Robur el conquistador

Capítulo XII

En el que el ingeniero Robur actúa como si quisiera concurrir a unos premios de locomoción

En aquel descanso del viaje de circunnavegación del Albatros, será pues permitido, apuntar las siguientes preguntas:

¿Quién era aquel Robur, del cual no se conocía hasta entonces más que el nombre? ¿Pasaba su vida en el aire? ¿Su aeronave no descansaba nunca? ¿No tenía algún retiro en un paraje inaccesible, donde si no precisaba descansar iba al menos a revituallarse? Sería sorprendente que fuese así. Los más poderosos reyes del aire tienen siempre un nido en alguna parte.

Por otro lado, ¿qué era lo que el ingeniero pretendía hacer con sus dos iracundos prisioneros? ¿Pretendía conservarlos en su poder y condenarlos a un viaje perpetuo? O bien, después de haberles paseado a su antojo por encima de África, América del Sur, Australia, Oceanía, la India, el Atlántico, el Pacífico, para convencerlos muy a su pesar, tenía la intención de darles la libertad, diciéndoles:

-Ahora, señores, espero que os mostréis menos incrédulos respecto a la idea de lo más pesado que el aire.

A estas preguntas no podemos responder nada todavía. Era el secreto del futuro; ¡Quizá sea revelado algún día!

De todas maneras, el pájaro de Robur no se tomó el trabajo de buscar aquel nido en la frontera septentrional de África. Le agradó más pasar, al terminar el día, por encima de Túnez, después por el cabo de Buena Esperanza hasta el cabo Cartago, ora revoloteando, ora meciéndose según le dictaba el capricho. Poco después se dirigió al interior y enfiló el admirable valle de Medjerda, siguiendo su curso amarillento, perdido entre los breñales de cactos y de laureles rosados: ¡Cuántas veces asustó a aquellos centenares de pájaros que, posados en los hilos telegráficos, parecen oír los despachos que pasan, para conducirlos bajo sus alas!

Llegada la noche, el Albatros se balanceó sobre las fronteras de Krumiria; y si había algún krumiro despierto, éste no dejó de caer de boca contra la tierra invocando a Alá, a la aparición de esta águila gigantesca.

Al siguiente día, por la mañana, aparecieron Bona y las graciosas colinas de sus contornos. Philippeville, hoy pequeño Argel, ahora con sus nuevos muelles en forma de arcadas, sus admirables viñedos, cuyas cepas verdosas invaden toda esta campiña, que parece haber sido transplantada de los terrenos de Burdeos o de Borgoña.

Este paseo de quinientos kilómetros sobre la grande y la pequeña Kabilia terminó a las doce del día, a la altura de la Kasbah de Argel. ¡Qué espectáculo para los pasajeros de la aeronave! La rada abierta entre el cabo Matifou y la punta Pescade, ese litoral poblado de chozas de marabuts, de ciudades; esos valles caprichosos revestidos con capas de viñedos; ese Mediterráneo tan azul, surcado de transatlánticos que parecen canoas de vapor. Y siguieron las mismas impresiones hasta llegar a la pintoresca Orán, cuyos habitantes, deleitados en medio de los jardines de la ciudadela, pudieron ver al Albatros confundirse con las rutilantes estrellas de la noche.

Si Uncle Prudent y Phil Evans se preguntaron qué idea tenía el ingeniero Robur al pasearlos en su prisión aérea sobre tierra argelina, esta continuación de Francia al otro lado del mar, que ha merecido el nombre de lago francés, debieron presumir que su propósito estaba satisfecho. Un movimiento de barra del timonel acababa de enviar al Albatros al Noroeste, y al día siguiente, después de despedirse de la parte montañosa de Tell, vio el astro del día levantarse sobre las arenas del Sahara.

He aquí cuál fue el itinerario del día 8 de julio. Vista de la parte baja del Geryville, creado, como Laghouat, junto al límite del desierto para facilitar la conquista ulterior de la Kabilia. Paso de la garganta de Stillen, no sin alguna dificultad, contra una brisa bastante violenta. Travesía del desierto, ya con lentitud sobre los verdosos oasis ksars, ya con grandísima rapidez, que aminoraba el vuelo de los gipaetos, o quebrantahuesos. Muchas veces hasta fue menester hacer fuego contra aquellas temibles aves, que por bandadas de doce a quince no temían precipitarse encima de la aeronave, con espanto de Frycollin.

