Segunda patria

XXX

¡AL FIN REUNIDOS! - RELATO BREVE DE LO SUCEDIDO DESDE LA PARTIDA DE LA LICORNE - LAS FAMILIAS EN LA DESOLACIÓN - NO HAY ESPERANZA - LA APARICIÓN DE LAS PIRAGUAS.

Algunos instantes después, las dos familias —completas esta vez—, el capitán Harry Gould y el contramaestre, estaban reunidos en el depósito instalado en el centro del islote, a quinientos pasos del montecillo de la batería, sobre el que se desplegaba el pabellón de la Nueva Suiza.

Imposible sería, y vale más no intentarlo, dar una idea de lo que fue aquella escena de ternura y gratitud para con el cielo. Frite, François y Jenny fueron estrechados y cubiertos de besos por monsieur y madame Zermatt, Ernest y Jack. james, Dolí, Suzan y Bob no podían arrancarse de los brazos de mister y mistress Wolston. Las manos del capitán y del contramaestre fueron estrechadas con efusión por todos. Hubo lágrimas, gritos de alegría, apasionadas caricias… Lo que el lector puede figurarse como apropiado a la situación y a la sorpresa del encuentro. Calmado el primer arranque de la general emoción, preciso era que los unos refiriesen a los otros, y viceversa, lo acaecido durante aquellos quince meses, desde el día en que la Licorne, llevándose a Jenny Montrose, a Fritz, a François y a Doll, desapareció tras las alturas del cabo de la Esperanza Perdida.

Pero antes de entregarse al pasado, convenía pensar en lo presente.

Aunque ahora tuvieran las dos familias la satisfacción de verse reunidas, la situación era grave y amenazadora. Los salvajes acabarían por apoderarse del islote, cuando las municiones o provisiones faltasen, y monsieur Zermatt y los suyos no podían esperar socorro de nadie.

En breves palabras habló Fritz de la Licorne que había quedado en escala en El Cabo, de la rebelión efectuada a bordo del Flag, del abandono de la chalupa, de su llegada a la parte árida de una isla desconocida; de las circunstancias en que el capitán Gould y sus compañeros reconocieron que aquella isla era la Nueva Suiza, del camino recorrido hasta el distrito de la Tierra Prometida, de la parada hecha en Falkenhorst y de la aparición de los indígenas…

– ¿Y dónde están? —preguntó al terminar su relato.

– En Felsenheim —respondió monsieur Zermatt.

– ¿En gran número?

– Un centenar, por lo menos, que han venido en unas quince piraguas… y probablemente de la costa australiana.

– ¡Y habéis podido escapar de ellos! ¡Bendito sea el cielo! —exclamó Jenny.

– Sí, hija mía —respondió monsieur Zermatt—. Así que hemos visto las piraguas que, después de doblar el cabo del Este, se dirigieron hacia la bahía del Salvamento, nos hemos refugiado en el islote del Tiburón, con la idea de la posibilidad de defendernos contra los ataques de los indígenas.

– Padre —dijo François—, ¿los salvajes saben ahora que estáis en el islote?

– Lo saben —respondió monsieur Zermatt—; ¡pero, gracias a Dios, hasta la fecha no han podido desembarcar en él, y nuestro pabellón flota aquí siempre!

He aquí, en breves términos, lo sucedido desde la época en que terminó la primera parte de este relato.

Al volver la buena estación, y después de las excursiones que trajeron el descubrimiento del río Montrose, efectuóse un reconocimiento, que se extendió hasta la cadena de montañas, donde mister Wolston, Ernest y Jack arbolaron el pabellón británico en la punta del pico Jean Zermatt. Pero esto había pasado doce días antes de la llegada de la chalupa a la costa meridional de la isla, y si la referida excursión hubiera sido prolongada más allá de la cordillera, fácil fuera que los expedicionarios se hubieran encontrado con el capitán Gould en la bahía de las Tortugas. Y de tener efecto este encuentro, ¡qué de lágrimas, de inquietudes y tormentos se hubiesen evitado a unos y a otros! Pero, como se sabe, mister Wolston y los dos hermanos no se aventuraron a través de la árida meseta que se extendía al sur, y volvieron a tomar el camino que conducía al valle de Grünthal.

