Segunda patria

XXIX

DIVERSAS HIPÓTESIS - LO QUE HABÍA QUE HACER - EL ISLOTE DEL TIBURÓN - RECONOCIMIENTO HASTA LA PLAYA - UNA CANOA ABANDONADA - EL EMBARQUE -

¡NO TIRAR!

Eran entonces las dos y media de la tarde. El follaje del nopal era tan espeso, que los rayos del sol, casi perpendiculares, no conseguían traspasarlo. Fritz y sus compañeros no corrían el riesgo de ser vistos en la morada aérea de Falkenhorst, desconocida aún por los salvajes que habían desembarcado en la isla.

Cinco hombres, medio desnudos, de piel negra, como los naturales de Australia Occidental, armados de arcos y flechas, avanzaban por la avenida. No podía dudarse de que en la Tierra Prometida hubiera más de su especie. ¿Pero, qué había sido de monsieur Zermatt y de los suyos? ¿Habían podido huir…? ¿Habían sucumbido en la lucha?

No podía, en efecto, suponerse, como hizo notar John Block, que el número de los indígenas llegados a la isla se redujese a aquella media docena de hombres. Con tal inferioridad numérica nada hubieran podido hacer contra monsieur Zermatt, los dos hijos de éste y mister Wolston, aun en el caso de una sorpresa.

Se trataba de toda una banda, a bordo de su flotilla de piraguas, que había invadido la Nueva Suiza. Flotilla que, al presente, sin duda estaba anclada en la ensenada con la chalupa y la pinaza; y si no se la veía desde lo alto de Falkenhorst, era porque por esta parte la mirada era detenida por la punta de la bahía del Salvamento.

¿Y dónde estaban las familias Zermatt y Wolston? Toda vez que no se las había hallado ni en Falkenhorst ni en sus alrededores, ¿debía deducirse que estuvieran prisioneras en Felsenheim, que no hubieran tenido ni tiempo ni posibilidad de buscar refugio en las otras granjas, o que habían sido sacrificadas por los salvajes?

Todo se explicaba ahora: las devastaciones de Falkenhorst, el abandono en que se encontraba la parte de la Tierra Prometida, entre el canal del lago de los Cisnes y el litoral, Fritz, François y Jenny no podían recibir golpe más duro; lo mismo que James, su mujer y su hermana. ¿Cómo conservar una esperanza que no fuese muy débil? Así es que mientras Harry Gould y el contramaestre no perdían de vista a los salvajes, los otros daban curso a sus lágrimas y a su desesperación.

Quedaba una última hipótesis: ¿se habrían refugiado las dos familias en la parte oeste, más allá de la bahía de las Perlas? Suponiendo que hubiesen visto las piraguas desde lejos, a través de la bahía del Salvamento, ¿no habían tenido tiempo para huir, llevándose armas y provisiones…? Ninguno se atrevía a creerlo.

Harry Gould y John Block continuaban observando a los salvajes que se acercaban. ¿Se disponían a penetrar en el corral primero, y después en la casa ya visitada y saqueada por ellos? ¿No se podía temer que al cabo descubriesen la puerta de la escalera? En este caso, puesto que los salvajes no eran más que cinco o seis, no costaría mucho trabajo desembarazarse de ellos; al aparecer en la plataforma, sorprendidos uno a uno, serían arrojados por la balaustrada… Una caída de cuarenta a cincuenta pies…

– ¡Y si después del salto —dijo el contramaestre— les quedan piernas para ir a Felsenheim, será que estos animales tienen más de gatos que de monos!

Cuando llegaron al final de la avenida los cinco hombres, se detuvieron. Fritz, Harry Gould y Block no perdieron uno solo de sus movimientos… ¿Qué iban a hacer en Falkenhorst? ¿No descubrirían la casa aérea y también a los que entonces la ocupaban…? ¿Y no vendrían en mayor número haciendo imposible la resistencia?

