Familia sin nombre · Parte 3

II

SAN DIONISIO Y SAN CARLOS

No estaba lejano el día en que estallara la revolución, pues ambos partidos se hallaban ya, puede decirse, frente a frente. Pero ¿cuál sería el teatro de la lucha? Sin duda los condados limítrofes al de Montreal, en los que la efervescencia tomaba proporciones muy inquietantes para el Gobierno, sobre todo en los de Verchères y San Jacinto. Se hablaba muy particularmente de dos de las más ricas parroquias bañadas por el Richelieu y situadas a pocas leguas una de otra: San Dionisio, en donde los reformistas habían concentrado sus fuerzas, y San Carlos, en la que Juan, vuelto a Casa Cerrada, se preparaba a dar la señal del alzamiento.

El Gobernador general había tomado todas las medidas que exigían las circunstancias, y por lo tanto los revolucionarios no podían contar con sorprenderle en su palacio para aprisionarle y sustituir con la autoridad popular la de la Metrópoli. En previsión de que el ataque se iniciara por los partidarios de la dominación inglesa, los defensores de la independencia canadiense se acantonaron en unas posiciones en que la resistencia podía organizarse en mejores condiciones, y todos sus esfuerzos tenderían a pasar de la defensa al ataque.

La primera victoria obtenida traería en pos de sí el con-dado de San Jacinto, la sublevación general de las poblaciones ribereñas del San Lorenzo, y por consiguiente el aniquilamiento de la tiranía anglo-sajona desde el lago Ontario hasta la embocadura del río.

Lord Gosford no ignoraba ninguno de estos detalles; pero no disponiendo sino de pocas fuerzas, que seguramente sucumbirían bajo el peso de la insurrección, importábale sofocar ésta en un principio, por un golpe certero en San Dionisio y en San Carlos, lo que se intentó después de la refriega de Longueuil. Sir John Colborne, que tenía la jefatura del ejército anglo-canadiense, lo dividió en dos columnas; la una mandada por el teniente coronel Witherall, y la otra por el coronel Gore.

Este ultimo, después de hacer con rapidez sus preparativos, salió de Montreal el 22 de Noviembre. Su columna, compuesta de cinco compañías de tiradores y de un destacamento, de a caballo, no tenía más artillería que una pieza de campaña. Llegó a Sorel el mismo día por la tarde, y sin descansar apenas; se puso nuevamente en marcha, pues aun cuando estaba el tiempo malísimo y el camino poco menos que impracticable, no titubeó ni un solo instante en proseguir su ruta, en medio de una noche muy oscura. Su proyecto era el de batir a los insurrectos de San Carlos, después de haber derrotado a los de San Dionisio; pero antes de todo ataque pensaba procederá la detención de cuantos cabecillas pudiese, con ayuda del diputado sheriff, que le acompañaba.

El coronel Gore había salido de Sorel hacía algunas horas cuando el teniente Weir, que pertenecía al regimiento número 32, llegó allí para entregarle un pliego cerrado de sir John Colborne. Como el despacho era urgentísimo, Weir se puso nuevamente en camino; y tomando por un atajo se dio tanta prisa, que, llegando a San Dionisio antes que los soldados, cayó en poder de los patriotas. El doctor Nelson, encargado de la defensa, interrogó a este joven oficial y pudo obtener de él la confesión de que el coronel Gore, a marchas forzadas, se dirigía al pueblo, y que llegaría, sin duda alguna, al amanecer del día siguiente.

Sabido esto, puso al detenido bajo la custodia de algunos hombres, recomendándoles que le guardasen las mayores atenciones, y procedió a activar con gran rapidez los preparativos de defensa.

Entre otras compañías de patriotas existían las que se designaban con el nombre de Castors y de Raquettes, hábiles en el manejo de las armas, y cuya conducta fue en extremo brillante en aquella jornada. Bajo las órdenes del doctor Nelson se hallaban Papineau y algunos otros diputados, el comisario general Felipe Pacaud y los señores de Vaudreuil, Vicente Hodge, Andrés Farran; William Clerc y Sebastián Gramont; quienes; llamados todos por Juan, habían ido a unirse con los reformistas; esquivando, no sin trabajo, las pesquisas de la policía.