Sábese igualmente que Jack, arrastrado por su ardiente deseo de capturar un elefante joven, había caído en mitad de un campamento de salvajes, los que le hicieron prisionero, y que, después de escapar, había llevado a sus parientes y amigos la grave noticia de que una banda de indígenas había desembarcado en la costa oriental de la isla.

No hay para qué insistir en los temores que tal nueva causó a la familia en las resoluciones que adoptó en previsión de un ataque contra Felsenheim y en la vigilancia que por esta causa se estableció día y noche.

Durante tres meses no hubo motivo para aumentar la alarma. Los salvajes no aparecieron, ni por la parte del cabo del Este, ni por el interior de la Tierra Prometida. Podía creerse que habían abandonado la isla.

Entretanto, no dejaba de producir inquietud que la Licorne, que hubiera debido llegar en septiembre o en octubre, no apareciese. En vano Jack fue varias veces a lo alto de Prospect-Hill para espiar la llegada de la corbeta… Siempre tuvo que regresar a Felsenheim sin haberla visto.

Importa advertir, para no volver sobre ello, que el navío observado por mister Wolston, Ernest y Jack desde el pico de Jean Zermatt, era el Flag, hecho que pudo ser comprobado por la relación entre las fechas. ¡Sí! Era el Flag, caído en manos de Robert Borupt, que, después de acercarse a la isla, había entrado en el océano Pacífico por los parajes de la Sonda, y del que no se debía volver a oír hablar.

Las últimas semanas del año transcurrieron en una tristeza, que bien pronto debía convertirse en desesperación. Después de quince meses monsieur Zermatt y mister Wolston, Ernest y Jack no conservaban esperanza de volver a ver la Licorne, Madame Zermatt, mistress Wolston y Annah no cesaban de llorar por los ausentes. Ninguno de ellos tenía ánimos para nada.

– ¿Para qué trabajar por la prosperidad de la isla? —se decían—. ¿Para qué fundar otras granjas, sembrar nuestros campos, mejorar sin cesar un dominio ya demasiado grande para nosotros, demasiado considerable para nuestras necesidades? ¡Nuestros hijos, nuestros hermanos y hermanas, nuestros amigos, no volverán a esta segunda patria, donde les esperaba tanta dicha, donde tan felices hemos sido, donde tanto podríamos serlo…!

Después de tan larga ausencia ya no ponían en duda que la Licorne hubiera naufragado, perdiéndose cuerpos y bienes, y que, por consecuencia, no se tendrían nunca noticias de ella ni en Inglaterra ni en la Nueva Suiza.

Motivo había para tan triste suposición; pues si la corbeta había efectuado sin accidente su viaje de ida, después de permanecer algunos días en el cabo de Buena Esperanza, habría llegado en tres meses a Portsmouth. Desde aquí, algunos meses después habría partido para la Nueva Suiza, y bien pronto varios navíos de emigrantes hubieran sido enviados a la colonia inglesa. Pero, puesto que ningún barco había visitado aquella parte del océano índico, era esto prueba de que la Licorne había naufragado en los peligrosos mares comprendidos entre Australia y África, antes de llegar a El Cabo, y la existencia de la isla quedaba ignorada, y lo estaría hasta que los azares de la navegación condujeran algún navío a los lejanos parajes que en aquella época no atravesaban las vías marítimas.

Sí… ¡Justo era encadenar de esta manera los hechos, y lógicas las consecuencias que de este enlace debían ser deducidas, siendo la última de ellas que la Nueva Suiza no figuraba aún en el dominio colonial de las islas británicas!

Durante la primera mitad de la buena estación, monsieur Zermatt y mister Wolston no habían pensado en abandonar Felsenheim. Por costumbre ellos permanecían la mayor parte del año en Falkenhorst, destinando una semana a visitar las granjas de Waldegg, Zuckertop, Prospect-Hill y Eberfurt. Esta vez se limitaron a cortas visitas que el cuidado de los animales exigía. No trataron de conocer otras partes de la isla, fuera del distrito de la Tierra Prometida.

