El pais de las pieles · Parte 1
XIII
EL FUERTE ESPERANZA
El emplazamiento del fuerte estaba irrevocablemente fijado. Ningún otro lugar podría ser más favorable que aquel terreno, naturalmente llano, situado al abrigo del cabo Bathurst, en la orilla oriental de la laguna. Jasper Hobson resolvió; pues, comenzar inmediatamente la construcción de la casa principal. Entretanto, tuvo cada uno que arreglárselas como mejor pudo, siendo utilizados los trineos de una manera ingeniosa para formar el campamento provisional. Por otra parte, gracias a la habilidad de sus agentes, Jasper Hobson contaba con que en el plazo de un mes, todo lo más, estaría construida la casa principal, la cual debería ser lo suficientemente amplia para cobijar provisionalmente a las diecinueve personas que formaban el destacamento. Más tarde, y antes de la llegada de los fríos intensos, si el tiempo no lo impedía, se construirían los salones destinados a los soldados, y los almacenes para el depósito de las pieles. Pero Jasper Hobson no suponía que estos trabajos pudiesen estar terminados antes de que finalizara septiembre; y como, a partir de este mes, las noches son ya largas, los malos tiempos frecuentes, el invierno se echa encima y aparecen los primeros hielos, habría necesidad de paralizar los trabajos. De los diez soldados elegidos por el capitán Craventy, dos eran ante todo cazadores: Sabine y Marbre. Los otros ocho manejaban el hacha con tanta habilidad como el fusil. A fuer de buenos marinos, servían para todo y no había cosa que no supiesen hacer. Pero en aquellos momentos debían ser utilizados más bien como obreros que como soldados, toda vez que se trataba de la construcción de un fuerte que ningún enemigo trataba por entonces de atacar.
Petersen, Belcher, Rae, Garry, Pond, Hope y Kellet formaban un grupo de hábiles y celosos carpinteros que Mac-Nap, un escocés de Stirling, muy entendido en la construcción de casas y aun en la de buques, debía dirigir. Abundaban las herramientas, tales como hachas, de uno y dos filos, serruchos, azuelas, cepillos, sierras, mazos, martillos, formones, etc. Uno de aquellos hombres. Rae, cuyo oficio principal era el de herrero, podía fabricar, con auxilio de una fragua portátil, todos los tornillos, clavos, pasadores, pernos, clavijas y tuercas que se necesitasen para la debida trabazón de las maderas.
No había ni un solo albañil entre todos aquellos obreros; pero, en realidad, no hacía falta, puesto que todas las casas de las factorías del Norte se construyen de madera.
Afortunadamente, no faltaban los árboles en los alrededores del cabo Bathurst; pero, por una rareza que ya había observado Jasper Hobson, no había en aquel territorio ni una roca, ni una piedra, ni siquiera un guijarro: sólo había tierra y arena. La playa estaba sembrada de una multitud de conchas bivalvas, destrozadas por la resaca, y de plantas marinas o de zoófitos, consistentes principalmente en erizos y estrellas de mar. Pero, como el teniente hizo observar a Paulina Barnett, no había en los alrededores del cabo ni una sola piedra, ni un solo trozo de sílice, ni un solo pedazo de granito. El cabo mismo sólo estaba formado por un amontonamiento de tierras movedizas, cuyas moléculas se encontraban apenas acopladas por las raíces de algunos vegetales.
Aquella tarde, Jasper Hobson y el maestro carpintero Mac-Nap fueron a determinar el sitio que la casa principal debería ocupar en la meseta que se extendía al pie del cabo Bathurst. Desde allí, la mirada abarcaba la laguna y el territorio situado al Oeste, hasta una distancia de diez o doce millas. A la derecha, pero a cuatro millas de distancia, por lo menos, escalonábanse unos acantilados de bastante elevación, que las brumas no dejaban ver claramente. Por la izquierda, por el contrario, extendíanse inmensas llanuras, prolongadas estepas que, durante el invierno, deberían confundirse en absoluto con las superficies heladas de la laguna y del mar.
