El pais de las pieles · Parte 1
VI
UN DUELO DE WAPITIS
La expedición había recorrido una distancia de 200 millas desde su salida del fuerte Confianza. Los viajeros, favorecidos por los largos crepúsculos, caminaron, durante este trayecto, noche y día en sus trineos, arrastrados a gran velocidad por sus respectivos tiros, los cuales se encontraban verdaderamente agotados de fatiga al llegar al lago Snure, a cuyas orillas alzábase el fuerte Empresa.
Este fuerte, establecido muy pocos años antes por la Compañía de la Bahía de Hudson, no era en realidad más que un puesto de aprovisionamiento de muy escasa importancia. Servía principalmente de estación a los destacamentos que escoltaban los convoyes de pieles procedentes del lago del Gran Oso, situado a cerca de 300 millas en dirección Noroeste. Su guarnición reducíase a una docena de soldados. El fuerte consistía solamente en una casa de madera, rodeada por una sólida empalizada. Pero, por muy poco cómoda que esta habitación resultase, los compañeros del teniente Hobson refugiáronse en ella con placer, descansando, por espacio de ocho días, de las primeras fatigas de su viaje.
La primavera polar dejaba sentir su modesta influencia en aquellos parajes. La nieve se fundía poco a poco, y las noches no eran ya lo suficientemente frías para helarla de nuevo. Algunos ligeros musgos y desmedradas gramíneas verdeaban de trecho en trecho, y las descoloridas florecillas mostraban sus húmedas corolas entre los guijarros. Estas manifestaciones de la naturaleza, que empezaba a despertar de su largo sueño invernal, recreaban la vista, dolorida por la blancura de las nieves, alegrando el espíritu la aparición de aquellos raros ejemplares de la flora ártica.
Paulina Barnett y el teniente Jasper Hobson aprovecharon el ocio de aquella parada para visitar las orillas del pequeño lago. Ambos comprendían la naturaleza y admirábanla con entusiasmo; por eso paseaban juntos por entre los témpanos de hielo fundente y las cascadas que los rayos del sol hacían correr. La superficie del lago Snure estada todavía helada, sin que ninguna grieta anunciase una inmediata catástrofe. Algunos icebergs ruinosos erizaban su sólida superficie, afectando pintorescas formas del efecto más extraño, en especial cuando la luz, refractándose en sus aristas, cambiaba de color. Habríase dicho que los pedazos de un arco iris, trazado por una mano poderosa, yacían, entrecruzados, por el suelo.
– ¡Es éste un espectáculo verdaderamente bello, señor Hobson! —repetía a cada instante la señora Paulina Barnett—. Estos efectos de la difusión de la luz modifícanse de mil modos distintos, según el lugar que se ocupaba. ¿No le parece a usted que nos hallamos asomados a la abertura de un inmenso caleidoscopio? Pero es posible que esté usted ya aburrido de contemplar un espectáculo que tan nuevo resulta para mí.
– No, señora —respondió el teniente—. A pesar de haber nacido en este continente y de haberse en él deslizado mi infancia y mi juventud, jamás me canso de ver sus sublimes bellezas. Pero si su entusiasmo de usted es ya grande, cuando el sol derrama sus rayos sobre este país, es decir, cuando el astro del día ha modificado ya el aspecto de estas regiones, ¿qué será cuando pueda usted observar estos territorios en medio de los grandes fríos invernales? Le confieso a usted, señora, que el sol, tan precioso en las regiones templadas, me desluce un poco mi continente ártico.
– ¿De veras, señor Hobson? —exclamó Paulina Barnett, a quien hizo sonreir la observación del teniente—. Paréceme, sin embargo, que es el sol un excelente compañero de viaje, y que no conviene quejarse del calor que nos envía, incluso a las regiones polares.
