Capítulo 12
Durante sus últimas excursiones, los jóvenes cazadores habían examinado varias veces el acantilado con la esperanza de encontrar otra excavación. De haberla hallado, podría haber servido de almacén general y acoger el resto del material que había sido preciso dejar al descubierto. Pero como las búsquedas no habían dado resultado, hubo que volver al proyecto de ampliar la vivienda actual excavando una o varias estancias contiguas a la caverna de Jean Baudoin.
En granito, ese trabajo habría sido con toda seguridad irrealizable; pero en aquella piedra caliza que la picota o el pico atacarían con facilidad, no presentaría dificultad alguna. Su duración importaba poco. Habría con qué ocupar los largos días del invierno, y todo podría estar terminado antes del regreso del buen tiempo, siempre que no se produjesen derrumbes ni filtraciones, que eran justamente lo que más había que temer.
Por lo demás, no sería necesario emplear la mina. Las herramientas bastarían, puesto que habían bastado cuando se había tratado de taladrar la pared para ajustar el tubo del fogón de cocina. Además, Baxter ya había podido, no sin esfuerzo, ensanchar la entrada de French-den de manera que se adaptase con sus herrajes una de las puertas del Sloughi. Asimismo, a derecha e izquierda de la entrada se habían abierto dos estrechas ventanas, o mejor dicho dos especies de aspilleras, en la pared, lo que permitía que la luz y el aire circulasen con mayor amplitud por el interior.
Sin embargo, desde hacía una semana, el mal tiempo había hecho su
Recluidos la mayor parte del tiempo, los jóvenes podían pues acometer el trabajo de ampliación, y se pusieron manos a la obra en la jornada del 27 de mayo.
Fue la pared de la derecha la que la picota y el pico atacaron al principio.
– Al cavar en dirección oblicua —había observado Briant—, quizá podamos salir al lado del lago y abrir una segunda entrada a French-den. Eso nos permitiría vigilar mejor sus alrededores y, si el mal tiempo nos impidiera salir por un lado, podríamos al menos salir por el otro.
Sería, como se ve, una disposición muy ventajosa para las necesidades de la vida en común, y sin duda no era imposible lograrlo.
En efecto, en el interior no más de doce o quince metros separaban la caverna del reverso oriental. Solo habría que perforar una galería en esa dirección, después de haberla trazado con la brújula. A lo largo de ese trabajo sería esencial procurar no provocar ningún derrumbe. Por lo demás, antes de dar a la nueva excavación la anchura y la altura que tendría más adelante, Baxter propuso cavar un estrecho pasadizo, a riesgo de ensancharlo cuando su profundidad pareciese suficiente. Las dos estancias de French-den quedarían entonces unidas por un corredor que podría cerrarse en sus dos extremos, y en el que se excavarían lateralmente una o dos oscuras bodegas. Ese plan era evidentemente el mejor y, entre otras ventajas, permitiría sondear con prudencia la mole, cuya perforación podría abandonarse a tiempo si se produjese alguna filtración repentina.
Durante tres días, del 27 al 30 de mayo, el trabajo se desarrolló en condiciones bastante favorables. Aquella caliza blanda se tallaba casi como mantequilla. Por eso fue necesario consolidarla con un entibado interior, lo que no dejó de ser muy difícil. Los escombros eran transportados inmediatamente al exterior para que nunca entorpeciesen el paso. Si no todos los brazos podían estar ocupados simultáneamente en esa tarea por falta de espacio, tampoco estaban ociosos. Cuando la lluvia y la nieve cesaban de caer, Gordon y los demás se ocupaban de desmontar la balsa, a fin de que las piezas de la plataforma y del armazón pudieran emplearse en el nuevo acondicionamiento. Vigilaban igualmente los objetos apilados en el ángulo del contrafuerte, pues las lonas alquitranadas los protegían muy imperfectamente contra las ráfagas.
