Segunda patria

XVII

LA CHALUPA EN CALMA - ABANDONADOS DURANTE OCHO DÍAS - LO QUE DICEN EL CAPITÁN HARRY GOULD Y EL CONTRAMAESTRE JOHN BLOCK - UNA BRECHA EN LAS BRUMAS DEL SUR - UN GRITO:

¡TIERRA! ¡TIERRA!

La noche era muy oscura. Apenas se distinguía el cielo del agua. De este cielo cargado de nubes bajas, pesadas, desgarradas, escapábanse alguna vez súbitos resplandores seguidos de truenos ahogados, como si el espacio fuera impropio para reproducir los sonidos. En estos raros intervalos el horizonte se iluminaba un instante, siempre lúgubre, siempre desierto… Ninguna ola sobresalía en la superficie de la mar. Nada se percibía en ésta fuera del balanceo regular y monótono del agua… Ningún soplo pasaba sobre la inmensidad del océano, ni aun el cálido aliento de la tempestad. Pero el fluido eléctrico almacenado en el espacio se descargaba en luces fosforescentes y el fuego de San Telmo lamía con sus lenguas de fuego los costados de la embarcación. Aunque el sol había desaparecido cuatro o cinco horas antes, el devorante calor del día continuaba en su máxima intensidad.

Dos hombres hablaban en voz baja en la popa de una gran chalupa. El trinquete y el foque de ésta se agitaban a impulso del monótono balanceo.

Uno de estos hombres, cogido al timón, procuraba evitar las brutales sacudidas que se producían. Era un marino de unos cuarenta años de edad, fuerte y vigoroso, cuerpo de hierro en el que jamás hicieron mella ni el cansancio, ni las privaciones, ni el desaliento. De nacionalidad inglesa, este contramaestre se llamaba John Block.

El otro, más joven —apenas contaba dieciocho años—, no parecía pertenecer a la categoría de la gente de mar.

En el fondo de la chalupa, bajo el combés o bajo los bancos, y sin fuerzas para manejar los remos, había tendidas algunas criaturas humanas, entre ellas un pobre niño de cinco años, cuyos gemidos se oían a pesar de los esfuerzos de su madre por calmarlos con vagas palabras entreveradas de besos.

Delante del mástil, sobre el combés, junto al estay del foque, dos personas, inmóviles y silenciosas, la mano de una de ellas en la de la otra, abandonábanse a los más tristes pensamientos, y tan profunda era la oscuridad que sólo a la luz de los relámpagos podían verse.

Del fondo de la embarcación surgía a veces una cabeza que desaparecía en seguida.

En este momento el contramaestre dijo al joven que estaba junto a él:

– No… No… He observado el horizonte a la puesta del sol… No había tierra a la vista… ni vela sobre el mar… Pero lo que no he visto esta tarde tal vez se mostrará mañana al amanecer.

– Preciso es, contramaestre, que hayamos tocado tierra antes de cuarenta y ocho horas, o el último de nosotros habrá sucumbido —respondió el joven.

– Conforme… Conforme… y es menester que la tierra aparezca —declaró John Block—. Para dar asilo a las bravas gentes se han hecho los continentes y las islas, y arribaremos a alguna…

– A condición de que nos ayude el viento…

– Para esto se ha inventado también —respondió John Block—. Hoy, por desgracia, debía de estar ocupado en otra parte… en el fondo del Atlántico o del Pacífico, pues por aquí no ha soplado ni aun para inflar mi gorra… Sí… Preferible sería una tempestad que nos empujara a buen sitio…

– ¡O que nos echara a pique, Block…!

– No… ¡eso no…! De todos los finales ése sería el peor.

– ¿Quién sabe, contramaestre?

Los dos hombres permanecieron unos instantes en silencio.

No se oía más que el murmullo de las olas al chocar en los flancos de la embarcación.

– ¿Y nuestro capitán? —preguntó el joven.

