XIX
EL SEGUNDO VIAJE DE LA LICORNE - ESCALA EN EL CABO - NUEVOS PASAJEROS Y OFICIALES - EL SEGUNDO BORUPT - NAVEGACIÓN CONTRARIADA - REVUELTA A BORDO - OCHO DÍAS EN EL FONDO DE LA CALA - ABANDONADOS EN LA MAR.
Si la Licorne, en vez de ser un barco de guerra, hubiera sido un barco de comercio con destino a la Nueva Suiza, habría embarcado considerable número de emigrantes. En aquella isla, sobre la que la atención pública se había fijado, no faltarían colonos, reclutados en su mayor parte, según todas las probabilidades, en la población irlandesa, a la que sus instintos, tanto como la necesidad, excitan a buscar fuera de su país medios de vida.
A bordo de la Licorne se había reservado un camarote para Fritz y su mujer, y contiguo a éste otro para François, y todos comerían en la mesa del capitán Littlestone.
La navegación se efectuó sin incidente alguno, a no ser los propios de una travesía: mar algo inconstante, contrariedades provenientes de la inestabilidad de los vientos, calmas, que en los trópicos parecen no acabar nunca, y algunos rudos asaltos del mal tiempo que la corbeta, bien dirigida, soportó sin grandes desperfectos. Se cruzó con varios barcos en el sur del Atlántico, que llevaron noticias de la Licorne a Europa. En aquel tiempo de paz, después de tan largas y terribles guerras, los mares estaban seguros y los navíos no corrían peligro en este sentido.
Fritz y François entablaron íntimas relaciones con el capellán de a bordo, que había conocido en la India al coronel Montrose. ¿Con qué confidente mejor podía Jenny hablar de su padre, sino con el que había tenido con el coronel estrechas relaciones de amistad? Por este excelente hombre supo ella lo que había sufrido a su regreso a Inglaterra, sus inquietudes, primero esperando la llegada de la Dorcas, y los tormentos y desesperaciones después, cuando se supo que la Dorcas había naufragado. Luego, el coronel, herido en el corazón, había partido para aquella campaña de la que no debía volver.
La Licorne, que no había sufrido mucho en la travesía por el Atlántico, encontró mal tiempo en los parajes del sur de África. En la noche del 19 de agosto la asaltó una violenta tempestad, y los vientos la arrojaron al largo. La tormenta llegó a ser tan fuerte, que fue menester huir por la imposibilidad de mantenerse a la capa. El capitán Littlestone, bien secundado por sus oficiales y su tripulación, mostró gran habilidad en aquellas circunstancias. Pero tras sufrir averías gruesas que la comprometieron, la Licorne corrió el riesgo de naufragar. Al fin calmó el viento, y el capitán Littlestone pudo volver a su camino, con prisa de reparar en el puerto de El Cabo las averías sufridas.
En la mañana del 20 de agosto fueron señaladas las primeras alturas de la Table, montaña que se yergue en el fondo de la bahía de este nombre.
Tan pronto como la Licorne eligió su sitio de anclaje, James Wolston, su mujer y su hermana, conducidos por una canoa, subieron al puente.
¡Qué acogida recibieron Fritz, Jenny y François! ¡Qué alegría la de aquel momento! ¡Las dos jóvenes eran tan felices por volver a verse! La encantadora Doll devolvió a Fritz el beso que éste depositó en las frescas mejillas de ella. Y también François participó de igual placer, ¿cómo no? ¡Y qué prisa tenían todos por fijar definitivamente su vida en aquella segunda patria donde les esperaban con tanta impaciencia las familias Zermatt y Wolston!
En efecto, desde hacía diez meses ninguna noticia de ellos había podido llegar, y aunque no había motivo para concebir inquietudes sobre la suerte de los huéspedes de Felsenheim, la ausencia no dejaba de parecer larga, casi interminable… ¡Con qué placer se encontrarían a la vista de la Nueva Suiza, cuya situación en longitud y latitud conocía perfectamente el capitán Littlestone! Hablar a todas horas de monsieur y de madame Zermatt, de Ernest y de Jack, de mister y mistress Wolston y de Annah, no disminuía la distancia, y no podía compararse con la dicha de encontrarse en la Tierra Prometida.
