El soberbio Orinoco

9

CABELLOS DE MUJER DEBAJO DEL AGUA

En la frágil piragua conseguida, a la que habían aplicado una vela, los jóvenes cartógrafos franceses Jacques Helloch y Germán Paterne habían tenido que soportar a su vez la terrible tormenta sobre el Orinoco.

Pero ellos dos, por navegar mucho más retrasados, habían tenido la gran ventaja de darse cuenta de lo que se les venía encima a muchas millas más abajo de los peligrosos escollos de Aji. Cierto que la corriente del río empezó a aumentar, haciéndose mucho más impetuosa cuando estalló el chubasco, pero se limitaron a remar hacia una de las orillas, pusieron su embarcación a buen recaudo y tras extender su tienda de campaña aceptar con resignación:

– A esperar, Germán. Ya pasará la tormenta.

– ¡Qué remedio, Jacques! Cualquiera sigue por el río con lo que empieza a caer.

Totalmente ajenos a la tragedia sufrida por sus amigos, bien protegidos bajo su tienda de lona, los dos jóvenes cartógrafos se dedicaron a poner en limpio los muchos datos de sus notas y mediciones.

El Gobierno francés debía quedar bien satisfecho con su trabajo.

Todo lo más, viendo que la tormenta se dilataba durante horas, a Jacques se le había ocurrido comentar con el amigo:

– Espero que a ese muchachito y a los geógrafos no les pase nada.

– No te preocupes, hombre. ¿No viste que llevan buenas embarcaciones y un excelente patrón? Ese Vélez me pareció…

– Sí, pero cuando el Orinoco se enfada, ya sabes lo que pasa.

Pasada la tormenta habían seguido río arriba y, como buenos exploradores, no se extrañaron de cómo bajaban las aguas: sucias, revueltas y, como era lógico, arrastrando infinidad de ramas, troncos de árboles abatidos y, por supuesto, algunos animales ahogados medio flotando.

– Buen festín para los voraces cocodrilos — comentó Germán, sin dejar de remar.

– ¡Cierto! —aceptó el amigo.

Ignoraban que, poco después, los dos casi tendrían que gritar a la vez:

– ¡Cocodrilos!

Fijando la vista en la orilla izquierda donde se había formado una especie de playa, Jacques observó a los inquietos reptiles hidrosaurios al indicar:

– ¡Ahí los tienes, Jacques!

– Si antes pensamos en ellos, antes los vemos.

– Mira cómo se desperezan.

– Lo malo es que… ¡Vienen hacia aquí, Jacques!

– No te preocupes, tienen muy dura la piel, pero nuestros rifles les mantendrán a raya.

– ¡Eso espero!

Los dos amigos empuñaron las armas, dispuestos a no permitir que ninguno de los cocodrilos se les acercaran. Eran conscientes de que la frágil piragua india no podría soportar la furiosa embestida de aquellos reptiles de hasta cuatro y cinco metros de largo, así como en el caso de que la lucha tuviera que sostenerse en mitad de la corriente del río sin su embarcación, los vencedores no serían, precisamente, ellos dos.

Por lo tanto, lo que debían conseguir era mantenerlos lejos.

Y por lo tanto, para conseguirlo lo mejor era centrar el fuego en uno de ellos, sobre el cual el resto se cebaría al verle muerto.

– ¿Qué te parece ese de la izquierda, Germán?

– Además, es el que está más adelantado.

– ¡Pues duro con él!

Los dos rifles se pusieron a tronar casi al mismo tiempo. El animal recibió el impacto de las balas, pero debido a su formidable coraza las heridas no fueron mortales: siguió avanzando marcándoles la ruta a los demás, aunque pareció frenar algo su marcha a juzgar por la forma de cortar la superficie del agua con sus formidables mandíbulas medio sumergidas, al igual que el resto de su largo cuerpo.

– Parece que no ha tenido bastante, Jacques.

– Le daremos otra ración.

