El secreto de Maston

CAPÍTULO XVI

EN EL QUE EL CORO DE LOS DESCONTENTOS VA «CRESCENDO» Y «RINFORZANDO»

Después de este apremiante aviso, ya no había más que prepararse contra los peligros de la situación, o, cuando menos, huir de ellos, trasladándose a las líneas neutras, donde serían nulos.

Las gentes amenazadas se dividían en dos categorías: las que perecerían por asfixia y las que lo harían por inundación.

El efecto de aquella comunicación dio lugar a muy diversas apreciaciones, todas las cuales se convirtieron en protestas violentísimas.

Del lado de los asfixiados estaban los americanos de los Estados Unidos, y los europeos de Francia, de Inglaterra, de España, etc., para quienes la perspectiva de anexionarse los territorios del fondo oceánico no bastaba a hacerles aceptables aquellas modificaciones. Así, París, colocado a una distancia del nuevo Polo aproximadamente igual a la que lo separa actualmente del antiguo, no ganaría en el cambio. Gozaría de una primavera perpetua, es verdad, pero perdería sensiblemente en su capa de aire respirable. Y esto no era para complacer a los parisienses, que tienen la costumbre de consumir el oxígeno en abundancia.

Del lado de los inundados, había habitantes de la América del Sur, y australianos, canadienses, indios, neozelandeses. Pues bien; la Gran Bretaña no consentiría que Barbicane y Compañía la privase de sus colonias más ricas, donde el elemento sajón tiende a sustituir visiblemente al elemento indígena. Evidentemente, el golfo de México se vaciaría para formar un vasto imperio de las Antillas, cuya posesión podrían reivindicar los mexicanos y los yanquis en virtud de la doctrina de Monroe. Evidentemente, también el mar que encierra las islas de la Sonda, las Filipinas y las Célebes, quedando en seco, dejaría inmensos territorios que podrían pretender los ingleses y los españoles. ¡Vana compensación! Esto no contrabalancearía la pérdida debida a la terrible inundación.

¡Ah! Si no desaparecieran bajo los nuevos mares más que samoyedos o lapones de Siberia, habitantes de la Tierra de Fuego, patagones, hasta tártaros, chinos, japoneses, o algunos argentinos, acaso los Estados civilizados habrían aceptado el sacrificio. Pero eran muchas las potencias que tenían su parte en la catástrofe, para no protestar.

En lo que concierne más especialmente a Europa, bien que su parte central debiera quedar casi intacta, sería levantada por el Oeste y descendería por el Este; es decir, medio asfixiada por un lado y medio inundada por el otro. Esto no se podía aceptar. Además, el Mediterráneo se vaciaría casi por completo, y esto no lo tolerarían ni los franceses, ni los italianos, ni los españoles, ni los griegos, ni los turcos, ni los egipcios, a los cuales su situación de ribereños da indiscutibles derechos sobre este mar. Y luego, ¿para qué serviría el canal de Suez, que había quedado por su posición en la línea neutra? ¿Cómo utilizar los admirables trabajos de Lesseps, cuando ya no hubiera Mediterráneo de un lado del istmo y muy poco mar Rojo del otro, a menos de prolongarlo centenares de leguas...?

En fin: ¡jamás Inglaterra consentiría en ver Gibraltar, Malta y Chipre transformarse en cimas de montañas perdidas en las nubes, a las que no pudieran abordar sus barcos de guerra! ¡No! ¡Ella no se declararía satisfecha con los acrecentamientos de territorios que le corresponderían en el antiguo lecho del Atlántico! Y, sin embarco, el comandante Donellan había pensado ya en regresar a Europa para hacer valer los derechos de su país sobre estos nuevos territorios, en el caso de que la empresa de Barbicane y Compañía tuviera éxito.

Dedúcese de aquí que las protestas llegarían de todas partes, hasta de los Estados situados en las líneas donde la desnivelación sería nula, porque ellos mismos sufrían algo en otros puntos. Estas protestas fueron acaso más violentas todavía cuando la llegada del despacho de Zanzíbar, que hacía conocer el lugar del disparo, permitió redactar el aviso poco tranquilizador, arriba copiado.

En una palabra: el presidente Barbicane, el capitán Nicholl y J. T. Maston fueron expulsados de la humanidad.