Una vez elegido este lugar, Jasper Hobson y el maestro Mac-Nap trazaron con un cordel el perímetro de la casa. Este trazado formaba un rectángulo cuyo lado mayor medía sesenta pies, y treinta el más pequeño. La fachada principal debería, pues, medir sesenta pies de largo, y presentar cuatro huecos: una puerta y tres ventanas por el lado del promontorio, comunicando con lo que había de ser patio interior, y cuatro ventanas por la parte de la laguna. La puerta, en vez de abrirse en el centro de la fachada posterior, colocóse en el ángulo izquierdo, a fin de hacer más habitable la casa. En efecto, esta disposición no permitía a la temperatura exterior pehetrar tan fácilmente hasta las últimas habitaciones, situadas en la parte opuesta del edificio.
El teniente y su carpintero decidieron dar a la nueva casa la siguiente distribución interior: una primera pieza, que formaría la antecámara, cuidadosamente defendida contra los embates del viento por una doble puerta; un segundo departamento reservado únicamente a los trabajos culinarios, a fin de que no trascendiese la humedad a los cuartos habitados; una vasta sala que serviría de comedor para todos, y, por último, un compartimiento dividido en varios camarotes, como la cámara de un barco.
Los soldados deberían ocupar provisionalmente el gran salón, en cuyo fondo se construiría una especie de cama de campaña.
El teniente, Paulina Barnett, Tomás Black, Madge, y las señoras Joliffe, Mac-Nap y Rae deberían alojarse en los camarotes del cuarto departamento. Valiéndonos de una expresión vulgar, pero exacta, podríamos decir que estarían amontonados los unos sobre los otros; pero este estado de cosas no debería durar mucho, y, en cuanto se hallase construido el alojamiento de los soldados, la casa principal quedaría reservada únicamente al jefe de la expedición, a su sargento, a Paulina Barnett, a quien no abandonaría su fiel Madge, y al astrónomo Tomás Black. Entonces tal vez fuese posible dividir el cuarto departamento en cuatro habitaciones solamente, y destruir los camarotes provisionales, porque existe una regla que no deben olvidar las personas que tienen que invernar, y que puede traducirse en el grito de: ¡Guerra a los rincones!
En efecto, los rincones y ángulos son otros tantos receptáculos de hielo; los tabiques impiden que la ventilación se efectúe de un modo conveniente, y la humedad, pronto convertida en nieve, hace las habitaciones malsanas e inhabitables, y provoca las más graves enfermedades en los que las ocupan. Por eso ciertos navegantes, cuando se disponen a invernar en medio de los hielos, preparan una sala única en el interior de sus buques, donde toda la tripulación, oficiales y marineros, habitan en común. Empero Jasper Hobson no podía proceder de esta suerte por diversas razones fáciles de comprender.
Se ve, pues, por esta descripción anticipada de una casa que no existía aún, que la vivienda principal del fuerte sólo se componía de un piso bajo, sobre el cual debería elevarse un amplio techo, cuyas vertientes, extraordinariamente empinadas, facilitarían el desagüe. Por lo que respecta a las nieves, formarían sobre el techo una capa, la cual, una vez bien cuajada, tendría la doble virtud de cerrar herméticamente la habitación y de conservar constante su temperatura interior. La nieve es, en efecto, muy mala conductora del calor; y si bien es verdad que evita que éste penetre, impide también que se escape, lo cual es de extraordinaria importancia durante los inviernos árticos.
Por encima del techo deberían elevarse dos chimeneas: una correspondiente a la cocina, y la otra a la estufa del salón central, la cual debería calentar al mismo tiempo los camarotes del cuarto departamento. De este conjunto no resultaría ciertamente una obra arquitectónica notable; pero quedaría la casa en las mejores condiciones posibles de habitabilidad. ¿Qué más se podía pedir?
Por otra parte, bajo aquel sombrío crepúsculo, en medio de las ráfagas de nieve, medio enterrada bajo los hielos, blanca desde la base hasta la extremidad superior del tejado, con sus líneas grasicntas, sus humos grises arremolinados por el viento, aquella casa de invernantes presentaría aún un aspecto extraño, sombrío, lamentable, que un artista no podría olvidar.