– ¡Ah, señora! —respondió Jasper Hóbson—, yo soy de los que creen que es mejor visitar Rusia durante el invierno y el Sahara en el estío, porque de esta manera se ven estos países bajo el aspecto que los caracteriza. No; el sol es un astro de las zonas tropicales y de los países cálidos. A lo 80° de latitud se halla verdaderamente fuera de su centro. El cielo de estas regiones es el cielo puro y frío del invierno, lleno de constelaciones, iluminado a veces por los regios esplendores de una aurora boreal. Este es el país de la noche, no el del día, señora; y esta larga noche del Polo le tiene a usted reservados encantos y maravillas que no ha podido soñar.
– Señor Hobson —respondió Paulina Barnett—, ¿ha visitado usted las zonas templadas de Europa y América?
– Sí, señora, y las he admirado tanto como ellas se merecen; pero he regresado siempre a mi país natal con una pasión más ardiente, con un entusiasmo nuevo. Soy el hombre del frío, y no es mérito en mí el desafiarle. Sobre mí no tiene poder, y, como los esquimales, puedo vivir durante meses enteros dentro de una casa de nieve.
– Señor Hobson —replicó la viajera—, habla usted de este temible enemigo de un modo que conforta el corazón. Creo que podré mostrarme digna de usted, y, por muy lejos que vaya a desafiar el frío del Polo, me tendrá siempre a su lado.
– Bien, señora, bien, y ¡ojalá todos estos compañeros que nos siguen, soldados y mujeres, se muestren tan resueltos como usted! Si es así, con el favor de Dios, iremos lejos.
– Pero no podrá usted quejarse del modo como ha comenzado este viaje. Hasta el momento actual, no ha ocurrido ni un solo accidente; el tiempo ha sido propicio para la marcha de los trineos y la temperatura soportable. Todo marcha a pedir de boca.
– Sin duda alguna, señora —respondió Jasper Hobson—; pero precisamente este sol que usted tanto admira, pronto multiplicará las fatigas y los obstáculos de nuestra marcha.
– ¿Qué quiere usted decir, señor Hobson?
– preguntó Paulina Barnett.
– Quiero decir que su calor no tardará en trastrocar el aspecto y la naturaleza del país; que el hielo fundido dejará de presentar una superficie favorable para la marcha de los trineos; que el suelo se hará duro y escabroso; que nuestros jadeantes perros no nos arrastrarán con la misma rapidez; que los ríos y los lagos van a recuperar su estado líquido, y que será necesario circundar estos últimos y vadear los primeros. Todos estos cambios, señora, debidos a la influencia solar, traduciránse en retardos, en fatigas, en peligros, los menores de los cuales son estas nieves deleznables que se escurren bajo la planta del pie y esas avalanchas que se precipitan desde las cumbres de las montañas de hielo. He ahí lo que nos producirá ese sol que se eleva cada día más y más sobre el horizonte. Tenga usted esto siempre presente, señora: de los cuatro elementos de la cosmogonía antigua, sólo el aire nos es aquí útil, necesario, indispensable; pero los otros tres, la tierra, el fuego y el agua, no debían existir para nosotros. Son contrarios a la naturaleza misma de las regiones polares...
El teniente exageraba, sin duda. Paulina Barnett habría podido muy bien refutar esta argumentación, pero no le desagradaba oir a Jasper Hobson expresarse con aquel ardor. El teniente amaba con pasión al país hacia el cual la conducían en aquellos momentos los azares de su vida de viajera, y era ello una garantía de que no retrocedería ante ningún obstáculo.
Y, sin embargo, Jasper Hobson tenía razón cuando culpaba al sol de los futuros tropiezos; y bien quedó demostrado cuando, tres días después, el 4 de mayo, reanudó el destacamento su interrumpida marcha. El termómetro manteníase constantemente, aun en las horas más frías de la noche, por encima de 32°. Las dilatadas llanuras sufrían un deshielo completo. La blanca sábana convertíase en agua. Las asperezas del suelo, hecho de rocas de formación primitiva, producían múltiples choques que sacudían los trineos y a sus ocupantes. La escabrosidad del piso obligaba a los perros a marchar al trote corto, así, que, ahora, no habría habido inconveniente en entregar de nuevo las bridas al imprudente cabo Joliffe. Ni sus gritos ni las excitaciones de su látigo hubieran logrado imprimir a los fatigados tiros mayor celeridad.