Franqueado el claro, los salvajes se dirigieron a la empalizada, a la que dieron la vuelta. Tres de ellos se introdujeron en el corral, colocándose bajo un cobertizo de la izquierda, del que salieron en seguida, llevando algunos aparejos de pesca que había en este sitio.

– ¡Mal educados están esos canallas! —murmuró el contramaestre—. Ni siquiera piden permiso…

– ¿Tendrán alguna canoa en la playa e irán a pescar? —dijo Harry Gould.

– No tardaremos en saberlo, mi capitán —respondió John Block.

Los tres hombres acababan de reunirse con sus compañeros; y siguiendo por una senda bordeada de espinos, que limitaba la ribera derecha del río de Falkenhorst, descendieron hacia la mar.

No se les perdió de vista hasta el momento en que llegaron a la quebrada, por la que corría el río hasta su desembocadura en la bahía de los Flamencos.

Pero cuando dieron la vuelta por la izquierda ya no fueron visibles y sólo podrían serlo si ganaban la alta mar… Era probable que tuviesen una embarcación en la playa, como también que se sirviesen de ella habitualmente para la pesca en los alrededores de Falkenhorst.

Mientras que Harry Gould y John Block quedaban en observación, Jenny, dominando el dolor, que en Doll y Suzan se manifestaba por suspiros y lágrimas, dijo a Fritz:

– Amigo mío… ¿qué hacemos?

Fritz miró a su esposa sin saber qué responder.

– Eso es lo que vamos a decidir —declaró el capitán Gould—. Pero, antes de nada, diré que me parece inútil que permanezcamos en el balcón, donde corremos el peligro de ser descubiertos.

Una vez en el interior de la casa, y mientras Bob, fatigado por la larga jornada, dormía en una alcoba próxima, dijo Fritz, respondiendo a la pregunta que momentos antes le había hecho su esposa:

– Querida Jenny… No… No se ha perdido toda esperanza de encontrar a nuestras familias. Es posible… muy posible que no hayan sido sorprendidas… Mi padre y mister Wolston habrán visto a lo lejos las piraguas de los salvajes… Tal vez han tenido tiempo de refugiarse en alguna de las granjas, y quizás en el fondo de los bosques de la bahía de las Perlas, donde los salvajes no se habrán aventurado. Al abandonar la granja de Eberfurt, después de atravesar el canal, no hemos encontrado huella de su paso… Mi opinión es que no han intentado alejarse del litoral.

– Así me parece también a mí —añadió Harry Gould—, y a mi juicio, monsieur Zermatt y mister Wolston han huido con sus familias.

– Sí… ¡Yo lo afirmaría…! —declaró Jenny—. ¡Querida Doll… Suzan, no os desesperéis… no lloréis más! ¡Volveréis a ver a vuestro padre, a vuestra madre, como nosotros, Fritz, volveremos a ver a los tuyos… y a los vuestros, James!

Expresábase la joven con convicción tan grande, que, oyéndola, volvía a todos la esperanza. François tomó una de las manos de ella, y le dijo:

– ¡Dios habla por tu boca, querida Jenny!

Reflexionando bien en el caso, como dijo el capitán, era poco probable que Felsenheim hubiera sido sorprendido por el ataque de los naturales, puesto que las piraguas no podían haber atracado de noche en aquella tierra que ellos desconocían. Habrían arribado durante el día, ya por el este, ya por el oeste, dirigiéndose a la bahía del Salvamento; y, teniendo en cuenta la disposición del brazo de mar comprendido entre el cabo del Este y el cabo de la Esperanza Perdida, lo lógico era que hubieran sido vistas por monsieur Zermatt y mister Wolston, Ernest o Jack, con tiempo suficiente para buscar refugio en cualquier otra parte de la isla.

– Además —añadió Fritz—, si el desembarco de esas gentes es reciente, tal vez nuestras familias no estarían en Felsenheim. ¿No es ésta la época en que teníamos la costumbre de visitar nuestras granjas? Si no los hemos encontrado en Eberfurt, tal vez estén en Waldegg, en Prospect-Hill, en Zuckertop…

– Dirijámonos primero a Zuckertop —propuso François.

