Familia sin nombre · Parte 3
IV
LOS OCHO DÍAS SIGUIENTES
Casa Cerrada ofrecía, pues, un asilo efímero, quizás el señor de Vaudreuil y a su hija. Ambos se hallaban bajo el mismo techo que la «Familia Sin Nombre», al lado de la mujer y del hijo del traidor; y si aquellos, ignoraban los lazos que unían con Simón Morgaz a la anciana y al joven que arriesgaban su vida por darles hospitalidad, Bridget y Juan no lo olvidaban un solo instante; y lo que más temían era que una desgraciada casualidad descubriera tan vergonzoso secreto a sus huéspedes.
Durante la mañana de aquel mismo día, 26 de Noviembre, el señor de Vaudreuil recuperó algo el conocimiento. Tal vez la voz de su hija, sacándole del amodorramiento, le hizo abrir los ojos.
-¡Clary! murmuró.
-Sí, padre mío... yo soy, respondió la joven, estoy a vuestro lado... No me moveré ya de aquí.
Juan estaba da pie al lado de la cama, oculto en la sombra, como si hubiera querido que no le viesen; sin embargo, las miradas del herido se fijaron en él, y sus labios dejaron escapar estas palabras:
-¡Juan!.... ¡Ah!... ¡Ya recuerdo!
Después, al ver a Bridget que se inclinaba hacia su cabecera, pareció preguntar quién era aquella mujer.
-Es mi madre, respondióle Juan. Estáis en casa de mi madre; sellar de Vaudreuil, y sus cuidados y los de vuestra hija no os faltarán...
-¡Sus cuidados!... repitió el enfermo con voz débil.. ¡Si... ya me acuerdo... herido... vencido... mis compañeros huidos... muertos tal vez! ¡Ah! ¡Mi pobre país... mi pobre país... más que nunca entregado a la tiranía de sus opresores!
El señor de Vaudreuil dejó caer, de nuevo la cabeza. Y sus ojos se cerraron otra vez.
-¡Padre mío! exclamó Clary arrodillándose; y al cogerle la mano, sintió una ligera presión responder a la suya.
Juan dijo:
-Sería, necesario que un médico viniera aquí. ¿Pero en dónde encontrarle? ¿A quién dirigirnos en una comarca ocupada por los realistas? Puede ser que en Montreal... sí, sólo allí es posible. Indicadme cual es el médico que posee vuestra confianza, e iré a buscarle.
-¿A Montreal? preguntó Bridget.
-Es preciso, madre mía. Bien vale la vida del señor de Vaudreuil que yo arriesgue la mía...
-No es por ti por quien temo, Juan; pero yendo a Montreal puedes ser espiado, y si se sospecha que el Señor de Vaudreuil está aquí, es perdido.
-¡Perdido! murmuró Clary.
-¿Y no lo está con más seguridad si le faltan inteligentes cuidados? repuso Juan.
-Si la herida es mortal, nadie es capaz de curarlo; si no lo es, Dios nos concederá su salvación a su hija y a mí. Su herida proviene de un sablazo, que no ha hecho más que desgarrar las carnes, y el señor de Vaudreuil está debilitado, a mi parecer, por la mucha sangre que ha perdido. Bastará, según creo, aplicarle paños de agua fresca para la cicatrización, que obtendremos con el tiempo. Créeme, hijo mío; nuestro huésped está relativamente en seguridad aquí, y mientras podamos evitarlo, importa que nadie conozca el sitio de su retiro.
Bridget hablaba con una confianza tal, que tuvo por primer efecto devolver a Clary alguna esperanza. Lo que se hacía necesario antes que todo era que ningún extraño entrase en Casa Cerrada; peligraba por ello la vida de Juan Sin Nombre y más aún, la del señor de Vaudreuil. En efecto, a la menor alarma, si bien Juan podía huir a través de los bosques, del condado, y pasar la frontera americana, el herido estaba imposibilitado de hacerlo.
Al día siguiente de la llegada de Clary, el estado del enfermo justificó la confianza que había inspirado a Bridget. Desde que la hemorragia había podido ser detenida, el señor de Vaudreuil estaba, si bien muy débil, en posesión de todo su conocimiento. Lo que más necesitaba era tranquilidad moral, y esa no le faltaría teniendo al lado a su hija; podría entregarse al sosiego que se gozaba en aquella morada, máxime cuando los soldados de Witherall no tardarían en marcharse de San Carlos para recorrer el condado, librando así la comarca de su odiosa presencia.
