Dos años de vacaciones

Capítulo 14

Con la buena estación que se anunciaba, los jóvenes colonos iban a poder poner en práctica algunos de los proyectos concebidos durante los largos ocios del invierno.

Hacia el oeste —eso era más que evidente— ninguna tierra se encontraba próxima a la isla. Al norte, al sur, al oeste, ¿ocurría lo mismo, y formaba esta isla parte de un archipiélago o de un grupo del Pacífico? No, sin duda, si nos atenemos al mapa de François Baudoin. Sin embargo, podían hallarse tierras en aquellos parajes, aunque el náufrago no las hubiera avistado, por la razón de que no disponía ni de catalejo ni de anteojo, y de que, desde lo alto de Auckland-hill, apenas si la vista abarcaba un horizonte de algunos millas. Los jóvenes muchachos, mejor pertrechados para observar el mar en alta mar, descubrirían quizás lo que el superviviente del Duguay-Trouin no había tenido la posibilidad de entrever.

Dada su configuración, la isla Chairman no medía más de una docena de millas en su parte central, al este de French-den. En el extremo opuesto a Sloughi-bay, siendo la costa recortada, convendría extender el reconocimiento en aquella dirección.

Pero, antes de visitar las diversas regiones de la isla, había que explorar el territorio comprendido entre Auckland-hill, el lago Family y Traps-woods. ¿Cuáles eran sus recursos? ¿Era rico en árboles o arbustos de los que se pudiera sacar partido? Para saberlo se decidió una expedición, fijada para los primeros días de noviembre.

Sin embargo, si la primavera iba a comenzar astronómicamente, la isla Chairman, situada a una latitud bastante elevada, aún no sentía su influencia. El mes de septiembre y la mitad de octubre estuvieron marcados por grandes temporales. Hubo aún fríos muy intensos, aunque no persistieron, pues las direcciones del viento se volvieron sumamente variables. Durante este período del equinoccio, las perturbaciones atmosféricas se manifestaron con una violencia sin igual —semejante a las que habían arrastrado al Sloughi a través del Pacífico. Bajo los golpes redoblados de las borrascas, parecía que el macizo de Auckland-hill temblaba por entero, cuando la ráfaga del sur, rasando la región de los South-moors, que no le oponían obstáculo alguno, traía los helados rigores del mar antártico. Era una ruda tarea cuando había que cerrarle el paso a French-den. Veinte veces arremetió contra la puerta que daba acceso al Store-room, y penetró por el corredor hasta el salón. En aquellas condiciones, se sufrió ciertamente más que en la época de los fríos intensos que habían bajado la columna termométrica a treinta grados bajo cero. Y no era solo la ráfaga, sino la lluvia y el granizo contra los que había que luchar.

Para mayor contrariedad, la caza parecía haber desaparecido, como si hubiera ido a buscar refugio en las partes de la isla menos expuestas a los rigores del equinoccio —y también el pescado, probablemente asustado por la agitación de las aguas que bramaban a lo largo de las orillas del lago.

Sin embargo, no se permaneció ocioso en French-den. Como la mesa ya no podía servir de vehículo, puesto que la capa de nieve endurecida había desaparecido, Baxter buscó el modo de fabricar un aparato adecuado para el transporte de objetos pesados.

A tal efecto, se le ocurrió utilizar dos ruedas del mismo tamaño pertenecientes al molinete de la goleta. Ese trabajo no se realizó sin muchos tanteos que habría evitado un hombre del oficio. Las ruedas eran dentadas, y, tras intentar en vano romper los dientes, Baxter se vio reducido a rellenar los intervalos con cuñas de madera muy ajustadas, que fueron zunchadas con una banda metálica. Luego, reunidas las dos ruedas mediante una barra de hierro, se montó un sólido bastidor de tablas sobre ese eje. ¡Vehículo harto rudimentario! Pero, tal cual, debía prestar y prestó grandes servicios. Inútil añadir que, a falta de caballo, mula o borrico, serían los más vigorosos de la colonia quienes se engancharían a dicho vehículo.

