entre ellos, Len Cannon y sus camaradas. Pieter y Karl Kip, que acababan de llegar, estaban sentados a popa del bergantín. Un poco antes que ellos, Flig Balt y Vin Mod habían igual mente reembarcado, después de una ausencia de una media hora. Al llegar al muelle Nat Gibson, preguntó con voz anhelosa:

– ¿Y el capitán?

– ¿El capitán Gibson? —contestó Vin Mod—. ¿No está en casa del señor Hamburg?

– No —contestó el gobernador.

– Pues desembarcó para dirigirse allí —dijo el marinero Burnes.

– Y yo le he visto tomar el sendero —añadió Hobbes.

– ¿Cuánto hace que salió? —preguntó Zieger.

– Una hora, aproximadamente —contestó Vin Mod.

– ¡Le ha ocurrido una desgracia! —exclamó el armador. Y entonces sus compañeros y él se repartieron por el puerto, yendo de comptoir en comptoir y de taberna en taberna. Por ninguna parte daban noticias del capitán. Fue necesario dirigir las pesquisas por el bosque en un extenso radio. Tal vez Gibson hubiese ya llegado a casa del gobernador dando algún rodeo. Todo fue inútil. Después de varias horas de incesantes pesquisas, los citados, más los hermanos Kip, que se habían unido a ellos, tuvieron que volver a bordo sin haber calmado su ansiedad.

¡Qué angustia la de aquella funesta noche!… El capitán no aparecía ni vivo ni muerto. El sendero entre el puerto y la morada de Hamburg fue recorrido mil veces con faroles y antorchas… Harry Gibson se había evaporado. Nat se abandonaba a la desesperación, y el armador, no menos angustiado, no acertaba a calmar al joven, trastornado por la idea de que ya no volvería a ver a su padre… Sus presentimientos no le engañaron. Al amanecer corrió la noticia de que el cadáver del capitán Gibson se había encontrado en el bosque, a media milla del puerto.

Sürgöny

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