Bridget tomó ciertas disposiciones para instalar a sus huéspedes con alguna más comodidad en su estrecha morada. El señor de Vaudreuil ocupaba la habitación reservada a Joann o a Juan cuando iban a pasar la noche a Casa Cerrada. La otra habitación, la de Bridget, fue destinada a Clary, y ambas mujeres velarían alternativamente a la cabecera del enfermo.
En cuanto a Juan, no había por qué inquietarse, ni tam-poco por su hermano, aun cuando por efecto de los últimos acontecimientos el abate Joann se atreviese a ir a ver a su madre. Un rincón de la casa bastaba para ambos.
Además, el joven patriota no pensaba quedarse en San Carlos mucho tiempo, pues tan luego como estuviese tranquilo respecto a la salud del señor de Vaudreuil y pudiera hablar con él sobre las eventualidades futuras, volvería a emprender su tarea, porque a su parecer, la derrota de San Carlos no podía haber consumado la ruina de los patriotas, y sabría él arrastrarlos a tomar su desquite.
El día 26 pasó con mucha tranquilidad; hasta pudo Bridget, sin despertar sospechas, salir de Casa Cerrada, según tenía por costumbre, para procurarse un suplemento de provisiones y alguna poción calmante para el herido.
Desde que los soldados habían salido del pueblo, algunas casas se habían abierto; pero cuántos desastres, cuánta ruina por todos lados, y sobre todo en el barrio alto, incendiado y devastado por la parte del campamento en donde la defensa había sido heroica, pues un centenar de patriotas habían vertido su sangre en aquel funesto combate, la mayor parte muertos o mortalmente heridos; y en donde unos cuarenta habían caído en poder de los realistas. El aspecto de la población era lamentable, a consecuencia de los excesos cometidos por una soldadesca desenfrenada, a la cual su jefe procuraba en vano contener.
Bridget, al regresar, tuvo el gusto de llevar a Casa Cerrada la noticia de la partida de la columna.
Durante aquel día, el señor de Vaudreuil experimentó alguna mejoría, pudiendo descansar unas cuantas horas; su sueño fue tranquilo; el delirio había cesado, y con él las palabras incoherentes que pronunciaba llamando a su hija. Tenía conciencia de que Clary se hallaba a su lado, fuera de todos los peligros a que se hubiera visto expuesta con la vuelta de los realistas.
Mientras que el enfermo dormía, Juan tuvo que hacer a la joven el relato de los acontecimientos de la víspera y de todo cuanto había pasado desde que su padre la dejó en casa del juez Sr. Froment para reunirse con sus compañeros en San Carlos, y, por fin; en qué circunstancias había encontrado al señor de Vaudreuil cuando lo llevó a Casa Cerrada.
Clary escuchaba con el corazón angustiado, los ojos preñados de lágrimas, haciéndose fuerte contra la desesperación. La desgracia parecía unir más estrechamente a ambos, pues abrigaban las mismas ideas y los mismos sentimientos.
Varias veces durante su relato, Juan se levantó profundamente turbado, queriendo huir de una intimidad que la situación presente hacía más peligrosa todavía.
Después de aquellos pocos días que había pasado al la-do de Clary en la villa Montcalm, Juan experimentó sentimientos que quiso alejar de sí, y para conseguirlo contó con los sucesos que se preparaban para entregarse por completo a la tarea que, después del suicidio de su padre, se había impuesto. Y ¡cosa extraña! aquellos mismos acontecimientos eran los que habían llevado a la joven a la de su madre, a la par que le obligaban a él a permanecer en aquel retiro.
Pronto conoció Bridget la naturaleza de los sentimientos que experimentaba su hijo. El espanto que por esto se apoderó de ella fue tan. grande como el de Juan.
¡Él! ¡El hijo de Simón Morgaz!... Sin embargo, la enérgica mujer riada dejó traslucir de sus angustias. ¡Pero cuántos sufrimientos preveía para el porvenir!
Al siguiente día supo el señor de Vandreuil la marcha de los soldados de Witherall, y, sintiéndose con alguna más fuerza, quiso hablar con Juan sobre las consecuencias de la derrota de San Carlos.
¿Qué había sido de sus compañeros Vicente Hodge, Farra, Clerc, Sebastián Gramont; el cortijero Harcher y sus cinco hijos que tan valerosamente se habían batido en la jornada del 25?