Nuevamente los rifles trepidaron, pero aquella vez con menor fortuna. Jacques Helloch vio perfectamente cómo su bala levantaba un pequeño surtidor de agua en torno a la silueta del reptil, a la vez que Germán Paterne también fallaba. La distancia entre ellos y la manada de cocodrilos cada vez se acortaba más, y Jacques masculló:

– Es difícil hacer puntería sobre esta piragua.

– Sí, la corriente la hace moverse mucho.

Germán Paterne se dispuso a afinar más la puntería, cuando inesperadamente creyó observar que la manada de cocodrilos empezaban a variar de dirección. Se extrañó, quedó un instante confuso y la explicación le vino del amigo que indicaba, señalando hacia la orilla izquierda:

– ¡Mira allí, Germán!

– ¿Dónde?

– Allí, junto a las rocas del fondo, sobre aquel tronco de árbol flotando en el río.

– ¡Diantre! Es…, es… ¡Una persona! Está aferrada al tronco y me parece que es…, es…

– ¡Alguien a quien conocemos, amigo! — terminó Jacques.

No podían perder más tiempo en averiguaciones y, además, fuera quien fuese la persona, era evidente que precisaba de toda su ayuda. Los cocodrilos nadaban velozmente hacia aquel punto, a todas luces con la seguridad de conseguir una buena pieza para sus voraces estómagos.

– ¡Dispara ya, Jacques! ¡Dispara, hombre!

– Es que podemos alcanzarle a él y entonces…

– ¡Diantre! Hay que arriesgarse, chico. ¿O quieres que le alcancen y le partan en pedazos?

– No, pero…

Germán Paterne no daba reposo al rifle, aunque con el movimiento de la piragua, la marcha de los reptiles y posiblemente la precipitación con que lo hacía dado la premura, no podía decirse que tenía uno de sus mejores días. El fallo de su puntería era anunciado por los surtidores de agua que levantaban las balas en torno de los terribles carniceros, aunque en una de las ocasiones pudo exclamar triunfantemente:

– ¡A ése sí que le di! ¡Mira cómo agita su inmunda cola!

– Eso no será suficiente, Germán. Hay… ¡hay que intentar algo más!

– No pretenderás que me lance al agua con el cuchillo entre los dientes, como si fuese un terrible pirata para…

– ¡Me has dado una idea, Germán! ¡Precisamente eso voy hacer!

– ¿Cómo…? ¿Estás…? ¡Estás loco, chico!

Pero Jacques Helloch no lo pensó dos veces. Sólo tardó en lanzarse a la corriente del ancho río el tiempo de sacar de su funda el cuchillo de monte, aunque con ocasión para indicar:

– ¡Tú sigue disparando contra ellos, Germán!

– ¡Eh! Un momento… Ven aquí o te destrozarán a ti y… Ya nada podía evitar y, furiosamente, entre dientes masculló:

– ¡Condenado seas! ¡Eso es un suicidio, Jacques! Si sales de ésta te voy a…

Nuevamente se interrumpió; mientras recargaba el rifle, al fin había reconocido al náufrago que seguía pugnando por sujetarse al tronco del árbol que arrastraba la corriente del río, volviendo a exclamar:

– ¡Por Dios vivo, pero si es Juan! El muchacho que…

Mientras disparaba nuevamente, empezó a comprender al valeroso amigo. Jacques Helloch había cometido aquella locura, más que para salvar él mismo al joven muchacho, para llamar la atención a la manada de cocodrilos; así los reptiles nadarían hacia él y posiblemente el amigo que dejaba sobre la piragua tendría nuevas oportunidades para terminar con alguno de ellos con sus disparos.

– ¡Y lo está consiguiendo! —se animó a sí mismo.

Sin embargo, con la astucia y la destreza de los de su especie, uno de los cocodrilos prefirió seguir hacia la segura presa, en vez de acudir a lo que había agitado las aguas al lanzarse a ellas. Y aún hizo más, ya que ladinamente abandonó la superficie y para atacar desde abajo nadó hacia las profundidades del río, elemento en el que se podía desenvolver mucho más diestramente.