– Harry Gould, el digno hombre, no está bien —respondió John Block—. ¡Le han arreglado esos bárbaros! La herida de la cabeza le hace lanzar gritos de dolor… ¡Cuándo pienso que un oficial en el que yo tenía toda mi confianza ha sido el que ha excitado a esos desdichados…! ¡Ah…! Aseguro que más pronto o más tarde llegará el día en que ese infame de Borupt hará su último gesto en la punta de una verga.

– ¡Miserable! ¡Miserable! —repitió el joven crispando los puños con indignación

– . Pero ese pobre Harry Gould. ¿Le habéis curado esta tarde?

– Sí… y cuando le he tendido bajo el combés, después de haberle puesto compresas de agua en la cabeza, ha podido hablarme: «Gracias, Block, gracias» —me ha dicho—, ¡cómo si yo tuviera necesidad de su gratitud! «¿Y la tierra? ¿La tierra?»

– ha preguntado—. Estad seguro, mi capitán —he afirmado—, que en alguna parte está, y no muy lejos. Él me ha mirado y ha cerrado los ojos.

Y el contramaestre añadió aparte:

– ¡La tierra…! ¡La tierra…! ¡Ah! Borupt y sus cómplices sabían bien lo que se hacían. Durante el tiempo que nos han tenido en el fondo de la cala han cambiado de camino, se han alejado algunos centenares de leguas antes de abandonarnos en esta chalupa… en parajes por los que sin duda no pasan navíos… El joven acababa de levantarse, inclinando el cuerpo y prestando oído hacia babor.

– ¿No habéis oído nada, Block? —preguntó.

– Nada… Nada… —respondió el contramaestre—, y las olas no hacen más ruido que si se les hubiera echado aceite.

El joven no añadió nada, y se volvió a sentar, cruzando los brazos sobre el pecho.

En aquel instante, uno de los pasajeros se sentó sobre uno de los bancos, y tras hacer un gesto de desesperación, exclamó:

– Sí… Es de desear que la chalupa sea desfondada por un golpe de mar y que éste nos trague, y así nos libraremos de los tormentos del hambre. Mañana habremos consumido nuestras últimas provisiones… Nada nos quedará de ellas…

– Mañana será otro día, mister Wolston —respondió el contramaestre—, y si la chalupa se va a pique no habrá mañana, y ahora lo hay…

– John Block dice bien —añadió el joven—. ¡Es preciso no desesperar, James! Sean los que sean los peligros que nos amenazan, nuestras vidas pertenecen a Dios, que dispondrá de ellas como convenga. Su mano está en cuanto sucede, y no nos es permitido decir que la ha retirado de nosotros.

– Cierto —dijo James bajando la cabeza—. Pero uno no es siempre dueño de sí…

En este momento, otro pasajero de unos treinta años de edad, el que estaba en la proa de la chalupa, se acercó a John Block y le dijo:

– Contramaestre, nuestro infortunado capitán, devorado por la fiebre, no puede dirigir la chalupa, y desde hace ocho días le reemplazáis vos… Nuestra salvación está, pues, en vuestras manos… ¿Tenéis alguna esperanza?

– ¡Sí, la tengo! —respondió John Block—. Espero que esta calma del diablo acabará y que el viento nos conducirá a buen puerto.

– ¿A buen puerto? —repitió el pasajero, procurando agujerear con la mirada aquella profunda noche.

– ¡Qué diablo! —afirmó John Block—. En todas partes lo hay. Sólo se trata de poner la proa hacia él con viento bajo las vergas. Si yo fuese el Creador, haría brotar en torno nuestro media docena de islas para elegir.

– No le pidamos tanto, contramaestre —respondió el pasajero, que no pudo menos de sonreír al oír lo que el primero decía.

– Efectivamente —respondió John Block—. Basta con que empuje nuestra chalupa hacia una de las islas que existen ya, sin necesidad de que fabrique otras nuevas destinadas a nosotros, aunque a decir verdad se muestra bastante avaro de ellas en estos parajes.

– Pero ¿dónde estamos?

