CAPÍTULO VI
EN EL QUE ES INTERRUMPIDA UNA CONVERSACIÓN
TELEFÓNICA ENTRE LA SEÑORA SCORBITT Y J. T.
MASTON
EL presidente Barbicane había asegurado que cumpliría su objetivo –y ahora que disponía del capital suficiente podía afirmarlo sin miedo a las posibles dificultades pecuniarias– y más aún, de no estar seguro del éxito, no se habría aventurado a hacer aquel llamamiento tan arriesgado a los capitales ajenos.
¡ Por fin el genio y la audacia de los hombres realizarían la conquista del Polo Norte'
El presidente Barbicane y el Consejo de la Sociedad disponían ahora de todos los medios para lograr un verdadero triunfo en aquella expedición, después de los continuos fracasos de todos cuantos habían intentado realizarla hasta la fecha. Ellos realizarían lo que no habían sido capaces de conseguir ni Franklin, ni Kane, ni De Long, ni Nares, ni Greely. Traspasarían el paralelo ochenta y cuatro y tomarían posesión del terreno adquirido en la subasta, añadiendo con su hazaña una estrella más a la bandera americana, correspondiente al treinta y nueve Estado agregado a la Confederación americana.
Pero los delegados europeos, así como sus partidarios, tan escépticos como ellos, no querían dar crédito de ningún modo a las promesas de los yanquis, y repetían sin cesar en cuanto se hablaba de la cuestión:
– ¡Embusteros!
Y sin embargo, el medio lógico, práctico e indiscutible que J. T. Maston había imaginado para alcanzar el Polo Norte, era de lo más verdadero y tan sencillo que casi podríamos decir infantil. De la cabeza de aquel sabio, cuyo cerebro estaba siempre en perpetuo trabajo, había salido el grandioso proyecto y la sencillez de su realización.
No debemos olvidar que el secretario del Gun Club era un calculador muy experto. Los más complicados problemas matemáticos eran resueltos por él como un pasatiempo No existían para él dificultades ni en el álgebra ni en la aritmética. Con una facilidad asombrosa manejaba los signos algebraicos; letras, números, rayas, coeficientes y exponentes, radicales e índices brotaban de su pluma, o mejor dicho, del pedazo de tiza que hacía mover con la punta de su gancho, porque prefería trabajar en la pizarra. Su temperamento podía expansionarse con fervor sobre aquella superficie negra de unos diez metros cuadrados, pues J. T. Maston necesitaba mucho espacio para trazar las enormes cifras que salían de sus fogosas manos. Sus 2 y sus 3 parecían pajaritas de papel, los 7 semejaban grandes horcas en espera del ahorcado; sus 8 eran como gigantescos lentes puestos de través; y los 6 y los 9 lucían siempre largas y retorcidas colas.
En cambio las letras, las dibujaba de un solo rasgo, sin adornos, tanto las primeras del alfabeto, a, b, c, que usaba para representar las cantidades conocidas, como las últimas, x, y, z, que indicaban los datos desconocidos y sobre todo las z, que trazaba en un zigzag violento. ¡Y había que verlo cuando tenía que escribir las letras griegas! Ahí sí que se lucía en los perfiles, tanto como para satisfacer a un Arquímedes o a un Euclides.
En los signos era donde se notaba más la claridad y la seguridad de su carácter. Sus + demostraban claramente que era el signo indicador de la suma de dos cantidades. Sus – eran más modestos pero quedaban bien. Sus x eran enérgicas como cruces de San Andrés, y sus = dibujados con dos rayas exactamente iguales y paralelas, acusaban el origen de J. T Maston, nacido en un país en que la igualdad no es sólo una palabra formularia, al menos entre individuos de raza blanca. Igualmente podemos apreciar sus rasgos característicos tanto en los y los ^ realizados en proporciones extraordinarias. Y cuando se trataba de dibujar el signo V indicador de la raíz de un número o una cantidad, lo completaba añadiéndole una línea enérgica en _____________ trazado con tanta energía que parecía un brazo amenazador que iba a salir de la pizarra para obligar al mundo a someterse a sus ecuaciones furibundas.
¡Y no se vaya a creer que la inteligencia matemática de J. T. Maston se redujera a un limitado horizonte de álgebra elemental! ¡No! Estaba tan familiarizado con el cálculo diferencial como con el cálculo integral, y nadie trazaba con más seguridad que él el signo famoso de la integración, esta sencilla y grandiosa letra s que es la suma de un conjunto de elementos infinitesimales.
