El náufrago del Cynthia

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DE SERDZE-KAMEN A LIAKOW

Tudor Brown conocía, pues, el nuevo itinerario seguido por el Alaska, y había podido llegar antes que él al estrecho de Bering. ¿Cómo y por qué camino? Esto parecía casi sobrenatural, y, sin embargo, no podía dudarse.

Aunque la noticia produjera en Erik dolorosa impresión, no dio a conocer nada; pero se dio prisa en trasbordar el combustible, y una vez terminada la operación, enderezó el rumbo hacia el mar de Siberia.

Serdze-Kamen es un largo promontorio asiático situado a unas cien millas al Oeste del estrecho de Bering, y que los barcos balleneros del Pacífico visitan todos los años. Erik llegó en veinticuatro horas de navegación, y muy pronto pudo reconocer, en el fondo de la bahía de Koljutchin, detrás de una acumulación de hielos, la graciosa arboladura del Vega, detenido allí hacía más de nueve meses.

La barrera que tenía cautivo a Nordenskjold no medía más que diez kilómetros de anchura, y después de contornearla, el Alaska volvió hacia el Este para anclar en una pequeña bahía libre, por estar preservada de los vientos del Norte. Erik desembarcó después con sus tres amigos y dirigióse por tierra al campamento que los tripulantes del Vega habían levantado en la costa sibérica para pasar aquel largo invierno; una columna de humo señalaba su posición.

Esta costa de la bahía de Koljutchin está formada por una llanura baja, con ligeras ondulaciones y surcada por vallecitos de erosión; allí no hay bosque; sólo se ven algunos sauces enanos, varios licopodios y matas de artemisa, entre la cual el señor Malarius reconoció especies muy comunes en Noruega, particularmente la llamada diente de león.

Lo primero que se veía en el campamento de Nordenskjold era un considerable depósito de víveres, establecido para el caso de que la presión de los hielos llegara a destruir el buque, como sucede a menudo durante el invierno en esos temibles parajes. Detalle conmovedor: los Pobres habitantes de la costa, siempre hambrientos, y para los cuales representaba una riqueza incalculable aquel depósito de víveres habíanle respetado, aunque apenas se vigilaba.

Las chozas de pieles de los chukchis habíanse agrupado poco a poco alrededor del campamento; y allí estaba la construcción más sólida, la Tintínjaranga, o casa de hielo, dispuesta especialmente para observatorio magnético, y donde se hallaban instalados todos los aparatos necesarios; habíase construído con magníficos paralelepípedos delicadamente teñidos de azul y enlazados con nieve a guisa de cemento; el techo era de tablas cubiertas de lona.

Los viajeros del Alaska fueron cordialmente recibidos por un joven astrónomo, que estaba allí de guardia con un marinero, y que se brindó cortésmente a conducirlos al Vega por el sendero trazado en el hielo para poner el buque en comunicación con la tierra firme. A los lados se había tendido una cuerda atada a estacas con objeto de que sirviese de guía en las noches oscuras. Durante el trayecto, el sabio relató las aventuras de la expedición desde que no se tenía noticia de ella.

Al salir de la desembocadura del Lena,

Nordenskjold se había dirigido hacia las islas de la Nueva Siberia, las cuales deseaba explorar; pero viendo que era imposible abordarlas a causa de los hielos que las circundan y de la poca profundidad del mar en una zona de varias millas, resignóse muy pronto a continuar su navegación hacia el Este. El Vega no tropezó con grandes dificultades hasta el 10 de septiembre; pero entonces las nieblas continuas y las heladas nocturnas comenzaron a obstaculizar su marcha, pues la profunda oscuridad de las noches obligábale a detenerse a menudo.

Hasta el 27 de septiembre no llegó el Vega a las proximidades del cabo de Serdze-Kamen, donde ancló en un banco de hielo, a fin de franquear al día siguiente las pocas millas que faltaban para llegar al estrecho de Bering, es decir, a las aguas libres del Pacífico; pero el viento Norte acumuló durante la noche alrededor del buque moles de hielo que se espesaron en los dias siguientes; de modo que el Vega se vio condenado a invernar en el momento mismo de alcanzar su meta.

