César Cascabel · Parte 2
CAPÍTULO I
LA JOVEN KAYETTE
quellos gritos fueron causa de que pa
Apá Cascabel, Juan, Sandre y Clou abandonaran velozmente el carruaje.
– ¡Por allí! –indicó Juan, señalando la orilla del bosque, que se extendía a lo largo de la frontera.
– Escuchemos antes –propuso papá Cascabel.
Fue inútil; ningún otro grito atravesó el espacio, ninguna otra detonación sucedió a las que acababan de oírse.
– De todos modos –observó Juan–, lo cierto es que eran gritos de agonía, y que por aquel lado hay alguien en peligro...
– Es preciso ir en su auxilio –añadió Cornelia.
– Sí, hijos míos, vamos –confirmó Cascabel– , pero bien armados.
En efecto; era posible que no fuese un accidente. Tal vez algún viajero había sido víctima de un atentado en aquella parte de la frontera de Alaska. Era, pues, prudente hallarse dispuestos a defenderse a sí mismos, tanto como a defender a los demás.
Un momento después, papá Cascabel y Juan, armados cada uno de un fusil y Sandre y Clou provistos de revólveres, abandonaban la Belle Roulotte, que Cornelia y los dos perros debían custodiar hasta su regreso.
Marcharon durante algunos minutos, siguiendo la . orilla del bosque.
De cuando en cuando se detenían para prestar atención.
Ningún ruido turbaba la tranquilidad de la selva. Sin embargo, estaban seguros de que los gritos venían de aquella dirección y de muy próxima distancia.
– ¡A menos que hayamos sido juguete de alguna ilusión! –indicó papá Cascabel.
– No, padre –declaró Juan–, eso no es posible.
¡Ah! ¿Oyes?
Aquella vez era realmente un llamamiento, no hecho por un hombre, como lo había sido la primera, sino por una voz de mujer o de niño.
La noche era muy oscura, y bajo la sombra de los árboles no se veía a algunos metros de distancia.
Clou había propuesto tomar uno de los faroles del carruaje; pero papá Cascabel se opuso por prudencia, y porque, en resumen, valía más no ser vistos durante el trayecto.
Los gritos se redoblaban; eran bastante distintos para que fuera fácil guiarse siguiendo su dirección.
Hasta parecía que no habría necesidad de internarse en las profundidades del bosque. En efecto, cinco minutos después, Cascabel, Juan Sandre y Clou habían llegado a una pequeña llanura. Allí dos hombres yacían en el suelo. Una mujer, arrodillada junto a uno de ellos, sostenía su cabeza entre sus brazos. Aquella mujer era, sin duda, la que había lanzado los gritos últimamente oídos, y en e! lenguaje chinuco, que comprendía algo papá Cascabel. La afligida mujer gritó:
– ¡Venid, venid! ¡Los han asesinado! Juan se acercó a aquella mujer espantada, cubierta de la sangre que se escapaba del pecho de aquel hombre, a quien procuraba volver a la vida.
– ¡Este respira aún! –aseguró Juan.
– ¿Y el otro? –preguntó Cascabel.
– El otro..., yo no sé –contestó Sandre.
Papá Cascabel se puso a escuchar si algunos latidos del corazón, o algún soplo de los labios, denunciaban un hálito de vida en aquel hombre.
– ¡Está completamente muerto! –aseguró, al fin.
Lo estaba, en efecto. Una bala le había atravesado las sienes, dejándole muerto instantáneamente.
¿Quién era aquella mujer, cuyo lenguaje indicaba su origen indio?
¿Era joven, o vieja? No podían verlo en la oscuridad, bajo el capuchón que cubría su cabeza.
Pero esto lo sabrían más tarde; ella diría de dónde venía, y también en qué condiciones se había cometido aquel doble asesinato.
Lo más urgente era transportar al campamento al hombre que respiraba todavía, y prestarle 'os auxilios necesarios, con lo cual tal vez conseguirían salvarle.
