XXXI
A LA MAÑANA SIGUIENTE - INSTALACIONES EN EL DEPÓSITO CENTRAL - PASAN CUATRO DÍAS - APARICIÓN DE LAS PIRAGUAS - ESPERANZA FALLIDA - ATAQUE NOCTURNO - LOS ÚLTIMOS CARTUCHOS - UN CAÑONAZO EN ALTA MAR.
Las últimas horas de la noche del 24 al 25 de enero pasáronse conversando. ¡Tenían nuestros amigos tantas cosas que decirse, tantos recuerdos que evocar, tantos temores por lo por venir! Nadie pensó en dormir y nadie durmió, a excepción de Bob. No hay que decir que hasta el alba monsieur Zermatt y sus compañeros no abandonaron la vigilancia que se necesitaba, y que se relevaron junto a los cañones, cargados con bala el uno y con metralla el otro.
Efectivamente; lo más peligroso hubiera sido un ataque nocturno, si los indígenas conseguían desembarcar antes de ser vistos.
El islote del Tiburón, más grande que el de la Ballena, situado una legua al norte de la bahía de los Flamencos, formaba un óvalo de dos mil seiscientos pies de longitud por setecientos de anchura, o sea, un perímetro de unos tres cuartos de legua.
Durante el día la vigilancia era fácil; y como importaba extremarla durante la noche, se decidió, a propuesta del capitán Gould que se rondase por las playas.
Cuando amaneció, no se había notado nada sospechoso. Aunque los salvajes no ignorasen que el islote estaba provisto de una pequeña guarnición, no era fácil que supusiesen que estaba reforzada desde la víspera, y que, por tanto, podía oponerles más formal resistencia. Sin embargo, no tardarían en advertir que una de sus piraguas había desaparecido, precisamente la que había conducido al capitán Gould y a los suyos desde la playa de Falkenhorst al islote del. Tiburón.
– Tal vez pensarán —dijo Fritz— que la canoa ha sido arrastrada por la marea descendente…
– De todos modos, amigos míos —respondió monsieur Zermatt—, vigilemos con cuidado. Mientras el islote no sea invadido, nada tenemos que temer. Aunque seamos quince personas, nuestra alimentación está asegurada por largo tiempo con las reservas del depósito, sin hablar del rebaño de antílopes. La fuente no se agotará, y de municiones estamos bien provistos, a menos que los ataques sean muy reiterados.
– ¡Qué diablo! —exclamó John Block—. Esos monos sin cola no estarán eternamente en la isla.
– ¿Quién sabe? —respondió madame Zermatt—. Si se han instalado en Felsenheim no la abandonarán… ¡Ah…! ¡Nuestra querida casa, dispuesta para recibiros a todos… y ahora en su poder…!
– Madre… —respondió Jenny—. No creo que hayan destruido nada en Felsenheim, pues ningún interés les iba en ello. Encontraremos nuestra casa en buen estado, y volveremos a nuestra vida de antes… con la ayuda de Dios.
– De Dios —añadió François— que no nos abandonará, después de habernos reunido como por milagro…
– ¡Ah…! ¡Si yo fuese capaz de hacer uno…! —exclamó Jack.
– ¿Cuál, haríais? —preguntó el contramaestre.
– En primer lugar —respondió el joven—, obligaría a esos malditos a marcharse antes de desembarcar en el islote…
– Bueno… ¿y después? —preguntó Harry Gould.
– Después, capitán, si persistiesen en infestar nuestra isla con su presencia, haría que en oportuno momento apareciesen la Licorne o los otros barcos en la entrada de la bahía del Salvamento.
– Pero eso, querido Jack —dijo Jenny—, no sería un milagro, pues es natural eventualidad… Uno de estos días oiremos el cañonazo que salude a la nueva colonia inglesa.
– Y hasta es extraño que aún no haya aparecido ningún barco —dijo mister Wolston.
– ¡Paciencia! —respondió John Block—. Todo llega cuando debe llegar.
