El pais de las pieles · Parte 1

IV

UNA FACTORÍA

El lago del Esclavo es uno de los más extensos de la región enclavada más allá del paralelo 61°. Mide una longitud de 250 millas por una anchura de 50, y se halla situado a los 61° 25' de latitud y 114° de longitud Oeste. Toda la región inmediata desciende en extensos declives hacia un centro común, hacia una vasta depresión del suelo ocupada por el lago.

La situación de este lago, en medio de los territorios de caza, en los cuales pululaban antes los animales de pieles valiosas, atrajo desde los primeros tiempos la atención de la Compañía. Numerosas corrientes de agua nacían o desembocaban allí, como el Mackenzie, el río del Heno, el Atapeskow, etc. De igual modo, construyéronse en sus orillas varios fuertes importantes: el fuerte Providencia, al Norte, el fuerte Resolución, al Sur. En cuanto al fuerte Confianza, ocupa el extremo Nordeste del lago, y no se encuentra a más de 300 millas de la entrada de Chesterfield, largo y estrecho estuario formado por las aguas de la bahía de Hudson.

El lago del Esclavo se halla, por decirlo así, sembrado de pequeños islotes, de cien a doscientos pies de altura, cuyas moles de granito y de gneis emergen de trecho en trecho. En su orilla septentrional abundan los bosques espesos que confinan con esa porción helada y árida del continente que, no sin razón, ha recibido el nombre de Tierra Maldita. En cambio, la región del Sur, formada principalmente de terrenos calcáreos, es llana, sin un cerro, sin una protuberancia del suelo. Allí se dibuja el límite que no franquean casi nunca los grandes rumiantes de la América Polar, esos búfalos o bisontes cuya carne constituye casi exclusivamente la alimentación de los cazadores canadienses e indígenas.

Los árboles de la orilla septentrional agrúpanse formando selvas magníficas. No es de extrañar que exista una vegetación tan bella en una zona tan apartada, porque, en realidad, el lago del Esclavo no se encuentra en una latitud más elevada que las regiones de Suecia o de Noruega, ocupadas por Estocolmo o Cristianía. Es preciso observar, sin embargo, que las líneas isotermas, que unen los puntos del Globo que disfrutan de la misma temperatura media anual, no siguen en modo alguno los paralelos terrestres, y que, en esta latitud, América es incomparablemente más fría que Europa. En abril, las calles de Nueva York permanecen aún cubiertas de nieve, a pesar de encontrarse dicha ciudad situada casi en el mismo paralelo que las Azores. Y es que la naturaleza de cada continente, su situación respecto de los océanos, la configuración misma del suelo influyen notablemente sobre sus condiciones climatéricas.

El fuerte Confianza, durante la estación estival, se hallaba, pues, rodeado de masas de verdura que regocijaban la vista después de los rigores de un prolongado invierno. No faltaba la leña en aquellas selvas compuestas casi únicamente de álamos, abedules y pinos. Los islotes del lago producían sauces magníficos. Abundaba la caza en los bosques, de los cuales no huía ni aun en la mala estación. Más al Sur, los cazadores del fuerte perseguían con éxito a los bisontes, los alces y ciertos puercos espines del Canadá, cuya carne es excelente. En las aguas del lago del Esclavo abundaba mucho la pesca. Sus truchas alcanzaban dimensiones extraordinarias, encontrándose con frecuencia ejemplares de más de sesenta libras de peso. Los sollos, las voraces lampreas, una especie llamada pez azul por los ingleses, e innumerables legiones de tittamegs, el corregú blanco de los naturalistas, pululaban en el lago. Así, pues, la cuestión de la subsistencia de los habitantes del fuerte Confianza se resolvía fácilmente; la naturaleza proveía a sus necesidades, y, con tal que se vistiesen durante el invierno como los osos, las zorras, las martas y otros animales, podían desaliar ios rigores del clima.

