El náufrago del Cynthia

17

¡POR FIN!

La puerta de la cabaña estaba abierta de par en par; los cuatro visitantes entraron, y a primera vista se notó que su única habitación debía haber estado habitada recientemente. En el hogar, formado por tres grandes piedras, los tizones apagados conservaban aún esa ceniza ligera que desaparece al más leve soplo; el lecho, compuesto de una superficie de madera, sobre la cual se veía una colchoneta de marinero, conservaba todavía la señal de un cuerpo.

Aquella colchoneta, que Erik examinó al punto, tenía el sello del Vega.

En una especie de mesa formada con un omoplato de fósil sostenido por cuatro fémures, veíanse migas de galleta, un vaso de estaño y una cuchara de madera de fabricación sueca.

Aquélla era sin duda la vivienda de Patricio O'Donoghan, que, al parecer, había salido hacía muy poco tiempo.

¿Sería para abandonar la isla, o sólo para recorrerla? Ningún indicio lo revelaba; sólo se podría saber explorando el país.

Alrededor de la cabaña, varias zanjas y tierra removida indicaban trabajos bastante activos; y en una especie de meseta que formaba la colina, una veintena de colmillos de marfil fósil, alineados con toda regularidad, daban idea de la naturaleza de dichos trabajos: indudablemente se habían practicado excavaciones para exhumar aquellos restos de las edades pasadas.

Los viajeros se explicaron al punto que esta operación había sido necesaria, al notar que los numerosos esqueletos de elefantes o de mamuts que yacían a flor de tierra carecían todos de sus colmillos. Sin duda los indígenas de la costa sibérica no habían esperado la visita de Patricio O'Donoghan a la isla de Liakow para ir a explotar ellos mismos sus riquezas, y el irlandés encontró poco menos que nada de valor en la superficie del suelo; de modo que le fue preciso practicar excavaciones para exhumar el marfil sepultado, cuya calidad parecía muy inferior.

Ahora bien; el joven médico del Vega, así como el dueño de la posada "El áncora roja", en Nueva York, habían declarado que la pereza era vino de los defectos distintivos de Patricio O'Donoghan, y, por lo tanto, parecía poco probable que se hubiera resignado largo tiempo a un trabajo ingrato y de poco provecho. Era muy posible que a la primera ocasión hubiese abandonado la isla, y la única esperanza que se tenía de encontrarle cifrábase en los recientes indicios observados en la cabaña.

Un sendero bajaba hacia la costa por la vertiente opuesta a la que los exploradores habían seguido; avanzaron por él, y halláronse muy pronto en una hondonada donde el deshielo había formado una especie de laguna separada del mar por una barrera de rocas. El sendero se prolongaba por las orillas de aquella agua dulce, y contorneando un ribazo desembocaba en un verdadero puerto natural.

En la playa se encontró un trineo abandonado, viéndose también señales de un fuego reciente. Erik examinó la orilla con cuidado, pero no pudo observar ninguna señal de embarcación.

Ya se dirigía hacia sus compañeros, cuando alcanzó a ver al pie de un arbusto, muy cerca del sitio donde estuvo el fuego, un objeto de color rojizo, que recogió al punto.

Era una de esas latas pintadas exteriormente de color rojo, que contienen carne en conserva, y que todos los buques llevan ahora entre sus víveres. El hallazgo no tenía nada de particular a primera vista, puesto que Patricio O'- Donoghan había recibido del Vega algunas provisiones de boca; pero lo que pareció significativo a Erik fue que la lata vacía tenía una etiqueta impresa que decía: "Domingo Martínez, Valparaíso".

– ¡Tudor Brown ha pasado por aquí!, exclamó el joven al punto; pues a bordo del Vega nos dijeron que su buque estaba en Valparaíso cuando le envió por telégrafo la orden de esperarle en Vancouver... La tripulación del Vega no ha podido dejar aquí una lata procedente de Chile, y ésta se ha vaciado recientemente...; tal vez no haga más de tres días, o acaso veinticuatro horas.

