XII
EN EL QUE LA CARAVANA ABANDONA A SAIDA Y LLEGA A DAYA.
Al día siguiente, una hora antes de la partida, el personal y el material de la caravana esperaban en la estación la llegada de los turistas. El agente Derivas daba sus últimas órdenes. El árabe Moktani acababa de ensillar su caballo. Tres carros y una carreta, colocados en hilera en el fondo del patio, con sus conductores en el pescante, estaban dispuestos. Una docena de caballos y mulas piafaban, mientras que dos pacíficos camellos, ricamente enjaezados, estaban tendidos al sol. Cinco indígenas reclutados para el tiempo que la excursión durase, agrupados en un rincón, con los brazos cruzados o inmóviles, esperaban la señal del jefe.
Con el grupo Dardentor, compuesto de nueve personas, la caravana sería de diez y seis excursionistas. Siete viajeros venidos de Orán, el señor Oriental entre ellos, que se apearon del tren dos días antes en Saida, iban a efectuar aquel viaje circular tan bien organizado. Viajera ninguna. Las señoras de Elissane y la de Desirandelle serían las únicas que representarían el elemento femenino.
Clovis Dardentor y sus compañeros, precedidos por Patricio, llegaron de los primeros a la estación. Poco después aparecieron los demás turistas, de Orán la mayor parte, algunos de los que conocían a la señora de Elissane.
El señor Oriental, con su anteojo a la espalda y su saco en la mano, saludó a los ex pasajeros del Argelés, que le devolvieron el saludo. Aquella vez, Clovis se acercó a él con la mano extendida y la boca sonriente.
-¿Usted también?- preguntó.
-Sí, también- respondió el Presidente de la Sociedad Astronómica de Montelimar.
-Veo que no ha olvidado usted su anteojo de larga vista. Tanto mejor, pues si nuestros guías se equivocan, será caso de abrir el ojo.
Patricio volvió el severo rostro, mientras Clovis y el señor Oriental se sacudían fuertemente la mano.
Entretanto Marcel Lornans desembarazaba a la señora y señorita de Elissane de los objetos que en las manos llevaban, el señor Desirandelle vigilaba que el equipaje fuera cuidadosamente colocado en la carreta. Agatocles acariciaba al mulo que había elegido, cuyas orejas se enderezaban nerviosamente. Juan Taconnat, pensativo, interrogaba aquel porvenir de quince días, al que se limitaba el viaje al través de los territorios del Sur de Orán. Formóse rápidamente la caravana. El primer carro, dotado de blandos almohadones y abrigado con cortinas, recibió a la señora de Elissane y su hija, a la de Desirandelle y su marido. En el segundo y tercero tomaron asiento cinco turistas que preferían la tranquilidad de aquel modo de transporte a la agitación de las caballerías.
Los dos parisienses montaron de un salto. Agatocles se izó pesadamente sobre su mulo.
-Mejor sería que subieras al carro le gritó su madre.- Tu padre te cedería el sitio.
Y el señor Desirandelle estaba dispuesto a favorecer esta combinación, que tenía la ventaja de poner a su hijo al lado de Luisa; pero Agatocles se obstinó en ir en su mulo, el que, no menos obstinado, se prometía, sin duda, jugarle alguna mala pasada.
El agente Derivas estaba ya a caballo y dos de los turistas también, cuando las miradas de todos se dirigieron a Clovis Dardentor.
El asombroso personaje, con la ayuda de su criado, acababa de echarse sobre los hombros el zerbani africano. Verdad que el fez o el turbante faltaban en su frente, ceñida por el casquete blanco de los turistas, pero sus polainas tenían estilo árabe y estaba magnífico con aquel traje aprobado por Patricio. Tal vez éste esperaba que ya su amo no se expresaría mas que en términos escogidos y con una elegancia completamente oriental.
