El náufrago del Cynthia

18

CAÑONAZOS

Mientras se perseguía al Albatros, Erik había mandado poner en batería el cañón que el Alaska tenía en la proa. Esta operación exigió mucho tiempo, y cuando estuvo cargada la pieza, después de haberla desembarazado de su funda alquitranada, el enemigo se hallaba ya fuera de alcance. Sin duda, se había aprovechado del aminoramiento de la velocidad para avivar el fuego de su máquina, y gracias a eso había sacado ya tres o cuatro millas de ventaja.

En rigor, la distancia no era desmesurada para un cañón Gattling; pero dado el fuerte balanceo de ambos buques, su velocidad, y el escaso blanco que el yate ofrecía al tiro, era mucho más probable arrojar las balas al agua que alojarlas sobre el Albatros. Mejor era esperar; tanto más, cuanto que la marcha del yate, aunque sin disminuir, tampoco se aceleraba. Muy pronto se demostró que los dos buques eran tan veleros el uno como el otro, pues el espacio que los se paraba se conservó igual durante algunas horas.

Sin embargo, esto no se conseguía sin un derroche de carbón, artículo que escaseaba cada vez más a bordo del Alaska, y debía temerse que este gasto fuera inútil, si llegaba la noche sin alcanzar al enemigo. Erik, no juzgándose con derecho de jugar esta última carta sin consultar a su tripulación, dio orden para que todos subieran al puente, a fin de explicarles francamente la situación.

– Amigos míos, les dijo; ya sabéis que se trata de si vale la pena apoderarnos del infame que se propuso hacernos naufragar en la Calzada, a fin de entregarle a la justicia marítima, o de si convendrá dejarle huir. Apenas nos queda carbón Para seis dias, y toda desviación de nuestra ruta nos expone a terminar el viaje navegando a la vela, lo cual puede comprometer el éxito de la expedición. Por otra parte, el Albatros cuenta seguramente con la noche para ponerse fuera de alcance, y por lo tanto sería esencial mantenerlo en el círculo de luz de nuestro foco eléctrico, sin disminuir un momento la velocidad de la marcha. Es seguro que esta carrera tendrá forzosamente su término, bien sea mañana o al día siguiente, en la barrera de hielos eternos que hay más cerca del polo, hacia los 78º y 79º; pero no he deseado continuar esta persecución sin preguntaros si la aprobáis, aceptando desde luego las complicaciones que puedan resultar.

Los hombres, después de consultarse en voz baja, encargaron a maese Hersebom que formulara su parecer.

– Opinamos que el deber del Alaska es sacrificarlo todo para capturar a esa miserable, dijo el pescador tranquilamente.

– ¡Muy bien!, contestó Erik; haremos lo posible para lograrlo.

Seguro ya de su tripulación, el joven capitán no economizó el combustible y mantúvose siempre a la misma distancia, pese a los desesperados esfuerzos de Tudor Brown para obtener mayor ventaja. Apenas se hubo puesto el sol, el foco eléctrico del Alaska, encendido en la punta del palo mayor, fijó sus rayos inexorables en el Albatros para iluminarlo hasta que llegara el día. Durante la noche, ambos buques se mantuvieron a la misma distancia, y al amanecer seguían avanzando hacia el polo. A mediodía, la observación solar dio como posición del Alaska 78º 21' 14" de latitud Norte, por 98º de longitud Este.

Los hielos flotantes, que no se habían vuelto a ver desde hacía diez o doce días, comenzaban a ser numerosos, y a veces era preciso romperlos a fuerza de espolón, como en otro tiempo en el mar de Baffin. Erik, convencido de que el banco de hielo no tardaría en aparecer, tuvo cuidado de oblicuar ligeramente sobre la derecha del Albatros, de modo que pudiera cerrarle el camino hacia el Este si intentaba cambiar de ruta al verse detenido en el Norte.