– No sabría decirlo, ni aun con aproximación de algunos centenares de leguas — respondió John Block—. Durante ocho días, ocho inmensos días, esos miserables nos han tenido en el fondo de la cala, sin que hayamos podido observar la ruta que llevaba el navío; si iba hacia el sur o hacia el norte. En todo caso debía de ventear fuerte y la mar no economizaba sus golpes…

– Así lo creo, John Block. Hemos debido de andar mucho… ¿pero en qué dirección?

– De eso no sé nada —declaró el contramaestre—. ¿Hemos sido arrastrados hacia el Pacífico en vez de remontar el mar de las Indias? El día de la rebelión estábamos en Madagascar… Pero, después, como el viento ha soplado siempre del oeste, ¿quién sabe si no ha empujado al navío centenares de leguas más allá, por la parte de las islas de San Pablo y Amsterdam?

– Donde no se encuentran más que salvajes de la peor especie —dijo James Wolston—. Después de todo, los que nos han abandonado a nosotros no valen más que aquéllos.

– Lo cierto es —afirmó John Block— que ese miserable Borupt ha debido cambiar la dirección del Flag y aventurarse en los mares, donde podrá, más fácilmente, escapar del castigo y ejercer el oficio de pirata con sus cómplices. Pienso, pues, que ya estábamos muy lejos de nuestro itinerario cuando se ha lanzado al mar esta chalupa. Pero al menos ¡qué haya una isla en estos parajes… una isla desierta, que esto importa poco! Con la caza y la pesca nos alimentaríamos; buscaríamos refugio en alguna caverna… ¿Por qué no habríamos nosotros de hacer en esta isla lo que los náufragos del Landlord han hecho en la Nueva Suiza…? Con buenos brazos, con inteligencia… con ánimo…

– Sin duda —respondió James Wolston—; pero los pasajeros del Landlord disponían de éste… Pudieron salvar su cargamento… ¡Y nosotros no dispondremos nunca del cargamento del Flag!

La conversación fue interrumpida. Una voz, llena de dolor, se acababa de oír, pronunciando estas palabras:

– ¡Agua…! ¡Agua!

– Es el capitán —exclamó uno de los pasajeros—. La fiebre le devora… Afortunadamente no nos falta agua, y…

– Eso es cosa mía —dijo el contramaestre—. Póngase uno al timón… Yo sé dónde está el jarro, y algunas gotas de agua aliviarán a nuestro capitán.

Y, abandonando el banco de popa, John Block se dirigió al otro extremo de la chalupa.

Los otros tres pasajeros permanecieron silenciosos esperando el regreso del contramaestre.

Tras una ausencia de dos o tres minutos, John Block volvió a su puesto.

– Y bien —le preguntaron.

– Se me han adelantado —respondió John Block—. Uno de nuestros ángeles buenos estaba ya junto al capitán y vertía en sus labios un poco de agua fresca, y le enjugaba la frente bañada en sudor. Yo no sé si mister Gould había recobrado el sentido… Parecía delirar… Hablaba de la tierra… «¡La tierra debe de estar allí!», repetía, y su mano vacilaba… Yo le he respondido: «¡Sí, mi capitán, sí! ¡La tierra está en alguna parte…! ¡Pronto arribaremos a ella! La siento en el norte». Y esto es verdad… Los marinos viejos sentimos estas cosas… He añadido: «No temáis, mi capitán; todo va bien… Tenemos una sólida chalupa, y yo la dirigiré por buen camino… Por aquí debe de haber islas de sobra… ¡y ya escogeremos una que nos convenga!» El infeliz me entendía, y cuando aproximé el farol a su rostro me sonrió… ¡Qué sonrisa más triste! ¡Y el ángel bueno también! Después se han vuelto a cerrar sus ojos y no ha tardado en aletargarse… En cuanto a mí… tal vez he hecho mal en mentir hablándole de la tierra como si ésta estuviera a nuestra vista.

– No, John Block —respondió el más joven de los tres pasajeros—. Ésas son mentiras que Dios permite.

