XI
LOS SAQUEADORES DE NAUFRAGIOS.
Estaban allí, una docena, Kongre y Carcante con ellos, atraídos por el instinto del pillaje.
La víspera, en el momento en que el sol iba a caer bajo el horizonte, Carcante, desde la galería del faro, había visto este navío de tres palos que venía del este. Kongre, prevenido, pensó que este buque, huyendo ante la tempestad, quería ganar el estrecho de Le Maire, luego buscar abrigo bajo la costa occidental de la isla. Mientras el día se lo permitió, siguió sus movimientos, y, llegada la noche, distinguió sus luces. No tardó en reconocer que el navío estaba medio desarbolado y esperó que fuera a encallar sobre esta tierra que no veía. Si Kongre hubiera encendido el faro, todo peligro habría desaparecido. Se guardó bien de hacerlo, y, cuando los fanales del Century vinieron a extinguirse, no puso en duda que el navío se hubiera perdido con hombres y carga entre el cabo San Juan y la punta Several.
Al día siguiente, el huracán se desencadenaba todavía con furia. Imposible pensar en sacar la goleta. Un retraso se imponía, retraso que podía durar algunos días, y eso no dejaba de ser grave, con la amenaza constante de la llegada del relevo. Cualquiera que fuera el despecho de Kongre y de los suyos, había sin embargo que esperar a toda costa. Después de todo, por otra parte, no se estaba más que a 19 de febrero. La tormenta se calmaría seguramente antes del fin del mes. A la primera clara, el Carcante habría levado el ancla y se habría hecho de nuevo a la mar.
Ahora bien, puesto que un buque acababa de estrellarse en la costa, ¿no era la ocasión de aprovechar el naufragio, de recoger, entre los restos, aquellos que ofrecieran algún valor, y de acrecentar así el precio de la carga que se llevaría la goleta? El aumento del beneficio compensaría al menos el agravamiento del riesgo corrido.
La cuestión ni siquiera fue discutida. Se puede decir que toda esta banda de aves rapaces partió del mismo vuelo. La chalupa fue enseguida aparejada, una docena de los hombres y su jefe tomaron plaza en ella. Hubo que luchar a fuerza de remos contra el viento que soplaba con furia y rechazaba las aguas en la bahía. Una hora y media apenas bastó para alcanzar los últimos acantilados; pero, con la ayuda de la vela, el regreso se efectuaría rápidamente.
La chalupa atracó en la orilla norte de la bahía, en frente de la caverna. Todos desembarcaron y se precipitaron hacia el lugar del naufragio.
Es en ese momento que estallaron los gritos que interrumpieron la conversación de John Davis y de Vásquez.
Enseguida este último reptó hasta la entrada de la gruta, teniendo cuidado de no ser visto.
Un instante después, John Davis se había deslizado junto a él:
– ¡Usted! —le dijo Vásquez—. ¡Déjeme solo!... Necesita usted reposo.
– No —respondió John Davis—. Estoy completamente bien, ahora. Y, yo también, vengo a ver este rebaño de bandidos.
Era un hombre enérgico, este segundo del Century, no menos resuelto que Vásquez, uno de esos hijos de América con temperamento de hierro, y, ciertamente, debía tener, como se dice vulgarmente, «el alma bien pegada al cuerpo» para que la una no se hubiera separado del otro después del naufragio del velero.
Al mismo tiempo excelente marino. Había servido como contramaestre de primera en la flota de los Estados Unidos antes de navegar en el comercio, y, al regreso del Century a Mobile, debiendo Harry Steward tomar su retiro, los armadores habían resuelto confiarle el mando del navío.
Era para él otro motivo de cólera y de odio. De este navío del que iba pronto a ser el capitán, no veía ahora más que despojos informes entregados a una banda de saqueadores.
Si Vásquez necesitaba alguna vez que le levantaran el ánimo, ¡este era bien el hombre que hacía falta!
Pero, por muy decididos, por muy valientes que fueran ambos, ¿qué habrían podido contra Kongre y sus compañeros?