El fuerte propiamente dicho componíase de una casa de madera, dotada de bajos y un piso, que servía de habitación al comandante y a sus oficiales. Alrededor de esta casa alzábanse con regularidad las moradas de los soldados, los almacenes de la Compañía y los locales en que se efectuaban los cambios. Una pequeña capilla, a la que sólo faltaba un ministro, y un polvorín completaban el total de las construcciones del fuerte. El conjunto se hallaba rodeado por una empalizada de veinte pies de elevación, que formaba un vasto paralelogramo, defendido por cuatro pequeños baluartes de agudo techo, emplazados en los cuatro ángulos. El fuerte se encontraba, pues, al abrigo de un golpe de mano; precaución necesaria en una época en que los indios, en vez de ser proveedores de la Compañía, luchaban por la independencia de su territorio, y adoptada también contra los agentes y soldados de las compañías rivales, que se disputaban en otro tiempo la posesión y explotación de aquellos territorios tan ricos en pieles.

La Compañía de la Bahía de Hudson contaba a la sazón en todos sus dominios con un personal de unos mil hombres, y ejercía sobre sus empleados y soldados una autoridad absoluta, que llegaba hasta el derecho de vida y muerte. Los jefes de las factorías estaban facultados para arreglar, a su antojo, los salarios, y fijar el valor de los objetos de aprovisionamiento y de las pieles; y, gracias a este sistema desprovisto de toda intervención, no era raro que obtuviese beneficios superiores al trescientos por ciento.

Además, por la siguiente nota de precios, tomada del Viaje del capitán Roberto hade, podrá ver el lector en qué condiciones se efectuaban ante los cambios con los indios, que son ahora los verdaderos y mejores cazadores de la Compañía. La piel de castor era, en aquella época, la unidad que servía de base para las compras y ventas.

Los indios pagaban en pieles de castor.

Por un fusil 10

Por media libra de pólvora 1

Por cuatro libras de plomo 1

Por un hacha 1

Por seis cuchillos 1

Por una libra de objetos de vidrio. 1

Por un traje galoneado 6

Por un traje sin galones 5

Por un traje de mujer galoneado. 6

Por una libra de tabaco 1

Por una caja de polvos 1

Por un peine y un espejo 2

Pero como, de algunos años a esta parte, la piel de castor se ha hecho tan rara, ha sido preciso cambiar la unidad monetaria, siendo en la actualidad la del bisonte la que sirve de base en los mercados. Cuando un indio se presenta en un fuerte, los agentes le dan tantas fichas de madera como pieles trae consigo, y allí mismo puede cambiar estas fichas por productos manufacturados. Con este sistema, la Compañía, que, por otra parte, fija arbitrariamente el valor de los objetos que compra y vende, no puede menos de realizar, y en efecto realiza, beneficios considerables.

Tales eran los usos establecidos en las diversas factorías, y también, por consiguiente, en el fuerte Confianza, y que pudo estudiar Paulina Barnett durante su estancia en él, que hubo de prolongarse hasta el 16 de abril.

La viajera y el teniente Hobson conversaban a menudo, formando soberbios proyectos, perfectamente decididos a no retroceder ante ningún obstáculo. En cuanto a Tomás Black, sólo desplegaba los labios cuando le hablaban de su misión especial. La cuestión de la corona luminosa y de las protuberancias rojizas de la Luna le apasionaban en extremo. Se comprendía que todos sus sentidos y potencias se hallaban consagrados nada más a la solución de este problema, y acabó por lograr que Paulina Barnett se interesase vivamente en todo lo relativo a la observación que se le había encomendado. ¡Ah! ¡cuan grandes deseos sentían ambos de trasponer el círculo polar, y cuan lejos veían aún la fecha del 18 de julio de 1860, sobre todo el impaciente astrónomo!

Los preparativos de marcha no pudieron comenzar hasta mediados de marzo, y transcurrió un mes largo antes de que estuviesen terminados. Era, en efecto, una larga tarea el organizar una expedición a través de las regiones polares; porque había que llevarlo todo por delante: víveres, utensilios, trajes, herramientas, armas y municiones.