¡Ah! ¡Si se lograra apoderarse de cuadrúpedos que pudieran adiestrarse para ese uso, cuántas fatigas se ahorrarían! ¿Por qué la fauna de la isla Chairman, salvo algunos carnívoros de los que se habían encontrado restos o rastros, parecía más rica en aves que en rumiantes? Y aun así, a juzgar por el ñandú de Service, ¿podía esperarse que se sometieran a los deberes de la domesticidad?

En efecto, el ñandú no había perdido en absoluto nada de su carácter salvaje. No dejaba que nadie se le acercara sin defenderse a picotazos y patadas, intentaba romper las ataduras que lo sujetaban, y, de haberlo conseguido, pronto lo habrían perdido entre los árboles de Traps-woods.

Service, sin embargo, no se desalentaba. Naturalmente había dado al ñandú el nombre de Brausewind, como había hecho con su avestruz el joven Jack del Robinson Suizo. Aunque ponía un excesivo amor propio en domar al obstinado animal, ni los buenos ni los malos tratos surtían efecto.

– Y sin embargo —dijo él un día, volviendo a la novela de Wyss que nunca se cansaba de releer—, ¡Jack logró hacer de su avestruz una montura rápida!

– Es cierto —le respondió Gordon—. Pero, entre tu héroe y tú, Service, hay la misma diferencia que entre su avestruz y la tuya.

– ¿Cuál, Gordon?

– ¡Simplemente la diferencia que separa la imaginación de la realidad!

– ¡Qué importa! —replicó Service—. ¡Acabaré dominando a mi avestruz… o ella dirá por qué!

– Pues bien, a fe mía —respondió Gordon riendo—, ¡me asombraría menos oírla responderte que verla obedecerte!

A pesar de las bromas de sus camaradas, Service estaba decidido a montar su ñandú en cuanto el tiempo lo permitiera. Por eso, siempre imitando a su modelo imaginario, le fabricó una especie de arnés de lona de vela y una capucha con anteojeras móviles. ¿Acaso Jack no dirigía a su animal bajándole una u otra de esas anteojeras sobre el ojo derecho o el izquierdo? ¿Y por qué lo que le había funcionado a ese muchacho no habría de funcionarle a su imitador? Service confeccionó incluso un collar de cabo que logró fijar al cuello del animal —el cual se habría pasado muy bien sin ese adorno—. En cuanto a la capucha, fue imposible ponérsela en la cabeza.

Así transcurrían los días en trabajos de acondicionamiento que fueron haciendo French-den más confortable. Era la mejor manera de ocupar las horas que no podían aprovecharse en el exterior, sin restar nada a las que debían dedicarse al trabajo.

Por lo demás, el equinoccio tocaba a su fin. El sol ganaba fuerza y el cielo se despejaba. Estaban a mediados de octubre. El suelo transmitía su calor a los arbustos y árboles que se disponían a reverdecer.

Ahora era posible abandonar French-den durante días enteros. La ropa de abrigo —pantalones de paño grueso, jerseys o chaquetones de lana— había sido sacudida, reparada, doblada y guardada cuidadosamente en los baúles, después de haber sido etiquetada por Gordon. Los jóvenes colonos, más cómodos con ropas más ligeras, habían acogido con alegría el regreso de la buena estación. Además, persistía aquella esperanza que no los abandonaba: la esperanza de hacer algún descubrimiento que pudiera cambiar su situación. Durante el verano, ¿no era posible que algún barco visitara aquellos parajes? Y si pasaba a la vista de la isla Chairman, ¿por qué no desembarcaría, al ver el pabellón que ondeaba en la cima de Auckland-hill?

Durante la segunda quincena de octubre, se intentaron varias excursiones en un radio de tres kilómetros alrededor de French-den. En ellas solo tomaron parte los cazadores. El rancho mejoró, aunque, por recomendación de Gordon, había que economizar severamente la pólvora y el plomo. Wilcox tendió lazos con los que capturó algunas parejas de tinamúes y avutardas, e incluso en ocasiones esas liebres maras que se parecen al agutí. Con frecuencia durante el día se iba a revisar los lazos, pues los chacales y los paperos no tardaban en adelantarse a los cazadores para destruir sus presas. En verdad, era desesperante trabajar en beneficio de esos carnívoros, a los que no se perdonaba cuando se tenía ocasión. Se atrapó incluso cierto número de esas alimañas en las antiguas trampas que habían sido reparadas, y en las nuevas, instaladas en el lindero del bosque. En cuanto a las fieras, se encontraron aún rastros, pero no hubo que rechazar sus ataques, contra los que siempre se estaba alerta.