Los negocios de James Wolston habían sido liquidados en condiciones ventajosas, Pero para darse inmediatamente a la mar había una dificultad. Las averías sufridas por la Licorne eran de bastante importancia para exigir larga escala en el puerto de El Cabo, necesitándose dos o tres meses para repararlas después de haber descargado la corbeta. No podía, pues, ésta hacerse a la vela para la Nueva Suiza antes de fines de octubre.
Hubiera éste sido un desagradable contratiempo, de no presentarse a los pasajeros de la Licorne ocasión de abreviar su estancia en El Cabo.
Había en el puerto un barco que debía de aparejar pasados quince días. Era el Flag un buque de tres palos, inglés, de 500 toneladas, capitán Harry Gould, con destino a Batavia, en las islas de la Sonda. Hacer escala en la Nueva Suiza le apartaría poco de su camino, y si quería tomarlos a bordo, Fritz y su mujer, James y Suzan Wolston con su hijo, François y Doll, estaban dispuestos a pagar buen precio por su pasaje.
El capitán Gould aceptó la proposición, y los pasajeros de la Licorne trasladaron su equipaje al Flag, donde se pusieron algunos camarotes a su disposición.
En la tarde del 21 de agosto los preparativos del Flag estaban terminados. James Wolston, su mujer, su hermana y el pequeño Bob ocuparon sus camarotes. Después se despidieron no sin emoción del capitán Littlestone, prometiéndole esperar hacia últimos de noviembre la llegada de la Licorne a la entrada de la bahía del Salvamento. Al siguiente día el Flag se dio a la mar con viento del sudoeste muy favorable, y antes de acabar el día, las altas cimas de El Cabo, dejadas atrás unas quince leguas, desaparecieron en el horizonte.
Harry Gould era un excelente marino, cuya sangre fría igualaba a su resolución. En la fuerza de su edad, pues no había pasado de los cuarenta y dos años, había hecho sus pruebas como oficial primero, y en calidad de capitán después. Sus armadores podían depositar en él toda su confianza.
Confianza que el segundo del Flag no hubiera merecido. Robert Borupt, de la misma edad que Harry Gould, de carácter celoso, vengativo y dominado por violentas pasiones, no creía jamás recompensado su mérito. Fracasado en su esperanza de mandar el Flag, guardaba en el fondo del alma un sordo odio contra el capitán, odio que sabía disimular, pero que no había escapado a la penetración del contramaestre John Block, hombre intrépido y seguro, y devoto de su jefe. La tripulación del Flag, compuesta de 20 marineros, no era muy de fiar, y Harry Gould no lo ignoraba. El contramaestre veía con disgusto que Robert Borupt protegiera a algunos marineros de cuyos servicios había motivos para quejarse. Todo esto le parecía sospechoso, y no cesaba de observar al segundo, decidido a prevenir a Harry Gould, que escuchaba gustoso al bravo y honrado marino.
Del 22 de agosto al 9 de septiembre la navegación no presentó nada de particular. El estado de la mar, la orientación del viento, aunque éste no fuese mucho, la habían favorecido. Bastaría con que el barco se mantuviera en aquella velocidad media para llegar a la Nueva Suiza a mediados de octubre, es decir, en el plazo previsto.
Entonces hubo ocasión de reconocer que algunos síntomas de insubordinación se manifestaban entre los tripulantes, y hasta parecía que la indisciplina fuese alimentada por el segundo y tercer oficiales, con menosprecio de sus deberes. Robert Borupt, arrastrado por su natural celoso y perverso, no tomaba medida alguna para contener el desorden, sino, al contrario, lo autorizaba con una debilidad impropia de su cargo, cerrando los ojos ante los actos más dignos de reprensión de los tripulantes… Se comprendía, pues, que la rebelión aumentaba poco a poco.
El Flag continuaba navegando con dirección nordeste. El 19 de septiembre el punto indicó el 20° 17’ de latitud y 80° 45’ de longitud; es decir, que el barco se encontraba casi en la mitad del océano índico, en el límite del trópico de Capricornio, que iba a franquear.