Pero si los gipaetos no podían molestar más que con sus graznidos horribles y con sus picotazos, los indígenas, no menos salvajes, no les escasearon los disparos de sus espingardas, sobre todo cuando hubieron pasado la montaña Sel, cuya pendiente verde violácea penetraba bajo su manto blanco. Dominábase entonces el gran Sahara. Allí es que permanecen todavía los restos de los campamentos de Abd el-Kader. Allí el país es siempre peligroso para el viajero europeo, sobre todo, en la importante confederación de Beni-Mzal.

El Albatros debió entonces elevarse a más altas zonas, a fin de evitar el remolino del simún, que ya había levantado una capa de arena rojiza en la superficie del suelo, como lo hubiese hecho un golpe de marea en la superficie del mar. En seguida los lomeríos desolados de la Chebka mostraron sus grupos de lava negruzca hasta el fresco y verde valle de Ain-Massin. Difícilmente puede darse una idea de la variedad de estos terrenos que puede abarcar la mirada en su conjunto. A las colinas llenas de árboles y arbustos seguían prolongadas ondulaciones grises, colocadas como los pliegues de un albornoz árabe, cuyas soberbias quebraduras acuchillaban el terreno. A gran distancia aparecían los uadis con sus aguas torrentosas, zonas cubiertas de palmeras, reunión de pequeñas chozas agrupadas sobre una eminencia, en derredor de una mezquita, entre otras la de Metliti, donde vegeta un jefe religioso, el gran marabut Sidi Cheik.

Antes de medianoche fueron recorridos algunos centenares de kilómetros encima de un territorio bastante llano, surcado de grandes dunas. Si el Albatros hubiese querido hacer alto, habría entonces recalado en los bajos fondos del oasis de Ouargla, embutido en un inmenso bosque de palmeras. La ciudad se manifestó muy visiblemente, con sus tres departamentos distintos, el viejo palacio del Sultán, especie de kasbah fortificado, sus casas construidas de ladrillos, que el Sol se ha encargado de cocer, y sus pozos artesanos esparcidos en el valle, donde la aeronave hubiera podido renovar su provisión líquida. Pero gracias a su extraordinaria velocidad, las aguas del Hidaspe, tomadas en el valle de Cachemira, llenaban todavía sus depósitos en medio de los desiertos de África.

¿Fue visto el Albatros por los árabes, los morabitos y por los negros que se reparten el oasis de Ouargla? Seguramente, porque fue saludado por disparos de espingardas, cuyas balas volvían a caer sin haber podido alcanzarle.

Después vino la noche, esa noche silenciosa del desierto, de la cual Félicien David ha cantado tan poéticamente todos sus secretos.

Durante las horas que siguieron se volvió a descender por el Suroeste, cortando los caminos de El Golea, oasis decubierto en 1859 por el intrépido Francisco Duveyrier.

La oscuridad era profunda. No pudo observarse nada del ferrocarril transahariano en construcción, según el proyecto Duponchel, larga cinta de hierro que debe enlazar a Argel con Tombuctú por Laghuat, Gardaia, y llegar más tarde al golfo de Guinea.

El Albatros entró entonces en la región ecuatorial, más allá del trópico de Cáncer. A mil kilómetros de la frontera septentrional del Sahara, atravesó el camino en donde el mayor Laing encontró la muerte en 184618; cortaba el sendero de las caravanas de Marruecos al Sudán, y sobre esta parte del desierto que recorren los tuaregs, oyó lo que se llama el Canto de las arenas, un murmullo dulce y extraño que parece brotar del suelo.

Un solo incidente: una nube de langostas se elevó en el espacio, y cayó tal número de ellas a bordo, que el buque aéreo se vio amenazado de zozobrar. Pero rápidamente se arrojó fuera esta sobrecarga, excepto algunos centenares, de las cuales hizo buena provisión Tapage. Y luego las aderezó de una forma tan suculenta, que Frycollin olvidó por un instante sus terrores continuos.

-Esto me sabe mejor que los cangrejos - decía.

Habíase llegado entonces a unos mil ochocientos kilómetros del oasis de Ouargla, casi sobre el límite Norte de este inmenso reino del Sudán.

A las dos de la tarde, apareció una ciudad en el recodo de un gran río. Este río era el Níger, y la ciudad, la populosa Tombuctú.

Si hasta entonces no habían tenido que visitar esta Meca africana más que viajeros del Antiguo Mundo, como Batonta, Khazan, Imbert, Mungo Park, Laing, Caillé, Barth y Lenz, ahora, por las rarezas de la más singular aventura, dos americanos iban a poder hablar de ella de visu, de auditu y hasta de olfatu, a su regreso a América, si era que debían volver alguna vez.

