Capítulo XV
En el cual suceden cosas que merecen ser referidas
Como el Albatros ocupaba todavía una zona elevada, se había podido reconocer que aquella isla era de mediana extensión. Pero, ¿cuál era el paralelo que ocupaba? ¿Sobre qué meridiano había costeado? ¿Era una isla del Pacífico, de Australia o del Océano Índico? Esto era imposible saberlo hasta que Robur hubiera determinado su punto. Sin embargo, aún cuando no hubiese podido darse cuenta de las indicaciones del compás, había motivo para pensar que se encontraba más bien en el Pacífico.
Desde aquella altura, ciento cincuenta pies, la isla, que medía unas quince millas de circunferencia, se dibujaba como una gigantesca estrella de mar de tres puntas.
En la punta Sudeste descollaba un islote, precedido de un semillero de rocas sobre la orilla; no se notaba ningún rastro de marea, lo que tendía a confirmar la opinión de Robur respecto a su situación, porque el flujo y reflujo son casi nulos en el Pacífico.
En la punta Noroeste se levantaba una montaña cónica cuya altura podía estimarse en mil doscientos pies.
No se veía ningún indígena, aunque quizá habitaban en el litoral opuesto. En todo caso, si hubiesen distinguido la aeronave, el asombro más bien los hubiera inclinado a ocultarse o a huir.
El Albatros había atracado a la isla por la parte Sudoeste. No lejos, en una pequeña ensenada se precipitaba un río entre las rocas. Más allá se observaban algunos arroyos sinuosos, árboles de especies variadas, caza, perdices y avutardas en gran número. Si la isla no estaba habitada, por lo menos parecía habitable. Ciertamente, Robur hubiera podido saltar a tierra, y sin duda, si no lo había hecho, era porque aquel suelo, muy escabroso, no le parecía ofrecer un buen lugar para que descansase allí su aparato.
Esperando tomar altura, el ingeniero dispuso que comenzaran las reparaciones, que pensaba terminar en el mismo día. Las hélices suspensoras, en perfecto estado, habían funcionado admirablemente en medio de la violencia del huracán, el cual se observó que más bien había aliviado su trabajo. En ese momento, la mitad del aparejo estaba a punto de funcionar, lo que bastaba para asegurar la tensión del cable fijo perpendicular en el litoral.
Pero los dos propulsores habían sufrido, y más de lo que había sospechado Robur. Era necesario enderezar sus aspas y ajustar el engranaje que transmitía el movimiento de rotación.
De la hélice anterior se cuidó primeramente la tripulación, bajo la dirección de Robur y de Tom Turner. Valía más comenzar por ella, para prevenir el caso en que un hecho cualquiera obligase al Albatros a partir antes que hubiese terminado el trabajo. Solo con este propulsor podía sostenerse más fácilmente en buen camino.
Mientras, Uncle Prudent y su colega, después de haberse paseado en la plataforma, fueron a sentarse en la popa. Frycollin estaba ahora del todo tranquilo. ¡Qué diferencia! ¡No verse suspendido ya más que a ciento cincuenta pies del suelo!
Los trabajos no se interrumpieron más que un momento, en que la elevación del Sol sobre el horizonte permitió tomar primero un ángulo horario, y luego de su culminación, calcular el mediodía del lugar.
El resultado de la observación, hecha con la mayor exactitud, fue éste:
Longitud: 176° 37' al Oeste del meridiano cero.
Latitud: 43° 37' austral.
El punto, sobre el mapa, se refería a la posición de la isla Chatam y del islote Pitt, cuyo grupo se halla igualmente designado bajo el apelativo común de islas Grengthon.
Este grupo se encuentra a 11° en el Este de Tawai-Pomanou, la isla meridional de la Nueva Zelandia, situada en la parte Sur del Océano Pacífico.
-Es casi lo que yo suponía - dijo Robur a Tom Turner.
-¿Luego estamos?...
-A 46º al Sur de la Isla Equis, o sea, a una distancia de dos mil ochocientas millas.
