Segunda patria

VIII

NAVEGACIÓN - LA VUELTA AL ESCOLLO DEL LANDLORD - LA BAHÍA DE LA LICORNE - LA ISABEL ANCLADA - EN LA CIMA DEL DESFILADERO - COMARCA ÁRIDA - LA REGIÓN DEL SUR - PROYECTOS PARA EL DÍA SIGUIENTE.

Pasado el estrecho, la pinaza se deslizó por la vasta extensión del mar comprendida entre el cabo de la Esperanza Perdida y el cabo del Este. En el cielo, de un gris azulado, había algunas nubes que tamizaban los rayos del sol.

El viento, que a aquella hora venía de tierra, favorecía la marcha de la Isabel. Hasta después de haber doblado el cabo del Este no sentiría el viento de alta mar.

El ligero barco había desplegado todo su velamen de bergantín y un foque volante y las velas de flecha de sus dos mástiles. Algo inclinado a estribor, su roda hendía las aguas, tan tranquilas como las de un lago, y andaba sus ocho nudos, dejando tras sí blanca estela de bulliciosa espuma.

Madame Zermatt, mistress Wolston y su hija, sentadas sobre cubierta, se volvían a veces, y sus miradas recorrían el litoral, desde Falkenhorst hasta el cabo de la Esperanza Perdida. A todos agradaba el dulce balanceo de aquella rápida navegación, con los últimos soplos cargados de los frescos perfumes de la tierra.

¡Qué reflexiones venían a la mente de Betsie, y qué recuerdos de los doce años transcurridos! Volvía a verse en el barco formado con las cubas, improvisado para el salvamento, y al que el más pequeño golpe podía hacer naufragar, dirigiéndose hacia una costa desconocida con todo cuanto amaba, su marido y sus cuatro hijos, de los que el más joven apenas contaba cinco años. Veía, en fin, la llegada a la desembocadura del arroyo de los Chacales, la primera tienda levantada en el sitio que fue Zeltheim antes de ser Felsenheim. Recordaba también sus mortales angustias cuando monsieur Zermatt y Fritz volvían al barco naufragado. Y al presente, en aquella pinaza, bien construida y bien dirigida, sin temor alguno, Betsie tomaba parte en un viaje de exploración al levante de la isla. Además, ¡cuántos cambios desde hacía cinco meses, y qué otros, más importantes tal vez, se dejaban entrever en un próximo porvenir!

Monsieur Zermatt utilizaba el viento que tendía a calmarse, conforme la Isabel se alejaba de la tierra. Mister Wolston, Ernest y Jack estaban junto a las escotas, a fin de atiesarlas o aflojarlas, según conviniera. Sería lástima que el viento calmase antes de estar a la altura del cabo Este, donde la pinaza recibiría el de alta mar.

Así es que mister Wolston dijo:

– Temo que el viento ceda… Nuestras velas se deshinchan.

– En efecto —respondió monsieur Zermatt— el viento se debilita. Pongamos el trinquete en un borde, la cangreja en el otro y ganaremos, sin duda, algo de velocidad.

– ¡Y pensar que no sería menester más que media hora para doblar la punta! — dijo Ernest.

– Si el viento cae del todo —propuso Jack— no hay más que agarrarse a los remos para llegar al cabo. Como somos cuatro a remar, mister Wolston, mi padre, Ernest y yo, creo que la pinaza no se estará quieta.

– Y ¿quién estará al timón mientras remáis los cuatro? —preguntó madame Zermatt.

– Tú, madre, o mistress Wolston o Annah —dijo Jack—. Sí. ¿Por qué no Annah? Estoy seguro de que manejará el timón como un viejo lobo de mar.

– Sí…, ¿por qué no? —respondió riendo la joven—. Sobre todo si sigo vuestros consejos, Jack.

– ¡Bien! Dirigir un barco no es más difícil que dirigir una casa… y como todas las mujeres entienden de esto desde que nacen… —replicó Jack.