El señor Dardentor cabalgó sobre la giba de uno de los dos camellos acostados, y el guía Moktani en el otro. Los dos animales se levantaron majestuosamente, y Clovis saludó con un gracioso ademán a sus compañeros de viaje.
-¡No hace nunca lo que los demás!- dijo la señora de Desirandelle.
-¡Con tal que no le suceda nada!- murmuró la joven.
-¡Qué hombre!- repetía Juan Taconnat a su primo.- ¡Qué honra ser hijo suyo!
-¡Al mismo tiempo que tenerle por padre!- replicó Lornans, cuyo pleonasmo fue acogido con una carcajada de su primo.
Patricio había montado con gran dignidad en su mulo, y el agente Derivas dio la señal de partida.
El orden de la caravana era el que sigue: a la cabeza, a caballo, el agente; después, en los dos camellos, Dardentor y el guía Moktani; Agatocles, procurando guardar el equilibrio en su mulo; en seguida los tres carros, en uno de los que iba el señor Oriental, y, por último, la carreta que transportaba a los indígenas con las provisiones, armas, equipajes, menos dos de aquellos, montados a retaguardia.
El trayecto de Saida a Daya no excede de cien kilómetros. El itinerario, cuidadosamente estudiado, indicaba una aldea a mitad del camino, a la que se debía llegar a las ocho de la noche, y donde se pasaría ésta, partiendo al siguiente día a fin de llegar a Daya por la noche. Una legua por hora permitiría transformar el viaje en un paseo al través de aquellos territorios de tan variado aspecto.
Al salir de Saida la caravana, abandonó inmediatamente el terreno de colonización por el territorio de BeniMeniarin. Una vía de gran comunicación que se prolonga hasta Daya se abría ante los turistas en dirección Oeste. No había más que seguir por ella.
El cielo estaba sembrado de nubes que arrojaba rápidamente la brisa NE. La temperatura era muy aceptable gracias al fresco de la atmósfera. El sol no enviaba más rayos que los precisos para producir el contraste de la luz y la sombra y dar valor a los viajeros.
La marcha se hacía al trotecillo de las cabalgaduras, pues el camino sube desde novecientos a mil cuatrocientos metros.
A algunos kilómetros, la caravana dejó las ruinas a la derecha y franqueó la extremidad del bosque Doui-Thabet, dirigiéndose hacia las fuentes del Oued-Hounet. Se rodeó entonces el bosque de los Djeffra-Cheraga, cuya superficie no es inferior a veintiún mil hectáreas.
Al Norte se desarrollan las vastas plantaciones de alfa, con sus talleres provistos de prensas hidráulicas, para comprimir la stipa tendrissima, el alfa en árabe. Esta gramínea, que resiste a la sequedad y al calor, sirve de alimento a los caballos y bestias, y sus hojas redondas son empleadas para la fabricación del esparto, sábanas, cordones, tapices, zapatos y sólido papel.
-Además- dijo el agente al señor Dardentor-, inmensas planicies de alfa inmensos bosques, montañas de las que se extrae el mineral de hierro, canteras que dan piedra y mármol se sucederán en nuestro camino.
-Y no nos quejaremos- respondió Dardentor.
-Sobre todo si los puntos de vista son pintorescos- añadió Marcel Lornans, pensando en otra cosa.
-¿Abundan los ríos en esta parte de la provincia?- preguntó Juan Taconnat.
-¡Hay más que venas en el cuerpo humano!- respondió el guía Moktani.
La región pertenece al Tell, nombre dado a aquella banda inclinada hacia el Mediterráneo Es la más favorecida de la provincia de Orán, donde los calores son excesivos y superiores a los de la antigua Berbería.
No obstante, la temperatura es soportable, lo mismo que sobre los Hauts-Plateaux de los pastos y lagos salados, pues más allá en el Sahara, el aire se carga de un polvo que ciega, y los reinos animal y vegetal son devorados por los ardores del sol africano.