Doniphan mató también algunos de esos pecaríes y guaculís —jabalíes y ciervos de pequeño tamaño— cuya carne era sabrosa. En cuanto a los ñandúes, nadie lamentó no poder alcanzarlos, pues el escaso éxito de Service en su intento de domesticación no era precisamente un aliciente.

Y así se comprobó cuando, en la mañana del 26, el testarudo muchacho quiso montar su ñandú, al que había enjaezado no sin cierto trabajo.

Todos habían acudido a la Sport-terrace para asistir a esa interesante prueba. Los pequeños miraban a su camarada con cierto sentimiento de envidia mezclado con un poco de inquietud. En el momento decisivo, dudaban si pedirle a Service que los llevara a la grupa. Los mayores, en cambio, se encogían de hombros. Gordon incluso había querido disuadir a Service de intentar una prueba que le parecía peligrosa; pero este se había obstinado, y se había resuelto dejarlo hacer.

Mientras Garnett y Baxter sujetaban al animal, cuyos ojos estaban cubiertos por las anteojeras de la capucha, Service, tras varios intentos infructuosos, logró lanzarse sobre su lomo. Luego, con voz a medias tranquilizada:

– ¡Soltad! —gritó.

El ñandú, privado del uso de sus ojos, se quedó al principio inmóvil, retenido por el joven que lo apretaba vigorosamente entre las piernas. Pero, en cuanto las anteojeras fueron levantadas mediante la cuerda que servía a la vez de riendas, dio un salto prodigioso y partió en dirección al bosque.

Service ya no era dueño de su fogosa montura, que volaba con la rapidez de una flecha. ¿En vano intentó detenerla cegándola de nuevo? De un cabezazo, el ñandú desplazó la capucha, que resbaló sobre su cuello, al que Service se aferraba con los dos brazos. Luego, una violenta sacudida desarzonó al poco firme jinete, que cayó justo en el momento en que el animal iba a desaparecer entre los árboles de Traps-woods.

Los camaradas de Service acudieron corriendo; cuando llegaron junto a él, el ñandú ya había desaparecido de la vista.

Por fortuna, Service, al caer sobre hierba tupida, no se había hecho daño alguno.

– ¡Maldita bestia!… ¡Maldita bestia! —exclamó muy confuso—. ¡Ah, si la alcanzo!…

– ¡No la alcanzarás! —respondió Doniphan, que disfrutaba burlándose de su camarada.

– Desde luego —dijo Webb—, ¡tu amigo Jack era mejor jinete que tú!

– ¡Es que mi ñandú no estaba suficientemente domado! —respondió Service.

– ¡Y no podía estarlo! —replicó Gordon—. Consuélate, Service, no habrías podido hacer nada con esa bestia, y no olvides que en la novela de Wyss ¡hay mucho que tomar con pinzas!

Así terminó la aventura, y los pequeños no tuvieron que lamentar no haber «montado en ñandú».

A principios de noviembre, el tiempo pareció favorable para una expedición de cierta duración, cuyo objetivo sería reconocer la orilla occidental del lago Family hasta su extremo norte. El cielo estaba despejado, el calor aún muy soportable, y no habría ninguna imprudencia en pasar algunas noches al raso. Por tanto, se hicieron los preparativos en consecuencia.

Los cazadores de la colonia debían tomar parte en esa expedición, y, esta vez, Gordon juzgó oportuno unirse a ellos. En cuanto a los camaradas que se quedarían en French-den, permanecerían allí bajo la custodia de Briant y Garnett. Más adelante, antes del final de la buena estación, Briant emprendería él mismo otra excursión con el propósito de visitar la parte inferior del lago, ya fuera bordeando sus orillas con el yol, ya cruzándolo, pues, según el mapa, no medía más de seis a ocho kilómetros a la altura de French-den.

Convenidas así las cosas, desde la mañana del 5 de noviembre, Gordon, Doniphan, Baxter, Wilcox, Webb, Cross y Service partieron, después de despedirse de sus camaradas.

