Clovis Dardentor

XIII

EN EL QUE SE MEZCLAN POR IGUALES DOSIS LA GRATITUD Y EL DESCORAZONAMIENTO DE JUAN TACONNAT.

Daya, la antigua Sidi-bel-Kheradji de los árabes, ahora una ciudad amurallada y protegida por cuatro fuertes, defiende la entrada de los Hauts- Plateaux de Orán.

A fin de que los turistas descansaran de las fatigas de los dos primeros días, el programa indicaba veinticuatro horas de parada en la capital. La caravana, pues, no debía volver a ponerse en camino hasta el segundo día.

Ningún inconveniente hubiera habido en prolongar la estancia; pues aquel punto, colocado a unos mil cuatrocientos metros de altura, en el flanco de montañas llenas de árboles y en medio de un bosque de pinos y encinas de catorce mil hectáreas, goza de un clima de una salubridad excepcional, siendo por este motivo muy solicitado por los europeos.

En esta ciudad de diez y seis a diez y siete mil habitantes, en su mayor parte indígenas, los franceses se reducen a los oficiales y soldados del puesto militar.

No hay para que hablar de la parada que los excursionistas hicieron en Daya. Las señoras no pasearon fuera de la ciudad. Los hombres se aventuraron un poco más lejos, por las pendientes de las montañas y el interior de los frondosos bosques. Algunos bajaron por la llanura, hasta los bosques pantanosos que llevan el mismo nombre que el pueblo, y en los que se ven los pistachos y los juyubales salvajes.

Admirándolo siempre todo el señor Dardentor, fue el que arrastró á sus compañeros durante todo aquel día. Tal vez Marcel Lornans- hubiera preferido permanecer al lado de la señora y de la señorita Elissane, aunque tuviera que sufrir la insoportable presencia de los Desirandelle. Pero el salvador no podía separarse del salvado. Respecto a Juan Taconnat, su sitio estaba junto a Clovis, del que no se apartaba un paso.

Solamente Agatocles no tomó parte en esta excursión, gracias a la intervención del señor Dardentor, que sermoneó sobre el caso a los Desirandelle, padres. Era preciso que su hijo quedase junto a Luisa, puesto que las señoras no les acompañaban. Una franca explicación pondría en claro la situación de los novios. Había llegado el momento de provocar esta explicación, etc. Y Agatocles se había quedado.

¿Se efectuó la explicación? No se sabe. No obstante, por la noche, el señor Dardentor, llamando aparte a Luisa, la preguntó si se hallaba en disposición de partir al día siguiente.

-Desde las primeras horas- respondió la joven, cuyo rostro expresaba un indefinible disgusto.

-Agatocles le ha acompañado a usted todo el día..., y es a mí a quien usted debe...

-¡Ah! ¿A usted, señor Dardentor?

-Sí, yo he tenido esa excelente idea, y no dudo que esté usted satisfecha.

-¡Oh, señor Dardentor!...

Aquel ¡ah! y aquel ¡oh! decían mucho más de lo que se hubiera podido expresar en una conversación de dos horas. Sin embargo, nuestro héroe insistió en el asunto, haciendo que Luisa le confesara que no podía sufrir a Agatocles.

-¡Diablo!- murmuró al alejarse- ¡Esto va mal! ¡Bah! Aun no se ha pronunciado la última palabra. El corazón de una joven es un abismo...; y ¡qué bien he hecho en no hundir mi cabeza en uno de ellos!

Así razonaba Dardentor, sin que se le ocurriera que Marcel Lornans pudiera causar perjuicio al hijo de los Desirandelle. En su opinión, la notoria nulidad, la inconsciente tontería de su candidato, bastaban para explicar el desdén de Luisa Elissane.

Al siguiente día, a las siete, abandonaron el pueblo de Daya. La gente y las bestias estaban descansadas. El tiempo era favorable; el cielo, brumoso al amanecer, no tardaría en despejarse. Además, no era de presumir que lloviese. Las nubes se condensan tan raramente en las provincias de Orán, que en veinte años la altura media de las lluvias no ha alcanzado un metro, mitad de lo que ha caído en las otras provincias de Argelia. Felizmente, si el agua no viene del cielo, brota del suelo gracias a las múltiples ramificaciones de los ríos.