Aquí terminó la conversación, sin que el silencio fuera turbado más que por el raído de la vela al chocar contra el mástil cuando la chalupa se balanceaba. La mayor parte de los que en ella iban, rendidos de cansancio y debilitados por las privaciones, olvidaban en un pesado sueño las amenazas de lo por venir.

¿Y se podía llamar porvenir a lo que tal vez se reducía a algunos días? Si aquellos desdichados tenían con qué apagar su sed, tal vez al siguiente día no sabrían cómo acallar su hambre.

De algunas libras de carne en conserva, arrojadas al fondo de la chalupa en el momento de la separación, nada restaba. Las provisiones de que podían disponer estaban reducidas a un saco de galleta para once personas… ¡Y cómo andar si la calma continuaba! Hacía cuarenta y ocho horas que ni un soplo de brisa había atravesado aquella sofocante atmósfera, ni siquiera una de esas rachas intermitentes que semejan los últimos suspiros de un agonizante. Esto era, pues, en breve espacio, la muerte por hambre.

En aquella época aún no existía la navegación por medio del vapor. Era, pues, probable, faltando el viento, que ningún navío apareciese en aquellos parajes, y por la misma causa la chalupa no podría arribar a ninguna tierra, isla o continente.

Necesario era, en verdad, tener absoluta confianza en Dios para resistir a la desesperación, o poseer la inalterable filosofía del contramaestre, que consistía en verlo todo de color de rosa. Él se repetía a sí mismo:

– Bien lo sé… Llegará un momento en que la última galleta habrá desaparecido… Peto mientras se tiene estómago, aunque no haya nada que meter en él, no debe uno quejarse… Lo grave sería no tener estómago y tener con qué llenarlo… Mientras John Block permanecía en el timón, los demás pasajeros habían tomado asiento en los bancos. No pronunciaban palabra. Los gemidos del niño y las inconscientes quejas del capitán Gould turbaban únicamente el silencio.

Transcurrieron dos horas. La barca no había andado una encabladura, no sintiendo más movimiento que el de la ola. Y la ola no hace navegar. Varios pedacitos de madera, arrojados la víspera a la mar, flotaban siempre muy cerca, y la vela no se había extendido ni una sola vez.

Navegando en estas condiciones era inútil permanecer en el timón, que para nada servía. Pero el contramaestre no había querido abandonar su puesto. La mano en el timón procuraba, por lo menos, evitar los golpes que amenazaban arrojar la barca sobre babor o estribor y evitar a sus compañeros sacudidas demasiado violentas.

Serían las tres de la mañana cuando John Block sintió que un ligero soplo acariciaba sus mejillas, por curtidas que estuvieran por el aire del mar.

– ¿Se levantará el viento? —murmuró el contramaestre irguiéndose.

En seguida, después de volverse al sur, tendió su dedo índice mojado en saliva. No había duda… La evaporación prodújole cierta sensación de frescura, al mismo tiempo que se dejaba oír lejano ruido del agua.

Dirigiéndose entonces a uno de los pasajeros, sentado en uno de los bancos de en medio junto a una pasajera, le dijo:

– ¡Monsieur Fritz!

Éste volvió la cabeza y preguntó en voz baja:

– ¿Qué me queréis, contramaestre?

– Si no me engaño, se distingue una línea clara en la superficie del mar.

Así era, en efecto. El perímetro del cielo y del agua se destacaba con cierta limpidez. Parecía que la bóveda de vapores acababa de fundirse en aquel sitio, y tal vez las corrientes atmosféricas penetraban por la hendidura, que aumentaba poco a poco.

– ¡Es el viento! —afirmó el contramaestre.

¿No podía ser que los vapores se hubiesen separado un instante a las primeras luces del alba?

– ¿No será efecto del amanecer únicamente? —observó el pasajero.