Refugiándose detrás de las rocas, Vásquez y John Davis observaron prudentemente el litoral hasta el extremo del cabo San Juan.
Kongre, Carcante y los otros se habían detenido primero en aquel ángulo donde el huracán acababa de empujar una mitad del casco del Century en estado de despojos amontonados al pie del acantilado.
Los saqueadores se encontraban a menos de doscientos pasos de la gruta, desde donde se distinguían fácilmente sus rasgos. Estaban vestidos con chaquetones de tela encerada, estrechamente ceñidos a su talle a fin de no ofrecer presa al viento, y cubiertos con sombreros de agua que una fuerte correa mantenía en el mentón. Que tuvieran dificultad en resistir al empuje de las ráfagas, eso se veía. A veces, les era preciso apuntalarse contra un resto o una roca para no ser derribados.
Vásquez designó a John Davis a los que conocía por haberlos visto durante su primera visita a la caverna.
– Aquel alto —le dijo—, allí, cerca de la proa del Century, es al que dan el nombre de Kongre.
– ¿Su jefe?
– Su jefe.
– ¿Y el hombre con el que habla?
– Es Carcante, su segundo… y, lo he visto bien desde arriba, uno de los que golpearon a mis camaradas.
Se les veía transportar cajas y fardos.
—¿Y le rompería la crisma de buena gana? —dijo John Davis.
– ¡A él y a su jefe, como a perros rabiosos! —respondió Vásquez.
Transcurrió cerca de una hora antes de que los saqueadores hubieran acabado de visitar esta parte del casco. Habían querido registrar todos sus rincones. El níquel, que formaba la carga del Century, y del que no tenían qué hacer, sería dejado en la playa. Pero, en lo que concernía a la pacotilla embarcada en el velero, quizás comportaba objetos de su conveniencia. En efecto, se les vio transportar dos o tres cajas y otros tantos fardos que Kongre hizo llevar a bordo de la chalupa.
– Si esos bribones buscan oro, plata, joyas de precio o piastras, no las encontrarán —dijo John Davis.
– Eso es lo que prefieren, por supuesto —respondió Vásquez—. Había en la caverna, y es preciso que los navíos que se han perdido en este litoral hayan tenido a bordo una cierta cantidad de materias preciosas. Así, la goleta debe ahora tener una carga de precio, Davis.
– Comprendo —replicó este—, que tengan prisa por ponerla a salvo… ¡Pero quizás no tendrán esa suerte!
– Sería necesario, para eso, que el mal tiempo se mantuviera durante quince días —objetó Vásquez.
– O que nosotros encontráramos un medio…
John Davis no acabó su pensamiento… En suma, ¿cómo impedir a la goleta hacerse a la mar, tan pronto como, esta tempestad habiendo agotado su violencia, el tiempo se hubiera vuelto manejable, el mar se hubiera vuelto calmo?
En ese momento, los saqueadores, abandonando esta mitad del navío, se dirigieron hacia la otra, en el lugar de encallamiento, en la punta misma del cabo.
Desde el lugar que ocupaban, Vásquez y John Davis podían todavía verlos, pero de un poco más lejos.
La marea bajaba, y, aunque fuera rechazada por el viento, la superficie de los arrecifes se descubría en gran parte. Era bastante fácil alcanzar el armazón del velero.
Kongre y dos o tres otros se introdujeron entonces en él. Era, en la popa del navío, bajo la toldilla, donde estaba el pañol, así como John Davis le dijo a Vásquez.
Muy probablemente, este pañol debía haber sido devastado por los golpes de mar. Era sin embargo posible que una cierta cantidad de provisiones estuviera todavía intacta.
En efecto, varios de los hombres salieron de él con cajas de conservas, algunos barriles y toneles que rodaron sobre la arena y dirigieron hacia la chalupa. Fardos de ropa fueron también retirados de los despojos de la toldilla y llevados del mismo lado.