La tarea avanzaba poco a poco, no sin penosas tentativas a ciegas, y el pasadizo ya había sido excavado a una longitud de un metro y veinte a metro y medio cuando un incidente muy inesperado se produjo en la tarde del 30.
Briant, agachado al fondo como un minero que abre una galería de mina, creyó oír una especie de ruido sordo en el interior de la mole.
Suspendió su trabajo para escuchar con más atención... El ruido llegó de nuevo a sus oídos.
Salir del corredor, volver junto a Gordon y Baxter, que se encontraban en la entrada, comunicarles el incidente: eso no exigió más que unos instantes.
– ¡Una ilusión! —respondió Gordon—. Has creído oír...
– Ocupa mi lugar, Gordon —respondió Briant—, apoya el oído contra la pared y escucha.
Gordon se introdujo en el estrecho pasadizo y salió de él momentos después.
– ¡No te has equivocado!... —dijo—. He oído algo así como rumores lejanos...
Baxter repitió la prueba a su vez y salió diciendo:
– ¿Qué puede ser eso?
– ¡No puedo imaginarlo! —respondió Gordon—. Habría que avisar a Doniphan y a los demás...
– ¡Pero no a los pequeños! —añadió Briant—. ¡Tendrían miedo!
Precisamente, todos acababan de entrar a cenar, y los pequeños se enteraron de lo que pasaba. No dejó de causarles cierto temor.
Doniphan, Wilcox, Webb, Garnett se deslizaron sucesivamente por el pasadizo. Pero el ruido había cesado; ya no oyeron nada y se inclinaron a creer que sus camaradas debían de haberse equivocado.
En todo caso, se decidió que el trabajo no sería interrumpido, y se volvió a él en cuanto acabó la cena.
Pues bien, durante la velada no se había oído ningún ruido cuando, hacia las nueve, nuevos rumores fueron percibidos con claridad a través de la pared.
En ese momento, Phann, que acababa de lanzarse al pasadizo, salía de él con el pelo erizado, los labios levantados sobre los colmillos, dando inequívocas señales de irritación, ladrando a pleno pulmón como si hubiera querido responder a los gruñidos que se producían en el interior de la mole.
Y entonces lo que en los pequeños no había sido más que un temor mezclado de sorpresa se convirtió en un verdadero espanto. La imaginación del muchacho inglés se nutre sin cesar de las leyendas familiares a los países del Norte, en las que los gnomos, los duendes, las valquirias, los silfos, las ondinas y los genios de toda procedencia rondan alrededor de su cuna. Así, Dole, Costar, e incluso Jenkins e Iverson, no ocultaron que se morían de miedo. Tras haberlos tranquilizado en vano, Briant los obligó a volver a sus catres, y si al fin se durmieron fue muy tarde. Y aun así soñaron con fantasmas, espectros y seres sobrenaturales que frecuentaban las profundidades del acantilado; en suma, las angustias de la pesadilla.
Gordon y los demás, en cambio, continuaron hablando en voz baja de ese extraño fenómeno. En varias ocasiones pudieron constatar que no dejaba de reproducirse y que Phann persistía en manifestar una extraña irritación.
Al fin, vencidos por el cansancio, todos fueron a acostarse, a excepción de Briant y Moko. Luego, un profundo silencio reinó hasta el amanecer en el interior de French-den.
Al día siguiente, todos estaban en pie desde temprano. Baxter y Doniphan reptaron hasta el fondo del pasadizo... No se oía ningún ruido. El perro, que iba y venía sin mostrar inquietud alguna, ya no intentaba lanzarse contra la pared como había hecho la víspera.
– Volvamos al trabajo —dijo Briant.
– Sí —respondió Baxter—. Siempre habrá tiempo de detenerse si se produce algún ruido sospechoso.
– ¿No sería posible —observó entonces Doniphan— que ese rumor fuese simplemente el de un manantial que pasase borboteando a través de la mole?
– Todavía se oiría —observó Wilcox—, ¡y ya no se oye!
– Es verdad —respondió Gordon—. Yo más bien creería que viene del viento, que debe de colarse por alguna grieta en la cresta del acantilado...