El plan de la nueva casa estaba, pues, concebido; faltaba solamente ejecutarlo, de lo cual se encargaron el maestro Mac-Nap y sus peones.
Mientras los carpinteros trabajaban, los cazadores de la expedición, los encargados de su aprovisionamiento, no permanecían ociosos. Para todos había ocupación.
El maestro Mac-Nap fue a elegir, ante todo, los árboles necesarios para su construcción. Encontró en lo alto de las colinas gran número de esos pinos que tanto recuerdan al pino escocés. Eran árboles de mediana altura, muy a propósito para la casa que se trataba de edificar. En efecto, en estas ordinarias viviendas, muros, suelos, techos, tabiques, puntales y refuerzos se hacen todos con tablas, maderos y vigas.
Como es fácil comprender, esta clase de construcciones sólo exige una mano de obra muy elemental, de suerte que Mac-Nap podía proceder sin muchos requisitos, lo cual no perjudicaría en nada la solidez de la casa.
El maestro Mac-Nap eligió árboles bien rectos, que hizo cortar a un pie del suelo. Despojados de sus ramas un centenar de estos pinos, sin descortezar ni escuadrar, quedaron convertidos en vigas de veinte pies de longitud. El hacha sólo los labró en sus extremidades, para formar en ellas las espigas y muescas que debían fijarlos los unos a los otros. Esta operación exigió solamente algunos días para quedar terminada, y pronto aquellos maderos, arrastrados por los perros, fueron transportados a la meseta que debía ocupar la casa pincipal, la cual había sido previamente nivelada.
El piso, formado por una mezcla de tierra y arena, fue perfectamente apisonado. Las hierbas cortadas y los desmirriados arbustos que lo tapizaban habían sido quemados de antemano, y las cenizas resultantes de su cremación formaron en la superficie una capa espesa, absolutamente impermeable a la humedad, obteniendo de esta suerte Mac-Nap un suelo limpio y seco, sobre el cual pudo establecer con toda seguridad los primeros cimientos.
Una vez terminados estos trabajos preliminares, en cada ángulo de la casa y en los puntos correspondientes a cada pared divisoria, colocáronse verticalmente los pilares que debían sostener el armazón del edificio, haciendo penetrar algunos pies en la tierra sus extremidades, después de haberlas endurecido a fuego. Estas perchas, un poco escopleadas en sus caras laterales, recibieron las vigas que formaban la pared propiamente dicha, dejando entre ellas los huecos correspondientes a las puertas y ventanas. Por su parte superior fueron reunidas todas estas vigas por medio de largueros que, bien encastrados en sus mortajas, consolidaron así el conjunto de la construcción. Estos largueros figuraban las cornisas de las dos fachadas, y sobre sus extremidades descansáronse las viga del techo, cuya puntas inferiores sobresalían de la pared, como los aleros de un tejado. Sobre el cuadro del entablamento se alinearon las viguetas del techo, y sobre la capa de cenizas las del suelo.
Inútil es decir que lo mismo estas viguetas que las de las paredes exteriores e interiores, sólo fueron yuxtapuestas. En ciertos puntos, y para asegurar mejor su unión, el herrero Rae habíalas taladrado, ligándolas por medio de largas chavetas de hierro, a las que se forzó a entrar merced a fuertes golpes de mazo.
Pero la yuxtaposición no podía ser perfecta, y fue preciso tapar herméticamente los intersticios. Con este fin, empleó Mac-Nap con éxito el calafateado, que tan bien impermeabiliza los costados y fondo de los buques; y para el calafateo valióse, a guisa de estopa, de una especie de musgo seco que abundantemente alfombraba la vertiente oriental del promontorio que formaba el cabo Bathurst. Este musgo fue introducido en los intersticios por medio de botadores batidos a martillazos, y en cada ranura vertió el maestro carpintero varias capas de brea caliente que extrajeron de los pinos. Las paredes y los suelos construidos de este modo presentaban una impermeabilidad perfecta, siendo su espesor una garantía contra los vientos huracanados y los fríos del invierno.