Clary de Vaudreuil también se encontraba allí, porque acababa de llegar al lado de su padre, a quien no había vuelto a ver desde las ocurrencias de Chipogán; pues noticioso éste de que había recaído orden de arresto contra él, tuvo necesariamente que abandonar con precipitación la villa Montcalm, lleno, sin embargo, de inquietud por dejar sola en ella a su hija, expuesta a toda clase de peligros. Así es que cuando resolvió irse a San Dionisio, la propuso que fuera a reunírsele, lo que Clary hizo sin vacilar un instante: máxime cuando no dudaba del éxito definitivo de la insurrección, sabiendo que Juan Sin Nombre iba a ponerse al frente de los patriotas. El señor y la señorita de Vaudreuil estaban, por lo tanto, reunidos en aquel pueblo, bajo la hospitalidad de su amigo el juez Froment, que sigilosamente los albergaba.

Los conjurados de San Dionisio adoptaron una medida a la que Papineau tuvo que someterse, muy a pesar suyo. El doctor Nelson y algunos otros hicieron comprender al valeroso diputado que su sitio no estaba en el teatro de la lucha; que su vida era preciosa en demasía para que la arriesgara sin necesidad, y que debía irremisiblemente salir de San Dionisio y ocultarse en un sitio tan reservado y seguro, que los agentes de Gilberto Argall no pudieran descubrirle.

Y así lo hizo, no obstante el pesar que semejante proceder le producía. La noche entera la pasaron los patriotas fundiendo balas, arreglando municiones y pertrechándose para la guerra.

El hijo del doctor Nelson, sus compañeros, el señor de Vaudreuil y demás amigos, trabajaron también sin descanso; pero desgraciadamente el armamento dejaba mucho que desear, pues los fusiles, sobre ser escasos en número, eran de chispa, marraban muchas veces, y su alcance no pasaba más allá de un centenar de pasos.

Nuestros lectores no habrán olvidado que Juan, durante sus correrías por el San Lorenzo, había distribuido armas y municiones por todas partes, y que como cada uno de los condados hubo de recibir su contingente en previsión de un alzamiento general, no hicieron depósito de ellas en un punto determinado; cosa que hubiera sido conveniente en San Carlos y en San Dionisio, si hubieran podido prever que era allí donde iba a producirse el primer choque.

Mientras tanto, el coronel Gore avanzaba en medio de aquella noche fría, y un poco antes de llegar a San Dionisio, dos canadienses franceses que cayeron en sus manos le dijeron que los insurrectos no le dejarían atravesar la parroquia, pues lucharían hasta morir.

El coronel, sin dar un instante de tregua a sus soldados, los arengó diciéndoles que la nación inglesa los miraba, que el honor Militar exigía batirse con denuedo, que no tenían que esperar cuartel de los sublevados; y hecho esto, los dividió en tres columnas, colocando una en un bosquecillo que se hallaba al Este del pueblo, otra en la orilla del río, mientras que la tercera, arrastrando consigo su único cañón, continuó su marcha por la carretera.

A las seis de la mañana el doctor Nelson, los señores Vicente Hodge y Vaudreuil montaron a caballo para hacer un reconocimiento por el camino de Saint-Ours. La oscuridad era -tanta, que faltó muy poco para que los tres cayesen en poder de la vanguardia enemiga.

Retrocedieron inmediatamente, y al entrar en San Dionisio dieron orden de cortar los puentes y de repicar las campanas, para que los patriotas se reunieran, sin perder tiempo, en la plaza.

¡Cuántos eran! A lo sumo setecientos u ochocientos, pocos en número y mal armados, pues mientras unos llevaban fusiles, otros empuñaban hoces, horquillas y picas; pero todos absolutamente decididos a perder la vida antes que permitir la entrada a los soldados del coronel Gore.

Ya reunidos, el doctor Nelson segregó a los que se hallaban en estado de hacer fuego, y los apostó del siguiente modo: en el piso segundo de una gran casa de piedra situada en la orilla del camino, colocó a unos sesenta, y con ellos estaban el señor de Vaudreuil y Vicente Hodge; a veinticinco pasos de allí, detrás de una fábrica de alcoholes cuya propiedad le pertenecía, parapetó a treinta, entre los que se veían William Clerc y Andrés Farran; en el fondo de un almacén, dependiente de la mencionada fábrica, ocultó una docena, en compañía del diputado Gramont. Los demás, reducidos a combatir con arma blanca, se resguardaron detrás de los muros de la iglesia, prontos a precipitarse sobre los sitiadores.