Esta precaución resultó muy acertada, pues a eso de las dos perfilóse en el horizonte una larga barrera de hielos, y entonces el Albatros se dirigió hacia el Oeste, dejando el banco a cuatro o cinco millas por estribor. El Alaska imitó inmediatamente su maniobra, pero esta vez oblicuando a la izquierda de su enemigo, a fin de cortarle la retirada si intentaba volver al Sur.

La caza comenzaba a ser muy interesante;

seguro de la dirección que el Albatros debía seguir, Erik trataba de agarrarlo de costado, empujándolo cada vez más hacia el banco de hielo. El yate, vacilante al parecer, y entorpecido por los hielos flotantes, cambiaba su marcha a cada momento, dirigiéndose tan pronto hacia el Norte como lanzándose aturdidamente hacia el Oeste.

Erik observaba con la mayor atención desde el "nido de cuervo" todos sus movimientos para contrarrestarlos, cuando de pronto vio al yate detenerse bruscamente, virar de bordo y presentarle la proa. Una larga línea blanca que se extendía por el Oeste indicaba la causa de esta maniobra: el Albatros se había metido en un verdadero golfo formado por un promontorio meridional del banco de hielo, y semejante a una fiera acosada por la jauría, hacia frente.

Erik no había tenido tiempo de bajar al puente, cuando una bala pasó silbando sobre su cabeza.

El Albatros, pues, iba armado y se aprestaba a la defensa.

– ¡Prefiero esto, y que él haya sido el primero en tirar!, pensó Erik, dando al punto orden de contestar.

Su bala no fue más feliz que la de Tudor Brown, pues fue a caer a doscientos metros del blanco; pero el combate había comenzado y muy pronto se regularizó el fuego. Un proyectil americano rompió la gran verga del Alaska, que cayó en el puente matando dos hombres; pero una bala sueca dio de lleno en la toldilla del Albatros y seguramente hizo considerables destrozos. Otros proyectiles de una y otra parte se alojaron en el casco o en la arboladura.

Los dos buques se aproximaban cada vez más, virando de bordo a cada momento para cambiar sus andanadas, cuando un fragor lejano, mezclándose con el estampido del cañón, hizo levantar la cabeza a los tripulantes de ambos buques: el cielo estaba completamente negro polla parte del Este.

¡Una borrasca, una cortina de bruma o de nieve se iba a interponer entre el Albatros y el Alaska, permitiendo tal vez a Tudor Brown huir! Erik quería evitarlo a toda costa, y en consecuencia hizo sus preparativos de abordaje;

armó a toda su gente de sables, hachas y cuchillos, y continuando su marcha, lanzó su buque a todo vapor contra el Albatros.

Tudor Brown no parecía dispuesto a esperarlo, pues emprendió la fuga y comenzó a costear el banco de hielo, disparando con intervalos de cinco minutos un cañonazo por la proa;

pero su campo de acción era ya muy reducido, y estrechado cada vez más entre el campo de hielo y el Alaska, vio que no había salvación posible si no intentaba audazmente volver a alta mar. En consecuencia, arrostró el peligro, después de algunos movimientos simulados, que tenían por objeto ocultar a su adversario su verdadera intención.

Erik le dejó obrar, y después, en el momento preciso en que el Albatros, lanzado a todo vapor, pasaba ante él, se le fue encima con su espolón de acero.

El efecto del choque fue terrible: en el costado del yate se abrió un boquete; el buque se detuvo, y la maniobra le fue casi imposible; el Alaska había retrocedido rápidamente, preparándose a repetir el golpe, pero el estado más amenazador del mar no le dejó tiempo de hacerlo.

La tempestad se aproximaba; era un fuerte viento del Sudeste acompañado de torbellinos de nieve, que no sólo levantaba formidables olas, sino que rechazaba hacia el golfo donde se hallaban los dos buques como en el fondo de un embudo, enormes masas de hielos flotantes;

hubiérase dicho que desde todos los puntos del horizonte se habían citado súbitamente para afluir allí. Erik comprendió que no se debía perder un minuto, y que era de todo punto de vista necesario alejarse cuanto antes de aquel callejón sin salida para no quedar encerrado sin recurso alguno; así es que viró de bordo hacia el Este, sin pensar ya más que en luchar contra el viento, contra la nieve y el ejército de hielos flotantes.