– La decepción ha sido grande para nosotros, como podrán ustedes comprender, dijo el joven astrónomo; pero muy pronto hemos tomado nuestro partido, arreglándonos del mejor modo para que este retraso redundase en beneficio de la ciencia. Ahora estamos en relaciones con los Chukchis de la región, que ningún viajero había estudiado de cerca hasta hoy; se ha podido formar un vocabulario de su lengua y reunir una colección de sus utensilios, armas y útiles. Los naturalistas del Vega han agregado gran número de nuevas especies a la fauna y la flora de las regiones árticas; y, por último, se ha conseguido el principal objeto de la expedición, puesto que hemos doblado el cabo Cheliuskin, siendo los primeros en franquear la distancia que separa la desembocadura del Yenisei de la del Lena: el paso del Nordeste se ha recorrido y reconocido. Hubiera sido más agradable para nosotros conseguirlo en dos meses, para lo cual sólo nos faltaron algunas horas; pero, de todos modos, con tal que nos veamos pronto libres, como cabe esperar por numerosos indicios, nadie podrá quejarse, y nos será dado volver con la seguridad de haber llevado a cabo una obra útil.

Aunque escuchando a su guía con profundo interés, los viajeros habían recorrido largo trecho, y hallábanse ya lo bastante próximos al Vega para distinguir su proa, cubierta de un enorme lienzo tendido hasta el puente, y que sólo dejaba descubierta la toldilla; sus flancos estaban protegidos por altas masas de hielo, y su chimenea se había acolchado cuidadosamente para evitar los efectos de las heladas.

Las proximidades del buque ofrecían un aspecto extraño: el Vega no estaba, como hubiera podido esperarse, aprisionado en un lecho uniforme, sino en cierto modo suspendido en medio de un verdadero laberinto de lagos, islas y canales, entre los que había sido forzoso echar puentes de madera.

– La explicación es muy sencilla, dijo el joven sabio, contestando a una de las preguntas de Erik; alrededor de los buques que pasan algunos meses en medio de una masa de hielo fórmase una capa de restos de toda especie, en los que la ceniza del carbón quemado constituye el principal elemento. Como esos restos son más oscuros que la nieve y absorben más calor, resulta que aceleran el deshielo o lo impiden como aisladores, según que se hallen en masas más o menos densas o considerables. He aquí por qué la zona inmediata al buque adquiere muy pronto el aspecto que usted ve cuando comienza a aproximarse el deshielo, convirtiéndose en un verdadero caos de agujeros en forma de embudos, depresiones grandes o pequeñas y plataformas recortadas.

Los tripulantes del Vega con su traje ártico, y dos o tres oficiales agrupados en la toldilla, fijaban su mirada con curiosidad en aquellos visitantes europeos que acompañaban al astrónomo, y no fue poca su alegría al oírles hablar en sueco cuando saludaron, y al reconocer entre ellos la fisonomía tan popular del doctor Schwaryencrona.

No se hallaban a bordo ni Nordenskjold ni el fiel compañero de sus viajes árticos, el capitán Palander; habían emprendido una excursión geológica por el interior de la costa, y estarían ausentes cinco o seis días. Esta fue la primera decepción que sufrieron los viajeros, que al encontrar al Vega esperaban, naturalmente, presentar sus respetos al célebre explorador y felicitarle; pero no debía ser la única.

Cuando hubieron hablado un rato con los oficiales, supieron que el Vega había recibido tres días antes la visita de un yate americano, o por lo menos de su propietario, el señor Tudor Brown, quien les llevaba noticias del mundo exterior, las cuales interesaban mucho, como era natural, a los internados de la bahía de Koljutchin. Habíales hablado de los acontecimientos en Europa desde su partida, de la inquietud de Suecia y de todas las naciones sobre la suerte del Vega y del envío del Alaska en su busca.

– ¡Pero ustedes deben conocerle!, exclamó un joven médico agregado a la expedición.

Pues nos ha dicho que se había embarcado primeramente en el Alaska y que se separó de ustedes en Brest porque dudaba que pudieran llevar su empresa a buen fin...

– En efecto, tenía excelentes razones para dudarlo, replicó fríamente Erik, sin poder reprimir un estremecimiento.

– Hallándose su yate en Valparaíso, añadió el joven médico, envióle por telégrafo orden de ir a esperarle a Victoria, en la costa de la isla de Vancouver, y después marchó él solo por la línea de Liverpool a Nueva York, para tomar el ferrocarril del Pacífico. Esto explica que haya llegado antes que usted.

– ¿Ha dicho a qué venía?, preguntó el señor Bredejord.

– A traernos auxilio, según aseguró, y además a informarse de un personaje bastante extraño, de quien yo hablé incidentalmente en una relación, y por el que se interesa mucho al parecer ese caballero.

Los cuatro visitantes se miraron entre sí.

– ¿Patricio O'Donoghan?... ¿No es así como se llama ese hombre?, preguntó Erik.