En cuanto al cadáver de su compañero, volverían a la mañana siguiente para rendirle los últimos deberes.
Así decidido, Cascabel, ayudado de Juan, levantó al herido por los hombros, mientras que Sandre y Clou le cogieron por los pies.
Después, volviéndose hacia la mujer, le dijo:
– Seguidnos.
Ésta, sin vacilar, se puso en marcha, enjugando con un pedazo de tela la sangre que manaba del pecho del herido.
No se podía marchar rápidamente. El hombre pesaba mucho y debían, sobre todo, evitarle los movimientos bruscos y las sacudidas, que hubieran podido empeorar su estado.
Cascabel deseaba llevar al campamento de la Belle Roulotte un vivo, no un muerto.
Veinte minutos después llegaron todos sin haber tenido ningún mal encuentro.
Cornelia y Napoleona, temiendo que hubieran sido víctimas de alguna agresión, les esperaba con mortal inquietud.
– ¡Pronto, Cornelia! –gritó papá Cascabel–. Agua, trapos y todo lo necesario para contener una hemorragia, o este desgraciado va a quedarse en un síncope.
– ¡Bueno, bueno! –respondió Cornelia–. Ya sabes que entiendo estos negocios, César; conque, menos palabras, y déjame a mí.
En efecto, lo entendía a las mil maravillas, por haber tenido que curar más de una herida durante el ejercicio de su profesión.
El cuerpo fue colocado sobre una colchoneta, que Clou extendió en el primer departamento, y la cabeza, ligeramente levantada, sobre un almohadón.
A la claridad de la lámpara del techo se pudo advertir entonces su rostro, ya descolorido por la palidez de una muerte próxima, y al mismo tiempo el de la india, que estaba arrodillada junto a él.
Era una joven; parecía no tener más de quince o dieciséis años.
– ¿Quién es esta niña? –inquirió ahora Cornelia.
– La que ha lanzado los gritos que hemos oído –respondió Juan–, y que hemos encontrado junto al herido.
Éste era un hombre de unos cuarenta y cinco años, de barba y cabellos grises, de cuerpo vigorosamente constituido, de talla más que mediana, de fisonomía simpática, y cuyo enérgico carácter se revelaba a pesar de la palidez de su rostro y de no poderse ver la mirada, por tener los párpados cerrados.
De vez en cuando se escapaba un suspiro de sus labios; pero no pronunciaba una palabra que permitiese conocer la nación a que pertenecía.
Cuando se descubrió su pecho, Cornelia pudo observar que estaba agujereado por una puñalada entre la tercera y cuarto costillas.
¿Era mortal aquella herida? Sólo un médico hubiera podido decirlo; pero no cabía duda de que debía ser muy grave.
Sin embargo, puesto que la intervención de un médico resultaba imposible en las condiciones en que se encontraban, no había más remedio que atenerse a los cuidados que pudiera prestar Cornelia, y a los medicamentos contenidos en el botiquín de viaje.
Esto es lo que se hizo para detener una hemorragia que hubiera podido producir la muerte.
Más tarde se vería si en el estado de postración absoluta en que el herido se encontraba, sería o no posible transportarlo a la aldea más próxima, sin que papá Cascabel se inquietase por aquella vez de que fuese inglesa.
Después de haber lavado cuidadosamente la herida con agua fresca, Cornelia aplicó compresas empapadas de árnica. Esto bastó para contener la sangre, ya que tanta había perdido desde el momento de caer herido hasta su llegada al campamento.
– Bueno, Cornelia, ¿qué vamos a hacer? – preguntó su marido.
– Pues colocar al herido en nuestro lecho – respondió su mujer–, y yo velaré para renovar las compresas cuando sea necesario.
– Le velaremos todos –decidió Juan–. ¿Acaso podríamos dormir? Además, hay que estar alerta y prevenidos... ¡Hay asesinos en los alrededores!