– Posible es, aunque me parece muy pronto… —respondió John Block—, y posible es también que sea el viento… Yo he sentido algo en los pelos de mi barba, y aún se mueven… Seguramente no será este viento cosa mayor, pero desde hace cuarenta y ocho horas ni eso teníamos… Además, monsieur Fritz, prestad oído… escuchad bien, y oiréis lo que yo he creído oír…

– Tenéis razón —respondió el pasajero después de haber escuchado—. Es el viento.

– Y nosotros estamos dispuestos a recibirlo —respondió el contramaestre—. El trinquete a punto, y no hay más que poner tirante la escota para no perder nada del viento que se levanta…

– Pero ¿dónde nos conducirá?

– Donde quiera —respondió el contramaestre—. Sólo le pido que nos aparte de estos malditos parajes.

Transcurrieron veinte minutos. El soplo, casi imperceptible al principio, no tardó en acentuarse. El cabrilleo de la mar se hizo más fuerte en la popa. La chalupa experimentaba algunos movimientos algo rudos, que no eran los del oleaje lento y débil. Algunos pliegues de la vela se extendieron, se cerraron y volvieron a abrirse, y la escota golpeó contra el mástil. Cierto que el viento no tenía la fuerza suficiente para hinchar la gruesa tela del trinquete y del foque. Era preciso aguardar con paciencia, orientando la embarcación del mejor modo posible. Un cuarto de hora más tarde la marcha se acusaba por una ligera estela. En este momento, uno de los pasajeros que iba echado en la proa, después de levantarse, miró la hendedura abierta entre las nubes del este, y pasando de banco a banco, se acercó al contramaestre.

– ¿El viento…? —preguntó.

– Sí —respondió John Block—. Creo que esta vez lo tenemos como un pájaro en la mano y no lo dejaremos escapar.

El viento comenzaba a propagarse con regularidad a través de la abertura, por la que debían deslizarse los primeros rayos del sol. Sin embargo, desde el sudeste hasta el sudoeste, en las tres cuartas partes del perímetro y en las profundidades del cénit, los vapores se acumulaban aún formando masas espesas. La vista se limitaba a algunos cables de la embarcación, y más allá de ella no hubiera podido verse un navío.

Como el viento era fresco, fue preciso estirar la escota e izar el trinquete, cuya driza se había aflojado.

– ¡Lo tenemos cogido! —repetía el contramaestre, mientras que la chalupa, ligeramente escorada sobre estribor, hocicaba un poco entre las primeras olas.

Lentamente la desgarradura de los vapores aumentaba, extendiéndose hacia el cénit. El fondo del cielo se coloreaba de tintas rojizas. De esto debía deducirse que el viento se fijaría durante algún tiempo en dicha dirección; y de aquí también la consecuencia de que el periodo de calma había cesado en aquella parte del océano.

A las cinco la desgarradura se encuadró por una corona de vapores de coloración muy viva. Era el día, que se manifestaba con esa rapidez especial a las bajas latitudes de la zona intertropical. Bien pronto purpurinas luces emergieron del horizonte como las varillas de un abanico. El borde del disco solar desfloró la línea perimétrica, limpiamente trazada en el límite del cielo y del mar. Casi en seguida, aquellos luminosos rayos agujerearon las nubecillas que pendían del cénit, matizadas de rojo, sin lograr traspasar los espesos vapores acumulados al norte de lo que resultaba que el campo de vista, muy extenso a popa, estaba siempre limitado a proa. La chalupa dejaba tras sí blanca estela, que se destacaba sobre la verdosa superficie de las aguas.

El sol lució por completo… Ningún vapor velaba sus resplandores, que cegaban los ojos. Pero no fue a él donde se dirigieron todas las miradas. Los pasajeros escudriñaban la parte norte, adonde el viento les empujaba. Lo que importaba era reconocer lo que el montón de brumas ocultaba en aquella dirección. ¿La fuerza del sol podría disiparlas?

Al fin, poco antes de las seis y media, uno de los pasajeros después de asir la driza del trinquete, se izó lentamente hasta la verga, en el momento en que, por la parte este, brillaban en el cielo los primeros rayos del sol…

Y entonces, con voz fuerte, gritó:

– ¡Tierra!

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