Dos años de vacaciones

Capítulo 13

A partir de ese mes de mayo, el período invernal se había establecido definitivamente en los parajes de la isla Chairman. ¿Cuánto duraría? Cinco meses como mínimo, si la isla se hallaba a mayor latitud que Nueva Zelanda. Así pues, Gordon tomaría las precauciones necesarias para hacer frente a las temibles eventualidades de un largo invierno.

En todo caso, esto es lo que el joven americano había apuntado ya en sus observaciones meteorológicas: el invierno no había comenzado hasta el mes de mayo, es decir, dos meses antes del julio de la zona austral, que corresponde al enero de la zona boreal. De ello podía concluirse que terminaría dos meses después y, por consiguiente, hacia mediados de septiembre. Sin embargo, fuera de ese período, habría que contar aún con las tempestades tan frecuentes durante el equinoccio. Así pues, era probable que los jóvenes colonos permanecieran confinados en French-den hasta los primeros días de octubre, sin poder emprender ninguna larga excursión a través de la isla Chairman ni alrededor de ella.

Para organizar la vida interior en las mejores condiciones, Gordon se puso a elaborar un programa de ocupaciones cotidianas.

Huelga decir que las prácticas del faggismo, de las que ya se habló a propósito de la pensión Chairman, no hubieran sido aceptables en la isla de ese nombre. Todos los esfuerzos de Gordon irían encaminados a que esos muchachos se acostumbraran a la idea de que eran casi hombres, a fin de actuar como tales. No habría, pues, fags en French-den, lo que significaba que los más jóvenes no estarían obligados a servir a los mayores. Mas, al margen de eso, se respetarían las tradiciones, esas tradiciones que son, como ha hecho notar el autor de Vida de colegio en Inglaterra, «la razón mayor de las escuelas inglesas».

En ese programa, la parte correspondiente a los pequeños y la parte correspondiente a los mayores resultarían forzosamente muy desiguales. En efecto, la biblioteca de French-den contenía únicamente un número reducido de libros de ciencias, amén de los libros de viajes, y los mayores no podrían proseguir sus estudios más que en cierta medida. Es verdad que las dificultades de la existencia, la lucha por subvenir a sus necesidades, la obligación de ejercitar el juicio o la imaginación ante eventualidades de toda clase, les enseñarían seriamente lo que es la vida. En consecuencia, designados naturalmente para ser los educadores de sus jóvenes camaradas, tendrían la obligación de instruirlos a su vez.

Sin embargo, lejos de sobrecargar a los pequeños con un trabajo superior a su edad, se procuraría aprovechar todas las ocasiones para ejercitar su cuerpo no menos que su inteligencia. Cuando el tiempo lo permitiera, a condición de que fueran bien abrigados, se les obligaría a salir, a correr al aire libre e incluso a trabajar manualmente dentro de los límites de las fuerzas de cada uno.

En suma, dicho programa fue redactado inspirándose en estos principios, que son la base de la educación anglosajona:

«Siempre que algo os asuste, hacedlo.

«No perdáis jamás la ocasión de realizar un esfuerzo posible.

«No despreciéis ningún cansancio, pues no hay ninguno que sea inútil.»

Al poner en práctica estos preceptos, el cuerpo se vuelve sólido, y el alma también.

He aquí lo que se acordó, tras haber sido sometido a la aprobación de la pequeña colonia:

Dos horas por la mañana, dos horas por la tarde, habría trabajo en común en el hall. Por turnos, Briant, Doniphan, Cross, Baxter, de la quinta división, Wilcox y Webb, de la cuarta, darían clase a sus camaradas de las divisiones tercera, segunda y primera. Les enseñarían matemáticas, geografía e historia, valiéndose de las pocas obras de la biblioteca, así como de sus conocimientos anteriores. Ello sería para ellos la ocasión de no olvidar lo que ya sabían. Además, dos veces por semana, el domingo y el jueves, habría una conferencia; es decir, que un tema de ciencia, de historia o incluso de actualidad, relacionado con los sucesos cotidianos, se pondría en el orden del día. Los mayores se inscribirían a favor o en contra, y debatirían tanto por instrucción como por entretenimiento general.