-Razón de más para reparar a nuestros propulsores -declaró el contramaestre-. En este trayecto podríamos encontrar vientos contrarios, y con lo poco que nos queda de provisiones, importa alcanzar la isla Equis lo más pronto posible.
-Sí, Tom, y espero ponerme en camino a las doce de la noche, aún cuando debiera partir con una sola hélice, pues podremos reparar la otra en el camino.
-Señor Robur -preguntó Tom Turner- ¿Y estos dos caballeros y su sirviente?...
-Tom Turner, ¿podían quejarse si llegasen a ser colonos de la isla Equis?
Pero, ¿cuál era aquella isla Equis? Una isla perdida en la inmensidad del Pacífico, entre el Ecuador y el trópico de Cáncer; una isla que justificaba perfectamente el signo algebraico cuyo nombre le diera Robur. Se encontraba situada en el vasto mar de las Marquesas, apartada de todos los caminos de comunicación interoceánica. Allí era en donde Robur había fundado su pequeña colonia, allí donde debía descansar el Albatros, cuando se encontrase fatigado de su vuelo, allí donde quería renovar sus provisiones de todo lo que necesitaba para sus eternos viajes. En aquella isla Equis, Robur disponiendo de grandes recursos, había podido establecer un astillero y construir su aeronave. Podía repararla en este sitio y hasta rehacerla. Sus almacenes tenían materiales, alimentos, provisiones de todo tipo acumulado para el sostenimiento de gran número de colonos que poblaban la isla.
Cuando Robur dobló el Cabo de Hornos, algunos días antes; fue su intento dirigirse a la isla Equis, atravesando oblícuamente el Pacífico. Pero el ciclón cogió al Albatros en su torbellino. Además de esto, el huracán le había llevado sobre las regiones australes. En suma, había seguido su primera dirección, y sin las averías de los propulsores, la tardanza habría sido de poca importancia.
Íbase, pues, a arribar a la isla Equis. Pero, como lo había dicho ya el contramaestre Tom Turner, el camino era largo aún. Probablemente tendría que luchar contra vientos desfavorables. ¿No se necesitaría de todo su poder mecánico para que el Albatros llege a su destino en tiempo oportuno?
De aquí procedía el dictamen que había tomado Robur de fijarse en la isla Chatam: la encontraba en mejores condiciones para reparar por lo menos la hélice de proa. Ya no temería, en el caso de que se levantase la brisa contraria, de ser arrastrado al Sur, cuando él quería avanzar al Norte. Por la noche la reparación quedaría ya terminada. Maniobraría para levantar el ancla, si se hallaba sólidamente enclavada en las rocas, le costaría poco cortar el cable y emprender nuevamente su vuelo hacia el Ecuador.
Se comprende que esta manera de proceder era la más sencilla, la mejor también, y fue ejecutada al punto.
El personal del Albatros, sabiendo que no había tiempo que perder, puso inmediato manos a la obra.
Mientras que se trabajaba en la proa del aparato, Uncle Prudent y Phil Evans tenían entre sí una conversación cuyas consecuencias iban a ser de una gravedad excepcional.
-Phil Evans -decía Uncle Prudent-. ¿Estáis decidido como yo a hacer el sacrificio de vuestra vida?
-¡Sí, desde luego!
Por última vez podemos decir que es evidente que no debemos esperar nada bueno de este Robur.
-Nada.
-Pues bien, Phil Evans; he tomado mi partido. Puesto que el Albatros debe zarpar esta noche, no pasará ésta sin que nosotros hayamos ejecutado nuestra obra. Vamos a romper las alas al pájaro del ingeniero Robur. Esta noche debe de quedar destrozado en medio de los aires.
-¡Lo destrozaremos! -se limitó a decir Phil Evans.
Se ve que los colegas estaban de acuerdo sobre todos los puntos, aunque se tratase de aceptar con indiferencia la horrible muerte que les esperaba.
-¿Tenéis todo lo que es menester? -preguntó Phil Evans.
-Sí, la noche última, mientras que Robur y sus hombres se ocupaban más que de la salvación de la aeronave, yo he podido escurrirme en el pañol de municiones y tomar un cartucho de dinamita.