Ni la pinaza ni la chalupa doblaron el cabo del Este o el de la Esperanza Perdida para ir a la descubierta. Ni la bahía de los Nautilos, ni la de las Perlas fueron exploradas hasta sus últimos límites. Apenas si Jack hizo algunas excursiones en kayak a través de la bahía del Salvamento, y se contentó con cazar por los alrededores de Felsenheim, dejando en reposo a Brausewind, Sturm y Brummer. Diversos trabajos ideados por mister Wolston, y a los que sus instintos de ingeniero le impulsaban, quedaron sin emprenderse. ¿Para qué? Sí… ¿Para qué? Estas palabras resumían el desaliento de las dos familias, tan cruelmente tratadas por la suerte.

Así es que el 25 de diciembre, cuando se reunieron para las fiestas de Navidad, fecha celebrada con tanta alegría otros años, las lágrimas brotaron de todos los ojos y a ellas se unieron las oraciones por los que no estaba allí.

En estas condiciones comenzó el año 1817. Jamás la naturaleza se había mostrado tan pródiga de sus dones como aquel hermoso verano. Pero su generosidad excedía a las necesidades de un hogar, donde no se reunían más que siete personas.

El salón parecía vacío después de haber estado lleno de tanta animación; ¡muerto después de haber estado tan alegre!

¡Cuánto debieron arrepentirse entonces los Zermatt y los Wolston de haber consentido en la marcha de sus hijos, de haberlos animado a ella! ¿No podían haberse contentado con la dicha de que disfrutaban? ¿Era prudente buscar su aumento, y no significaba tal afán ingratitud hacia el cielo, que desde hacia muchos años había protegido de tan visible modo a los sobrevivientes del Landlord?

Y, sin embargo, lo que monsieur y madame Zermatt habían hecho por sus dos hijos debía hacerse. Jenny tenía el deber de procurar reunirse con su padre. Fritz tenía el de acompañar a la que sería su esposa y el de pedir la mano de ésta al coronel Montrose. François tenía el deber de conducir a Doll al Cabo, de dejarla en manos de James Wolston, y luego, al regreso de la Licorne, conducirles a todos al lado de su familia. En fin, monsieur Zermatt tenía el deber de atraer a los emigrantes en tanto número como lo permitían los recursos de la Nueva Suiza.

Sí… ¡Todos habían procedido con juicio! ¿Quién podía prever que la corbeta no volvería de aquel viaje y que se debiese renunciar a la esperanza de su regreso? Pero ¿realmente no había esperanza? ¿No podía explicarse el retraso de la Licorne más que por un naufragio? ¿No había podido prolongar su estancia en Europa? ¿No podía suceder que bien pronto se viera dibujarse en el horizonte sus altas velas y su palo mayor?

En la segunda semana de enero de aquel funesto año, monsieur Zermatt vio una flotilla de piraguas en el momento en que ella doblaba la punta del cabo del Este, con dirección a la bahía del Salvamento. Realmente no había motivo para sorprenderse del suceso, puesto que, desde el instante en que Jack cayó en manos de los salvajes, éstos no debían ignorar que la isla estaba habitada.

Fuese de ello lo que fuese, antes de dos horas, empujadas por la marea, las piraguas llegarían a la desembocadura del arroyo de los Chacales. Tripuladas probablemente por un centenar de hombres, pues toda la banda desembarcada en la isla tomaría parte en aquella expedición, no había que pensar en oponerles resistencia.

Ahora bien: ¿qué era lo más conveniente…? ¿Refugiarse en Falkenhorst, en Waldegg, en Prospect-Hill, en Zuckertop, en el mismo Eberfurt…? ¿Las familias estarían allí más seguras? Desde que pusieran el pie en el rico dominio de la Tierra Prometida, los invasores lo recorrerían todo. ¿Sería, por tanto, preciso buscar refugio más secreto en las regiones desconocidas de la isla y se tendría la seguridad de que no fuera descubierto?

En estas circunstancias, mister Wolston propuso abandonar Felsenheim por el islote del Tiburón. Embarcándose en la chalupa, tras la punta de la bahía del Salvamento y marchando por la ribera de Falkenhorst, tal vez se llegaría al islote antes que las piraguas, y allí, al menos, protegidos por la batería, habría la posibilidad de defenderse si los indígenas intentaban poner el pie en el islote.