Pero no fue preciso recurrir a los remos, ni, lo que hubiese sido más sencillo, hacerse remolcar por la canoa. Dispuestas las dos velas, la pinaza recibió más directamente la acción del viento y adelantó hacia el cabo del Este. Por ciertos indicios, no había duda de que el viento del oeste se dejaba sentir más allá. De esta parte la mar verdeaba a menos de una legua. Pequeñas olas, escalonando sus espumas, brillaban con luminosos reflejos. La navegación continuó, pues, favorablemente, y apenas eran las ocho y media cuando la Isabel se encontraba cerca del cabo.

Modificada la disposición de las velas el barco tomó marcha más rápida, con ligero movimiento que no molestaba ni a los hombres ni a las mujeres.

Establecido al fin francamente el viento, monsieur Zermatt propuso remontar hacia el nordeste, a fin de rodear la masa rocosa contra la que había chocado el Landlord.

– Lo podemos hacer sin trabajo —respondió mister Wolston—; y por mi parte, siento curiosidad de ver el escollo sobre el que os arrojó la tempestad, tan lejos del camino entre el cabo de Buena Esperanza y Batavia.

– Naufragio que ha causado numerosas víctimas —añadió madame Zermatt, cuyo rostro se nubló ante aquel recuerdo—. Solamente mis hijos, mi marido y yo hemos escapado a la muerte.

– ¿De modo —preguntó mister Wolston—, que no se ha sabido que nadie de la tripulación haya sido recogido en el mar, o se refugiara en las tierras vecinas?

– Nadie, según lo que ha manifestado el teniente Littlestone —respondió monsieur Zermatt—; y desde hace largo tiempo el Landlord estaba considerado como perdido.

– Hay que advertir —dijo Ernest— que la tripulación de la Dorcas, en la que Jenny había embarcado, ha sido más favorecida que nuestro barco, puesto que el contramaestre y dos marineros han sido conducidos a Sydney.

– Es cierto —respondió monsieur Zermatt—; ¿pero se puede afirmar que algunos sobrevivientes del Landlord no hayan encontrado refugio en alguna de las costas del océano Indico, y hasta que, después de tantos años, no estén allí como nosotros estamos en la Nueva Suiza?

– Nuestra isla —dijo Ernest— no está situada más que a trescientas leguas de Australia; pero el litoral australiano del oeste es poco frecuentado por los navíos europeos, y los náufragos no hubieran tenido probabilidad de ser arrancados de las manos de los indígenas.

– De todo esto se deduce —afirmó mister Wolston—, que estos parajes son peligrosos, y que las tempestades se desencadenaban en ellos con frecuencia. En pocos años se sufrió la pérdida del Landlord y de la Dorcas.

– Indudablemente —respondió Ernest—; pero no olvidemos que en esa época la situación geográfica de nuestra isla no estaba indicada en los mapas, y no es extraño que algunos barcos se hayan perdido en los arrecifes que la rodean. Pero en tiempo cercano, este emplazamiento será fijado con precisión tan absoluta como el de las otras islas del mar de las Indias.

– Tanto peor… —exclamó Jack—. Sí… Tanto peor, pues la Nueva Suiza caerá en el dominio público.

La Isabel evolucionaba entonces al oeste del escollo, y en la forma que iba, no tenía más que dejarse llevar en aquella dirección. En el lado opuesto de dicho escollo, monsieur Zermatt mostró a mister Wolston la estrecha zanja en que una enorme ola había encerrado al Landlord. La brecha abierta por el hacha de a bordo primero, y por una explosión después, había permitido retirar los objetos que el navío contenía, en espera del día en que la destrucción total se había efectuado por una última descarga de pólvora. Nada quedó del barco sobre el escollo, pues las olas arrastraron a la costa los últimos restos del mismo, así como los objetos susceptibles de sobrenadar, aparte de aquéllos cuyo flotamiento había sido asegurado por medio de toneles vacíos, tales como las calderas, las piezas de hierro, de cobre y plomo, los cañones que habían sido colocados en el islote del Tiburón y en la batería de Felsenheim.