Durante la noche precedente hubo amenazas de mal tiempo, descenso brusco del barómetro, formación de nubes tormentosas, indicios de esas terribles tormentas que con frecuencia agitan estos mares.
A las tres de la tarde levantóse un turbión que casi hizo zozobrar el barco. Grave eventualidad para un navío que, al acostarse sobre uno de sus flancos, no obedecía al timón, y que corría el riesgo de no poder levantarse a no ser que se cortase su arboladura. Y en este caso, incapaz de resistir el empuje de las olas poniéndose a la capa, quedaría entregado a todos los furores del océano.
No hay que decir que desde los comienzos de la tempestad los pasajeros se habían encerrado en sus camarotes, pues las olas barrían el puente. Únicamente Fritz y François permanecieron sobre cubierta para ayudar a la tripulación. Desde el primer momento, Harry Gould había ocupado su puesto en el banco del cuarto; el contramaestre estaba al timón, mientras que el segundo y el tercer oficiales vigilaban en la proa. La tripulación estaba presta a ejecutar las órdenes del capitán, pues se trataba de una cuestión de vida o muerte. El más pequeño error en la maniobra hubiera producido el naufragio del Flag, ya medio acostado sobre babor. Todo esfuerzo debía tender a enderezarlo, y después a orientar el velamen.
Y sin embargo, este error fue cometido, si no voluntariamente, sin duda por una falsa interpretación de las órdenes del capitán, error que un oficial no hubiera debido cometer por poco instinto que tuviera de marino.
La responsabilidad caía sobre Robert Borupt. Bajo la acción de la pequeña gavia, mal orientada, el barco se inclinó aún más, y una inmensa ola entró en el navío.
– ¡Ese maldito Borupt quiere hacernos naufragar! —exclamó Harry Gould.
– ¡Hace todo lo posible para lograrlo! —respondió el contramaestre, procurando poner el timón a estribor.
El capitán se lanzó al puente y llegó a la proa con gran riesgo de ser arrebatado por las olas.
– ¡A vuestro camarote! —gritó con voz furiosa al segundo—. ¡A vuestro camarote, y no salid de él!
La falta de Robert Borupt era tan evidente, que ninguno de los tripulantes, dispuestos a hacer causa común con él si se lo hubiera ordenado, osó alzar la voz. El segundo obedeció sin replicar.
Harry Gould hizo entonces cuanto era posible hacer. Logró enderezar el barco sin necesidad de echar abajo la arboladura, y el navío no presentó el flanco al oleaje.
Durante tres días fue preciso huir delante de la tempestad, en medio de peligros que felizmente fueron evitados por el capitán y el contramaestre. Durante casi todo este tiempo Suzan, Jenny y Doll estuvieron encerradas en sus camarotes, mientras que Fritz, François y James tomaban parte en las diversas maniobras.
Al fin, el 13 de septiembre se pudo prever un próximo apaciguamiento en las turbulencias atmosféricas. Cayó el viento, y si el oleaje no disminuyó inmediatamente, por lo menos las olas no inundaron el puente del Flag.
Las pasajeras se apresuraron entonces a abandonar sus camarotes. Sabían lo sucedido entre el capitán y el segundo y el motivo por el que éste había sido depuesto de sus funciones. Respecto a la suerte de Robert Borupt, sería decidida al regreso ante un consejo marítimo. Hubo necesidad de reparar numerosas averías en el velamen, y John Block, dirigiendo este trabajo, advirtió que la tripulación estaba a punto de insubordinarse. Este estado de cosas no pudo escapar a la penetración de Fritz, de François y de James Wolston, inspirándoles más serias inquietudes que las que la tormenta les produjo. Sin duda el capitán Gould no vacilaría en hacer cuanto fuera preciso para castigo y escarmiento de los rebeldes. ¿Pero no sería demasiado tarde? Durante los ocho días siguientes nadie atentó contra la disciplina de a bordo. Como el Flag había sido arrojado a varios centenares de millas al este, era preciso volver hacia el oeste, a fin de encontrarse en longitud con la Nueva Suiza. El 20 de septiembre, a las diez, con sorpresa de todos, pues el arresto no había sido levantado, Robert Borupt reapareció sobre el puente. Los pasajeros tuvieron el presentimiento de que la situación, ya grave, iba a empeorarse. Así que el capitán Gould vio al segundo, se dirigió a proa y se reunió con él.