En aquel momento, a eso de las nueve y media de la mañana, tuvo lugar un trágico acontecimiento, nunca bien explicado por nadie.

El teniente Weir, prisionero del doctor Nelson, y a quien algunos hombres acompañaban por el camino, tan luego como divisó la vanguardia del coronel Gore, procuró escapar para unirse a los suyos; mas habiendo tropezado, cayó, y, no teniendo tiempo para levantarse, fue muerto a sablazos. ¿Quiénes fueron los que le mataron? No se supo jamás.

Presentes ya en el pueblo los soldados, empezó el combate; una de las primeras balas de cañón lanzadas contra la casa de piedra, mató a dos canadienses apostados en el segundo piso, mientras que un tercero, que hacía fuego desde una de las ventanas, fue gravemente herido.

Durante algunos minutos, numerosos tiros sonaron por ambas partes, y los soldados que ofrecían blanco a la puntería pagaron muy caro la imprudente indiferencia con que se exponían al fuego de aquellos «aldeanos»como los llamaban. Pelearon con bizarría; pero fueron diezmados por los defensores de la casa de piedra, y tres de sus artilleros cayeron con la mecha en la mano, al lado de la pieza que servían.

Sin embargo, los proyectiles no chocaban en balde con las paredes, y bien pronto se observó que el segundo piso de la mencionada casa no ofrecía seguridad alguna.

-¡Al piso bajo! exclamó el doctor Nelson.

-Sí, respondió Vicente Hodge; desde allí tiraremos más de cerca sobre las casacas encarnadas.

Bajaron todos, y las descargas empezaron con rapidez.

Los reformistas demostraban un valor sin igual; algunos, intrépidos hasta lo indescriptible, salieron al camino y se batían al descubierto; mas como esto era una imprudencia peligrosísima, el doctor Nelson envió a su ayudante Perrault, natural de Montreal, con orden de que se retiraran; pero cumplió su misión con tan mala estrella, que recibiendo en aquel momento dos balazos, cayó muerto.

Por espacio de más de una hora el tiroteo continuó sin cesar, si bien con gran daño para los sitiadores; quienes tuvieron bastantes bajas, no obstante hallarse resguardados por las paredes y por montones de madera.

Contrariado por esto el coronel Gore, y viendo además que se agotaban sus municiones, mandó al capitán Markman que atacara a los enemigos por retaguardia. Markman lo intentó; no sin perder la mayor parte de sus hombres y no sin que una bala le alcanzara también, derribándole del caballo, teniendo que ser llevado en brazos de sus soldados.

El combate tomaba mal giro para los realistas, quienes en aquel momento oyeron gritos por la parte del camino y comprendieron que iban a ser cercados.

Un hombre acababa de presentarse; un hombre alrededor del cual los francocanadienses se apiñaban, siempre que aparecía, como en torno de una bandera.

-¡Juan Sin Nombre! ¡Juan Sin Nombre! exclamaron, blandiendo sus armas.

Era, en efecto, el joven patriota, que llegaba a la cabeza de un centenar de insurrectos reclutados en San Antonio, en Saint-Ours y en Contrecœur, y con los cuales había atravesado el Richelieu en medio de las balas enemigas.

-¡Adelante, Raquettes y Castors! exclamó, lanzando a sus compañeros al encuentro de los contrarios.

A su voz, los patriotas cayeron sobre los realistas, visto lo cual por los que aun se mantenían en la casa sitiada, y, alentados por tan inesperado refuerzo, hicieron una salida. El coronel Gore tuvo que batirse en retirada, tomando la dirección de Sorel, dejando varios prisioneros y su cañón en poder de los vencedores. Contaba unas sesenta bajas entre muertos y heridos, mientras que los reformistas solamente tuvieron que deplorar la muerte de cuatro héroes y curar las heridas a otros cuatro.

Tal fue el resultado de la batalla de San Dionisio.