El doctor y Bredejord se encogían de hombros, como si vacilaran en aceptar esta conclusión cuando Erik, que daba vueltas a la lata en todos sentidos, mostróles un detalle que debía desvanecer sus dudas: la palabra Albatros estaba escrita en una de las bases, sin duda por la mano del comerciante que la vendió.

– ¡Tudor Brown ha pasado por aquí!, repitió Erik. ¿Y para qué puede haber venido sino para llevarse a Patricio O'Donoghan? ¡Caramba! La cosa es clara: ha desembarcado en esta caleta, y mientras su gente le esperaba almorzando alrededor del fuego, ha ido en busca del irlandés, y de grado o por fuerza le ha obligado a seguirle. ¡Estoy tan seguro de ello como si lo viese!

A pesar de esta certeza, Erik quiso explorar los alrededores para asegurarse de que Patricio O'Donoghan no andaba por allí; pero una hora de paseo bastó para convencerle de que el resto de la isla estaba deshabitado. No se veía señal de sendero alguno, ni el menor vestigio de seres vivientes: por todas partes las dunas y los valles extendíanse hasta perderse de vista, sin la menor vegetación, sin aves ni insectos para animar la soledad; por todas partes el suelo estaba cubierto de osamentas enormes, cual si un ejército de mamuts o de rinocerontes hubiera llegado allí en otra época, huyendo de algún espantoso cataclismo, para refugiarse y morir en aquella isla perdida. Y en último término, detrás de aquellas dunas y valles descollaba una barrera de alturas cubiertas por glaciares y nieves eternas.

– ¡Vamos!, dijo el doctor. La explicación no puede ser más completa, y lo que vemos basta para asegurarnos que O'Donoghan se habrá marchado sin hacerse rogar.

Antes de las cuatro, los viajeros llegaron al buque, que reanudó su marcha.

Erik no ocultaba que sus esperanzas acababan de recibir un golpe mortal. Tudor Brown, adelantándose a él, había podido visitar primero la isla de Liakow y llevarse a Patricio O'Donoghan; de modo que ya era poco probable volver a encontrarles nunca. Un hombre capaz de hacer todo lo que Tudor Brown había osado contra el Alaska, capaz de desplegar tan feroz energía para ir a buscar al irlandés a semejante sitio, no tendría mucha dificultad para ponerse fuera de alcance en lo sucesivo. ¡El mundo es grande, reflexionaba, y toda la extensión de los mares está abierta para el Albatros! ¿Cómo adivinar hacia qué punto se llevaba a O'Donoghan con su secreto?

Así pensaba Erik paseándose por la toldilla del Alaska, después de haber dado orden de hacer rumbo al Oeste. Y con estos dolorosos pensamientos mezclábase el pesar de haber permitido que sus amigos compartiesen con él las fatigas de aquella expedición, doblemente inútil, puesto que Tudor Brown había encontrado a Nordenskjold antes que el Alaska, precediendo además a los viajeros suecos en la isla de Liakow. En consecuencia, se regresaría a Estocolmo, si se llegaba, sin haber llenado ninguno de los objetivos de la expedición. No podía darse peor suerte... ¡Ah! pensaba Erik; por lo menos, que sirva el regreso de alguna cosa, y sea la contraprueba del viaje del Vega. ¡Quede consagrado el paso del Nordeste con una segunda experiencia!... A toda costa es forzoso alcanzar el cabo Cheliuskin, y doblarlo de Este a Oeste!' ¡A todo trance es preciso volver a Suecia; por el mar de Kara!