Gordon, en su calidad de jefe de la colonia, velaría por que dicho programa se observara y no sufriera modificaciones salvo en el caso de nuevas eventualidades.

Y en primer lugar, se tomó una medida relativa a la medición del tiempo. Se disponía del calendario del Sloughi, pero había que borrar regularmente cada día transcurrido. Se disponía de los relojes de a bordo, pero era preciso darles cuerda con regularidad para que marcaran la hora exacta.

Dos de los mayores fueron encargados de ese servicio: Wilcox para los relojes y Baxter para el calendario, y se podía confiar en el buen cuidado de ambos. En cuanto al barómetro y al termómetro, fue Webb quien asumió la tarea de anotar sus indicaciones cotidianas.

Otra decisión que también se tomó fue la de llevar un diario de todo lo que había sucedido y de todo lo que sucedería durante la estancia en la isla Chairman. Baxter se ofreció para ese trabajo, y, gracias a él, el «diario de French-den» quedaría redactado con minuciosa exactitud.

Una tarea no menos importante y que no podía sufrir demora era el lavado de la ropa, para el cual, afortunadamente, no faltaba jabón; y Dios sabe si, pese a las recomendaciones de Gordon, los pequeños se ensuciaban cuando jugaban en Sport-terrace o pescaban a orillas del río. ¡Cuántas veces los habían regañado y amenazado con castigarlos a ese respecto! Había, pues, aquí una labor en la que Moko era un consumado experto; pero, por sí solo, no hubiera podido con ella, y, pese a su escasa afición a esa faena, los mayores fueron obligados a echarle una mano a fin de mantener en buen estado la lencería de French-den.

El día siguiente era precisamente un domingo, y ya se sabe con qué rigorismo se observan los domingos en Inglaterra y en América. La vida queda como suspendida en ciudades, villas y aldeas. «Ese día —se ha podido decir— todo entretenimiento, toda diversión están prohibidos por la costumbre. No sólo hay que aburrirse, sino que hay que aparentarlo, y esta norma se impone con igual rigor a los niños que a los adultos.» ¡Las tradiciones! ¡Siempre las famosas tradiciones!

Sin embargo, en la isla Chairman se acordó que se relajaría un poco esa severidad, e incluso ese domingo los jóvenes colonos se permitieron una excursión a las orillas del lago Family. Pero, como hacía un frío extremo, tras un paseo de dos horas seguido de una carrera de velocidad en la que los pequeños tomaron parte en la pradera de Sport-terrace, todos se alegraron de encontrar en el hall una buena temperatura y, en Store-room, una cena bien caliente cuyo menú había sido confeccionado con especial esmero por el hábil maestro cocinero de French-den.

La velada terminó con un concierto en el que el acordeón de Garnett hacía las veces de orquesta, mientras los demás cantaban más o menos desafinados con una convicción muy sajona. El único de esos niños que tenía una voz bastante bonita era Jacques. Pero, con su inexplicable disposición de ánimo, ya no participaba en las diversiones de sus camaradas, y en esa ocasión, aunque se lo rogaron, se negó a cantar una de esas canciones infantiles con las que era tan pródigo en la pensión Chairman.

Ese domingo, que había comenzado con una pequeña alocución del «reverendo Gordon», como decía Service, terminó con una oración en común. Hacia las diez, todo el mundo dormía profundamente bajo la guardia de Phann, en quien podía confiarse en caso de que se acercara algo sospechoso.

