Segunda patria

IX

VISTA DE LA COSTA - LOS PÁJAROS BOBOS - NUEVO RÍO - TERRITORIOS DESCONOCIDOS - LA CORDILLERA AL SUR - PROYECTO PARA EL DÍA SIGUIENTE - EL RÍO MONTROSE.

Al día siguiente, el primer cuidado de monsieur Zermatt fue interrogar el horizonte por la parte del este. Tras algunas brumas que no tardarían en desaparecer, brillaba el sol. Se anunciaba un magnífico día. Nada permitía pronosticar un cambio en la atmósfera. Hacía tres o cuatro días que el barómetro oscilaba en torno del buen tiempo. En el ambiente no había rastro de humedad. La brisa, bastante fresca, parecía segura al noroeste. La mar estaba en calma. La pinaza podía, pues, continuar con seguridad su navegación a lo largo del litoral.

A las seis, estando todos sobre el puente, fueron largadas las amarras. Con su trinquete, su mesana y sus foques amurados, el barco salió a alta mar, donde el viento soplaba más recio. Media hora después, puesta la proa al sur y mister Wolston al timón, la Isabel seguía la costa a unos diez cables, de forma que la mirada pudiese apreciar los menores detalles desde los recortes de las playas hasta las aristas de las bravías costas rocosas.

Al parecer, cuatro o cinco leguas debían de separar la bahía de la Licorne del valle visto en dirección sur. Con dos o tres horas habría suficiente para franquear aquella distancia. La marea que subía desde el amanecer empujaba en dicha dirección. Cuando la Isabel llegase a su destino, y atendiendo a la naturaleza de los lugares, y según las circunstancias, se vería lo que había que hacer.

A ambos lados del barco corrían soberbios esturiones, algunos de los cuales medían de siete a ocho pies. Aunque Jack y Ernest tuviesen vivísimos deseos de herirlos con el arpón, no lo consintió monsieur Zermatt. ¿Para qué perder el tiempo en semejante pesca? Los chicharros y dragones marinos que se pescaran en el camino bien venidos fueran, y así es que en las redes arrastradas por el barco se recogieron algunas docenas de estos excelentes peces, que, cocidos en agua salada, figurarían en el almuerzo de la primera escala.

El aspecto de la costa no cambiaba. Siempre una sucesión ininterrumpida de rocas calcáreas o graníticas, con la base en la arena y agujereadas de cavernas en las que los mugidos del mar debían de ser terribles cuando las olas las invadieran empujadlas por los vientos de alta mar. El espectáculo desolado de aquel litoral producía profunda impresión de tristeza.

Sin embargo, a medida que se descendía más al sur animábase el paisaje por el efecto del incesante vuelo de las plangas, gaviotas y albatros, cuyos gritos ensordecían. Jack no hubiera resistido a sus instintos de cazador, de no haber Annah pedido gracia para aquellos inofensivos volátiles.

– Además —dijo la joven—, tal vez entre esos albatros se encuentra el de Jenny. ¡Qué disgusto, Jack, si dieseis muerte a ese pobre animal!

– Annah tiene razón —añadió Ernest.

– Sí… Como siempre —respondió Jack—, y desde ahora prometo no disparar contra ningún albatros mientras no se haya encontrado el mensajero de la Roca Humeante.

– ¿Queréis que os diga lo que pienso? —dijo Annah.

– Sí —respondió Jack.

– Pues pienso que un día u otro ese albatros volverá.

– Sin duda, puesto que no lo habré matado.

A las nueve la pinaza estaba casi al sesgo de la depresión formada por una brusca vuelta de la costa hacia el interior. La cresta del litoral comenzaba a bajar. Anchos taludes, menos rudos, la unían con las playas arenosas, accidentadas con tumescencias negruzcas. Había gran número de arrecifes que cubrían la marea alta, y que a veces se proyectaban a regular distancia. La Isabel se aproximó a ellos, pero con prudencia. Mister Wolston, inclinado en la proa, observaba con atención las aguas, su hervir sospechoso, su cambio de color, en fin, rodó lo que pudiera ser señal de un escollo.