Si el clima de la provincia es el más cálido de Argelia, es el más sano por efecto de las frecuentes brisas del NE. Tal vez también la porción del Tell de Orán que iba a recorrer la caravana es menos montañosa que el Tell de las provincias de Argel y Constantina. Mejor regadas sus llanuras, son más susceptibles de vegetación y su suelo es excelente, prestándose a toda clase de cultivo, y con especialidad al del algodón, cuando están impregnadas de sal, habiendo trescientas mil hectáreas en estas condiciones.
Por lo demás, bajo la cubierta de aquellos inmensos bosques, la caravana podía caminar sin temor alguno de los calores estivales, ya sofocantes en el mes de Mayo. ¡Y qué vegetación, variada, poderosa, exuberante, se ofrecía ante los ojos! ¡Qué aire se respiraba, impregnado de los perfumes de las odoríferas plantas! Por todas partes juyubales, algarrobas, madroños, lentiscos, palmeras, mirtos, tomillos, espliego, y formando macizos toda la variedad de robles, de tan gran valor forestal, encinas, alcornoques, etc.; y además, tuyas, cedros, olmos, olivos salvajes, fresnos, pistachos, enebros, naranjos, eucaliptos, tan prósperos en Argelia, y millares de pinos de Alepo, sin hablar de los árboles de la resina.
Encantados, alegres, en este estado particular de los principios de un viaje, los excursionistas hicieron con entusiasmo la primera etapa de su itinerario. A su paso cantaban los pájaros, y el señor Dardentor pretendía que la amable Compañía de ferrocarriles Argelinos era quien había organizado aquel concierto. Su camello le conducía con los miramientos debidos a tan alto personaje, y aunque algunas veces un trote demasiado rápido hiciera que el jinete chocara contra las dos gibas del rumiante, aseguraba que jamás había encontrado montura de paso más suave y regular.
-¡Es superior a un caballo!- decía.
-¿Pero es verdad, señor Dardentor, que ese animal no le parece a usted muy duro?- preguntó Luisa.
-No, querida señorita. Él es el que debe encontrarme de una dureza de mármol de los Pirineos.
En ese instante, los caballeros se habían acercado a los carros y se cambiaron algunas palabras. Marcel Lornans y Juan Taconnat pudieron hablar con la señora de Elissane y su hija, con gran disgusto de los Desirandelle, que no dejaban de vigilar a Agatocles, alguna vez en riña con su mulo.
-¡Ten cuidado con caerte!- le recomendaba su madre cuando el mulo daba alguna huída.
-¡Si cae se levantará!- respondió el señor Dardentor-. Vamos, Agatocles, procura no hacerte disparar.
-¡Hubiera preferido que viniera en el coche!- repetía el señor Desirandelle.
-¡Ah!... ¿Dónde va?- exclamó de repente Clovis Dardentor-, ¿Es que vuelve a Saida? ¡Eh, Agatocles, que equivocas el camino, hijo mío!
Efectivamente, a pesar de los esfuerzos del jinete, el mulo, saltando, retrocedía, sin querer oír nada.
Fue preciso detenerse algunos minutos, y Dardentor dio a Patricio el encargo de traer la bestia.
-¿A quién se aplica ese calificativo preguntó Juan Taconnat en voz baja-, al caballero o a la cabalgadura?
-A los dos- murmuró Marcel Lornans.
-Señores, señores, un poco de indulgencia- respondió Clovis Dardentor, que reprimía su risa con gran dificultad.
Pero seguramente Luisa oyó lo que decían, y una ligera sonrisa se dibujó en sus labios.
Al fin calmóse la inquietud de la señora de Desirandelle. Patricio se había reunido en seguida con Agatocles y traía al desobediente animal.
– No es culpa mía- dijo el necio-, yo tiraba bien.
-¡No tires más!- respondió Dardentor, cuya estentórea voz espantó a los alados huéspedes de un macizo de lentiscos.