La puerta y las ventanas, abiertas en ambas fachadas, eran toscas, pero sólidas. Estas últimas tenían, en vez de cristales, esa substancia córnea, amarillenta, apenas diáfana, que produce la cola de pescado seca; pero forzosamente era preciso contentarse con aquello. Además, durante la buena estación era preciso tener constantemente abiertas las ventanas con objeto de ventilar la casa; y, durante el invierno, como no había que esperar claridad ninguna de aquel cielo obscurecido por la noche ártica, las ventanas debían permanecer, por el contrario, siempre herméticamente cerradas por gruesas portezuelas provistas de resistentes herrajes capaces de soportar los embates de las tempestades.
En el interior de la casa quedó todo rápidamente arreglado. Una doble puerta, instalada detrás de la primera en el departamento que formaba la antecámara, permitía a las personas que entraban o salían pasar por una temperatura media entre la interior y la exterior. De esta manera, el viento, cargado de frialdades agudas y de humedades glaciales, no podía llegar tampoco directamente hasta las habitaciones.
Instaláronse además las bombas de aire traídas del fuerte Confianza, a fin de poder modificar en la proporción debida la atmósfera de la habitación, en el caso en que los fríos demasiado vivos impidiesen en absoluto la apertura de puertas y ventanas. Una de estas bombas debería arrojar el aire del interior cuando se hallase demasiado cargado de elementos deletéreos, y lá otra introducir el aire puro del exterior, para renovar el viciado de todos los compartimientos. El teniente Hobson dedicó a esta instalación, que, en casos necesarios, debía prestar inestimables servicios, sus más exquisitos cuidados.
El principal utensilio de la cocina fue un amplio fogón de fundición que habían traído desarmado del fuerte Confianza. El herrero Rae sólo tuvo que tomarse el trabajo de montarlo, lo que no fue operación ni larga ni difícil; pero los tubos destinados a la salida del humo, lo mismo el de la cocina que el de la estufa del salón, reclamaron más tiempo e ingenio. No era posible utilizar los tubos de palastro, porque no hubieran resistido mucho tiempo los embates del viento equinoccial, y fue preciso emplear materiales de mayor resistencia. Después de varios ensayos, que no dieron el resultado apetecido, decidióse Jasper Hobson a utilizar otra materia distinta de la madera. Si hubiese tenido piedra a su disposición, la dificultad habría sido rápidamente vencida; pero ya se ha dicho que, por una rareza bastante inexplicable, no había piedras de ninguna clase en los alrededores del cabo Bathurst.
En cambio, también se ha consignado, las conchas se acumulaban por millones sobre la arena de las playas.
– Está bien —dijo el teniente Hobson al maestro Mac-Nap—, fabricaremos con conchas marinas los tubos de nuestras chimeneas.
– ¡De conchas marinas! — exclamó el carpintero.
– Sí, Mac-Nap —respondió Jasper Hobson—; de conchas trituradas, calcinadas y convertidas en cal, con la cual fabricaremos unas especies de losetas que utilizaremos como los ladrillos ordinarios.
– ¡Bien! ¡Pues vaya por las conchas! — respondió el carpintero.
La idea del teniente Hobson era buena y fue puesta en práctica al punto. La playa se hallaba cubierta de un número incalculable de conchas calcáreas que formaban parte de las piedras calizas que constituyen la capa inferior de los terrenos terciarios. El carpintero Mac-Nap hizo recoger varias toneladas de ellas, y construyó una especie de horno para descomponer, por medio de la cocción, al carbonato que entra en la composición de estas conchas marinas, obteniendo de esta suerte una cal muy a propósito para los trabajos de albaflilería.
En esta operación se invirtieron doce horas. Tal vez exageraríamos si dijéramos que Jasper Hobson y Mac-Nap obtuvieron por estos elementales procedimientos una cal de primera, grasa, exenta de toda materia extraña, que se deshacía al contacto del agua, aumentaba de volumen como los productos de buena calidad y podía formar una pasta aglutinante con un exceso de líquido; pero tal como era, pudo utilizarse convenientemente para la construcción de las chimeneas de la casa. En pocos días, elevábanse por encima del tejado dos tubos cónicos, cuyo espesor era una garantía contra los embates del viento.