Pero muy pronto fue forzoso reconocer que esto era imposible, pues la tempestad arreciaba con tal fuerza, que ni la máquina del Alaska ni su espolón de acero pudieron servir ya; no sólo el buque avanzaba poco, sino que a veces retrocedía varios metros. Sus mástiles crujían bajo la violencia del viento; una espesa nieve, oscureciendo el cielo, cegaba a los tripulantes y cubría ya el puente de una gruesa capa; y los hielos, acumulándose rápidamente, elevaban a cada ráfaga un impenetrable muro. No quedó más remedio que volver al banco, buscar a tientas una pequeña bahía, y resignarse a esperar hasta que aclarara.

El Albatros había desaparecido en la tormenta y dada la avería que le ocasionó el espolón del Alaska, era dudoso que pudiese resistir;

en cuanto a escapar del callejón en que se hallaba, Erik no temió, ni remotamente, que esto fuese posible.

Por lo demás, la situación era bastante grave para que se pudiera pensar en otra cosa que en la propia salvación, y a cada momento empeoraba.

Nada podría dar idea del horror y el espanto que infunden esas tempestades árticas, en las que las fuerzas de la naturaleza primitiva parecen despertarse en cierto modo para demostrar al navegante lo que debieron ser en otro tiempo los cataclismos del período glacial. Reinaba una oscuridad impenetrable, aunque apenas eran las cinco de la tarde en los países en que el día se distingue de la noche; y como la máquina de vapor no funcionaba ya, no se podía encender el foco eléctrico. A los silbidos del huracán, al fragor del trueno, al estrépito de los hielos flotantes que chocaban entre sí, derrumbándose unos sobre otros, agregábanse en las tinieblas los crujidos del banco, que se dislocaba y rompía por todas partes; a cada grieta que se formaba, producíase una espantosa detonación, semejante al estampido de un cañonazo en demanda de socorro; y la frecuencia de aquellas explosiones indicaba que debían ser numerosas.

Muy pronto el Alaska sufrió las consecuencias del bloqueo: la pequeña bahía donde acababa de refugiarse no tardó en quedar invadida por los hielos, así como todo el golfo; las moles se unieron, cimentándose con la nieve que seguía cayendo, y en torno del buque se formó una barrera que lo presionó con irresistible fuerza. Entonces el Alaska comenzó a crujir; sus mástiles rechinaron a la par que el banco de hielo donde se hallaba incrustado, y a cada instante pudo temerse que el casco se rompiera, como habría sucedido seguramente, a no estar reforzado para resistir aquellas terribles presiones. Erik, resuelto a no sucumbir sin lucha, había ordenado a su gente desde el primer momento, formar alrededor del buque un revestimiento vertical de pesadas vigas a fin de atenuar en cuanto fuese posible las presiones,

Sistibuyéndolas en una mayor superficie; pero estos puntales, si bien tuvieron por efecto inmediato proteger el caso, no tardaron en producir un resultado imprevisto, que amenazaba ser fatal.

El buque, en vez de ser oprimido, era levantado fuera del agua a cada movimiento del banco de hielo, sobre el cual volvía a caer con la fuerza de un martillo. En cualquier momento podía suceder que en una de aquellas espantosas caídas quedara destrozado, se hundiese y desapareciera; y para evitar este peligro sólo quedaba un recurso, que era reforzar más aún, y sin descanso, la masa de hielos y nieve que protegía el casco más o menos bien, de modo que formara un todo homogéneo y pudiera seguir el movimiento de vaivén.