Los pasajeros de la pinaza investigaron si bajo las aguas claras y tranquilas aparecían algunos restos. Dos años y medio antes, Fritz, embarcado en el kayak para su excursión a la bahía de las Perlas, había aún distinguido en el fondo del mar cañones, masas de hierro, fragmentos de la quilla y el cabrestante, para cuya extracción hubiera sido preciso una campana de buzo. Cierto que, aun disponiendo de tal aparato, monsieur Zermatt no hubiera sacado gran provecho de todo aquello. Actualmente ninguno de dichos objetos era visible en el fondo submarino, y una capa de arena entreverada de algunas algas cubría los últimos restos del Landlord.

Terminada la exploración del escollo, la Isabel se dirigió al sur, de forma que pasaran junto al cabo del Este. Monsieur Zermatt mostró gran prudencia, pues una de las puntas de aquél se proyectaba hacia el lago en medio de los arrecifes.

Tres cuartos de hora después, más allá de dicha punta, que probablemente marcaba la extremidad oriental de la Nueva Suiza, la pinaza pudo seguir los contornos del litoral a distancia de media legua, recibiendo la brisa noroeste.

En el curso de esta navegación, monsieur Zermatt pudo nuevamente advertir el aspecto árido que presentaba la costa oriental de la Nueva Suiza. Ni un árbol en la escarpada ribera, ni rastro de vegetación en su base, ni un río entre las playas desnudas y desiertas. Nada más que rocas, uniformemente calcinadas por el sol. ¡Qué contraste con las verdes orillas de la bahía del Salvamento y su prolongación hasta el cabo de la Esperanza Perdida!

Monsieur Zermatt dijo entonces:

– Si después del naufragio del Landlord hubiéramos arribado a esta parte de la isla, ¿qué habría sido de nosotros, y cómo encontrar medios de vida?

– La necesidad —respondió mister Wolston— os hubiera obligado a dirigiros al interior… Rodeando la bahía del Salvamento, hubierais seguramente llegado al sitio donde fue colocada la tienda de Zeltheim…

– Es de suponer, mi querido Wolston —replicó monsieur Zermatt—. ¡Pero a precio de cuántas fatigas, y qué desesperación hubiéramos sentido durante los primeros días!

– ¡Y hasta quién sabe si nuestro barco de cubas no se hubiera roto contra estas rocas! —añadió Ernest—. ¡Qué diferencia con la desembocadura del arroyo de los Chacales, donde pudimos desembarcar sin peligro ni trabajo!

– El cielo os ha protegido, amigos míos —afirmó mistress Wolston.

– Visiblemente, mi querida Merry —respondió madame Zermatt—, y no me olvido de darle las gracias todos los días.

A las once la Isabel llegó a la bahía de la Licorne, y media hora después ancló al pie de una roca, cerca del sitio en que la corbeta inglesa había hecho escala. La intención de monsieur Zermatt, de acuerdo con sus compañeros, era desembarcar en aquel rincón de la bahía y permanecer allí el resto del día, para partir de nuevo al alba del siguiente, continuando a lo largo del litoral.

Cuando el ancla fue enviada al fondo, una amarra acercó la popa de la pinaza y el desembarco se efectuó sobre arena fina y dura.

En torno de la bahía alzábase un derrumbadero calcáreo, de cien pies de altura. A la cúspide sólo se podía llegar por una estrecha hendedura, abierta en la mitad de la roca. Las dos familias pasearon primeramente por la playa, en la que aún se veían las huellas del campamento. Aquí y allá restos de maderas, provenientes de las reparaciones hechas en la corbeta, trozos de las estacas que fijaron las tiendas en el suelo, pedazos de hulla y las cenizas de los hogares.

Este estado de cosas llevó a monsieur Zermatt a hacer las siguientes reflexiones, muy justificadas por las circunstancias:

– Supongamos —dijo— que esta visita a la costa oriental la hiciéramos hoy por vez primera. Ante estas indiscutibles pruebas de un desembarco, ¡qué disgusto hubiéramos experimentado! ¿Un navío había venido a anclar en este sitio, su tripulación había acampado en el fondo de esta bahía? ¡Y nosotros nada habíamos sabido! Después de haber abandonado esta árida costa, ¿podía esperarse que jamás volviera?

– Es cierto —respondió Betsie—. ¿A qué se debe que hayamos sabido la llegada de la Licorne?