La noticia de aquella victoria se esparció con extremada rapidez por todas las parroquias ribereñas de Richelieu y por los condados próximos al San Lorenzo.

Era un buen principio para los partidarios del reformismo, pero sólo un principio; así es que Juan, en el momento en que sus parciales se reunían para recibir órdenes de sus jefes, les dijo estas palabras, como atándolas a una nueva victoria:

-¡Patriotas, a San Carlos!

Nuestros lectores no habrán olvidado que este pueblo se hallaba amenazado por la columna de Whiterall.

Una hora más tarde, el señor de Vaudreuil y Juan, después de despedirse de Clary, conocedora ya por ellos del éxito de la jornada, se habían unido a sus compañeros, que se dirigían a San Carlos.

En aquella ciudad iba a decidirse, dos días después, la suerte de la insurrección de 1837.

Merced a la concentración de los reformistas en San Carlos, éste era ciertamente el principal teatro de la rebelión, y por consiguiente hacia este punto fue adonde el teniente coronel Whiterall se dirigió, con fuerzas relativamente considerables; así es que Brown, Desrivières, Gauvin y otros, organizaron una vigorosa defensa. Podían contar, sin duda alguna, con aquella ardiente población, que se había pronunciado ya, expulsando de la ciudad a uno de los notables acusado de ser partidario de los anglo-canadienses; y ¡cosa singular! alrededor de la casa de éste, convertida en fortaleza, fue donde Brown, jefe de los insurrectos, estableció un campamento que debía servir de punto de reunión para las fuerzas de que disponía.

La distancia de San Dionisio a San Carlos no era más que de seis millas, y por lo tanto las detonaciones de artillería se oyeron perfectamente durante la jornada del 23; y antes de que llegara la noche; los habitantes de esta última ciudad supieron que los realistas habían tenido que batirse en retirada hacia Sorel.

La impresión producida por esta primera victoria fue tan grande, que las puertas de todas las casas se abrieron de par en par, dando paso a sus moradores, que salían a la calle dominados por un patriótico delirio.

Tan sólo una no se abrió; ésta era Casa Cerrada; situada en un extremo del pueblo, a la revuelta de la carretera, y por consiguiente algo lejos del campamento. La vivienda de Bridget estaba, por esta razón, menos en peligro que las casas inmediatas para el caso de que la población fuese atacada y forzada por las tropas realistas.

Bridget esperaba los acontecimientos con su acostumbrada resignación, pronta a recibir a sus hijos si las circunstancias obligaran a éstos a ir a pedirle asilo; pero a la sazón el abate Joann visitaba las parroquias del Alto Canadá, predicando en favor de la insurrección, y Juan, no ocultándose ya, había aparecido de nuevo a la cabeza de sus partidarios. Su nombre corría de boca en boca a través de los condados de San Lorenzo, y por más que la casa de su madre estuviese constantemente cerrada, ese nombre llegó hasta allí, y con él la noticia de la victoria de San Dionisio, a la que estaba íntimamente unido.

Bridget se preguntaba a sí misma si Juan acudiría al campamento de San Carlos; si le haría una visita; si traspasaría el umbral de su casa para decirle lo que había hecho, lo que pensaba hacer, y para abrazarla de nuevo. En realidad esto dependería de las fases que presentara la insurrección; así es que la pobre madre estaba pronta a cualquier hora del día o de la noche a recibir a su hijo en Casa Cerrada.

Cuando lord Gosford supo la derrota de las tropas en San Dionisio, temiendo que los vencedores fueran a reunirse con los patriotas de San Carlos, aumentando así las fuerzas de éstos, dio orden de que la columna de Whiterall retrocediera; pero era ya demasiado tarde. Los correos enviados desde Montreal por sir John Colborne fueron detenidos en el camino, y las tropas, en vez de retroceder, prosiguieron su marcha.

Nada podía ya impedir el choque entre los sublevados de esta población y los soldados de la Gran Bretaña.

Desde el día 24, Juan se hallaba en medio de los defensores del campamento, y con él habían acudido los señores de Vaudreuil, Andrés Farran, William Clerc, Vicente Hodge y Sebastián Gramont.