Cascabel, Juan y Clou levantaron con cuidado al herido y lo colocaron sobre un lecho en el primer departamento. Y entonces, mientras Cornelia se quedaba a su cabecera, espiando una palabra que no se dejó oír, la joven india, cuya dialecto era algo inteligible para papá Cascabel, empezó a contar su historia, que escucharon con atención.
Era realmente de raza india, de una de las razas originarias de Alaska.
En esta provincia, al Norte y al Sur del gran río Yukón, que la riega de Este a Oeste, se encuentran tribus numerosas, nómadas o sedentarias, entre otras los yukones, que forman la principal y tal vez la más salvaje; los newicargots, los tatanas, los kotcho-a-kutchens, y también, más particularmente a la desembocadura del río, los pastoliks, los haveacks, los primskes, los memolutes y los indgeletes.
A esta última tribu pertenecía la joven india, que se llamaba Kayette.
Kayette no tenía ni padre, ni madre, ni pariente alguno; y no solamente las familias desaparecen así, sino tribus enteras de las que no se encuentra ya ninguna señal en el territorio de Alaska.
Así ha sucedido con la de los indgeletes, que residían en otro tiempo al Norte del Yukón.
Kayette, sola en el mundo, se había dirigido hacia el Sur, hacia el interior de aquellas comarcas que tanto conocía por haberlas recorrido muchas veces con los indios nómadas.
Su proyecto era dirigirse a Sitka, la capital, donde contaba entrar al servicio de algún funcionario ruso. Y seguramente la hubieran aceptado, aunque sólo fuera por su rostro dulce y simpático. Era muy bonita; tenía la piel morena, ojos negros con largas pestañas, abundante cabellera negra también, entonces oculta bajo un capuchón de pieles que cubría su cabeza.
Era de mediana estatura, flexible y graciosa a pesar de la hopalanda que la envolvía, cuyos tirantes subían de la cintura a los hombros.
Sabido es que en las razas indias del Norte de América, muchachos y muchachas de carácter vivo y alegre, se forman con rapidez. A los diez años los niños se sirven diestramente del fusil y del hacha. Las muchachas se casan a los quince, y a pesar de su juventud resultan excelentes madres de familia.
Kayette era, pues, más seria, más resuelta de lo que su edad permitía, y el largo viaje que acababa de emprender demostraba la energía de su carácter.
Hacía ya un mes que se había puesto en camino bajando hacia el sudoeste de Alaska, y había llegado a la estrecha banda limítrofe de las islas donde está situada la capital, cuando al rodear el límite del bosque, había oído dos detonaciones y luego gritos desesperados a algunos pasos de distancia.
Eran los mismos gritos que también llegaran hasta el campamento de la ¡Selle Roulotte.
Inmediatamente Kayette se había lanzado hacia la orilla del bosque.
Y sin duda su aproximación debió de dar la voz de alarma, porque apenas si había podido entrever a dos hombres que huían a través de los matorrales. Pero evidentemente los miserables no tardaron en conocer que habían tenido miedo de una niña, y, en efecto, volvían ya para despojar a sus víctimas, cuando la llegada de papá Cascabel y los suyos les volvió a espantar, seriamente aquella vez.
En presencia de aquellos hombres tendidos en e1 suelo, uno de ellos ya cadáver, y el otro cuyo corazón aún latía, Kayette se puso a gritar clamando socorro, y ya sabemos lo que después había ocurrido.
Los primeros gritos oídos por papá Cascabel, eran los de los sorprendidos viajeros; los segundos eran los de la joven india.
Transcurrió la noche. La Belle Roulotte no tuvo que rechazar la agresión de los asesinos, que sin duda se habían apresurado a huir del lugar del crimen.
A la mañana siguiente Cornelia no observó nada nuevo en la situación del herido, que parecía continuar en la misma gravedad.