– Así lo debemos hacer… pero no antes de la noche… —respondió John Block.

– ¡Sí…! ¡Al instante… al instante…! —repitió François, que no quería escuchar nada—. Yo puedo ir solo… Dos leguas y media de ida, y otro tanto de vuelta… En tres horas vuelvo y sabremos a qué atenernos…

– ¡No, François, no…! —dijo Fritz—. Yo te suplico que no te separes de nosotros… Sería una imprudencia… Y si es preciso, como hermano mayor, ¡te lo mando!

– Fritz… ¿tú quieres impedirme…?

– Quiero impedirte que cometas una imprudencia.

– François… François… —dijo Doll con suplicante voz—. ¡Escuchad a vuestro hermano…! ¡Yo os lo ruego!

François, resuelto a partir, se preparaba a bajar.

– ¡Sea…! —dijo el contramaestre, que creyó deber intervenir—. Puesto que hay pesquisas que practicar, hagámoslas sin esperar a la noche… Pero ¿por qué no ir todos juntos a Zuckertop?

– Venid… —dijo François.

– Mas —añadió el contramaestre dirigiéndose a Fritz—, ¿es que debemos dirigirnos a Zuckertop?

– ¿Dónde, si no? —preguntó Fritz.

– ¡A Felsenheim! —respondió John Block.

Y este nombre produjo el resultado de cambiar el curso del debate.

Realmente, si monsieur Zermatt y mister Wolston, sus mujeres y sus hijos habían caído en manos de los naturales, y sus vidas habían sido respetadas, allí debían encontrarse, puesto que la humareda percibida indicaba que Felsenheim estaba habitado.

– ¿Ir a Felsenheim…? Bien… —respondió el capitán Harry Gould—. ¿Pero ir todos…?

– ¿Todos…? No… —respondió Fritz—. Dos o tres de nosotros, y cuando llegue la noche.

– ¿Cuándo llegue la noche…? —repuso François, cada vez más obstinado en su idea—. Yo voy ahora…

– Pero mientras sea de día, ¿cómo esperas escapar de esos salvajes que rodean los alrededores? —dijo Fritz—. Y si lo consigues, ¿cómo entrarás en Felsenheim si ellos lo ocupan en este momento?

– No lo sé, Fritz, pero lograré enterarme de si nuestras familias están allí, y después volveré.

– Mi querido François —dijo Harry Gould—, comprendo vuestra impaciencia y participo de ella. Pero debéis rendiros a nuestra opinión, que está dictada por la prudencia. Si esos salvajes se apoderan de vos, dada la señal de alarma se pondrían en nuestra busca, y no estaríamos seguros ni en Waldegg ni en ninguna parte.

En efecto, la situación sería muy comprometida, y allí donde se refugiaran Fritz y sus compañeros, los indígenas acabarían por descubrirlos.

Fritz consiguió hacer entrar en razón a su hermano, y éste se sometió a la autoridad del que tal vez era el jefe de la familia.

Se esperaría, y cuando llegase la noche, François y el contramaestre abandonarían Falkenhorst. Era mejor que fuesen dos los que practicaran aquel reconocimiento, que presentaba bastantes peligros. Deslizándose a lo largo del seto vivo que bordeaba la avenida, ambos procurarían llegar al arroyo de los Chacales. Si el puente estaba quitado, pasarían a nado el río e intentarían penetrar por el huerto en el cercado de Felsenheim.

Por una de las ventanas sería fácil ver si la familia estaba allí encerrada. Si no lo estaba, François y John Block volverían a Falkenhorst y se procuraría llegar a Zuckertop antes del amanecer.