– ¡Ah! —exclamó Jack de pronto—. Ahora no diremos que esta costa está desierta. Allá abajo hay gente… y buena gente.

Todos miraron a la playa y a las rocas, donde los penetrantes ojos de Jack distinguían seres vivientes en gran número.

– Explícate, hijo mío —le dijo su madre—. ¿Ves allí hombres? ¿Salvajes, quizá?

Madame Zermatt temía más que a nada, y no sin razón, a los salvajes de la cruel raza indomalaya.

– Vamos… Responde, Jack —le dijo su padre.

– ¡Estad tranquilos! —exclamó Jack—. No hablaba de seres humanos, y éstos, aunque tienen dos pies, tienen también plumas.

– ¿Entonces son pájaros bobos? —preguntó Ernest.

– O pingüinos, como quieras.

– Se pueden confundir —respondió Ernest—, porque esos volátiles son muy semejantes en el orden de los palmípedos.

– Digamos una especie de gansos —replicó monsieur Zermatt—, y este nombre conviene perfectamente a esos estúpidos animales.

– Tal vez por esto se les ha tomado alguna vez por hombres —dijo Jack.

– ¡Ah, burlón! —exclamó Annah Wolston.

– ¡Oh…! De lejos solamente —dijo monsieur Zermatt—. Y en efecto, mirad sus cuellos rodeados de plumas blancas, sus alas que caen como brazos, su cabeza erguida, sus pies negros, las líneas bien trazadas de su cuerpo. Parece una tropa uniformada. ¿Recordáis, hijos míos, cuántos había en otra época sobre las rocas, en la desembocadura del arroyo de los Chacales…?

– Y hasta parece que veo todavía —respondió Ernest— a Jack arrojarse en medio de la tropa con el agua hasta la cintura, y golpear con el palo tan valientemente que echó por tierra una media docena de esos pájaros bobos a bastonazos.

– Nada más exacto —contestó Jack—. Pero entonces sólo contaba ocho años. ¿Verdad que ya prometía?

– Y has mantenido tu promesa —dijo monsieur Zermatt sonriendo—. Respecto a esos pobres volátiles tan mal tratados, no tardaron en huir de las playas de la bahía del Salvamento, y han venido a refugiarse en esta costa.

Fuera por esta razón o por otra, lo cierto era que los pingüinos o pájaros bobos habían desertado absolutamente de la bahía desde el primer mes de la instalación en Felsenheim.

Siguiendo la costa, la Isabel pasó muy cerca de vastos espacios que la marea baja debía dejar en seco, mostrando capas de eflorescencias salinas. Allí habría, sin duda, en qué ocupar un centenar de salineros, y la futura colonia podría recolectar toda la sal precisa para sus necesidades.

Al pie del derrumbadero, que terminaba en ángulo brusco, se prolongaba un promontorio submarino. La pinaza tuvo, pues, que apartarse una media legua. Después, cuando volvió cerca de la costa, fue para dirigirse hacia la ensenada donde desembocaba el valle observado desde las alturas de la bahía de la Licorne.

– ¡Un río…! ¡Hay un río! —Reclamó Jack, que se había izado al mástil del trinquete.

Monsieur Zermatt, con el catalejo, examinaba aquella parte del litoral: he aquí lo que se ofrecía a sus miradas:

A la derecha —después de acodarse bruscamente—, el muro del acantilado subía las pendientes del interior. A la izquierda, la costa terminaba en un cabo muy lejano

– tres o cuatro leguas por lo menos— y tras él se mostraba el campo, que prolongaba hasta el horizonte sus praderas y bosques. Entre estos dos puntos estaba la ensenada, que formaba un puerto natural protegido por las rocas contra los malos vientos del este que parecía ser fácilmente practicable.