Kayette demostró entonces cuan útiles podían ser sus servicios, yendo a recoger ciertas plantas cuyas cualidades antisépticas conocía. Las puso en infusión, y después de haber empapado bien en el líquido nuevas compresas, las colocó sobre la herida, que no dejaba ya escapar una gota de sangre.
Durante la mañana se pudo advertir que el herido respiraba con más facilidad; algunos débiles suspiros, y hasta varias palabras entrecortadas, se escapaban de sus labios.
Resultaba, pues, imposible saber quién era, de dónde venía, adonde iba, lo que hacía sobre la frontera alaskiana, en qué condiciones habían sido atacados él y su compañero, y quiénes eran sus agresores.
De todos modos, si el atentado había sido motivado por el robo, aquellos miserables, obligados a huir por la llegada de la joven india, habían errado el golpe, siendo muy difícil que encontrasen otra ocasión equivalente en aquellos países tan poco frecuentados. En efecto, cuando papá Cascabel registró los vestidos del herido, se encontró en un cinturón de cuero una gran cantidad de monedas de oro, de origen ruso y americano. El total ascendía a quince mil francos, aproximadamente.
Aquel dinero se colocó en sitio seguro, para restituirlo cuando llegase la ocasión.
En cuanto a papeles, no había ninguno, a no ser una cartera de viaje, con algunas notas tomadas en ruso y en francés.
No había, pues, nada para conocer la procedencia e identidad del herido.
A cosa de las nueve, Juan dijo:
– Padre, tenemos un deber sagrado que cumplir con el cuerpo del desgraciado que ha quedado en el bosque sin sepultura.
– Tienes razón, Juan; vayamos allí. Tal vez encontremos sobre él algún escrito que nos proporcione antecedentes. Tú nos acompañarás
– concluyó el jefe de la familia dirigiéndose a Clou–. Lleva un pico y una pala.
Provistos de aquellos útiles, los tres abandonaron la Belle Roulotte, no sin haberse armado, y se dirigieron a lo largo del límite del bosque por el mismo camino que habían seguido el día anterior.
En algunos minutos llegaron al punto en que se había cometido el asesinato.
Adquirieron el convencimiento de que los dos viajeros se habían instalado en aquel sitio para pasar la noche.
Había allí las huellas de haber acampado y los restos de un fuego cuyas cenizas humeaban todavía.
Al pie de un robusto pino veíase amontonada gran cantidad de hierba, sin duda para recibir los cuerpos de los viajeros, y tal vez dormían éstos cuando fueron atacados.
En cuanto al muerto, presentaba ya la rigidez cadavérica.
En su traje, en su fisonomía, en sus manos rudas, fue fácil reconocer que aquel hombre, de treinta años a lo sumo, debía de ser el criado del otro.
Juan registró sus bolsillos. No pudo encontrarle ningún papel. Dinero tampoco. En el cinturón llevaba un revólver de fabricación americana, cargado con seis balas, y del que el desgraciado no había tenido tiempo de servirse.
Luego el ataque había sido rápido, imprevisto, y las dos víctimas habían caído a un tiempo.
En aquel momento, en los alrededores de la plazoleta, el bosque estaba silencioso.
Después de una corta exploración, Juan volvió sin haber visto a nadie. Era evidente que los asesinos no habían reaparecido, porque hubiesen despojado el cuerpo, o por lo menos habrían cogido el revólver, que estaba aún colgado del cinturón.
Durante este tiempo, Clou había cavado una fosa bastante profunda para que un cadáver pudiera quedar enterrado al abrigo de las garras de las fieras.
El muerto quedó depositado en ella, y Juan recitó una oración después que la tierra hubo recubierto aquella tumba...
Enseguida papá Cascabel, Juan y Clou volvieron al campamento.
Allí, mientras Kayette permanecía a la cabecera del herido, Juan y sus padres se pusieron a conferenciar.
