Dos años de vacaciones

Capítulo 15

A doscientos pasos de la cala se erguía una duna de unos quince metros de altura, el observatorio más indicado para que Gordon y sus compañeros pudieran obtener una visión más amplia de la región.

En cuanto salió el sol, se apresuraron a trepar por la duna hasta su cresta.

Desde aquel punto, el catalejo fue apuntado de inmediato hacia el norte.

Si el vasto desierto arenoso se prolongaba hasta el litoral, tal como indicaba el mapa, era imposible avistar su extremo, pues el horizonte marino debía de encontrarse a más de doce millas al norte y a más de siete al este.

Resultó pues inútil internarse más allá en la parte septentrional de la isla Chairman.

– ¿Qué hacemos ahora, pues? —preguntó Cross.

– Volver sobre nuestros pasos —respondió Gordon.

– ¡Pero no antes de desayunar! —se apresuró a replicar Service.

– ¡Pon la mesa! —respondió Webb.

– Ya que hemos de volver sobre nuestros pasos —observó entonces Doniphan—, ¿no podríamos tomar otro camino para regresar a French-den?

– Lo intentaremos —respondió Gordon.

– Me parece incluso —añadió Doniphan— que nuestra exploración quedaría completa si bordeásemos la orilla derecha del lago Family.

– Sería un poco largo —respondió Gordon—. Según el mapa, habría entre cuarenta y ocho y sesenta y cuatro kilómetros que recorrer, lo cual llevaría cuatro o cinco días, suponiendo que no se presentara ningún obstáculo en el camino. En French-den estarían preocupados, y más vale no causarles esa inquietud.

– Sin embargo —repuso Doniphan—, tarde o temprano será necesario reconocer esa parte de la isla.

– Sin duda —respondió Gordon—, y tengo intención de organizar una expedición con ese fin.

– No obstante —dijo Cross—, Doniphan tiene razón. Convendría no tomar el mismo camino de vuelta…

– De acuerdo —replicó Gordon—, y propongo seguir la orilla del lago hasta Stop-river y luego avanzar directamente hacia el acantilado, cuya base bordearemos.

– ¿Y por qué bajar por la orilla que ya hemos recorrido? —preguntó Wilcox.

– En efecto, Gordon —añadió Doniphan—, ¿por qué no atajar campo a través en esta llanura de arena para llegar a los primeros árboles de Traps-woods, que no están a más de cinco o seis kilómetros al suroeste?

– Porque de todas formas tendremos que cruzar Stop-river —respondió Gordon—. Ahora bien, sabemos con certeza que podemos pasar por donde pasamos ayer, mientras que más abajo podríamos vernos en apuros si el río se volviera torrentoso. Por tanto, no adentrarse en el bosque hasta haber pisado la orilla izquierda de Stop-river me parece lo más sensato.

– ¡Siempre prudente, Gordon! —exclamó Doniphan, no sin cierta ironía.

– ¡Nunca se es demasiado! —respondió Gordon.

Todos se dejaron deslizar por el talud de la duna, regresaron al lugar de descanso, mordisquearon un trozo de galleta y venado frío, enrollaron las mantas, recogieron sus armas y siguieron a buen paso el camino del día anterior.

El cielo era magnífico. Una ligera brisa apenas rizaba las aguas del lago. Podía contarse con un hermoso día. Con que el tiempo se mantuviera despejado durante treinta y seis horas más, Gordon no pedía otra cosa, pues confiaba en haber llegado a French-den al atardecer del día siguiente.

De las seis de la mañana a las once, se cubrieron sin dificultad los catorce kilómetros y medio que separaban la punta del lago de Stop-river. Ningún incidente en el camino, salvo que, en las inmediaciones del río, Doniphan abatió dos soberbias avutardas crestadas, de plumaje negro jaspeado de pardo rojizo por arriba y blanco por abajo, lo que lo puso de muy buen humor, al igual que a Service, siempre dispuesto a desplumar, vaciar y asar cualquier ave.