En French-den, nada iba a cambiar en la vida habitual. Fuera de las horas dedicadas al trabajo, Iverson, Jenkins, Dole y Costar seguirían, como de costumbre, pescando en las aguas del lago y del río —lo que constituía su recreo favorito—. Pero que Moko no acompañara a los jóvenes exploradores no debía llevar a la conclusión de que quedarían reducidos a una mala cocina. ¿Acaso no estaba Service, y no ayudaba la mayoría de las veces al grumete en sus operaciones culinarias? Así, había hecho valer sus talentos para participar en la expedición. ¿Quién sabe si no esperaba encontrar a su ñandú?

Gordon, Doniphan y Wilcox iban armados con fusiles; además, todos llevaban un revólver al cinto. Cuchillos de caza y dos hachuelas completaban su equipamiento. En la medida de lo posible, solo debían usar la pólvora y el plomo para defenderse si eran atacados, o para abatir caza en caso de que no pudiera atrapársela de una forma menos costosa. Con ese fin, el lazo y las boleadoras, puestos a punto, habían sido llevados por Baxter, quien, desde hacía algún tiempo, se había ejercitado en su manejo. Un chico poco ruidoso, ese Baxter, pero verdaderamente muy hábil, y que había llegado pronto a ser diestro en el uso de esos artilugios. Hasta entonces, a decir verdad, solo había apuntado a objetos inmóviles, y nada probaba que lo lograra contra un animal que huyera a todo correr. Ya se vería en la práctica.

Gordon había tenido también la idea de proveerse del halkett-boat de caucho, que era muy portátil, pues se plegaba como una maleta y no pesaba más de unos cinco kilogramos. El mapa indicaba, en efecto, dos cursos de agua afluentes del lago, que el halkett-boat serviría para cruzar si no podía vadearse.

Ateniéndose al mapa de Baudoin, del que Gordon llevaba una copia para consultarlo o verificarlo según el caso, la orilla occidental del lago Family se extendía a lo largo de unos veintinueve kilómetros aproximadamente, teniendo en cuenta su curvatura. La exploración requeriría, pues, al menos tres días de ida y vuelta, si no sufría ningún retraso.

Gordon y sus compañeros, precedidos por Phann, dejaron Traps-woods a su izquierda y marcharon a buen paso por el suelo arenoso de la orilla.

Pasados los tres kilómetros, habían superado la distancia a la que se habían limitado hasta entonces las excursiones desde la instalación en French-den.

En ese lugar crecían esas hierbas altas llamadas «cortaderas», agrupadas en matas, entre las cuales los más altos desaparecían hasta la cabeza.

El avance se vio algo retrasado por ello; pero no hubo motivo para lamentarlo, pues Phann se detuvo ante la boca de media docena de madrigueras que agujereaban el suelo.

Evidentemente, Phann había olfateado allí algún animal que sería fácil matar en su guarida. Doniphan se disponía ya a apoyar el fusil en el hombro cuando Gordon lo detuvo:

– Ahorra la pólvora, Doniphan —le dijo—, te lo ruego, ¡ahorra la pólvora!

– ¿Quién sabe, Gordon, si nuestro almuerzo no está ahí dentro? —respondió el joven cazador.

– ¿Y también nuestra cena? —añadió Service, que acababa de agacharse hacia la madriguera.

– Si están ahí —respondió Wilcox—, sabremos hacerlos salir sin que cueste un grano de plomo.

– ¿Y de qué manera? —preguntó Webb.

– ¡Ahumando esas madrigueras, como se haría con una de comadrejas o de zorros!

Entre las matas de cortaderas, el suelo estaba cubierto de hierba seca que Wilcox prendió rápidamente a la entrada de las guaridas. Un minuto después, aparecían una docena de roedores, medio asfixiados, que intentaron en vano huir. Eran conejos tucutuco, de los que Service y Webb abatieron algunas parejas a hachazos, mientras Phann estrangulaba a otros tres de tres dentelladas.

– ¡Eso va a ser un asado excelente! —dijo Gordon.

– Y yo me encargo —exclamó Service, que tenía prisa por ejercer sus funciones de cocinero jefe—. ¡Ahora mismo, si queréis!…

– ¡En nuestra primera parada! —respondió Gordon.

