Segunda patria

XVIII

LA PARTIDA DE LA LICORNE - EL CABO DE BUENA ESPERANZA - JAMES WOLSTON Y SU FAMILIA - DESPEDIDA DE DOLL - PORTSMOUTH Y LONDRES - ESTANCIA EN INGLATERRA - CASAMIENTO DE FRITZ

ZERMATT Y Jenny MONTROSE - REGRESO A EL CABO.

El 20 de octubre la Licorne había abandonado la Nueva Suiza para volver a Inglaterra. Al regreso, tras corta escala en el cabo de Buena Esperanza, debía conducir a Fritz y a Franjéis Zermatt, a Jenny Montrose y a Doll Wolston, cuando el almirantazgo decidiese tomar posesión de aquella nueva colonia del océano índico. Los puestos dejados a bordo por la familia Wolston, instalada ahora en la isla, los ocupaban los dos hermanos. Un cómodo camarote fue puesto a disposición de Jenny y de Doll, sir joven compañera, que iba a reunirse en El Cabo con james Wolston, su mujer y su hijo.

Después de doblar el cabo de la Esperanza Perdida, la Licorne, navegando hacía el oeste, descendió al sur de nuevo, dejando a estribor el islote de la Roca Humeante. Antes de perder de vista la Nueva Suiza pensaba el teniente Littlestone reconocer la costa oriental y asegurarse de que se trataba de una isla solitaria, calculando aproximadamente la importancia de una colonia que no tardaría en tomar puesto en el dominio insular de Gran Bretaña. Efectuado este reconocimiento, la corbeta, ayudada por buen viento, dejó al noroeste la isla, cuya parte meridional había entrevisto entre las brumas.

Las primeras semanas de navegación fueron buenas. Los pasajeros y pasajeras de la Licorne no tuvieron motivo de queja de las condiciones atmosféricas, ni del buen recibimiento de que fueron objeto por parte del capitán y de los oficiales.

En sus reuniones, la conversación recaía frecuentemente sobre las maravillas de la Nueva Suiza, adonde volverían antes de un año si la corbeta no sufría retraso, ni en el curso de su doble travesía, ni por culpa de las autoridades inglesas.

Fritz y Jenny, en sus diarias conversaciones, hablaban principalmente del coronel Montrose, de la alegría inmensa que éste había de experimentar al estrechar en sus brazos a la hija que no esperaba volver a ver. Hacía tres años que se carecía de noticias de la Donas, cuya pérdida habían confirmado los sobrevivientes recogidos en Sydney. ¡Y con qué sentimiento, más vivo que el de la gratitud, Jenny presentaría a su padre al hombre que la había salvado, y con qué dicha le pediría que bendijese su unión!

Respecto a François y a Doll Wolston, para el uno sería un gran disgusto dejar a la otra en El Cabo, y ¡qué largo se le haría el tiempo que tardase en volver en su busca!

Así que la Licorne cortó el trópico, cerca de la isla de Francia, encontró vientos menos favorables, que no le permitieron hacer escala antes del 17 de diciembre, o sea, cerca de dos meses después de su partida de la Nueva Suiza. La corbeta, que debía pasar una semana en El Cabo, ancló en el puerto.

Uno de los primeros que subieron a bordo fue James Wolston. Sabía que su padre, su madre y sus dos hermanas, al abandonar Australia habían tomado pasaje a bordo de la Licorne. ¡Qué descorazonamiento el suyo cuando no vio más que a su hermana! Doll le presentó a Fritz y a Franjéis Zermatt, y después a Jenny Montrose. Fritz dijo a James Wolston:

– Vuestro padre, vuestra madre y vuestra hermana Annah, mister james, habitan actualmente en la Nueva Suiza, una isla desconocida donde nuestra familia fue arrojada hace ya doce años, después del naufragio del Landlord. Se han decidido a permanecer allí y os esperan. Al volver de Europa, la Licorne os llevará con vuestra mujer y vuestro hijo… si consentís en acompañarnos.

– ¿En qué época debe la Licorne volver a El Cabo? —preguntó james Wolston.

– Dentro de ocho o nueve meses —respondió Fritz—; y desde allí regresará a la Nueva Suiza, donde flotará el pabellón británico. Mi hermano François y yo hemos aprovechado esta ocasión para llevar a Londres a la hija del coronel Montrose, el cual esperamos que no rehusará ir a establecerse con ella a nuestra segunda patria.