Sucedió, pues, que los viajeros decidiéronse a aligerar de cuando en cuando la carga de los perros, marchando a pie buenos ratos. Esta suerte de locomoción era, además, conveniente a los cazadores del destacamento, que se aproximaban insensiblemente a los territorios más poblados de caza de la América inglesa.
La señora Paulina Barnett y su fiel Madge seguían estas cacerías con bien marcado interés. Tomás Black, por el contrario, afectaba no interesarle lo más mínimo estos ejercicios cinegéticos. No se había trasladado a tan apartadas regiones con el fin de cazar bisontes o armiños, sino con el exclusivo objeto de observar la Luna en el momento preciso en que cubriese con su disco el del Sol. Por eso, cuando el astro de la noche se elevaba por encima del horizonte, el impaciente astrónomo devorábalo con los ojos, lo que incitaba a Jasper Hobson a decirle:
– Oiga usted, señor Black; si, lo que no es imposible, llegase a faltar la Luna a la cita del 18 de julio de 1860, ¡buen chasco llevaría usted!
– Señor Hobson —respondía gravemente el astrónomo—, si la Luna se permitise semejante inconveniencia, habría de exigirle daños y perjuicios.
Los principales cazadores del destacamento eran los soldados Marbre y Sabine, maestros consumados en su oficio, en el que habían adquirido una sin igual destreza, hasta el extremo de que los más hábiles indios no les aventajaban en la perspicacia de la vista ni en la certeza del tiro. A más de excelentes tiradores, conocían todos los aparatos y artificios inventados para apoderarse de las martas, nutrias, lobos, zorras, osos, etc. Ningún ardid les era desconocido. Eran dos hombres inteligentes y duchos, y el capitán Craventy había procedido con insuperable acierto al agregarlos al destacamento del teniente Hobson.
Pero durante la marcha de la pequeña tropa, ni Marbre ni Sabine tenían tiempo para tender lazos. Sólo podían alejarse de ella durante una hora o dos, cuando más, y tenían que contentarse con las piezas que pasaban buenamente al alcance de sus fusiles. Sin embargo, tuvieron la suerte de matar un par de esos rumiantes de la fauna americana que raramente se encuentran en latitudes tan altas.
En la mañana del día 15 de mayo, los dos cazadores, Paulina Barnett y el teniente Hobson habíanse desviado algunas millas al Este del itinerario. Marbre y Sabine habían obtenido de su teniente la debida autorización para seguir ciertas huellas recientes que acababan de descubrir; y no sólo los autorizó Jasper Hobson, sino que quiso seguirles él mismo en unión de la viajera.
Aquellas huellas eran indudablemente debidas al reciente paso de media docena de gamos de grandes dimensiones. No había error posible. Marbre y Sabine afirmábanlo, y hasta, en caso necesario, hubieran podido nombrar la especie a la cual pertenecían los rumiantes en cuestión.
– Parece que le sorprende a usted la presencia de esos animales en este país, ¿no es cierto, señor Hobson? — preguntó Paulina Barnett al teniente.
– En efecto, señora —respondió Jasper Hobson—, es muy raro encontrar tales especies más arriba de los 57° de latitud. Sólo solemos cazarlos al Sur del lago del Esclavo, donde crecen entre los álamos y sauces ciertas rosas silvestres por las que sienten los gamos predilección.
– Es preciso, pues, suponer que estos rumiantes, lo mismo que los animales dotados de pieles sedosas y finas, perseguidos por los cazadores, huyen a parajes más tranquilos. —No hallo otra explicación a su presencia a la altura del paralelo de 65° de latitud —respondió el teniente—, dando por sentado que nuestros cazadores no hayan sufrido un error acerca de la naturaleza y origen de estas huellas.
– No, mi teniente —respondió Sabine—, no. Marbre y yo no nos hemos engañado. Estas huellas han sido impresas en el suelo por esos gamos que nosotros los cazadores distinguimos con el calificaüvo de rojos, y a quienes los indígenas denominan wapitis.