– Subamos al altiplano —dijo Service—, y allí quizá descubramos...
La propuesta fue aceptada.
A unos cincuenta pasos bajando por la orilla, un sendero sinuoso permitía alcanzar la arista superior de la mole. En pocos instantes, Baxter y otros dos o tres la habían escalado y avanzaron sobre el altiplano hasta encima de French-den. Fue un esfuerzo inútil. En la superficie de aquel lomo de asno cubierto de hierba corta y apretada, no encontraron ninguna grieta por la que una corriente de aire o una capa de agua pudieran penetrar. Y cuando bajaron, no sabían más sobre ese extraño fenómeno que los pequeños, quienes lo explicaban con toda ingenuidad por lo sobrenatural.
Sin embargo, el trabajo de perforación había sido reanudado y continuó hasta el final de la jornada. Ya no se oyeron los ruidos de la víspera, aunque, según una observación hecha por Baxter, la pared, cuya sonoridad había sido mate hasta entonces, empezaba a sonar a hueco. ¿Había pues en esa dirección una cavidad natural a la que el pasadizo iba a desembocar? ¿Y no sería en esa cavidad donde el fenómeno podría haberse producido? La hipótesis de una segunda excavación contigua a la caverna no tenía nada de inadmisible; era incluso de desear que fuera así, pues habría supuesto otro tanto de trabajo ahorrado en la obra de ampliación.
Ya se puede imaginar con qué ardor extraordinario se pusieron todos a ello, y esa jornada contó entre las más fatigosas que habían soportado hasta entonces. Sin embargo, transcurrió sin incidente notable, salvo que, al anochecer, Gordon advirtió que su perro había desaparecido.
Por lo general, a la hora de las comidas, Phann nunca dejaba de colocarse junto al taburete de su amo; esa noche, su sitio estaba vacío.
Se llamó a Phann... Phann no respondió.
Gordon fue al umbral de la puerta. Llamó de nuevo... Silencio completo.
Doniphan y Wilcox corrieron, uno por la orilla del río, el otro hacia el lago... Ni rastro del perro.
En vano las búsquedas se extendieron a algunos centenares de pasos en los alrededores de French-den... Phann no fue encontrado.
Era evidente que el perro ya no estaba al alcance del oído, pues de lo contrario habría respondido con toda seguridad a la voz de Gordon. ¿Se habría extraviado?... Era bastante inadmisible. ¿Habría perecido entre las fauces de alguna fiera?... Eso podía ser, y era incluso lo que mejor habría explicado su desaparición.
Eran las nueve de la noche. Una oscuridad profunda envolvía el acantilado y el lago. Hubo que resignarse a abandonar las búsquedas para regresar a French-den.
Todos volvieron entonces muy inquietos, y no solo inquietos, sino desconsolados ante la idea de que el inteligente animal había desaparecido quizás para siempre.
Unos fueron a tenderse en sus catres; los otros, a sentarse alrededor de la mesa, sin pensar apenas en dormir. Les parecía que estaban más solos, más abandonados, más lejos aún de su país y de sus familias.
De repente, en medio del silencio, nuevos rumores resonaron. Esta vez eran como aullidos seguidos de gritos de dolor, que se prolongaron durante casi un minuto.
– ¡Es de ahí... Es de ahí de donde viene! —exclamó Briant, lanzándose a través del pasadizo.
Todos se habían levantado como si esperasen alguna aparición. El espanto había vuelto a apoderarse de los pequeños, que se arrebujaban bajo sus mantas...
En cuanto Briant salió:
– Ha de haber ahí —dijo— una cavidad cuya entrada se encuentra al pie del acantilado...
– ¡Y en la que probablemente se refugian animales durante la noche! —añadió Gordon.
– Así debe de ser —respondió Doniphan—. Así que mañana iremos a hacer pesquisas...
En ese momento estalló un ladrido y, al igual que los aullidos, venía del interior de la mole.