– ¡Dios lo quiera! —dijo suspirando madame Zermatt, cuya confianza estaba amenguada por tantas pruebas.
Resultaba, pues, que tras haber organizado su existencia en la Nueva Suiza, después de haber aprovechado sus recursos naturales y haberla hecho aún más rica con el trabajo y la inteligencia, las dos familias veíanse en el trance de volver a empezar su faena en un islote de la misma isla. ¿Cuánto tiempo estarían allí prisioneros? ¡Y qué fácil era que cayeran en manos de sus enemigos si no les llegaba socorro de fuera! Procedióse a una instalación que duraría semanas, meses quizá.
El almacén era bastante capaz para albergar a quince personas: madame Zermatt y mistress Wolston, Jenny Suzan y su hijo, Annah y Doll se acostarían en los lechos del segundo departamento, y los hombres ocuparían el primero.
En aquella época del verano las noches eran aún templadas.
Algunas brazadas de hierba secada al sol bastaría para los hombres, que de la noche a la mañana se turnarían en la vigilancia que la situación imponía.
De la cuestión del alimento, como monsieur Zermatt había dicho, no había que inquietarse, Se disponía de arroz, yuca, harina, conservas de carnes ahumadas y de pescado seco, salmones y arenques, sin hablar del pescado fresco, que se cogería al pie de las rocas, Había recursos para seis meses. Los nopales y cocoteros daban abundantes frutos. Dos barriles permitirían adicionar algunas gotas de brandy al agua fresca y limpia de la fuente.
Lo que podría llegar a escasear —y no dejaba de ser grave— eran las municiones, por más que la chalupa hubiera llevado bastantes; y si lo persistente de los ataques hacía que las balas o la pólvora faltasen, la defensa sería imposible.
Mientras monsieur Zermatt y Ernest se ocupaban en la instalación, mister Wolston, Harry Gould, el contramaestre, Fritz, Jack y François recorrieron el islote del Tiburón, Por casi todos sus lados era fácilmente abordable por las playas. La parte mejor definida era la que dominaba el montecillo de la batería, elevado al extremo sudoeste, frente a la bahía del Salvamento. Al pie se amontonaban enormes bloques, en los que hubiera sido muy difícil desembarcar. Verdad que por todas las demás partes, embarcaciones tan ligeras como las piraguas encontrarían suficiente agua para hacer fácil el arribo. Era, pues, preciso vigilar las cercanías del islote.
Visitándolo, Fritz y François pudieron advertir el buen estado de las plantaciones. Los pastos eran abundantes, y sobre ellos saltaban los antílopes, Numerosos pájaros llenaban el espacio con sus cánticos. Un cielo magnífico derramaba su luz y su color sobre la mar. ¡Cuán deliciosa hubiera parecido la frescura de las sombras de Falkenhorst y Felsenheim!
Al siguiente día de aquel en que las dos familias se habían refugiado en el islote, llegó a éste un pájaro, que fue muy bien recibido. Era el albatros de la Roca Humeante, el que Jenny había encontrado en la bahía de las Tortugas, y el que desde lo alto del pico de Jean Zermatt había tendido el vuelo hacia la Tierra Prometida. A su llegada, el cordel que aún rodeaba una de sus patas atrajo la atención de Jack, que lo cogió sin necesidad de gran esfuerzo… Pero aquella vez el pájaro no llevaba noticia alguna.
Fritz, François, el capitán Gould, mister Wolston, Jack y el contramaestre subieron a la batería. Desde lo alto del montecillo la mirada, que no era detenida por ningún obstáculo, se extendía al norte hasta el cabo de la Esperanza Perdida, al este hasta el cabo de este nombre, y al sur hasta los últimos límites de la bahía del Salvamento. En dirección oeste, a distancia de tres cuartos de legua, se desarrollaba la ribera entre la desembocadura del arroyo de los Chacales y el bosque de Falkenhorst. Más allá hubiera sido difícil reconocer si los indígenas recorrían o no el campo a través del distrito de la Tierra Prometida.