En fin, podemos decir que era un hombre extraordinario, capaz de elevarse hasta lo más alto de las ciencias matemáticas.
Por esto, sus compañeros ponían una confianza absoluta en él, cuando se trataba de resolver los problemas más dificultosos ideados por los cerebros más complicados. Por todo esto el Gun Club había pensado en él como en la persona más apropiada para resolver el problema del proyectil que querían lanzar a la Luna. Y también, por todo lo expuesto, la señora Evangelina Scorbitt experimentaba hacia su persona una admiración y una devoción tales, que rayaban en los arrebatos del amor.
Pero por lo que se refiere al asunto que nos ocupa o sea, la realización de la conquista del Polo Norte, J. T. Maston no tenía que sumirse en los trabajos sublimes del análisis. Para poder llevar a cabo la explotación del territorio ártico por los nuevos propietarios de los terrenos, el secretario del Gun Club tenía que resolver simplemente un problema de mecánica –claro que sería un problema complicadísimo, que exigiría la elaboración de fórmulas atrevidas, pero nadie dudaba que saldría victorioso de la empresa.
¡Sí! Todos podían tener confianza en J. T. Maston, y todos la tenían, a pesar de que el menor error en los cálculos podía costarles caro. J. T. Maston no había cometido nunca un error de cálculo; ya desde su más tierna infancia se había ejercitado su cabeza en esta tarea con tanta afición, que jamás se había equivocado en una milésima de micrón6. Y, dado su temperamento, de haber cometido un error infinitesimal, seguro que no habría vacilado en suicidarse.
6 Micrón: medida usada en óptica, equivalente a una milésima de milímetro.
Insistimos en exponer el carácter noble de J. T. Maston, para que os deis perfecta cuenta de su modo de ser. Pero habríais de verlo en el trabajo; y para daros una idea, vamos a retroceder unas semanas en nuestro relato.
Cosa de un mes antes de poner en conocimiento del público en general el curioso documento, J. T. Maston había sido encargado de reducir a números redondos los elementos del proyecto, que él mismo había sugerido a sus compañeros, explicándoles sus maravillosos resultados.
J. T. Maston vivía desde hacía muchos años en el núm. 179 de Franklin Street, en un barrio tranquilo de Baltimore, muy apartado del centro donde se hacían y deshacían los negocios, de los cuales el matemático no entendía nada; allí podía trabajar pacíficamente, alejado del bullicio de la gente, que siempre le molestaba.
Como no disponía de otros medios de vida que la pensión que recibía como oficial de artillería retirado y el modesto sueldo que percibía como secretario del Gun Club, habitaba una modesta casita denominada «Ballistic-Cottage» con un negro por todo servicio, que se llamaba Fire-Fire (que en inglés quiere decir «Fuego-Fuego», nombre muy apropiado para el criado de un oficial de artillería). El negro también había sido soldado de artillería y cuidaba de su amo con el mismo esmero que usaba antes con su pieza.
J. T. Maston era un solterón empedernido, que cultivaba la creencia que la soltería es la mejor situación en este mundo. Estaba convencido de la veracidad del proverbio eslavo que dice: «Puede tirar más un pelo de mujer que una yunta de bueyes».
Pero si vivía solo en «Ballistic-Cottage» era porque quería, ya que, como sabemos, con sólo hacer un gesto, habría transformado su soledad de uno en compañía de dos, y su modesto capital en la fortuna de un multimillonario. Era más que seguro que la señora Evangelina Scorbitt se sentiría completamente feliz con... Pero, en realidad, era J. T. Maston quien no estaba muy seguro, al menos hasta el presente, de que sería mucho más feliz con... Por esto, aquellos dos seres que parecían haber nacido el uno para el otro –o al menos esto era lo que pensaba la acaudalada viuda– no parecían tener que llegar nunca a consumar aquella fusión.
La casita del matemático era muy pequeña, compuesta sólo de planta y un piso. En la planta baja había una pequeña salita, un comedor más pequeño aún, la cocina y la despensa. En el piso de arriba, el dormitorio y el despacho, que daban al jardín, y a donde los ruidos de la calle no llegaban jamás. Era un lugar retirado, adecuado para un sabio, que hubieran envidiado más de un Newton, un Laplace o un Cauchy.
