El pais de las pieles · Parte 1
V
DEL FUERTE CONFIANZA AL FUERTE EMPRESA
Los primeros días de buen tiempo habían hecho su aparición. Comenzaba a resurgir el fondo verde de las colinas bajo las capas de nieve desaparecidas a trechos. Los cisnes, los tetraos, las águilas de cabeza calva y otras aves emigrantes, procedentes del Sur, pasaban a través de la atmósfera ya tibia. Las extremidades de las ramas de los álamos, abedules y sauces hinchábanse con los nuevos brotes. Las lagunas, formadas de trecho en trecho por el deshielo, atraían a los patos de cabeza roja, de los cuales existe tan gran variedad de especies en la América del Norte. Las unas, los pufinos y los gansos del Norte pasaban hacia las regiones septentrionales en busca de parajes más fríos. Las musarañas, ratoncillos microscópicos del tamaño de una avellana, aventurábanse fuera de sus madrigueras, y dibujaban en el suelo caprichosos arabescos con las puntas de sus rabos. ¡Daba gloria el aspirar y absorber aquellos rayos solares que tan vivificantes hacían la primavera! La naturaleza despertaba de su largo sueño, después de la interminable noche invernal, y sonreía al abrir los ojos. El efecto de este renacimiento es tal vez más sensible en medio de los países hiperboreales que en ningún otro punto del Globo.
El deshielo no era, sin embargo, aún completo. El termómetro Fahrenheit marcaba 41° sobre cero (5o centígrados sobre el punto de congelación del agua); pero el descenso que durante las noches experimentaba la temperatura, mantenía en su estado sólido la superficie de las llanuras nevadas; circunstancias favorables para el deslizamiento de los trineos, de la que Jasper Hobson quería aprovecharse antes de que se completase el deshielo.
Los hielos del lago no habían sido rotos aún. Los cazadores del fuerte hacían excursiones frecuentes, que el éxito coronaba, recorriendo aquellas vastas llanuras frecuentadas ya por la caza. La señora Paulina Barnett quedóse admirada al observar la asombrosa destreza con que aquellos hombres se servían de sus patines. Con los pies enfundados en aquellos zapatos especiales para la nieve, tal vez no se hubieran dejado adelantar por un caballo al galope. Atendiendo a los consejos del capitán Craventy, ejercitóse la viajera en caminar con aquellos aparatos, y no tardó en aprender a deslizarse con ellos sobre la superficie de la nieve.
Hacía ya algunos días que los indios llegaban a bandadas al fuerte, con objeto de cambiar el producto de sus cacerías invernales por objetos manufacturados. La estación no había sido buena. Los animales de pieles no abundaban; las de marta y bisonte alcanzaban una cifra bastante elevada; pero las de castor, nutria, lince, armiño y zorra eran raras. La Compañía obraba, pues, muy acertadamente al ir a explotar otros territorios más septentrionales, no esquilmados aún por la rapacidad de los hombres.
En la mañana del 16 de abril, el teniente Jasper Hobson y su destacamento se encontraban dispuestos para la marcha. El itinerario había podido trazarse de antemano en toda la parte conocida en la región que se extiende entre el lago del Esclavo y el del Gran Oso, situada más allá del círculo polar. Jasper Hobson debía llegar al fuerte Seguridad, establecido en la extremidad septentrional de este lago. Un punto muy indicado para refrescar los víveres del destacamento era el fuerte Empresa, edificado a 200 millas, en dirección Noroeste, a orillas del pequeño lago Snure. A razón de quince millas por día, calculaba el teniente Jasper Hobson que podría detenerse en él en los primeros días de mayo.
A partir de este punto, la expedición debía llegar por el camino más corto al litoral americano, y dirigirse en seguida hacia el cabo Bathurst. Había quedado perfectamente convenido que, al cabo de un año, el capitán Craventy enviaría un convoy de víveres al expresado cabo, y que el teniente destacaría algunos hombres para que saliesen al encuentro de este convoy y lo guiasen al lugar donde el nuevo fuerte se hubiese establecido. De esta suerte, el porvenir de la factoría hallábase garantido contra toda eventualidad desgraciada, y aquellos voluntarios desterrados conservarían aún algunas relaciones con sus semejantes.
Desde las primeras horas de la mañana del 16 de abril, los trineos enganchados delante de la poterna sólo esperaban a los viajeros. El capitán Craventy reunió a los hombres que componían el destacamento y les dirigió la palabra, recomendándoles sobre todo una constante unión en medio de los peligros que tendrían que desafiar. La sumisión a sus jefes era una condición indispensable para el éxito de aquella empresa, obra de abnegación y sacrificio.
