Familia sin nombre · Parte 3

III

VAUDREUIL EN CASA CERRADA

-Madre mía, dijo Juan después de dejar al herido en la cama que su hermano o él ocupaban cuando iban a pasar la noche en Casa Cerrada; madre mía, la vida de este hombre corre peligro, si no se le cuida con esmero:

-Le asistiré con gran voluntad, Juan.

-Si los soldados de Whiterall le descubriesen aquí, tu vida estaría amenazada, madre mía.

-¡Mi vida!... No me importa nada, respondió Bridget.

Juan no quiso decirle que el enfermo era el señor de Vaudreuil, una de las víctimas de Simón Morgaz, para no traer a la memoria de la infeliz viuda, recuerdos infamantes. Más valía que no lo supiera; el hombre a quien daba asilo era, un patriota, y esto bastaba para que tuviese derecho a que se desvelara por él.

Colocado ya el herido en la cama, Bridget y Juan se dirigieron hacia la puerta para escuchar si aún se oía ruido hacia la iglesia, y ver si el camino estaba solitario.

Los últimos reflejos del fuego que consumiera las casas en la barriada alta del pueblo empezaban, a apagarse poco a poco, lo mismo que el tumulto producido por los realistas que habían acabado de quemar, de saquear y de degollar.

Unas veinte casas habían sido reducidas a cenizas; Casa Cerrada, por su posición, había escapado a la venganza de la soldadesca: pero Bridget y Juan, ¿no podían temerlo todo de los vencedores cuando el sol alumbrase las ruinas de San Carlos?

Madre e hijo experimentaron varios sustos durante aquella noche, pues de hora en hora patrullas de soldados y de voluntarios pasaban por delante de la casa vigilando los alrededores de la población, y a veces se detenían a algunos pasos de la verja que cerraba el patio.

¿Sería acaso que los agentes de policía vinieran a practicar pesquisas, ayudados por los soldados? En este caso no era por sí mismo por quien Juan Sin Nombre temía, sino por el señor de Vaudreuil, por el pobre herido a quien hubieran rematado sin piedad en la casa de su madre...

Mas estos temores no habían de realizarse, por lo me-nos durante aquella noche.

Bridget y su hijo hicieron todo cuanto les fue posible en beneficio del herido, y después ambos se sentaron a la cabecera de la cama para velarle. Hacíanse necesarios ciertos medicamentos. ¿Cómo procurárselos? Era preciso que un médico viese al paciente... ¿Y en dónde encontrar uno a quien se pudiera confiar, al mismo tiempo que la vida de un patriota, los secretos de Casa Cerrada? Examinaron con atención el pecho del señor de Vaudreuil; la herida producida por el sablazo era profunda, extendiéndose en línea oblicua hacia el lado izquierdo; sin embargo, parecía que no había interesado ningún órgano vital, y solamente la pérdida de la sangre era la que ocasionaba la gran debilidad que experimentaba el padre de Clary, debilidad, que podía muy bien hacerle morir de un síncope.

Después de lavar la herida con agua fresca, Bridget la cubrió con un vendaje. ¿Se animaría el enfermo bajo la influencia de los cuidados asiduos que le prodigaba la infeliz mujer y del reposo de que gozaría en Casa Cerrada, si los soldados de Witherall abandonaban el pueblo? Ni Juan ni su madre se atrevían a esperarlo así.

Dos horas después el señor de Vaudreuil, si bien no había abierto aún los ojos, dejó escapar algunas palabras; y era evidente que sólo el recuerdo de su hija lo hacía sostener la vida. La llamaba, tal vez para que le cuidase, o porque se acordase de los peligros que la amenazaban en San Dionisio.

Bridget, teniendo cogida la mano del enfermo, le escuchaba, y Juan, de pie a su lado, procurando impedir que por un brusco movimiento el señor de Vandreuil hiciera que la herida se abriese de nuevo, escuchaba también al mismo tiempo sus palabras entrecortadas por suspiros, temiendo que revelase lo que su madre no debía oír.

El herido articuló un nombre, en medio de frases incoherentes. Era el de Clary.

-¡Este desgraciado tiene, pues, una hija! murmuró Bridget mirando a Juan.

-Sin duda... madre mía.