– Y con usted, mi querido Fritz, que llegará a ser su hijo —añadió Jenny, tendiendo la mano al joven.

– Eso será la realización de mi más ardiente deseo, querida Jenny —respondió Fritz.

– Como el nuestro y el de nuestros padres —añadió Doll Wolston—, es que tu familia y tú vayáis a estableceros a la Nueva Suiza.

– Y no dejéis de insistir —dijo François— en que nuestra isla es la más maravillosa de las islas que hay en la superficie de los mares.

– James será el primero que convenga en ello así que la vea… —respondió Doll

– . Cuando se pone el pie en la Nueva Suiza, cuando se ha vivido en Felsenheim…

– Y cuando se ha encaramado uno en Falkenhorst… ¿no es verdad, Doll? —dijo Jenny riendo.

– Sí; encaramarse, ésa es la palabra —respondió la joven—. Pues bien: cuando todo eso sucede, no se quiere abandonar la Nueva Suiza, y si se la abandona es con la firme intención de volver a ella.

– ¿Entendéis, mister James? —dijo Fritz.

– Entiendo, monsieur Zermatt —respondió James Wolston—. Instalarme en vuestra isla y crear las primeras relaciones comerciales con Gran Bretaña, es proposición seductora. Mi mujer y yo trataremos de este asunto, y si nos decidimos, arreglaremos nuestros negocios, y estaremos prestos a embarcar en la Licorne cuando ésta regrese a El Cabo. ¡Estoy seguro de que Suzan no vacilará!

– Yo haré lo que mi marido quiera —añadió mistress Wolston—, y ya sabe James que nunca me opondré a sus proyectos. Adonde quiera él ir, le seguiré yo con la más completa confianza.

Fritz y François estrecharon cordialmente la mano de James Wolston, mientras que Doll daba dos sonoros besos a su cuñada, a la que Jenny Montrose no escatimó ni los cumplimientos ni las caricias.

– Durante la escala de la corbeta —dijo entonces James Wolston— contamos con que la hija del coronel Montrose, Fritz y François Zermatt habitarán en nuestra casa. Ésta será la mejor manera de estrechar nuestras relaciones, y hablaremos largo y tendido de la Nueva Suiza.

No hay que decir que los pasajeros de la Licorne aceptaron de buen grado tan cariñosa invitación. Así es que una hora después estaban instalados en casa de mister Wolston. Fritz y François fueron alojados en el mismo cuarto. Jenny participó del que estaba destinado a Doll, como había participado de su camarote durante la travesía.

Mistress Wolston era una joven de veinticuatro años, de carácter dulce, buena e inteligente, y que sentía vivo amor por su marido. Éste, trabajador, serio y activo, era el retrato de su padre, tanto por sus rasgos físicos como por sus prendas morales. Los dos esposos tenían un hijo, Bob, al que adoraban. Mistress Wolston, de origen inglés, pertenecía a una familia de comerciantes, establecida desde hacía ya largo tiempo en la colonia. Huérfana, carecía de parientes cuando se casó con James Wolston. Éste contaba actualmente veintisiete años de edad. La casa de comercio de Wolston, fundada en El Cabo cinco años antes, había prosperado. Inglés muy metódico y muy práctico, James debía tener buen éxito en la capital de aquella colonia, convertida en posesión británica en 1805 —ciento sesenta y cuatro años después de ser descubierta por los holandeses—, y la posesión de la cual fue definitivamente confirmada en 1815 a Gran Bretaña.

Del 17 al 27 de diciembre, durante los diez días que duró la escala de la Licorne, no se habló más que de la Nueva Suiza, de los sucesos que en ella se habían verificado, de los diversos trabajos emprendidos, de las múltiples instalaciones hechas en los once años por la familia Zermatt, y de las practicadas después con el concurso de la familia Wolston. El asunto no se agotaba. Doll contaba todas estas cosas, y François la animaba hasta reprocharle por no decir todo lo que en opinión de él debía decirse acerca de la maravillosa isla, que Jenny Montrose encarecía con vivo placer de Fritz. ¡Qué satisfacción para ella sí, después de haber visto a su padre, le decidía —y Jenny no lo dudaba— a ir a vivir a una de las granjas de la Tierra Prometida! ¡Qué dicha reunirse con los fundadores de aquella colonia de porvenir tan magnífico!