Las búsquedas duraron unas dos horas; luego Carcante y dos de sus compañeros, provistos de hachas, atacaron el coronamiento que, a consecuencia de la banda del navío, no estaba más que a dos o tres pies del suelo.
– ¿Qué hacen pues? —preguntó Vásquez—. ¿Es que el buque no está bastante demolido? ¿Por qué diablo querer rematarlo?
– Lo que quieren, lo adivino —respondió John Davis—, es que nada quede ni de su nombre ni de su nacionalidad. ¡Es que no se sepa jamás que el Century se ha perdido en estos parajes del Atlántico!
John Davis no se equivocaba. Algunos instantes después, Kongre salía de la toldilla con el pabellón americano encontrado en el camarote del capitán, y desgarraba la estameña en mil pedazos.
– ¡Ah! ¡el bribón! —exclamó John Davis—, ¡el pabellón… el pabellón de mi país!
Apenas si Vásquez tuvo tiempo de detenerlo por el brazo, en el momento en que, no siendo ya dueño de sí, ¡iba a lanzarse sobre la playa!...
Terminado el pillaje —y la chalupa tendría su plena carga— Kongre y Carcante remontaron al pie del acantilado. Paseándose, pasaron dos o tres veces delante del espacio intermedio de las rocas al fondo del cual se ahuecaba la gruta. Vásquez y John Davis pudieron entonces oír lo que decían:
– Será todavía imposible partir mañana.
– Sí. Temo incluso que este mal tiempo dure algunos días.
– ¡Eh! no habremos perdido con el retraso…
– Sin duda, ¡pero esperaba encontrar algo mejor en un americano de este tonelaje!... El último que atrajimos sobre los arrecifes nos valió cincuenta mil dólares…
– ¡Los naufragios se suceden y no se parecen! —respondió Carcante con filosofía—. Hemos tenido que ver con unos pordioseros, eso es todo.
John Davis, exasperado, había agarrado un revólver, y, en un movimiento de cólera irreflexiva, le habría roto la crisma al jefe de la banda, si Vásquez no lo hubiera retenido de nuevo.
– ¡Sí, tiene usted razón! —reconoció John Davis—. Pero no puedo hacerme a esta idea de que estos miserables queden impunes… Y sin embargo, si su goleta logra abandonar la isla, ¿dónde encontrarlos… dónde perseguirlos?
– La tempestad no parece calmarse —observó Vásquez—. Incluso si el viento llega a rolar, el mar permanecerá agitado durante varios días todavía… No han salido de la bahía, créame.
– Sí, Vásquez, pero ¿no es antes del comienzo del mes próximo que debe llegar el aviso, me ha dicho usted?
– Quizás antes, Davis, ¿quién sabe?...
– ¡Dios lo quiera, Vásquez, Dios lo quiera!
Lo que no era más que demasiado evidente, es que la tormenta no perdía nada de su violencia, y, bajo esta latitud, incluso durante la estación estival, estas perturbaciones de la atmósfera duran a veces una quincena. Si el viento rolaba al sur, traería los vapores del mar antártico, donde la estación invernal no tardaría en comenzar. Ya, los balleneros debían pensar en abandonar los parajes polares, pues, desde el mes de marzo, los nuevos hielos se forman delante de la banquisa.
Pero, en fin, era de temer que, en cuatro o cinco días, no se produjera una calma, de la que la goleta se aprovecharía para hacerse de nuevo a la mar.
Eran las cuatro, cuando Kongre y sus compañeros reembarcaron. Izada su vela, la chalupa había desaparecido en algunos instantes siguiendo la orilla norte de la bahía.
Con la tarde, las ráfagas se acentuaron. Una lluvia fría y cortante se derramó a torrentes de las nubes venidas del sudeste.
Vásquez y John Davis no pudieron abandonar la gruta. El frío fue incluso bastante vivo, y tuvieron que hacer fuego para calentarse. La pequeña hoguera fue encendida al fondo del estrecho pasillo. Estando el litoral desierto, la oscuridad profunda, no tenían nada que temer.