-¡Y pregunta por ella!... ¡No quiere morir sin verla!... Si su hija se encontrase a su lado, estaría más tranquilo... ¿En dónde se halla?... ¿No podríamos buscarla y traerla aquí en secreto?

-¡A ella! exclamó Juan.

-Sí... Su sitio se halla al lado de su padre que la llama y que se está muriendo...

En aquel momento el herido, delirante, quiso incorporarse, y después se escaparon de sus labios estas palabras, que demostraban la angustia que estaba sufriendo:

-¡Clary!... ¡sola... allá... en San Dionisio!

Bridget se levantó.

-¡San Dionisio! repitió. Allí es en donde ha dejado a su hija... ¿Lo oyes, Juan?

-¡Los realistas!... ¡En San Dionisio!... repuso el herido. ¡No podrá escapar!... ¡Los miserables se vengarán en Clary de Vaudreuil!...

-¡Clary de Vaudreuil! repitió Bridget. Después, bajando la cabeza, añadió:

-¡El señor de Vaudreuil aquí!

-Pues bien, sí, el señor de Vaudreuil, respondió Juan; y puesto que él está en Casa Cerrada, es preciso que su hija venga también.

-¡Clary de Vaudreuil! murmuró Bridget.

E inmóvil al lado de la cama en que gemía el herido, miraba a aquel patriota que había vertido su sangre por la causa da la independencia, el mismo que doce años antes estuvo a punto de pagar con su cabeza la traición de Simón Morgaz. Si llegase a saber algún día en que casa había recibido la hospitalidad, que manos habían disputado su presa a la muerte, ¿no le causaría horror? Y aun cuando hubiera de arrastrarse de rodillas, ¿no se apresuraría a huir del infamante contacto de aquella familia?

En un prolongado gemido, el señor de Vaudreuil dejó oír otra vez el nombre de Clary.

-Puede morir, dijo Juan; es preciso que no muera sin haber visto a su hija...

-Irá yo a buscarla, respondió Bridget:

-¡No!... Yo soy el que debe ir, madre mía.

-¡Tú, a quien persiguen por todas partes!... ¿Quieres sucumbir antes de acabar tu obra?... ¡No, Juan; todavía no tienes derecho para morir!... Iré yo a buscar a Clary da Vaudreuil.

-Madre mía, Clary de Vaudreuil rehusará seguiros.

-No lo hará así cuando sepa que su padre está moribundo y que la está llamando. ¿En qué casa vive la señorita de Vaudreuil en San Dionisio?

-En la del juez Sr. Froment... Pero es demasiado lejos, madre mía... No tendréis fuerzas bastantes para ir y volver; ¡son doce millas las que tenéis que andar!... Mientras que yo, partiendo al momento, tendré tiempo suficiente para llegar a San Dionisio y traer a Clary de Vaudreuil antes de que amanezca. Nadie me verá salir ni nadie me verá volver a Casa Cerrada...

-¿Nadie? repuso Bridget. Y los soldados que vigilan por el camino, ¿cómo harás para evitar que te vean? Y si caes en sus manos, ¿cómo podrás escaparte? Aun admitiendo que no te conozcan, ¿acaso te dejarían en libertad? Yo, en cambio, soy una anciana... no puedo inspirar sospecha. ¿Qué ganarían prendiéndome? Ya hemos discutido bastante, hijo mío; el señor de Vaudreuil quiere ver a su hija...; es preciso, pues, que la vea, y puesto que yo sola puedo traerla a su lado, voy por ella. Juan tuvo que ceder a las instancias de Bridget, porque aun cuando la noche estuviese muy oscura, el aventurarse en los caminos, vigilados por las patrullas de Whiterall, hubiera sido arriesgarse a no cumplir su proyecto, e importaba mucho que Clary de Vaudreuil entrase en Casa Cerrada antes de la salida del sol. ¡Quién sabe si la vida de su padre se prolongaría hasta ese instante! ¿Podría él, Juan Sin Nombre, conocido ya de todos por haberse batido con la cara descubierta, llegar sin tropiezo hasta San Dionisio? ¿Podría volver con Clary de Vaudreuil sin exponerla a caer en poder de los realistas?