Hizo falta media hora para salir de ese bosque en miniatura de altas cortaderas. Más allá, volvió a aparecer la playa, accidentada por largas filas de dunas, cuya arena, de una finura extrema, se levantaba al menor soplo de viento.

A esa altura, el reverso de Auckland-hill se alejaba ya a más de tres kilómetros hacia el oeste. Ello se explicaba por la dirección que el acantilado tomaba oblicuando desde French-den hasta Sloughi-bay. Toda esa parte de la isla estaba cubierta por el espeso bosque que Briant y sus camaradas habían atravesado durante la primera expedición al lago, y que regaba el arroyo al que se había dado el nombre de Dike-creek.

Tal como indicaba el mapa, ese creek corría hacia el lago. Pues bien, fue precisamente a la desembocadura de ese arroyo donde llegaron los jóvenes, hacia las once de la mañana, después de haber recorrido casi diez kilómetros desde su partida.

Se hizo un alto en ese lugar, al pie de un soberbio pino piñonero. Se encendió un fuego de leña seca entre dos grandes piedras. Poco después, dos de los tucutuco, depilados y vaciados por Service, se asaban ante una llama chisporroteante. Que, mientras Phann, acuclillado ante el fuego, aspiraba ese buen olor a venado, el joven cocinero veló para que su asado se girara en su punto, huelga decirlo.

Se almorzó con buen apetito, sin tener demasiado que quejarse de este primer ensayo culinario de Service. Los tucutuco fueron suficientes, y no hubo necesidad de tocar las provisiones llevadas en las mochilas, salvo las galletas que hacían las veces de pan. E incluso estas se economizaron, pues la carne no faltaba —carne sabrosa, por lo demás, con el aroma de esas plantas aromáticas de las que se alimentan los roedores—.

Hecho esto, cruzaron el creek, y como pudieron vadearlo, no hubo necesidad de emplear el bote de caucho, lo que habría llevado más tiempo.

La orilla del lago, volviéndose poco a poco pantanosa, obligó a regresar al lindero del bosque, dispuestos a dirigirse de nuevo hacia el este cuando el estado del terreno lo permitiera. Siempre las mismas especies, los mismos árboles de porte soberbio: hayas, abedules, encinas, pinos de diversas clases. Multitud de encantadores pájaros revoloteaban de rama en rama: picos negros de cresta roja, papamoscas de copete blanco, reyezuelos de la especie de los escitálopes, millares de agateadores que gorjeaban bajo el follaje, mientras los pinzones, las alondras y los mirlos cantaban o silbaban a pleno pico. A lo lejos, en el aire, planeaban cóndores, auras y algunas parejas de esos caracarás, águilas voraces que frecuentan con gusto los parajes de América del Sur.

Sin duda, en recuerdo de Robinson Crusoe, Service lamentó que la familia de los loros no estuviera representada en la ornitología de la isla. Si no había podido domesticar un ñandú, quizás uno de esos parlanchines pájaros se hubiera mostrado menos rebelde. Pero no avistó ni uno solo.

En suma, la caza abundaba: maras, pichis y, en particular, grouses muy parecidas al urogallo. Gordon no pudo negarle a Doniphan el placer de abatir un pecarí de tamaño mediano, que serviría para el almuerzo del día siguiente, si es que no servía para la cena de esa tarde.

Por lo demás, no fue necesario adentrarse bajo los árboles, donde la marcha habría sido más penosa. Bastaba con bordear el lindero, y así se hizo hasta las cinco de la tarde. El segundo curso de agua, de unos doce metros de anchura, vino entonces a cortar el paso.

Era uno de los desagüaderos del lago, y iba a desembocar en el Pacífico, más allá de Sloughi-bay, después de rodear el norte de Auckland-hill.

Gordon resolvió detenerse en ese lugar. Casi veinte kilómetros en las piernas eran suficientes para un día. Mientras tanto, pareció indispensable dar un nombre a ese curso de agua, y, puesto que acababan de hacer un alto en sus orillas, fue bautizado Stop-river (río de la parada).