El discurso del capitán fue acogido con entusiastas vítores. Despidiéronse todos en seguida y se acondicionó cada uno en el trineo que de antemano le había sido designado. Jasper Hobson y el sargento Long marchaban a la cabeza. Seguíales la señora Paulina Barnett y Madge, manejando con habilidad esta última el largo látigo que los esquimales emplean, terminado por una tira de nervio endurecido. Tomás Black y el soldado canadiense Petersen iban en el tercer trineo. Seguían después los otros ocupados por los soldados y mujeres, y formaban la retaguardia el cabo Jolifte y su esposa.
Según las órdenes de Jasper Hobson, cada conductor debía conservar, en lo posible, el lugar que le había sido asignado, y mantener la distancia reglamentaria, a fin de no producir la menor confusión, toda vez que el choque de los trineos, lanzados a toda velocidad, hubiera podido provocar accidentes desagradables.
Al abandonar el fuerte Confianza, Jasper Hobson hizo rumbo al Noroeste. Tuvo que atravesar primero un ancho río que ponía en comunicación el lago del Esclavo con el de Wolmsley. Pero su superficie, todavía profundamente helada, no se distinguía de la inmensa planicie blanca. Una alfombra uniforme de nieve cubría todo el país, y los trineos, arrastrados por sus veloces tiros, volaban sobre aquella capa endurecida.
El tiempo era bueno, pero demasiado frío aún. El sol se elevaba poco sobre el horizonte, y describía en el cielo una curva muy prolongada. Sus rayos, reflejados profusamente por la nieve, daban más luz que calor. Por fortuna, ningún soplo de viento turbaba la atmósfera, y esta calma del aire hacía más soportable el frío. Sin embargo, la brisa, gracias a la velocidad de los trineos, debía cortar algo el rostro de algunos de los compañeros del teniente Hobson que no se hallaban familiarizados con la crudeza del clima polar.
– Esto va bien —decía Jasper Hobson al sargento, que iba inmóvil a su lado como si se encontrase en formación—; el viaje comienza felizmente. El cielo es favorable, la temperatura propicia, nuestros tiros nos arrastran con la velocidad de los trenes expresos, y, a poco que continúe este magnífico tiempo, nuestro viaje habrá de efectuarse sin grandes contratiempos. ¿Qué opina usted, sargento Long?
– Lo mismo que usted, teniente Jasper — respondió el sargento, que no podía ver las cosas de otro modo distinto de su jefe.
– ¿Está usted decidido, como yo — prosiguió el teniente Hobson—, a prolongar lo más lejos posible hacia el Norte nuestras exploraciones?
– Bastará que lo ordene usted, mi teniente, para que yo obedezca.
– Lo sé, sargento Long —respondió Jasper Hobson—; sé que basta darle a usted una orden para verla ejecutada en seguida. ¡Ojalá pudiesen comprender, como usted, nuestros soldados la importancia de nuestra misión, y se consagrasen en cuerpo y alma a los intereses de la Compañía! ¡Ah, sargento Long!, estoy seguro de que si le diese a usted una orden imposible...
– No hay órdenes imposibles, mi teniente.
– ¡Cómo que no! ¿y si le ordenase a usted ir al Polo?
– Iría, mi teniente.
– ¿Y volvería usted? — añadió Jasper Hobson, sonriendo.
– Volvería — respondió sencillamente el sargento.
Durante este diálogo, Paulina Barnett y Madge cambiaban también algunas palabras, cuando una pendiente más acentuada del suelo retardó la marcha del trineo un instante. Las dos animosas mujeres, con sus gorros de nutria bien calados y medio sepultadas bajo una espesa piel de oso blanco, contemplaban aquella naturaleza escabrosa y las pálidas siluetas de los elevados hielos que se perfilaban en el horizonte.
El destacamento había ya dejado tras sí las colinas que se elevan en la orilla septentrional del lago del Esclavo, cuyas cimas se hallaban coronadas por pelados esqueletos de árboles. La llanura sin límites extendíase hasta perderse de vista con uniformidad no interrumpida. Algunos pájaros animaban con su canto y su vuelo la vasta soledad. Veíanse entre ellos bandadas de cisnes que emigraban hacia el Norte, y cuya blancura confundíase con la de las nieves, no siendo posible distinguirlos más que cuando se proyectaban sobre la atmósfera gris. Cuando se posaban sobre el suelo, confundíanse con él, y el ojo más perspicaz no hubiera logrado descubrirlos.