De visu, porque su mirada pudo dirigirse sobre todos los puntos de este triángulo de cinco o de seis kilómetros que forma la ciudad; de auditu, porque este día lo era de gran mercado, y subía de aquel paraje un rumor increíble; de olfatu, porque el nervio olfativo era desagradablemente atacado por los olores de la plaza de Yubu Kamo, en donde se establecen los puestos de venta de carne, cerca del palacio de los antiguos reyes Somais.

En todo caso el ingeniero Robur no creyó conveniente dejar ignorar al presidente y al secretario del Weldon Institute, que habían tenido el grande honor de contemplar la reina del Sudán, a la sazón en poder de los tuaregs de Taganet.

-¡Señores, Tombuctú! - anunció en el mismo tono solemne con que les había dicho doce horas antes: ¡Caballeros, la India!

Luego, continuó:

-Tombuctú, a dieciocho grados de latitud Norte y cinco grados y cincuenta y seis minutos longitud Oeste del meridiano de París, con una costa de doscientos cuarenta y cinco metros sobre el nivel mediano del mar. ¡Importante ciudad que contiene de doce a trece mil habitantes, en otro tiempo ilustrada por el arte y la ciencia! ¿Acaso deseáis que hagamos alto aquí por algunos días?

Semejante proposición no podía hacerse sino de una manera irónica por parte del ingeniero.

-Pero prosiguió- sería peligroso para extranjeros aterrizar en medio de los negros, berberiscos, fullanos y árabes que la ocupan, sobre todo si se considera que nuestra arribo en la aeronave podría serles poco agradable.

-¡Caballero! -le respondió Phil Evans en el mismo tono-, para tener el placer de dejaros, nosotros arriesgaríamos con gusto la eventualidad de ser mal recibidos por estos indígenas. ¡Prisión por prisión, preferimos la de Tombuctú a la del Albatros!

-Eso va en gustos -replicó el ingeniero- o en todo caso, yo no tentaré la aventura, pues soy el responsable de la seguridad de los huéspedes que me han hecho el honor de viajar conmigo.

-Así, pues, ingeniero Robur -atajó Uncle Prudent, cuya indignación estaba a punto de estallar-, ¿no os contentáis con ser nuestro carcelero? ¿Al secuestro añadís ahora el insulto?

-¡Oh! La ironía nada más.

-¿No hay armas a bordo?

-¡Sí; un completo arsenal!

-Dos revólveres bastarían: ¡Si yo tuviese uno y vos otro!...

-¡Un duelo! -exclamó Robur-. ¡Un duelo que podría ocasionar la muerte de uno de nosotros!

-¡Que la ocasionaría sin la más ligera duda!

-Pues bien presidente del Weldon Institute, ¡yo prefiero mejor conservaros la vida!

-Para tener más segura la vuestra. Eso es muy prudente.

-Prudente o no, es lo que me conviene. Sois libre de pensar de otra manera y de quejaros a quien queráis, si es que podéis.

-¡Eso ya se ha hecho, ingeniero Robur!

-¿De veras?

-¿Era tan difícil, cuando atravesábamos las partes habitadas de Europa, dejar caer un documento?...

-¿Habréis acaso hecho eso? - preguntó el ingeniero, dominado por un incontenible movimiento de cólera.

-¿Y si lo hubiésemos hecho?

-Si lo hubierais hecho... mereceríais...

-¿Qué señor ingeniero?

-Acompañar a vuestro documento por el mismo sistema…

-¡Arrojadnos, pues -exclamó Uncle Prudent-, porque lo hemos hecho!

Robur se adelantó hacia los dos colegas. A un gesto suyo, Tom Turner y algunos de sus compañeros acudieron. Si el ingeniero tuvo por un momento el deseo de poner en ejecución su amenaza, y acaso para resistir a este deseo entró precipitadamente en su camarote.

-¡Bien! - dijo Phil Evans.

-Y lo que él no se ha determinado a ejecutar -dijo Uncle Prudent- yo me atrevería a hacerlo. ¡Y lo haré!

En aquel momento, la población de Tombuctú se reunía en medio de las plazas a través de sus calles, sobre las terrazas de las casas edificadas en forma de anfiteatro. En los ricos barrios de Sankore y de Sarahama, como en las miserables chozas cónicas del Raguidí, los almuédanos lanzaban desde lo alto de los minaretes sus más violentas maldiciones contra el monstruo aéreo. Aquello era más inofensivo que las balas de las espingardas.

