CAPÍTULO VII
EN EL QUE EL PRESIDENTE BARBICANE DICE LO QUE LE CONVIENE
EL día 22 de diciembre se convocó la junta general de los accionistas de la Compañía Barbicane. Naturalmente, la reunión tenía lugar en los locales del Gun Club en su edificio de Unión Square. Verdaderamente, ni toda la plaza hubiera sido suficiente para contener a todos los accionistas, que sumaban una cantidad impresionante. Pero no cabía pensar en celebrar una reunión al aire libre en cualquiera de las plazas de Baltimore, en una época del año en que el termómetro señalaba diez grados bajo cero.
Es ya sabido que el ancho patio del Gun Club estaba adornado con una gran variedad de instrumentos que correspondían a la noble profesión de todos sus miembros. Tanto es así, que más que un Club parecía un verdadero museo de artillería. Por capricho del decorador, incluso los muebles recordaban la profesión de sus socios, y podían verse sillas, sillones, mesas y sofás presentando la forma estilizada de aquellos instrumentos mortíferos que tanto apreciaban Barbicane y sus colegas.
Pero aquel día estas alusiones eran intempestivas, y mejor sería apartarlas a un lado. No se trataba de una asamblea bélica, sino de una reunión pacífica, científica e industrial, presidida por Impey Barbicane. A pesar de que se había dejado mucho espacio libre para poder acoger a los numerosos suscriptores que acudieron de todos los Estados de América, éstos abarrotaban no solamente las salas y salones del Club, sino que se apretujaban en el patio, en los pasillos, en la entrada, desbordando en una larga cola que llegaba hasta el extremo de Unión Square.
Los primeros suscriptores de la nueva Sociedad eran los miembros del Gun Club, a los cuales se había reservado los asientos más cercanos a la presidencia. Entre ellos destacaban, más eufóricos que nunca, el coronel Bloomsberry, Tom Hunter, el de la pierna de palo, y su colega Bilsby. También habían tenido la gentileza de reservar el más cómodo sillón del Club para la señora Evangelina Scorbitt, que podía ocuparlo con perfecto derecho, ya que era la principal propietaria del territorio ártico, y que, por tanto, tenía el honor de sentarse a la derecha del presidente Barbicane. El elemento femenino era también numeroso entre el público, destacándose por sus enormes sombreros llenos de flores, pájaros, plumas y lazos de todas las tonalidades, que daban una nota de color y alegría en medio de la tumultuosa multitud que se agolpaba bajo la cúpula de cristal que cubría el patio.
En resumen, podemos asegurar que la inmensa mayoría de accionistas allí presentes eran, más que adeptos de la nueva sociedad, amigos íntimos de todos los componentes del Consejo de Administración.
Sin embargo, debemos hacer notar que los delegados de los países europeos que habían intervenido en la subasta, o sean el sueco, el danés, el inglés, el holandés y el ruso, ocupaban un lugar especialmente reservado para ellos ya que todos y cada uno habían adquirido acciones en número suficiente para poder tener derecho a votar en la reunión. Del mismo modo que se habían unido estrechamente para la adquisición, ahora también volvían a unirse para hacer oposición a los nuevos propietarios. Ya podéis imaginaros que esperaban ansiosamente conocer las declaraciones que iba a hacer el presidente Barbicane. Porque de aquellas declaraciones –no cabía la menor duda– saldría a la luz el procedimiento ideado para poder efectuar el viaje hasta el Polo boreal. ¿Existiría mayor dificultad que la de explotar los yacimientos hulleros? Tanto Eric Baldenak, como Boris Karlov, Jacques Jansen y Jan Harald estaban dispuestos a objetar en todas las proposiciones, sin que ninguno de ellos tuviera pelos en la lengua. Y entre todos, el que más decidido estaba en derrotar a su rival, era el mayor Donellan, quien, instigado por Dean Toondrik, no reparaba en medios para aniquilar a Impey Barbicane.
A las ocho de la noche tanto el patio como los salones y pasillos del Gun Club quedaron profusamente iluminados por infinidad de lámparas resplandecientes. Al abrirse las puertas la gente llenó rápidamente todos los rincones con un murmullo ensordecedor. Pero cuando entró el ordenanza, anunciando que el Consejo de Administración iba a entrar, todas las bocas enmudecieron como por encanto.