La noche fue horrible. El mar venía a batir el pie del acantilado. Era para creer que un macareo, o más bien un maremoto se precipitaba sobre la costa este de la isla. Ciertamente, un oleaje espantoso debía penetrar al fondo de la bahía, y Kongre tendría mucho que hacer para mantener el Carcante en su fondeadero.
– ¡Quiera Dios que sea hecho pedazos —repetía John Davis—, y sus despojos deriven mar adentro con la próxima marea!
En cuanto al casco del Century, no quedaría de él al día siguiente más que los despojos encajados entre las rocas o esparcidos sobre la playa.
¿Había alcanzado la tormenta su máximo de intensidad? Es lo que Vásquez y su compañero se apresuraron a observar desde el alba.
No era así. Imposible imaginar tal perturbación de los elementos. Las aguas del cielo se confundían con las del mar. Y fue lo mismo durante toda la jornada y durante la noche siguiente. Durante estas cuarenta y ocho horas, ningún navío apareció a la vista de la isla, y se comprende que quisieran apartarse a toda costa de estas peligrosas tierras de la Magallanía batidas directamente por la tempestad. No es ni en el estrecho de Magallanes ni en el estrecho de Le Maire donde habrían encontrado refugio contra los asaltos de tal huracán. La salvación para ellos era la huida, y necesitaban ante la proa la libre extensión de los mares.
Así como lo preveían John Davis y Vásquez, el casco del Century estaba enteramente destruido, e innumerables despojos cubrían la playa hasta la base del acantilado.
Afortunadamente, la cuestión del alimento no debía preocupar a Vásquez y a su compañero. Con las conservas que provenían del Century, habrían podido alimentarse durante un mes y más. Para entonces, quizás en una docena de días, el Santa Fe habría llegado a la vista de la isla. Los malos tiempos habrían terminado entonces, y el aviso no temería venir a reconocer el cabo San Juan.
Es del navío, tan apasionadamente esperado, de lo que ambos hablaban más a menudo.
– Que la tempestad dure para impedir a la goleta salir, y que cese para permitir al Santa Fe venir, he aquí lo que haría falta —exclamaba ingenuamente Vásquez.
– ¡Ah! —respondía John Davis—, si dispusiéramos de los vientos y del mar, sería cosa hecha.
– Desgraciadamente, eso no pertenece más que a Dios.
– No querrá que estos miserables escapen al castigo de sus crímenes —afirmaba John Davis, apropiándose de los mismos términos empleados por Vásquez algún tiempo antes.
Ambos teniendo el mismo motivo de odio y la misma sed de venganza, estaban unidos en el mismo pensamiento.
El 21 y el 22, la situación no se modificó, sensiblemente al menos. Quizás el viento indicaba una cierta tendencia a rolar al nordeste. Pero, después de una hora de vacilación, volvió a caer, y trajo de nuevo sobre la isla todo el cortejo de estas espantosas ráfagas.
Huelga decir que ni Kongre ni ninguno de los suyos habían reaparecido. Estaban ocupados, sin duda, en preservar la goleta de toda avería en esta cala que las mareas crecidas por el huracán debían llenar a rebosar.
El 23, por la mañana, las condiciones atmosféricas mejoraron un poco. Después de alguna indecisión, el viento pareció fijarse al nornoroeste. Claras, raras al principio, luego más vastas, despejaron el horizonte del sur. La lluvia cesó, y, si el viento soplaba todavía con violencia, el cielo se aclaraba por grados. El mar, es verdad, permanecía embravecido, y las olas rompían rabiosamente sobre el litoral. Así la entrada de la bahía no volvía a ser practicable, y, bien ciertamente, la goleta no podría ponerse en ruta ni ese día ni el siguiente.
¿Aprovecharían Kongre y Carcante esta ligera calma para regresar al cabo San Juan, a fin de observar el estado del mar? Era posible, era probable incluso, y las medidas de prudencia no fueron descuidadas.