Por lo demás, si faltaba tiempo para transportar el material y las provisiones necesarias para una larga estancia, el depósito, provisto de lechos, podía albergar a las dos familias. Monsieur Zermatt cargaría en la chalupa los objetos de primera necesidad; y, por último, ya se sabe que el islote del Tiburón estaba plantado de nopales, cocoteros y otros árboles, que servía de parque a un rebaño de antílopes, y que una fuente limpia aseguraba agua abundante aun en la época de los más fuertes calores.

Nada había, pues, que temer durante algunos meses en lo que concernía a la alimentación. En cuanto a si los dos cañones de la batería bastarían para rechazar la flotilla si iba toda contra el islote… ¿quién lo podía decir?

Verdad que los indígenas debían ignorar el poder de aquellas armas de fuego, cuyas detonaciones sembrarían entre ellos horrible pánico, sin hablar de la metralla y de las balas que las dos piezas arrojarían contra ellos… Pero… si unos cincuenta conseguían desembarcar en el islote…

Aceptada la proposición de mister Wolston, no había instante que perder. Jack y Ernest condujeron la chalupa a la desembocadura del arroyo de los Chacales. Se transportó a ella algunas cajas de conservas, cazabe, arroz, harina y también armas y municiones Zermatt y su esposa, mister Wolston y la suya, Ernest y Annah embarcaron en ella, mientras que Jack lo hacia en su kayak, que permitiría, en caso de necesidad, establecer la comunicación entre el islote y el litoral.

Preciso fue dejar en Felsenheim a los animales, excepto a los perros, que siguieron a sus amos. Libres el chacal, el águila y el avestruz, ya sabrían buscar con qué alimentarse. En fin, la chalupa abandonó la desembocadura del río en el momento en que las piraguas se mostraban en el islote de la Ballena. Pero no corría el riesgo de ser vista en la parte de mar comprendida entre Felsenheim y el islote del Tiburón.

Mister Wolston y Ernest empujaron los remos y monsieur Zermatt se puso al timón en forma de aprovechar ciertos remolinos que hicieron caminar sin gran trabajo contra la marea que subía. No obstante, durante una milla hubo que luchar vigorosamente para no ser arrastrados hacia la bahía del Salvamento, y tres cuatros de hora después de su partida, la barca, deslizándose entre las rocas, anclaba al pie del montecillo de la batería.

En seguida se efectuó el desembarco de cajas, armas y diversos objetos traídos de Felsenheim, y que fueron depositados en el almacén. Mister Wolston y Jack subieron al cobertizo de la batería y se apostaron allí para vigilar las cercanías del islote.

No hay que decir que el pabellón fue quitado en seguida, aunque era de temer que los salvajes lo hubiesen visto, pues sus piraguas estaban solamente a distancia de una milla.

Era preciso ponerse a la defensiva en previsión de un ataque inmediato.

El ataque no se efectuó. Las piraguas, al llegar a la altura del islote, se dirigieron al sur, y la corriente las condujo hacia la desembocadura del arroyo de los Chacales. Después del desembarco fueron a buscar abrigo a la ensenada donde estaba anclada la pinaza.

Así estaban las cosas. Hacía quince días que los salvajes ocupaban Felsenheim y no parecía que se hubiesen entregado al pillaje la casa. No había sucedido así en Falkenhorst, y desde lo alto del montecillo monsieur Zermatt les vio acosar a los animales, después de haber devastado las habitaciones y los almacenes del patio.

No había duda de que la banda hubiese descubierto que el islote del Tiburón servía de refugio a los habitantes de la isla. Varias veces media docena de piraguas atravesaron la bahía del Salvamento, en dirección hacia el islote. Algunos proyectiles enviados por Ernest y Jack echaron a pique una o dos y pusieron en fuga a las otras. Pero desde este momento fue preciso vigilar día y noche. Lo que más debía temerse por lo difícil de rechazar, era un ataque nocturno.

He aquí por qué desde que su refugio fue conocido, monsieur Zermatt había izado nuevamente el pabellón en la punta del montecillo, para el caso poco probable de que pasara un navío por delante de la Nueva Suiza.

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Aufgabeamt: World Wide Web · Ziel: an Bord der Nautilus

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