Jacques Helloch le vio desaparecer y la inteligencia del hombre le llevó a calcular lo que se disponía a realizar la fiera. Su cuerpo joven y vigoroso recibió como una sacudida que le impulsó a moverse más velozmente: era el aviso del cerebro que le proporcionó más energía al pensar lo que podría ocurrir de no llegar a tiempo.

Y también, para evitar la fuerza de la corriente y poder nadar más veloz, el hombre se hundió a su vez en las aguas del río en un desesperado afán de alcanzar su objetivo, que era el vientre de aquel astuto cocodrilo, con el que tendría que luchar de poder a poder con todas sus fuerzas.

La pasada tormenta había agitado mucho las aguas y la visibilidad dentro de ellas resultaba escasa. Pero alcanzó a distinguir la movible silueta del monstruo, que ya ascendía nuevamente con toda seguridad guiado por su instinto hacia la presa. El hombre frenó su impulso para seguir hundiéndose, realizando un eficaz movimiento de frenada con todo su cuerpo; pero al instante se propulsó con brazos y piernas hacia aquella gigantesca sombra que ascendía, en su afán de cortarle el camino.

Jacques Helloch sintió una molesta e inquietante sensación en el pecho, temiendo que sus pulmones estallaran. Pero su cerebro le hizo desechar todo lo que no fuese evolucionar bajo el agua hasta situarse bajo las mismas largas mandíbulas del reptil, al objeto de poder clavar hasta la empuñadura la hoja acerada de su cuchillo de monte.

Pudo hacerlo gracias a la sorpresa, puesto que el cocodrilo aún no se había dado cuenta de la inesperada presencia del hombre. Pero cuando se sintió herido el monstruo se detuvo, todo su formidable cuerpo se sacudió y el brusco movimiento despidió a su atacante hacia la superficie del agua.

Jacques abrió la boca y con ansias locas renovó el aire en sus pulmones. La sensación de alivio que sintió le permitió razonar que una sola cuchillada no era suficiente para terminar con un animal de cinco metros de largo. Por otra parte, ya no podía permitirse el lujo de elegir.

Se había empeñado en una feroz lucha en la que sólo podía haber un vencedor; y ése debía ser él, si no quería morir también.

Una segunda bocanada de aire le dio el ánimo suficiente para volver a nadar bajo el agua, en el instante mismo que el enemigo atacaba. Con veloz movimiento hurtó las piernas encogiéndose sobre sí mismo todo lo más que pudo, pero para al segundo aprovechar la postura y nuevamente propulsarse hacia el reptil, que iba dejando una negra estela de la sangre que fluía de su garganta herida.

¡Y era allí donde debía volver a atacar!

Aquella vez no resultó tan fácil, pero al fin logró situarse en excelente posición para buscar las únicas partes vulnerables del cocodrilo. Una y otra vez hundió el cuchillo, poniendo todas sus energías en los golpes, consciente de que en ello no sólo le iba la vida a él.

En su vida aventurera, una vez más Jacques Helloch se encontraba frente a la disyuntiva de tener que matar… ¡o morir!

En una de las veloces revueltas del animal herido de muerte, el hombre nuevamente fue lanzado como un muñeco de trapo hacia la superficie. Pero en aquella ocasión, aunque ello otra vez por instinto abrió la boca y le permitió llenar sus pulmones, no se soltó. Jacques Helloch siguió obstinadamente aferrado con la mano izquierda al cuerpo del monstruo, en su afán de continuar hiriendo, hundiendo su cuchillo una y otra vez con una fuerza de furia vengadora.

Fue cuando, casi indescriptiblemente, creyó reconocer una voz que decía no muy lejos de él:

– ¡Dios mío! ¡Es él! ¡Es Jacques!