La distancia entre Daya y Sebdou es de unos setenta y cuatro kilómetros, siguiendo el camino que conduce desde Ras-el-Ma a Sebdou por El-Gor; y es preferible aceptar este rodeo a aventurarse en línea recta al través de las plantaciones de alfa del Oeste y de los cultivos indígenas, pues este accidentado país no ofrece a los viajeros la saludable sombra de los bosques limítrofes del Sur.

Desde Daya, el camino desciende hacia Sebdou. Partiendo al amanecer; Y andando rápidamente, la caravana esperaba llegar a El- Gor por la noche. Gran jornada, sin duda, interrumpida únicamente por el almuerzo al mediodía, y de la que los caballos, mulas y camellos hubieran tenido razón para quejarse, pero no lo hicieron.

El orden de costumbre fue mantenido en aquella comarca, donde abundan las fuentes, Ain-Sba, Ain-Bahiri, AinSissa, afluyentes del Oued-Messoulen, y también las ruinas berberiscas, romanas y árabes. En las dos primeras horas, los turistas anduvieron los veinte kilómetros hasta Ras-elMa, una estación del camino de hierro en construcción que Sidi- bel- Abbes destaca hacia la región de los HautsPlateaux. Era el punto más al Sur que debían tocar durante el viaje circular.

No había más que seguir la extensa curva que une a Ras-el-Ma con El-Gor, y que es preciso no confundir con una estación del dicho camino de hierro.

Breve parada en aquel sitio, donde entonces trabajaban los obreros de la vía férrea, la que desde la estación de Magenta se extiende por la ribera derecha del Oued-Hacaiba, subiendo por la costa novecientos cincuenta y cinco metros a mil ciento catorce. Penetraron primeramente en un bosquecillo de cuatro mil hectáreas, el bosque de Hacaiba, que el río de este nombre separa del bosque de Daya, y cuyas aguas están contenidas por una valla.

A las once y media hubo descanso en la orilla opuesta del bosque.

-Señores- dijo el agente Derivas después de haber conferenciado con el guía Moktani-: propongo a ustedes almorzar en este sitio.

-¡Proposición que es siempre bien acogida cuando uno se muere de hambre!- respondió Juan Taconnat.

-¡Y nosotros morimos de ella!- añadió Dardentor.- Yo tengo el baúl vacío.

-Aquí hay un río que nos dará agua clara y fresca- dijo Marcel Lornans,- y si el sitio es del gusto de estas señoras...

-La proposición de Moktani- dijo Derivas- debe ser aceptada por cuanto hasta el bosque de Ourgla, es decir, durante doce o quince kilómetros al través de las plantaciones de alfa, no tendremos sombra.

-Aceptado- respondió Dardentor.- Y que estas señoras no se asusten por un rato de camino al sol. Dentro del carro irán bien defendidas, y en cuanto a nosotros, bastará que miremos frente a frente al astro del día para hacerle bajar los ojos.

El almuerzo, lo mismo que el de la víspera, se compuso de las provisiones que conducía la carreta, renovadas en Daya, y que aseguraban el alimento hasta Sebdou.

La más grande intimidad existía entre los diversos miembros de la caravana, a excepción del señor Oriental, que se mantenía siempre alejado. No había, por lo demás, más que motivo de alegría por el modo como la excursión se efectuaba, y para felicitar a la Compañía, que lo había previsto todo a completa satisfacción de los excursionistas.

Marcel Lornans se distinguió por su cortesía. Instintivamente, Dardentor se sentía orgulloso de él, como un padre de su hijo. Se le escapó este grito:

-¡Eh, señoras... qué bien he hecho en salvar a mi querido Marcel y arrancarle!...

-De las turbulentas llamas de un vagón incendiado- no pudo menos de decir Juan.

-¡Perfectamente, perfectamente!- exclamó Dardentor.- Esa es mi frase... compuesta de soberbias palabras. ¿ Te agrada, Patricio?

Éste respondió sonriendo:

-Verdaderamente tiene un hermoso carácter, y cuándo el señor se expresa en esa forma académica...

-Vamos, señores- dijo Clovis levantando su vaso.- ¡ A la salud de estas señoras, y a la nuestra también! ¡No olvidemos, que estamos en el país de los... Siempre- benditaPompa!

-¡Esto no podía durar!- murmuró Patricio bajando la cabeza.