Todos se ocuparon con el mayor ardimiento en aquella labor, y fue un espectáculo conmovedor ver aquel puñado de hombres esforzando sus músculos de pigmeos para resistir a la poderosa naturaleza, rellenando con áncoras, cables y tablas las grietas abiertas en el hielo y colmándolas de nieve, hasta que un solo movimiento oscilatorio del Océano deshacía de un golpe todos aquellos remiendos. A las cuatro o cinco horas de este trabajo sobrehumano, todos habían agotado sus fuerzas, y sin embargo, el peligro crecía, pues la tempestad arreciaba. Erik celebró consejo con sus oficiales y se resolvió poner a salvo en el banco de hielo un depósito de víveres y municiones, para el caso en que el Alaska no pudiese resistir tan terribles sacudidas. Desde el primer momento, cada hombre había recibido instrucciones, en la eventualidad de un desastre, de conservar la carabina en bandolera aun durante el trabajo. La tarea del trasbordo de una veintenta de toneles fue ardua, pero al fin se llevó a cabo, y el depósito de víveres quedó establecido a unos 200 metros del buque, bajo una lona alquitranada que muy pronto quedó cubierta de una espesa capa blanca.

Adoptada esta precaución, todos se tranquilizaron sobre las consecuencias inmediatas de un posible naufragio, y la tripulación pudo reparar sus fuerzas con algún alimento, té y ron.

De repente, cuando se estaba a mitad de la cena, una sacudida más violenta aún que las anteriores agitó el banco de hielo; una presión formidable rompió el lecho en que el Alaska se apoyaba, y el buque, presionado por la popa, elevóse crujiendo ominosamente, y sumergió su proa en el abismo, como si fuera a hundirse.

Al punto cundió el pánico; todos corrieron hacia el puente; varios hombres creyeron llegado el momento de buscar un refugio en el banco, y sin esperar la señal de sus jefes, saltaron fuera.

Cuatro o cinco de aquellos infelices cayeron sobre la nieve, pero dos quedaron cogidos entre los hierros que rodeaban el buque y la borda de estribor, en el momento mismo en que el Alas- ka, recobrando el equilibrio, elevábase rechinando de nuevo.

Sus gritos de dolor y el ruido de sus huesos triturados se perdieron en el estrépito del huracán.

En seguida vino la calma, y el buque permaneció inmóvil.

La lección era terrible, y Erik se aprovechó de ella para recomendar a los tripulantes la mayor sangre fría, previniéndoles que en ningún caso debían obrar sin recibir órdenes precisas. —Ya comprenderéis, dijo a sus compañeros, que el desembarque es una medida suprema, a la cual no debemos apelar sino en último extremo. Todos nuestros esfuerzos han de encaminarse a salvar el Alaska, pues si no lo tuviéramos, nuestra situación sería de las más críticas en este banco de hielo. Sólo en el caso de que no podamos continuar en el buque, deberemos abandonarlo; y de todos modos, importa mucho que el movimiento se efectúe con orden, pues de lo contrario, degeneraría en desastre.

Espero, pues, que continuéis la cena tranquilamente, dejando a vuestros oficiales el cuidado de resolver lo que convenga.

La firmeza de este lenguaje tuvo por efecto inmediato serenar a los más tímidos, y todos los tripulantes bajaron al entrepuente.

Erik llamó entonces a maese Hersebom y le invitó a desatar a su fiel perro Klaas y a seguirle sin hacer ruido.

– Vamos a pasar al campo de hielo, le dijo a media voz, para buscar a los fugitivos y hacerlos regresar, pues siempre será esto mejor que dejarlos expuestos a mayores peligros.

Los infelices hombres continuaban todavía junto al borde del banco de hielo, bastante avergonzados de su fuga, y a la primera intimación se dirigieron al buque.

Erik y maese Hersebom, después de verlos entrar, avanzaron hasta el depósito de víveres, suponiendo que allí habría buscado asilo algún otro marinero; pero dieron la vuelta sin hallar a nadie.

– Me pregunto, dijo de pronto Erik, si no sería más conveniente evitar un nuevo pánico desembarcando sobre la marcha parte de la tripulación.