Y eso fue exactamente lo que hizo, una hora más tarde, cuando sus compañeros y él hubieron cruzado sucesivamente el cauce en el halkett-boat.

– Ahora estamos en el bosque —dijo Gordon—, y espero que Baxter encuentre ocasión de lanzar su lazo o sus bolas.

– Lo cierto es que hasta ahora no han hecho maravillas —respondió Doniphan, quien tenía en poca estima cualquier utensilio de caza que no fuera el fusil o la carabina.

– ¿Y qué podían hacer contra las aves? —replicó Baxter.

– Aves o cuadrúpedos, Baxter, no me fío de ellos.

– Ni yo —añadió Cross, siempre dispuesto a apoyar a su primo.

– ¡Esperad al menos a que Baxter haya tenido ocasión de usarlos antes de pronunciaros! —respondió Gordon—. Yo estoy seguro de que hará alguna hazaña. Si un día nos faltan las municiones, el lazo y las bolas nunca faltarán…

– Antes fallarían al blanco —replicó el incorregible chico.

– Ya lo veremos —replicó Gordon—, y mientras tanto, ¡a comer!

Pero los preparativos llevaron algún tiempo, pues Service quería que su avutarda estuviera en su punto. Y si aquel ave pudo satisfacer el apetito de aquellos jóvenes estómagos, fue porque era verdaderamente de buen tamaño. En efecto, estas avutardas, que pesan unos catorce kilogramos y miden cerca de noventa centímetros del pico a la cola, figuran entre los mayores ejemplares de la familia de las galliformes. Bien es cierto que el ave fue devorada hasta el último bocado, e incluso hasta el último hueso, pues Phann, al que correspondió la carcasa, no dejó más que sus amos.

Terminado el almuerzo, los jóvenes se adentraron en esa parte todavía desconocida de Traps-woods por la que discurría Stop-river antes de desembocar en el Pacífico. El mapa indicaba que su curso se desviaba hacia el noroeste bordeando el extremo del acantilado, y que su desembocadura se hallaba más allá del promontorio de False-Sea-point. Por ello, Gordon resolvió abandonar la orilla de Stop-river, pues seguirla habría supuesto alejarse en dirección contraria a French-den. Lo que quería era llegar cuanto antes a los primeros contrafuertes de Auckland-hill, para bordear su base en dirección sur.

Tras orientarse con la brújula, Gordon puso rumbo decididamente hacia el oeste. Los árboles, más espaciados que en la parte sur de Traps-woods, dejaban libre paso sobre un suelo menos cubierto de hierbas y maleza.

Entre los abedules y las hayas se abrían a veces pequeños claros en los que los rayos del sol penetraban a raudales. Las flores silvestres mezclaban allí sus frescas tonalidades con el verdor de los arbustos y el tapiz de hierba. En varios lugares, soberbios senecios se mecían en lo alto de tallos de sesenta a noventa centímetros. Se recogieron algunas de esas flores con las que Service, Wilcox y Webb adornaron sus chaquetas.

Fue entonces cuando Gordon hizo un útil descubrimiento, pues sus conocimientos botánicos habían de aprovechar en más de una ocasión a la pequeña colonia. Su atención acababa de ser atraída por un arbusto muy tupido, de hojas poco desarrolladas, cuyas ramas, erizadas de espinas, portaban un pequeño fruto rojizo del tamaño de un guisante.

– Esto es el trulca, si no me equivoco —exclamó—, y es un fruto del que los indios hacen gran uso.

– Si se come —respondió Service—, comámoslo, ya que no cuesta nada.

Y, antes de que Gordon pudiera impedírselo, Service hizo crujir dos o tres de esos frutos entre sus dientes.

¡Qué mueca hizo, y cómo acogieron sus compañeros su chasco con carcajadas, mientras él escupía la abundante salivación que la acidez del fruto acababa de provocar en las papilas de su lengua!