El presidente Barbicane, seguido del secretario J. T. Maston y el capitán Nicholl, subieron al estrado, y se sentaron detrás de una larga mesa, cubierta con un tapete oscuro. Al aparecer fueron saludados por los asistentes en la sala con estruendosos gritos de «¡Hip! ¡hip! ¡hurra!», gritos que, como un clamor, recorrieron toda la casa prolongándose hasta la playa y calles del alrededor.
J. T. Maston y el capitán Nicholl se sentaron en sus sitios, mientras el presidente Barbicane, en pie, contemplaba la multitud que estaba pendiente de sus palabras. Metiéndose la mano izquierda en el bolsillo del pantalón y la derecha en el del chaleco, levantó la cabeza y empezó su discurso diciendo;
– Suscriptores y suscriptoras: Habéis sido convocados por el Consejo de Administración de la North Polar Practical Association, en este local del Gun Club, con objeto de daros a conocer una importante declaración:
»Todos conocéis cuál es el objetivo de nuestra Sociedad: la explotación de los yacimientos hulleros que se encuentran en el Polo Norte, por expresa concesión que nos ha hecho el Gobierno de los Estados Unidos. Este territorio que adquirimos en pública subasta, constituye el capital que aportamos al negocio que nos ocupa. A fin de poder realizar esta gran empresa, abrimos una suscripción pública que quedó cerrada el 11 de diciembre, y que ha sido un verdadero éxito; estos fondos producirán un beneficio nunca igualado en operaciones comerciales o industriales.
Grandes murmullos de aprobación impidieron que el orador continuara su discurso.
– Nadie ignorará –prosiguió al hacerse nuevamente el silencio– que hemos llegado al convencimiento de la existencia de importantes yacimientos de hulla y quizá también es posible que encontremos marfil fosilizado en las regiones polares. Todo el mundo ha podido leer los documentos publicados en los periódicos de todos los países, que no permiten dudar de la existencia de estas minas de carbón.
»La hulla ha llegado a ser la base de todas las industrias modernas, esto nadie puede negarlo. Dejando aparte el carbón y el cok, que se emplean para la producción de materias colorantes, el añil, el carmín, etc.; y los perfumes de vainilla, de almendra amarga, de clavo, de anís, de alcanfor y de heliotropo; los productos químicos en que interviene, tales como los picatros, el ácido salicílico, el fenol, la antipirina, la bencina, la naftalina, el ácido pirogálico, el tanino, la sacarina, el alquitrán, el asfalto, la brea, los aceites pesados, los barnices, el prusiano de potasa, el cianuro, los amargos, etc.
El orador iba enumerando todos estos productos de corrido casi sin respirar, y tuvo que hacer una gran exhalación al terminar la perorata, como quien toma aliento después de echar una carrera. Luego, aspirando una buena dosis de aire, continuó:
– Es casi seguro que dentro de un cierto tiempo, desgraciadamente más corto del que sería de desear, la hulla, este precioso mineral de tanta utilidad, se agotará completamente, debido al aumento progresivo de su consumo. Antes de que transcurran quinientos años, todas las minas hoy en explotación quedarán completamente vacías.
– ¡De trescientos! –gritó uno de los oyentes.
– ¡O doscientos! –añadió otro.
– Bueno, no vamos a reñir por esto, podemos decir que en un período de tiempo más o menos cercano v –prosiguió el presidente Barbicane, sin inmutarse–, y por esto debemos procurar encontrar nuevos lugares de producción, rápidamente, como si esta hulla que estamos explotando tuviera que acabarse antes de finalizar el siglo actual.
Hizo una pausa para que todos los asistentes pudieran darse cuenta de la importancia de lo que acababa de decir, y al cabo de unos minutos continuó:
– Para solucionar esto, señoras y caballeros, es por lo que les digo a todos: ¡Levántense y síganme! ¡Marcharemos todos juntos hacia el Polo!
Fue tanta la emoción que puso el presidente Barbicane al pronunciar estas últimas palabras, que todo el mundo empezó a agitarse, como si todos estuvieran dispuestos a salir hacia el Polo en aquel mismo instante.
Pero el mayor Donellan lanzó una observación, con su voz clara y seca, que reprimió instantáneamente el movimiento de entusiasmo primitivo del público.
