El pais de las pieles · Parte 1

XII

EL SOL DE MEDIANOCHE

¿No era acaso demasiado aventurada esta observación del sargento Long? Era evidente que alguien había bailado; pero, por mucha que fuese su ligereza, ¿podía deducirse que solamente un francés hubiera podido ejecutar aquella danza ?

Sin embargo, el teniente Hobson fue del mismo parecer que el sargento, y a nadie pareció esta opinión demasiado aventurada. Todos, por el contrario, dieron por descontado que una caravana de viajeros, de la cual formaba parte por lo menos un compatriota de Vestris, habíase recientemente detenido en aquel lugar.

Como es fácil comprender, semejante descubrimiento no satisfizo al teniente. Jasper Hobson debió temer que otros competidores le hubiesen tomado la delantera en los territorios de la América inglesa, y que el secreto que la Compañía había tratado de tener tan oculto, se hubiese divulgado por los centros comerciales del Canadá o de los Estados Unidos.

Al reanudar su marcha, un instante interrumpida, Jasper Hobson parecía muy preocupado; pero a la altura en que se hallaba ya de su viaje, no podía soñar en volver sobre sus pasos.

Después de este incidente, le hizo Paulina Barnett la siguiente pregunta:

– Pero, señor Jasper, ¿hay todavía franceses en los territorios del continente ártico?

– Sí, señora —respondió Jasper Hobson—; o si no talmente franceses, canadienses al menos, que viene a ser casi lo mismo, pues descienden de los antiguos colonos del Canadá, en la época en que el Canadá era de Francia; y, a decir la verdad, estas gentes son nuestros más temibles rivales.

– Pues yo tenía entendido —replicó la viajera—, que, desde que absorbió a la Compañía del Noroeste, la Compañía de la Bahía de Hudson no tenía competidores en el continente americano.

– Señora —respondió Jasper Hobson—, aunque es cierto que no existe ninguna asociación importante, aparte de la nuestra, que se dedique ahora al tráfico de pieles, hay, sin embargo, sociedades particulares perfectamente independientes. Por regla general, son sociedades americanas, que conservan a su servicio agentes o descendientes de agentes franceses.

– ¿Eran tenidos, pues, en alta estima estos agentes? — preguntó Paulina Barnett.

– Ciertamente, señora, y no sin justo motivo. Durante los noventa y cuatro años que duró la supremacía de Francia en el Canadá, mostráronse estos agentes franceses siempre superiores a los nuestros. Es preciso saber hacer justicia incluso a nuestros propios rivales.

– ¡Sobre todo a nuestros rivales! — añadió Paulina Barnett.

– Sí... sobre todo... En aquella época, los cazadores franceses partían de Montreal, su principal establecimiento, y avanzaban hacia el Norte con más intrepidez que los nuestros. Vivían años enteros entre las tribus indias, en las cuales buscaban esposas a veces. Conocíaseles con los nombres de «recorredores de bosques» o «viajeros canadienses», y se trataban los unos a los otros de primos y de hermanos. Eran hombres audaces, hábiles, muy entendidos en cuestiones de navegación fluvial, muy valientes, muy poco reflexivos, allanándose a todo con esa flexibilidad propia de su raza, muy leales, muy alegres y dispuestos constantemente, en todas las circunstancias, lo mismo a cantar que a bailar.

– ¿Y supone usted que esa partida de viajeros, cuyas huellas acabamos de descubrir, no puede haberse remontado a latitudes tan altas más que con el fin de cazar animales dotados de pieles?

– No hay manera de admitir otra hipótesis distinta, señora —respondió el teniente Hobson—. Es seguro que esas gentes van buscando nuevos territorios de caza. Pero, supuesto que no existe ningún medio de detenerlos, tratemos de alcanzar cuanto antes nuestro objetivo, y lucharemos denodadamente contra toda competencia.

El teniente Jasper Hobson dio ya por descontado que tendría que luchar con una competencia probable, a la cual, por otra parte, no había medio de oponerse, y apresuró la marcha de su destacamento con objeto de rebasar lo antes posible el paralelo de 70°, animado por la esperanza de que sus rivales no le seguirían hasta allí.

Durante los días inmediatos, los expedicionarios volvieron a bajar unas veinte millas hacia el Sur, a fin de contornear más fácilmente la bahía de Franklin. El país conservaba siempre su aspecto verde y lozano, frecuentado por gran número de cuadrúpedos y aves de las clases ya observadas, y era muy probable que toda la extremidad Noroeste del continente americano se encontrase poblada de aquel modo.