Esto último fue lo que le decidió a dejar marchar a su madre; pues en cuanto a él, poco le importaban los peligros que podía correr. Dio a Bridget las instrucciones necesarias para que pudiese llegar hasta la casa del juez Froment, y le entregó una esquelita que debía inspirar entera confianza a la joven, con estas solas palabras: «Confiad en mi madre, y seguidla»

Hecho esto, Juan entreabrió la puerta, cerrándola en seguida después de la salida de Bridget, y fue a sentarse de nuevo a la cabecera de la cama donde estaba el señor de Vaudreuil.

Eran poco más de las diez cuando la viuda de Simón Morgaz emprendió el camino, desierto a la sazón.

El frío glacial de las largas noches canadienses, invadiendo toda la campiña, facilitaba la marcha por la dureza del suelo, y Bridget andaba a buen paso, sin miedo, no obstante aquella oscura soledad que la rodeaba; iba impelida por la voz del deber, y había encontrado de nuevo su antigua energía, de la que tantas pruebas tenía que dar aún.

El camino de San Carlos a San Dionisio le era bien conocido por haberlo pasado muchas veces durante su juventud; lo único que tenía que temer era el encontrarse con algún destacamento, y esto le sucedió dos o tres veces durante la travesía. Pero a una anciana, ¿por qué no habían de dejarla pasar? No sufrió, pues, más que el sonrojo de oír algunas palabras soeces de los soldados, que estaban un tanto alcoholizados. El teniente coronel Witherall no había ordenado reconocimiento alguno en al término de San Dionisio, porque antes de castigar a aquella desgraciada ciudad, deseaba asegurarse de las disposiciones tomadas por los vencedores de la antevíspera, no queriendo comprometer su victoria por un ataque impremeditado.

Esta fue la causa de que durante las dos terceras partes del trayecto, Bridget no tuviera ningún mal encuentro. Las gentes que encontró, y a quienes también adelantó, eran fugitivos de San Carlos que se esparcían por las parroquias del condado, por no tener ya asilo desde que sus casas habían sido entregadas al saqueo y a las llamas.

Pero era demasiado cierto que por donde pudo pasar libremente Bridget, Juan se hubiera visto imposibilitado de hacerlo. Al encontrarse con las patrullas, no hubiera tenido más remedio que salir de la carretera, dirigiéndose a San Dionisio por algún atajo, siéndole imposible volver a Casa Cerrada antes de que fuera completamente de día. Y si algún piquete de caballería la hubiese detenido, y tal vez conocido, ya sabemos cual sería la sentencia que para él habían de dictar los tribunales de Montreal.

A las once y media de la noche, Bridget llegó a la margen del Richelieu.

La casa del juez señor Froment, que ella conocía bien, estaba situada en aquella orilla, en las afueras de San Dionisio, no teniendo, por consiguiente, que atravesar el río; le bastaba, pues, seguir la ribera durante un cuarto de milla para llegar delante de la puerta de la mencionada casa.

El sitio que recorría estaba completamente desierto, y un profundo silencio reinaba en el valle.

A lo lejos, alguna que otra luz brillaba en las ventanas de las primeras casas del pueblo, entregados sus moradores al reposo, que no turbaba ningún rumor.

Acaso la noticia de la derrota de San Carlos no había llegado todavía a San Dionisio.

Esto pensó Bridget. Clary de Vaudreuil debía ignorarlo, y sería por ella por quien lo sabría; iba a ser, pues, la mensajera de la desgracia.

La viuda de Simón Morgaz subió los peldaños de una escalerita colocada en un ángulo de la casa, y llamó a la puerta; pero viendo que no contestaban, llamó segunda vez.

Al poco rato se oyeron pasos en el vestíbulo, que se alumbró débilmente, y una voz preguntó:

-¿Qué queréis?

-Ver al señor juez.

-No está en San Dionisio, y durante su ausencia no me es lícito abrir.

-Tengo gravísimas noticias que comunicarle, repuso Bridget insistiendo.

-Se las daréis cuando vuelva.

La determinación de no abrir parecía tan formal, que la pobre mujer no titubeó en servirse del nombre de Clary.

-Si el señor Froment no está en su casa, dijo, la señorita Clary de Vaudreuil debe de hallarse en ella, y es preciso que yo la hable sin pérdida de tiempo.

-La señorita de Vaudreuil se ha marchado, le respondieron, después de titubear un instante.

-¿Se ha ido? Ayer mismo.

-¿Y no sabréis decirme a dónde?

-A reunirse con su padre, sin duda.

-¿Con su padre? repuso Bridget.