La expedición, mandada por el teniente Jasper Hobson, debía componerse de un oficial, de dos suboficiales y de diez soldados, tres de los cuales eran casados y llevaban a sus mujeres consigo. He aquí la relación de estos hombres, elegidos por el capitán Craventy, entre los más vigorosos y resueltos:

1.° El teniente Jasper Hobson.

2° El sargento Long.

3.° El cabo Joliffe.

4.° Soldado Petersen.

5.° » Belcher.

6.° » Rae.

7.° » Marbre.

8.° » Garry.

9.° » Pond.

10.° » Mac-Nap.

11.° » Sabine.

12.° » Hope.

13.° » Kellet.

Y además:

La señora Rae. La señora Joliffe. La señora Mac-Nap.

Personas extrañas al fuerte:

La señora Paulina Barnett.

Madge.

Tomás Black.

En total, diecinueve personas que era preciso transportar durante varios centenares de millas, a través de un territorio desierto y poco conocido.

Pero, en previsión de este proyecto, los agentes de la Compañía habían reunido en el fuerte Confianza todo el material necesario para la expedición. Había preparados una docena de trineos, con sus correspondientes tiros de perros. Estos primitivos vehículos consistían en un sólido conjunto de tablas ligeras, ligadas entre sí por medio de traviesas. Un apéndice, formado por una pieza de madera curvada y levantada, como la extremidad de un patín, permitía al trineo hendir la nieve sin hundirse mucho en ella. Seis perros, por parejas uncidos, arrastraban cada uno de estos trineos, imprimiéndoles una velocidad de quince millas por hora.

El equipaje de cada uno de los viajeros componíase de trajes de piel de reno, forrados interiormente de pieles de mucho abrigo. Llevaban todos trajes interiores de lana, destinados a resguardarles contra los cambios bruscos de temperatura, tan frecuentes en aquellas latitudes.

Todos, sin distinción de clases ni sexos, iban calzados con unas botas de piel de foca, cosidas con nervios, que fabrican los indígenas con rara habilidad. Esta clase de calzado es absolutamente impermeable y es muy cómoda para la marcha a causa de la flexibilidad de sus articulaciones. A sus suelas podían adaptarse unas plantillas de pino, de tres o cuatro pies de longitud, que son muy a propósito para soportar el peso de un hombre sobre la nieve menos consistente, y permiten deslizarse con extraordinaria celeridad, como hacen los patinadores sobre las superficies muy lisas. Unos gorros de pieles y unos cinturones de gamuza completaban su vestimenta.

En materia de armas, llevaba el teniente Hobson las tercerolas reglamentarias facilitadas por la Compañía, y pistolas y sables de ordenanza, con municiones abundantes para aquéllas; en calidad de herramientas, hachas, sierras, azuelas y otros instrumentos necesarios para la carpintería; y, como utensilios, todo lo necesario para el establecimiento de una factoría en tales condiciones, como una estufa, un hornillo de fundición, dos bombas de aire para la ventilación y un halkett-boat, especie de embarcación de caucho que se infla en el momento en que se quiere utilizar sus servicios.

En cuanto a las provisiones, se podía contar con los cazadores del destacamento. Algunos de aquellos soldados eran hábiles perseguidores de la caza, y los renos nunca faltan en las regiones polares. Tribus enteras de indios o de esquimales, privados de pan y de todo otro alimento, se mantienen exclusivamente de la carne de esta especie de venado, que es a la vez sabrosa y abundante. Sin embargo, como era necesario contar con retrasos inevitables y dificultades de toda clase, fue preciso llevar cierta cantidad de víveres.