En esta ensenada caía un río, bordeado de frondosos árboles y de aguas límpidas y tranquilas. Por lo que se podía juzgar a la distancia a que se veía, era navegable.

Lo más indicado era que la pinaza hiciera escala en aquel sitio, donde se ofrecía un buen anclaje. Púsose, pues, la proa en línea recta al paso que conducía a dicho sitio. La marea la ayudaba. La mar estaba tranquila, aunque se temía que al descender surgieran los escollos.

No se descuidó ninguna medida de prudencia. Monsieur Zermatt estaba al timón, mister Wolston y Ernest en la proa, y Jack en las barras. Ninguno de ellos apartaba la vista del paso. Madame Zermatt, mistress Wolston y su hija estaban sentadas sobre cubierta. Nadie hablaba, emocionados por la doble impresión de la curiosidad y de una vaga inquietud, nacida de la proximidad de aquella comarca nueva, donde, sin duda, por vez primera seres humanos iban a poner el pie. El silencio no era turbado más que por el murmullo del agua, al que se mezclaba el de las velas golpeadas por el viento y los gritos de las gaviotas, que huían con rápido vuelo hacia las rocas.

A las once el ancla cayó junto a una especie de muelle natural, a la izquierda de la desembocadura, sitio que se prestaba a un fácil desembarco. Algo más atrás, grandes palmeras ofrecían suficiente abrigo contra los rayos del sol, que llegaba a su culminación meridiana. Después de almorzar se trataría de reconocer el interior.

No hay que decir que la desembocadura del río parecía tan desierta como la del arroyo de los Chacales la primera vez que los náufragos llegaron a este último punto. Sólo que en vez de un río estrecho, sinuoso e impropio para la navegación, ante las miradas de los expedicionarios se presentaba un curso de agua de gran caudal.

Así que la Isabel ancló, Jack saltó a tierra y la arrastró hacia las rocas, halando con una amarra puesta en la popa. No fue, pues, preciso utilizar la canoa para desembarcar, y a los pocos momentos todos saltaron a la playa. Transportadas las provisiones a la sombra de un grupo de árboles, lo primero de que se trató fue de satisfacer el apetito, aguzado por el viento de una navegación de varias horas.

Comer, y hasta devorar, no impedía cambiar preguntas y respuestas. Mister Wolston dijo:

– Tal vez es de lamentar que no hayamos anclado en la ribera derecha del río. En esta parte la playa es baja, mientras que en la otra está dominada en un centenar de pies por el contrafuerte del desfiladero.

– Y para mí no hubiera sido gran empresa subir hasta la cúspide —afirmó Jack

– . Desde allí, por lo menos, hubiéramos podido dominar el paisaje.

– Nada más fácil que atravesar la ensenada utilizando nuestra canoa —respondió monsieur Zermatt—. ¿Pero hay motivo de disgusto en lo que hemos hecho? En la otra orilla no distingo más que piedras y arena, en el límite de la árida región que se extiende desde el cabo del Este hasta esta bahía. Por este lado, al contrario, hay verdor, árboles, sombra, y más allá se extiende el campo que hemos visto y que será fácil explorar. A mi juicio, no podíamos haber elegido sitio mejor.

– Y aprobamos la elección, ¿no es verdad, mister Wolston? —dijo Betsie.

– Seguramente: tanto más cuanto que podemos pasar a la otra orilla cuando nos plazca.

– Y añado —dijo mistress Wolston— que nos encontramos tan a gusto en este sitio, que…

– ¿Qué no querríais dejarlo nunca? —interrumpió Jack—. ¡Ea! Está convenido… Abandonemos Felsenheim, Falkenhorst, el distrito de la Tierra Prometida, y fundemos en la desembocadura de este soberbio río la capital definitiva de la Nueva Suiza.