Durante el mes de junio, el frío fue en aumento constante. Webb constató que el barómetro se mantenía en una media superior a los 686 mm, mientras que el termómetro centígrado marcaba hasta diez o doce grados bajo cero. En cuanto el viento, que soplaba del sur, se inclinaba hacia el oeste, la temperatura subía un poco y los alrededores de French-den se cubrían de una espesa nevada. Así pues, los jóvenes colonos se entregaron a algunas de esas batallas a bolas de nieve más o menos apretadas, tan de moda en Inglaterra. Hubo algunas cabezas ligeramente dañadas, e incluso cierto día uno de los más perjudicados fue precisamente Jacques, que, sin embargo, asistía a esos juegos únicamente como espectador. Una bola, lanzada con demasiada energía por Cross, lo golpeó con rudeza, aunque no iba dirigida a él, y un grito de dolor se le escapó.

– ¡No ha sido a propósito! —dijo Cross; que es la respuesta habitual de los torpes.

– ¡Sin duda! —replicó Briant, a quien el grito de su hermano había atraído al escenario de la batalla—. Sin embargo, haces mal en lanzar la bola con tanta fuerza.

– ¡Pues que no se ponga ahí Jacques —replicó Cross—, si no quiere jugar!

– ¡Vaya palabrería! —exclamó Doniphan—. ¡Y todo por un rasguño sin importancia!

– ¡Bueno!… No es grave —respondió Briant, percibiendo que Doniphan no buscaba más que la ocasión de intervenir en la discusión—. Sólo pediré a Cross que no lo repita.

– ¿Y con qué derecho lo pedirás?… —replicó Doniphan con tono burlón—. ¿Si no lo ha hecho a propósito?…

– No sé por qué te metes en esto, Doniphan —respondió Briant—. Esto es sólo entre Cross y yo…

– También me concierne a mí, Briant, puesto que lo tomas en ese tono —respondió Doniphan.

– Como quieras… ¡y cuando quieras! —replicó Briant, que se había cruzado de brazos.

– ¡Ahora mismo! —exclamó Doniphan.

En ese momento llegó Gordon, y muy a tiempo para evitar que la disputa terminara en golpes. Le dio la razón a Briant y se la quitó a Doniphan. Éste tuvo que someterse y, refunfuñando, volvió a French-den. ¡Pero era de temer que algún otro incidente pusiera a los dos rivales a las manos!

La nieve no cesó de caer durante cuarenta y ocho horas. Para entretener a los pequeños, Service y Garnett construyeron un gran muñeco con una cabezota enorme, una nariz descomunal y una boca desmesurada; algo así como un Hombre del Saco. Y hay que reconocerlo: si durante el día Dole y Costar se envalentonaban hasta lanzarle bolas de nieve, no lo miraban sin terror cuando la oscuridad le daba unas dimensiones gigantescas.

– ¡Menudos cobardes! —exclamaban entonces Iverson y Jenkins, que hacían los valientes sin estar mucho más tranquilos que sus jóvenes camaradas.

Hacia finales de junio, hubo que renunciar a esos entretenimientos. La nieve, acumulada hasta una profundidad de 90 centímetros a 1,20 metros, hacía la marcha casi imposible. Aventurarse unos pocos cientos de pasos fuera de French-den hubiera sido arriesgarse a no poder volver.

Los jóvenes colonos quedaron, pues, encerrados durante quince días, hasta el 9 de julio. Los estudios no sufrieron por ello; al contrario. El programa cotidiano se observaba con rigor. Las conferencias se celebraron en los días fijados. Todos tomaron en ellas un auténtico placer, y, lo que no sorprenderá: Doniphan, con su facilidad de palabra y su instrucción ya muy avanzada, ocupó el primer puesto. Pero ¿por qué hacía tal ostentación de ello? Ese orgullo echaba a perder todas sus brillantes cualidades.

Aunque las horas de recreo debían transcurrir entonces en el hall, la salud general no se resintió por ello, gracias a la ventilación que se efectuaba de una habitación a otra a través del pasillo. Esta cuestión de higiene no dejaba de ser de la mayor importancia. Si alguno de esos niños cayera enfermo, ¿cómo se le podrían procurar los cuidados necesarios? Afortunadamente, no pasaron de algunos resfriados o dolores de garganta que el reposo y las bebidas calientes hicieron desaparecer prontamente.