-Uncle Prudent, entonces, pongamos en ejecución nuestro pensamiento.
-¡Esta misma noche! Cuando sean las doce entraremos en nuestro departamento y os pondréis en acecho para que no puedan sorprendernos.
-Ni Robur ni ninguno de sus hombres pudieron sospechar la catástrofe que amenazaba al Albatros…
He aquí la manera como pensaba obrar Uncle Prudent:
Como había dicho, pudo penetrar en el depósito de las municiones situado en uno de los compartimientos del casco de la aeronave. Se apoderó de cierta cantidad de pólvora y de un cartucho semejante a aquéllos del que había hecho uso el ingeniero en Dahomey. Después de haber entrado en su camarote, ocultó con mucho cuidado aquel cartucho con el que había resuelto destrozar el Albatros durante la noche, en el momento que hubiera vuelto a emprender su vuelo.
En ese instante, Phil Evans examinaba el objeto explosivo robado por su compañero.
Era una especie de estuche cuya armadura metálica contenía cerca de un kilogramo de sustancia explosiva, lo que era suficiente para dislocar el aparato y romper su juego de hélices. Si la explosión no lo destruía en el momento, se destruiría en su caída. Pues bien, nada tan fácil como colocar el cartucho en un rincón del camarote, de manera que echase a volar la plataforma y despedazase el casco hasta en su estructura.
Pero para provocar la explosión era necesario romper la cápsula fulminante que tenía el cartucho, y esta era la parte más delicada de la operación, pues la inflamación de esta cápsula no debía verificarse sino en un tiempo calculado con extremada precaución.
En efecto, Uncle Prudent había reflexionado esto: en cuanto el propulsor de proa estuviese reparado, la aeronave debía de emprender su marcha al Norte, pero hecho esto, era probable que Robur y sus gentes viniesen a popa para poner en buen estado la hélice posterior, y la presencia de toda la tripulación en los alrededores de la cabina podría descubrir la operación de Uncle Prudent, por lo que se había decidido a servirse de una mezcla, con el objeto de no provocar la explosión sino en un momento dado.
He aquí lo que dijo a Phil Evans:
-Al mismo tiempo que este cartucho, he tomado pólvora; y con ella voy a fabricar fina mezcla, cuya longitud esté en relación con el tiempo que tarde en arder, y que penetre en la cápsula del fulminante. Mi intento es encenderla a las doce de la noche, a fin de que la explosión se produzca entre las tres y las cuatro de la mañana.
-¡Bien combinado!... - aplaudió Phil Evans.
Los colegas habían calculado con la mayor sangre fría la espantosa destrucción, en la cual también ellos iban a perecer. Existía en su ánimo tal acumulación de odio en contra de Robur y de sus hombres, que el sacrificio de su vida parecía necesario para destruir, con el Albatros, a los que conducían por los aires. Que el acto era insensato, y hasta odioso, se entiende. Pero es necesario tener en cuenta el estado a que habían llegado, después de cinco semanas de una existencia encolerizada.
-¿Y Frycollin? -preguntó Phil Evans-. ¿Tenemos derecho a disponer de su vida?
-¿No sacrificamos la nuestra? - respondió Uncle Prudent.
Es dudoso que Frycollin hubiese encontrado tal razón convincente.
En el acto Uncle Prudent se puso manos a la obra, en tanto que Phil Evans vigilaba a la gente de a bordo, por si se acercaban a su departamento.
Uncle Prudent comenzó por aplastar una cierta cantidad de pólvora para reducirla al estado de pulverización. Después de haberla humedecido ligeramente, la envolvió en una funda de lienzo en forma de mecha. Habiéndola encendido, se aseguró que ardía a razón de cinco centímetros cada diez minutos, o sea, un metro en tres horas y media. En seguida apagó la mecha, la oprimió en una espiral de cuerda, y la ajustó a la cápsula del cartucho.
Los preparativos quedaron listos a las diez de la noche, sin haber despertado la menor sospecha.
En aquel momento, Phil Evans se acercó a su colega en su camarote.