No supo por qué, pero el sonido de aquella voz le sirvió para revitalizar sus fuerzas, a punto de agotarse. Como si al oírla su cuerpo se inundase de una alegría loca que le impulsó a su vez a lanzar al aire un grito.

– ¡Ahhh…!

No era grito de victoria, pero sí el del combatiente que a sí mismo se anima para proseguir la lucha. Las revueltas y agitadas aguas ya estaban teñidas de rojo, formando hombre y bestia una sola masa.

Jacques Helloch penetró bajo el agua una vez más, aunque en aquella ocasión arrastrado por el cocodrilo que se hundía. Los movimientos cada vez más lentos del animal le indicaron que ya ni se defendía y eso le hizo soltarle, para con brazos y piernas buscar nuevamente la superficie.

Regalo de los dioses le pareció al hombre aquel aire que podía volver a respirar nuevamente. Valía muchísimo más que la mejor medalla, porque era el triunfo de la audacia y la inteligencia contra la fuerza y el instinto ciego.

– ¡Ah! ¡Al fin! —musitó entre dientes.

Tan intensamente nada más se preocupaba por su recuperación, que no fue capaz de darse cuenta que sólo a muy pocas brazadas unos ojos le miraban fijamente; y en aquellos ojos no sólo podía adivinarse la justificada admiración y el agradecimiento, sino también otro sentimiento.

¡El amor!

El hombre no se dio cuenta de esta proximidad, hasta que la misma voz que le había animado no hacía mucho le llamó:

– ¡Jacques! ¡Jacques! ¡Estoy aquí!

El hombre giró velozmente el rostro y descubrió al náufrago sujeto al tronco de árbol que seguía arrastrando la corriente del río. Fue a nadar hacia allí, pero un segundo pensamiento nuevamente le detuvo al oír ruidos de disparos.

Río abajo, a poca distancia y desde la piragua, el amigo continuaba la lucha contra los cocodrilos.

– ¡Bravo, Germán! ¡Sigue disparando y aleja a los otros!

Cuando Jacques quiso volver la atención hacia el joven náufrago, al observar la actitud que en precario equilibrio ahora guardaba sobre el tronco del árbol, le hizo exclamar:

– ¡Se ha desmayado!

Un instante después el joven náufrago se hundía, desapareciendo bajo la corriente.

– ¡Lo que faltaba! ¡Ahora se hunde en el agua! —masculló el hombre.

Pero al instante se puso a nadar hacia allí, para a su vez bucear en busca de aquel cuerpo que debía haber agotado toda su capacidad de resistencia.

Y entonces, bajo las aguas del soberbio Orinoco, Jacques Helloch hizo el más inesperado descubrimiento de su vida, al poder distinguir que de la cabeza del joven Juan una larga mata de cabellos negros quedaban al fin sueltos, flotando ondulantes en el agua.

El hombre no quiso dar crédito a lo que veían sus ojos, empezando a buscar en su cerebro mil excusas para lo que seguían viendo sus pupilas. El estaba tremendamente cansado, las aguas del río bajaban revueltas y turbias y todo podían ser nada más que figuraciones suyas.

«No… Juan no puede ser una mujer», se negó a sí mismo.

Pero cuando consiguió alcanzar aquel cuerpo, al poner las manos en él para arrastrarlo hacia la superficie, nuevamente su criterio tuyo que variar.

«¡Sí, es una mujer!», se volvió a decir.

Extraña sensación aquella, y precisamente sentida allí, bajo el agua, en la corriente del Orinoco y en aquellos momentos en los que los dos habían estado a punto de morir. ¿No era todo el capricho de un destino que les unía?

El francés y aquella mujer también. Ella había llegado a América y precisamente a la cuenca del Orinoco, en busca de su padre, largos años desaparecido. Y a él y a Germán, el Gobierno francés les había enviado al mismo sitio con la misión propia para unos cartógrafos.

¿Casualidad? ¿Destino…?