En aquel momento, a la entrada de la bahía del Salvamento, algunas piraguas dirigidas por pagayas, tomaban la alta mar, sin aventurarse al alcance de las piezas de la batería.
Los salvajes no ignoraban el peligro a que se exponían aproximándose al islote del Tiburón, y seguramente, si intentaban desembarcar, no lo harían más que en noche muy oscura.
Observando la alta mar hacia el norte, no se veía más que la inmensidad desierta… y por aquel lado era por donde hubiera podido aparecer la Licorne u otro barco enviado de Inglaterra.
Fritz, François, Harry Gould y John Block, después de asegurarse de que la batería estaba en disposición, de hacer fuego con sus dos cañones, se disponían a bajar, cuando el capitán. Gould preguntó:
– ¿No hay un depósito de pólvora en Felsenheim?
– Sí —respondió Jack—, ¡y quiera Dios que estuviera aquí…! Son precisamente los tres barriles que nos dejó la Licorne.
– ¿Y dónde están?
– En una grieta que nos sirve de polvorín, en el fondo del huerto…
– Tal vez —dijo el contramaestre adivinando la idea de su capitán—, esos miserables han descubierto el polvorín.
– Es de temer —respondió mister Wolston.
– Lo que sobre todo es de temer —dijo el capitán Gould— es que, en su ignorancia, los salvajes cometan una imprudencia y hagan volar la casa.
– ¡Y ellos con ella…! —exclamó Jack—. ¡Vaya… aunque Felsenheim se hundiese por efecto de la explosión, eso lo resolvería todo, y los que escaparan supongo que abandonarían nuestra isla sin que les quedasen ganas de volver!
Posible era. ¿Pero debía desearse que este hecho no se realizara ni aun para librar a la Nueva Suiza de sus invasores?
Dejando al contramaestre de guardia en la batería, los demás volvieron al depósito. Comieron juntos… ¡y qué alegría hubiera habido si los comensales estuvieran reunidos en el salón de Felsenheim!
No es preciso extenderse sobre la monotonía de los días que se siguieron, 25, 26, 27 y 28 de enero, que no trajeron cambio a la situación. Salvo en lo que se refería a la vigilancia del islote, no se sabía en qué ocupar las largas horas. ¡Ah, qué diferencia y qué júbilo habrían sentido todos si la Licorne no se hubiera visto obligada a hacer escala en El Cabo para reparar sus averías, lo que trajo como consecuencia el embarque de sus pasajeros en el Flag…! ¡Desde dos meses antes parientes y amigos hubieran estado instalados en Felsenheim! Y efectuado ya el matrimonio de Fritz y Jenny… ¿quién sabía si el de Ernest y Annah no estaría a punto de ser celebrado por el capellán de la corbeta en la capilla de Felsenheim? Y probablemente más tarde, cuando Doll hubiera cumplido sus dieciocho años, se hubiera celebrado otro, en el que François representaría el principal papel, con extrema satisfacción de ambas familias, que decididamente estaban destinadas a formar una sola…
Pero en las circunstancias actuales no podía pensarse en la realización de aquellos proyectos, tan ardientemente deseados.
¿Cómo mirar sin espanto los peligros que traía la presencia de los indígenas en la isla, cuando no se disponía más que de aquel islote, del que ellos quizás no tardarían mucho en apoderarse?
Sin embargo, todos luchaban contra su propio desaliento. John Block no había perdido su habitual buen humor. Dábanse grandes paseos por las plantaciones. Se vigilaba la bahía del Salvamento, aunque mientras era de día no era de esperar el ataque de las piraguas. Con la noche volvían todas las inquietudes.
Mientras las mujeres permanecían en el segundo compartimiento del depósito, los hombres rondaban por las playas, prestos a reunirse al pie del montecillo si los agresores se aproximaban al islote.
El 29 de enero por la mañana nada se advirtió aún. El sol se alzaba sobre un horizonte libre de brumas. El día sería bastante caluroso, y hasta la noche apenas si soplaría la brisa del mar.