Durante el día, las reparaciones de la hélice anterior se habían verificado con la mayor actividad.
En cuanto a las pilas, acumuladores, nada de lo que producía la fuerza mecánica del Albatros había participado de las violencias del ciclón y se contaba aún con recursos para alimentarlas por espacio de cuatro o cinco días.
Cuando llegó la medianoche el ingeniero y sus hombres interrumpieron su tarea. El propulsor de proa no estaba aún colocado en su sitio, se necesitaban aún tres horas de reparaciones para que se halle en disposición de funcionar. Así que, después de hablar con Tom Turner, decidió Robur dar un descanso a sus hombres rendidos por la fatiga, y proseguir al día siguiente lo que faltaba hacer. Además, se necesitaba la claridad del día para aquel trabajo de ajuste extremadamente delicado y para el cual hubieran sido insuficientes las luces de los focos.
De todo ello estaban ignorantes Uncle Prudent y Phil Evans. Ateniéndose a lo que habían oído decir a Robur, pensaron que el propulsor de proa quedaría reparado antes de las doce de la noche, y que el Albatros habría emprendido de inmediato su marcha hacia el Norte; le creían, pues, apartado de la isla, aún cuando estaba todavía retenido por el ancla; y esta circunstancia iba a dar al asunto un giro diferente a lo que ellos se imaginaban.
Noche sombría y sin luz de Luna. Gruesas nubes hacían la oscuridad más profunda. Sentíase que iba a establecerse una ligera brisa. Algunos soplos venían del Sudoeste, pero no hacían variar al Albatros de su lugar, que permanecía inmóvil sobre su ancla, cuyo cable, tendido verticalmente, le mantenía unido a tierra.
Uncle Prudent y su colega, encerrados en su cabina, cambiaban algunas palabras, escuchando el estremecimiento de las hélices suspensoras, que apagaban los demás ruidos de la aeronave. Esperaban que llegase el momento de obrar.
Poco faltaba para las doce.
-¡Ya es tiempo!... -exclamó por fin Uncle Prudent.
Debajo de la camilla del camarote había un cofre, y en este cofre depositó Uncle Prudent el cartucho de dinamita, provisto de la mecha. De esta manera podía arder la mecha sin hacerle traición por su olor o resplandor. Uncle Prudent la encendió por su extremo y colocó después el cofre bajo la camilla.
-¡Ahora, a la popa -dijo-, y esperemos!
Ambos salieron; y quedaron sorprendidos de no ver al timonel en su puesto.
Phil Evans se inclinó fuera de la plataforma.
-¡El Albatros continúa en el mismo sitio! -exclamó en voz baja. ¡Los trabajos no han terminado! ¡No habrán podido partir!
Uncle Prudent hizo un gesto de desesperación.
-Es necesario apagar la mecha - barbotó.
-¡No!... ¡Es menester salvarnos! -respondió Phil Evans.
-¡Sí! ¡Por el cable del ancla, puesto que es noche cerrada!... ¡Hay que bajar ciento cincuenta pies, y eso no es nada!
-En efecto; nada, y seríamos locos si no aprovechamos esta casualidad inesperada.
Pero antes volvieron a entrar en su camarote, y tomaron todo cuanto podían llevar consigo en materia de provisiones para un día más o menos largo en la isla Chatam. Luego, cerrando la puerta, se avanzaron hacia proa.
Era su intención despertar a Frycollin y obligarle a emprender la fuga con ellos.
La oscuridad era profunda. Las nubes comenzaron a dirigirse hacia el Sudoeste. La aeronave se movía un poco sobre el ancla, separándose ligeramente de la vertical con relación al cable de retención, y el descenso debía presentar algunas dificultades; pero esto no era para detener a unos hombres, que desde un principio, no habían vacilado en jugarse la vida.
Los dos se deslizaron sobre la plataforma, deteniéndose algunas veces al abrigo de los camarotes para escuchar si se producía algún ruido. Un silencio absoluto por todas partes. Ni una luz a través de los tragaluces. No era solamente el silencio: la aeronave se encontraba sumergida en el más profundo sueño.