Dos días antes, Tomás Harcher y sus cinco hijos mayores habían salido de SaintAlbans, y traspasando la frontera americana, llegaron a San Carlos resueltos a cumplir con su deber hasta el fin.

Es preciso que consignemos aquí que nadie dudaba de un éxito definitivo, ni los jefes políticos del partido de la oposición, ni el señor de Vaudreuil y sus amigos, ni Tomás Harcher, ni Pedro, Remigio, Miguel, Tony y Santiago, sus valientes hijos, ni ninguno de los habitantes de la ciudad, sobrexcitados como estaban con el pensamiento de que a ellos se debería el último golpe dado a la tiranía anglosajona.

Sin embargo, antes de atacar a San Carlos, el teniente coronel Witherall mandó a Brown y a sus compañeros un mensaje en el que les decía que, si querían someterse, nada se les haría.

Esta proposición fue rechazada por unanimidad; Brown y los suyos pensaron que cuando los realistas, después de lo ocurrido en San Dionisio, venían con arrogancia y les ofrecían misericordia, era seguro que se sentían incapaces de forzar el campamento.

¡No! No se les permitiría llegar a San Carlos para llevar allí a cabo sangrientas represalias, sino que, en cuanto se presentara la columna de Witherall, sería rechazada, dispersa; y la nueva derrota que esperaba a los realistas, derrota completa esta vez, aseguraría la victoria definitiva. Así se pensaba y se hablaba en las filas de los patriotas.

Y en verdad que los defensores del campamento no eran muy numerosos: un puñado de hombres; pero lo más selecto del partido. Entre jefes y soldados sumaban apenas doscientos, armados con hoces, picas, palos y fusiles de chispa; y para responder a la artillería realista. disponían tan sólo de dos cañones casi inservibles.

Mientras tanto se preparaban a recibirlos; los soldados de Witherall marchaban rápidamente, sin que se vieran detenidos por los obstáculos que el invierno acumula en aquellas regiones; pues estando el tiempo muy frío y la tierra seca, andaban a buen paso, y las cureñas rodaban con bastante facilidad por aquel suelo endurecido.

Los reformistas los aguardaban entusiasmados por su última victoria, electrizados por la presencia de jefes tales cono Brown, Desrivières, Gauvin, Vicente Hodge, Vaudreuil, Amiot, A. Papineau; Marchessault, Maynard, y, sobre todo, de Juan Sin Nombre; ya hemos visto el caso que hicieron de las proposiciones de Witherall, pues a la intimación que les hizo para que se rindiesen y depusiesen las armas, estaban prontos a responder a tiros, a palos, con hoces y con picas.

No obstante, el campamento establecido en un extremo de la ciudad ofrecía ciertas desventajas, que ya no era tiempo de remediar. Si bien se hallaba resguardado de un lado por el río y de otro por un gran montón de árboles cortados que rodeaban la casa Debartzch, en cambio una colina le dominaba por detrás, y los insurrectos canadienses estaban en corto número para ocuparla.

Si los realistas llegaban a tomar posesión de ella, los patriotas no tendrían más abrigo contra los tiros que la casa Debartzch, llena de troneras; pero ¿podría en este caso resistir a un asalto? O lo que es lo mismo: si se viesen reducidos a la condición de sitiados, ¿Brown y sus compañeros tendrían fuerza bastante para sostenerse contra los sitiadores?

A eso de las dos de la tarde lejanos clamores se dejaron oír: después se produjo un gran desorden: un tropel de mujeres, niños y ancianos llegaban a campo traviesa a San Carlos. Eran los campesinos que huían.

A lo lejos se divisaban espesas columnas de negro humo, producidas por las casas incendiadas; las granjas cercanas ardían, y la columna mandada por Whiterall avanzaba en medio de las ruinas y el degüello que señalaba su paso.

Brown detuvo a aquellos de los fugitivos que se hallaban en estado de empuñar las armas, y dejando el mando a Marchessault, se lanzó al camino con el fin de reunir a todos los hombres útiles para combatir. Después de tomar toda clase de medidas que diesen por resultado prolongar la resistencia, Marchessault apostó a sus hombres detrás de los grupos de árboles que protegían el campamento.

-¡Aquí es, dijo, en donde va a decidirse la suerte del país! ¡Aquí es en donde es preciso defendernos!...