El tiempo transcurrió rápidamente. James Wolston, de acuerdo con su mujer, resolvió abandonar El Cabo para ir a la Nueva Suiza. Durante el viaje de ida y vuelta de la corbeta él se ocuparía de la liquidación de sus negocios, y realizaría su fortuna, estando presto a partir cuando regresara la Licorne. Figuraría, pues, entre los primeros emigrantes que irían a completar la próspera obra de los Zermatt y de los Wolston. Esta determinación fue causa de extraordinaria alegría para las dos familias.

La partida de la Licorne estaba fijada para el 27. La duración de la escala pareció muy corta a los huéspedes de James Wolston.

El día indicado, nadie podía creer que hubiese llegado el momento de la despedida y que el teniente Littlestone hiciese los preparativos de marcha.

Fue, no obstante, preciso volver a la realidad y cambiar los últimos abrazos de despedida con el consolador pensamiento de que, transcurridos ocho o nueve meses, se volverían todos a encontrar en El Cabo, y juntos se dirigirían a la Nueva Suiza. No obstante, la separación fue penosa. Los besos de Jenny Montrose y de Suzan Wolston fueron mezclados con lágrimas, a las que se unieron las de Doll. Ésta mostrábase muy afligida por la partida de François, el cual estaba también muy conmovido; tan vivo afecto sentía por ella. Su hermano y él estrecharon con efusión la mano de James Wolston, al que consideraban como a un verdadero amigo.

La Licorne se dio a la mar el 27 por la mañana, con tiempo nebuloso. La travesía no fue ni corta ni larga. Los vientos medios variaron del noroeste al sudoeste durante varias semanas. La corbeta pasó, sucesivamente, por Santa Elena, la Ascensión, las islas de Cabo Verde, a la altura de las posesiones francesas del África Occidental. Después de dejar atrás las Canarias y las Azores, a lo largo de las costas de Portugal y de Francia, llegó a la Mancha, rodeó la isla de Wight, y el 14 de febrero de 1817 ancló en Portsmouth.

Jenny Montrose quiso partir inmediatamente para Londres, donde vivía su tía, una cuñada de su padre.

Si el coronel estaba en el servicio, ella no le encontraría allí, pues la campaña para la que había sido llamado de la India inglesa debía durar varios años. Pero si se había retirado estaría junto a su cuñada, y allí abrazaría a la que él creía víctima del naufragio de la Dorcas.

Fritz y François se ofrecieron a Jenny para acompañarla a Londres, donde les llamaban también sus negocios… Ya se comprenderá la prisa que Fritz tenía por encontrar al coronel Montrose. Jenny aceptó el ofrecimiento con gran alegría, y la misma tarde partieron los tres, llegando a Londres en la mañana del 23.

Un gran disgusto esperaba a Jenny Montrose. Su tía le manifestó que el coronel había muerto en su última campaña, sin saber que su hija, tan llorada por él, vivía aún… La pobre joven, que había venido desde los lejanos parajes del océano índico para abrazar a su padre, para no separarse de él, para presentarle a su salvador y para pedirle que bendijera su unión con éste… ¡no le vería más!

Compréndese fácilmente cuál sería el dolor de Jenny ante desgracia tan imprevista. En vano su tía le prodigó los más afectuosos consuelos. En vano, Fritz unió sus lágrimas a las de ella… El golpe era muy rudo, y nunca había pensado que si su padre no estaba en Inglaterra cuando ella llegase, sería porque la muerte se lo había arrebatado…

También Fritz experimentó profunda pena… Sólo esperaba el consentimiento del coronel Montrose para unirse a Jenny, y el coronel Montrose había muerto.

Algunos días después, en una conversación, donde se cambiaron muchas lágrimas y quejas, dijo Jenny:

– Fritz, mi querido Fritz… Ambos acabamos de sufrir la mayor de las desgracias… Si no han cambiado tus proyectos…

– ¡Oh… querida Jenny…! —exclamó Fritz.