Inútil es decir que los señores de Desirandelle encontraban a Marcel cada vez más insoportable, más fatuo, más bellaco, y que se prometían hacer cambiar al señor Dardentor en este punto, cosa difícil en el estado en que este hombre expansivo se encontraba.

Al mediodía, la vajilla, cestas y botellas fueron colocadas de nuevo en la carreta, y los excursionistas se dispusieron a continuar el viaje.

Pero en este momento notóse la ausencia del señor Oriental.

-¡No veo al señor Oriental!- dijo el agente Derivas.

Nadie le veía, por más que hubiera tomado parte en la comida con la exactitud de su apetito de costumbre.

¿Qué le había sucedido?

-¡Señor Oriental!- gritó Clovis Dardentor con poderosa voz.- ¿Dónde se habrá metido ese coco con su telescopio? ¡Eh, señor Oriental!

Nadie respondió.

-No podemos abandonar a ese caballero- dijo la señora de Elissane.

Evidentemente, no podía ser. Pusióéronse en su busca, y bien pronto en un ángulo del bosque le vieron con su anteojo dirigido hacia el NO.

-No le molestemos- aconsejó Dardentor-, puesto que está en disposición de interrogar el horizonte. En este particular es capaz de prestarnos grandes servicios. Sólo con tomar la altura del sol, si nuestro guía se pierde, nos pondrá en buen camino.

-De la despensa- acabó Juan Taconnat.

-Perfectamente.

Una extensa explotación de alfa ocupa esta parte del territorio de Ouled-Balagh, que los excursionistas atravesaban subiendo hacia El-Gor. El camino, lleno de innumerables gramíneas, desarrollándose hasta perderse de vista, apenas si daba paso a los carruajes. Sólo en fila se podía avanzar.

El calor era intenso. Fue preciso cerrar los carros. Si alguna vez Marcel Lornans maldijo al astro radioso fue aquel día, puesto que la linda cara de Luisa desapareció tras de las cortinas. Clovis Dardentor, a caballo entre las dos jorobas del dromedario (beduinando como un verdadero hijo de Mahoma), no había conseguido hacer bajar los ojos al sol, y limpiándose la sudorosa frente, echaba tal vez de menos el «tabourka» árabe, que le hubiera protegido contra los rayos solares.

-¡Diablo!- exclamó-; quema hasta el rojo blanco esa sartén que va de un extremo a otro del horizonte. ¡Abrasa la sesera!...

-La cabeza, señor- observó Patricio.

Hacia el NO. se redondeaban las verdes alturas del bosque Ourgla, mientras al S. aparecía el enorme macizo de los Hauts-Plateaux.

A las tres se llegó al bosque en que la caravana iba a encontrar, bajo la impenetrable cubierta de las encinas, un aire saturado de aromas frescos y vivificantes.

El bosque Ourgla es uno de los más espaciosos de la región, pues no mide menos de setenta y cinco mil hectáreas. El camino le atravesaba en una extensión de once a doce kilómetros. Amplio por los acarreos que el Gobierno efectúa en la época de las talas, permite a los turistas reunirse a su gusto. Las cortinas de los carros fueron descorridas; los caballeros se acercaron. Alegres frases se cambiaron de uno a otro lado. El señor Dardentor repetía, en solicitud de felicitaciones que nadie le rehusó, excepto los Desirandelle, de peor humor que nunca:

-¡Eh, amigos míos! ¿ Quién es el hombre que les ha aconsejado a ustedes este delicioso viaje? ¿Está usted contenta, señora de Elissane, y usted, mi querida señorita Luisa? ¿Duda usted aún en abandonar su casa de la calle del Castillo Viejo?... ¡Vamos! No se puede cambiar este magnífico bosque por las calles de Orán. ¿Acaso el boulevard Oudinot o el paseo de Letang puede compararse con él?

No; tanto más cuanto que en aquel instante un grupo de monos pequeños escoltaba la caravana, balanceándose en los árboles, saltando de rama en rama, gritando y haciendo gestos. El señor Dardentor, deseoso de mostrar su destreza, emitió la idea de tirar sobre uno de aquellos animales con su escopeta. Como todos, sin duda, hubieran querido imitarle, la diversión hubiera producido el efecto de destruir toda la banda; pero intervinieron las señoras, y no había medio de resistir a la señorita de Elissane pidiendo gracia para aquellas graciosas muestras de la fauna de Argel.