Bridget, Clary, y Juan se sentaron, al lado de la cama del señor de Vaudreuil; y accediendo a su ruego, suplicándole que no se fatigase demasiado, Juan empezó, de este modo el relato de lo sucedido:
-Después de luchar hasta lo último, nuestros héroes sucumbieron, agobiados por el número de los enemigos. Uno de mis bravos compañeros de Chipogán, el pobre Remigio, fue muerto casi al principio de la acción, sin que yo pudiera socorrerle; después Miguel y Santiago, heridos a su vez, tuvieron que abandonar el campo de batalla, llevados por su padre y sus otros dos hermanos. ¿Adónde se refugiaron cuando la lucha se hizo ya imposible? Lo ignoro; mas espero que habrán podido pasar la frontera americana. El diputado Gramont ha caído prisionero, debiendo hallarse ahora en la cárcel de Montreal, y ya sabemos por demás la suerte que le reservan los jueces de lord Gosford. Supongo que los Sres. Farran y Clerc han podido sustraerse a la persecución de la caballería realista; pero en cuanto a Vicente Hodge, imposible me es decir...
-Vicente Hodge ha escapado al degüello, respondió Clary. Al anochecer de aquel funesto día andaba errante alrededor de San Carlos, buscándoos, padre mío. La señora Bridget y yo lo hemos encontrado, y, gracias a él, pudimos escapar de las violencias de soldados ebrios que nos insultaban, y refugiarnos aquí. No dudo de que esté ahora en seguridad en algún pueblo de los Estados Unidos.
-¡Es un noble corazón y un valiente patriota! dijo Juan. Lo que ha hecho respecto a la señorita de Vaudreuil y a mi madre, lo hizo también conmigo en lo más recio de la pelea. Me ha salvado la vida, y tal vez hubiera valido más haberme dejado morir. ¡No hubiera tenido la tortura de sobrevivir a la derrota de los Hijos de la Libertad!
-Juan, dijo la joven: ¿habéis perdido acaso toda esperanza respecto a nuestra santa causa?
-¡Perder la esperanza mi hijo!... respondió Bridget con viveza. Jamás lo creeré...
-¡No, madre mía! exclamó Juan. Después de la victoria de San Dionisio, la insurrección se hubiera extendido por todo el valle de San Lorenzo; pero la derrota de San Carlos me obliga a empezar una nueva campaña, y la empezaré. Los reformistas no están vencidos todavía, y hasta deben haberse organizado de nuevo para resistir a las columnas de sir John Colborne. Mucho he tardado en reunirme con ellos... esta misma noche partiré.
-¿Adónde iréis, Juan? preguntó el señor de Vaudreuil.
-En. primer lugar, a San Dionisio. Allí espero encontrar a los principales jefes con quienes habíamos rechazado con tanta felicidad a los soldados de Gore...
-¡Parte, pues, Juan no te detengas! dijo Bridget, fijando en su hijo una penetrante mirada. ¡Sí, parte; tu sitio no está aquí!... ¡Está allá; en las primeras filas!...
-¡Sí, partid Juan! repuso Clary. Es preciso que aparezcáis de nuevo a la cabeza de vuestros parciales... Que los realistas sepan que Juan Sin Nombre no ha muerto...
La joven no pudo acabar la frase.
El señor de Vaudreuil, medio incorporado, tomó la ma-no del joven patriota, diciéndole él también:
-¡Partid, Juan! Dejadme a los cuidados de vuestra madre y de mi hija. Si volvéis a ver a mis amigos, decidles que me verán otra vez a su lado en cuanto tenga bastantes fuerzas para abandonar esta morada. Pero, añadió con una voz que indicaba una extremada debilidad, si pudierais tenernos al corriente de todo lo que se prepare... si os fuera posible volver aquí... ¡Ah, Juan!... ¡Tengo tanta necesidad de saber qué ha sido de todos los que me son queridos... y a quienes quizás no volveré a ver jamás!
-Cuanto ocurra sabréis, señor de Vaudreuil, respondió el joven; y ahora descansad... olvidadlo todo, hasta el momento en que haya que combatir de nuevo.
El consejo de Juan era bueno, pues en el estado en que se encontraba el herido era preciso evitarle la más mínima emoción; acababa de dormirse, y aquel sueño se prolongó hasta media noche; así es que dormía aún cuando Juan salió de Casa Cerrada, a eso de las once, después de despedirse de Clary y de abrazar a su madre, cuya energía no se desmintió ni un solo instante al separarse de su hijo.