– ¡Precisamente! O por lo menos es el nombre que lleva tatuado, aunque asegura que no es el suyo, sino el de un amigo. Dice llamarse Jones Bowles...

– ¿Me será lícito preguntar si ese hombre está aquí?

– Hace ya diez meses que nos abandonó. Al pronto creímos que podría sernos útil para entendernos con los naturales de la costa por su aparente conocimeinto de la lengua samoyeda;

pero pronto echamos de ver que éste era muy superficial, v que nuestro hombre sólo sabía algunas Palabras. Por otra parte, desde Chabarovsk hasta aquí no ha sido necesario ponernos en relación con los habitantes del país que costeábamos, y, por lo tanto, sobraba el intérprete.

Además de esto, Patricio O'Donoghan era perezoso, borracho y díscolo; su presencia a bordo nos perjudicaba, así es que habiendo solicitado él mismo que le desembarcásemos con algunos víveres en la isla de Liakow cuando seguíamos su costa meridional, accedimos a su demanda con la mayor satisfacción.

– ¡Cómo! ¿Es allí donde ha desembarcado?

¿Pues no está deshabitada esa isla?, preguntó Erik.

– Si; pero a nuestro hombre le ha seducido la circunstancia de que contiene considerable número de osamentas de mamut, y por consiguiente marfil fósil. Su proyecto era establecerse allí, consagrar los meses de verano a reunir la mayor cantidad posible de esa materia, y cuando el invierno helase el brazo de mar que separa la isla del continente, transportar en trineo esas riquezas a la costa sibérica, a fin de venderlas a los traficantes rusos que llegan hasta allí para buscar los productos del país.

– ¿Y ha dado usted esos detalles al señor Tudor Brown?, preguntó Erik.

– ¡Seguramente! ¡Harto ha corrido el hombre para obtenerlos!, replicó el joven médico, sin sospechar el gran interés que tenían para el joven comandante del Alaska aquellas preguntas.

Hablóse después de la facilidad relativa con que se había realizado el viaje de Nordenskjold, sin encontrar en ninguna parte graves obstáculos, y se discutió sobre las consecuencias que el descubrimiento de la nueva ruta podría tener para el comercio del mundo.

– Ya comprendemos que este camino se recorrerá con poca frecuencia, dijeron a Erik los oficiales del Vega; pero nuestro viaje hará que las naciones marítimas del Atlántico y del Pacífico se acostumbren a considerar posibles las relaciones directas por mar con Siberia, y en ninguna parte tendrían estas relaciones, contrariamente a la opinión vulgar, un campo tan vasto y tan rico para su actividad.

– ¿No es singular, observó el señor Bredejord, que durante tres siglos haya fracasado siempre esta tentativa, mientras que hoy se ha conseguido el fin casi sin dificultades?

– La singularidad no es más que aparente, contestó uno de los oficiales; nos hemos aprovechado en el Norte de Asia, como ustedes acaban de hacerlo en el Norte del continente americano, de la experiencia adquirida por nuestros predecesores, a menudo a costa de sus vidas; hemos aprovechado también la práctica de nuestro jefe, que se había preparado para este esfuerzo supremo durante veinte años con más de ocho expediciones árticas. Nordenskjold reunió en ese tiempo pacientemente todos los elementos del problema, y en cierto modo se aseguró la solución. Además, nosotros teníamos lo que les faltaba a nuestros predecesores; un buque de vapor construido expresamente para semejante viaje. Gracias a esto, nos ha sido dado franquear en dos meses distancias que con barco de vela hubieran exigido cerca de dos años; hemos podido escoger y seguir nuestra ruta; aprovecharnos de la celeridad de los vientos o de las corrientes, y aún así no nos fue posible evitar la invernada. ¡Cuál no sería la dificultad para los marineros de otro tiempo, obligados a esperar una brisa favorable y a errar a la ventura, perdiendo a menudo los más hermosos días del verano! ¿No hemos hallado nosotros mismos más de veinte veces el mar libre en los puntos donde las cartas marinas indicaban, no sólo la existencia de hielos eternos, sino también de continentes o islas?... En tales casos podíamos practicar un reconocimiento o retroceder, mientras que los navegantes de otra época debían limitarse a las conjeturas.

Así hablando y discutiendo, llegó la tarde;

Erik y sus amigos, después de aceptar el almuerzo en el Vega, invitaron a cenar en el Alasita a los oficiales que no estaban de servicio.

Allí se comunicaron unos a otros los datos que poseían; Erik tuvo buen cuidado de informarse exactamente del itinerario seguido por el Vega y de las precauciones que debían adoptarse para utilizarlo; se brindó por el buen éxito de todos, hiciéronse los más ardientes votos por el pronto regreso al país, y se terminó con una cariñosa despedida.