¡Con qué lentitud transcurrieron las horas! El capitán Gould y sus compañeros nunca se habían sentido más enervados, ni aun cuando el abandono de la chalupa en aquellos parajes desconocidos, ni cuando la barca se hizo pedazos contra las rocas de la bahía de las Tortugas, ni cuando los náufragos, y entre ellos tres mujeres y un niño, se vieron amenazados de una invernada sobre aquella costa árida, en el fondo de una prisión de la que no podían salir. Por lo menos, en medio de tantas pruebas, no habían hasta entonces sentido inquietud por los que habitaban la Nueva Suiza. ¡Y al llegar a la isla se la encontraban en poder de los indígenas! sin saber lo que había sido de sus parientes y amigos.

Entretanto avanzaba el día. De vez en cuando uno u otro, generalmente Fritz o el contramaestre, se izaba por las ramas del nopal, a fin de observar el campo y la mar. Lo que más le preocupaba era saber si los salvajes ocupaban los alrededores de Falkenhorst, o si habían vuelto a tomar el camino de Felsenheim.

Nada veían, a no ser, en dirección sur, hacia la desembocadura del arroyo de los Chacales, la pequeña columna de humo que subía sobre las rocas.

Hasta las cuatro de la tarde ningún incidente había modificado la situación. La comida fue preparada utilizando las reservas que en la casa había.

¿Quién podía decir si, después de regresar François y John Block, no habría necesidad de partir para Zuckertop, y cuál sería la duración de la jornada?

En este instante se oyó una detonación.

– ¿Qué será? —preguntó Jenny, a la que Fritz detuvo al verla dirigirse a una de las ventanas.

– ¿Será un cañonazo? —dijo François.

– Sí… ¡Un cañonazo! —exclamó el contramaestre.

– Pero ¿quién lo habrá disparado? —dijo Fritz.

– ¿Algún barco en vista de la isla? —preguntó james.

– ¡Tal vez la Licorne! —exclamó Jenny.

– Muy cerca de la isla tendría que estar, pues la detonación no ha sonado de lejos

– dijo John Block.

– ¡A la plataforma! ¡A la plataforma! —exclamó François dirigiéndose hacia el balcón.

– Procuremos no ser vistos, pues la banda debe estar alerta —recomendó el capitán Gould.

Todas las miradas se dirigieron hacia la mar.

Ningún navío, que por la proximidad de la detonación hubiera debido estar a la altura del islote de la Ballena, se distinguía. Al largo el contramaestre señaló una canoa tripulada por dos hombres, y que pretendía llegar a la playa de Falkenhorst.

– ¿Serán Ernest y Jack? —murmuró Jenny.

– No —respondió Fritz—; esos dos hombres son dos indígenas, y la canoa es una piragua.

– ¿Pero por qué huyen? —preguntó François—. ¿Es que son perseguidos?

Fritz lanzó un grito… un grito en el que se unían la alegría y la sorpresa.

El resplandor de una viva luz, en medio de una nube de vapor blanco, había llegado a sus ojos, y casi en seguida resonó una segunda detonación, que repercutieron los ecos del litoral.

Al mismo tiempo un proyectil, rasando la superficie de la bahía, hizo saltar el agua a dos brazas de la embarcación, que continuó huyendo a toda velocidad hacia Falkenhorst.

– ¡Allí…! ¡Allí…! —exclamó Fritz—. ¡Mi padre… mister Wolston…, todos los nuestros están allí!

– ¿En el islote del Tiburón? —dijo Jenny.

– ¡En el islote del Tiburón!

En efecto, de este sitio habían partido la primera y segunda detonación; la última con la bala dirigida contra la piragua. No había duda de que monsieur Zermatt y los suyos habían podido refugiarse bajo la protección de la batería, a la que los salvajes osaban acercarse. Sobre ella se desplegaba el pabellón blanco y rojo de la Nueva Suiza, mientras que el pabellón británico flotaba sobre el pico más alto de la isla.

Nada podría pintar la alegría, más que alegría, el delirio, al que se abandonaron Fritz, François, Jenny, Dolí, James y Suzan. Puesto que sus parientes habían podido ganar el islote del Tiburón, no había que ir a buscarlos, ni a Zuckertop, ni a ninguna otra granja de la Tierra Prometida. Y se comprenderá que de tales sentimientos participaban el capitán Harry Gould y el contramaestre, unidos tan de corazón a los pasajeros del Flag.