A las diez y media la caravana había franqueado el límite que separa Beni-Meniarin del Djafra-ben-Djafour. El paso del pequeño río tributario que alimenta los arroyos de la región septentrional se efectuó sin dificultad. Lo mismo sucedió algunos kilómetros más allá con el Fenouan, cuyas aguas corren en lo más espeso del bosque Cheraga.
Hacía veinte minutos que el sol había llegado al Meridiano cuando Moktani dio la señal de parada. El sitio era agradable para almorzar, bajo la sombra de las encinas, que no pueden traspasar los más fuertes rayos del sol, y a orillas del Oued-Fenouan, de límpidas y frescas aguas.
Apeáronse los jinetes de los caballos y mulos, que no tienen la costumbre de extenderse en el suelo; los dos camellos doblaron las rodillas, alargando sus cabezas sobre la hierba que tapizaba el camino. Clovis Dardentor y el guía echaron pie a tierra, y las bestias fueron a pacer no muy lejos, bajo la vigilancia de los indígenas; no faltaban abundantes y sustanciosos pastos. El carro fue descargado de las provisiones traídas de Saida, conservas variadas, carne fría, pan, apetitosas frutas, bananos, higos, peras, dátiles, etc. ¡Y qué apetito general, tan vivamente aguijoneado por el aire libre!
-¡Esta vez- observó Juan Taconnat- no habrá un capitán Bugarach que meta su barco entre las olas irritadas a la hora de almorzar!
-¿Cómo?... ¿Se habrá atrevido el capitán del Argelés?... preguntó el señor Desirandelle.
-Sí..., querido amigo... ¡Se ha atrevido!- exclamó el señor Dardentor.- ¡Y en interés de los accionistas de la Compañía! ¡Los dividendos ante todo! ¡Tanto mejor para los que tienen sólido el estómago, y se burlan del mareo como un marsuino de un golpe de mar!
La nariz de Patricio se había levantado tres veces.
-¡Pero aquí- continuó el señor Dardentor- el piso no se mueve, y no tenemos necesidad de una mesa especial!
Efectivamente: el servicio se había colocado sobre la hierba. No faltaba nada ni platos, ni vasos, ni tenedores, ni cuchillos... Todo estaba muy limpio.
No hay que decir que los turistas almorzaron juntos, lo que hizo mayor la intimidad. Cada uno se sentó en el sitio de su agrado. Marcel no muy cerca de Luisa por discreción, pero tampoco muy lejos, junto a su salvador, que le adoraba desde que le había arrancado a las «¡llamas turbulentas de un vagón incendiado!», frase soberbia que repetía el señor Dardentor.
Aquella vez en la campestre mesa no había sitio privilegiado, y el señor Oriental no tuvo que pensar en elegir lugar. Mantúvose algo alejado de la intimidad común, y gracias a la finura de vista, escogió los mejores trozos, por más que algunos de ellos se los escatimó Juan Taconnat con la destreza de un prestidigitador, lo que dio origen a algún gestecillo de disgusto, que el señor Oriental no trató de disimular.
En resumen: aquella primera comida fue muy alegre. Nuestro héroe fue el que más lo demostró. No tardó en generalizarse la conversación. Se habló del viaje, de las sorpresas que les esperaban, de azares de un itinerario por una comarca tan interesante. Con este motivo la señora de Elissane preguntó si no había nada que temer de los leones de aquella región.
-¿Leones?- respondió Clovis Dardentor.- ¡Bah! ¿Es que somos tan pocos? ¿Es que en la carreta no hay carabinas, pistolas y municiones bastantes? ¿Es que mis amigos Marcel Lornans y Juan Taconnat no están acostumbrados al manejo de las armas de fuego? ¿Es que entre nuestros compañeros no los hay que hayan ganado los premios del tiro? Respecto a mí, sin alabarme, confieso que me siento capaz de agujerear a cuatrocientos metros mi cubreorejas.