Fue entonces cuando hubo que preocuparse de resolver otra cuestión. Habitualmente, el agua necesaria para las necesidades de French-den se sacaba del río en bajamar, para que no estuviera salobre. Pero cuando la superficie del río quedara completamente helada, resultaría imposible proceder de ese modo. Gordon habló, pues, con Baxter, su «ingeniero ordinario», de las medidas que convendría adoptar. Baxter, tras reflexionar, propuso instalar una conducción a poca profundidad bajo la orilla, a fin de que no se helara; una conducción que llevaría el agua del río hasta Store-room. Era un trabajo difícil del que Baxter nunca se habría salido, si no hubiera tenido a su disposición uno de los tubos de plomo que servían para el suministro de agua a los aseos a bordo del Sloughi. Por fin, tras numerosos ensayos, el servicio de agua quedó asegurado en el interior de Store-room. En cuanto al alumbrado, aún había aceite suficiente para las lámparas de los faroles; pero, tras el invierno, sería necesario abastecerse de más, o al menos fabricar velas con las grasas que Moko tenía en reserva.

Lo que también causó algunos quebraderos de cabeza durante ese período fue proveer de alimento a la pequeña colonia, pues la caza y la pesca ya no aportaban su tributo habitual. Sin duda, algunos animales, acuciados por el hambre, rondaron más de una vez por Sport-terrace. Pero sólo eran chacales que Doniphan y Cross se contentaban con ahuyentar a tiros. Un día incluso llegaron en manada —unos veinte— y hubo que atrancar sólidamente las puertas del hall y de Store-room. Una invasión de esos carnívoros, enardecidos por las privaciones, hubiera sido temible. Sin embargo, Phann los advirtió a tiempo y no lograron forzar la entrada de French-den.

En esas difíciles circunstancias, Moko se vio obligado a recurrir en parte a las provisiones del yate, que se procuraba administrar con el mayor cuidado posible. Gordon no daba fácilmente autorización para disponer de ellas, y era con pesar que veía alargarse en su cuaderno la columna de gastos, mientras la de los ingresos permanecía estacionaria. Sin embargo, como había un buen stock de patos y avutardas que habían sido herméticamente guardados en barriles tras una semicocción, Moko pudo utilizar esas reservas junto con cierta cantidad de salmones conservados en salmuera. Y no hay que olvidarlo: French-den tenía quince bocas que alimentar y apetitos de entre ocho y catorce años que satisfacer.

No obstante, durante ese invierno, no se careció del todo de carne fresca. Wilcox, muy versado en todo lo relativo a la instalación de aparatos de caza, había tendido trampas en la orilla. No eran más que simples trampillas, sostenidas por pedazos de madera en forma de número 4, pero en las que la caza menor se dejaba atrapar a veces.

Con la ayuda de sus camaradas, Wilcox instaló también redes verticales a orillas del río, utilizando para ello las redes de pesca del Sloughi montadas en perchas altas. En las mallas de esas largas telas de araña, las aves de South-moors acudían en gran número cuando cruzaban de una orilla a la otra. Si la mayoría logró desengancharse de unas mallas demasiado pequeñas para una pesca aérea, hubo días en que se capturaron suficientes para las dos comidas reglamentarias.

En cambio, el ñandú fue el que dio mayores quebraderos de cabeza para alimentarlo. Hay que reconocerlo: la domesticación de ese salvaje animal no hacía ningún progreso, por mucho que dijera Service, encargado especialmente de su educación.

– ¡Qué corcel llegará a ser! —repetía con frecuencia, aunque no se veía muy bien cómo lograría montarlo.