Hacia ese temible cabo Cheliuskin, que antes se tenía por infranqueable, navegaba el Alaska ahora a todo vapor; pero su itinerario no era exactamente el del Vega, que, habiendo salido de la desembocadura del Lena, se dirigió después a la isla de Liakow. Erik no tenía necesidad de descender hasta la costa de Siberia, dejando a estribor las islas Stolbovoi y Semecoffski, señaladas el 4 de agosto, singló directamente al Oeste, siguiendo poco más o menos el 76º paralelo e hizo tan buena ruta, que a los ocho días había recorrido treinta y cinco grados de longitud, desde el 140º al 105º al Este de Greenwich. A decir verdad, esto costó mucha hulla, pues el Alaska fue casi siempre contra el viento; pero Erik pensaba, no sin razón, que era preciso subordinarlo todo a la necesidad de salir cuanto antes de aquellos peligrosos parajes. Una vez llegados a la desembocadura del Yenisei, ya se pensaría en la manera de obtener combustible.

El 14 de agosto, a mediodía, no fue dado hacer las observaciones solares, a causa de la espesa bruma que velaba el cielo y el horizonte;

pero, según se calculó, no debía estarse lejos del gran promontorio asiático, y por eso Erik ordenó la más extremada vigilancia, disminuyendo la velocidad de la marcha. Llegada la noche, dispuso que se detuviera el buque.

Estas precauciones no eran inútiles, pues, al echar la sonda, al día siguiente, no se hallaron más que treinta brazas, y una hora después divisóse tierra. El Alaska bordeó hasta dar vista a una bahía donde pudo anclar.

Se juzgó prudente no saltar a tierra hasta que las brumas se hubieran disipado; pero como pasaron los días 15 y 16 sin cambio alguno,

Erik resolvió desembarcar en compañía de sus tres amigos.

Un breve reconocimiento demostró entonces que la bahía donde el Alaska había anclado se hallaba en el extremo Norte y entre las dos puntas del cabo Cheliuskin; por ambos lados las orillas eran bastante bajas, pero elevábanse poco a poco en suave pendiente por el Sur hasta unas montañas que la bruma dejaba a veces descubiertas, y que parecían tener de trescientos a cuatrocientos metros de altura. En ninguna parte se veían nieves ni hielos, excepto en la misma orilla del mar, donde se prolongaba una inacabable faja, como las que se encuentran en todos los puntos de las regiones árticas; el suelo arcilloso estaba cubierto de una abundante vegetación de musgo, césped o líquenes; y la presencia de muchas ocas, ánades salvajes y algunas marsopas animaba la costa; un oso blanco mostraba su espeso pelaje en la punta de una roca, y, en resumen, si no hubiera sido por la bruma, que todo lo cubría con su manto gris, el aspecto general de aquel famoso cabo Cheliuskin, o Severo, no tenía nada de imponente ni que justificase el triste renombre que ha conservado durante algunos siglos.

Avanzando sobre la punta extrema al Oeste de la bahía, los viajeros divisaron una especie de monumento que coronaba la altura, y naturalmente apresuráronse a visitarlo. Al acercarse, vieron que era un calrn o montón de piedras que sostenían una columna de madera formada con una viga.

Esta columna tenía dos inscripciones, la primera de las cuales decía: El 19 de agosto de 1878 el Vega, después de franquear el Atlántico, dobló el cabo Cheliuskin, en su ruta hacia el estrecho de Bering.

La segunda decía: El 12 de agosto de 1879 el Albatros, procedente de Bering, dobló el cabo Cheliuskin, en su ruta hacia el Atlántico.

¡Hasta en esto se había adelantado Tudor Brown al Alaska! ¡Era el 16 de agosto!. . ¡La inscripción se había trazado sólo cuatro días antes!

Y esta inscripción tenía a los ojos de Erik un sentido irónico y cruel, como si con ella se le quisiera decir:

– ¡Hasta el fin serás burlado!... ¡Hasta el fin serás inútil!... ¡Nordenskjold habrá hecho la demostración y Tudor Brown la confirmación!

En cuanto a ti, volverás humillado y confundido, sin haber demostrado nada, sin haber hallado ni descubierto nada.