-¡Hum!- dijo Patricio, a quien no gustó esta manera de designar un sombrero.
-Señoras- dijo entonces el agente Drivas-, pueden ustedes estar tranquilas en lo que se refiere a las fieras. No hay ataque que temer, puesto que sólo durante el día viajamos. Los leones, panteras, leopardos y hienas no abandonan sus escondrijos más que durante la noche, y al llegar ésta, nuestra caravana estará siempre refugiada en algún pueblo europeo o árabe.
-¡Bah!- respondió Clovis Dardentor.- Me río yo de vuestras panteras como de un gato glotón; y en cuanto a vuestros leones... - añadió tendiendo el brazo a guisa de carabina, como si se hallase ante una bestia imaginaria- ¡Pum! ¡Pum! ¡En la caja de los sesos!
Patricio se apresuró a ir en busca de un plato que nadie le había pedido.
Por lo demás, el agente decía la verdad: durante el día no era de temer la agresión de las bestias feroces. Respecto a los demás habitantes de aquellos bosques, chacales, zorros, gacelas, avestruces, verracos, monos, con o sin cola, era inútil preocuparse de ellos, como tampoco de los escorpiones y víboras, muy raros en el Tell.
Sería ocioso advertir que el almuerzo fue regado con buenos vinos de Argelia, principalmente el blanco de Mascara, sin hablar del café y de los licores.
A la una y media la marcha continuó en el mismo orden. El camino penetraba más profundamente a través del bosque de Tendfeld, perdiéndose de vista las extensas exploraciones de alfa.
A la derecha dibujábanse las alturas conocidas con el nombre de Montañas de Hierro, de las que se extrae este excelente mineral.
No lejos existen pozos romanos, que se utilizan para la extracción del mismo.
Los senderos que cortan la zona forestal de la provincia eran frecuentados por los obreros empleados en las minas o en los depósitos de alfa. La mayor parte presentaba ese tipo morisco en que se mezcla la sangre de los antiguos líbanos, berberiscos, árabes, turcos y orientales, tanto los que habitan en los valles como los que viven en medio de las montañas, sobre los Hauts- Plateaux, en el límite del desierto. Pasaban en grupos, y, por su parte, no había por qué temer los ataques soñados por Juan Taconnat.
A las siete de la tarde los turistas llegaron al punto en que la carretera cruza con el camino vecinal de los alfacieros, el cual se aparta del camino de Sidi- bel- Abbes a Daya, y se prolonga hasta el Sur de los territorios de la Compañía franco- argelina.
Allí apareció una aldea, donde, conforme al itinerario, la caravana debía pasar la noche. Tres casas bastante limpias estaban dispuestas para recibirla. Después de comer, los lechos fueron repartidos, y aquella primera jornada de doce leguas dio a los viajeros diez horas de sosegado sueño.
A la mañana siguiente la caravana se puso nuevamente en marcha, y caminó de forma de hacer durante el día la segunda jornada hasta Daya.
Pero antes de partir, Clovis Dardentor, llamando aparte a los señores Desirandelle, tuvo con ellos la conversación siguiente:
-¡Ah, queridos amigos! ¿Y su hijo?... ¿Y la señorita Luisa? Me parece que el asunto no marcha bien. ¡Qué diablo! ¡Es preciso que aguce el ingenio!
-¡Qué quiere usted, señor Dardentor!- respondió el señor Desirandelle.- Es un mozo tan discreto... ¡tan prevenido!
-¡Prevenido!..- exclamó el otro.- ¡Vamos! ¿Acaso no debería ir de continuo junto al carro que ustedes ocupan, y aprovechar las paradas para ocuparse de su novia... hablarla... cumplimentarla por su buen humor y su buena cara..., en fin, sobre todo, ese montón de lisonjas que deben dirigirse a los jóvenes? ¡Si ese diablo de Agatocles no abre el pico!