Hasta en el puerto de Fabara, situado en el recodo del Níger, el personal de flotillas se puso en movimiento. Ciertamente, si el Albatros hubiese aterrizado, habría quedado convertido en pedazos.

En el espacio de algunos kilómetros, bandadas numerosas de cigüeñas, francolines y otras aves lo escoltaron, luchando en velocidad con él; si bien su rápido vuelo resultó lento, comparado con el de la aeronave.

-Cuando llegó la noche, se vio turbado el aire por mugidos de numerosos rebaños de elefantes y de búfalos, que recorrían este territorio, cuya fecundidad es maravillosa.

Durante veinticuatro horas, toda la región contenida entre el meridiano cero y el segundo grado Oeste, en la llave del Níger, se desenvolvió bajo el Albatros.

En verdad, si algún geógrafo hubiese tenido a su disposición un semejante aparato, ¡con qué facilidad hubiera podido establecer el plano topográfico de este país, obtener cotas y altitudes, fijar los cursos de los ríos y sus afluentes, y determinar la disposición de las ciudades y los pueblos! ¡Entonces no habría ya vacíos sobre las cartas del África Central; no habría blancos con tintas pálidas, líneas de puntitos, ni las designaciones vagas que constituyen la desesperación de los cartógrafos!

El día 11 por la mañana, el Albatros traspasó las montañas de Guinea septentrional, encerrada entre el Sudán y el golfo que lleva su nombre. En el horizonte se perfilaban confusamente los montes de Kong, del reino de Dahomey.

Desde la partida de Tombuctú, Uncle Prudent y Phil Evans habían podido probar que la dirección fue constantemente de Norte a Sur. De aquí la siguiente conclusión: que si no se modificaba, se encontrarían seis grados más allá de la línea equinoccial. El Albatros iba a abandonar otra vez los continentes y a lanzarse, no ya sobre el mar de Behring, el mar Caspio, el mar del Norte o el Mediterráneo, sino más allá del Océano Atlántico.

Esta perspectiva no era para apaciguar a los nobles globistas, cuyas probabilidades de fuga llegaban a ser nulas entonces.

Sin embargo, el Albatros volaba ahora despacio, como si vacilase en el momento de abandonar la tierra africana. ¿Pensaba acaso el ingeniero Robur retroceder? ¡No! Pero su atención se fijaba particularmente en el país que ahora atravesaba.

Sábese, y él sabía esto también, lo que es el reino de Dahomey, uno de los más poderosos del litoral Oeste de África. Bastante fuerte para haber podido luchar con el vecino reino de los Ashantis, sus fronteras se ven restringidas, sin embargo, pues no cuenta más que con ciento veinte leguas de Sur a Norte, y setenta del Este al Oeste; pero su población comprende de setecientos a ochocientos mil habitantes, desde que se le agregaron los territorios independientes de Ardrah y de Widah.

Si no es grande el reino de Dahomey, en cambio se ha hablado mucho de él. Es célebre por las horribles crueldades que señalan sus fiestas anuales, por sus sacrificios humanos, espantosas hecatombes destinadas a honrar al soberano que se marcha y al soberano que le reemplaza. Es hasta de buena y admitida política, cuando el rey de Dahomey recibe la visita de algún alto personaje o de un embajador extranjero, que se le sorprenda con alguna docena de cabezas cortadas en honor suyo, y cortadas por el ministro de Justicia, el minghan, quien ejerce maravillosamente aquellas funciones de verdugo.

Pues bien, en la época que el Albatros cruzaba por el aire la frontera de Dahomey, el soberano Bahadú acababa de morir, y el pueblo iba a proceder a la entronización de su sucesor.

De aquí que se notara un gran movimiento en todo el país, movimiento del cual se había enterado Robur.

En efecto, largas filas de dahomeyanos del interior se encaminaban entonces hacia Abomey, capital del reino. Caminos bien cuidados que surcaban entre vastas llanuras cubiertas de hierbas altas, de inmensos campos de yuca, de magníficos bosques de palmeras, de cocoteros, de mimosas, de naranjos, entre otros; tal era el país cuyos perfumes ascendían hasta el Albatros, al paso que, por millares, loros y papagayos se cruzaban en aquella dilatada campiña.

El ingeniero, inclinado sobre la baranda, absorto en sus reflexiones, apenas dirigía algunas palabras a Tom Turner.