– Antes de emprender la marcha –dijo–, quisiera que me dijera usted en qué forma vamos a llegar al Polo. ¿Piensa usted efectuar el viaje por mar?
– Ni por mar, ni por tierra, ni por aire –contestó suavemente el presidente Barbicane.
El público permanecía silencioso, pendiente de la contestación del presidente, llenos de una curiosidad muy comprensible.
– Nadie ignora –continuó el presidente– cuántas tentativas se han efectuado hasta la fecha para alcanzar este punto inaccesible de nuestra Tierra. Pero, por si alguien lo hubiera olvidado, voy a resumirlas brevemente, rindiendo con ello un justo y merecido homenaje a todos los valientes exploradores que han intentado esta empresa antes que nosotros, tanto a los que dejaron su vida en ella como a los que aún sobreviven.
Fervientes aplausos de la multitud demostraron la unanimidad de los asistentes, sin distinción de nacionalidades.
El presidente Barbicane, muy satisfecho, fue nombrando toda la lista de nombres ilustres:
– En 1945, el inglés John Franklin realizó su tercer viaje a bordo del Erebus y el Terror, intentando llegar hasta el Polo Norte a través de los territorios septentrionales, desapareciendo en este viaje.
»En 1854, el americano Kane acompañado de su teniente Morton, se embarcaron en el Advance para ir en busca de Sir John Franklin, y tampoco regresó ningún superviviente de esta expedición.
»En 1859, el inglés Mac-Clintock descubrió un documento, por el cual tuvo la evidencia de que toda la tripulación del Erebus y del Terror pereció en la expedición.
»En 1860, otro americano, Hayes, zarpó de Boston en el United States, regresando en 1862 sin haber podido pasar más allá del paralelo ochenta y uno, a pesar de sus heroicos esfuerzos.
»En 1869 dos capitanes alemanes, Koldervey y Hegeman, embarcan respectivamente en la Hansa y la Germania, rumbo al Polo Norte. Antes de alcanzar los 71° de latitud, la Hansa fue aplastada por un banco de hielo, pudiéndose salvar la tripulación por medio de los botes de salvamento, que los condujeron hasta las costas de Groenlandia. El Germain, en cambio, pudo regresar salvo y sano al puerto de Bremerhaven, pero sin haber podido alcanzar su objetivo, ya que no pasó más allá del paralelo 71.
»En 1871, otro americano, el capitán Hall, salió de Nueva York a bordo del Polaris. Pero, cuatro meses más tarde, este atrevido marino falleció a consecuencia de las privaciones sufridas durante aquel invierno, que fue durísimo. Y aproximadamente al cabo de un año, el Polaris, empujado por los icebergs, embarrancó en un banco de hielo flotante, quedando completamente destrozado, salvándose solamente dieciocho hombres de su tripulación, que, después de muchísimas penalidades, consiguieron poner nuevamente el pie en tierra firme. El teniente Tyson, que iba entre ellos, confirmó que no había podido alcanzar el grado 82 de latitud.
»En 1875, fue nuevamente un inglés, llamado Nares, quien, saliendo de Portmouth con el Alerta y el Decouverte, logró adentrarse un poco más en las ignotas regiones del Polo Norte. Efectivamente, fue una expedición memorable, que instaló su cuartel de invierno entre los paralelos 82 y 83. El capitán Markham navegó hacia el Norte hasta llegar a sólo cuatrocientas millas del Polo Ártico, batiendo el récord de aproximación.
»En 1879, nuestro gran compatriota Gordon Bennett...
No pudo terminar de pronunciar el nombre, cuando tres estentóreos «¡hurras!», pronunciados por las bocas de todos los oyentes, aclamaron entusiásticamente el nombre de director del New York Herald.
– ...fleta la Jeannette que, al mando del comandante De Long, de origen francés, zarpa de San Francisco con una tripulación compuesta por treinta y tres bravos y osados marineros. Al franquear el estrecho de Behring quedó aprisionado entre los hielos cerca de la isla Heral, embarrancando finalmente en la isla Bennett, a la altura del paralelo 77. A pesar de que pudo salvarse la totalidad de la tripulación, por medio de los botes de salvamento, fueron pereciendo poco a poco por el hambre y el frío, entre ellos el propio De Long, y sólo doce marineros volvieron de esta desastrosa expedición.