– ¡Y tú que me habías dicho que se comía, Gordon! —exclamó Service.

– No he dicho que se comiera —replicó Gordon—. Si los indios hacen uso de esos frutos, es para fabricar un licor que obtienen por fermentación. Añado que ese licor será para nosotros un recurso precioso cuando se agote nuestra provisión de brandy, a condición de no abusar de él, pues sube a la cabeza. ¡Llevemos un saco de trulcas y haremos la prueba en French-den!

El fruto era difícil de recolectar entre los miles de espinas que lo rodeaban. Pero, golpeando las ramas con suavidad, Baxter y Webb hicieron caer al suelo gran cantidad de trulcas, con los que se llenó una de las mochilas, y se reanudó la marcha.

Más adelante, también se recogieron algunas vainas de otro arbusto, propio de las tierras próximas a Sudamérica. Eran vainas de algarrobo, cuyo fruto da asimismo por fermentación un licor muy fuerte. Esta vez, Service se abstuvo de hincarles el diente, y bien que hizo; pues, si bien el algarrobo parece dulce al principio, la boca se ve pronto afectada por una sequedad muy penosa, y, por falta de costumbre, no es posible mascar sus semillas impunemente.

Por último, otro descubrimiento no menos importante se realizó por la tarde, a unos cuatrocientos metros de la base de Auckland-hill. El aspecto del bosque había cambiado. Con el aire y el calor que llegaban más abundantemente a los claros, la vegetación alcanzaba un desarrollo soberbio. A dieciocho o veinticuatro metros de altura, los árboles desplegaban su amplia copa, bajo la que parloteaba todo un mundo de pájaros ruidosos. Entre las más hermosas especies destacaba el haya antártica, que conserva en todas las estaciones el verde tierno de su follaje. Luego, algo menos elevados pero igualmente magníficos, crecían en grupos algunos de esos winters, cuya corteza puede sustituir a la canela, lo que permitiría al cocinero jefe de French-den realzar con ella sus salsas.

Fue entonces cuando Gordon reconoció entre esas plantas la pernettia, el árbol del té, de la familia de las vaciniáceas, que se encuentra incluso en latitudes elevadas, y cuyas hojas aromáticas dan por infusión una bebida muy saludable.

– ¡Esto podrá reemplazar nuestra provisión de té! —dijo Gordon—. Cojamos unos puñados de estas hojas y, más adelante, volveremos a cosechar para todo el invierno.

Eran aproximadamente las cuatro cuando se alcanzó Auckland-hill casi en su extremo norte. En ese punto, aunque parecía un poco menos alta que en las cercanías de French-den, habría sido imposible escalar su vertiente, que se alzaba verticalmente. Poco importaba, ya que solo se trataba de seguirla de vuelta hacia el río Zealand.

Tres kilómetros más adelante, se oyó el murmullo de un torrente que espumeaba a través de una estrecha garganta del acantilado y que fue fácil vadear un poco más abajo.

– Debe de ser el río que descubrimos durante nuestra primera expedición al lago —observó Doniphan.

– Aquel al que cortaba el paso la pequeña calzada de piedra, ¿verdad? —preguntó Gordon.

– Exactamente —respondió Doniphan—, y al que por esa razón llamamos Dike-creek.

– Pues bien, acampemos en su orilla derecha —prosiguió Gordon—. Ya son las cinco, y puesto que hemos de pasar otra noche al raso, mejor hacerlo cerca de este arroyo y al abrigo de los grandes árboles. ¡Mañana por la noche, salvo obstáculos, confío en que dormiremos en nuestros catres del hall!

Service se ocupó entonces de la cena, para la que había reservado la segunda avutarda. Era asado; siempre asado, pero habría sido injusto reprochárselo a Service, quien difícilmente podía variar su repertorio.

Mientras tanto, Gordon y Baxter se habían adentrado en el bosque, el primero en busca de nuevos arbustos o plantas, el segundo con la intención de usar su lazo y sus bolas, aunque solo fuera para acabar con las burlas de Doniphan.