Después del almuerzo, Harry Gould y Jack, abandonando el almacén, fueron a relevar a Ernest y a mister Wolston, que estaban de guardia en la batería.
Iban a bajar estos últimos cuando el capitán Gould les detuvo, diciendo:
– Mirad… Varias piraguas aparecen en la desembocadura del arroyo de los Chacales…
– Probablemente irán a pescar como todos los días —dijo Ernest—, y cuidarán de no ponerse a tiro de nuestros cañones.
– ¡Eh! —exclamó Jack que observaba aquella parte de la bahía con el catalejo—. Esta vez las piraguas son numerosas… Esperad… Cinco… seis… nueve… Aún dos más que salen de la ensenada… once… ¡doce…! ¿Es que toda la flotilla va de pesca?
– ¿O es que se disponen a atacarnos? —añadió mister Wolston.
– Tal vez… —respondió Ernest.
– Estemos alerta y prevengamos a nuestros compañeros —dijo Harry Gould.
– Veamos primero a qué lado se dirigen esas piraguas —respondió mister Wolston.
– Y en todo caso estemos dispuestos a hacer fuego con nuestra artillería —añadió Jack.
Durante el tiempo que Jack permaneció entre los salvajes en la bahía de los Elefantes, había observado que el número de las piraguas era el de quince, y que cada una podía llevar siete u ocho hombres. Precisamente se pudo observar que una docena de estas embarcaciones acababa de doblar la punta de la ensenada; y con ayuda del catalejo parecía también, que llevaban a bordo a toda la banda, y que no debía de quedar un solo indígena en Felsenheim.
– ¿Abandonarán al fin la isla? —exclamó Jack.
– No es probable —respondió Ernest—. Querrán visitar el islote del Tiburón…
– ¿A qué hora empieza la marea? —preguntó el capitán Gould.
– A la una y media —respondió mister Wolston.
– Entonces no tardará en dejarse sentir; y como favorecerá la marcha de las piraguas, pronto sabremos a qué atenernos.
Entretanto Ernest fue a poner a su padre, a sus hermanos y al contramaestre al tanto de lo que sucedía, y todos acudieron a la batería.
Era poco más de la una, y al comenzar la marea descendente las piraguas no avanzaban más que con gran lentitud a lo largo del litoral del este, permaneciendo tan alejadas como era posible del islote, a fin de evitar los proyectiles cuyo poder ya conocían.
– ¡Ah…! ¡Sí se tratase de una partida definitiva! —repetía François.
– ¡Pues, buen viaje! —dijo Jack.
– ¡Y mucho gusto en no volverles a ver más! —añadió John Block.
Todavía nadie osaba admitir tan feliz eventualidad. ¿No esperaban las piraguas que la marea estuviera bien establecida para acercarse al islote?
Fritz y Jenny, juntos, miraban sin pronunciar palabra, no atreviéndose a creer que el desenlace de la situación estaba tan próximo.
Madame Zermatt y mistress Wolston, Suzan, Annah y Doll rezaban en voz baja.
Al fin, pareció que las piraguas sentían la acción de la marea descendente. Su velocidad aumentó, sin que cesasen de seguir a lo largo de la costa, como si el proyecto de los indígenas fuera doblar el cabo del Este.
A las tres y media, la flotilla se encontraba a medio camino de la bahía del Salvamento. A las seis, no había que conservar duda alguna. Después de haber dado la vuelta al cabo la última embarcación, desapareció.
Ni monsieur Zermatt ni ninguno de los suyos habían abandonado un instante el montecillo.
¡Qué alivio sintieron cuando no hubo a la vista ni una sola piragua! La isla estaba al fin libre de los salvajes… Las dos familias iban a poder trasladarse a Felsenheim, donde tal vez no habría que hacer más que insignificantes reparaciones… No se ocuparían más que en espiar la aparición de la Licorne. Las últimas angustias serían olvidadas…
– ¿Partimos para Felsenheim? —exclamó Jack, en su impaciencia por abandonar el islote.