– A la casualidad —dijo Jack—. Sólo a la casualidad.

– No, hijo mío —respondió monsieur Zermatt— y diga lo que diga Ernest, ha sido debido a la costumbre que tenemos de disparar en esta época los cañones del islote del Tiburón, a los que han respondido los tres disparos de la corbeta.

– Me veo obligado a rendirme —confesó Ernest.

– ¡Cuántas han sido nuestras zozobras, nuestras angustias —añadió monsieur Zermatt—, durante los tres días que siguieron, impedidos por la tempestad de volver al islote para renovar nuestras señales, y qué temor que el barco partiese antes de que hubiéramos podido reunimos a él!

– Sí; terrible decepción hubiera sido ésta para vosotros, amigos míos —respondió mister Wolston—. ¡Tener la seguridad de que un barco había hecho escala en esta bahía sin haberos podido poner en comunicación con él! Sin embargo, aun en tal caso, la probabilidad de ser repatriados se había aumentado.

– Es claro —dijo Ernest—. Puesto que nuestra isla no era ya desconocida, y ese barco habría hecho constar su situación geográfica, un día u otro algún barco vendría a tomar posesión de la isla.

– En fin, y para concluir —dijo Jack—. La Licorne llegó, la Licorne ha sido visitada, la Licorne ha partido, la Licorne volverá, y lo que debemos hacer, en mi humilde opinión, es…

– ¿Almorzar? —preguntó riendo Annah Wolston.

– Precisamente —respondió Ernest.

– ¡A la mesa, pues! —exclamó Jack—. Tengo hambre para devorar hasta el plato… y estómago para digerido.

Fue general opinión instalarse en el fondo de la playa, junto a la hendidura, al abrigo de los rayos solares. Se fue a la pinaza en busca de provisiones, carne en conserva, atún ahumado, aves, fiambres, tortas de cazabe, y pan cocido la víspera.

Como bebida, en la pinaza había varios botellones de hidromiel y hasta algunas botellas de vino de Falkenhorst, que se descorcharían a los postres.

Hecho el desembarco de los víveres y de los utensilios, mistress Wolston, madame Zermatt y Annah pusieron la mesa sobre la arena y almorzaron opíparamente.

Realmente, para desembarcar, volver a embarcar, hacer escala en un punto del litoral, abandonarlo luego en las mismas condiciones… no hubiera valido la pena de emprender el viaje. El distrito de la Tierra Prometida no debía de comprender, en suma, más que una mínima porción de la Nueva Suiza.

Así, una vez terminado el almuerzo, dijo mister Wolston.

– Pienso aprovechar esta tarde explorando el interior…

– ¡Y sin perder tiempo! —exclamó Jack—. Ya deberíamos estar a una legua de aquí.

– No hubierais hablado de ese modo antes del almuerzo —replicóle Annah sonriendo—, pues habéis comido por cuatro…

– Y estoy dispuesto a andar por cuatro… —respondió Jack—, y hasta a ir al fin del mundo…; de nuestro pequeño mundo, se entiende.

– Pero si vas tan lejos nos será imposible seguirte, hijo mío —dijo madame Zermatt—. Ni mistress Wolston, ni Annah, ni tu madre se atreverían a ello.

– Decididamente —añadió monsieur Zermatt, dando un golpecito en el hombro a su hijo—, no sé qué hacer para calmar la impaciencia de nuestro Jack… No hay manera de sujetarle… Yo creo que ni él mismo ha mostrado nunca tanto ardor.

– ¿Fritz? —respondió Jack—. Debo reemplazarle en todo… ¡Cuándo regrese no será el que era antes de partir!

– ¿Por qué? —preguntó Annah.

– Porque estará casado… Será padre de familia… Tal vez abuelo, por poco que tarde en volver.

– ¡Fritz abuelo en un solo año de ausencia! —exclamó mistress Wolston.

– Bueno… Abuelo o no, estará casado.

– ¿Y por qué no ha de ser el mismo que antes de partir? —replicó Annah Wolston.

– Dejad a Jack que hable lo que quiera, Annah —respondió Ernest—. Ya le llegará el tiempo de ser un excelente marido como Fritz.