Ya no había que pensar en ir a Felsenheim, sino en dirigirse al islote del Tiburón. ¡Ah, sí desde lo alto del nopal hubiera sido posible comunicarse por medio de señales, izando un pabellón que respondiese al de la batería! Verdad que esto no hubiera sido prudente, como tampoco disparar la pistola, pues podían ser oídos por los salvajes si éstos vagaban aún por los alrededores de Falkenhorst. Lo esencial era que éstos no se diesen cuenta de la presencia del capitán Gould y de los suyos, en la imposibilidad de resistir un ataque en el que tomara parte toda la banda, ya dueña de Felsenheim.

– Nuestra situación ahora es buena —dijo Fritz—. No la comprometamos.

– Es verdad —dijo Harry Gould—, puesto que no hemos sido descubiertos, no nos arriesguemos a serlo… Esperemos la noche antes de hacer nada.

– ¿Cómo será posible llegar al islote del Tiburón? —preguntó Jenny.

– A nado —respondió Fritz—. Sí… Yo sabré llegar a nado. Y después yo traeré para conduciros a todos la chalupa en la que mi padre habrá ido.

– Fritz… esposo mío —no pudo por menos de decir Jenny—; ¡atravesar ese brazo de mar…!

– ¡Bah!, para mí eso es un juego, querida; un juego —respondió el intrépido joven.

– Además, ¿quién sabe? —añadió John Block—. Tal vez la canoa de esos salvajes estará en la playa.

La noche se acercaba. Antes de las siete ya estaba oscuro, sucediendo aquélla al día casi sin crepúsculo. A las ocho, llegado el momento, decidióse que Fritz, François y el contramaestre descendieran al patio. Después de asegurarse de que los indígenas no estaban ya en los alrededores, se aventurarían hasta el litoral. En todo caso, el capitán Gould, james Wolston, Jenny, Doll y Suzan esperarían al pie del árbol una señal para unirse a los primeros.

Los tres se dirigieron, pues, a la escalera, palpando en la sombra, pues, por miedo a ser descubiertos, no habían querido encender una linterna.

Nadie en la habitación del piso bajo ni al abrigo de los cobertizos. Los hombres que habían venido por el día habían vuelto a tomar el camino de Felsenheim o se encontraban en la playa hacia la que se dirigía la piragua. Esto era conveniente saberlo.

Pero, sobre todo, lo más importante era proceder con la prudencia observada hasta entonces; y por esta razón Fritz y John Block decidieron ganar solos el río, mientras François quedaba en observación a la entrada del patio, dispuesto a subir si algo amenazaba a Falkenhorst.

Fritz y el contramaestre franquearon la empalizada y atravesaron el claro que conducía a la avenida de Felsenheim. Después, arrastrándose de árbol en árbol en un espacio de doscientos pasos, escuchando, mirando, espiando, llegaron a la cortadura de las últimas rocas, bañadas por las olas.

La playa estaba desierta lo mismo que el mar hasta el cabo, cuyo perfil apenas se distinguía al este. Ninguna luz se mostraba, ni en dirección a Felsenheim, ni en la superficie de la bahía del Salvamento. Únicamente un macizo se destacaba a tres cuartos de legua al largo. Era el islote del Tiburón.

– Vamos —dijo Fritz.

– Vamos —respondió John Block.

Ambos se dirigieron hacia la orilla arenosa que la marea descendente dejaba al descubierto. ¡Qué grito de alegría tuvieron que contener! Una canoa estaba allí tumbada sobre uno de sus lados. Era la piragua que la batería había saludado con dos cañonazos.

– Buena fortuna ha sido que no la hayan tocado las balas —dijo John Block—, pues, en caso contrario, se hubiera ido a pique. Si la falta de destreza ha provenido de monsieur Jack o monsieur Ernest, les felicitaremos por ello. La pequeña embarcación, de construcción australiana y que se gobernaba por medio de pagayas, no podía contener más que cinco o seis personas. El capitán Gould y sus compañeros eran ocho, y además el niño, para embarcarse con dirección al islote del Tiburón. Verdad que la distancia no excedía de tres cuartos de legua.