Pues bien, de su parte vengo a buscarla...

-¿Mi padre? exclamó Clary desde el fondo del vestíbulo en que se hallaba.

-Clary de Vaudreuil, repuso Bridget bajando la voz; he venido para llevaros al lado de vuestro padre, y Juan es quien me envía.

Y ya los cerrojos de la puerta habían sido quitados, cuando Bridget dijo de pronto:

-¡No... no abráis!... ¡Esperad un momento!

Y bajando apresuradamente, se ocultó detrás de la escalera, pues importándole mucho que no la viese nadie entrar en aquella casa, en aquel instante una turba de hombres, mujeres y niños se acercaban siguiendo la orilla del Richelieu.

Eran los primeros fugitivos que llegaban a San Dionisio después de atravesar por medio del campo para no exponerse a malos encuentros en las carreteras. Entre ellos iban heridos, sostenidos por sus parientes o por sus amigos; pobres mujeres arrastrando consigo la familia que les quedaba, y también algunos patriotas que habían podido sustraerse al incendio y al degüello. Muchos de ellos debían de conocer a Bridget, y no queriendo que supieran que había salido de Casa Cerrada, se quedó acurrucada en su escondite hasta que pasaron los fugitivos de San Carlos. Pero, durante aquellos instantes, ¿qué pensaría Clary oyendo los gritos de desesperación que lanzaban aquellas gentes? Muchas horas hacía que esperaba noticias, bien fuera de su padre o de Juan, haciéndose la ilusión de que uno u otro se las traerían en persona, en el caso de que no decidieran marchar inmediatamente a Montreal, una vez alcanzada la nueva victoria; pero semejante ilusión no podía sostenerse. A través de aquella puerta que Clary no se atrevía a abrir, tristes gemidos llegaban hasta ella. Los fugitivos, después de pasar por delante de la casa, siguieron el ribazo hasta que les fuera posible atravesar el río. El camino estaba ya solitario, por más que se oyera aún lejano murmullo. Bridget se levantó; y en el momento en que iba a llamar, la puerta se abrió, cerrándose inmediatamente a su paso. Clary de Vaudreuil y Bridget Morgaz se hallaban frente a frente en una habitación alumbrada por una lámpara cuya luz no podía filtrarse al exterior, por hallarse las ventanas y las persianas herméticamente cerradas. La anciana y la joven se miraban, mientras la criada se mantenía apartada. Clary estaba muy pálida, y presintiendo alguna desgracia, no se atrevía a preguntar.

-¿Los patriotas de San Carlos?, dijo por fin.

-¡Derrotados! respondió Bridget.

-¿Mi padre?

-Herido...

-¿Moribundo?...

-¡Tal vez! Clary no tuvo fuerzas para sostenerse, y Bridget la recibió en sus brazos.

-¡Valor, Clary de Vaudreuil! dijo; vuestro padre os llama a su lado... Es menester que partáis, que me sigáis sin perder tiempo.

-¿En dónde está mi padre? preguntó Clary apenas repuesta de su desmayo.

-En mi casa... en San Carlos, respondió Bridget. .

-¿Quién os envía, señora?

-Ya os lo he dicho... Juan... Soy su madre...

-¡Vos! exclamó Clary.

-Leed, Clary tomó la esquela que le ofrecía la anciana. Era, en efecto, la letra, que tan bien conocía, del joven proscrito. «Confiaos a mi madre...» decía. Pero ¿cómo se hallaba el señor de Vaudreuil en aquella morada? ¿Sería Juan quien le había salvado, arrastrándole fuera del campo de batalla para llevarle después a Casa Cerrada?

-Estoy pronta a seguiros, señora, dijo Clary de Vaudreuil.

-En ese caso, partamos sin dilación, respondió Bridget. No cambiaron una palabra más. Los detalles de este desgraciado incidente, Clary los conocería más tarde, pues demasiado sabía ya: su padre moribundo, los patriotas dispersados, y la victoria de San Dionisio anulada por la derrota de San Carlos. Clary se envolvió rápidamente en un abrigo oscuro para seguir a la señora Bridget. La sirviente abrió la puerta, y ambas mujeres salieron. Las únicas palabras que pronunció Bridget, señalando hacia San Carlos, fueron éstas:

-Tenemos que andar seis millas, y para que nadie sepa que estáis en Casa Cerrada, es preciso que lleguemos allí antes del amanecer.