Erik se volvió para marcharse sin añadir una sola palabra a las inscripciones de la columna; pero el doctor no quiso hacer lo mismo, y sacando del bolsillo una navajita, trazó en la madera la siguiente inscripción: El 16 de agosto de 1879 el Alaska, proceden-te de Estooolmo, después de franquear el Atlántico, el mar de Baffin, los estrechos americanos árticos y el mar de Siberia, dobló el cabo Cheliuskin, en su ruta para dar por terminado ei primer periplo circumpolar.

¡Extraña influencia de las palabras! Esta simple frase, recordando a Erik qué hecho tan glorioso para la ciencia estaba a punto de llevar a cabo, aun sin pensar apenas en ello, bastó para hacerle cambiar de humor.

Después de todo, ¿era verdad que el Alaska habría recorrido el primer periplo circumpolar?

Antes que él, otros marinos habían recorrido los estrechos árticos americanos, reconociendo el paso del Noroeste; antes que él, Nordenskjold y Tudor Brown habían doblado el cabo Cheliuskin, franqueando el paso del Nordeste;

pero lo que nadie había hecho aún era ir de un paso a otro y trazar alrededor del polo, por los mares árticos, el círculo completo de 360 grados.

Ahora bien, apenas faltaban ya unos 80º para realizarlo, y en realidad esto podría ser cuestión de diez días.

Aquella perspectiva comunicó tanto entusiasmo a todos, que sólo se pensó ya en la marcha, si bien Erik quiso esperar aún hasta el día siguiente para ver si se disipaban las brumas;

pero estas parecen ser la enfermedad crónica del cabo Cheliuskin, pues llegó el día sin que se viera el sol. Entonces dióse orden de levar anclas.

Dejando al Sur la bahía de Taymir, Que da su nombre a la gran península sibérica, cuya punta extrema es el cabo Cheliuskin, el Alaska se dirigió hacia el Oeste, y navegó sin descanso durante todo el dia y la noche del 17; en la mañana del 18 se salió al fin de la bruma para entrar en una atmósfera más clara, y a mediodía se pudo hacer la observación. Poco después, el vigía anunció una vela al Sudoeste.

Un buque en aquellos mares tan poco frecuentados era un fenómeno demasiado extraordinario para no merecer atención especial.

Erik trepó al punto al "nido de cuervo", y por medio de su anteojo lo examinó detenidamente.

Parecióle que estaba montado en goleta y provisto de una chimenea, aunque en aquel momento no marchaba con vapor.

Al bajar al puente, el joven comandante estaba muy pálido.

– Ese buque tiene todo el aspecto del Albatros, dijo al doctor. Y dio orden de avivar los fuegos. En menos de un cuarto de hora fue visible que se ganaba ventaja sobre el buque, cuyo casco se distinguió muy pronto a simple vista. No sólo navegaba a la vela, sino que la brisa era escasa, y su dirección formaba con la del Alaska un ángulo muy agudo.

Pero de pronto prodújose un cambio en su marcha, y de su chimenea se vio salir una espesa columna de humo que formó un largo penacho negro; el buque marchaba ahora a vapor y seguía ya la misma dirección del Alaska.

– ¡No hay duda, murmuró Erik; es el Albatros!

Y dio orden al maquinista de acelerar la marcha; ya se corrían catorce nudos, y un cuarto de hora después se llegó a dieciséis.

El buque perseguido no podía alcanzar sin duda tanta velocidad, pues el Alaska seguía obteniendo ventaja; al cabo de media hora se estuvo bastante cerca para distinguir los detalles de su arboladura, los hombres que iban y venían en las maniobras, y por último, las molduras de la popa y las letras que formaban el nombre Albatros.

Erik ordenó izar el pabellón sueco; en el mismo instante el Albatros enarboló el de la Unión Americana.

A los pocos minutos los dos buques no estuvieron separados ya más que por una distancia de trescientos metros.