No pensaba, de otra parte, que el Albatros tuviese el privilegio de atraer la atención de aquellas gentes, las más de las veces invisibles bajo la capa espesísima de los árboles. Esto procedía sin duda de que se sostenía a una elevada altura en medio de ligeras nubes.

A las once de la mañana, apareció la capital con su cintura de murallas, defendida por un foso que medía doce millas de circunferencia, anchas calles, y generalmente trazadas sobre un suelo plano; gran plaza, cuyo lado Norte está ocupado por el palacio del rey. Aquel vasto conjunto de construcciones estaba dominado por una terraza, no lejos del lugar de los sacrificios. Durante los días festivos, desde lo alto de la terraza eran arrojados hasta el pueblo los prisioneros atados en canastas de mimbres, quienes eran despedazados sin piedad.

En una parte de los patios que dividen el palacio del soberano, se alojaban cuatro mil guerreros, uno de los contingentes de su ejército real, y desde luego, no el menos valeroso.

Si es indudable que existen amazonas en el río de este nombre; también es cierto que existen en Dahomey. Algunas llevan la camisa azul, la banda azul y roja, el calzón blanco y la cartuchera a la cintura; otras cazadoras lucen prendas de pieles, y van armadas de una pesada carabina, cuchillos de hoja corta, y de dos cuernos de antílope fijos en la cabeza por un círculo de hierro; las artilleras lucen la túnica azul y roja, y por armas un fusil con cañones viejos; finalmente hay también un batallón de jóvenes con túnicas azules, con pantalones blancos, que son vestales tan puras como Diana, y, como ella, armadas de grandes y recios arcos y flechas.

Agréguense a estas amazonas cinco o seis mil hombres con cascos, con camisas de algodón con sus cinturones ceñidos a las caderas; y se habrá pasado revista al ejército dahomeyano.

Abomey estaba aquel día absolutamente desierto. El soberano, la comitiva regia, el ejército masculino y femenino, habían dejado la capital para invadir, a algunas millas de distancia, una vasta llanura rodeada de magníficos bosques.

En aquella llanura debía verificarse la proclamación del nuevo rey. Allí, millares de prisioneros hechos en las últimas correrías, tenían que ser inmolados en su honor.

Eran las dos aproximadamente cuando el Albatros, situándose encima de la llanura, comenzó a descender en medio de algunas nubes que le ocultaban de la presencia de los dahomeyanos.

Se contarían allí hasta sesenta mil por lo menos, procedentes de todos los puntos del reino, de Widah, de Kerapay, de Ardrah, de Tombry y de los pueblos más lejanos.

El nuevo rey, vigoroso y gallardo, llamado Bon Nadí, de veinticinco años de edad, ocupaba un otero sombreado por un grupo de árboles de largas ramas. Delante de él se agrupaba su nueva corte, su ejército varonil, sus amazonas y todo el pueblo.

Al pie del otero se veían unos cincuenta músicos tocando instrumentos bárbaros de colmillos de elefante, que producen un sonido ronco, tambores compuestos de piel de ciervo, calabazas, guitarras, campanillas heridas por una lengüeta de hierro, flautas de bambú, cuyo agudo sonido dominaba toda la orquesta. Luego, a cada instante, se oían descargas de fusilería y cañones, cuyas cureñas se estremecían y giraban con el riesgo de matar a los artilleros; en fin, bullicio general; y aclamaciones tan estridentes, que habrían dominado los truenos que acompañan al rayo.

En un extremo de la llanura, bajo la custodia de los soldados, estaban apiñados los cautivos encargados de acompañar en el otro mundo al rey difunto, a quien la muerte no le privaba de los beneficios de la soberanía. A las exequias de Guizo, el padre de Bahadú, su hijo le envió tres mil. Bon Nadí no podía ser menos que su predecesor. No fueron menester numerosos mensajeros para reunir, no solamente a los espíritus, sino a todos los huéspedes del cielo, convidados para formar el séquito del monarca.

Por espacio de una hora no hubieron más que discursos, arengas, palabras, danzas ejecutadas, no solamente por las bayaderas llevadas exprofeso, sino también por las amazonas, que desplegaron una gracia enteramente belicosa.

Pero se aproximaba el momento de la hecatombe. Robur, que conocía las cruentas costumbres de Dahomey, no perdía de vista a los cautivos, hombres, mujeres, y niños reservados para aquella carnicería.