Mientras este torbellino de pensamientos y dudas agitaban el confuso cerebro del amigo, sobre la piragua Germán Paterne ya había dejado de disparar. Había podido contemplar cómo los cocodrilos se lanzaban sobre los de su propia especie a medida que él les alcanzaba con sus disparos, para devorarlos como si se tratase del mejor de los bocados.

– ¡Bestias repulsivas! —había musitado entre dientes.

De cualquier manera, el inusitado espectáculo no le había impedido buscar con la vista a su compañero, al que también había podido contemplar luchar como un león contra otro de aquellos reptiles: incluso al terminar con él, le había oído gritarle desde lejos para animarle a que siguiera disparando.

– Pero ahora… ¿Dónde estás, Jacques?

Germán Paterne tuvo que empuñar el remo, para evitar que la corriente continuase arrastrando la piragua. Maniobró con habilidad, tomando por referencia el tronco de árbol sobre el que habían descubierto aferrado al joven náufrago.

¿Un náufrago que también había desaparecido?

Por un instante, el pensamiento que acudió a la mente de Germán Paterne le paralizó. ¿No podía ser que alguno de los cocodrilos bajo el agua hubiese atacado a los dos?

– De ser así, a estas horas… ¡Qué horror! — se alarmó.

Tuvo que volver a atender al remo, para mantenerse más o menos sobre el mismo sitio.

Si permitía que la piragua continuase río abajo siempre quedaría con la duda de lo que le había pasado a Jacques y al joven muchacho. Le era preciso buscar un indicio que le confirmase algo que, por otra parte, tenía miedo de comprobar.

Y al volver a temer lo peor, los labios de Germán se movieron para musitar, como una sentida oración:

– No, Jacques… ¡No me dejes solo ahora, amigo! Sin ti yo…, yo no podría terminar y además…, además…

Las pupilas húmedas del hombre se dilataron al creer descubrir sobre la corriente del río «algo» que flotaba, y que no podía ser una rama, un tronco o algún animal muerto arrastrado por la corriente. Aquello que aparecía y desaparecía entre las olas más bien se parecía a una cabeza humana y con todas sus fuerzas, Germán se puso a gritar:

– ¡Jacques! ¡Jacques!

No le llegó ninguna respuesta, pero si vio algo que resultaba más que elocuente. La mano y el brazo de un hombre que se alzaba, agitando los dedos en muda señal.

Germán Paterne, sentidamente, alzó por un instante las pupilas al cielo aún encapotado, para volver a musitar:

– ¡Gracias, Dios mío! ¡Gracias! ¡Es él! ¡Es Jacques! ¡No puede ser nadie más!

Y como le causaba infinito placer escuchar su propia voz, para confirmar sus esperanzas continuó gritando:

– ¡Ah, picarón! ¡Ja, ja, ja! ¡Ya decía yo que no me abandonarías, amigo! ¡Ahora mismo remo hacia ahí! ¡Mantente firme, chico! ¡Tú siempre has sido muy fuerte! ¡Ja, ja, ja!

Ya no tenía dudas: el mismo brazo y la mano de aquel hombre nuevamente se había alzado por unos segundos, como si mudamente quisiera responderle a sus palabras. Pero ¿por qué no le gritaba a su vez? ¿Es que Jacques estaba mudo? ¿O quizá peor, muy mal herido?

– ¡Allá voy, amigo!

El remo se movió veloz y al ir acortando distancias los ojos de Germán Paterne nuevamente volvieron a quedar clavados en la espalda de su amigo. Jacques se dejaba arrastrar por la corriente, pero a la vista estaba que lo hacía sujetando algo entre sus brazos. Bien podía ser el joven náufrago, y sin embargo, el joven cartógrafo francés exclamó, juzgando por lo que ya alcanzaba a ver:

– ¡Es… es una mujer!