-¡Hasta morir! respondió Juan Sin Nombre.

En este momento las primeras detonaciones sonaron muy cerca, y pudo comprenderse que desde el principio los realistas iban a maniobrar con gran ventaja.

Y, en efecto, exponerse al fuego de los insurrectos, que, apostados detrás de los agrupados árboles, habían matado ya algunos soldados, hubiera sido una gran torpeza por parte del teniente coronel Witherall, al cual, disponiendo de trescientos o cuatrocientos soldados de caballería y de dos piezas de artillería, le era muy fácil dominar el campamento de San Carlos y aplastar a sus defensores. No es de extrañar, pues, que, comprendiéndolo así, diese orden de dar la vuelta a las trincheras, para tomar posición en la colina de que ya hemos hablado.

Este movimiento se ejecutó sin ninguna dificultad. Los dos cañones fueron subidos a la cima, puestos en batería, y el combate empezó con igual energía por ambas partes. To-do esto se hizo con tal rapidez, que Brown, ocupado en reclutar a los fugitivos esparcidos por la campiña, no pudo reunirse con los suyos, teniendo que refugiarse en San Dionisio.

Los patriotas, aunque bastante mal resguardados, se defendían con ardor. Marchessault, el señor de Vaudreuil, Vicente Hodge, Clerc, Farran, Gramont, Tomás Harcher, sus hijos, todos los que tenían un fusil, respondían sin cesar al fuego de los sitiadores. Juan Sin Nombre los animaba sólo con su presencia; mas lo que hubiera sido necesario era un campo de batalla en donde los más valientes pudieran combatir, cuerpo a cuerpo con el enemigo; pero su arrojo estaba paralizado al verse obligados a sostener una lucha en aquellas condiciones.

Si bien los defensores del campamento habían inutilizado a muchos de los de casaca colorada, también habían sufrido pérdidas muy sensibles. Una docena de sus compañeros habían caído heridos unos, y muertos otros. Entre estos últimos se hallaba Remigio Harcher, tendido en un charco de sangre y con el pecho abierto por una bala de cañón. Cuando sus hermanos le levantaron para trasportarlo a la espalda de la casa, era ya cadáver. Andrés Farran, con un hombro destrozado, estaba ya allí, a donde lo habían conducido el señor de Vaudreuil y Vicente Hodge, quienes, después de dejarle en seguridad, se volvieron a su puesto de combate.

Pero iba a hacerse muy pronto necesario abandonar este último refugio. Los montones de árboles, destruidos por los cañonazos, dejaban libre la entrada al campamento, y el teniente coronel Witherall, habiendo mandado cargar a la bayoneta, hizo «una verdadera carnicería» según los relatos de este sangriento episodio de la insurrección franco-canadiense.

Allí perecieron valientes patriotas, que, agotadas sus municiones, se batían a culatazos, y allí murieron los dos hermanos Herbert, menos felices que A. Papineau, Amiot y Marchessault, quienes llegaron a abrirse paso por medio de los sitiadores, después de una heroica defensa. Allí cayeron también, para no levantarse más, otros partidarios de la causa nacional, cuyo número jamás fue conocido, porque el río arrastró sus cadáveres.

Algunas víctimas hubo a la vez entre los personajes que figuran en esta historia; y si bien Juan Sin Nombre, habiéndose batido como un león, siempre a la cabeza de los suyos en medio de la pelea, no recibió ni una contusión siquiera, otros en cambio, fueron más desgraciados. Después de Remigio, sus dos hermanos Miguel y Santiago, heridos grave-mente por la metralla, fueron llevados fuera del campamento por Tomás y Pedro Harcher, y sustraídos de este modo al atroz degüello que siguió a la victoria ganada por los realistas.

William Clerc y Vicente Hodge hicieron también prodigios de valor; veinte veces se les vio en lo más recio del combate con el fusil en una mano y la pistola en la otra. En medio de la refriega siguieron a Juan Sin Nombre hasta la batería establecida en lo alto de la colina, y en aquel momento hubiera tal vez muerto Juan, si Vicente Hodge no le hubiese librado del tiro que le disparó un artillero.