Consistían éstos en carne de bisonte, de alce y de gamo cazados en grandes batidas dadas al Sur del lago; cecina que se conserva indefinidamente; preparaciones indias, en las que la carne, rallada y reducida a polvo impalpable, conserva todos sus elementos nutritivos bajo un muy pequeño volumen. Triturada de este modo, esta carne no exige ninguna cocción, y ofrece bajo esta forma una alimentación muy nutritiva.

Por lo que a las bebidas respecta, llevaba el teniente Hobson varios barriles de aguardiente y de whisky, aunque firmemente resuelto a economizar cuanto fuese posible estas bebidas alcohólicas, que son tan perjudiciales para la salud de los hombres en las latitudes frías. Pero, en cambio, la Compañía había puesto a su disposición un botiquín portátil, notables cantidades de zumo de lima, limones y otros productos naturales, indispensables para combatir las afecciones escorbúticas, tan terribles en estas regiones, y para prevenirlas en caso necesario.

Todos los hombres habían sido, además, cuidadosamente elegidos, ni demasiado gruesos, ni demasiado flacos; y habituados desde muchos años atrás a los rigores del clima, debían soportar más fácilmente las fatigas de una expedición hacia el océano Polar. Eran, por otra parte, gentes de buena voluntad, animosas, intrépidas, que habían aceptado libremente su designación, habiéndoseles asignado doble sueldo durante todo el tiempo que permaneciesen en los límites del continente americano, si lograban establecerse más allá del paralelo de 60°.

Se había preparado un trineo especial, algo más cómodo, para la señora Paulina Barnett y su fiel Madge. La valerosa mujer no quería ser conducida de otro modo distinto que sus compañeros de viaje; pero tuvo que ceder ante las instancias del capitán, que, en esto, se hacía intérprete de los deseos de la Compañía. Paulina Barnett tuvo, pues, que resignarse.

En cuanto al astrónomo Tomás Black, el vehículo que le había llevado al fuerte Confianza, debía conducirle hasta el lugar de su destino, con su pequeña impedimenta de sabio. Los instrumentos del astrónomo, poco numerosos por cierto —un anteojo para las observaciones selenográficas, un sextante destinado a hallar la latitud, un cronómetro para conocer la longitud, y algunos planos y libros—, iban en su mismo trineo, y Tomás Black contaba con que sus fieles perros no le abandonarían en la mitad del camino.

Como es de suponer, no se había echado en olvido la alimentación de los perros. Eran éstos setenta y dos en total, una verdadera piara que había que mantener durante el camino, y era preciso que los cazadores del destacamento tuviesen un especial cuidado con su alimentación. Estos animales, vigorosos e inteligentes, habían sido comprados a los indios chipewayos, que saben adiestrarlos maravillosamente para su cometido.

Toda la organización referente a estos animalitos quedó pronto dispuesta, desplegando en su dirección el teniente Jasper Hobson un celo superior a todo elogio. Orgulloso de la misión que se le había confiado, y entusiasta de su obra, nada quería descuidar que pudiese comprometer el éxito que anhelaba. El cabo Joliffe, atareadísimo siempre, multiplicábase, sin que ios resultados de sus afanes fuesen demasiado visibles; pero la presencia de su esposa era y debía ser muy provechosa para la expedición. La señora Paulina Barnett había concebido una viva simpatía hacia aquella inteligente y vivaracha canadiense, de rubia cabellera y grandes y dulces ojos.

No es preciso decir que el capitán Craventy no olvidó nada que pudiese contribuir al éxito de la empresa. Las instrucciones que había recibido de los agentes superiores de la Compañía demostraban la importancia que asignaban al resultado de la expedición y al establecimiento de una nueva factoría más allá del paralelo de 60°. Se puede, por lo tanto, afirmar que se hizo todo lo que humanamente era posible, hacer para lograr el fin apetecido. ¿Cerraría la naturaleza el camino con insuperables obstáculos al valeroso teniente? He aquí lo que nadie sería capaz de prever.

Telegramma

Ufficio di partenza: World Wide Web · Destinazione: a bordo del Nautilus

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