Las circunstancias no eran ya las mismas que dos días antes, cuando Bridget no permitió que su hijo fuera a San Dionisio en busca de la señorita de Vaudreuil.
Desde la salida de las tropas de Witherall, el peligro era mucho menor; reinando completa tranquilidad en aquellos pueblos y sus contornos; pues el Gobierno, después de vencer a los reformistas, contemporizaba con ellos y hasta era de extrañar que no procurase completar su victoria lanzando su ejército contra los vencedores del 23, porque si John Colborne no era hombre que retrocediera ante ningún obstáculo; y porque el coronel Gore debía de estar ganoso de vengar su derrota.
Sea lo que fuere, en San Carlos, y por consiguiente en Casa Cerrada, ninguna noticia se tenía ni en pro ni en contra. La confianza se había apoderado nuevamente de los habitantes del pueblo, vueltos la mayor parte a sus hogares y trabajando ya en reparar los desastres causados, por el incendio y por el saqueo. Cuando Bridget salía para comprar algunas provisiones, si bien no preguntaba, escuchaba lo que se decía para comunicárselo después al señor y a la señorita de Vaudreuil. Ninguna noticia grave circulaba en el país, ni ninguna invasión de tropa se hacía temer.
Durante los tres días siguientes al de la partida de Juan, esta tranquilidad no se turbó en el condado de San Jacinto ni en los limítrofes. ¿Creería el Gobierno que la rebelión estaba enteramente sofocada por la derrota de San Carlos? ¿O pensaba solamente perseguir en secreto a los jefes de la oposición que habían dado la señal del alzamiento? Era esto más que probable. Pero lo que nadie estaba dispuesto a admitir; era que los reformistas hubiesen renunciado a continuar la lucha y que se reconocieran completamente vencidos, no quedándoles más remedio que someterse. No. En Casa Cerrada lo mismo que en todo el Canadá, se esperaba un nuevo alzamiento.
El estado del señor de Vaudreuil mejoraba de día en día, y si bien su debilidad era grande, ya la cicatrización de la herida había comenzado a presentarse con franqueza; sin embargo, la convalecencia había de ser larga, y, por lo tanto, algo lejana la época en que estuviese bastante fuerte para abandonar la cama. Al anochecer del tercer día, el enfermo pudo tomar algún alimento, y, habiendo desaparecido la fiebre que lo devoraba al principio, nada grave había que temer, como no sobreviniera alguna complicación.
Durante las muchas horas desocupadas que Bridget y Clary pasaban sentadas a la cabecera de la cama del señor de Vaudreuil, le contaban todo cuanto se decía por fuera, y el nombre de Juan se pronunciaba muy a menudo en aquellas conversaciones íntimas. ¿Se habría reunido a sus compañeros? ¿Mantendría viva la ansiedad de los reclusos de Casa Cerrada, teniéndoles sin las noticias que tanto deseaban?
Y mientras que Clary, silenciosa y con la vista inclinada al suelo, dejaba vagar su pensamiento, el señor de Vaudreuil no cesaba de prodigar elogios al joven patriota que simbolizaba la causa nacional, diciendo a su madre que debía de estar orgullosa por tener tal hijo.
Bridget, con la cabeza baja, no respondía, o, si lo hacía, era para decir que Juan no cumplía más que con su deber.
Nuestros lectores no se sorprenderán sabiendo que Clary experimentaba una viva amistad, casi amor filial para con Bridget, y que su corazón se había ligado estrechamente al de la viuda. A la joven le parecía natural llamarla «madre mía» y, sin embargo, cuando quería tomar las manos de Bridget en señal de afecto parecía que ésta se apresuraba a retirarlas; y si Clary la abrazaba, volvía bruscamente la cabeza. ¿Qué misterio era éste, que la joven no podía descubrir? Pero la madre de Juan era impenetrable. La situación de am-bas mujeres era especial: por parte de una, confianza y afecto casi filial; y por parte de la otra, reserva extremada, y a veces un desvío inexplicable.
En la tarde del 2 de Diciembre hubo en San Carlos alguna alarma, causada por noticias inquietantes, tan inquietantes que Bridget, que las había recogido en varios sitios del pueblo, no quiso comunicárselas al señor de Vaudreuil, con entera aprobación de Clary, que juzgó prudente no turbar la tranquilidad de que tanto necesitaba su padre.