-Gracias, señor Hodge, le dijo el joven patriota, pero tal vez hayáis hecho mal... Todo hubiera concluido para mí ahora.

Y, en efecto, más hubiera valido que el hijo de Simón Morgaz quedase en el campo de batalla, puesto que la causa de la independencia sucumbía en San Carlos.

Juan Sin Nombre, volviendo a la pelea, divisó al pie de la colina al señor de Vaudreuil, que yacía en el suelo bañado en su propia sangre.

Este había sido derribado de un sablazo cuando la caballería de Witherall daba cargas en derredor del campamento para acabar de dispersar a los insurrectos.

Y entonces, Juan oyó así como una voz interior que le decía: «Salvad a mi padre.»

En medio del humo de la pólvora, Juan se arrastró hasta el señor de Vaudreuil, sin conocimiento, muerto tal vez; le levantó entre sus brazos y se lo llevó a lo largo de las trincheras. Después, mientras que los soldados perseguían a los rebeldes con un encarnizamiento increíble, pudo llegar sin tropiezo hasta el barrio alto de San Carlos, atravesando por entre las casas ardiendo, y se refugió con su carga bajo el pórtico de la iglesia.

Eran entonces las cinco de la tarde, y las tinieblas, lo hubieran dominado todo, a no ser por las llamas que se levantaban terribles por encima de las ruinas de aquel pueblo.

La insurrección, victoriosa en San Dionisio, acababa de ser vencida en San Carlos, no pudiéndose decir siquiera que ambos partidos estaban iguales, no; esta derrota había de tener peores resultados para la causa nacional que ventajas reales había obtenido con su victoria, pues aniquilaba por completo las esperanzas concebidas por los reformistas.

EL triunfo de Witherall fue completo, y los insurrectos supervivientes tuvieron que huir a la desbandada.

William Clerc y Andrés Farran, ligeramente heridos, tuvieron que correr a campo traviesa, y expuestos a mil peligros, consiguieron pasar la frontera, no sabiendo lo que había sido del señor Vaudreuil ni de Vicente Hodge.

¿Qué pasaría ahora a Clary en aquella casa de San Dionisio, en donde esperaba noticias? ¿No tendría que temerlo todo de los vencedores si no huía de allí?

En esto meditaba Juan cuando se hallaba en la iglesia custodiando al señor de Vaudreuil, que si bien no había vuelto en sí daba, sin embargo, algunas señales de vida, pues su corazón latía, aunque débilmente. Con cuidados inmediatos hubiera sido tal vez fácil devolverle la salud; pero ¿dónde y cómo prodigarle estos cuidados? No había que titubear; era preciso transportarle aquella misma noche a Casa Cerrada.

Esta, en efecto, no estaba muy lejos; apenas unos cuantos centenares de pasos bajando la calle principal de la ciudad, y Juan resolvió hacerlo así en cuanto los soldados de Witherall salieran de San Carlos o acampasen para pasar la noche.

¡Pero el señor de Vandreuil en casa de su madre, en casa de la viuda de Simón Morgaz...! ¿Y si el padre de Clary supiese algún día bajo que techo le había transportado Juan...? Es verdad. Mas él, el hijo del traidor, ¿no se había hospedado en la villa Montcalm...? ¿No había sido compañero de armas del señor de Vandreuil...? ¿No acababa de librarle de una muerte segura...? ¿Por qué no había de recibir los cuidados de una Bridget Morgaz? Y además, ¿quién había de hacérselo saber? Nadie podía despejar el incógnito bajo el que se ocultaba aquella miserable familia.

Resuelto ya Juan a cumplir su proyecto, esperó el momento propicio para ponerlo en ejecución.

Y entonces su pensamiento voló hacia aquella casa de San Dionisio, en la que Clary iba a saber la derrota de los patriotas. Viendo que su padre no regresaba, ¿no pensaría que había sucumbido? ¿Sería posible avisarla de que el señor de Vaudreuil había sido transportado a Casa Cerrada, y librarla a ella también de los peligros que la amenazaban en aquella ciudad quo iba a ser entregada a la venganza de los vencedores?