Ambos habían dado unos cien pasos a través del arbolado cuando Gordon, llamando a Baxter con un gesto, le señaló un grupo de animales que retozaban sobre la hierba.

– ¿Cabras? —dijo Baxter en voz baja.

– O al menos estas bestias se parecen a cabras —respondió Gordon—. Intentemos cogerlas…

– ¿Vivas?

– Sí, Baxter, vivas, y menos mal que Doniphan no está con nosotros, pues ya habría abatido una de un disparo y habría puesto a las demás en fuga. ¡Acerquémonos despacio, sin dejarnos ver!

Esos gráciles animales, unos seis en total, no habían dado la señal de alarma. Sin embargo, presentiendo algún peligro, una de esas cabras —una madre, sin duda— olfateaba el aire y se mantenía en guardia, dispuesta a escapar con su rebaño.

De repente se oyó un silbido. Las bolas acababan de salir de la mano de Baxter, que ya no estaba a más de veinte pasos del grupo. Lanzadas con destreza y vigor, se enrollaron alrededor de una de las cabras, mientras las demás desaparecían en lo más espeso del bosque.

Gordon y Baxter se precipitaron hacia la cabra, que intentaba en vano desasirse de las bolas. Fue capturada, imposibilitada de huir, y con ella fueron tomados dos cabritillos que el instinto había retenido junto a su madre.

– ¡Hurra! —exclamó Baxter, a quien la alegría volvía expansivo—. ¡Hurra! ¿Son cabras?

– No —respondió Gordon—. Creo que son más bien vicuñas.

– ¿Y esas bestias dan leche?

– ¡Igualmente!

– ¡Pues que sean vicuñas!

Gordon no se equivocaba. En verdad, las vicuñas se parecen a las cabras; pero sus patas son largas, su vellón es corto y fino como la seda, y su cabeza es pequeña y sin cuernos. Estos animales habitan principalmente las pampas de América e incluso los territorios del estrecho de Magallanes.

Bien puede imaginarse la acogida que se dio a Gordon y a Baxter cuando regresaron al campamento, uno tirando de la vicuña por la cuerda de las bolas, el otro portando uno de los cabritillos bajo cada brazo. Como su madre aún los amamantaba, era probable que pudieran criarlos sin demasiado esfuerzo. ¿Sería ese el núcleo de un futuro rebaño que resultaría muy útil a la pequeña colonia? Naturalmente, Doniphan lamentó el buen disparo que habría tenido ocasión de hacer; pero, cuando se trataba de capturar la caza viva y no de abatirla, tuvo que reconocer que las bolas valían más que las armas de fuego.

Se comió, o más bien se cenó, con alegría. La vicuña, atada a un árbol, no se negó a pastar, mientras sus crías retozaban a su alrededor.

La noche, sin embargo, no fue tan tranquila como lo había sido en las llanuras de Sandy-desert. Esa parte del bosque recibía la visita de animales más temibles que los chacales, cuyos gritos son muy reconocibles porque participan a la vez del aullido y del ladrido. Así pues, hacia las tres de la madrugada se produjo una alarma, debida esta vez a verdaderos rugidos que resonaban en las inmediaciones.

Doniphan, de guardia junto al fuego con el fusil al alcance de la mano, no había creído necesario avisar de momento a sus compañeros. Pero aquellos aullidos se volvieron tan violentos que Gordon y los demás se despertaron por sí solos.

– ¿Qué ocurre? —preguntó Wilcox.

– Debe de ser una manada de fieras que ronda por aquí —dijo Doniphan.

– Probablemente son jaguares o pumas —respondió Gordon.

– Unos y otros valen igual.

– No del todo, Doniphan; el puma es menos peligroso que el jaguar. Pero en manada son carnívoros muy temibles.

– ¡Estamos listos para recibirlos! —respondió Doniphan.