De gran mañana, sin embargo, su llegada no era de temer. Así John Davis y Vásquez se aventuraron fuera de la gruta, que no habían abandonado desde hacía cuarenta y ocho horas.
– ¿Se mantendrá el viento ahí? —interrogó Vásquez.
– Lo temo —respondió John Davis, a quien su instinto de marino apenas engañaba—. Nos habrían hecho falta todavía diez días de mal tiempo… ¡diez días!... y no los tendremos.
Los brazos cruzados, miraba el cielo, miraba el mar.
Sin embargo, habiéndose alejado Vásquez algunos pasos, lo siguió bordeando el acantilado.
De repente, su pie golpeó un objeto medio hundido en la arena, cerca de una roca, y que rindió al choque un sonido metálico. Se agachó y reconoció la caja que contenía la provisión de pólvora de a bordo, tanto para los mosquetes como para las dos carronadas de a cuatro que el Century empleaba para sus señales.
– No tenemos qué hacer con esto —dijo—. ¡Ah! ¡si fuera posible encenderla en la bodega de la goleta que lleva a estos bandidos!
– No hay que pensar en ello —respondió Vásquez moviendo la cabeza—. No importa, tomaré esta caja al volver, y la pondré a buen recaudo en la gruta.
Continuaron descendiendo la playa y se dirigían hacia el cabo cuya punta extrema no podrían por otra parte alcanzar, tanto, a esta hora de pleamar, el oleaje rompía todavía allí con furia, cuando, llegado a los arrecifes, Vásquez vio en un hueco de roca una de las pequeñas bocas de fuego que había rodado hasta allí, con su cureña, después del encallamiento del Century.
– He aquí lo que le pertenece —dijo a John Davis—, así como estas algunas balas que las olas han arrojado allí.
Y, como la primera vez, John Davis repitió:
– ¡No tenemos qué hacer con esto!...
– ¿Quién sabe? —replicó Vásquez—. Puesto que tenemos con qué cargar esta carronada, la ocasión se presentará quizás de servirse de ella…
– Lo dudo —respondió su compañero.
– ¿Por qué no, Davis? Puesto que el faro ya no está encendido, de noche, si se presentara un navío, en las condiciones en que ha venido el Century, ¿no podríamos señalar la costa a cañonazos?
John Davis miraba a su compañero con una singular fijeza. Parecía que un pensamiento totalmente diferente le cruzaba la mente. Se limitó a responder:
– ¿Es esa la idea que se le ha ocurrido, Vásquez?...
– Sí, Davis, no pienso que sea mala. Ciertamente, las detonaciones serían oídas al fondo de la bahía… Revelarían nuestra presencia en esta parte de la isla… Los bandidos se pondrían a buscarnos… Nos descubrirían quizás… ¡y eso nos costaría la vida!... ¡Pero cuántas vidas habríamos salvado a cambio de las nuestras, y en fin habríamos cumplido con nuestro deber!
– ¡Existe quizás otra manera de cumplir con nuestro deber! —murmuró John Davis, sin explicarse más. Sin embargo, no hizo más objeciones, y, conforme al parecer de Vásquez, la carronada fue arrastrada hasta la gruta; luego, se transportaron allí la cureña, las balas y la caja de pólvora. Este trabajo fue muy penoso y exigió un tiempo muy largo. Cuando Vásquez y John Davis regresaron para almorzar, la altura del sol sobre el horizonte indicaba que debían ser aproximadamente las diez.
« AQUÍ TIENES LO QUE TE PERTENECE. »
Ahora bien, apenas se habían perdido de vista, cuando Kongre, Carcante y el carpintero Vargas doblaban el ángulo del acantilado. La chalupa habría tenido demasiado trabajo contra el viento y la marea que comenzaba a subir en la bahía. Habían hecho la ruta a pie, por la orilla. Esta vez no era para saquear.