– Sí… Ya lo sé… —dijo Jenny—, y para mi padre hubiera sido gran dicha el llamarte su hijo… Conocía el amor que me tenía, y no dudo de que él hubiera querido compartir nuestra existencia en la colonia inglesa… Pero me es preciso renunciar a esta dicha… Ahora estoy sola en el mundo, y no dependo de nadie… Sola, no… Me quedas tú, Fritz…

– Jenny —dijo el joven con tiernísimo acento—, consagraré a tu felicidad toda mi vida…

– Como yo lo haré contigo, mi querido Fritz… Mas, puesto que, por desgracia, mi padre no puede darnos su consentimiento, puesto que no tengo parientes directos… puesto que no tendré más familia que la tuya…

– La mía, de la que formas parte desde hace tres años, querida Jenny, desde el día en que te encontré en la Roca Humeante.

– ¡Una familia que me quiere y a la que yo quiero con todo mi corazón, Fritz…! Pues bien… Dentro de algunos meses iremos a reunimos con ella…

– ¿Casados, Jenny?

– Sí, Fritz, si así lo deseas, puesto que tienes el consentimiento de tu padre y mi tía nos dará el suyo…

– ¡Jenny…! ¡Mi querida Jenny! —exclamó Fritz cayendo de rodillas ante la joven—. En nada se alterarán nuestros proyectos, y llevaré a mi mujer a mis padres…

Jenny Montrose no abandonó ya la casa de su tía, donde Fritz y François la visitaban cada día. Entretanto se dispuso lo necesario para celebrar el matrimonio.

De otra parte, se ocuparon en negocios de cierta importancia, y que habían motivado el viaje de ambos hermanos a Europa.

En primer lugar, era preciso proceder a la venta de los objetos recogidos en la isla; el coral hallado en el islote de la Ballena, las perlas pescadas en la bahía de este nombre, la vainilla en cantidad importante. Monsieur Zermatt no se había engañado en el valor de sus mercancías, que alcanzó cifra considerable: unas ocho mil libras.

Y si se considera que los bancos de la bahía de las Perlas habían sido desflorados solamente, que el coral se encontraría en varias partes del litoral, que la nuez moscada y la vainilla prometían abundantes cosechas, sin hablar de otras riquezas de la Nueva Suiza, se admitirá que la colonia estuviera llamada a obtener un grado de prosperidad tal que la colocaría en primera fila entre las posesiones de ultramar de Gran Bretaña.

Siguiendo las instrucciones de monsieur Zermatt, una parte de la suma proveniente de las referidas ventas sería empleada en la adquisición de objetos destinados a completar el material de Felsenheim y de las granjas de Tierra Prometida. El resto —unas tres cuartas partes—, así como las 10.000 libras de la herencia del coronel Montrose, fue colocado en el Banco de Inglaterra, y según las futuras necesidades, monsieur Zermatt podría disponer de dichas sumas, gracias a las comunicaciones que iban a establecerse con la metrópoli.

No olvidemos decir que las diversas alhajas y el dinero que pertenecían a las familias de los náufragos del Landlord fueron restituidos después de las pesquisas necesarias para encontrar sus huellas.

En fin, un mes después de la llegada de Fritz Zermatt y de Jenny Montrose, celebróse el matrimonio de éstos en la iglesia parroquial por el capellán de la corbeta. La Licorne les había llevado de novios y les volvería casados a la Nueva Suiza.

Los sucesos que quedan referidos causaron gran impresión en Gran Bretaña. La gente se interesó por aquella familia abandonada desde hacía doce años en una isla desconocida del océano índico, por las aventuras de Jenny y su permanencia en la Roca Humeante. La narración redactada por Jean Zermatt fue copiada en los periódicos de Inglaterra y del extranjero. Bajo el nombre de El Robinsón suizo, la obra estaba destinada a la celebridad, ya adquirida por el inmortal libro de Daniel de Foe.

Síguese de aquí que bajo la presión de la opinión pública, tan poderosa en el Reino Unido, el almirantazgo decidió la toma de posesión de la Nueva Suiza. Esta posesión, además, presentaba grandes ventajas. La isla ocupaba en el este del océano índico una posición importante, casi a la entrada de los mares de la Sonda, sobre los caminos de la extrema Asia. Trescientas leguas, a lo más, la separaban de la costa occidental de Australia. Esta sexta parte del mundo, descubierta por los holandeses en 1605, visitada por Abel Tasman en 1644, y después por el capitán Cook en 1774, iba a convertirse en uno de los principales dominios de Inglaterra en el hemisferio meridional, entre el mar de las Indias y los mares del Pacífico. El almirantazgo debía, pues, felicitarse por adquirir una isla en las proximidades de este continente. Así es que se decidió el envío de la Licorne a estos parajes.