Y se puso en guardia, mientras sus compañeros empuñaban los revólveres.

– ¡No disparéis más que a tiro seguro! —recomendó Gordon—. Por lo demás, creo que el fuego impedirá que esos animales se acerquen…

– ¡No están lejos! —exclamó Cross.

En efecto, la manada debía de estar bastante cerca del campamento, a juzgar por la furia de Phann, que Gordon retenía no sin esfuerzo. Pero era imposible distinguir forma alguna a través de la profunda oscuridad del bosque.

Sin duda, esas fieras tenían la costumbre de venir a abrevar de noche en aquel lugar. Al encontrarlo ocupado, manifestaban su desagrado con espantosos rugidos. ¿Se limitarían a eso, o habría que rechazar una agresión cuyas consecuencias podían ser graves?

De repente, a menos de veinte pasos, aparecieron en la oscuridad unos puntos brillantes y móviles. Casi al instante, retumbó una detonación.

Doniphan acababa de disparar, y unos rugidos más violentos respondieron al tiro. Sus compañeros y él, con el revólver en ristre, estaban listos para hacer fuego si las fieras se lanzaban sobre el campamento.

Baxter, agarrando entonces un tizón encendido, lo lanzó con fuerza hacia el lado donde habían aparecido aquellos ojos brillantes como ascuas.

Un instante después, las fieras, una de las cuales debía de haber sido alcanzada por Doniphan, habían abandonado el lugar y se habían perdido en las profundidades de Traps-woods.

– ¡Han escapado! —exclamó Cross.

– ¡Buen viaje! —añadió Service.

– ¿No pueden volver? —preguntó Cross.

– No es probable —respondió Gordon—, pero vigilemos hasta el amanecer.

Se añadió leña al fuego, cuya viva llama se mantuvo hasta los primeros rayos del alba. Se levantó el campamento, y los jóvenes se adentraron en el arbolado para ver si alguno de esos animales había sido abatido por el disparo.

A veinte pasos de allí, el suelo estaba empapado en una gran mancha de sangre. El animal había podido huir, pero habría sido fácil encontrarlo lanzando a Phann sobre su rastro, de no haber juzgado Gordon inútil aventurarse más profundamente en el bosque.

La cuestión de si se había tratado con jaguares o pumas, o incluso con otros carnívoros no menos peligrosos, no pudo esclarecerse. En todo caso, lo importante era que Gordon y sus compañeros hubieran salido ilesos.

Se reanudó la marcha a las seis de la mañana. No había tiempo que perder si se quería cubrir en el día los catorce kilómetros y medio que separaban Dike-creek de French-den.

Service y Webb, habiéndose hecho cargo de las dos crías de vicuña, la madre no se hizo rogar para seguir a Baxter, que la llevaba con correa.

Poco variado era el camino que bordeaba Auckland-hill. A la izquierda se extendía una cortina de árboles, a veces dispuestos en masas casi impenetrables, a veces agrupados en los bordes de los claros. A la derecha se alzaba una pared a pico, surcada de capas de guijarros engastados en la caliza, cuya altura iba creciendo conforme se inclinaba hacia el sur.

A las once, primera parada para comer, y esta vez, a fin de no perder tiempo, se recurrió a las reservas de los sacos y se reanudó la marcha.

El avance era rápido; parecía que nada vendría a retrasarlo cuando, hacia las tres de la tarde, otro disparo de fusil retumbó bajo los árboles.

Doniphan, Webb y Cross, acompañados de Phann, se encontraban entonces a unos cien pasos por delante, y sus compañeros ya no podían verlos, cuando se oyeron estos gritos:

– ¡A vosotros… A vosotros!

¿Tenían esos gritos por objeto advertir a Gordon, Wilcox, Baxter y Service de que estuvieran en guardia?

De repente, a través del matorral, apareció un animal de gran tamaño. Baxter, que acababa de desplegar su lazo, lo lanzó tras haberlo hecho girar sobre su cabeza.