– Pues bien; nos estrecharemos —dijo John Block—, y no será preciso hacer dos viajes.

– Además —añadió Fritz—, dentro de una hora la marea se dejará sentir, y como empuja hacia la bahía del Salvamento, sin alejarse demasiado del islote del Tiburón, no tendremos necesidad de hacer grandes esfuerzos para llegar allí.

– Todo va de la mejor manera —respondió el contramaestre—, y se empieza a ver claro en el asunto. No hubo necesidad de arrastrar la piragua al mar, pues con la marea se pondría a flote por sí sola. John Block se aseguró de que estaba sólidamente amarrada y que no sería arrastrada hacia alta mar. Ambos subieron a la playa, volvieron a tomar por la avenida y se reunieron con François, que les esperaba en el patio. Cuando François fue puesto al corriente de lo que sucedía, sintió gran regocijo. Pero como convenía esperar a que la marea se presentase, Fritz le dejó con el contramaestre para que ambos vigilasen los alrededores del patio. ¡Calcúlese la satisfacción con que los demás recibirían las nuevas que Fritz les comunicó! A las nueve y media todos estaban al pie del nopal. François y John Block no habían visto nada sospechoso. Los alrededores de Falkenhorst continuaban en silencio. El menor rumor se hubiera oído; pues ni el más ligero soplo atravesaba el espacio. Después de haber franqueado el patio y el claro, Fritz, François y Harry Gould delante, y los otros detrás, desfilaron por debajo de la cubierta que los árboles formaban y llegaron a la playa. Esta, lo mismo que dos horas antes, estaba desierta. La marea había ya puesto a flote la embarcación. No había más que embarcarse, desamarrarla y dejar que la corriente la impulsara. Jenny, Doll, Suzan y el niño se colocaron en la popa. Sus compañeros se estrecharon en los bancos. Fritz y François tomaron los remos.

Eran las diez. La noche, sin luna, hacía esperar que pasarían inadvertidos. A pesar de la oscuridad, no sería difícil dirigirse hacia el islote; y desde que la piragua entró en la corriente, fue arrastrada hacia este lado. Todos guardaban silencio. Ni una palabra se cambiaba en voz baja. Los corazones de todos estaban bajo el yugo de la emoción profunda. No había duda de que las familias Zermatt y Wolston estaban en el islote… Pero ¿y si alguno de ellos estaba prisionero? ¿Si había sucumbido defendiéndose? No había que contar con la marea para ganar directamente el islote del Tiburón, A media legua de la orilla, ella se volvía para subir hacía la desembocadura del arroyo de los Chacales y extenderse hasta el fondo de la bahía del Salvamento. Fritz y François bogaron con vigor en dirección al sombrío macizo, del que no escapaba ni el más ligero ruido ni la luz más débil. Pero monsieur Zermatt o mister Wolston, Ernest o Jack debían vigilar en la batería. ¿No corría la piragua el riesgo de ser vista y de recibir algún proyectil; por suponer los del islote que se trataba de una tentativa de los salvajes para tomar posesión de aquél a favor de la noche? Precisamente, cuando la barca estuvo a cinco o seis cables, una luz brilló en el cobertizo de la batería. ¿Era la llama de una mecha, con la que se disponían a disparar? Entonces, no temiendo hacerse oír, el contramaestre gritó con voz fuerte:

– ¡No disparar…! ¡No disparar!

– ¡Amigos…! ¡Somos amigos…! —añadió el capitán Harry Gould.

– ¡Somos nosotros…! ¡Somos nosotros! —repitieron Fritz y François. Y en el momento en que desembarcaban al píe de las rocas, monsieur Zermatt, mister Wolston, Ernest y Jack les recibieron en sus brazos.

Telegramm

Aufgabeamt: World Wide Web · Ziel: an Bord der Nautilus

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