El campamento se estableció bajo los primeros árboles de la orilla. Como los grouses habían sido reservados para el día siguiente, los tucutuco constituyeron el plato principal, y, una vez más, Service salió del paso bastante airoso en sus funciones. Por lo demás, la necesidad de dormir superaba a la de comer, y, si las bocas se abrían de hambre, los ojos se cerraban de sueño. Así, se encendió una gran hoguera, ante la cual cada uno se tendió después de envolverse en su manta. El vivo resplandor de ese fuego, cuyo mantenimiento velarían Wilcox y Doniphan por turnos, debía bastar para mantener a las fieras a distancia.

En suma, no hubo ninguna alarma y, al amanecer, todos estaban listos para reanudar la marcha.

Sin embargo, haber dado un nombre al río no bastaba; había que cruzarlo, y, como no era vadeable, el halkett-boat fue requisado. Como esa frágil embarcación no podía transportar más que a una persona a la vez, tuvo que hacer siete travesías de la orilla izquierda a la orilla derecha del Stop-river, lo que exigió más de una hora. Poco importaba, desde el momento en que, gracias a él, las provisiones y las municiones no se mojaron.

En cuanto a Phann, que no temía mojarse las patas, se lanzó a nadar y, en unos pocos impulsos, pasó de una orilla a la otra.

Como el terreno ya no era pantanoso, Gordon se desvió para volver hacia la orilla del lago, que fue alcanzada antes de las diez. Tras un almuerzo cuyo principal plato fueron unas chuletas de pecarí a la parrilla, se tomó la dirección del norte.

Nada indicaba aún que el extremo del lago estuviera próximo, y el horizonte del este seguía delimitado por una línea circular de cielo y agua, cuando, hacia mediodía, Doniphan, apuntando su catalejo, dijo:

– ¡Ahí está la otra orilla!

Y todos miraron hacia ese lado, donde algunas copas de árboles empezaban a asomar por encima de las aguas.

– No nos detengamos —respondió Gordon—, ¡e intentemos llegar antes de que anochezca!

Una llanura árida, ondulada por largas dunas, sembrada solo de algunas matas de juncos y cañas, se extendía entonces hasta perderse de vista hacia el norte. En su parte septentrional, parecía que la isla Chairman no ofrecía más que vastos espacios arenosos, que contrastaban con los bosques verdes del centro, y a los que Gordon pudo dar con toda justicia el nombre de Sandy-desert (desierto de arena).

Hacia las tres, la orilla opuesta, que se curvaba a menos de tres kilómetros al noreste, apareció claramente. Esa región parecía abandonada de toda criatura viviente, excepto por los pájaros marinos —cormoranes, petreles, somormujos— que pasaban volviendo a las rocas del litoral.

En verdad, si el Sloughi hubiera llegado a esas costas, los jóvenes náufragos, al ver una tierra tan estéril, habrían creído que estarían privados de todo recurso. En vano habrían buscado en medio de ese desierto el equivalente de su confortable morada de French-den. Cuando hubiera faltado el refugio de la goleta, no habrían sabido dónde encontrar un abrigo.

¿Era necesario ahora adentrarse más en esa dirección, reconocer por completo esa parte de la isla que parecía inhabitable? ¿No valdría más aplazar a una segunda expedición la exploración de la orilla derecha del lago, donde otros bosques podían ofrecer nuevas riquezas? Sí, sin duda. Por lo demás, era en los parajes del este donde debía de hallarse el continente americano, si la isla Chairman se encontraba próxima a él.

Sin embargo, a propuesta de Doniphan, se resolvió alcanzar el extremo del lago, que no debía de estar lejos, pues la doble curvatura de sus orillas se pronunciaba cada vez más.

Así se hizo, y, al anochecer, se hizo un alto en el fondo de una pequeña cala que se abría en el ángulo norte del lago Family.

En ese lugar, ni un árbol, ni siquiera algún montón de matas herbosas, musgos o líquenes secos. A falta de combustible, hubo que conformarse con las provisiones que contenían los sacos, y, a falta de abrigo, con la alfombra de arena sobre la que se extendieron las mantas.

Durante esa primera noche, nada vino a turbar el silencio del Sandy-desert.

Telegramma

Ufficio di partenza: World Wide Web · Destinazione: a bordo del Nautilus

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