El mar que bañaba aquel litoral extendíase ahora sin límites delante de la vista. Los mapas más recientes no señalaban, por otra parte, tierra alguna al Norte del litoral americano, siendo sólo los bancos de hielo los que habían impedido que los navegantes del estrecho de Behring se remontasen hasta el Polo.

El 4 de julio, el destacamento había contorneado otra bahía, que se internaba mucho en la tierra, denominada bahía de Whasburn, y llegaba a la punta extrema de un lago poco conocido hasta entonces, que sólo ocupaba una pequeña porción de territorio, que apenas llegaría a dos millas cuadradas. Era, verdaderamente, una laguna de agua dulce, un gran estanque, mas no un lago propiamente dicho.

Los trineos caminaban tranquila y fácilmente. El aspecto del país era tentador para la fundación de una factoría nueva, siendo probable que un fuerte, establecido en la extremidad del cabo Bathurst, con aquella laguna detrás y delante el gran camino del estrecho de Behring, o sea el mar libre a la sazón, y que debía estarlo también durante los cuatro o cinco meses de estío, se hallaría en una situación en extremo favorable para la exportación de sus productos y su propio aprovisionamiento.

Al siguiente día, 5 de junio, a eso de las tres de la tarde, detúvose el destacamento, por fin, al extremo del cabo Bathurst. Era preciso deteminar la posición exacta de este cabo, que los mapas situaban más arriba del paralelo de 70°; pero no había que fiarse de sus indicaciones, pues las costas aquellas no habían sido hidrográficamente estudiadas con la precisión suficiente. Entretanto, resolvió Jasper Hobson detenerse en aquel sitio.

– ¿Quién nos impide el establecernos aquí definitvamente? —preguntó el cabo Joliffe—. Convendrá usted conmigo, mi teniente, en que el sitio es seductor.

– Más seductor le parecerá a usted, de seguro —respondió el teniente Hobson—, si le abonan a usted doble sueldo. —Eso no cabe duda —respondió el cabo Joliffe—, y es preciso conformarse con las instrucciones de la Compañía. —Tenga usted, pues, paciencia hasta mañana —respondió Jasper Hobson—, y si, como lo espero, este cabo Bathurst se encuentra situado a más allá de 70° de latitud Norte, fijaremos en él nuestros reales.

El lugar era favorable, en efecto, para fundar en él una factoría. Las orillas de la laguna, rodeadas de colinas pobladas de bosques, podían suministrar con abundancia los pinos, los abedules y otras maderas necesarias para la construcción, y, más tarde, para la calefacción del nuevo fuerte. El teniente avanzó con algunos de sus compañeros de viaje hasta el extremo del mismo cabo, y observó que, hacia el Oeste, recurvaba la costa formando un arco muy prolongado. Cantiles bastante elevados cerraban el horizonte algunas millas más lejos. En cuanto a las aguas de la laguna, viose que eran dulces, contra lo que hubiera podido esperarse dada su proximidad al mar. Pero, de todas maneras, el agua dulce nunca hubiera faltado a la colonia, ni aun en el caso de que las de la laguna hubiesen sido impotables; porque un riachuelo, fresco y límpido entonces, corría hacia el océano Glacial, en el que se vertía por una desembocadura muy estrecha, a algunos centenares de metros al Sudeste del cabo Bathurst. Esta desembocadura, protegida, no por rocas, sino por una acumulación bastante singular de tierras y arenas, formaba un puerto natural, en el que hubieran podido hallar seguro refugio contra los temporales dos o tres buques al menos. Esta disposición podría ser ventajosamente utilizada para la carga y descarga de los barcos que en lo sucesivo viniesen del estrecho de Behring. Jasper Hobson tuvo la galantería de bautizar este arroyuelo con el nombre de Paulina Barnett, asignando además al puertecillo el nombre de Puerto Barnett, por lo que se mostró la viajera en extremo agradecida.

Construyendo el fuerte un poco detrás de la punta formada por el cabo Bathurst, lo mismo la casa principal que los almacenes quedarían perfectamente resguardados de los vientos más fríos. La elevación misma del cabo contribuiría a defenderlos contra aquellas borrascas de nieve que, en algunas horas, podían sepultar habitaciones enteras bajo sus espesas avalanchas. El espacio comprendido entre el pie del promontorio y el margen de la laguna era lo suficientemente amplio para que cupiesen en él las construcciones indispensables para la explotación de una factoría. Hasta podía rodeárselas de un recinto formado por una empalizada, que se apoyase en los primeros cantiles del promontorio, y coronar el cabo mismo con un reducto fortificado; trabajos puramente defensivos, pero útiles en el caso de que los competidores tratasen de establecerse en aquel territorio. También observó con satisfacción Jasper Hobson, aunque sin hallarse resuelto a ejecutarlos aún, que la posición era fácil de defender.