– Puede darse por descontado que si volvemos a tomar el camino de California nuestro hombre no llegará vivo –afirmó Cascabel–. Hay que recorrer cientos y cientos de leguas. Luego lo mejor sería dirigirnos a Sitka, adonde podríamos llegar en tres o cuatro días, si esos malditos polizontes no nos prohibiesen poner los pies en su territorio.
– No hay más remedio que ir a Sitka – respondió resueltamente Cornelia–, y a Sitka iremos.
– Pero ¿cómo? No habremos andado siquiera cinco kilómetros y ya nos habrán detenido.
– No importa, César. Hay que partir, y deprisa. Si encontramos a los agentes, les contaremos lo que ha pasado, y tal vez no rehusarán a este desgraciado lo que nos han rehusado a nosotros.
Cascabel movió la cabeza en señal de duda.
– Mi madre tiene razón –dijo Juan–. Intentemos llegar a Sitka, aun sin procurar obtener de los agentes una autorización que no habían de concedernos. Esto sería perder tiempo. Por otra parte, es posible que nos crean en camino de Sacramento y se hayan alejado.
– Desde hace veinticuatro horas no hemos vuelto a ver ninguno. Ni siquiera han sido atraídos por las detonaciones de ayer noche.
– Es cierto –convino papá Cascabel–; aunque no sería extraño que se hubiesen retirado.
– A menos que... –hizo observador Clou, que había venido a tomar parte en la conversación.
– No sigas, que ya sabemos el resto –le atajó.
La observación de Juan era justa, y tal vez lo mejor era tomar el camino de Sitka.
Una hora después Vermout y Gladiador estaban enganchados.
Perfectamente repuestos durante la larga parada en la frontera, podían hacer una buena jornada en aquel primer día de marcha.
La Belle Roulotte partió, pues, abandonando el territorio británico con una satisfacción evidente por parte de papá Cascabel.
– Muchachos, ¡mucho ojo! –advirtió el buen hombre–. En cuanto a ti, Juan, impón silencio a tu escopeta. No debemos llamar la atención.
– Además, que la cocina no se resentirá por eso –añadió la señora Cascabel.
El país, al Norte de la Columbia Británica, aunque bastante escabroso, era de camino fácil, aun a lo largo de los numerosos canales que separan los archipiélagos en el límite del Continente.
No se descubría ninguna montaña hasta los últimos planos del horizonte. A veces, a larga distancia, divisábase una granja aislada, que la familia Cascabel se guardaba muy bien de visitar.
Después de haber estudiado el mapa del país, Juan se orientaba con gran facilidad y esperaba llegar a Sitka sin tener que recurrir a los servicios de un guía.
Pero lo que interesaba, ante todo, era no encontrar ningún agente, ni los de la frontera, ni los del interior. Aquel día parecía que se había dado a la Belle Roulotte completa libertad para marchar cómo y por dónde tuviera por conveniente. Así es que papá Cascabel estaba sorprendido y satisfecho.
Cornelia atribuía esto a la Providencia, y su marido no estaba lejos de pensar como ella. Juan se inclinaba a creer que alguna circunstancia había debido modificar los procedimientos de la Administración rusa
Las cosas siguieron de esta suerte durante los días 6 y 7 de junio. Se acercaban a Sitka.
La Belle Roulotte hubiera podido, sin duda, marchar más deprisa si Cornelia no hubiese temido las sacudidas para el herido, que Kayette y ella cuidaban sin cesar, la una como una madre y la otra como una hija. Continuaban temiendo que no llegase vivo al término del viaje.
Si su estado no había empeorado tampoco podían decir que había mejorado.
¿Cómo habían de ser suficientes los pobre recursos que ofrecía su farmacia, lo poco que aquellas dos mujeres se encontraban en disposición de hacer para una herida tan grave, y que necesitaba imperiosamente de la asistencia de un médico?
La abnegación no podía remplazar a la ciencia, por desgracia; pues nunca Hermanas de la Caridad se mostraron más solícitas ni cuidadosas.
Todos habían podido apreciar el celo y la inteligencia de la joven india. Parecía que formaba ya parte de la familia.