Fue hecho con tal oportunidad que el nudo corredizo de la larga correa vino a enroscarse en el cuello del animal, que intentó en vano desasirse. Pero como era vigoroso, habría arrastrado a Baxter de no haber cogido Gordon, Wilcox y Service el extremo del lazo, que lograron atar alrededor de un tronco de árbol.

Casi al instante, Webb y Cross salían del bosque, seguidos de Doniphan, que exclamó de mal humor:

– ¡Maldita bestia!… ¿Cómo he podido fallarle?

– Baxter no le ha fallado —respondió Service—, y la tenemos viva y muy viva.

– ¿Qué importa, si de todas formas habrá que matar a ese animal? —replicó Doniphan.

– ¿Matarlo? —prosiguió Gordon—. ¿Matarlo, cuando llega tan a propósito para servirnos de animal de tiro?

– ¿Él? —exclamó Service…

– Es un guanaco —respondió Gordon—, y los guanacos tienen muy buena figura en las haciendas de Sudamérica.

En el fondo, por muy útil que pudiera ser ese guanaco, Doniphan lamentó sin duda no haberlo abatido. Pero se guardó de decirlo y vino a examinar ese hermoso ejemplar de la fauna chairmaniana.

Aunque en historia natural el guanaco está clasificado dentro de la familia de los camélidos, no se parece al animal de ese nombre, tan abundante en el norte de África. Este, con su cuello estilizado, su cabeza fina, sus patas largas y algo delgadas —lo que denotaba una bestia muy ágil—, su pelo leonado manchado de blanco, no habría desmerecido de los más hermosos caballos de raza americana. Sin duda, podría emplearse para carreras rápidas si se conseguía primero amansarlo y luego domarlo, y, al parecer, eso es lo que se hace fácilmente en las haciendas de las pampas argentinas.

Por lo demás, ese animal es bastante tímido, y este ni siquiera intentó forcejear. En cuanto Baxter aflojó el nudo corredizo que lo estrangulaba, fue fácil conducirlo por el lazo como con una rienda.

Decididamente, esa excursión al norte del lago Family iba a resultar provechosa para la colonia. El guanaco, la vicuña y sus dos crías, el descubrimiento del árbol del té, de los trulcas, del algarrobo, todo ello merecía que se acogiera bien a Gordon y sobre todo a Baxter, quien, sin nada de la vanidad de Doniphan, no pretendía enorgullecerse de sus éxitos.

En todo caso, Gordon estaba muy satisfecho de comprobar que las bolas y el lazo habían de prestar verdaderos servicios. Ciertamente, Doniphan era un tirador hábil en quien había que contar llegado el momento; pero su destreza costaba siempre alguna carga de pólvora y plomo. Por ello, Gordon se proponía animar a sus compañeros a valerse de esos instrumentos de caza que los indios saben emplear con tanto provecho.

Según el mapa, aún faltaban unos seis kilómetros y medio para llegar a French-den, y se apresuró el paso para llegar antes de noche.

Ciertamente, a Service no le faltaban ganas de montar el guanaco y hacer su entrada sobre ese «magnífico corcel». Pero Gordon no quiso permitírselo. Mejor era esperar a que el animal hubiera sido adiestrado para servir de montura.

– Creo que no coceará demasiado —dijo—. En el caso poco probable de que no quiera dejarse montar, habrá que conseguir al menos que consienta en tirar de nuestro carro. ¡Así pues, paciencia, Service, y no olvides la lección que te dio el avestruz!

Hacia las seis, se llegaba a la vista de French-den.

El pequeño Costar, que jugaba en Sport-terrace, anunció la llegada de Gordon. De inmediato, Briant y los demás se apresuraron a acudir, y alegres hurras acogieron el regreso de los exploradores tras aquellos días de ausencia.

Telegramma

Ufficio di partenza: World Wide Web · Destinazione: a bordo del Nautilus

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