Mientras tanto, como el ñandú no era un carnívoro, Service se veía obligado a ir a buscar su provisión diaria de hierbas y raíces bajo 60 o 90 centímetros de nieve. Pero ¿qué no habría hecho para procurar buena alimentación a su animal favorito? Si el ñandú adelgazó un poco durante ese interminable invierno, no fue culpa de su fiel guardián, y había todo el motivo para esperar que, llegada la primavera, recuperaría su peso normal.

El 9 de julio, al amanecer, Briant, al poner el pie fuera de French-den, comprobó que el viento había pasado de repente al sur.

El frío se había vuelto tan intenso que Briant tuvo que volver a toda prisa al hall, donde comunicó a Gordon esa variación de temperatura.

– Era de temer —respondió Gordon—, y no me sorprendería que tuviéramos que soportar aún algunos meses de un invierno muy riguroso.

– Eso demuestra bien —añadió Briant— que el Sloughi fue arrastrado más al sur de lo que suponíamos.

– Sin duda —dijo Gordon—, y, sin embargo, nuestro atlas no señala ninguna isla en el límite del mar antártico.

– Es inexplicable, Gordon, y, a decir verdad, no sé muy bien en qué dirección podríamos partir si consiguiéramos abandonar la isla Chairman…

– ¡Abandonar nuestra isla! —exclamó Gordon—. ¿Sigues pensando en eso, Briant?

– Siempre, Gordon. Si pudiéramos construir una embarcación que aguantara el mar, aunque fuera medianamente, no dudaría en lanzarme a la aventura.

– ¡Bien, bien! —replicó Gordon—. ¡No hay prisa! Esperemos al menos a tener nuestra pequeña colonia organizada…

– ¡Eh, mi buen Gordon! —respondió Briant—. Olvidas que allá tenemos familias…

– Cierto… cierto, Briant. Pero al fin y al cabo, ¡aquí no estamos tan mal! Todo va… e incluso me pregunto qué es lo que nos falta.

– Muchas cosas, Gordon —respondió Briant, que estimó oportuno no prolongar la conversación sobre ese tema—. Mira, por ejemplo, no tenemos casi nada de combustible…

– ¡Oh! ¡Aún no se han quemado todos los bosques de la isla!

– ¡No, Gordon! Pero ya es hora de reponer nuestra provisión de leña, pues está a punto de agotarse.

– ¡Hoy mismo! —respondió Gordon—. Veamos qué marca el termómetro.

El termómetro, colocado en Store-room, sólo marcaba cinco grados sobre cero, aunque el fogón estaba en plena actividad. Pero, una vez expuesto contra la pared exterior, no tardó en marcar diecisiete grados bajo cero.

Era un frío intenso que sin duda aumentaría si el tiempo se mantenía claro y seco durante algunas semanas. Ya entonces, pese al ronroneo de las dos estufas del hall y del fogón de la cocina, la temperatura bajaba sensiblemente en el interior de French-den.

Hacia las nueve, después del primer desayuno, se decidió que irían a Traps-woods para traerse una buena carga de leña.

Cuando la atmósfera está en calma, las temperaturas más bajas pueden soportarse sin daño. Lo que resulta particularmente doloroso es el áspero viento que muerde las manos y el rostro, y es muy difícil protegerse de él. Afortunadamente, ese día el viento era extremadamente débil y el cielo de una pureza perfecta, como si el propio aire estuviera congelado.

Así pues, en lugar de aquella nieve blanda en la que el día anterior aún se hundían hasta la cintura, el pie iba a pisar un suelo de dureza metálica. A partir de entonces, a condición de asentar bien el paso, se podría caminar como si fuera sobre la superficie del lago Family o del río Zealand, enteramente helados. Con algunos pares de raquetas de nieve como las que usan los indígenas de las regiones polares, o incluso con un trineo tirado por perros o renos, el lago podría haberse recorrido en toda su extensión, de sur a norte, en pocas horas.

Pero, por el momento, no se trataba de una expedición tan larga. Ir al bosque vecino y reponer la provisión de combustible: eso era lo que urgía de inmediato.