– Teniente Borupt —dijo el capitán—. Estáis arrestado. ¿Qué venís a hacer aquí? Responded.
– ¡He aquí mi respuesta! —exclamó Borupt. Y volviéndose a los tripulantes, gritó:
– ¡A mí, camaradas!
– ¡Hurra por Robert Borupt! Tales fueron los gritos que estallaron en la proa y en la popa del navío. Harry Gould volvió a su camarote y salió con una pistola en la mano. No tuvo tiempo de hacer uso de ella. Un balazo disparado por uno de los marineros que rodeaban a Robert Borupt le hirió en la cabeza, y cayó en brazos del contramaestre. Contra una tripulación sublevada, y arrastrada por el segundo y tercer oficial, no había resistencia posible. En vano John Block, Fritz, François y James Wolston, colocados junto a Harry Gould, intentaron sostener la lucha. En un instante, rendidos al número, quedaron en la imposibilidad de defenderse, y diez marineros los bajaron a la cala con el capitán. Jenny, Doll y Suzan fueron encerradas con el niño en sus camarotes, cuyas puertas serían guardadas por orden de Robert Borupt, único amo a bordo. Calcúlese la situación de los prisioneros de la cala, donde reinaba una semioscuridad; la del capitán, presa de los sufrimientos de su herida, que no pudo ser curada más que con compresas de agua. Cierto que el contramaestre no escatimaba sus cuidados. Fritz, François y james experimentaban una horrible angustia pensando en las tres pasajeras a merced de los sublevados del Flag, y por la imposibilidad de socorrerlas.
Transcurrieron varios días. Dos veces, por la mañana y por la tarde, la trampa de la cala se abría, y los prisioneros recibían algún alimento. A las preguntas que John Block les dirigía, los marineros respondían únicamente con palabras brutales y amenazadoras. Respecto a las pasajeras, Fritz, François y James no obtenían más que groseras injurias.
Varias veces el contramaestre y sus compañeros intentaron recobrar la libertad forzando la trampa. Pero ésta estaba vigilada día y noche, y, además, aun en el caso de que los prisioneros hubieran conseguido levantarla, sujetar a los guardianes y subir al puente, ¿qué hubieran podido contra los tripulantes y qué trato recibirían de Robert Borupt?
– ¡Miserable! ¡Miserable…! —repetía Fritz, pensando en su mujer, en Suzan y en Doll.
– ¡Sí, el más abominable de los canallas! —repetía John Block—. ¡Si no se le cuelga uno u otro día, es que no hay justicia en el mundo!
Pero para castigar a los rebeldes, para aplicar a su jefe la pena que merecía, era preciso que un barco de guerra se apoderase del Flag; y Robert Borupt no cometió la torpeza de dirigirse a parajes frecuentados, donde él y sus cómplices hubieran corrido el riesgo de ser perseguidos.
Debía de haberse arrojado fuera del itinerario, con preferencia al este, para alejarse tanto de las costas de África como de las de Australia. ¡Y cada día añadía cincuenta o sesenta leguas a la distancia que separaba al Flag del meridiano de la Nueva Suiza! Harry Gould y el contramaestre podían observar que el navío, siempre inclinado a babor, marchaba con gran velocidad. Los crujidos de los mástiles indicaban que el segundo forzaba las velas. Cuando el Flag llegase a los lejanos parajes del océano índico, tan propicios a los piratas, ¿qué sería de los prisioneros y de las prisioneras? No se podría conservarlos a bordo… Se les arrojaría a alguna isla desierta… ¡Ah! ¡Todo era preferible a permanecer en aquel barco entre las manos de Robert Borupt y de sus cómplices!
De todo esto resultaba que, en defecto de la Licorne, retenida en El Cabo, el Flag no llegaría a la Nueva Suiza en la época convenida. ¡Se lo esperaría semanas y meses, y no aparecería! ¡Qué inquietud la de las familias Zermatt y Wolston! Y cuando al fin la Licorne anclase en la bahía del Salvamento, al saber que el Flag había ido hacia la colonia, ¿qué deducirían sino que había naufragado?