Y, sin embargo, ¡ qué prosperidad para los periódicos de todos matices! ¡Qué pedidos de ejemplares! ¡Qué tiradas de suplementos! Aquella fue la primera vez, acaso, en que se unieron en una misma protesta periódicos generalmente en desacuerdo en cualquiera otra cuestión: los Novisti, la NovoieVremia, el Messager de Kronstadt, la Gazette de Moscú, el Ruskoié-Diélo, el Grandjanme, el Journal de Carlscrona, el Handelsbad, el Vaderland, la Fremdenblatt, la Neue Badische Landeszeitung, la Gazette de Magdebour, la Neue Freie-Presse, el Berliner Tagblatt, el Extrablatt, el Post, el Volhsbladtt, el Boersencourier, la Gazette de Siberia, la Gazette de la Croix, la Gazette de Voss, el Reichsanzeiger, la Germania, La Época, El Correo, El Imparcial, La Iberia, La Correspondencia, el Temps, el Fígaro, el Instransigeant, el Gaulois, el Univers, la Justice, la République Frangaise, la Autorité, la Presse, el Matin, el XIX Siécle, la Liberté, la Illustration, el Fonde I Ilustré, La Revue de Deux Mondes, el Cosmos, la Revue Bleue, la Nature, la Tribuna, el Osservatore Romano, el Essercito Romano, el Fanfulla, el Capitán Fracassa, la Riforma, el Pester Lloyd, el Ephymeris, la Acrópolis, la Palingenesia, El Correo de Cuba, el Pionnier d'Allahabad, el Srpska Nezavinost, la Indépendance Roumaine, el Nord, la Indépendance Belge, el Sydney-Morning-Herald, la Edimburgh Review, el Manchester-Guardian, el Scotsman, el Standard, el Times, el Trusth, el Sun, el Central News, La Prensa Argentina, el Romanul de Bucarest, el Courrier de San Francisco, el Commercial Gazette, el San Diego de California, el Manitoba, el Echo du Pacifique, el Scientifiqué Americain, el Courrier des Etats-Unis, el New-York Herald, el World de New York, el DailyChronicle, el Buenos Aires Herald, el Reveil du Maroc, el Hu-Pao, el TchingPao, el Courrier de Haiphong, y el Moniteur de la República de Cunani, Hasta el Mac Lane Express, periódico inglés, consagrado a las cuestiones de economía política, y que aludió al hambre que reinaría en los territorios devastados. ¡No era el equilibrio europeo lo que peligraba –de esto es de lo que trataba, ciertamente–; era el equilibrio universal! ¡Juzgúese del efecto en un mundo que se había puesto furloso, al cual el exceso de neurosis, que fue su característica durante el fin del siglo IX, predisponía a todas las locuras, a todas las epilepsias! ¡Aquello fue una bomba cayendo en un polvorín!

Por lo que hace a J. T. Maston, se pudo creer que había llegado su última hora.

En efecto; la noche del 17 de setiembre, penetró en su prisión una multitud delirante, con la intención de lincharle; y, hay que decirlo, los agentes de la policía no opusieron ningún obstáculo...

La celda de J T. Maston estaba vacía. A peso de oro había conseguido la señora Evangelina Scorbitt hacerle escapar. El carcelero se había dejado seducir, con tanta más facilidad, cuanto que pensaba llegar hasta los últimos límites de la vejez. En efecto, Baltimore, como Washington, Nueva York y otras ciudades principales del litoral americano, estaba en la categoría de las poblaciones que quedarían en alto y que conservarían aire bastante para el consumo diario de sus habitantes,

J. T. Maston había podido ganar un asilo misterioso, y librarse así de los furores de la indignación pública. Así es como la existencia de este gran trastornador de mundos fue salvada por la adhesión de una mujer amante. Por lo demás, ya no había que esperar más que cuatro días –¡cuatro días I– para que los proyectos de Barbicane y Compañía fuesen un hecho.

Como se ve, el aviso urgente había sido escuchado tanto cuanto podía serlo. Si al principio hubo algunos escépticos a propósito de las catástrofes anunciadas, ya no los había. Los Gobiernos se habían apresurado a prevenir a sus nacionales –en pequeño número, relativamente– que iban a ser levantados a zonas de aire rarificado; y a los que, en número más considerable, habitaban en los territorios que serían invadidos por los mares.

A consecuencia de estos avisos, transmitidos por telégrafo a través de las cinco partes del mundo, comenzó una emigración tal, como jamás se vio otra semejante, ni aun en la época de las emigraciones arias en dirección del Este al Oeste. Fue aquél un éxodo comprendiendo en parte ramas de raza hotentotes, melanesias, negras, rojas, amarillas, morenas y blancas...

Desgraciadamente faltaba el tiempo. Las horas estaban contadas. Con algunos meses de tiempo, los chinos habrían podido abandonar la China; los australianos, Australia; los patagones, Patagonia; los siberianos, las provincias siberianas, etc., etc.

Pero como el peligro estaba localizado, ahora que se conocía los puntos del Globo casi indemnes, el espanto fue menos general. Algunas provincias, aun ciertos Estados, comenzaron a tranquilizarse. En una palabra, salvo en las regiones amenazadas directamente, no quedó más que aquella aprensión muy natural que siente todo ser humano en la espera de un espantoso choque.

Durante este tiempo, Alcides Pierredos no cesaba de repetir, gesticulando como un telégrafo antiguo:

– Pero ¿cómo diablos conseguirá el presidente Barbicane fabricar un cañón un millón de veces mayor que el cañón de veintisiete? ¡ Endiablado Maston! ¡ Quisiera encontrarlo para darle un capirotazo! ¡Esto no tiene nada de razonable y es demasiado «catapúltico»!

Como quiera que sea, el fracaso de la operación era la única esperanza de que ciertas partes del Globo terrestre pudieran escapar a la universal catástrofe.

Телеграмма

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