»Por fin, en 1881, el americano Greely salió del puerto de San Juan de Terranova a bordo del Proteus, con el fin de establecer un puesto en la bahía de Lady Franklin, en la Tierra de Grant, un poco antes de llegar al grado 82. Erigieron el fuerte Conger, desde el cual los osados expedicionarios se internaron hacia el Noroeste de la bahía. En el mes de mayo de 1882 el teniente Lockwood y su compañero Brainard alcanzaron los 83 grados y 35 minutos, algo más que el célebre capitán Markham.
»Este ha sido hasta hoy el grado máximo alcanzado en los intentos infructuosos para llegar al mismo Polo.
Nuevamente la gente estalló en «¡Hip, hip, hurra!» en honor de los expedicionarios americanos.
– Pero esta última expedición también tuvo un mal fin. De los veinticuatro colonizadores árticos que se instalaron en el campamento, sólo quedaron Greely y seis marineros más, que en el año 1883 recogió el vapor Thetis, medio moribundos. Tanto Parry como los demás habían muerto después de horribles sufrimientos, así como también el teniente Lockwood, alargando con sus nombres la lista de víctimas de aquellas inhóspitas regiones.
La voz del presidente Barbicane se hizo un poco temblorosa al decir estas últimas palabras, y un silencio respetuoso demostró que los concurrentes participaban de la misma emoción.
– Vemos, pues –prosiguió, alzando la voz para hacer más vibrantes sus palabras–, que, a pesar de haber sacrificado tantas vidas y de que tantos hombres valerosos hayan dedicado toda su existencia a inútiles intentos de llegar al Polo boreal, nadie ha podido descubrir lo que hay más allá del paralelo ochenta y cuatro. Y casi podría asegurar que, con los medios conocidos y usados hasta ahora, es imposible hacer más. Nuestra naturaleza no está preparada para afrontar los peligros y las diferencias de temperatura de aquellas regiones. Por esto, pues, creemos que deben buscarse otros medios para llegar a la conquista del Polo.
Un estremecimiento de ansiedad corrió por entre todos los asistentes, al comprender que iban a descubrir por fin el secreto que tanto anhelaban conocer.
– ¿Y de qué manera han imaginado ustedes hacerlo? –preguntó fríamente el representante de Inglaterra.
– Dentro de diez minutos lo sabréis, mayor Donellan –le contestó el presidente Barbicane, y dirigiéndose a los accionistas en general añadió–: Os ruego que todos tengáis confianza en nosotros, ya que los promotores del asunto son los mismos que se embarcaron en el cohete cilíndrico-cónico...
– ¡Cilíndrico-cómico! –interrumpió Dean Toondrik.
– ...y emprendieron el viaje a la luna.
– ¡Ya, ya vemos que vienen de la Luna! –continuó burlándose el secretario del mayor Donellan, cuya interrupción provocó terribles protestas de sus vecinos.
El presidente Barbicane, imperturbable, se encogió de hombros, y, haciendo caso omiso de las burlas, prosiguió con voz firme:
– Sí, dentro de diez minutos, señoras y caballeros, lo sabrán todo.
Un sinfín de exclamaciones prolongadas acogió las palabras del presidente.
Si el orador hubiese anunciado que dentro de diez minutos los llevaría a todos al Polo, no habría causado menor sensación.
Cuándo el murmullo de «¡Ah!» y «¡Oh!» se fue apagando, Barbicane continuó su discurso en estos términos :
– Lo primero que debemos preguntarnos es si el casquete glacial de nuestra Tierra está formado por un continente, o es un inmenso mar, dando la razón al comandante Nares que lo denominó «Mar Paleocrústico», que quiere decir «mar de los viejos hielos». Y yo contesto a esta última suposición: «No lo creo».
– No es suficiente que no lo crea –interrumpió Eric Baldenak–, ¡hay que estar seguro...!
– De acuerdo –exclamó Barbicane–, y por consiguiente puedo contestar que sí: estoy seguro. La North Polar Practical Association ha adquirido una porción de terreno sólido y firme que desde el momento de su adquisición pasó a formar parte del territorio de los Estados Unidos, sin que ningún otro país pueda disputarle la posesión.
En el banco donde estaban sentados los representantes europeos se elevó un murmullo discreto.