– ¡Qué admirable país! —decía Paulina Barnett—. ¡Qué diferencia entre estas regiones polares y nuestras verdes planicies australianas! ¿Te acuerdas, Madge, cuando nos abrasaba el calor en el golfo de Carpentaria? ¿Has olvidado aquel cielo cruel, sin una nube, sin el vapor más tenue?
– Hija mía —respondía Madge—, no poseo, como tú, el don de la memoria. Tú conservas tus impresiones; yo, pronto las olvido.
– ¡Cómo, Madge! ¿has podido olvidar los calores tropicales de la India y de Australia? ¿No conservas en tu ánimo un recuerdo siquiera de nuestras torturas cuando nos faltaba el agua en medio del desierto, cuando los rayos del sol nos abrasaban hasta los mismos huesos, y cuando ni la noche ofrecía un lenitivo a nuestros padecimientos?
– No, Paulina, no —respondía Madge, envolviéndose aún más en sus pieles—; no me acuerdo de nada. Y, ¿cómo he de acordarme de aquellos padecimientos de que hablas, de aquel calor, de aquellas torturas de la sed, sobre todo en estos momentos en que los hielos nos rodean por todas partes, en que me bastaría dejar caer el brazo fuera del trineo para recoger un puñado de nieve? ¡Me hablas de calor cuando nos helamos debajo de las pieles de oso que nos cubren! ¡Te acuerdas de los rayos abrasadores del sol, cuando este sol de abril no tiene fuerza ni aun para derretir los carámbanos de hielo que cuelgan de nuestros labios! ¡No, hija mía, no me sostengas que hay calor en parte alguna! ¡no me repitas que me he quejado jamás de un exceso de temperatura, porque no te lo creeré!
La señora Paulina Barnett no pudo reprimir una sonrisa.
– Pero, ¿tienes tanto frío, querida Madge?
– preguntó a su fiel compañera.
– Ciertamente, hija mía, tengo frío; pero no me desagrada esta temperatura. Por el contrario; este clima debe ser muy sano, y estoy segura de que me irá muy bien de salud en esta parte de América. ¡Es realmente un país muy bello!
– Sí, Madge, es un país admirable; ¡y eso que todavía no hemos visto ninguna de las maravillas que encierra! Pero deja que lleguemos a los límites del mar Polar, deja que sobrevenga el invierno con sus hielos gigantescos, su espeso manto de nieves, sus tempestades hiperbóreas, sus auroras boreales, sus espléndidas constelaciones, su interminable noche de seis meses de duración, y entonces comprenderás cuan nueva es siempre y en todas partes la gran obra del Creador.
De este modo se expresaba la señora Paulina Barnett, dejándose llevar de su exaltada imaginación. En aquellas regiones perdidas, bajo un clima implacable, sólo quería ver la realización de los más bellos fenómenos de la naturaleza. Sus instintos de viajera eran más poderosos que su misma razón, y para ella no había más, en las regiones polares, que la emocionante poesía cuya leyenda perpetuaron los sagas y cantaron los bardos en los tiempos osiánicos. Pero Madge era más práctica y para ella no pasaban inadvertidos los peligros inherentes a una expedición a los continentes árticos, ni los padecimientos que entrañaba una invernada a menos de 30° del Polo Norte.
Y en efecto, otros más robustos habían sucumbido ya, víctimas de las fatigas, de las privaciones, de los tormentos morales y físicos, bajo aquellos duros climas. Indudablemente, la misión del teniente Jasper Hobson no debía arrastrarle hasta las latitudes más elevadas del Globo. No se trataba tampoco de llegar al Polo Norte y lanzarse sobre las huellas de los Parry, los Ross, los Mac Clure, los Kean y los Morton; pero desde el momento en que se rebasa el círculo polar, los padecimientos son casi en todas partes los mismos, y no aumentan proporcionalmente al crecimiento de las latitudes. ¡Jasper Hobson no abrigaba el propósito de ir más allá del paralelo de 70°! Convenido; pero, ¡no se olvide que Franklin y sus infortunados compañeros perecieron victimas del hambre y del frío antes de rebasar los 68° de latitud septentrional!