Entonces el comandante del Alaska, de pie junto a la escalerilla, y provisto de una bocina, gritó en inglés:

– ¡Ohé del buque!... Deseo hablar con el capitán...

Oyéronse pasos en la escalerilla del Albatros, y al punto se presentó Tudor Brown.

– Soy propietario y capitán de este yate, dijo. ¿Qué se le ofrece a usted?

– Deseo saber si tiene usted a bordo a Patricio O'Donoghan.

– Aquí está, y si quiere usted decirle algo, él mismo puede contestarle.

Tudor Brown hizo una seña, y se vio a un hombre franquear la escalerilla.

– He aquí a Patricio O'Donoghan, añadió el propietario del Albatros. ¿Para qué lo quiere usted?

Erik deseaba la entrevista hacia mucho tiempo; venía a buscarla desde muy lejos, y sin embargo, al encontrarse inopinadamente ante aquel hombre de nariz achatada y cabello rojizo que le miraba con aire receloso, quedó de momento algo turbado y no supo qué decir; pero coordinando sus ideas, hizo un esfuerzo y contestó:

– Necesito hablar mucho y confidecialmente con usted; hace bastantes años que le busco y para hallarle he venido a estos mares. ¿Quiere usted pasar a mi buque?

– Yo no le conozco a usted y estoy bien aquí, replicó el hombre.

– ¡Pues yo sí le conozco!, repuso Erik. Sé por el señor Bowles, de Nueva York, que usted fue uno de los náufragos del Cynthia, y que le habló del "niño del salvavidas". Yo soy ese niño, y por lo tanto quisiera obtener algunos detalles que usted posee.

– Pues deberá usted pedírselos a otro, pues a mí no me place darlos.

– ¿Quiere usted hacerme suponer que no le son favorables?

– Suponga usted lo que le dé la gana, replicó el otro.

Erik estaba resuelto a no manifestar irritación.

– Más valdría, repuso, decirme de buen grado lo que tanto me interesa saber, y no exponerse a que se lo pregunten ante un tribunal de justicial.

– ¡Un tribunal de justicia!, exclamó el hombre. Para eso sería necesario antes poder conducirme ante él. En esto intervino Tudor Brown. —Ya ve usted, dijo a Erik; que no depende en modo alguno de mí facilitarle la explicación que desea; lo mejor será, pues, dejarlo así y continuar nuestra marcha cada cual por su lado.

– ¿Por qué cada cuál por su lado?, replicó Erik. Lo más sencillo es navegar en conserva hasta que lleguemos a un país civilizado, donde se puedan arreglar los asuntos pendientes entre nosotros.

– ¡Yo no tengo asuntos con usted, ni necesito la compañía de nadie!, replicó Tudor Brown, haciendo ademán de retirarse. Erik le detuvo con una señal. —¡Propietario del Albatros, exclamó; soy portador de una comisión de mi gobierno, y bajo este título, oficial de policía marítima!... Le invito a usted, pues, a presentar en el acto sus papeles.

Tudor Brown, sin dignarse contestar siquiera, comenzó a bajar la escalerilla con el hombre a quien había llamado. Erik esperó dos minutos. —¡Propietario del Albatros, añadió después; le acuso a usted de haber intentado hacerme naufragar en la Calzada de Sen, y le intimo a comparecer ante un tribunal marítimo para sincerarse de los cargos! Si rehusa usted, mi deber será obligarle por la fuerza.

– ¡Trate usted de hacerlo si se atrever, exclamó Tudor Brown; y en seguida dio orden de continuar la marcha.

Durante este diálogo, el Albatros había virado insensiblemente, poniéndose en án guio recto con la proa del Alaska. De repente, la hélice comenzó a funcionar, batiendo las aguas, que se cubrieron de espuma; un prolongado silbido resonó en los aires, y el Albatros, deslizándose sobre las olas, partió a todo vapor en dirección al polo Norte.

Dos minutos después, el Alaska se lanzaba en su persecución.

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