– Sí… Sí —respondió Doll, no menos impaciente.
François se unió a ellos.
– ¿No sería mejor esperar a mañana? —dijo Jenny—. ¿Qué opinas tú, querido Fritz?
– Lo que piensan sin duda mister Wolston, el capitán Gould y mi padre — respondió Fritz—. Que debernos pasar la noche próxima en el islote.
– Efectivamente —añadió monsieur Zermatt—. Antes de regresar a Felsenheim debemos estar seguros de que los salvajes no piensan en volver.
– ¡Bah…! ¡Ya se fueron al diablo! —exclamó Jack—. Y el diablo no suelta a los que tiene entre sus garras. ¿No es verdad, Block?
– Sí… a veces —respondió éste. A pesar de las instancias de Jack, se decidió esperar hasta el siguiente día. Todos se reunieron para comer. La comida fue alegre, y acabada la velada, nadie pensó en otra cosa que en descansar. Todo hacía creer que aquella noche sería tan tranquila como tantas otras pasadas en las casas de Felsenheim y Falkenhorst. No obstante, ni monsieur Zermatt ni sus compañeros quisieron separarse de sus hábitos de prudencia, por más que con la partida de las piraguas parecía que todo peligro había desaparecido. Convínose, pues, que los unos rondarían, mientras que los otros permanecerían vigilando en la batería. Una vez que madame Zermatt, mistress Wolston, Jenny, Doll, Annah, Suzan y Bob entraron en el depósito, Jack, Ernest, François y John Block con los fusiles al hombro, ganaron la extremidad norte del islote. Fritz y el capitán Gould subieron al montecillo y se instalaron bajo el cobertizo, pues su guardia debía durar hasta el amanecer. Mister Wolston, monsieur Zermatt y James permanecieron en el depósito, donde podrían dormir hasta el alba. La noche era sombría, sin luna. El espacio se llenaba de los vapores que despedía la tierra tras los calores del día. La brisa cayó al llegar la noche. Reinaba un profundo silencio. Sólo se percibía el ruido de la resaca de la marea ascendente, que había comenzado a las ocho. Harry Gould y Fritz, sentados el uno junto al otro, llevaban sus recuerdos a todos los sucesos felices o desgraciados que se habían sucedido desde el abandono del Flag. De vez en cuando uno de los dos salía, dando la vuelta por la meseta de la batería, fijando la mirada en el sombrío brazo de mar comprendido entre los dos cabos. Hasta las dos de la madrugada nada turbó la profunda soledad; pero a dicha hora el capitán y Fritz fueron interrumpidos en su plática por el ruido de una detonación.
– ¡Un tiro! —dijo Harry Gould.
– Sí… y ha sido disparado en esa parte —respondió Fritz, indicando el nordeste del islote.
– ¿Qué pasará? —exclamó el primero. Ambos se precipitaron fuera del cobertizo, y procuraron distinguir alguna luz en medio de aquella profunda oscuridad. Oyéronse entonces otros dos tiros a menor distancia que el primero.
– Las piraguas han vuelto —dijo Fritz.
Y dejando a Harry Gould en la batería, descendió apresuradamente hacia el depósito.
Monsieur Zermatt y mister Wolston, que habían oído las detonaciones, estaban ya en el umbral.
– ¿Qué hay? —preguntó monsieur Zermatt.
– Temo, padre mío, que los salvajes hayan intentado desembarcar… —respondió Fritz.
– ¡Y esos miserables lo han conseguido! —exclamó Jack, que apareció con el contramaestre y Ernest.
– ¿Están en el islote? —preguntó entonces mister Wolston.
– Sus piraguas han arribado a la punta del nordeste en el momento en que nosotros llegábamos a ella… —dijo Ernest—, y nuestras descargas no han conseguido alejarles… No queda más…
– ¡Qué defenderse! —concluyó el capitán Gould.