– ¡Ya se disparó Jack! —dijo Ernest—. Pero, no obstante sus bromas, lo cierto es que la importancia de este río y la profundidad de la ensenada donde se arroja presentan mas ventajas para una colonia que la desembocadura del arroyo de los Chacales… Es preciso explorar esta región en extensión bastante, estudiar sus recursos y asegurarse de que no es frecuentada por las fieras.

– Eso es hablar como un sabio —dijo Annah Wolston.

– Como siempre habla Ernest —añadió Jack.

– De todos modos —dijo monsieur Zermatt—, por magnífico, por rico que sea el país, nadie pensará en abandonar la Tierra Prometida.

– No, ciertamente —afirmó madame Zermatt—. Tal abandono me heriría en el corazón.

– Lo comprendo, querida Betsie —respondió mistress Wolston—, y por mi parte no accedería a separarme de vos para habitar este sitio.

– En fin, no se trata de eso —dijo mister Wolston—, sino de explorar los alrededores después de almorzar.

Todos fueron de esta opinión. No obstante, las mujeres hubieran renunciado con gusto a formar parte de la expedición de no haberlas convencido monsieur Zermatt con las siguientes palabras:

– No me agradaría dejarlas solas en este sitio, aunque fuera por poco tiempo. Ya sabes, Betsie, que jamás me decidí a abandonar Felsenheim sin dejarte al cuidado de alguno de nuestros hijos. En nuestra ausencia, si se presentara algún peligro, ¿qué sería de vosotras? Pensándolo no estaría tranquilo… ¿Puesto que el río es navegable, por qué no seguirlo todos?

– ¿En la canoa? —preguntó Ernest.

– No… En la pinaza… que tampoco me gusta abandonar.

– Convenido —dijo Betsie—. Las tres estamos dispuestas a acompañaros.

– ¿Podrá la Isabel vencer la corriente? —preguntó mister Wolston.

– Si esperamos a la marea alta, la corriente nos favorecerá —dijo monsieur Zermatt—. Dentro de seis horas podremos aprovecharla.

– Entonces ¿no será demasiado tarde para partir? —observó mister Wolston.

– Efectivamente —respondió monsieur Zermatt—. Así es que mi opinión es que pasemos aquí el día y la noche a bordo…, y mañana al amanecer podemos aparejar.

– Y hasta entonces, ¿qué haremos? —preguntó Jack.

– Hasta entonces —respondió monsieur Zermatt— tendremos tiempo de visitar la ensenada y sus cercanías. Sin embargo, como el calor es excesivo, aconsejo a estas señoras que nos esperen en el campamento.

– Con mucho gusto lo haremos —respondió mistress Wolston—, a condición de que no se alejen.

– Sólo se trata de un paseo por la orilla izquierda del río —prometió monsieur Zermatt, que no quería perder de vista el campamento.

Con tal proyecto podía visitarse la parte baja del valle antes de penetrar en el interior. Monsieur Zermatt y mister Wolston, Ernest y Jack, después de haber subido por la playa, llegaron a las ligeras tumescencias que por la parte oeste unían el río con el campo.

Como desde lejos se había advertido, este territorio presentaba aspecto muy fértil; espesos bosques, cuyo límite no alcanzaba la vista, llanuras tapizadas de espesa hierba, donde miles de rumiantes hubieran encontrado alimento; toda una red de arroyos que corrían hacia el río, y en el horizonte suroeste una cordillera que cerraba el hermoso paisaje.

– Hay que reconocer —dijo monsieur Zermatt— que esa cordillera está más cerca de lo que habíamos creído cuando por primera vez la hemos visto desde las alturas del valle de Grünthal. La bruma, sin duda, la hacía aparecer azulada y yo calculé la distancia en unas 15 leguas. Hubo en esto algo de ilusión óptica…

– Efectivamente, padre —dijo Ernest—, aquel día calculamos la distancia el doble de lo que en realidad es. Unas siete u ocho leguas, a mi juicio.