– ¡Bah! –exclamó Dean Toondrik–. ¡No es más que un hoyo lleno de agua helada... que ya me gustará ver cómo os apañáis para vaciarlo...!
Sus colegas corroboraron esta afirmación con expresivas demostraciones de asentimiento.
– No es verdad –contestó impetuosamente el presidente Barbicane–. Se trata de un verdadero continente, de una meseta elevada a 3 ó 4 kilómetros sobre el nivel del mar (como el desierto de Gobi en el Asia Central). Y este es un hecho lógico y verdadero que ha podido comprobarse mediante las correspondientes observaciones de los territorios colindantes, que no son otra cosa que prolongación del continente polar. Ya los exploradores Nordenskiold, Peary, y Maaigaard observaron que el territorio de Groenlandia se extiende en dirección ascendente hacia el Norte. A ciento sesenta kilómetros hacia el interior alcanza ya una altura de dos mil trescientos metros, partiendo de la isla Disko. Además de estas utilísimas observaciones las diferentes especies de restos animales y vegetales que se han encontrado encerrados entre los bloques de hielo seculares, como son los huesos de mastodontes, colmillos de marfil, troncos de coníferas, puede asegurarse, sin lugar a dudas, que hubo un tiempo que este continente estuvo habitado por animales y quizá también por seres humanos, que vivieron en un terreno no fértil y productivo. Los inmensos bosques prehistóricos se hallan sepultados bajo los hielos, transformándose en los ricos yacimientos de hulla que sabremos descubrir y explotar. ¡Sí! Se trata de un continente que ocupa la parte del Polo Norte, virgen aún de toda huella humana, y seremos nosotros, los americanos, los primeros en pisar y también en plantar en el centro la bandera estrellada de los Estados Unidos de América.
Una verdadera ovación culminó estas últimas palabras. Cuando al cabo de un buen rato la tempestad de aplausos se calmó, se oyó la cascada voz del comandante Donellan que gritaba:
– ¡Ya han pasado siete minutos de los diez que faltan para conducirnos al Polo!
– Esos tres minutos que faltan son los que necesito para situarnos allí – contestó brevemente el presidente. Y prosiguió, dirigiéndose a la multitud–: Y este continente que constituye nuestra nueva propiedad se halla bastante elevado y, además, completamente bloqueado por los hielos eternos, rodeado de icebergs impenetrables que dificultan su explotación, haciendo difíciles las tentativas...
– Más que difíciles, ¡imposibles! –pronunció Jan Harald, recalcando sus palabras con un ademán muy expresivo.
– Admitamos que sea imposible para usted –contestó Impey Barbicane–, pero nosotros hemos dedicado todos nuestros esfuerzos a vencer esta imposibilidad. Y lo haremos sin necesidad de barcos ni de trineos, sino que procederemos a la fusión de los hielos mediante procedimientos de nuestra invención, y sin que esto represente el más mínimo gasto ni la menor pérdida de tiempo.
Al oír esto todo el auditorio contuvo la respiración, haciendo más absoluto el silencio que reinaba en la sala. Había llegado el momento «chicológico», según murmuró Dean Toondrik al oído de Jacques Jansen.
– Amigos míos –prosiguió el presidente del Gun Club–, Arquímedes pidió tan sólo un punto de apoyo para levantar el mundo. ¡Y nosotros ya tenemos este punto de apoyo! La palanca que precisaba el gran sabio de Siracusa la hemos descubierto nosotros. Estamos, pues, en perfectas condiciones para poder trasladar el Polo de sitio.
– ¡Trasladar el Polo! –exclamó Eric Baldenak.
– ¡ Y traerlo a América! –añadió Jan Harald.
El presidente Barbicane, sin prestar atención a las interrupciones, continuó diciendo:
– Este punto de apoyo...
– ¡No lo digáis! ¡No lo digáis! –gritó una voz potente entre los asistentes.
– La palanca es...
– ¡Guardad el secreto...! ¡Guardadlo! –exclamaron la mayoría de los oyentes.
– ¡Bueno, pues lo guardaremos! –accedió Barbicane.
Podéis pensar la decepción y la rabia que sintieron los delegados europeos al oír estas palabras. Lanzaron gritos de protesta, reclamaron insistentemente, pero el presidente Barbicane no cambió de actitud y se mantuvo firme en conservar oculto el secreto de sus procedimientos, contentándose con decir:
– Diré tan sólo el resultado de los trabajos mecánicos que emprenderemos y realizaremos gracias al capital suscrito por todos vosotros, que, por tratarse de una obra sin precedentes en la industria, merece una explicación.