Ambas remontaron rápidamente el curso del río por la orilla hasta llegar al camino que va directamente hacia el Norte, por medio del condado de San Jacinto.

Bien hubiera querido la joven andar más de prisa, deseando hallarse cuanto antes a la cabecera de la cama de su padre; pero tuvo que moderar su impaciencia, porque, por más que Bridget llamase en su auxilio toda su energía, no hubiera podido seguirla.

Experimentaron además varios retrasos, porque encontrándose con algunos grupos de fugitivos que iban en senti-do inverso, hubiera sido imprudente mezclarse con ellos, quienes tal vez quisieran arrastrarlas consigo hacia San Dionisio. Convenía que no las hallasen; y para evitarlo, Bridget y Clary se apartaban de la carretera, escondiéndose en los matorrales; nadie las veía, pero ellas observaban y oían.

Aquellas pobres gentes avanzaban con gran trabajo, dejando algunas huellas sangrientas en el suelo. Las mujeres llevaban a sus hijos en brazos, los hombres más jóvenes sostenían a los ancianos, que querían echarse en el suelo, abrumados por la fatiga, y morir allí.

Después, oyéndose gritos a lo lejos, el tropel desaparecía en la oscuridad.

¿Acaso los soldados y los voluntarios perseguían aún a aquellos desgraciados que huían de su pueblo, entregado a las llamas, buscando en los campos un abrigo que no hallaban en San Carlos? ¿O era que la columna de Whiterall estaba ya en marcha para sorprender ala luz del alba a los patriotas que huían?

No; eran otros fugitivos que erraban por aquellas tierras, y muchos de ellos hubieran perecido durante aquella noche, si algunas alquerías no hubiesen abierto sus puertas para recibirlos.

Clary, con el corazón angustiado, presenciaba tales horrores; pero, sin embargo, allá en el fondo de su alma no quería desesperar aún del triunfo de la independencia nacional, en cuyas aras su padre acababa de verter su sangre, y por cuya defensa se encontraba quizás próximo a exhalar su último suspiro.

Cuando el camino quedaba libre; ambas mujeres se ponían de nuevo en marcha, y durante hora y media anduvieron contrariadas por tan difíciles circunstancias. A medida que avanzaban hacia San Carlos, los encuentros con los que huían eran menos frecuentes, pues todos cuantos habían podido escapar estaban ya cerca de San Dionisio, o dispersos por los condados de Verchères y de San Jacinto.

Lo que más tenían que temer en los alrededores de San Carlos eran las patrullas de voluntarios, cuya presencia convenía evitar.

A las tres de la madrugada aún les quedaba que andar dos millas para llegar a Casa Cerrada.

En aquel momento Bridget, agotadas sus fuerzas, se dejó caer al suelo.

Clary quiso levantarla.

-Dejad que os ayude, dijo a la anciana; apoyaos en mi brazo... no debemos ya estar muy lejos...

-Una hora de marcha todavía, respondió Bridget; jamás podré...

-Descansad algunos minutos; después marcharemos otra vez... os apoyaréis en mí... no temáis cansarme, no... soy fuerte...

-¡Fuerte!... ¡Pobre niña!... ¡Bien pronto caeríais también!

Bridget sé incorporó sobre las rodillas.

-Escuchadme, dijo; procuraré dar aún algunos pasos; pero si caigo de nuevo, me dejaréis sola...

-¡Dejaros sola!... exclamó Clary.

-Sí. Lo necesario es que esta misma noche os halléis al lado de vuestro padre...

El camino es recto... Casa Cerrada es el primer edificio que encontraréis en la carretera antes de llegar a la población... Llamaréis a la puerta... diréis vuestro nombre, y Juan os abrirá en seguida.

-No quiero abandonaros en tal estado, repuso la joven. No iré sin que me acompañéis.

-Es preciso que así lo hagáis, Clary de Vaudreuil, respondió Bridget; y cuando estéis ya en seguridad, mi hijo vendrá a buscarme... me llevará en brazos, como lo ha hecho con vuestro padre.