Lo que se decía era que los realistas acababan de derrotar otra vez a los patriotas.
Y, en efecto, el Gobierno no quiso contentarse con haber vencido la insurrección en San Carlos, sino que necesitaba vengar la derrota del coronel Gore en San Dionisio. Si su proyecto salía bien, no tendría ya nada que temer de los reformistas, perseguidos por los agentes de Gilberto Argall y reducidos a dispersarse por las diferentes parroquias del distrito, no quedando después de esto, otra cosa que castigar con las penas más terribles a los jefes del partido insurrecto, detenidos en las prisiones de Quebec y de Montreal.
Dos cañones, cinco compañías de infantería y un escuadrón de caballería habían sido puestos a las órdenes del coronel Gore, quien, acompañado de una fuerza tan superior a la de los patriotas, se presentó en San Dionisio el día 1° de Diciembre.
La noticia de esta expedición, esparcida al principio con cierta vaguedad, cundió aquella misma noche por San Carlos. Algunos habitantes que volvían del campo no tardaron en confirmarla, llegando de este modo a los oídos de Bridget, quien, ocultándola al señor de Vaudreuil, no titubeó en dársela a Clary.
Nuestros lectores comprenderán fácilmente cual seria la inquietud y la angustia que sufrieron ambas.
A San Dionisio, decían ellas, ha ido Juan a reunirse con sus compañeros para reorganizar la insurrección. ¿Y serán, se preguntaban, bastante numerosos para resistir a los realistas? Si desgraciadamente no es así, se verán, de seguro, vencidos; y una vez entrados los vencedores en la vía de las represalias, ¿no perseguirán a aquellos sin darles cuartel? ¿No llegarían a proceder a minuciosas pesquisas en los pueblos; ciudades y cortijos de los condados más particularmente comprometidos en la última sublevación? Especialmente San Carlos, ¿no sería sometido a las más rigurosas medidas, tomadas por la policía, y cuyas consecuencias podrían ser muy graves para nosotros? ¿Qué será entonces del señor de Vaudreuil, decía la madre de Juan, en la imposibilidad de ser transportado hasta la frontera americana?
Bridget y Clary pasaron la velada en un continuo sobresalto, pues las noticias que llegaban de San Dionisio eran aterradoras.
El coronel Gore había encontrado la población completamente abandonada; pues sus defensores, ante la eventualidad de una lucha tan desigual, habían decidido batirse en retirada, y los moradores del pueblo huyeron por medio de los bosques, y atravesando el Richelieu, buscaron un asilo en las próximas parroquias. Lo que pasó en San Dionisio, entregado por completo a la soldadesca, si bien los fugitivos no lo sabían, era por demás fácil de imaginar.
Cerrada por completo la noche, Bridget y Clary fueron, como de costumbre; a sentarse a la cabecera de la cama del señor de Vaudreuil, Y varias veces hubo que explicarle el por qué las Calles de San Carlos, por lo regular tan silenciosas, se llenaban ahora de ruido; Clary se ingeniaba cuanto podía para dar a aquellos rumores un motivo que no alarmase a su padre, pero su pensamiento, volando al encuentro de los patriotas, quería indagar si la causa de la independencia había o no recibido un golpe mortal, y si Juan y sus parciales se habían visto obligados a pasar la frontera o habían caído en poder de los realistas. Y sobre todo él, Juan, ¿habría, podido huir, habría procurado llegar a Casa Cerrada?
La ansiedad que experimentaban las dos, era indescriptible. La joven tenía el presentimiento de que así sucedería, y en ese caso se haría imposible ocultar al señor de Vaudreuil la derrota de los liberales.
Bridget también lo temía, y ambas absortas en el mismo sentir, se comprendían sin pronunciar una palabra.
A eso de las once y media, tres golpes dados en la puerta de Casa Cerrada las sacó de la abstracción en que se hallaban.
-¡Él! exclamó la joven.
Bridget conoció la señal. Sí: era en efecto, uno de sus hijos el que de tal modo llamaba.
La pobre madre pensó que era tal vez el abate, a quien no veía hacía lo menos dos meses; pero Clary no se había equivocado y repetía:
-¡Él es!... ¡Él!...
Y, en efecto, apenas Bridget abrió la puerta, Juan apareció y atravesó rápidamente el umbral.