Observar el estado del cielo y el estado del mar, desde la mejoría de la mañana, he aquí lo que los había decidido a venir, tal como lo había presentido Vásquez. Ciertamente, reconocerían que el Carcante corría grandes peligros al querer salir de la bahía, y que no podría luchar contra las grandes olas que rompían desde alta mar. Antes de estar en el estrecho, donde, para ganar hacia el oeste, encontraría viento en popa, le sería preciso doblar el cabo San Juan, y correría el riesgo de encallar, o al menos de recibir algún mal golpe de mar.
Tal fue, en efecto, la opinión de Kongre y de Carcante. Detenidos cerca del lugar de la varada donde no quedaban más que escasos restos de la popa del Century, apenas podían mantenerse en pie contra el viento. Hablaban con animación, gesticulaban, señalaban el horizonte con la mano, retrocediendo a veces, cuando una ola, toda blanca en su cresta, rompía sobre la punta.
Ni Vásquez ni su compañero los perdieron de vista durante la media hora que pasaron vigilando la entrada de la bahía. Se marcharon al fin, no sin haberse vuelto a menudo, luego desaparecieron en el recodo del acantilado y retomaron el camino del faro.
– Ahí se van —dijo Vásquez—. ¡Mil millones de trillones, que vuelvan pues durante algunos días más a observar el mar mar adentro de la isla!
Pero John Davis meneó la cabeza. Para él era demasiado evidente que la tormenta habría terminado en cuarenta y ocho horas. El oleaje habría caído entonces, si no completamente, bastante, al menos, para permitir a la goleta doblar el cabo San Juan.
Esta jornada, Vásquez y John Davis la pasaron en parte sobre el litoral. La modificación del estado atmosférico se acentuaba. El viento parecía fijado en el nornoroeste, y un buque no habría tardado en largar los rizos de su trinquete y de sus gavias para entrar en el estrecho de Le Maire.
Llegada la noche, Vásquez y John Davis regresaron a la gruta; aplacaron su hambre con la galleta y el corn-beef, su sed, con agua mezclada con brandy. Luego, Vásquez se disponía a envolverse en su manta, cuando su compañero lo detuvo.
– Antes de dormirse, Vásquez, escuche pues una proposición que tengo que hacerle.
– Hable, Davis.
– Vásquez, le debo la vida, y no querría hacer nada que no tuviera su aprobación… He aquí una idea que le someto. Examínela, y responda después sin temor a contrariarme.
– Le escucho, Davis.
– El tiempo cambia, la tempestad ha terminado, el mar va a volver a la calma. Espero que la goleta zarpe en cuarenta y ocho horas como máximo.
– ¡Desgraciadamente, no es más que demasiado probable! —replicó Vásquez completando su pensamiento con un gesto que significaba: «¡No podemos hacer nada!»
John Davis prosiguió:
– Sí, antes de dos días, se mostrará al fondo de la bahía, saldrá, doblará el cabo, desaparecerá en el oeste, descenderá el estrecho, no se la verá más, ¡y sus camaradas, Vásquez, y mi capitán, mis compañeros del Century no serán vengados!...
Vásquez había bajado la cabeza; luego, levantándola, miró a John Davis cuyo rostro se iluminaba con los últimos resplandores del hogar.
Este continuó:
– Una sola eventualidad podría impedir la partida de la goleta, o, al menos, retrasarla hasta la llegada del aviso: alguna avería que la obligara a regresar al fondo de la bahía… Pues bien, tenemos un cañón, pólvora, proyectiles… Pongamos este cañón sobre su cureña en el ángulo del acantilado, carguémoslo, y, cuando la goleta pase, disparemos en pleno casco… Que no se hunda de golpe, es posible, pero, para la larga travesía que emprende, su tripulación no se atreverá a arriesgarse con una nueva avería… Los miserables se verán forzados a regresar al fondeadero a fin de repararse… Habrá que desembarcar la carga… Eso exigirá quizás toda una semana… y, para entonces, el Santa Fe…
John Davis calló, había tomado la mano de su compañero, la apretaba.
Sin dudar, Vásquez no le respondió más que esta palabra:
– ¡Haga!