– Soy de esa opinión —dijo mister Wolston—. ¿Pero es la misma cordillera?

– La misma —respondió Ernest—, y no creo que la Nueva Suiza sea tan extensa que pueda encerrar otra de tal importancia.

– ¿Por qué no? —replicó Jack—. ¿Por qué nuestra isla no ha de igualar en extensión a Sicilia, Madagascar, Nueva Zelanda o Nueva Holanda?

– ¿Y por qué no a un continente? —exclamó riendo mister Wolston.

– Creéis que tengo propensión a exagerarlo todo…

– Eso denota en ti una imaginación muy sobreexcitada —dijo monsieur Zermatt

– . Piensa en esto: si nuestra isla tuviera las dimensiones que tú supones, y que probablemente deseas, difícilmente hubiera escapado hasta aquí a las investigación de los navegantes.

– Y de los marinos del Antiguo o del Nuevo Continente —añadió Ernest—. Su posición en esta parte del océano índico es muy estimable; y de ser conocida, estad seguros de que Inglaterra… por ejemplo…

– No os incomodéis, querido Ernest —dijo con tono de buen humor mister Wolston—. Los ingleses somos colonizadores, y pretendemos colonizarlo todo.

– Para terminar —dijo monsieur Zermatt—, el día en que esta isla hubiera sido descubierta, habría figurado en los mapas del almirantazgo, y se hubiera llamado Nueva Inglaterra en vez de llamarse Nueva Suiza.

– Nada habrá perdido con la espera —dijo mister Wolston—, puesto que vos, el primer ocupante, se la habéis cedido a la Gran Bretaña.

– Y la Licorne va a traer el acta de adopción —añadió Jack.

En resumen: monsieur Zermatt estaba en lo justo al rectificar la distancia antes asignada a la cordillera que se desarrollaba hacia el suroeste. Desde la desembocadura del río, esta distancia, casi igual a la que la separaba del valle de Grünthal, no debía de pasar de siete a ocho leguas. Restaba por saber si dicha cordillera se elevaba al centro de la isla o al límite de su costa meridional.

Determinado este punto, hubiera Ernest podido completar el mapa de la Nueva Suiza; y este natural deseo justificaba la proposición de mister Wolston de explorar el país hasta las montañas. Pero tal proyecto no podía ser ejecutado más que al regreso de la buena estación.

Las porciones de la isla, ya visitadas, habían sido indicadas por Ernest con bastante exactitud. El litoral septentrional se extendía en unas doce leguas: al levante se dibujaba una línea bastante regular del cabo del Este a la entrada de la bahía del Salvamento; luego esta bahía se hundía para unirse a la costa rocosa entre la playa de Falkenhorst y los arrecifes del cabo de la Esperanza Perdida. A partir de este punto, yendo hacia el oeste, estaba la bahía de los Nautilos, que terminaba en el cabo Camus, en la que se arrojaba el río Oriental; y en fin, la bahía de las Perlas aparecía entre la arcada y el promontorio opuesto, a la vuelta del cual, a cuatro leguas hacia el suroeste, estaba la Roca Humeante. Así es que la Tierra Prometida, limitada por la mar en un lado y por la bahía de los Nautilos en el otro, cerrada por extensa circunvalación que se extendía desde el canal de la bahía del Salvamento al fondo de la bahía de los Nautilos, era impenetrable, a no ser por el desfiladero de Cluse. Aquella área, de unas cuatro leguas cuadradas, encerraba el arroyo de los Chacales, el de Falkenhorst, el lago de los Cisnes, las casas de Felsenheim y de Falkenhorst y las granjas de Waldegg, de Zuckertop y de Eberfurt.

Continuóse la exploración siguiendo las orillas del río, de donde monsieur Zermatt no quería alejarse. Esto, además, satisfacía a Ernest, que dijo:

– Al volver de nuestra excursión podré trazar el curso de una parte de este río y del valle que riega. Dada la fertilidad de este nuevo territorio, no es dudoso que nuestra isla bastará para alimentar a varios miles de colonos.