En cambio, ¡qué distinta era la casa de la señora Evangelina Scorbitt, construida en el lugar más aristocrático de New Park, con sus numerosos balcones esculpidos, adornando la fachada con un amasijo de esculturas y bajorrelieves de todos los estilos y épocas! Sus inmensos salones estaban amueblados confortablemente y con gran lujo; tenía una importante galería de pintura, en la que se contaban los cuadros de los mejores pintores franceses; una soberbia escalinata conducía a las habitaciones de los pisos superiores, y un ejército de criados cuidaba de la casa, de sus cuadras, sus cocheras y su maravilloso jardín, cubierto de hermosos árboles y alegres fuentes; y, dominándolo todo, una alta torre, en la punta más alta de la cual ondeaba la bandera azul y oro con las armas de los Scorbitt.
Tres largas millas separaban el majestuoso palacio de New Park de «Ballistic-Cottage», pero habían instalado una línea telefónica directa entre las dos viviendas, y así muy a menudo podían mantener conversación desde el palacio al cottage y si no podían verse, podían oírse la voz. A nadie asombrará que fuese la señora Evangelina Scorbitt quien llamaba casi cada día a J. T. Maston, el cual raramente lo hacía. Cuando esto ocurría, el sabio matemático interrumpía su trabajo con cierto disgusto, pues le molestaba que lo estorbaran en sus tareas, sobre todo para decirle sólo unas palabras de salutación a las que correspondía con un gruñido furioso, regresando a sus problemas seguidamente.
El día 3 de octubre, al término de una larga reunión, J. T. Maston, después de despedirse de sus compañeros, se dirigió a su casa, dispuesto a trabajar un buen rato. Se trataba de algo muy importante, pues le habían encargado que estudiara los procedimientos mecánicos indicados para poder realizar el viaje hacia el Polo boreal y manera de efectuar la explotación de los yacimientos que se escondían bajo el hielo.
J. T. Maston calculaba que necesitaría unos ocho días para poder llevar a cabo su tarea, muy complicada y delicada, ya que tenía que resolver varias ecuaciones relativas a la mecánica, a la geometría analítica y a la trigonometría.
Para evitar que nada pudiera interrumpir sus cálculos, habían acordado que durante estos ocho días nadie lo visitaría ni molestaría para nada, debiendo permanecer aislado completamente en su cottage. La señora Evangelina Scorbitt experimentó un gran disgusto al pensar que tendría que estar ocho días aguantándose las ganas de hablar con su adorado sabio, pero tuvo que conformarse. Pero aquella tarde, la última que podía verle antes de que se enfrascara en sus trabajos, la viuda había querido hacerle una última visita, junto con el mismo presidente Barbicane, el capitán Nicholl, Bilsby, el coronel Bloomsberry y Tom Hunter, el de la pierna de palo, que también se habían reunido allí.
– ¡Triunfaréis, mi querido Maston! –le dijo al despedirse.
– ¡Ojo con equivocarse! –añadió haciendo un guiño el presidente Barbicane.
– ¡Equivocarse él! –exclamó la señora Evangelina Scorbitt.
– ¡ Errores, sólo Dios puede decir que no los ha cometido, al combinar las leyes de la mecánica celestial! –contestó modestamente el secretario del Gun Club.
Después, todos se despidieron con un buen apretón de manos, al que la viuda añadió algunos suspiros por su parte, deseándole mucho éxito en sus cálculos y recomendándole que no abusara del trabajo y se cuidara en bien de todos. Por fin, J. T. Maston cerró la puerta de su casa tras el último visitante, y recomendó a Fire-Fire que no la abriera a nadie más, aunque fuera el mismísimo Presidente de los Estados Unidos quien llamase.
J. T. Maston pasó los dos primeros días de reclusión reflexionando y releyendo varias obras relacionadas con la Tierra y sus elementos; estudió detenidamente su densidad, volumen, forma, sus movimientos de rotación y traslación, todo cuanto le pudiera servir de base para sus cálculos.
Detallaremos los datos principales por creer que es conveniente para el lector conocerlos antes de proseguir nuestro relato:
La Tierra está formada por un elipsoide de revolución, cuyo radio mayor mide 6.377.398 metros y el menor 6.356.080 metros. Esta diferencia de 21.318 metros es debida al aplastamiento de los Polos de nuestra Tierra.
La circunferencia de la Tierra en el Ecuador es de 40.000 kilómetros.
La superficie de la Tierra se calcula aproximadamente en 510 millones de kilómetros cuadrados.
El volumen de la Tierra es aproximadamente de mil millares de millones de kilómetros cúbicos.