Uncle Prudent y su compañero se acercaron hasta el camarote de Frycollin, cuando de pronto, Phil Evans se detuvo.
-¡El centinela! - exclamó.
En efecto; un hombre se hallaba recostado cerca de la garita. Si dormía, era poco. Era imposible toda evasión en caso de que diera la voz de alarma...
En este sitio se observaban algunas cuerdas, pedazos de lona y estopas, de lo cual se habían servido para la reparación de la hélice.
Un instante después, el centinela estaba ya amordazado, con su cabeza tapada y atado a los montantes de la baranda, imposibilitado por completo para lanzar un grito o ejecutar un movimiento.
Todo esto se llevó a cabo sin el menor ruido.
Uncle Prudent y Phil Evans escucharon. El silencio no se turbaba de ninguna forma en el interior de los camarotes. Todos dormían.
Los dos fugitivos, ahora se les puede dar este nombre, llegaron ante el camarote ocupado por Frycollin. Tapage dejaba oír un ronquido digno de su nombre, lo cual era tranquilizador.
Con gran sorpresa, Uncle Prudent no tuvo que empujar la puerta de Frycollin, pues estaba abierta. Se dirigió al centro del camarote, y al retirarse dijo:
-¡Nadie!
-¡Nadie!... ¿Dónde puede estar? - murmuró Phil Evans.
Los dos se arrastraron hasta la proa, presumiendo que Frycollin dormía acaso en algún rincón.
Nadie tampoco.
-¿Nos habrá tomado la delantera este bribón? - dijo Uncle Prudent.
-Lo haya hecho o no -respondió Phil Evans-, nosotros no podemos esperar ya más tiempo. ¡Partamos!
Sin vacilar, uno después del otro, los fugitivos asieron el cable con ambas manos, y entrelazando a él sus pies y dejándose deslizar, llegaron a tierra, sanos y salvos.
¡Qué regocijo tan grande para ellos haber pisado tierra después de tanto tiempo! ¡Andar sobre un terreno sólido, no ser más juguete de la atmósfera!
Preparábanse a penetrar al interior de la isla remontando la orilla del río, cuando de repente surgió ante ellos una sombra.
Era Frycollin.
Cierto. El negro había concebido esta idea, la misma que había concebido su amo, y la audacia de llevarla a cabo sin prevenirle.
Pero la hora no era a propósito para recriminaciones, y Uncle Prudent se disponía a buscar un refugio en alguna parte lejana de la isla, cuando Phil Evans se detuvo.
-Uncle Prudent, escuchádme -dijo-. Estamos ya libres de Robur. Está entregado, lo mismo que sus compañeros, a una muerte horrorosa. ¡La merece, sea! Pero si jurase por su honor no tratar de volvernos a prender...
-¡Honor, semejante hombre!... Uncle Prudent no pudo acabar. Prodújose un movimiento a bordo del Albatros. Indudablemente se había dado la voz de alarma. La evasión había sido descubierta.
-¡A mí!... ¡A mí!... - se oyó decir. Era el centinela, que había podido arrancarse su mordaza. Resonaron unos pasos precipitados en la plataforma. Al momento, los focos proyectaron sus haces eléctricos sobre un largo sector del espacio.
-¡Hélos allí, hélos allí! - exclamó Tom Turner. Los fugitivos habían sido descubiertos. En el mismo instante, la voz de Phil Evans se oyó distintamente:
-Ingeniero Robur -dijo-, ¿empeñáis vuestra palabra de honor de dejarnos libres en esta isla?
-¡Jamás! - exclamó Robur.
Y esta respuesta fue acompañada de un disparo de fusil, cuya bala rozó el hombro a Phil Evans.
-¡Ah, miserables! - exclamó Uncle Prudent. Y con el cuchillo en la mano se precipitó a las rocas, entre las cuales se encontraba sujeta el ancla. La aeronave se hallaba ya a unos cincuenta pies del suelo. Unos segundos después quedaba cortado el cable, y la brisa, que sensiblemente había refrescado tomando al sesgo al Albatros, lo llevó al Noreste, por encima del mar.