– ¡Tanto como eso…! —exclamó Jack, no disimulando su despecho de que su «segunda patria» pudiese estar tan poblada en lo por venir.

– Y como una ciudad —añadió Ernest— encuentra siempre grandes ventajas en ser fundada cerca de la desembocadura de un río, es probable que los futuros habitantes se establezcan aquí…

– Lugar que no les disputaremos —añadió monsieur Zermatt—, puesto que ninguno de nosotros se resolverá a dejar la Tierra Prometida.

– Tanto más, cuanto que madame Zermatt no lo consentiría… Lo ha declarado formalmente —dijo mister Wolston.

– Mi madre tiene razón —exclamó Jack—. Y además, preguntad a nuestros bravos servidores de pluma y pelo: a Sturm, a Brummer, a Rash, a Blass, a Brüll, a Pfeil, a Flink, a Knips II, a Leichtfuss, a Brausewind, a Turco, a Braun y a Falb, aquí presentes, preguntadles si consienten en cambiar de domicilio. Que se les dé el derecho del voto, que se verifique un escrutinio sobre esta cuestión, y como están en mayoría, yo sé qué decisión saldrá de la urna popular… ¡Sí… popular!

– Estáte tranquilo, Jack —respondió monsieur Zermatt—. No tendremos necesidad de consultar a nuestras bestias.

– ¡Qué no son tan bestias como por su nombre podría deducirse! —respondió Jack, excitando con la voz y el ademán a los dos perros, que saltaron en torno de él.

A las seis, monsieur Zermatt y sus compañeros estaban de vuelta en el campamento, después de haber seguido por la costa bordeada de extensas playas, que terminaban en un bosque de árboles resinosos. Comieron sobre la hierba, y los comensales se regalaron con una fritura de gobios, pescados en las aguas dulces del río con los sedales que Ernest había preparado para Annah. En estenio parecía haber gran número de peces, y en los demás pululaban los cangrejos, de los que, antes de partir, se cogieron algunas docenas.

Después de la comida, nadie mostró prisa por volver a bordo de la pinaza; y por falta de tienda se cedió al general deseo de dormir en la playa. ¡Qué magnífica noche! Una ligera brisa, llena de los olores del campo, perfumaba y refrescaba la atmósfera. Después de aquel caluroso día, ¡qué agradable era respirar aquel aire vivificante y reparador!

Había seguridad de tener buen tiempo. Una leve bruma entoldaba el horizonte de alta mar y dulcificaba el resplandor de las estrellas. Los expedicionarios pasearon y hablaron de sus proyectos para el siguiente día. A las diez, todos volvieron a bordo de la Isabel, y se dispusieron a acostarse, excepto Ernest, que debía vigilar a aquella hora.

Pero en el momento de bajar madame Zermatt hizo una observación.

– Se nos ha olvidado una cosa —dijo.

– ¿Qué se nos ha olvidado, Betsie? —preguntó monsieur Zermatt.

– Dar nombre a este río…

– Nada más justo —confesó monsieur Zermatt—, y este olvido no dejará de ser un contratiempo para Ernest, en lo que se refiere a su nomenclatura geográfica.

– Pues bien —respondió Ernest—. Hay un nombre indicadísimo: llamémosle el río Annah…

– Perfectamente… Eso os agradará, Annah —dijo Jack.

– Sin duda —respondió la joven—; pero yo he de proponeros otro nombre que bien merece ese honor…

– ¿Cuál? —preguntó madame Zermatt.

– El apellido de nuestra querida Jenny. Todos aceptaron, y desde aquel día el río Montrose figuró en el mapa de la Nueva Suiza.

Telegrama

Estação de origem: a Web · Destino: o convés do Nautilus

0 palavras · tarifa: 0 kreuzer (os pontos tornam-se STOP)