– ¿No estará Phann ahí —exclamó Wilcox— enzarzado con algún animal?
Briant, que acababa de volver a entrar en el pasadizo, escuchaba con el oído apoyado contra la pared del fondo... ¡Nada más!... Pero, estuviese o no Phann allí, no cabía duda de que existía una segunda excavación que debía de comunicar con el exterior, probablemente por algún agujero perdido entre la maleza enredada en la base del acantilado.
La noche transcurrió sin que ni aullidos ni ladridos volvieran a dejarse oír.
Al amanecer, las excavaciones emprendidas tanto por el lado del río como por el lado del lago no dieron más resultado que anteayer en la cresta de la mole.
Phann, aunque habían ido a buscarlo y a llamarlo por los alrededores de French-den, no había vuelto a aparecer.
Briant y Baxter se turnaron en el trabajo. La picota y el pico no descansaron. Durante la mañana, el pasadizo ganó cerca de sesenta centímetros en profundidad. De vez en cuando se paraban, aguzaban el oído... ya no se oía nada.
La tarea, interrumpida para el almuerzo del mediodía, se reanudó una hora después. Se habían tomado todas las precauciones para el caso de que un último golpe de picota, reventando la pared, diese paso a algún animal. Los pequeños habían sido llevados al lado de la orilla. Con fusiles y revólveres en mano, Doniphan, Wilcox y Webb estaban listos para cualquier eventualidad.
Hacia las dos, Briant lanzó una exclamación. Su pico acababa de atravesar la caliza, que se había derrumbado dejando ver una abertura bastante amplia.
Briant se reunió inmediatamente con sus camaradas, que no sabían qué pensar...
Pero, antes de que pudiera abrir la boca, un rápido deslizamiento rozó las paredes del pasadizo, y un animal saltó de un brinco a la caverna...
¡Era Phann!
¡Sí! Phann, que primero se precipitó hacia un cubo lleno de agua y se puso a beber ávidamente. Luego, meneando el rabo alegremente, sin mostrar irritación alguna, volvió a saltar alrededor de Gordon. No había pues nada que temer.
Briant cogió entonces un farol y se introdujo en el pasadizo. Gordon, Doniphan, Wilcox, Baxter, Moko le siguieron. Un instante después, habiendo franqueado todos la abertura producida por el derrumbe, se encontraban en medio de una oscura excavación a la que no penetraba ninguna luz del exterior.
Era una segunda caverna, de igual altura y anchura que French-den, pero mucho más profunda, y cuyo suelo estaba cubierto de arena fina en una superficie de unos cuarenta metros cuadrados.
Como esa cavidad no parecía tener ninguna comunicación con el exterior, se podría haber temido que el aire fuese irrespirable. Pero, como la llama del farol ardía con toda su intensidad, era señal de que el aire se introducía por alguna abertura. Sin eso, además, ¿cómo habría podido entrar Phann?
En ese momento, Wilcox tropezó con el pie con un cuerpo inerte y frío, lo que reconoció al palparlo con la mano.
Briant acercó el farol.
– ¡Es el cuerpo de un chacal! —exclamó Baxter.
– ¡Sí!... ¡Un chacal que nuestro valiente Phann habrá estrangulado! —respondió Briant.
– ¡Ahí está pues la explicación de lo que no podíamos explicar! —añadió Gordon.
Pero si uno o varios chacales habían hecho de esa caverna su guarida habitual, ¿por qué salida penetraban en ella? Eso era lo que había que descubrir absolutamente.
Así pues, después de salir de French-den, Briant fue a bordear el acantilado por el lado del lago. Al mismo tiempo lanzaba gritos, a los que respondieron al fin otros gritos desde el interior. Fue de esa manera como descubrió una estrecha abertura entre la maleza, a ras del suelo, por la que se deslizaban los chacales. Pero desde que Phann los había seguido hasta allí, se había producido un derrumbe parcial que había cerrado esa abertura, tal como no tardaron en comprobar.