– Es cierto —añadió Marbre—. Cazadores tan viejos como nosotros no es posible que sufran un error en este asunto. Además, mi teniente, ¿no oye usted esos singulares silbidos?
Jasper Hobson, Paulina Barnett y sus compañeros habían llegado en aquel momento a la falda de una pequeña colina cuyas laderas, desprovistas de nieve, resultaban practicables, y se apresuraron a subir por ellas, en tanto que los silbidos señalados por Marbre escuchábanse con cierta intensidad, mezclados en ocasiones con ruidos semejantes a los rebuznos del asno, prueba evidente de que los dos cazadores no se habían equivocado.
Jasper Hobson, Paulina Barnett, Marbre y Sabine, al llegar a la cumbre de la colina, pasearon sus miradas por la llanura que se extendía a sus pies hacia el Este. El escabroso suelo aparecía blanco aún en ciertos sitios; pero un ligero tinte verde contrastaba en algunos lugares con las deslumbradoras placas de nieve. Algunos arbustos descarnados se alzaban de trecho en trecho. En el horizonte, proyectábanse sobre el fondo gris del cielo los grandes icebergs, cuyos contornos dibujábanse con sorprendente pureza.
– ¡Wapitis! ¡Wapitis! ¡Mírenlos ustedes allá!
– exclamaron al mismo tiempo Marbre y Sabine, señalando, a un cuarto de milla de distancia hacia el Este, un compacto grupo de animales a los que se podía reconocer fácilmente.
– Pero, ¿qué hacen? — preguntó la viajera.
– Se pelean, señora —respondió Jasper Hobson—. ¡Esta es su costumbre cuando el sol del Polo les enardece la sangre! ¡He aquí otro deplorable efecto del astro radiante!
Desde la distancia a que se hallaban, Jasper Hobson, Paulina Barnett y los dos cazadores podían distinguir perfectamente el grupo de wapitis. Eran éstos magníficos ejemplares de esa familia de gamos a los cuales se conoce con los diversos nombres de ciervos de cuernos redondos, ciervos americanos, corzos, alces grises y alces rojos.
Aquellos elegantes animales tenían las piernas finas. Algunos pelos rojizos, cuyo color debía acentuarse más aún durante la estación cálida, salpicaban su pardo ropaje. Por sus blancas cornamentas, soberbiamente desarrolladas, era fácil reconocer que se trataba de machos feroces, porque las hembras hállame en absoluto desprovistas de semejantes apéndices.
Los wapitis se hallaban en la antigüedad esparcidos por todos los territorios de la América Septentrional, existiendo gran número de ellos en los Estados Unidos; pero como en todas partes se efectuaban desmontes y caían los bosques bajo las hachas de los leñadores, tuvieron que refugiarse estos rumiantes en los tranquilos distritos del Canadá. Pronto faltóles también allí la seguridad, y se corrieron entonces hacia las proximidades de la bahía de Hudson. En resumen, el wapiti es, sin duda, un animal de los países fríos; pero, como había observado el teniente, no habita, por lo regular, los territorios situados más arriba del paralelo de 57°. Por consiguiente, aquéllos habían subido tanto en latitud huyendo de los chipewayos, que les hacían una guerra encarnizada, ganosos de recuperar esa tranquilidad que no falta jamás en el desierto.
Entretanto, el combate de los wapitis proseguía con encarnizamiento. Los animales no habían advertido la presencia de los cazadores, cuya intervención no habría probablemente paralizado su lucha. Marbre y Sabine, que sabían perfectamente cuan grande era la ceguedad con que estos animales combaten, podían, pues, aproximarse a ellos sin el menor temor, y disparar cuando les pareciese oportuno.
Jasper Hobson propuso que así lo hiciesen; pero Marbre le dijo:
– Dispense usted, mi teniente; pero mejor será que nos ahorremos las balas y la pólvora. Estos animales luchan hasta matarse, y llegaremos a tiempo de recoger los vencidos.