Sin embargo, el transporte a French-den de una cantidad suficiente de leña no dejaría de ser un trabajo penoso, puesto que ese transporte sólo podía efectuarse a brazo o a cuestas. Fue entonces cuando Moko tuvo una buena idea, y se apresuró a ponerla en práctica, en espera de que pudiera construirse algún vehículo con las tablas del yate. Esa gran mesa de Store-room, sólidamente construida, que medía unos 3,60 metros de largo por 1,20 de ancho, ¿no bastaría con darle la vuelta con las patas hacia arriba y arrastrarla sobre la superficie de la nieve helada? Sí, evidentemente, y eso fue lo que se hizo. Luego, cuatro de los mayores se engancharon con cuerdas a ese vehículo un tanto primitivo, y se partió, a las ocho en punto, en dirección a Traps-woods.

Los pequeños, con la nariz roja y las mejillas curtidas, correteaban por delante como cachorros jóvenes, y Phann les daba el ejemplo. A veces también se encaramaban a la mesa, no sin disputas y empujones, sólo por placer, con el riesgo de alguna caída que nunca sería muy grave. Sus gritos resonaban con una intensidad extraordinaria en medio de esa atmósfera fría y seca. ¡En verdad, resultaba reconfortante ver a esa pequeña colonia de tan buen humor y tan buena salud!

Todo era blanco hasta donde alcanzaba la vista entre Auckland-hill y el lago Family. Los árboles, con su ramaje de escarcha y sus ramas cargadas de cristales centelleantes, se agrupaban a lo lejos como el telón de fondo de una decoración de cuento de hadas. Sobre la superficie del lago, las aves volaban en bandadas hasta el reverso del acantilado. Doniphan y Cross no habían olvidado traer sus fusiles. Prudente precaución, pues se vieron huellas sospechosas pertenecientes a animales distintos de los chacales, pumas o jaguares.

– Tal vez sean esos gatos salvajes que llaman «paperos» —dijo Gordon—, y que no son menos temibles.

– ¡Oh! ¡Si no son más que gatos! —respondió Costar encogiéndose de hombros.

– ¡Pues los tigres también son gatos! —replicó Jenkins.

– ¿Es verdad, Service —preguntó Costar—, que esos gatos son malos?

– Muy verdad —replicó Service—, ¡y se comen a los niños como si fueran ratones!

Respuesta que no dejó de inquietar a Costar.

El medio kilómetro entre French-den y Traps-woods se franqueó rápidamente, y los jóvenes leñadores se pusieron a la tarea. Su hacha sólo se empleó contra árboles de cierto grosor, a los que se despojó de las ramas menores para aprovisionarse, no de esos haces que arden un instante, sino de leños que podrían alimentar convenientemente el fogón y las estufas. Luego la mesa-trineo recibió una pesada carga; pero deslizaba con tanta facilidad, y todos tiraban con tan buen ánimo sobre el suelo endurecido, que antes del mediodía había podido hacer dos viajes.

Después del almuerzo se reanudó el trabajo, que sólo se interrumpió hacia las cuatro, cuando el día empezó a declinar. El cansancio era grande, pero, como no había ninguna necesidad de hacer las cosas con exceso, Gordon aplazó la tarea para el día siguiente. Pues cuando Gordon ordenaba, no quedaba más que obedecer.

Además, al regresar a French-den, se pasó a serrar esos leños, a partirlos y a almacenarlos, y eso duró hasta la hora de acostarse.

Durante seis días, ese acarreo continuó sin descanso, lo que aseguró combustible para varias semanas. Huelga decir que toda esa provisión no había podido caber en Store-room; pero no había ningún inconveniente en que permaneciera expuesta al aire libre al pie del contrafuerte.

El 15 de julio, según el calendario, ese día era la festividad de San Swithin. Ahora bien, en Inglaterra, San Swithin corresponde, por su fama, a San Medardo en Francia.

– Entonces —dijo Briant—, si hoy llueve, tendremos lluvia durante cuarenta días.