Estas ideas llenaban de desconsuelo a Juan, cuya alma se hallaba bastante lacerada por los desastres tan terribles que acabara de sufrir la causa nacional. Tantas esperanzas concebidas después de la victoria obtenida en San Dionisio, el alzamiento general de los condados, la insurrección ganando terreno en el valle del Richelieu y del San Lorenzo, el ejército realista reducido a la impotencia, la independencia conquistada, y él, Juan, habiendo compensado con gloria el mal hecho a su país por la traición de su padre, ¡todo se había per-dido... absolutamente todo!

¿Todo?... Sin embargo, ¿no sería posible emprender de nuevo la lucha? ¿Acaso había muerto el patriotismo en el corazón de los franco-canadienses porque algunos centenares de patriotas habían sido degollados en San Carlos?... No: Juan empezaría de nuevo su obra; lucharía hasta morir.

Aun cuando estaba ya bien entrada la noche, en la ciudad se mezclaban todavía los ruidosos hurras de los soldados con los quejidos de los heridos. Las llamas, con su resplandor siniestro, alumbraban las calles, pues habiendo reducido a cenizas el campamento, se habían apoderado de las casas más próximas, y Juan se preguntaba en dónde se detendría el incendio... ¿Se habría corrido el fuego hasta el extremo del pueblo, y, propagándose las llamas hasta la Casa Cerrada, no encontraría ya a su madre?

Este temor le aterrorizó, no por él, que podría siempre huir al campo, llegar a los bosques en medio de las tinieblas de la noche y estar al amanecer fuera del alcance de sus perseguidores; pero ¿qué sería del señor de Vaudreuil? Si cayese en poder de los realistas, estaba perdido sin remedio, pues ni aun los heridos tuvieron cuartel en aquella sangrienta jornada.

A eso de las ocho, una relativa tranquilidad pareció reinar en San Carlos, ya fuera porque los habitantes habían sido echados de la población, o porque, habiéndose marchado las tropas de Whiterall, se habían refugiado en algunas de las casas que se salvaron del incendio.

Estando las calles desiertas en aquel momento, Juan quiso aprovechar la oportunidad, para lo cual avanzó hasta la puerta de la iglesia, echó una rápida mirada a la plaza, y bajó las gradas del pórtico.

A nadie vio en aquella plaza medio alumbrada por lejanas llamas.

Volvió al lado del señor de Vaudreuil, tendido al lado de un pilar, le incorporó y le cogió en brazos.

Aquel cuerpo inerte era una pesada carga aun para un hombre tan vigoroso como Juan, teniendo que llevarle hasta el recodo del camino cerca del cual se levantaba Casa Cerrada.

El joven atravesó la plaza y se deslizó a lo largo de la pared de la calle más próxima.

Tiempo era ya de que desapareciese, porque apenas anduvo unos cuantos pasos, oyó resonar grandes clamores, al mismo tiempo que el suelo retumbaba bajo los cascos de los caballos.

Era el destacamento de caballería que volvía a San Carlos, pues antes de lanzarlo en persecución de los fugitivos, el teniente coronel Witherall le había dado orden de replegarse sobre la ciudad, designándole la iglesia para pernoctar en ella.

Un instante después, los jinetes se instalaron en la nave principal, tomando desde luego las convenientes precauciones en previsión de alguna nueva algarada; y no solamente se establecieron los soldados en el templo, sino que también los caballos fueron introducidos en él.

Inútil es reseñar las profanaciones a que se entregó aquella soldadesca desenfrenada en un edificio consagrado al culto católico.

Juan continuaba su marcha por la solitaria calle, deteniéndose de vez en cuando, presa del temor que le invadía, a medida que se acercaba a Casa Cerrada, de no hallar más que ruinas.

Por fin llegó, y se detuvo delante de la morada de su madre. El incendio no había cundido hasta allí; la casa estaba intacta, perdida entre la sombra, no dejando filtrar, ni un solo rayo de luz por las ventanas, herméticamente cerradas. Juan, llevando siempre al señor de Vaudreuil, se halló delante de la reja que cerraba el patio, la empujó, y arrastrándose hasta la puerta de la casa, dio la señal convenida. Un momento después; Juan y el herido estaban en seguridad en la casa de Bridget Morgaz.

Telegramma

Ufficio di partenza: World Wide Web · Destinazione: a bordo del Nautilus

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