-Además- murmuró Taconnat al oído de Dardentor.- Al apuntar a un mono correría usted el riesgo de disparar sobre Agatocles.

-¡Oh, señor Taconnat! -murmuró Clovis... ¡Realmente usted aplasta a ese mozo... ¡Eso no es generoso!

Y como viese al hijo de Desirandelle, al que el mulo, en una brusca huída, acababa de enviar cuatro pasos atrás, sin causarle gran daño, añadió:

-Además, un mono no hubiera caído.

-Es verdad, y pido a los cuadrumanos que me perdonen la comparación.

Importaba, si se quería llegar a El-Gor antes de la noche, apresurar el paso durante las últimas horas de la tarde.

Las cabalgaduras pusiéronse, pues, al trote, lo que provocó numerosas sacudidas, pues el camino, aunque bueno para los carros de los cultivadores, dejaba algo que desear para una caravana de turistas. Sin embargo, no obstante las sacudidas de los carros y los falsos pasos de las bestias, no se oyó queja alguna.

Las señoras principalmente tenían prisa de llegar a ElGor, es decir, a un sitio donde estuviesen en seguridad. La idea de caminar por el bosque después de la puesta del sol no les agradaba. Haber encontrado grupos de antílopes o gacelas o de monos, era encantador; pero de vez en cuando oíanse a lo lejos aullidos feroces..., y cuando las fieras están en medio de las tinieblas...

-Señoras- dijo Clovis Dardentor con la intención de tranquilizarlas-, no se asusten ustedes, que no hay motivo. Si somos sorprendidos por la obscuridad en pleno bosque, les organizaré a ustedes un campamento al abrigo de los carruajes y se dormirá a la luz de la luna. ¡Seguro estoy que no tendría usted miedo, Luisa!

-Con usted, no, señor Dardentor...

-¿Ven ustedes esto? ¡Con el señor Dardentor, no! ¡Eh, señoras! Esta joven tiene confianza en mí... y hace bien.

-Por mucha confianza que se pueda tener en usted, señor Dardentor- respondió la señora de Desirandelle-, preferimos no vernos en el caso de hacer esa prueba.

Y la madre de Agatocles pronunció en tono seco estas palabras, que merecieron la aprobación de su marido.

-No teman ustedes, señoras- dijo Marcel Lornans.- En caso de necesidad, el señor Dardentor podría contar con todos nosotros y sacrificaríamos la vida antes de...

-¡De gran cosa serviría si nosotros perdíamos después la nuestra!- respondió el señor Desirandelle.

-¡Muy lógico, mi viejo amigo!- exclamó. Clovis-. Pero, en suma, no imagino qué peligro...

-El peligro de ser atacados por una banda de malhechores- respondió la señora de Desirandelle.

– No creo que hay nada que temer en ese punto- afirmó el agente.

-¿Qué sabe usted?- respondió la dama, que no quería darse a partido.- Además..., esas fieras que salen de noche...

-¡Tampoco, hay nada que temer!- exclamó Dardentor-. Se guardaría el campamento con centinelas y con hogueras mantenidas hasta el alba. Se le daría a Agatocles la carabina de Castibelza, y se le colocaría...

-Suplico a usted que deje a Agatocles donde está- respondió agriamente la señora de Desirandelle.

-¡Sea! Pero Marcel y Juan harían buenos centinelas.

-Aunque no lo dudamos, lo mejor es llegar a El- Gorconcluyó la señora de Elissane.

-Entonces, ¡adelante caballos, mulos, y camellos!- exclamó Clovis Dardentor.

-Que abran el compás...

-Nunca puede este hombre concluir de buena manerapensó Patricio.

Y dio a su mulo un latigazo, que de buena gana hubiera dado a su amo.

En fin, la caravana marchó a tan buen paso, que a eso de las seis y media se detuvo en la orilla opuesta del bosque Ourgla. Cinco o seis kilómetros solamente quedaban para llegar a El Gor, donde se estaría antes de la noche.

En este sitio presentóse un paso de río menos fácil que los anteriores.