Al día siguiente a primera hora, el Alaska haría rumbo hacia la isla Liakow; el Vega esperaría el deshielo para dirigirse al Pacífico.

Erik había cumplido, pues, la primera parte de su misión, encontrando a Nordenskjold;

faltábale la segunda, buscar a Patricio O'Donoghan y ver si era posible arrancarle su secreto, muy temible sin duda, según el parecer de todos, puesto que Tudor Brown mostraba tan tenaz empeño en darle alcance al que lo poseía.

¿Se podía arribar antes que él a la isla de Liakow? Era poco probable, pues llevaba tres dias de ventaja; pero esto no importaba: se intentaría conseguirlo. El Albatros podía extraviarse, encontrar obstáculos inesperados y dejarse adelantar. Mientras hubiese una probabilidad de éxito se debía probar fortuna.

La suavidad de la temperatura era tranquilizadora; la atmósfera se conservaba tibia y húmeda, y algunas ligeras brumas en el horizonte indicaban por todas partes el mar libre, fuera de la faja de hielos que flanqueaba todavía la costa sibérica, donde el Vega estaba prisionero. El verano comenzaba, y de consiguiente se podía contar muy bien con diez semanas de tiempo favorable. La experiencia adquirida en los hielos americanos valía mucho, y la nueva empresa se podía considerar relativamente fácil. Por último, el paso del Nordeste era con seguridad la vía más directa para regresar a Suecia, y al vivísimo interés que impelía a Erik a seguirlo agregábase otro de gran valor científico, que consistía en franquear en sentido inverso el trayecto recorrido por Nordenskjold. Si se conseguía esto, lo cual era muy posible, se tendría la prueba y la aplicación práctica del principio sentado por el famoso explorador.

La brisa quiso favorecer al Alaska: durante diez días sopló casi continuamente del Sudeste y permitió avanzar de nueve a diez nudos, por término medio, sin carbón. Esta era una ventaja preciosa, sin contar que la dirección de los vientos rechazaba hacia el Norte los hielos flotantes, facilitando mucho la navegación. Apenas encontraron durante diez días algunos témpanos aislados o en desintegración, residuos de los bancos invernales. Es cierto que el undécimo día estalló una tempestad de nieve, seguida de brumas bastante intensas que retardaron sensiblemente la marcha del buque; pero el 29 de julio el sol reapareció en todo su brillo, y en la mañana del 2 de agosto divisóse la punta oriental de la isla de Liakow. Erik dio al punto orden de bordearla, a fin de reconocer si el Albatros estaba oculto en alguna caleta, y también para poner al Alaska al cubierto de la isla. Hecho esto, ancló en un fondo de arena, a tres millas de la costa meridional, y después se embarcó en la ballenera con sus tres amigos y varios tripulantes. Media hora más tarde hallábase en una ensenada muy profunda.

No sin razón había elegido Erik la costa meridional, pues pensaba que Patricio O'Donoghan, bien se propusiera verdaderamente dedicarse al comercio de marfil con Siberia, o ya tuviese por objeto abandonar la isla a la primera ocasión, debía haber elegido para establecerse un punto desde donde pudiera vigilar el mar. Hasta era casi seguro que este punto sería una altura lo más próxima posible a la costa sibérica; y, por último, la necesidad de preservarse de los vientos del polo parecía un motivo fundado para elegir la parte meridional. Erik no pretendía haber acertado con exactitud, pero juzgó que en todo caso no habría inconveniente en tomar tales suposiciones por base de una exploración sistemática.

El resultado debía justificar plenamente sus cálculos. No haría una hora que los viajeros recorrían la playa, cuando divisaron por una serie de colinas, algo que no podía menos de ser una vivienda; y con gran sorpresa suya reconocieron una cabaña muy bien construida, de forma cúbica y como enjalbegada; sólo le faltaban unas persianas verdes para tener todo el aspecto de una casita de campo americana.

Al aproximarse, después de alcanzar su altura, Erik y sus amigos reconocieron que la cabaña no estaba blanqueada, sino que se componía de osamentas colosales sobrepuestas y unidas con cierto arte, y que le comunicaban su color blanco. Por extraños que fuesen aquellos materiales, debía confesarse que la idea de utilizarlos era bastante natural, pues sin contar que no había otros en la isla, cuya vegetación parecía aje las más pobres, la superficie de todas aquellas colinas estaba completamente cubierta de osamentas, en las que el doctor reconoció a primera vista restos de mamuts y bisontes.

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