El tiempo era entonces muy bueno y el calor considerable. Ninguna nube empañaba el cénit ni el horizonte; aunque, naturalmente, no era posible encontrar en aquellas latitudes el cielo esplendoroso de los países templados y cálidos.

Durante el estío, una ligera bruma permanecía de continuo suspendida en la atmósfera; pero, al llegar el invierno, cuando se inmovilizasen las montañas de hielo, cuando los roncos vientos del Norte azotasen de. pleno los cantiles, cuando se sxtendiera sobre aquellos continentes una noche de cuatro meses, ¿qué sería el cabo Bathurst? Ninguno de los compañeros de Jasper Hobson pensaba en ello entonces, porque el tiempo era magnífico, la campiña halláb.ase cubierta de verdura, la temperatura templada y el mar resplandeciente.

Preparóse para pasar la noche un campamento provisional, con material suministrado por los trineos, a la orilla misma de la laguna. Hasta el obscurecer, la señora Paulina Barnett, el teniente, Tomás Black y el sargento Long recorrieron los alrededores a fin de averiguar sus recursos. El paraje convenía por todos conceptos. Jasper Hobson ardía en deseos de que amaneciese el nuevo día paa determinar su situación exacta, y saber de este modo si llenaba las condiciones recomendadas por la Compañía.

– He aquí, señor teniente —exclamó Tomás Black cuando dieron por terminadas sus investigaciones—, una comarca realmente encantadora, como no creí jamás que pudiera existir en estas latitudes.

– ¡Ah, señor Black! ¡aquí es donde se ven los paisajes más bellos del mundo! —respondió Jasper Hobson—. Siento verdaderamente impaciencia por determinar sus coordenadas geográficas.

– ¡Su latitud sobre todo! —respondió el astrónomo, que sólo pensaba siempre en su futuro eclipse—; y paréceme que sus bravos compañeros de usted sienten la misma impaciencia, señor Hobson. ¡Como que devengarán doble sueldo si se halla situado más al Norte del paralelo de 70º!

– Y usted también, señor Black —dijo Paulina Barnett—, ¿no tiene usted un gran interés, un interés puramente científico, se entiende, en rebasar el mentado paralelo?

– Indudablemente, señora —le respondió el astrónomo—, tengo gran interés en rebasarlo; pero no demasiado, sin embargo. Según los cálculos nuestros, que son de una exactitud absoluta, el eclipse de Sol, que tengo la misión de observar, no será total más que para los observadores situados un poco más al Norte del paralelo 70°. Comprenderá usted, por tanto, que tengo tanto interés e impaciencia por determinar la situación del cabo Bathurst como nuestro teniente.

– Pero, ahora que pienso en ello, señor Black —observó la viajera—, si mis noticias son ciertas, ese eclipse de Sol no ha de tener lugar hasta el día 18 de julio.

– Sí, señora; el 18 de julio de 1860.

– ¡Y aún estamos a 5 de julio de 1859! ¡Entonces ese fenómeno no habrá de acontecer hasta dentro de más de un año!

– Desde luego, señora —respondió el astrónomo—; pero, convenga usted conmigo en que, si no hubiera emprendido el viaje hasta el año que viene, me habría expuesto a llegar demasiado tarde.

– En efecto, señor Black —replicó Jasper Hobson—, y ha hecho usted perfectamente en partir con un año de anticipación. De este modo, puede usted estar seguro de que no se le escapará el eclipse. Porque le garantizo a usted que nuestro viaje del fuerte Confianza al cabo Bathurst se ha efectuado en condiciones tan extraordinariamente favorables, que constituyen una excepción. Hemos experimentado muy pocas fatigas, y, como consecuencia, el retardo ha sido escaso. Si le he de decir la verdad, no contaba con haber llegado a esta parte del litoral antes de mediados de agosto, y si el eclipse hubiera debido acontecer el 18 de julio de 1859, es decir, este año, se habría usted expuesto a perderlo. Aparte de que aún no sabemos si nos hallamos más al Norte del paralelo de 70°.

– Por eso, mi querido teniente —respondió Tomás Black—, no me arrepiento de haber hecho el viaje en compañía de usted, y esperaré con paciencia el eclipse hasta el año que viene. ¡Creo que la rubia Febe bien merece el honor de que se la espere!