– A fe mía —respondió Service—, eso importa poco, puesto que estamos en la mala estación. ¡Ah, si fuera en verano!…

Sin embargo, la lluvia no persistió, los vientos volvieron al sureste y hubo tales fríos que Gordon ya no permitió a los pequeños poner el pie fuera.

En efecto, a mediados de la primera semana de agosto, la columna termométrica descendió hasta los veintisiete grados bajo cero. Con tan sólo exponerse al aire exterior, el aliento se condensaba en nieve. La mano no podía agarrar un objeto metálico sin sentir un vivo dolor análogo al de las quemaduras. Hubo que tomar las más minuciosas precauciones para mantener la temperatura interior a un grado suficiente.

Hubo quince días muy penosos que superar. Todos sufrían más o menos por falta de ejercicio. Briant no veía sin inquietud las caras pálidas de los pequeños, cuyo buen color había desaparecido. Sin embargo, gracias a las bebidas calientes que no faltaban, y salvo un cierto número de resfriados o bronquitis inevitables, los jóvenes colonos superaron sin gran daño ese período peligroso.

Hacia el 16 de agosto, el estado de la atmósfera tendió a modificarse con el viento que se estableció en el oeste. Así pues, el termómetro subió hasta los doce grados bajo cero, temperatura soportable dado el sosiego del aire.

Doniphan, Briant, Service, Wilcox y Baxter tuvieron entonces la idea de hacer una excursión hasta Sloughi-bay. Partiendo de madrugada, podían estar de regreso la misma tarde.

Se trataba de reconocer si la costa no estaba frecuentada por un gran número de esos anfibios, huéspedes habituales de las regiones antárticas, de los que ya se habían visto algunos ejemplares en la época del naufragio. Al mismo tiempo, reemplazarían el pabellón del que no debían quedar sino jirones, tras los vendavales del invierno. Y además, siguiendo el consejo de Briant, clavarían en el mástil de señales una tablilla que indicara la situación de French-den, por si algunos marinos que hubieran avistado el pabellón desembarcaban en la playa.

Gordon dio su aprobación, pero recomendando encarecidamente que regresaran antes del anochecer, y la pequeña tropa partió en la mañana del 19 de agosto, aunque todavía no había amanecido. El cielo estaba despejado y la luna lo iluminaba con los pálidos rayos de su cuarto menguante. Diez kilómetros hasta la bahía no era nada para unas piernas bien descansadas.

El trayecto se cubrió rápidamente. Al estar helada la turbera de Bog-woods, no hubo que rodearla, lo que acortó el recorrido. Así pues, antes de las nueve de la mañana, Doniphan y sus camaradas desembocaban en la playa.

– ¡Vaya bandada de volatiles! —exclamó Wilcox.

Y mostraba, alineados sobre los arrecifes, algunos millares de aves que parecían grandes patos, con el pico alargado como una concha de mejillón y su grito tan penetrante como desagradable.

– ¡Parecen soldaditos a quienes su general va a pasar revista! —dijo Service.

– No son más que pingüinos —respondió Baxter—, ¡y no merecen ni un tiro!

Esas estúpidas aves, que se mantenían en una posición casi vertical debida a sus patas colocadas muy atrás, ni siquiera pensaron en huir, y se las podría haber matado a palos. Quizá Doniphan tuvo ganas de entregarse a esa carnicería inútil; pero, como Briant tuvo la prudencia de no oponerse a ello, los pingüinos fueron dejados en paz.

Por lo demás, si esas aves no podían ser de ninguna utilidad, había allí numerosos otros animales cuya grasa serviría para el alumbrado de French-den durante el próximo invierno.

Eran focas, de esa especie llamada focas de trompa, que se solazaban sobre los arrecifes cubiertos entonces de una espesa capa de hielo. Pero, para abatir a algunas, hubiera sido preciso cortarles la retirada por el lado de los arrecifes. Ahora bien, en cuanto Briant y sus camaradas se acercaron, las focas huyeron dando brincos extraordinarios y desaparecieron bajo las aguas. Habría, pues, que organizar más adelante una expedición especial para la captura de esos anfibios.