– Y a ti también, hermano —respondió Jack, mirando a Ernest y a la joven—. Respecto a mí, la cosa me asombraría, pues creo que la naturaleza me ha creado, especialmente, para ser tío… el mejor de los tíos… un tío de la Nueva Suiza… Pero creo que no se trata de presentarse hoy vestido de novio ante el juez de Felsenheim, sino de explorar estos lugares…

– Me parece —dijo mistress Wolston— que madame Zermatt, Annah y yo debemos permanecer aquí durante vuestra excursión, que ha de ser muy fatigosa si se prolonga hasta la noche. Esta playa está desierta, y no hay que temer ningún mal encuentro en ella. Además, siempre nos será fácil volver a bordo de la pinaza. De este modo, dejándonos en el campamento no tardaréis en volver.

– Creo, en efecto, que aquí estaréis en perfecta seguridad —dijo monsieur Zermatt—. No obstante, no me iré tranquilo.

– Bien… —dijo Ernest—. Yo me quedaré aquí…

– ¡Ah…! —exclamó Jack—. Ya apareció nuestro sabio… Quiere quedarse para leer alguno de sus librotes, que, sin duda, traerá. Pues bien… Que se quede, a condición de que Annah venga con nosotros.

– Y mistress Wolston y tu madre —añadió monsieur Zermatt—. Esto es lo mejor… Cuando se sientan fatigadas descansarán…

– Y Ernest podrá entonces hacerles compañía —exclamó Jack soltando la carcajada.

– No perdamos el tiempo —dijo mister Wolston—. Lo difícil hubiera sido escalar este desfiladero, cuya altura la calculo en ciento o ciento cincuenta pies. Afortunadamente, la pendiente de esta hendedura no es escabrosa y da acceso a la cúspide… Una vez en lo alto, decidiremos lo que más convenga.

– Pues… ¡andando…! ¡Andando! —exclamó Jack.

Antes de partir monsieur Zermatt fue a comprobar si la Isabel estaba bien amarrada, asegurándose de que con la marea baja el barco no estaba expuesto a encallar, ni en la marea aj^a corría el riesgo de chocar contra las rocas.

Dirigiéronse, pues, hacia la hendedura. Los hombres iban armados con sus fusiles y llevaban municiones preparadas por Jack. El joven pensaba cazar tal vez alguna fiera de especie conocida o desconocida en aquella parte de la Nueva Suiza.

Braun y Falb precedían a los excursionistas. Éstos les siguieron por un sendero oblicuo. En la época de las lluvias la hendedura debía de servir de depósito a las aguas que descendían torrencialmente de la cúspide. Pero en aquella estación el lecho estaba seco. Como se caminaba entre rocas, a las que un choque podía hacer perder el equilibrio y provocar avalanchas, se tomaron las precauciones propias del caso.

Tardaron media hora en llegar a la cúspide… El primero que llegó fue Jack.

Ante sus ojos, al oeste, se extendía una vasta planicie… Jack quedó asombrado. Cuando mister Wolston se reunió a él, Jack exclamó:

– ¡Vaya un país…! ¡Qué sorpresa y qué decepción!

Esta fue la opinión general. Mistress Wolston, madame Zermatt y Annah se sentaron al pie de una roca. Ni un árbol para librarse del sol abrasador, ni un trozo de verdor para sentarse. El suelo pedregoso, impropio para todo cultivo, estaba a trechos tapizado de ese musgo salvaje, al que el humus no es necesario. Como monsieur Zermatt dijo, aquello parecía un desierto de la Arabia Pétrea confinando con el fértil distrito de la Tierra Prometida.

¡Sí! Sorprendente contraste con la región que se extendía entre el arroyo de los Chacales y el cabo de la Esperanza Perdida, aquel terreno que se desarrollaba más allá del desfiladero del Cluse, el valle de Grünthal y los territorios limítrofes de la bahía de las Perlas.

Repitámoslo con monsieur Zermatt: ¿cuál hubiera sido la situación de los náufragos si el barco de cubas les hubiera dejado en la costa oriental de la isla?