Todo quedaba pues explicado: los aullidos de los chacales, los ladridos del perro que, durante veinticuatro horas, se había encontrado en la imposibilidad de volver al exterior.
¡Qué satisfacción! No solo Phann estaba devuelto a sus jóvenes amos, sino que ¡cuánto trabajo ahorrado! Había allí «ya hecha», como dijo Dole, una vasta cavidad cuya existencia el náufrago Baudoin nunca había sospechado. Ensanchando la entrada, sería una segunda puerta abierta hacia el lago. De ahí, gran facilidad para atender todas las exigencias del servicio interior. Así, esos jóvenes, reunidos en la nueva caverna, lanzaron hurras a los que Phann mezcló sus alegres ladridos.
¡Con qué ardor se pusieron de nuevo a la obra para convertir el pasadizo en un corredor practicable! La segunda excavación, a la que se dio el nombre de «hall», lo justificaba por sus dimensiones. A la espera de que se habilitasen bodegas laterales al corredor, todo el material fue transportado a ese hall. Serviría también de dormitorio y sala de trabajo, mientras que la primera estancia quedaría reservada para la cocina, la despensa y el comedor. Pero como se pensaba convertirla en el almacén general, Gordon propuso llamarla Store-room, lo que fue adoptado.
En primer lugar, se procedió a trasladar los catres, que fueron dispuestos simétricamente sobre la arena del hall, donde no faltaba espacio. Luego se colocó en él el mobiliario del Sloughi, los divanes, los sillones, las mesas, los armarios, etc., y, lo que era importante, las estufas de la cámara y el salón del yate, cuya instalación se hizo de manera que calentasen esa vasta pieza. Al mismo tiempo se amplió la entrada del lado del lago para adaptar en ella una de las puertas del goleta, trabajo del que Baxter no salió sin cierta dificultad. Además, como se habían abierto dos nuevas aspilleras a cada lado de dicha puerta, la luz llegó suficientemente al hall, que, al llegar la noche, se iluminaba con un farol colgado de su bóveda.
Esos arreglos llevaron una quincena de días. Era hora de que estuvieran terminados, pues, tras haberse mantenido en calma, el tiempo había comenzado a cambiar. Si aún no hacía un frío extremo, las ráfagas se volvieron tan violentas que toda excursión al exterior tuvo que quedar prohibida.
En efecto, tal era la fuerza del viento que, a pesar del abrigo del acantilado, levantaba las aguas del lago como un mar. Las olas rompían con estrépito, y con toda seguridad una embarcación, fuese bote de pesca o piragua de salvaje, habría naufragado en ellas. Había que sacar la yola a tierra, pues de lo contrario habría corrido el riesgo de ser arrastrada. Por momentos, las aguas del río, refluidas en sentido contrario a su curso, cubrían la orilla y amenazaban con extenderse hasta el contrafuerte. Por suerte, ni el Store-room ni el hall estaban directamente expuestos a los golpes de la borrasca, puesto que el viento soplaba del oeste. Así, las estufas y el fogón de la cocina, alimentados con madera seca de la que se había hecho amplia provisión, funcionaron convenientemente.
¡Qué oportuno había sido salvar todo cuanto se pudo del Sloughi y ponerlo a buen recaudo! Las provisiones ya no tenían nada que temer de la inclemencia del tiempo. Gordon y sus camaradas, ahora prisioneros de la mala estación, tuvieron tiempo de acomodarse con mayor comodidad. Habían ensanchado el corredor y excavado dos profundos rincones, uno de los cuales, cerrado con una puerta, fue reservado para las municiones, a fin de prevenir cualquier peligro de explosión. En fin, aunque los cazadores no podían aventurarse por los alrededores de French-den, solo con las aves acuáticas, cuyo sabor a marisma Moko no lograba siempre hacer desaparecer, lo que provocaba protestas y muecas, el sustento estaba asegurado. Huelga decir, por lo demás, que se había reservado un lugar para el ñandú en un rincón del Store-room, a la espera de que se le construyese un cercado en el exterior.