Tras almorzar frugalmente con las pocas provisiones que habían traído, los muchachos se dedicaron a observar la bahía en toda su extensión.

Una extensión uniformemente blanca se desplegaba desde la desembocadura del río Zealand hasta el promontorio de False-Sea-point. Salvo los pingüinos y las aves marinas, tales como petreles, gaviotas y gaviones, parecía que las demás aves habían abandonado la playa para buscar en el interior de la isla con qué alimentarse. Una capa de 60 a 90 centímetros de nieve se extendía por la playa, y lo que quedaba de los restos de la goleta había desaparecido bajo esa espesa capa. Las marcas de marea, algas y sargazos, detenidos más acá de los arrecifes, indicaban que Sloughi-bay no había sido invadida por las fuertes mareas de equinoccio.

En cuanto al mar, estaba siempre desierto hasta el límite extremo de ese horizonte que Briant no había vuelto a ver desde hacía tres largos meses. Y, más allá, a cientos de millas, estaba esa Nueva Zelanda que no desesperaba de volver a ver algún día.

Baxter se ocupó entonces de izar un pabellón nuevo que había traído y de clavar la tablilla que indicaba la situación de French-den a unos diez kilómetros río arriba. Luego, hacia la una de la tarde, retomaron la orilla izquierda.

De camino, Doniphan abatió un par de ánades rabudos y otro par de avefrías que revoloteaban sobre la superficie del río, y, hacia las cuatro, cuando el día oscurecía, sus camaradas y él llegaban a French-den. Allí, Gordon fue puesto al corriente de lo ocurrido, y, dado que numerosas focas frecuentaban Sloughi-bay, se les daría caza en cuanto el tiempo lo permitiera.

En efecto, la mala estación iba a terminar pronto. Durante la última semana de agosto y la primera de septiembre, el viento de mar volvió a imponerse. Fuertes chubascos provocaron un rápido ascenso de la temperatura. La nieve no tardó en disolverse y la superficie del lago se rompió con un estruendo ensordecedor. Los témpanos que no se fundieron in situ se adentraron en la corriente del río, amontonándose unos sobre otros, y se produjo una obstrucción de hielo que no se despejó del todo hasta hacia el 10 de septiembre.

Así había transcurrido ese invierno. Gracias a las precauciones tomadas, la pequeña colonia no había sufrido demasiado. Todos se habían mantenido con buena salud y, como los estudios se habían seguido con celo, Gordon apenas había tenido que castigar a ningún rebelde.

Un día, sin embargo, había tenido que castigar a Dole, cuya conducta requería un escarmiento ejemplar.

Muchas veces el testarudo se había negado a «cumplir con su deber» y Gordon lo había reprendido sin que quisiera tener en cuenta sus observaciones. Si no fue castigado a pan y agua —lo que no entra en el sistema de las escuelas anglosajonas—, fue condenado a recibir azotes.

Los jóvenes ingleses, se ha hecho notar, no sienten la repugnancia que los franceses no dejarían de sentir sin duda ante ese tipo de castigo. Y, sin embargo, en esa ocasión, Briant habría protestado contra ese modo de castigar, si no hubiera debido respetar las decisiones de Gordon. Por lo demás, allí donde un escolar francés sentiría vergüenza, el escolar inglés sólo sentiría vergüenza de parecer temer un castigo corporal.

Dole recibió, pues, los pocos golpes de vara que le propinó Wilcox, designado por sorteo para esas funciones de ejecutor público, y el ejemplo fue de tal eficacia que el caso no volvió a repetirse.

El 10 de septiembre, habían transcurrido seis meses desde que el Sloughi naufragó en los arrecifes de la isla Chairman.

Telegramma

Ufficio di partenza: World Wide Web · Destinazione: a bordo del Nautilus

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