Una semana había transcurrido desde que Harry Gould y sus compañeros habían sido encerrados en la cala, sin tener noticia de las pasajeras. El 27 de septiembre pareció que la velocidad del barco había disminuido, ya porque cesara el viento, o porque aquél se hubiera puesto a la capa.
A las ocho de la noche algunos marineros entraron donde los prisioneros estaban. Éstos no tuvieron más remedio que obedecer las órdenes de seguirle que les intimó el tercer oficial.
¿Qué pasaba arriba? ¿Se les iba a dar libertad? ¿Se había formado una conjura contra Robert Borupt con el objeto de restituir al capitán Gould el mando del Flag?
Ya en el puente, y en presencia de toda la tripulación, los prisioneros vieron a Robert Borupt, que les esperaba al pie del palo mayor. En vano Fritz y François arrojaron una mirada al interior de la toldilla, cuya puerta central estaba abierta. Ninguna lámpara, ningún farol proyectaba allí la menor claridad.
Entretanto, aproximándose a los empalletados de estribor, el contramaestre pudo ver la extremidad de un mástil que se balanceaba contra el flanco del navío.
Evidentemente el bote mayor había sido echado al mar.
¿Se disponía, pues, Robert Borupt a embarcar en él al capitán y a sus compañeros, a abandonarles en aquellos lugares, a entregarles a todos los azares del mar, sin que ellos pudieran saber si se encontraban cerca de un continente o de una isla…?
¿Y las desgraciadas mujeres? ¿Iban a permanecer a bordo, expuestas a tantos peligros?
Ante la idea de que no las volverían a ver, Fritz, François y James intentaron un último esfuerzo para libertarlas, dispuestos a dejarse matar por ellas.
Fritz se lanzó hacia la toldilla llamando a Jenny. Pero se le detuvo, lo mismo que a François y a James, que no oía a Suzan responder a su voz. Fueron sujetados, y, a pesar de su resistencia, arrojados con Harry Gould y John Block en la chalupa.
¡Qué sorpresa y qué alegría las suyas…! Sí… ¡Qué alegría! En la embarcación se encontraban ya los tres seres queridos, a los que habían llamado inútilmente, y que fueron bajados momentos antes de salir los prisioneros de la cala. Allí aguardaban con indecible terror, ignorando si sus compañeros iban a ser abandonados con ellas en aquella parte del Pacífico.
Hubo escenas de ternura y se derramaron muchas lágrimas.
Les parecía que el estar reunidos era la mayor merced que el cielo podía otorgarles.
Y, sin embargo, a bordo de aquella embarcación… ¡cuántos peligros les amenazaban! No se les había arrojado más que cuatro sacos de galleta y de conservas, tres barriles de agua dulce, diversos utensilios de cocina y un saco de vestidos y mantas, cogidos al azar en los camarotes; apenas con qué resistir a los asaltos del mal tiempo y a la tortura del hambre y de la sed.
¡Pero estaban juntos! Sólo la muerte podía separarles. Además, no tuvieron tiempo de reflexionar. En pocos instantes, con el viento que aumentaba, el Flag se había alejado algunas millas.
El contramaestre se había puesto al timón. Fritz y François al pie del mástil, prestos a izar la vela cuando la chalupa no estuviera al abrigo del navío El capitán Gould había sido depositado sobre el combés de proa. Sin poder sostenerse, extendido sobre las mantas, Jenny le prestaba cuidados.
A bordo del Flag los marineros, inclinados sobre los empalletados, miraban silenciosamente. Ni uno de ellos se sentía tocado de compasión por las víctimas de Robert Borupt, y se veían sus ardientes ojos brillando en la oscuridad.
En aquel momento se oyó una voz. La del capitán Harry Gould, al que la indignación prestó alguna fuerza. Arrastrándose de banco en banco, e irguiéndose a medias, gritó:
– ¡Miserables! ¡No escaparéis a la justicia de los hombres!
– ¡Ni a la justicia de Dios! —dijo François.
– ¡Larga! —gritó Robert Borupt.
Y el cabo cayó. La chalupa quedó sola y el navío desapareció entre las sombras de la noche.