Jenny, Doll, Annah, Suzan, madame Zermatt y mistress Wolston acababan de dejar su cuarto. Bajo el temor de un ataque inmediato, fue preciso llevar lo que se podía de armas, municiones y provisiones y ganar la batería a toda prisa.
Resultaba, pues, que la partida de las piraguas había sido un engaño. Los salvajes quisieron hacer creer que habían abandonado definitivamente la isla; y después, aprovechando la marea ascendente, habían vuelto al islote del Tiburón, donde esperaban sorprenderles. La maniobra había resultado; pues aunque su presencia fuera conocida y se les recibiera a tiros, ocupaban la punta del islote y les sería fácil llegar al centro.
La situación se había, pues, agravado, y hasta se podía considerar como desesperada, toda vez que las piraguas habían podido desembarcar a toda la banda. Imposible era que monsieur Zermatt y sus compañeros opusieran seria resistencia a tan numerosos invasores. No se hacían ilusiones respecto a la suerte que les esperaba. Cuando las municiones y provisiones les faltasen tendrían que sucumbir.
Sucediera lo que sucediera, no quedaba más recurso que refugiase en el montecillo junto a la batería. Allí solamente podrían defenderse. Madame Zermatt, mistress Wolston, Jenny, Annah, Doll, Suzan y su hijo buscaron refugio en el cobertizo, bajo el cual estaban los dos cañones. No dejaban escapar una queja, y se esforzaban en contener su angustia.
Por un instante monsieur Zermatt tuvo la idea de transportarlas a la ribera de Falkenhorst con la chalupa. Pero ¿qué sería de aquellas pobres mujeres si el islote era invadido y sus compañeros no podían reunirse con ellas? Además, ellas no hubiesen jamás consentido en la separación.
Eran poco más de las cuatro cuando un leve ruido de pasos indicó la presencia de los salvajes a distancia de unas cien toesas. El capitán Gould, monsieur Zermatt, mister Wolston, Ernest, François, James y el contramaestre, armados con sus carabinas, estaban dispuestos a hacer fuego, mientras que Fritz y Jack, con la mecha encendida junto a las dos piezas, no esperaban más que el momento de cubrir de metralla los alrededores del montecillo.
Cuando las sombras negras se dibujaron a las primeras luces del día, el capitán Gould mandó en voz baja disparar en aquella dirección.
Siete u ocho detonaciones estallaron, seguidas de horribles gritos, prueba de que más de una bala había dado en el blanco… Después de este recibimiento, ¿los invasores se darían a la fuga o se precipitarían al asalto de la batería? En todo caso, los fusiles, cargados inmediatamente, les abrasarían a balazos, y a éstos se unía la metralla de los cañones.
Hasta el amanecer hubo que rechazar tres ataques. El último permitió a unos veinte indígenas ganar la cresta del montecillo. Aunque regular número de ellos quedasen mortalmente heridos, las carabinas no bastaron para detener a los otros, y sin una doble descarga de artillería hubiéranse apoderado de la batería.
Al llegar el día la banda se retiró bajo los árboles, cerca del almacén, quizá para esperar la noche.
Desgraciadamente, monsieur Zermatt y los suyos habían gastado muchos cartuchos…, ¿y qué sucedería cuando no quedasen más que municiones para los cañones, que no podían ser dirigidos hada la base del montecillo?
Celebróse un consejo para estudiar la situación en todos sus aspectos. Si era imposible prolongar mucho tiempo la resistencia en las condiciones dichas, ¿no había posibilidad de abandonar el islote del Tiburón, de desembarcar en la playa de Falkenhorst y de buscar refugio en el interior de la Tierra Prometida o en alguna otra parte de la isla? ¿O sería mejor arrojarse en medio de los salvajes, y aprovechando la superioridad de las carabinas sobre los arcos y flechas, obligarles a darse de nuevo a la mar?
Pero monsieur Zermatt y sus compañeros no eran más que nueve contra los cien hombres que rodeaban el montecillo.