La densidad de la Tierra es, siempre aproximadamente, de cinco veces la densidad del agua. Esta cifra ha sido hallada por Cavendish con la ayuda de unas balanzas inventadas y construidas por Mitchell, pero posteriormente fue rectificada por Baily, Wilsi, Cornu y Baille, quienes repitieron la operación con nuevos medios que dieron como resultado la cifra de 5.670 gramos.
El movimiento de traslación de la Tierra alrededor del Sol es de 365 días y un cuarto, lo que constituye el año solar, o, si queremos ser más exactos: 365 días, 6 horas, 9 minutos, 10 segundos y 37 décimas de segundo, lo que representa una velocidad de 30.400 metros por segundo.
Recorrido de la Tierra en su movimiento de rotación sobre su eje por los puntos de su superficie en el Ecuador: 463 metros por segundo.
J. T. Maston eligió para sus cálculos las unidades siguientes: el metro, el kilogramo, el segundo y el ángulo en el centro para la longitud, la fuerza, el tiempo y el ángulo respectivamente.
No fue hasta el día 5 de octubre, a las ocho de la tarde –cuando se trata de un trabajo extraordinario, es necesario precisar exactamente–, que J. T. Maston, considerando que había reflexionado ya bastante, empezó a poner por escrito el resultado de sus reflexiones. Ya desde un principio, atacó el problema por la base, o sea, por el número que representa la circunferencia de la Tierra en su círculo mayor, es decir: el Ecuador.
Había colocado la pizarra en su caballete de madera de roble, en una esquina de la habitación, de cara a la luz que entraba por una de las ventanas que daban al jardín. El cajón de la pizarra estaba lleno de barritas de tiza y el borrador estaba preparado al alcance de la mano izquierda, mientras la derecha, o, mejor dicho, el garfio de hierro, estaba a punto de marcar cifras, fórmulas y figuras en el encerado.
Lo primero que hizo J. T. Maston, fue trazar una gran circunferencia, que representaba la Tierra. Marcó la línea del Ecuador con una raya gruesa, en lo que representaba la parte exterior y que continuaba con una línea de puntitos significando el interior del globo, para dar la sensación de volumen en la esfera. Luego dibujó el eje que partía perpendicularmente el Ecuador saliendo por los dos Polos, en cada uno de los cuales escribió las letras N. y S., respectivamente.
Luego, en un extremo de la pizarra, puso la cantidad de metros que mide la circunferencia terrestre, o sea de 40 millones.
Entonces, una vez hecho todo esto, J. T. Maston se dispuso a iniciar sus cálculos.
Tan absorto estaba en sus operaciones, que no se dio cuenta del cambio en el estado de la temperatura, que se había ido efectuando en el curso de aquella tarde. Hacía poco más de una hora que se iba fraguando' una de aquellas tempestades que por su importancia afectan en gran manera a todos los mortales. Una gran cantidad de nubes espesas iba acumulándose en el firmamento, que se cubría de un tono gris plomo, cubriendo pesadamente toda la ciudad. A lo lejos resonaba el retumbar del trueno y el zigzag fluorescente de los relámpagos rasgaba la atmósfera tensa de electricidad.
Pero J. T. Maston continuaba absorto cada vez más profundamente en su trabajo, y no se daba cuenta de nada.
De pronto, sonó estridente el timbre del teléfono, turbando el silencio del gabinete del matemático.
– ¡Vaya! –exclamó J. T. Maston–. ¡Si no pueden venir por la puerta vienen a importunarme por los hilos telefónicos...! ¡Bonito invento para quienes necesitan silencio y tranquilidad...! ¡Me parece que lo mejor será que quite la corriente mientras trabajo y así me dejarán tranquilo hasta que termine!
Pero, a pesar de todo, cogió el aparato:
– ¿Qué se ofrece? –preguntó malhumorado.
– Estar en contacto con vos unos minutos –contestó una voz femenina.
– ¿Quién sois?
– ¿No me conocéis, querido señor Maston? Soy yo... la señora Scorbitt.
– ¡La señora Scorbitt! ¡Pero, no podéis dejarme ni un minuto tranquilo!
A pesar de que estas palabras fueron pronunciadas con un tono nada halagador, debido a la distancia, alcanzaron a los oídos de la viuda como un susurro, de manera que no llegaron a ofender sus sentimientos.
J. T. Maston, sin embargo, como era un caballero, pasado el primer momento de enojo, se esforzó en contestar lo más amablemente que pudo a la afectuosa viuda.
– ¡Ah, sois vos, señora Scorbitt! –dijo suavizando la voz.
– ¡Yo misma, querido señor Maston!
– ¿Y qué deseáis, señora Scorbitt?