-Señor Dardentor- respondió la señora de Desirandelle-, ¿me permite usted que le diga una cosa que me mortifica?
-Hable usted, señora mía.
-Pues bien: ha hecho usted mal en traer con usted a esos dos parisienses.
-¿A Juan y a Marcel? En primer lugar, yo no les he traído, sino que han venido solitos... Nadie podía impedirlo...
-Tanto peor, pues esto es muy enojoso.
-¿Y por qué?
-Porque uno de ellos fija su atención en Luisa más de lo que conviene, y esto lo ha notado ya la señora de Elissane.
-¿Y cuál de ellos?
-Ese señor Lornans... Ese fatuo, al que no puedo sufrir.
-¡Ni yo!- añadió el señor Desirandelle.
-¿Cómo?- exclamó Clovis.- ¡Mi amigo Marcel!... ¡El que yo he salvado delas turbulentas llamas!...
No añadió el fin de la frase.
-¡Vamos, amigos míos!- continuó. Eso no es cierto. Marcel no se ocupa de nuestra querida Luisa más que un hipopótamo de un ramo de violetas. Terminada la excursión, Juan Taconnat y él volverán a Orán, donde deben alistarse el 7.º de cazadores. ¡Ustedes han soñado todo esto! Además, si Marcel no hubiera venido, yo no hubiera tenido ocasión de...
Y su frase acabó en estas dos palabras: “¡Vagón incendiado!”
Evidentemente hablaba de buena fe, sin embargo, imposible negar su predilección por Lornans.
A las nueve la caravana penetró en el vasto bosque de la región, el de Zegla, que la carretera atraviesa diagonalmente, bajando hacia Daya, y que tiene una extensión de sesenta y ocho mil hectáreas.
Al mediodía terminóse la segunda jornada, y, lo mismo que la víspera, se almorzó a la fresca sombra de los árboles, a orillas del Oued-Sefioum.
Y tal era la disposición de ánimo del señor Dardentor, que no pensó en observar si Marcel Lornans se mostraba o no atento con Luisa.
Durante el almuerzo, advirtió que señor Oriental sacaba de su saco diversas confituras, de las que a nadie ofreció, y que paladeó con la sensualidad de un gourmet. Como siempre, habíase servido los mejores trozos.
-No tiene necesidad de su anteojo para descubrirlosdijo Juan Taconnat al señor Dardentor.
Por la tarde, a las tres, carruajes, caballos, camellos y mulos hicieron alto ante las ruinas berberiscas de Taourira, que interesaron a dos de los turistas, más arqueólogos que los demás.
Siguiendo su camino al SO., la caravana penetró en el territorio de Djafra-Thouama y Mehamid, regado por el Oued-Taoulila. No fue preciso desenganchar bestias para poder pasar.
El guía se mostraba muy inteligente con esa inteligencia que prevé las buenas propinas cuando el viaje se efectúa con general satisfacción. Al fin, el pueblo de Daya, en el extremo del bosque del mismo nombre, apareció en la penumbra del crepúsculo, a eso de las ocho.
Una buena posada dio hospitalidad a toda aquella gente, algo fatigada.
Antes de meterse en la cama, uno los parisienses dijo al otro:
-En fin, Marcel, si fuéramos atacados por las fieras, y tuviéramos la suerte de salvar al señor Dardentor de las garras un león o de una pantera, ¿no serviría esto de nada?
-Sí- respondió Marcel Lornans, medio dormido.- Sin embargo, te advierto que en un ataque de ese género no sería a él a quien yo pensaría salvar.
-¡Diablo!- dijo Juan Taconnat. Y ya en la cama, oyendo ciertos aullidos que en torno de la posada resonaban, exclamó:
-¡Callad, bestias, que pasáis él día durmiendo! Y después, antes de cerrar los ojos:
-Vamos, está escrito que yo no llegaré a ser hijo... ni aun nieto, de ese excelente hombre.