Paulina Barnett felicitó al teniente y al carpintero por haber llevado a cabo felizmente y en poco tiempo aquella difícil obra.
– ¡Ahora lo que es necesario es que las chimeneas tiren bien! — añadió con sonrisa picaresca.
– ¡Ya lo creo que tirarán, señora! — respondió filosóficamente Jasper Hobson—. ¡No lo dude usted un momento! ¡Todas las chimeneas tiran!
La gran obra quedó en el plazo de un mes completamente acabada, señalándose el día 6 de agosto para celebrar la inauguración de la casa.
Pero, mientras que Mac-Nap y sus hombres trabajaban sin descanso, y la señora Joliffe organizaba los servicios culinarios, su esposo, el sargento Long y los cazadores Marbre y Sabine, dirigidos por Jasper Hobson, habían explorado los alrededores del cabo Bathurst, comprobando, con gran satisfacción, que abundaban en ellos los animales de pelo y pluma.
Las cacerías no estaban organizadas aún, tratando más bien los cazadores de explorar el país. Sin embargo, lograron apoderarse de algunas parejas de renos vivos, que resolvieron domesticar, con objeto de qiie se reprodujeran y les suministraran leche, encerrándolos, a tal fin, dentro de una empalizada, que se construyó al efecto, a unos cincuenta pasos de la casa, y encargando especialmente de su custodia y cuidado a la esposa del herrero Rae, que, por ser india, era muy entendida en todos estos asuntos.
Paulina Barnett quiso ocuparse, ayudada por su fiel Madge, en la organización interior, y no debía tardar en sentirse la bienhechora influencia de esta buena e inteligente mujer en una multitud de detalles en los que Jasper Hobson y sus compañeros jamás probablemente habríanse ocupado.
Después de haber explorado el territorio en un radio de varias millas, reconoció el teniente que formaba una vasta península cuya superficie medía una extensión de ciento cincuenta millas cuadradas, aproximadamente, unida al continente americano por un istmo de cuatro millas de ancho, cuando más, el cual se extendía desde el fondo de la bahía de Wasburn, al Este, hasta una escotadura correspondiente de la costa opuesta. La delimitación de esta península, a la que bautizó Jasper Hobson con el nombre de Península Victoria, quedaba de esta suerte perfectamente marcada.
Jasper Hobson quiso saber en seguida qué recursos ofrecían la laguna y el mar y no tardó en ver su curiosidad favorablemente satisfecha. Las aguas de la laguna, aunque muy poco profundas, eran muy abundantes en pesca y prometían una gran reserva de truchas, sollos y otros peces de agua dulce, con lo que debía contarse.
El riachuelo daba asilo a apetitosos salmones que remontaban con facilidad su corriente, y a familias bulliciosas de blancas y de esperinques.
El litoral del mar parecía menos ricamente poblado que la laguna; pero, de vez en cuando, veíanse pasar a lo largo enormes catáceos, ballenas y cachalotes, que huían sin duda alguna de los arpones de los pescadores que recorren el estrecho de Behring, y no parecía imposible que alguno de aquellos mamíferos viniese a varar en la costa, que era sin duda la única manera de que los colonos del cabo Bathurst se pudiesen apoderar de algunos ejemplares.
Por lo que respecta a la parte de la playa situada al Oeste, era a la sazón frecuentada por numerosas familias de focas; pero Jasper Hobson recomendó a sus compañeros que no diesen inútilmente caza a estos animales, pues más adelante verían si convenía sacar partido de ellos.
El 6 de agosto tomaron posesión los colonos del cabo Bathurst de su nueva residencia, asignándole previamente, por unanimidad, y tras una discusión en la que todos tomaron parte, un nombre de buen augurio.
Aquella apartada mansión, o, mejor dicho, aquel fuerte, que era entonces el puesto más avanzado con que contaba la Compañía en el litoral americano, fue bautizado con el nombre de fuerte Esperanza.
Y si en la actualidad no figura en los mapas más recientes de las regiones árticas, es porque le estaba reservada una suerte terrible, en un porvenir muy cercano, en detrimento de la cartografía moderna.