En el trineo que ocupaban los esposos Joliffe hablábase de cosas muy distintas. Tal vez el cabo había empinado el codo algo más de lo debido, con motivo de la despedida, porque, contra su costumbre, rebelábase contra su mujer. ¡Sí! osaba contradecirla, lo que sólo ocurría en, circunstancias excepcionales.
– No, mujer —le decía—, no temas nada; no es más difícil conducir un trineo que un quitrín, y, que cargue con mi cuerpo el diablo, si no soy capaz de dirigir un tiro de perros.
– No niego tu habilidad —respondía la señora Joliffe—; sólo te ruego que moderes tus movimientos. Te has colocado ya delante de la caravana, y oigo que el teniente Hobson te grita que ocupes de nuevo tu puesto7en la extrema retaguardia.
– ¡Déjale gritar, mujer, déjale gritar!...
Y el cabo, hostigando sus perros con nuevos latigazos, hizo aumentar la velocidad del trineo.
– ¡Ten cuidado, Joliffe! —le repetía su mujer—. ¡No tan de prisa, que vamos cuesta abajo!
– ¡Cuesta abajo! —respondía el cabo—. ¿A esto llamas cuesta abajo? ¡Al contrario, mujer, si vamos cuesta arriba!
– ¡Te repito que vamos cuesta abajo!
– Te sostengo que subimos. ¡Mira cómo tiran los perros!
Aunque el terco Joliffe lo asegurase, los perros no tiraban por cierto. El declive del suelo era, por el contrario, sumamente pronunciado: El trineo deslizábase con una velocidad vertiginosa, habiéndose adelantado ya mucho al destacamento. Los esposos Joliffe botaban a cada instante. Las sacudidas provocadas por las desigualdades de la capa de nieve se multiplicaban. El marido y la mujer, empujados, ya a la derecha, ya a la izquierda, chocaban uno contra otro y sufrían tremendas conmociones. Pero el cabo no quería escuchar nada: ni las advertencias de su esposa, ni los gritos del teniente Hobson; y, comprendiendo éste el peligro de aquella desenfrenada carrera, hostigaba su propio tiro a fin de alcanzar a los imprudentes, siguiéndole toda la caravana en su rápida carrera.
Pero el cabo corría a rienda suelta, embriagado por el vértigo de la velocidad, gesticulando, gritando y manejando su largo látigo como hubiera podido hacerlo el más hábil caballista.
– ¡Admirable instrumento es este látigo — gritaba— que manejan los esquimales con destreza sin igual!
– Pero tú no eres ningún esquimal — exclamaba su esposa, tratando, en vano, de detener el brazo de su imprudente conductor.
– Dicen que los esquimales —replicaba el cabo— tienen tal habilidad, que azotan al perro que quieren y en el lugar que más les acomoda. Aseguran que son capaces de arrancarles, con la extremidad de este nervio endurecido, la punta de una oreja, si así les viene en gana. Voy a probar...
– ¡No pruebes, Joliffe, no pruebes! — exclamó la pobre mujer, horrorizada de espanto.
– Nada temas, mujer, nada temas; ¡ya sé yo lo que me hago! Mira; precisamente el quinto perro de la derecha está haciendo de las suyas. Voy a castigarle ahora mismo...
Pero sin duda el cabo no era bastante esquimal todavía, ni se hallaba bastante familiarizado con el manejo de aquel látigo, cuya larga tira sobresale cuatro pies del avantrén del tiro; porque el látigo se desarrolló silbando, y, volviendo hacia atrás por un contragolpe mal combinado, arrollóse alrededor del cuello del mismo Joliffe, cuyo gorro de pieles voló por el aire, y, a no ser por esta tupida defensa, habríase arrancado su propia oreja.
En aquel momento los perros se apartaron a un lado, volcó el trineo y la pareja cayó sobre la nieve. Por fortuna, la capa era espesa y los esposos no recibieron daño alguno; pero, ¡qué vergüenza para el cabo! Y, ¡qué mirada le dirigió su mujer! Y, ¡qué reproches le hizo el teniente Hobson! Una vez levantado el trineo, decidióse que, en lo sucesivo, llevase la señora Joliffe las riendas del vehículo, como llevaba ya las de la casa. El cabo, todo avergonzado, hubo de resignarse, y la marcha, un momento interrumpida, se reanudó de nuevo.
Durante los quince días subsiguientes, no ocurrió ningún acontecimiento importante. El tiempo seguía siendo propicio y la temperatura soportable, y el 1.° de mayo llegó el destacamento al fuerte Empresa.