-Os lo ruego, procurad andar, señora Bridget. Esta consiguió ponerse en pie, pero a duras penas podía arrastrarse; sin embargo, anduvieron así una milla. Entonces una leve claridad empezó a dibujarse en el horizonte en dirección a San Carlos ¿Sería ya el alba, y no podrían llegar a Casa Cerrada antes que fuera de día? ¡Partid! murmuró Bridget. ¡Partid sin demora, Clary de Vaudreuil!... ¡Dejadme aquí!...

-No es el alba... respondió la joven; son apenas las cuatro... Debe de ser el reflejo de un incendio. Clary no concluyó la frase, pues el mismo pensamiento acudió a la mente de ambas mujeres. ¿Será quizás que Casa Cerrada esté envuelta en llamas, que el asilo del señor de Vaudreuil haya sido descubierto, y que él y Juan se vean en poder de los soldados de Witherall, si no han muerto defendiéndose? Este temor produjo en Bridget un supremo esfuerzo de energía, y Clary y ella, apresurando el paso, se acercaron a San Carlos. El camino formaba recodo en aquel sitio, y poco más allá estaba Casa Cerrada. Clary y Bridget llegaron hasta la vuelta. No era la morada que daba asilo al señor de Vaudreuil la que ardía; era un cortijo situado a la derecha del pueblo, y cuyas llamas reflejaban en el cielo.

-¡Allí... es allí! exclamó Bridget, señalando su casa con temblorosa mano. Algunos minutos más, y ambas encontraban su anhelado refugio. Pero en aquel momento un grupo de tres hombres apareció en el camino; eran tres voluntarios que se tambaleaban, ebrios de aguardiente y manchadas las ropas de sangre. Clary y Bridget quisieron evitar su encuentro; pero era demasiado tarde. Habiéndolas divisado los voluntarios, se precipitaron sobre ellas. Todo había que temer de aquellos miserables, uno de los cuales se apoderó de la joven, procurando arrastrarla consigo, mientras que los demás detenían a Bridget. De repente, un hombre saltó de entre las breñas a la izquierda de la carretera, y, con un garrote en la mano, de un fuerte golpe tendió en tierra al miserable que maltrataba a la joven.

-¡Clary de Vaudreuil! exclamó después, reconociendo a la joven.

-¡Vicente Hodge! Y Clary se apoyó en el brazo de su salvador quien también conoció. Cuando et señor de Vaudreuil cayó en el campo de batalla de San Carlos, Vicente Hodge no pudo socorrerle por entonces, e ignorando que algunos instantes más tarde Juan Sin Nombre se había llevado al herido fuera de todo peligro, volvió después de los últimos tiros, quedándose en los alrededores del pueblo, a riesgo de caer en manos de los realistas. Llagada la noche, hizo lo posible para hallar al padre de Clary entre los heridos y los muertos amontonados, en los límites del campamento; pero habiéndole buscado en vano hasta la hora en que iba a amanecer, se marchaba ya en busca de un asilo, cuando los gritos de Clary, le atrajeron al sitio en que la joven forcejeaba para escapar a un peligro peor que la muerte. Pero Vicente Hodge no tuvo tiempo para saber que el señor de Vaudreuil estaba en una casa a algunos centenares de pasos del sitio en que se hallaba, porque se vio obligado a hacer frente a los dos bribones que, habiendo soltado a Bridget, y dando desairadas voces, se disponían para atacarle a su vez; y como en el silencio de la noche sus gritos habían sido oídos a lo lejos, cinco o seis voluntarios acudían a apoyarlos. Urgía, pues, que Clary y su compañera se refugiasen a toda prisa en Casa Cerrada.

-¡Huid!... ¡huid! exclamó Vicente Hodge. Ya sabré yo escaparme.

Bridget y Clary echaron a correr cuanto se lo permitieron sus agotadas fuerzas, mientras que el joven, tan resuelto como vigoroso, derribaba a sus agresores, a quienes la embriaguez hacia menos temibles; y cuando los vio en tierra, y antes de que los voluntarios llegasen al lado de sus compañeros, saltó como un corzo por entre los matorrales, en medio de los tiros que le dirigieron sin alcanzarle.

Algunos instantes después, Bridget llamaba ala puerta de Casa Cerrada, que se abrió sin tardanza para dar paso a Clary y a la pobre madre, quien cayó desfallecida en los brazos de su hijo.

Telegramma

Ufficio di partenza: World Wide Web · Destinazione: a bordo del Nautilus

0 parole · tariffa: 0 kreuzer (i punti diventano STOP)