Fue entonces cuando Gordon tuvo la idea de redactar un programa al que cada uno estaría obligado a someterse una vez aprobado por todos. Después de la vida material, aún había que pensar en la vida moral. ¿Quién sabía cuánto duraría la estancia en esa isla? Si lograban abandonarla, ¡qué satisfacción sería haber aprovechado el tiempo! Con los escasos libros que proporcionaba la biblioteca del goleta, ¿no podían los mayores acrecentar la suma de sus conocimientos mientras se consagraban a la instrucción de los más jóvenes? ¡Excelente tarea que ocuparía de manera útil y agradable las largas horas del invierno!
Sin embargo, antes de que ese programa fuera redactado, se tomó otra medida en las circunstancias que a continuación se relatan.
La tarde del 10 de junio, después de cenar, estando todos reunidos en el hall alrededor de las estufas que rugían, la conversación recayó sobre la conveniencia de dar nombres a las principales características geográficas de la isla.
– Sería muy útil y muy práctico —dijo Briant.
– ¡Sí, nombres! —exclamó Iverson—. ¡Y sobre todo elijamos nombres bien bonitos!
– ¡Como han hecho siempre los Robinsones reales o imaginarios! —replicó Webb.
– Y, en realidad, camaradas —dijo Gordon—, no somos otra cosa...
– ¡Un internado de Robinsones! —exclamó Service.
– Por lo demás —prosiguió Gordon—, con nombres dados a la bahía, a los ríos, a los bosques, al lago, al acantilado, a los pantanos, a los promontorios, nos será más fácil orientarnos.
Ya se puede imaginar que esa moción fue adoptada, y solo quedó hacer funcionar la imaginación para encontrar denominaciones adecuadas.
– Ya tenemos Sloughi-bay, en la que nuestro yate fue a embarrancar —dijo Doniphan—, y creo que conviene conservarle ese nombre al que estamos acostumbrados.
– ¡Por supuesto! —respondió Cross.
– Del mismo modo que conservaremos el nombre de French-den a nuestra morada —añadió Briant—, en memoria del náufrago cuyo lugar hemos tomado.
No hubo ninguna objeción al respecto, ni siquiera por parte de Doniphan, aunque la observación viniese de Briant.
– ¿Y ahora —dijo Wilcox—, cómo llamaremos al río que desemboca en Sloughi-bay?
– El río Zealand —propuso Baxter—. Ese nombre nos recordará el de nuestro país.
– ¡Adoptado!... ¡Adoptado!
Al respecto no hubo más que una voz.
– ¿Y el lago? —preguntó Garnett.
– Como el río ha recibido el nombre de nuestra Zelanda —dijo Doniphan—, demos al lago un nombre que recuerde a nuestras familias, y llamémosle Family-lake (lago de la Familia).
Lo que fue admitido por aclamación.
Como se ve, el acuerdo era completo, y bajo el impulso de esos mismos sentimientos se atribuyó el nombre de Auckland-hill (colina de Auckland) al acantilado. En cuanto al cabo que lo remataba, aquel cabo desde lo alto del cual Briant había creído descubrir un mar al este, fue llamado, a propuesta suya, False-Sea-point (Punta del Mar Falso).
En cuanto a las demás denominaciones que fueron sucesivamente adoptadas, son las siguientes.
Se llamó Traps-woods (bosque de las trampas) a la parte del bosque donde habían sido descubiertas las trampas; Bog-woods (bosque de la ciénaga) a la otra parte, situada entre Sloughi-bay y el acantilado; South-moors (pantanos del sur) a la marisma que cubría toda la parte meridional de la isla; Dike-creek (arroyo de la calzada) al arroyo cortado por la pequeña calzada de piedra; Wreck-coast (costa del naufragio) a la costa de la isla donde había embarrancado el yate; y finalmente Sport-terrace (terraza del deporte) al espacio limitado por las orillas del río y del lago, que formaba ante el hall una especie de pradera destinada a los ejercicios indicados en el programa.