Desde aquella cúspide hasta la bahía del Salvamento, que se dibujaba a dos leguas al oeste, la mirada no alcanzaba más que una comarca desolada, sin verdor, sin árboles, sin un río. Ningún cuadrúpedo se mostraba en su superficie. Parecía que estuviera abandonada a los pájaros de mar y tierra.

– He aquí terminada nuestra excursión, por lo menos en esta parte de la isla — dijo monsieur Zermatt.

– Ciertamente —respondió mister Wolston—, me parece inútil desafiar un calor tórrido para reconocer un país pedregoso en el que nada hay que hacer.

– ¡Cuán caprichosa y fantástica es la naturaleza! —observó Ernest—. No procede más que por contrastes. Allá abajo todas las fuerzas productivas en acción. Aquí la más espantosa esterilidad.

– Creo —dijo madame Zermatt— que lo mejor es que volvamos a bajar a la playa y nos embarquemos de nuevo.

– Ésa es también mi opinión —añadió mistress Wolston.

– ¡Sea —respondió Jack—; pero no sin haber subido antes a la punta de las últimas rocas!

A la izquierda, y a unos 60 pies, se elevaba un montón de rocas. En menos de cinco minutos Jack llegó a la cima, y después de haber paseado su mirada por el horizonte gritó a mister Wolston, a su padre y a Ernest que se reunieran con él.

¿Había algo en la dirección del sudeste que indicaba con la mano?

No sin trabajo mister Wolston y monsieur Zermatt llegaron junto a Jack.

En la dirección que éste indicaba, el litoral presentaba efectivamente diferente aspecto.

A dos leguas de la bahía de la Licorne, la costa bravía, bajando en ángulo brusco, terminaba en extenso valle verosímilmente regado por uno de los principales ríos de la isla. En la parte opuesta de aquella depresión extendíase la verdosa masa de espeso bosque. Entre los claros, y más lejos, el campo mostraba poderosa vegetación hasta los últimos límites del sur y del sudoeste. La parte estéril parecía reducirse a aquella área de cinco a seis leguas superficiales, comprendida entre el cabo del Este y la bahía del Salvamento. Si alguna región podía ser explorada, era la que por vez primera se presentaba ante los ojos de los colonos. ¡Qué de sorpresas, tal vez ventajas, ofrecería, aunque no pudiera hacer olvidar la Tierra Prometida!

– Partamos —dijo Jack.

– Partamos —repitió mister Wolston, presto a lanzarse en dirección al nuevo valle.

Pero había que andar dos leguas largas por un terreno sembrado de rocas… ¡Cuánto tiempo se necesitaba para recorrerlas… y también cuántas fatigas que pasar sin hablar del peligro de las insolaciones!

Pensando en esto monsieur Zermatt estimó oportuno moderar la impaciencia de Wolston y Jack diciendo:

– Hoy no. El día está muy avanzado. Esperemos a mañana. En vez de atravesar a pie esta región, iremos a ella por mar. El valle que vemos termina seguramente en alguna ensenada donde desemboca algún río. Si la pinaza encuentra allí sitio para anclar, destinaremos un día o dos a un formal reconocimiento del interior.

Éste era el partido más prudente, y nadie hizo objeciones. Tras una última mirada, monsieur Zermatt, mister Wolston y Jack descendieron y comunicaron a los demás lo que habían dispuesto. La exploración, aplazada para el siguiente día, se efectuaría en condiciones que permitirían a todos tomar parte en ella, sin peligros ni fatigas.

No restaba más que volver abajo por el sendero, y en algunos momentos los expedicionarios estarían al pie del derrumbadero.

La caza faltaba en las playas de la bahía de la Licorne (lo que motivó las quejas de Jack), pero en cambio en el agua había gran número de peces, y crustáceos entre las rocas, con lo que Ernest se declaró satisfecho. Ayudado por Annah tendió las redes e hizo buena pesca. Hubo, pues, en la comida un plato más, compuesto de grandes cangrejos de carne muy fina y un frito de lenguados de excelente calidad.

Terminada la comida los viajeros pasearon por la playa, y a las nueve habían vuelto a bordo de la Isabel.

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