Un arroyo bastante ancho cortaba el camino. El Sar, tributario del Oued-Slissen, había tenido una crecida, sin duda por efecto del rompimiento de una valla establecida a algunos kilómetros más arriba.

Los arroyos que la caravana había ya franqueado entre Saida y Daya apenas mojaban las patas de las bestias, es decir, que estaban casi secos.

Esta vez había de ochenta a noventa centímetros de agua, lo que no era para preocupar al guía, que conocía el paso.

Moktani eligió, pues, un sitio en que el declive de la arena permitía a los carros pasar. Como el agua no pasaría del cubo de las ruedas, las cajas quedarían intactas y los viajeros tenían la seguridad de ser transportados sin deterioro a la ribera derecha, distante unos cien metros.

El guía marchó a la cabeza, seguido por el agente Derivas y Clovis Dardentor. Desde lo alto de su gigantesca montura el último dominaba la superficie del río, semejante a un monstruo acuático de la época antediluviana.

A ambos lados del carro que conducía a las señoras cabalgaban Marcel Lornans a la derecha, y Juan Taconnat a la izquierda.

Seguían los demás carros que los turistas no habían abandonado. Los indígenas, montados en su carro, cerraban la caravana.

Preciso es advertir que ante la voluntad de su madre, expresamente formulada, Agatocles había tenido que abandonar su mulo y tomar asiento en el carro. La señora de Desirandelle no quería que su hijo se viera expuesto al disgusto de un baño forzado en el Sar, en el caso que el desobediente animal se entregase a alguna fantástica cabriola, de que el jinete seguramente hubiera sido víctima.

Las cosas marchaban bien bajo la dirección de Moktani.

Como el lecho del río se profundizaba gradualmente, las bestias se hundían a medida que adelantaban, aunque el agua no les llegó al vientre ni aun cuando estuvieron en la mitad del río. Los caballeros levantaban las piernas, pero ni Dardentor ni el guía, en lo alto de sus camellos, se veían obligados a adoptar tal precaución.

La mitad de la distancia había sido franqueada cuando se oyó un grito.

Le dio Luisa al ver desaparecer a Juan Taconnat, cuyo caballo había caído, por efecto de una depresión de la derecha del paso, que el guía pudo evitar manteniéndose más alto. Al grito de Luisa detúvose la caravana.

Juan Taconnat, buen nadador, no hubiera corrido peligro alguno de haber soltado los estribos; pero, sorprendido por la caída, no tuvo tiempo de hacerlo y cayó sobre el ijar de su caballo, que se agitaba violentamente.

Marcel Lornans llevó vivamente su cabalgadura hacia la derecha en el momento en que su primo desaparecía.

-¡Juan!- gritó- ¡Juan!

Y aunque no supiese nadar, iba a intentar auxiliarle, a riesgo de ahogarse él mismo, cuando vio que otro le había precedido. Este otro era Clovis Dardentor.

Desde el lomo de su dromedario se había desembarazado de su zerbani, que le envolvía, y acababa de arrojarse al Sar, nadando hacia el sitio en que el agua se agitaba aún.

Inmóviles, sin aliento, espantados, todos miraban al valiente salvador. ¿No se engañaba respecto al poder de sus fuerzas? ¿No habría dos víctimas en vez de una?

Al cabo de algunos instantes, Dardentor reapareció arrastrando a Juan Taconnat medio sofocado, y al que había conseguido desenredar de los estribos. Traíale por el cuello y le levantaba la cabeza fuera del agua, mientras con su mano libre le llevaba hacia el vado.

Algunos momentos después la caravana llegaba a la opuesta orilla.

Los excursionistas se apearon de los carruajes y de los caballos, rodeando al joven, que no tardó en recobrar el conocimiento, mientras Clovis se sacudía como un perro, calado hasta los huesos.

Juan Taconnat comprendió entonces lo que había pasado, a quién debía la vida, y tendiendo la diestra a su salvador, en vez de darle las gracias, dijo:

-¡No tengo suerte!

Respuesta que no fue comprendida más que por su amigo Marcel.

Después, tras un grupo de árboles, a algunos pasos de la ribera, Clovis y Juan, a los que Patricio llevó alguna ropa sacada de sus maletas, se mudaban de pies a cabeza.

Después de una breve parada la caravana continuó su camino, y a las ocho y media de la noche terminaba su larga jornada a la aldea de El-Gor.

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