En lo referente a los demás puntos de la isla, se les irían poniendo nombres a medida que fueran reconocidos, según los incidentes que en ellos hubieran tenido lugar.
Sin embargo, pareció conveniente asignar también un nombre a los principales promontorios señalados en el mapa de François Baudoin. Se tuvo así, al norte de la isla, North-cape; en su punta sur, South-cape. Por último, el acuerdo fue general para dar a las tres puntas que se proyectaban al oeste sobre el Pacífico las denominaciones de French-cape, British-cape y American-cape, en honor de las tres naciones francesa, inglesa y americana representadas en la pequeña colonia.
¡Colonia! ¡Sí! Esa palabra fue entonces propuesta para recordar que el asentamiento ya no tenía un carácter provisional. Y, naturalmente, se debió a la iniciativa de Gordon, siempre más preocupado por organizar la vida en ese nuevo dominio que por buscar la manera de abandonarlo. Esos jóvenes ya no eran los náufragos del Sloughi, sino los colonos de la isla...
Pero ¿de qué isla?... Quedaba por bautizarla a su vez.
– ¡Vaya!... ¡Vaya!... ¡Yo sé perfectamente cómo habría que llamarla! —exclamó Costar.
– ¿Tú sabes eso? —respondió Doniphan.
– ¡Qué bien está el pequeño Costar! —exclamó Garnett.
– Sin duda, ¡va a llamarla la isla Baby! —replicó Service.
– ¡Vamos! No os burléis de Costar —dijo Briant—. ¡A ver su idea!
El niño, muy cortado, callaba.
– Habla, Costar —prosiguió Briant animándolo con un gesto—. Estoy seguro de que tu idea es buena...
– Pues bien —dijo Costar—, ya que somos alumnos del internado Chairman, ¡llamémosla la isla Chairman!
Y, en efecto, no podía encontrarse nada mejor. Así que ese nombre fue admitido entre los aplausos de todos, de lo que el pequeño Costar se mostró muy orgulloso.
¡La isla Chairman! Realmente, ese nombre tenía cierto aire geográfico y podría figurar muy convenientemente en los atlas del futuro.
Terminada la ceremonia, para general satisfacción, llegaba el momento de ir a descansar cuando Briant pidió la palabra.
– Camaradas —dijo—, ahora que hemos dado nombre a nuestra isla, ¿no sería conveniente elegir un jefe para gobernarla?
– ¿Un jefe? —respondió Doniphan vivamente.
– Sí, me parece que todo iría mejor —prosiguió Briant— si uno de nosotros tuviese autoridad sobre los demás. Lo que se hace para cualquier país, ¿no es conveniente hacerlo para la isla Chairman?
– ¡Sí!... ¡Un jefe... Nombremos un jefe! —exclamaron a la vez grandes y pequeños.
– Nombremos un jefe —dijo entonces Doniphan—, pero a condición de que sea solo por un tiempo determinado... ¡un año, por ejemplo!
– Y con posibilidad de ser reelegido —añadió Briant.
– ¡De acuerdo!... ¿A quién nombraremos? —preguntó Doniphan con tono bastante ansioso.
Y parecía que el envidioso muchacho no tuviese más que un temor: que a falta de él, la elección de sus camaradas recayese en Briant. Pronto quedó desengañado al respecto.
– ¿A quién nombrar? —había respondido Briant—. Al más sensato de todos... ¡a nuestro camarada Gordon!
– ¡Sí!... ¡Sí!... ¡Hurra por Gordon!
Gordon quiso en un principio rechazar el honor que se le otorgaba, pues prefería organizar que mandar. Sin embargo, pensando en el desorden que las pasiones, casi tan ardientes en esos jóvenes como si fueran hombres, podían hacer nacer en el futuro, se dijo que su autoridad no sería inútil.
Y así fue como Gordon fue proclamado jefe de la pequeña colonia de la isla Chairman.