¡Imposible! O estaba soñando, o viendo visiones después de los momentos críticos que habían vivido. Germán temió estar delirando y esforzándose en remar cada vez más rápido volvió a gritar:

– ¿Qué pasa, Jacques? ¿Es que has pescado a una sirena?

Aquella vez sí que le llegó la voz del amigo, aunque jadeante al apremiar:

– ¡No te quedes pasmado y acércate! ¡Uf! No… ¡no puedo más, Germán!

– ¡Aguanta, chico! Ahora mismo estoy ahí.

Cuando al fin la piragua quedó junto a la pareja, las manos ansiosas de Germán aferraron al amigo por la empapada camisa y precipitadamente se puso a tirar. La ropa se desgarró y entonces indicó:

– Agárrate tú a la piragua, Jacques. La corriente nos arrastrará, pero seguiremos juntos. Yo voy a intentar subir a la «sirena».

– Déjate de bromas. ¡Te digo que no puedo más!

– Lo comprendo: has debido quedar agotado con aquella «lagartija». ¡Menudos coletazos pegaba!

– Tuve suerte, si me llega a atrapar… ¡Me destroza!

– ¡Arriba! Empuja tú también, Jacques.

– Ten cuidado, hombre. ¡No se trata de ningún saco!

– Ya lo veo, ya… ¡Y qué mata de pelo más negro tiene!

Al fin, tras no pocos esfuerzos y tirones, la mujer desmayada quedó tendida sobre el fondo de la piragua. Germán regresó junto al amigo, quien tuvo que advertirle ante la inclinación de la embarcación:

– ¡Cuidado, bruto! ¡Puedes volcar!

– ¡Uf! Es que tú, con ese corpachón, pesas mucho.

Minutos después, también sobre la piragua, Jacques Helloch tuvo que guardar silencio para recuperarse. Podía observar que los ojos inquietos del amigo iban desde la mujer desmayada a los suyos, como preguntándole muda pero apremiantemente cómo había sido posible aquella misteriosa transformación del muchachito Juan, en aquella belleza que tenían tendida a sus pies.

Jacques sabía muy bien que su amigo Germán nunca había sido un hombre al que se le pudiera distinguir por la paciencia, por lo que no se extrañó al oírle apremiarle:

– Y bien, chico. ¿Qué fue esto, un milagro?

– ¡Lo fue! Estuve a punto de rendirme con aquel cocodrilo. Notaba que me faltaba el aire, los pulmones me estallaban y mis fuerzas…

– ¡No lo digo por eso! Aunque te advierto que yo habría apostado por el cocodrilo; pero ahora me refiero… ¡A esto!

Y con la última exclamación no dejaba de señalar a la bella muchacha, cuyo movimiento de senos demostraba que cada vez respiraba más acompasadamente.

– No, Germán: eso no es ningún «milagro».

– ¿Entonces…?

– Era una mujer con el cabello muy recogido siempre bajo su casco de explorador, con ropas de muchacho y, por lo que ahora recuerdo, un «tío» que siempre la vigilaba.

– ¿Por qué se disfrazó de muchacho?

– No lo sé, Germán, al menos no lo sé de una forma muy cierta. ¿Cuántos años crees que tendrá?

– Quizá… unos veinte.

– Eso pienso yo. Y esto sí encaja con lo que nos contó de las fechas en que desapareció su padre, ¿recuerdas?

– Sí, tú siempre recelaste algo.

– Admite que había razones para ello. Ese Marcial siempre tan atento y al cuidado de su «sobrino», siempre vigilante, sin permitir que nadie le hablase, y luego la voz del «muchacho»…

– ¡Es cierto! Yo también pensé que Juan tenía una voz un tanto atiplada, ¿no?

– Y sus ojos, Germán. Eran ojos de mujer.

– ¡Ya! —quiso bromear el amigo, al añadir— : Sobre todo, cuando te miraban a ti, ¿verdad?

– ¡Silencio, charlatán! Ya empieza a recuperarse.

Y los dos hombres se inclinaron atentos sobre la mujer.

Depesza

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