– Avisaros de que se avecina una gran tempestad.
– Bueno, pero yo no puedo hacer nada para impedirla...
– Ya lo sé –dijo Evangelina–, pero solamente lo digo por si no habéis atinado en cerrar todas las ventanas de vuestra casa...
Apenas la señora Scorbitt acababa de pronunciar estas palabras, cuando estalló un trueno formidable que hizo temblar el espacio. Parecía que se hundía el firmamento, con un ruido parecido al de una pieza de tela rasgada violentamente. El rayo había caído muy cerca de «Ballistic-Cottage», y la corriente, pasando a través del hilo telefónico, irrumpió brutalmente en el despacho del matemático.
J. T. Maston, que se hallaba inclinado sobre el auricular, recibió en la mejilla un sopapo formidable, como nunca haya recibido sabio alguno. Y la chispa, corriendo rápidamente por su gancho de hierro, le dio tan tremenda sacudida que lo derribó al suelo como un muñeco. Al propio tiempo, la pizarra fue arrancada de su caballete, yendo a parar en el extremo opuesto de la habitación, y la invisible fuerza eléctrica salió misteriosamente, perdiéndose en la tierra.
Completamente atontado, J. T. Maston se levantó del suelo, palpándose el cuerpo para asegurarse de que no estaba herido. Comprobando que no tenía nada roto, y sin perder la sangre fría, volvió a poner la habitación en orden, colocó nuevamente la pizarra encima del caballete que se había caído, recogió los pedazos de tiza esparcidos por el suelo y reanudó su trabajo, en el mismo lugar en que fue interrumpido tan bruscamente.
Entonces se dio cuenta de que, con la caída, se habían borrado de la pizarra las cifras escritas a la derecha, indicadoras de los metros que representaba la circunstancia de la Tierra. Cuando estaba rehaciéndolos, sonó nuevamente el timbre del teléfono, con su estridencia habitual.
– ¡Otra vez! –exclamó J. T. Maston fastidiado.
– ¿Quién es? –preguntó cogiendo el auricular.
– Soy yo... la señora Scorbitt.
– ¿Y qué queréis ahora, señora Scorbitt?
– ¿Ha caído en Ballistic-Cottage este terrible rayo?
– ¡Así lo creo!
– ¡Ay, Dios mío! ¿Qué os ha pasado?
– ¡Tranquilizaos, señora Scorbitt!
– ¿Os habéis hecho daño, querido señor Maston?
– No, no me ha pasado nada.
– ¿Estáis seguro de encontraros bien del todo?
– Perfectamente, y muy agradecido/por vuestro interés hacia mí persona – logró decir J. T. Maston, haciendo acopio de toda su galantería.
– ¡Me alegro mucho de que no os haya pasado nada! ¡Buenas tardes, querido señor Maston!
– Buenas tardes, querida señora Scorbitt!
Pero, después de colgar el teléfono, murmuró mientras se dirigía otra vez a su trabajo:
– ¡Al diablo esta buena mujer! Si no hubiera tenido la mala idea de llamar por teléfono, no me habría ocurrido esto, ¡por poco me mata un rayo por su culpa!
Pero ya no volvieron a interrumpirle y J. T. Maston pudo proseguir sus cálculos con toda tranquilidad. Claro que tuvo la precaución de cortar la comunicación telefónica antes, dejando el aparato completamente desconectado, por si acaso.
Dedicándose por completo a su trabajo, fue haciendo fórmulas y más fórmulas hasta encontrar la fórmula definitiva, que escribió al lado izquierdo de la pizarra, borrando todas las operaciones que le habían servido para hallar la verdadera.
-Y sobre aquella fórmula empezó una interminable serie de operaciones algebraicas.
A los ocho días, el 11 de octubre exactamente, quedó resuelto definitivamente el magnífico cálculo de mecánica y J. T. Maston pudo presentar triunfalmente a sus colegas la solución del problema que todos esperaban con la impaciencia que es natural.
Podía decirse, pues, que había quedado determinada la manera práctica de alcanzar el Polo Norte y explotar sus yacimientos, con una presión matemática. Fue entonces cuando se fundó la Sociedad que tomó por título North Polar Practical Association, a quien el Gobierno de los Estados Unidos había cedido la concesión del territorio ártico, en el caso de que éste le fuera adjudicado. Ya sabemos todo lo que ocurrió después, cómo la Sociedad se hizo propietaria de la nueva adjudicación y cómo procedió a su llamamiento a todos los capitalistas del mundo para que prestaran su concurso a tan magna empresa.