– ¿Poseen esos wapitis algún valor comercial? — preguntó Paulina Barnett.
– Sí, señora —respondió Jasper Hobson—, y su piel, que es menos gruesa que la del alce propiamente dicho, produce un cuero muy estimado. Untando esta piel con la grasa y los sesos mismos del animal, adquiere una flexibilidad extremada, y soporta perfectamente lo mismo la humedad que la sequía. Por eso los indios no desperdician nunca la ocasión de procurarse pieles de wapitis.
– Y su carne, ¿es tan buena como su piel? — Su carne es muy mediana, señora. Es dura y muy poco sabrosa. Su grasa se congela en el momento mismo en que se la retira del fuego, y se adhiere a la dentadura. Es una carne, pues, poco estimada, e inferior ciertamente a la de los otros gamos. Sin embargo, a falta de otra mejor, durante los días de escasez, se come y nutre al hombre lo mismo que cualquier otra.
Conversaban de esta suerte desde hacía algunos minutos Paulina Barnett y Jasper Hobson, cuando se modificó de improviso la lucha de los wapitis. ¿Habíase aplacado la cólera de los rumiantes? ¿Habían descubierto a los cazadores y presagiaban un peligro inmediato? Cualquiera que fuese la causa, en el mismo momento, a excepción de los wapitis de alta talla, huyó todo el rebaño hacia el Este con celeridad sin igual. En algunos instantes desaparecieron aquellos animales sin que hubiese podido darles caza el caballo más veloz.
Pero dos ejemplares soberbios habían quedado en el campo de batalla. Con las cabezas bajas, las cornamentas fuertemente apretadas, y las patas traseras poderosamente apoyadas en tierra, pugnaban con ardor. Como dos luchadores que no abandonan su presa cuando han logrado apoderarse de ella, cuidaban de no soltarse, girando sobre sus patas delanteras cual si hubiesen estado clavados uno a otro.
– ¡Qué encarnizamiento! — exclamó Paulina Barnett.
– Sí —respondió Jasper Hobson—. Los wapitis son muy rencorosos, y estos dos ventilan, sin duda, alguna antigua querella.
– Pero, ¿no sería éste el momento de aproximarse a ellos, mientras les ciega la rabia?
– preguntó la viajera.
– Tiempo tenemos, señora —respondió Sabine—; esos gamos no pueden escapársenos. Aunque nos encontrásemos a tres pasos de ellos, apuntándoles con el fusil y el dedo en el disparador, no abandonarían el puesto.
– ¿De veras?
– En efecto, señora —dijo Jasper Hobson, que había contemplado con mayor atención a los dos combatientes después de la observación del cazador—; y bien a nuestras manos, bien devorados por los lobos, esos dos animales morirán tarde o temprano en el mismo lugar que ocupan actualmente.
– No me explico por qué se expresa usted así, señor Hobson — dijo la viajera.
– Puede usted aproximarse, señora — respondióle el teniente—, sin temor de espantar a esos wapitis; porque no pueden huir, como ha dicho muy bien nuestro cazador.
Paulina Barnett, acompañada de Sabine, de Marbre y del teniente, bajó de la colina. Bastaron algunos minutos para salvar la distancia que les separaba del teatro del combate. Los wapitis no se habían movido. Empujábanse simultáneamente con la cabeza, cual hacen los carneros cuando luchan; pero parecían inseparablemente ligados uno al otro.
En efecto, en el ardor del combate, los cuernos de los dos wapitis habíanse enredado de tal modo que, sin romperse, no podían desligarse uno del otro. Es éste un hecho que se produce a menudo, no siendo raro en los territorios de caza encontrar en el suelo cornamentas fuertemente enlazadas entre sí. Los animales, inutilizados de esta suerte, no tardan en perecer de hambre, o en ser impunemente devorados por las fieras.
Dos balas pusieron fin al combate de los wapitis. Marbre y Sabine despojáronlos en el acto de sus pieles, para adobarlas más tarde, y abandonaron a los osos y los lobos un montón de carne palpitante.