La corbeta volvería a partir dentro de algunos meses, al mando del capitán Littlestone, ascendido por esta causa. Fritz y Jenny Zermatt se embarcarían a bordo de ella con François, y además con algunos colonos, en espera de que mayor número de emigrantes fuese con el mismo destino a bordo de otros navíos.

Estaba igualmente convenido que la corbeta haría escala en El Cabo, y recibiría a bordo a James, Suzan y Doll Wolston.

La permanencia fue tan larga porque había sido preciso hacer en ella importantes reparaciones, tras la travesía de Sydney a Europa.

Fritz y François no permanecieron todo este tiempo en Londres ni en Inglaterra. Los dos esposos y François pensaron que para ellos era un deber ir a Suiza, a fin de llevar a madame Zermatt noticias de su país natal.

Fueron, pues, a Francia, a París, y emplearon una semana en visitar la capital. En aquel tiempo el Imperio había terminado, lo mismo que las largas guerras con Gran Bretaña.

Fritz y François llegaron a Suiza, aquel país del que ambos apenas habían conservado el recuerdo, por haberlo abandonado siendo aún muy jóvenes, y desde Ginebra se dirigieron al cantón de Appenzell.

De su familia no quedaban más que algunos lejanos parientes, con los que los esposos Zermatt no habían tenido relaciones continuas. Sin embargo, la llegada de los dos jóvenes produjo gran sensación en la República Helvética. Ya se conocía la historia de los náufragos del Landlord, se sabía de la isla que les había ofrecido refugio. Aunque sus compatriotas fuesen poco inclinados a los cambios de lugar, y poco afectos a correr los riesgos de la emigración, algunos manifestaron su intención de contarse entre los colonos a los que la Nueva Suiza aseguraba buena acogida.

No sin gran emoción, Fritz y François abandonaron su país de origen. Si esperaban que quizás algún día podrían volver a él, de esta esperanza no podían participar monsieur y madame Zermatt, ya de alguna edad.

Después de atravesar Francia, Fritz, Jenny y François volvieron a Inglaterra.

Los preparativos para la partida de la Licorne tocaban a su término, y la corbeta estaría en disposición de darse a la vela en los últimos días de junio.

No hay que decir que Fritz y François fueron inmediatamente recibidos por los lores del almirantazgo. Inglaterra sentía agradecimiento hacia Jean Zermatt por el hecho de haber éste ofrecido, por propio impulso de su voluntad, al capitán Littlestone la posesión inmediata de la isla.

Como se sabe, en la época en que la corbeta había abandonado la Nueva Suiza, la mayor parte del territorio que ésta comprendía no era aún conocido, salvo el distrito de la Tierra Prometida, el litoral del norte y una parte del litoral del este, hasta la bahía de la Licorne. El capitán Littlestone debía, pues, completar el emplazamiento de la isla, tanto en las costas del oeste y sur como en el interior.

Conviene además añadir que, en el espacio de algunos meses, varios navíos se encontraron dispuestos a transportar emigrantes con el material necesario para las necesidades de la colonización y la defensa de la isla.

A contar desde esta época, las comunicaciones regulares se establecerían entre Gran Bretaña y aquellos parajes del océano índico.

El 27 de junio, la Licorne, presta a aparejar, no esperaba más que a Fritz, Jenny y François. El 28, los tres llegaron a Portsmouth, donde les habían precedido las mercancías compradas.

Fueron cordialmente recibidos a bordo de la corbeta por el capitán Littlestone, al que habían encontrado dos o tres veces en Londres. ¡Qué alegría al pensamiento de volver a ver en El Cabo a James y a Suzan Wolston, y también a la gentil Doll, a la que François había escrito con frecuencia! El 29 de junio, por la mañana, la Licorne salió de Portsmouth con buen viento, llevando el pabellón inglés que iba a ser arbolado en las riberas de la Nueva Suiza.

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