– Tal vez fuera mejor, contestó el pescador;

pero entonces debería temerse que los que se quedaran a bordo se desmoralizaran por esta medida, que pudiera inquietarles.

– Es verdad, repuso Erik; me parece más prudente ocuparlos a todos hasta el último momento en luchar contra la tempestad, porque es el único recurso que nos queda para salvar el buque; pero ya que estamos en el banco de hielo, aprovechemos la oportunidad para explorarlo. Confieso que todos esos crujidos y detonaciones me infunden dudas sobre su solidez.

Erik y su padre adoptivo no se habían alejado aún trescientos pasos del depósito de víveres, en dirección Norte, cuando se detuvieron de pronto al ver a sus pies una grieta enorme; y como para franquearla hubieran necesitado largas pértigas, de las cuales no se habían provisto, resolvieron seguir la orilla oblicuando hacia el Oeste, para ver hasta dónde se prolongaba.

Entonces vieron que se extendía en dicha dirección, formando una larga línea; tanto, que después de andar durante media hora aún no vieron el fin. Tranquilizados por su exploración respecto a las dimensiones del campo de hielo donde se hallaban depositados los víveres, decidieron retroceder.

Cuando habían recorrido ya la mitad de la distancia que les separaba del depósito, prodújose una nueva vibración del banco, seguida de varias detonaciones, crujidos y un estrépito atronador, ocasionado por el choque de las moles de hielo. Esto no les inquietó mucho, pero apresuraron el paso, impacientes por saber si aquella sacudida había tenido alguna consecuencia desagradable para el Alaska. Muy pronto llegaron al depósito de víveres, y después al pequeño puerto que resguardaba el buque.

Erik y maese Hersebom se restregaron los ojos, preguntándose si soñaban. ¡El Alaska había desaparecido!

Su primera idea fue que se habría hundido, pues nada tenía de extraño después de la noche que acababan de pasar; pero casi al punto llamóles la atención el hecho de no verse resto alguno, asi como el nuevo aspecto que había tomado aquel sitio desde su ausencia. No se veían ya aquellos bordes formados por los témpanos de hielo que la tempestad había acumulado en pocas horas, y entre los cuales hallábase prisionero el Alaska; el sitio estaba despejado, como si el banco de hielo se hubiese desprendido por completo de sus bordes accidentales para quedar como estaba.

Casi en el mismo instante, maese Hersebom reparó en una circunstancia que no pudo llamar su atención mientras recorría el banco en todos sentidos, pero que al llegar al punto de partida, fue muy aparente para él; el viento había saltado y soplaba del Oeste.

¿No era posible que la tempestad, al cambiar de dirección, hubiese impelido simplemente fuera del golfo los hielos flotantes, en medio de los cuales se hallaba aprisionado el Alaska?

Sí, evidentemente esto era lo más probable;

pero importaba averiguarlo.

Sin detenerse un momento, Erik se dirigió hacia el fondo del golfo seguido de maese Hersebom.

Caminaron largo tiempo, recorriendo un espacio de cuatro o cinco kilómetros; la orilla del banco de hielo estaba libre, las olas furiosas iban a morir junto a él como en una playa; pero el fondo del golfo no se veía, y lo más extraño era que el promontorio que le cerraba hacia el Sur había desaparecido.

Erik se detuvo al fin; ahora comprendía muy bien lo que pasaba, y cogiendo la mano de maese Hersebom, estrechóla entre las suyas.

– ¡Padre!, díjole con grave acento; usted es de aquellos a quienes se puede decir la verdad... Pues bien; la verdad es que el banco se ha roto, separándose de la masa que encerraba nuestro buque, y que estamos en una isla de hielo de algunos kilómetros de longitud por algunos centenares de metros de anchura, arrastrada al capricho de las aguas.

Telegrama

Oficina de origen: la red mundial · Destino: a bordo del Nautilus

0 palabras · tarifa: 0 kreuzers (los puntos se convierten en STOP)