En aquel instante, y como respuesta a la última proposición, el espado se llenó del silbido de las flechas, de las que algunas se clavaron en el cobertizo, sin herir a nadie, afortunadamente.
– El ataque va a comenzar de nuevo —dijo John Block.
– ¡Estemos dispuestos! —respondió Fritz.
La agresión esta vez fue de gran violencia, pues los salvajes, enfurecidos, no temían ya exponerse a las balas y a la metralla. Además, las municiones comenzaban a faltar y el fuego era más moderado. Varios de los salvajes, trepando por el montecillo, consiguieron llegar al cobertizo. Una doble descarga de los cañones barrió a algunos de los salvajes, mientras que Fritz, Jack, François, James y John Block luchaban cuerpo a cuerpo con los otros. Los salvajes volvieron todos a la embestida, pasando por encima de los cadáveres. No hacían uso de sus arcos, sino de un arma, mitad hacha, mitad maza, terrible en sus manos. Era evidente que la lucha tocaba a su fin. Las últimas balas habían sido disparadas, y el mayor número debía vencer. Monsieur Zermatt y sus compañeros intentaron resistir en tomo del cobertizo, que no tardaría en ser invadido… En su lucha con varios salvajes, Fritz, François, Jack y Harry Gould corrían el riesgo de ser arrastrados a la base del montecillo. La lucha terminaría pronto, y con la victoria vendría la matanza de nuestros amigos, que no podían esperar piedad de aquellas feroces gentes. En este instante, las ocho y veinticinco, una detonación, traída por el viento del norte, que soplaba más recio, resonó en alta mar. Los salvajes la oyeron… Los que estaban más avanzados se detuvieron de golpe. Fritz, Jack y los demás subieron en seguida a la batería, algunos ligeramente heridos.
– ¡Un cañonazo! —exclamó François.
– ¡Y un cañonazo de un barco…! ¡Los conozco bien! —exclamó el contramaestre.
– ¡Hay un navío ante la isla! —dijo monsieur Zermatt.
– Es la Licorne —respondió Jenny.
– ¡Y Dios quien la envía! —murmuró François. Los ecos de Falkenhorst repercutieron otra detonación más cercana, y esta vez los salvajes retrocedieron hasta llegar bajo los árboles. Jack entonces se lanzó al mástil del pabellón, y ligero como un gaviero trepó hasta la punta.
– ¡Navío! ¡Navío! —gritó. Todas las miradas se dirigieron al norte. Por encima del cabo de la Esperanza Perdida, tras su punta, se dibujaban las altas velas de un barco, hinchadas por el viento de la mañana. Un tres mástiles, amuras a babor, maniobraba para doblar aquel cabo, que desde entonces recibió el nombre de cabo del Rescate. Este navío mostraba el pabellón de la Gran Bretaña. Madame Zermatt y mistress Wolston, Jenny, Annah, Doll y Suzan acababan de salir del cobertizo, levantando las manos al cielo en señal de agradecimiento.
– ¿Y esos bandidos? —preguntó Fritz.
– ¡En fuga! —respondió Jack, que acababa de deslizarse a lo largo del mástil.
– Sí… En fuga —respondió John Block—, y si no van deprisa les ayudaremos con nuestras últimas balas de a cuatro.
En efecto; sorprendidos por las detonaciones que llegaban del norte, espantados por la aparición del navío, los salvajes se habían precipitado a la parte del mar donde les esperaban sus piraguas… Embarcáronse en ellas, y bogando con gran prisa procuraron llegar a alta mar, dirigiéndose al cabo del Este.
El contramaestre y Jack volvieron al cobertizo y colocaron las dos piezas en aquella dirección, y tres piraguas, tocadas por las balas, se fueron a pique.
En el momento en que el navío se dirigía hacia el islote del Tiburón, los proyectiles de sus piezas se unieron a los de la batería. La mayor parte de las piraguas procuraron en vano escapar, y solamente dos consiguieron desaparecer tras el cabo para no volver nunca.