– ¡Silencio! ¡Silencio! ¡Oíd todos! –gritaron varias voces.
Ya lo creo que escucharon; y con el mayor interés.
– Antes que nada, debemos felicitar a uno de nuestros más sabios e ilustres colegas, a quien corresponde el honor de la idea de nuestra obra y a quien se debe el mérito de haber establecido los cálculos necesarios para poner en práctica tan magna idea, pues aunque la explotación de las hulleras árticas era una cosa sencilla, el traslado del Polo es un problema de tal envergadura que sólo la mecánica superior podía resolver. Y este hombre es el honorable secretario del Gun Club, J. T. Maston.
– ¡Hip, hip, hurra! ¡Viva J. T. Maston! –gritaron todos los asistentes, cuyos gritos corrieron hasta las últimas filas de los que asistían a la reunión desde la calle.
La señora Evangelina Scorbitt era la más emocionada de todas las oyentes, y apenas podía contener los tumultuosos latidos de su corazón.
En cambio, J. T. Maston, sin envanecerse lo más mínimo, contestaba a todas las aclamaciones con modestos movimientos de cabeza dirigidos a una y otra parte, al mismo tiempo que esbozaba un tímido ademan de salutación con el gancho que le servía de mano.
– En aquellos tiempos en que preparábamos nuestro viaje a la Luna, ya, en el gran mitin que tuvo lugar con ocasión de la llegada a nuestro país del francés Miguel Ardan...
¡Y el americano hablaba de su viaje a la Luna con la misma naturalidad que si se hubiera tratado del recorrido Baltimore-Nueva York!
– ...ya nuestro J. T. Maston exclamó: «Tenemos que inventar máquinas y encontrar un nuevo punto de apoyo para corregir la posición del eje de la Tierra. Pues ahora, oídme bien todos los que me escucháis: ¡las máquinas ya se han inventado, también hemos encontrado el punto de apoyo y ha llegado el momento de enderezar el eje de la Tierra!
La estupefacción de los asistentes fue tan grande, que las exclamaciones empezaron a salir por boca de la gente en frases entrecortadas:
– ¡Cómo...! ¿Qué dice...? ¿Que va a cambiar el eje de la Tierra? –exclamó estupefacto Donellan.
– Eso mismo –contestó el presidente Barbicane–, o, mejor dicho, hemos inventado el modo de crear un nuevo eje alrededor del cual se efectuará, de ahora en adelante, la rotación del globo terrestre.
– ¡Tiene usted la pretensión de modificar el sistema de rotación de la Tierra! –exclamó el coronel Karkov, furioso.
– Completamente, y sin que ello represente modificación alguna en cuanto a la duración –contestó el presidente Barbicane–. Con el nuevo sistema, el actual Polo Norte llegará aproximadamente hasta el paralelo sesenta y siete y la Tierra quedará en situación parecida a la del planeta Júpiter, cuyo eje es casi perpendicular al plano de su órbita. Con un desplazamiento de 23° 28 minutos, el territorio polar se beneficiará de una temperatura capaz de fundir los hielos milenarios que lo rodean.
El auditorio estaba tan pasmado, que no hallaba palabras para interrumpir al orador ni fuerzas para aplaudirlo. Todo el mundo se sintió penetrado de un sentimiento de asombro y admiración ante aquella extraordinaria idea, tan simple y tan atrevida, de modificar el eje mismo de la Tierra.
En cuanto a los delegados europeos, estaban completamente estupefactos, aplastados, aniquilados y sin ánimos para levantar la voz.
Y el presidente Barbicane terminó su discurso con unas palabras sublimes, por su misma simplicidad, que fueron coronadas por una tempestad de aplausos estrepitosos:
– Por lo tanto, será el propio sol quien se encargará de fundir los icebergs y los bancos de hielo del Polo Norte para facilitarnos la entrada al mismo.
El mayor Donellan pudo pronunciar al fin:
– Es decir, que ya que nosotros no podemos ir al Polo, ¡será el Polo quien venga a nosotros!
– ¡ Exactamente! –exclamó el presidente Barbicane.