El minghan se mantenía ya al pie del otero, y blandía su sable de hoja curva, cuya empuñadura figuraba un ave de metal, y que, merced a su peso, permitía dar el golpe con mayor seguridad.

Esta vez no estaba solo pues no hubiera terminado nunca. Inmediatos a él estaban agrupados un centenar de verdugos, hábiles para cortar cabezas de un solo golpe.

Sin embargo, el Albatros se acercaba poco a poco, oblícuamente, moderando sus hélices suspensoras y propulsoras. Pronto dejó las nubes que le ocultaban a unos cien metros de la tierra, y apareció por vez primera ante los salvajes.

Al contrario de lo que sucedía habitualmente, estos feroces indígenas no vieron en él más que un ser celeste descendido expresamente a rendir homenaje al rey Bahadú.

Entonces ocurrió un entusiasmo indescriptible; llamamientos interminables; súplicas vehementes, ruegos generales dirigidos a este hipogrifo sobrenatural, que bajaba, sin duda, a recoger el cuerpo del rey difunto, a fin de transportarle a las alturas del cielo dahomeyano.

En aquel momento, la primera cabeza voló bajo el sable del minghan. Luego, otros prisioneros fueron conducidos en gran número delante de sus crueles verdugos.

De repente, salió del Albatros un disparo de fusil, y el ministro de Justicia cayó de bruces al suelo.

-iBuena puntería, Tom! - alabó Robur.

-¡Bah!... Al azar - respondió el contramaestre.

Sus camaradas, armados como él, se encontraban preparados para disparar a la primera señal del ingeniero.

Fue entonces que la muchedumbre hizo un movimiento extraño.

Así comprendieron que aquel monstruo alado no era de ninguna manera un espíritu favorable, sino un espíritu hostil contra el pueblo de Dahomey; y por eso, luego de la caída del minghan, se oyeron gritos de furor por todas partes. Y en seguida estalló una descarga en la llanura.

Pero aquellas amenazas no impidieron que el Albatros descendiese con audacia a ciento cincuenta pies por lo menos sobre el nivel del suelo. Uncle Prudent y Phil Evans, cualquiera que fuesen sus sentimientos hacia Robur, no pudieron menos de asociarse a una obra semejante de humanidad.

-iSí! ¡Libertemos a los prisioneros! - exclamaron.

-Esa es mi intención - respondió el ingeniero.

Y los fusiles de repetición del Albatros en las manos de los yanquis, como los que estaban en las manos de la tripulación, emprendieron un fuego nutrido de fusilería, sin que fuese perdida alguna bala en medio de aquella masa humana; y hasta la pequeña pieza de artillería que había a bordo, colocada bajo firme ángulo, envió algunas cargas de metralla, que produjeron un efecto rápido y maravilloso.

Al momento, los prisioneros; sin darse cuenta de este socorro que les venía desde las alturas, rompieron al fin sus ligaduras; en tanto que los soldados se ocupaban en contestar a los fuegos de la aeronave. La hélice anterior fue atravesada por una bala, mientras que otros proyectiles le alcanzaban en pleno casco. Frycollin, escondido en el fondo de su garita, veía que los proyectiles no tocaban ni aún la pared de su escondite.

-¡Ah, les gusta el tiroteo! - exclamó Tom Turner.

Y corriendo al depósito de las municiones, retornó con una docena de cartuchos de dinamita, que distribuyó entre sus compañeros. A una señal de Robur, fueron lanzados estos cartuchos hacia donde se agrupaban los indígenas, y al chocar contra el suelo, estallaron como pequeños obuses. No puede describirse la gran confusión del rey de la corte, del ejército, del pueblo, presa de un espanto que justificaba bastante semejante intervención. Todos buscaban un refugio bajo los árboles, mientras que los prisioneros huían sin que nadie pensase en perseguirlos.

De aquella manera fueron turbadas las fiestas en honor del nuevo rey de Dahomey. De aquella forma pudieron conocer Uncle Prudent y Phil Evans de qué poder disponía el aparato, y cuántos buenos servicios podía prestar a la humanidad.

En el acto, el Albatros ascendió majestuosamente, pasó por encima de Widah y muy pronto perdió de vista esta costa salvaje, a la que los vientos del Sudoeste envolvieron en una inabordable resaca.

Se mecía sobre el Atlántico.

Notas de la fuente

18. Alexander Gordon Laing, notable viajero y explorador escocés. Fue asesinado cerca de Tombuctú en el año 1826, antes de lo anotado por Verne.

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