Era como una segunda hija que el cielo había dado a mamá Cascabel.
En la tarde del día 7, la Belle Roulotte vadeó el río Stekin, pequeña corriente que se arroja en uno de los estrechos pasos abiertos entre la tierra firme y la isla Baranow, a algunas leguas solamente de Sitka.
Aquel día, por la noche, el herido llegó a pronunciar algunas palabras.
– ¡Mi padre..., allá abajo..., volverle a ver...!
– murmuraba.
Como estas palabras fueron pronunciadas en ruso, papá Cascabel las había comprendido perfectamente.
El nombre de Iván fue repetido varias veces.
No cabía duda de que era el nombre del pobre criado asesinado cerca de su amo.
Era muy probable que los dos fuesen de origen moscovita.
Sea como quiera, puesto que el herido comenzaba a recuperar la palabra con el recuerdo, la familia Cascabel no tardaría en conocer su historia.
La Belle Roulotte llegó aquel día a las orillas del estrecho canal que debe cruzarse para llegar a la isla Baranow.
Había, pues, que recurrir a los bateleros que hacen el servicio de aquellos numerosos estrechos.
Papá Cascabel no podía esperar entrar en relación con las gentes del país ocultándoles su nacionalidad; era, pues, de temer que volviese a presentarse la enojosa cuestión de los pasaportes.
– Pues bien, a pesar de todo, no habrá dejado nuestro ruso de llegar a Sitka.
– Si los policías nos obligan a volver a la frontera, al menos se harán cargo de él, puesto que es uno de sus compatriotas; y ya que nosotros hemos comenzado por salvarle, malo será que ellos no concluyan por curarle.
Razonamiento honrado, sin duda, pero que no dejaba de inquietar a la familia respecto a la acogida que pudieran hacerle. ¡Hubiese sido tan cruel, una vez en Sitka, tener que emprender de nuevo el viaje a Nueva York!
Mientras el carruaje aguardaba a la orilla del canal, Juan había ido en busca de la barca y de los bateleros que habían de transportarlos a la otra orilla.
En aquel momento, Kayette advirtió al buen Cascabel que su esposa deseaba verle.
Éste se apresuró a reunirse con ella.
– Nuestra herido ha recobrado el conocimiento por completo –anunció Cornelia–. Está hablando, César, y es preciso que procures comprender lo que dice.
En efecto, el ruso había abierto los ojos, miraba en torno suyo y parecía interrogar con la vista a aquellas personas a quienes no conocía. Algunas palabras incoherentes se escapaban de su boca.
Y entonces, con una voz tan débil que apenas se le oía, llamó a su criado Iván.
– Señor –le respondió Cascabel–, vuestro criado no está aquí; pero, en cambio, nos tenéis a nosotros. A estas palabras, pronunciadas en francés, el herido respondió en el mismo idioma:
– ¿En dónde estoy?
– Al lado de gentes que os cuidan, caballero.
– ¿Pero este país...?
– Es un país en que nada tenéis que temer, si sois ruso...
– Cierto... soy ruso.
– Pues bien, estáis en Alaska, y a pocos kilómetros de su capital.
– ¡Alaska...! –repitió el herido. Pareció que un sentimiento de terror acababa de revelarse en su mirada.
– ¡Los territorios rusos! –exclamó.
– ¡No, sino los territorios yanquis! Juan, que acababa de entrar, era el que hablaba de aquel modo.
Y, al mismo tiempo, por una de las ventanillas entreabiertas de la Belle Roulotte, mostraba el pabellón norteamericano flotando sobre uno de los puestos del litoral.
En efecto, Alaska no era rusa desde hacía tres días. En aquel período se había firmado el tratado de anexión, en virtud del cual era cedida por completo a Estados Unidos.
La familia Cascabel no tenía ya nada que temer de los agentes de Rusia.
¡Estaba en un territorio de Estados Unidos!