Al día siguiente, 6 de julio, poco antes de mediodía, Jasper Hobson y Tomás Black habían tomado sus disposiciones para obtener con toda exactitud la situación geográfica del cabo Bathurst. Aquel día brillaba el sol con la claridad suficiente para que se precisasen bien sus contornos. Además, en esta época del año había adquirido ya su máxima altura sobre el horizonte, y, por consecuencia, su culminación, al hallarse sobre el meridiano, debía facilitar el trabajo de los observadores.

Ya la víspera, y aquella misma mañana, tomando diferentes alturas, y por medio de un cálculo de ángulos horarios, el teniente y el astrónomo habían obtenido con escrupulosa precisión la longitud del lugar. Pero su elevación en latitud era la circunstancia que sobre todo preocupaba a Jasper Hobson. Poco importaba, en efecto, cuál fuese el meridiano del cabo Bathurst, con tal de que se hallase situado más al Norte del paralelo de 70°.

Aproximábase el mediodía. Todos los hombres que componían el destacamento rodeaban a los observadores, que tenían en las manos sus sextantes. Aquellos exploradores intrépidos esperaban el resultado de la observación con una impaciencia bien fácil de comprender. En efecto, se trataba para ellos de saber si habían llegado al término de su viaje, o si debían seguir buscando en otro punto del litoral un territorio situado en las condiciones que la Compañía deseaba.

Ahora bien, esta última tentativa no hubiera dado probablemente ningún resultado satisfactorio. En efecto, según los mapas que, aunque imperfectos, había de esta porción de la costa americana, a partir del cabo Bathurst, ésta se inflexionaba hacia el Oeste, descendía otra vez más abajo del paralelo de 70°, y no volvía a remontarlo hasta la América rusa, en la cual los ingleses no tenían aún el derecho de establecerse. No sin razón, Jasper Hobson, después de haber estudiado concienzudamente la cartografía de estas tierras boreales, habíase dirigido hacia el cabo Bathurst.

Este cabo, en efecto, avanza como una punta hasta más arriba del paralelo de 70°, y, entre los meridianos de 100 y 150° no existe otro promontorio que, perteneciendo al continente propiamente dicho, es decir, a la América inglesa, se proyecte más al Norte de este círculo. Quedaba, pues, por determinar si realmente el cabo Bathurst ocupaba la posición que le asignaban los mapas más modernos.

Tal era, en suma, la importante cuestión que las observaciones precisas de Tomás Black y Jasper Hobson iban a resolver.

El sol se aproximaba en aquel momento al punto culminante de su carrera. Los dos observadores dirigieron los anteojos de sus respectivos sextantes hacia el astro, que aún subía. Por medio de los espejos inclinados que poseen estos instrumentos, el sol debía ser aparentemente llevado hasta el horizonte mismo, y el momento en que pareciese tocarlo con el borde inferior de su disco, sería precisamente aquel en que ocupase el punto más elevado de su arco diurno, y, por consiguiente, el momento exacto de su paso por el meridiano, o sea el mediodía del lugar.

Todos les contemplaban, guardando religioso silencio.

– ¡Mediodía! — exclamó de repente Jasper Hobson.

– ¡Mediodía! — repitió en el mismo instante Tomás Black. .

Bajaron los sextantes, y el teniente y el astrónomo leyeron en sus limbos graduados el valor de los ángulos que acababan de obtener, procediendo inmediatamente a efectuar los oportunos cálculos.

Pocos minutos después, levantóse el teniente Hobson, y, dirigiéndose a sus compañeros, les dijo:

– Amigos míos: ¡a partir de este día, 6 de julio, la Compañía de la Bahía de Hudson contrae por mi mediación el compromiso de abonaros doble sueldo del que habéis cobrado hasta hoy!

– ¡Hurra! ¡hurra! ¡hurra por la Compañía!

– exclamaron a una voz los dignos compañeros del teniente Hobson.

En efecto, el cabo Bathurst y el territorio que con él confinaba hallábanse sin género alguno de duda situados más al Norte del paralelo de 70°.

He aquí, calculados con menos de un segundo de error, las coordenadas que debían tener más adelante una importancia tan grande en el porvenir del nuevo fuerte.

Longitud: 127° 36' 12" Oeste del meridiano de Greenwich.

Latitud: 70° 44' 37" Norte.

Y aquella misma noche, aquellos expedicionarios intrépidos, acampados tan lejos del mundo habitado, a más de 800 millas del fuerte Confianza, vieron al astro refulgente tangentear los bordes, del horizonte occidental, sin que la más mínima porción de su esplendoroso disco fuese mordida por éste.

El sol de medianoche brillaba por primera vez antes sus ojos.

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